Inquietudes sentimentales/XXVII
XXVII
¡Una... dos... tres! Ya murió la hora en brazos del Tiempo.
Hubo en los campanarios un estremecimiento, y el grito de una sirena rasgó el silencio.
Anuarí, mi espíritu benéfico, desde el pabellón donde está incrustado, baja su mirada sobre mí.
Hay en mi alma una beatitud plácida de ensueño.
¡Si fuera así, tan suave, el morir!
Anuarí, dame tus intenciones puras; dame las balsámicas caricias de tu hermosura intangible y la belleza de tu espíritu mago; dame el beso de tu boca materializada en inmenso rasgo de ternura.
Anuarí, mi mejor canto y la más blanca de mis alabanzas serán para tí; no habrá jamás una sombra en mi corazón si te quedas en él.
Otra hora que se muere ha hecho sollozar a la noche. Para mí no existe el tiempo ni la muerte cuando estoy bajo el amor de tus ojos, Anuarí.