Ismael : 17

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A aquella hora notábase en la estancia, recogimiento y soledad. Dos individuos del peonaje acababan de retirarse a un galpón pequeño, a cuya entrada ardía un buen fuego, después de encerrar en el corral una majada de ovejas que llenaban el espacio con sus balidos plañideros. Una campana de hierro, que pendía del techo del corredor, había sonado como de costumbre anunciando la hora de la cena, sin que a su llamado hubiese aún comparecido Almagro con el numeroso personal de trabajo del establecimiento.

Atribuíase esta demora a las dificultades de la elección y del aparte de las reses.

La viuda de Fuentes se entretenía a la luz de una lamparilla, en embeber puntos en calcetas, a favor de una calabaza pequeña, muy absorta en sus menguados, como en tarea concienzuda, con su vieja peluca de bucles castaños bien puesta en el rugoso cráneo, y su rosario de cuentas amarillas prendido al cinturón.

Felisa, sentada junto al ventanillo que daba al campo, conservaba todavía entre sus manos el mate de yerba que poco antes había servido con leche a la abuela, sorbiendo cavilosa su bombilla de vez en cuando.

Parecía echar de menos algo y sus ojos no cesaban de dirigirse a la campana, que íbase por grados cubriendo de sombras. Esa noche, Felisa, experimentaba un desasosiego completo. Iba y venía; tornaba a salir, recorría el patio, la enramada, aventurándose un poco hacia el campo; y volvía al rancho, para mostrarse inquieta dentro de su habitación, sin que nada la distrajese. Ella misma no se daba una idea clara de lo que le ocurría, aún cuando en medio de sus impaciencias creía ella ver entre una nube de polvo una imagen de rostro pálido y flotante cabellera, que no quería mirarla ni sonreírla, y por la que ella a su vez sentía enojo y afecto juntamente, y hubiera si pudiese, arañado o besado, según la ocasión.

En ciertos momentos quedábase encogida, con la vista en el suelo.

Pensaba acaso que su abuela, después de rezar sus oraciones en un viejo sillón de baqueta con clavos de bronce del tiempo de don Bruno de Zabala, que le servía de asiento favorito, íbase a las nueve a dormir; que Almagro lo hacía a las diez en el extremo opuesto del rancho, en donde tenía su catre, cuando no lo trasladaba al galpón destinado a la lana y cerdas para gozar mejor del fresco de la noche; y que, el otro, se refugiaba en la enramada con Aldama, haciendo antes de entregarse al sueño, música de «tristes», con la guitarra...

Verdad también que ese otro, en determinadas noches, solía meterse en un cuartito que daba entrada a la tahona, de allí distante treinta varas, con ventanillo sin rejas.

Y, calculando quizás estas cosas, volvía la vista a la abuela, sintiéndose como tentada de preguntarle porqué era que había hombres tan huraños, que fuera preciso a una muchacha encariñarlos mucho con los ojos antes de hacerlos mansos y seguidores; pero, ¿qué diría la «vieja» si ella le preguntase semejante zafaduría?

Lo cierto es que aquel corazón, en el mismo estado que una calandria en lo espeso del ramaje ceñida de las alas, se encontraba bajo ansias desconocidas.

El gauchito de boca de clavel, le andaba a Felisa por los ojos. Tenía herido en lo vivo el sensorio, y esta herida exasperada por el capricho duro y voluntarioso, la rebelaba ante la idea de que Almagro pudiese ser «su hombre».

En el momento en que volvemos a encontrarla, un mal humor manifiesto comenzaba a contraer su ceño. Agraciaba aún más su linda cara morena una cinta roja con que había ceñido su pelo negro y crespillo, el cual le caía por detrás en grandes trenzas sobre un vestido de zaraza, corto y esponjado por el almidón y la plancha caliente. Ceñía su cuello una pañoleta de algodón floreado, cuyas extremidades al resbalar en su pecho ponían mejor de relieve los encantos que por entonces, no tenía ella en mucha cuenta, a pesar de los groseros avances de Jorge. Este traje dominguero no dejaba de sorprender a la abuela, quién la miraba por encima de sus gafas, como indagando la razón de tanta compostura; pues comúnmente Felisa andaba de «trapillo» sin muchos miramientos.

Pero a ella se le había antojado no hablar en ese día, y la vieja viuda tuvo que limitarse a sus ojeadas cortas de pupila ahumada y mortecina.

