Ir al contenido

Inquietudes sentimentales/XXXV

De Wikisource, la biblioteca libre.

XXXV

El fauno antófago, enamorado de las blancas castidades del bosque, encantado de vivir, corre de aquí allá, saltando entre las peñas del arroyuelo, fingiendo reirse de los árboles, mirando de soslayo al sol.

Sus traviesas patas de cabro escarban la tierra hollando las malezas, mientras sus manos inquietas arrancan flores al pasar.

Sobre todas las cosas el fauno prefiere los pétalos de rosa, que roba a las ninfas dormidas.

Cuando se los sustrae, desaparece asustado creyéndose perseguido por legiones de dioses enojados; y sus patitas salvajes marcan en el camino un ritmo alegre, que armoniza con los ruidos del bosque.

El fauno es goloso y espía, oculto entre la yerba, el trabajo del sol que madura las frutas.

Cuando hay una, rosada como el arrebol, se acerca cautelosamente a ella, escondiendo entre los hombros su cabecita cornuda, estira la mano tímida y mira a todos lados, para evitar sorpresas; coje la fruta y va a comérsele en la espesura del bosque. Con sensualidad encaja los dientes felinos en la aterciopelada carne, deleitándose en ver correr por sus brazos el jugo de la fruta, como seda diluída.

El faunillo travieso, es el terror de las ninfas jóvenes y la única esperanza de las que están ya viejas.