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Inquietudes sentimentales/XXXII

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XXXII

El gigante del crepúsculo va inclinándose hacia la tierra, con el recogimiento de los fieles ante la figura del Cristo.

Sus pupilas, fijas, escrutadoras, relampaguean en las arenas que bordean el río y dejan un mirar sombrío en las copas de los árboles, en los tejados de las casas.

La ciudad atenúa sus ruidos; todo va camino al reposo. Los hombres cabizbajos, silenciosos, se arrastran como sombras, llevando sobre sus cabezas el peso agónico del titán que muere.

Recostada en el balcón, me bebo la primera luz de las estrellas, y pienso en las infinitas tristezas que tendrá un corazón sin amor, y en la desgarradora inquietud de un corazón que vive para amar!...

¿Existe, acaso, el amor, o es sólo una ansia de reflejarse en otro ser para mejor amarse a sí mismo?

El amor es la primera fuerza en embrión que rompe la soledad caótica del espíritu; es lo que indica el rumbo, la energía y el nervio del vivir.

Pero, ¿existe el amor?

¿Qué es, entonces, esa avalancha extraña que invade mi ser causándole tanto mal y tanto bien?

Anuarí, díme: ¿qué sensación es esa que experimenta mi alma cuando tus ojos la cobijan con su suave mirar?

¿Qué es eso que, como alas, se desplega para encontrarse con aquello que irradia de ti?

Dónde se ha ido mi materia? ¿Porqué toda élla se diluye ante mis ojos que se agrandan en sus ansias, para clavarte en mi memoria, como se incrusta la flecha en el tronco de un árbol vetusto?

Anuarí. ¿Es ese, acaso, el amor?

Si lo es, entonces, deben amarse mucho las estrellas; las estrellas que se envían mutuamente el destello de sus luces, como tus ojos y los míos cuando se encuentran.—