Después de un largo rato de silencio, la nieta dijo con mal modo, de repente:

-¡Ya es hora de cenar, agüela!

La viuda sin levantar la vista de sus menguados, ni abandonar la aguja que temblaba como la de la brújula en sus dedos descarnados y amarillentos, concretose a responder con mucho reposo

-Jorge no ha de tardar.

Felisa se levantó con enfado y fue a colocar el mate en una mesita.

Dirigiose luego al ventanillo del fondo, donde puso sus dos manos, sin decir palabra, y quedose mirando con su aire de encono los cardizales secos que se extendían al frente.

No habían pasado cinco minutos, cuando ella atisbó algo desde su ladronera, que llegó a disipar en parte su gesto de disgusto.

Un jinete acababa de atravesar solo, hacia la tahona, si no sufría engaño su vista en medio de la oscuridad que rodeaba todos los objetos; y ese jinete por su postura indolente en el caballo y el sombrero doblado de un ala hacia arriba, le era bien conocido.

La cabalgata al aproximarse a la estancia, hizo un rodeo, encaminándose a la cabaña de techo de paja, dónde se depositó el cadáver con el objeto le velarle esa noche.

La viuda y Felisa se encontraban ya a la mesa, cuando vino Almagro a ocupar su banqueta, limpiándose con el brazo el sudor del rostro.

Mientras se servía el asado y la carbonada criolla, y preparaba él su estómago con una buena dosis le vino carlón, bebido en vaso de azófar, relató con frases entrecortadas las peripecias de la faena, sin excluir el episodio de Hermosa y Torgués, y algunos juramentos groseros, que acompañó con un golpe de puño en la mesa.

Condoliéronse abuela y nieta del suceso, alarmándose aún más la primera al saber que de allí a pocas horas llegaría la gente del preboste, para las informaciones necesarias. Tranquilizola Jorge a este respecto, no insistiendo mucho sobre el asunto.

Pudo observar Felisa que a su primo se le desarrugaba el ceño, y ponía en ella sus ojos con una expresión blanda y afable.

Es que Jorge la hallaba más compuesta e incitante que de costumbre; y hasta llegó a imaginarse que fuera él tal vez, el origen de este atildamiento inesperado. Para confirmarse en la creencia, tentó con los pies por debajo de la mesa, hasta encontrar los de la criolla, que aprisionó muy audazmente entre los suyos.

Felisa se estuvo quieta, y se sonrió, sin mirarlo.

La abuela, a quién las novedades extraordinarias del día tenían bastante conturbada, inquería a cada momento de Jorge mayores detalles, que éste le trasmitía entre bocado y bocado, sin apartar la vista de la criolla.

Pocas veces había estado Almagro tan alegre y obsequioso con la viuda y con su prima. Juro por el ánima de mi padre -exclamaba- ¡que hoy soy capaz de perdonar! Y mientras esto decía, alguna nueva libertad llegó a permitirse, porque Felisa lo miró con los ojos muy severos, y separó sus pies.

No se resintió él por eso; y pasados pocos segundos volvió a comenzar.

Antes de tocar la cena a su término, la vieja viuda se levantó para pasar a la pieza que servía de dormitorio, tanto a ella como a su nieta.

Así que hubo salido, Jorge detuvo a Felisa que se marchaba detrás, con las mejillas encendidas, y ese aire suspicaz y altanero propio de una mujer que ha tolerado demasiado. La detuvo con la intención de darla un beso. Ella lo burló, rechachazándolo callada, con energía...

La abuela pudo sentir entonces desde su cuarto ciertos choques o estrujones contra las banquetas y la puerta, que se cerró con violencia, y volvió a abrirse; y cuando venía ella a averiguar lo que ocurría, tropezó en la oscuridad con Felisa, que a su pregunta, respondió con la voz un poco desfigurada:

-Nada, agüela.

Y pasó adelante con los ojos cuajados de lágrimas, llevándose la mano al seno, como si allí hubiesen dejado escozor doloroso unos dedos brutales. La viejecita se volvió más tranquila, dando un bostezo.

Felisa fue a sentarse junto a su ventanillo, silenciosa, con la barba apoyada en la palma de la mano, las orejas ardiendo y la mirada colérica.



Ismael de Eduardo Acevedo Díaz
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