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Inquietudes sentimentales/XXVI

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XXVI

Por las calles de amanecer, va Pierrot enloquecido.

El traje blanco, inmaculado, de que le revistiera la leyenda, es ahora un harapo sucio y ensangrentado.

Las mangas fantásticas, que le daban apariencia de tener alas cuando invocaba a la luna, siguen ahora su paso vacilante como dos girones, enredándose en las piedras y espinas del camino.

Pierrot ha perdido su ideal; Pierrot sabe que su amor no está en la luna, y vagabundea, los ojos desolados, reteniendo en su pecho un aullido de dolor.

Esos pobres labios que bebieron la delicia en otros labios de rosa, llevan hoy la enigmática demostración de una úlcera envenenada.

Pierrot, inconscientemente, ha llegado al campo; sus pies fatigados no pueden seguirlo y cae como un vestido sin cuerpo, a la orilla de un charco donde ríe la luna.