Inquietudes sentimentales/XXVIII
XXVIII
Penetré con recogimiento, al templo abandonado.
El sueño del Tiempo había puesto en las paredes y en los arcos ojivales su rigidez cadavérica.
Los altares ostentaban sus bordados de oro viejo enverdecido, y sus bronces opacos, cubiertos de polvillo gris, tenían la fatídica impresión de lo que olvida la vida.
Las estatuas de los santos se habían dormido de éxtasis, envueltas en los pliegues de sus marfilinas túnicas; y los dedos de sus marmoreas manos quedaron señalando el sitio donde desaparecieron sus sagradas quimeras.
Estaba mudo el órgano, mudo hacía un siglo; y el nacar de sus teclas guardaba piadoso la huella de la última alma que fué a contarle cosas divinas del sentimiento.
Estaban marchitas las pinturas de querubes, que creó un pincel genial; y en la bóvena sinople quedaron muertos de misticismo los ecos de las preces de los que allí acudieron a rogar a Dios.
El alabastro de la pila bautismal había perdido su inmaculada blancura, y el misal quedó como aguardando en el atril.
Inclinada sobre los campanarios la augusta calma falleció de tedio.
Me acerqué al órgano y, al modular un acorde, hubo en su interior un ruido extraño.
Espantada, quise huir, cuando una bandada de murciélagos, despavoridos, cayeron a mis pies, mientras otros, emprendiendo vuelo circular, desaparecieron en el techo.