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Inquietudes sentimentales/XXXIII

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XXXIII

Anuarí, no he visto hoy tu espiritual belleza y estoy sedienta de ella.

Eres el manantial más puro de amor y de arte, donde yo sacio mi sed de idealismos.

Cuando me infiltras tu luz, siento en mí la primavera con todas sus músicas de suspiros y su brotar de flores.

Anuarí, cuando me dejas, sólo tengo energías para escarbar la tierra, ávida de encontrar mi fosa.

Si fuera posible dormirse sintiendo alrededor el aleteo de la vida como un ensueño...

Si el alma pudiera safarse de los corpóreos lazos y vivir en el aire como los átomos, volviendo al mundo sólo en los momentos de dicha...

¿Será soñar el morir, o será la muerte un sueño que hiela de espanto?

¿Verdad que nosotros no tenemos alma y que sólo hay en el Universo un alma enorme, y que es toda del que la siente, y es muda para el que la ignora?

Sí, Anuarí; esa alma, cuando la buscamos, viene a nosotros y se nos da, ahogándonos en una profunda noria de misterios, de sensaciones inmensas.

Esa alma me la has traído tú, como un presente riquísimo en los brazos del amor.

Anuarí, ¿por qué no me has dado la tibieza de tu mirada; por qué me dejas sola en las garras sangrientas del hastío?