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Inquietudes sentimentales/XXXIV

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XXXIV

Caen mis cabellos, y las primeras tristezas de ocaso ensombrecen mis ojeras.

Las desdichas de la vida han puesto sobre mi frente su sello fatal.

No es ya mi boca, la que alegre reía; hoy finge reir y su mueca miserable parece presagio de horror.

Nada tengo; ¡nada...!

Pobre resto náufrago, pobre harapo de seda que fué brillante; pobre luz que parpadea como el agonizante.

Como las bailarinas viejas arrastran en sus casas los restos de sus esplendorosos vestidos de escena, así arrastro yo mi vida, insolente en su ridículo fastuo de irónicas risas, de afiebradas alegrías, de envenenados triunfos.

Y vivo, porque es cobardía morir; y oculto mis llantos porque el siglo no comprende esos sentimentalismos histéricos.

Y así dicen que la leyenda del Payaso sólo existe en la imaginación.

Cuando oigo eso, entonces sí que río como se podría reir el muerto en el fondo de la tierra: el muerto a quien le aseguran que está vivo.