Ismael : 20

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-La campaña, del paso de la Arena adelante, ofrecía un aspecto lleno de salvaje colorido. Mar ondulante de enormes pastizales, cuchillas enhiestas, faldas abruptas, cañadones fangosos orlados de espesas maciegas o arroyos de ribazos sombríos.

Las estancias o poblaciones veíanse diseminadas a grandes distancias, con sus ranchos circuidos los unos por cardales, los otros de escasos árboles sin fruto. A veces, por dos o tres «ombúes» corpulentos, ramosos y librados al crecimiento espontáneo, con gajos salientes y formidables retoños. Próximos a esas estancias, corrales de postes torcidos para el encierro del ganado; y de cuyo suelo blando y esponjoso compuesto de dos o tres capas de guano, salía y descubríase a lo lejos, un vaho húmedo y azulado en constante evaporación.

En el horizonte del nordeste, por encima de la línea verde de los bosques, dibujábanse en masas azules y compactas los picachos y crestas de las serranías pedregosas de las «Ánimas».

El panorama al frente tenía el tinte cerril del desierto, sólo animado de vez en cuando por la carrera frenética del potro encelado con la cola barriendo el suelo y los cascos casi ocultos por mechones de pelo basto y sucio, arremolinando por delante, entre broncos relinchos, la yeguada arisca.

En alguna planicie los toros chocaban sus cuernos con ruido estridente entre sordos bramidos, recalentados por el celo y los ardores del sol; otros se frotaban con fuerza los lomos en las concavidades de las grandes piedras, alzada la cabeza, arqueado el cuerpo y tiesos los miembros inferiores; mientras el resto se revolvía entre la vacada, disputándose a punta de asta la junción sexual.

Salía de los pequeños valles como un rumor bravío y feroz, a la hora de la siesta.

Pocas carreteras, por estos sitios: muchas malezas y boscajes sobre las corrientes de agua, pasos tortuosos, picadas oscuras, ni una huella de arado cerca de las poblaciones, ningún gaucho en movimiento que indicase el trabajo y la faena pastoril.

Era la hora de la laxitud y de la modorra, el sueño del mediodía bajo las enramadas o a la sombra de los árboles, entre una nube de mosquitos y una atmósfera de fuego. Cantaba la chicharra.

Por estos sitios, y otros idénticos, cada vez más solitarios a medida que avanzaban al trote largo y firme de sus caballos, iban atravesando Ismael y Aldama al día siguiente del lance de la tahona.

Habían marchado toda la noche y traspuesto una gran distancia entre ellos y sus perseguidores, extraviándoseles el Blandengue en la ruta.

Somnolientos y sudorosos, necesitaban reparar sus fuerzas, e hicieron un alto del otro lado del paso del Rey, en el Yi.

Una pequeña pradera en el interior del monte les sirvió de asilo.

Algunas horas después, emprendían de nuevo la marcha hacia el río Negro.

Caía la tarde. El aire estaba denso. El calor seguía sofocante.

De repente, Ismael se detuvo y echó pie a tierra.

Aldama se paró a su vez, cruzando la pierna encima del recado.

Ismael apretó la cincha, y desprendió el «lazo», que preparó con mano ágil y lista.

Volviendo a montar, arreglose de un tirón el chiripá, y dirigió una mirada al llano.

Un trozo de ganado vacuno que salía de abrevar en el ribazo, se había aglomerado en aquel sitio. Las reses inmóviles, con las cabezas levantadas, observaban con cierta curiosidad mezclada de recelo a los dos jinetes. Las madres con cría se habían adelantado un poco, refregaban ligeramente con el hocico a sus becerros y dirigían luego sus ojos inquietos a Ismael y Aldama.

Los novillos movían a ambos lados la cornamenta y sacudían las colas, con aire agresivo.

Una vaquillona «chorreada» de cuernos cortos y orejas partidas dio de pronto un salto o brinco juguetón, enseñando una picana maciza y suculenta; y vino a colocarse a vanguardia de todas, con mucho atrevimiento.

-Está gorda -dijo Aldama sin sacarse el barboquejo de la boca, con el que entretenía el hambre. Afírmesele a la «chorreada» aparcero.

Ismael se echó el chambergo a la nuca, en silencio, puso espuelas arrancando con viveza, y revolcó el «lazo».

El ganado se volvió rápido haciéndose un montón para emprender la fuga, y la vaquillona se quedó a retaguardia, metiendo en todas partes la cabeza en su empeño de abrirse camino; pero, en uno de los instantes que la alzó para acelerar la carrera, despejado el terreno por su frente, silbó el «lazo», y fue cogida por el cuello.

Ismael escurrió la lazada con presteza, hasta ceñirla bien; y sujetando su caballo, volvió bridas.

La res saltó con increíble agilidad, balando, y rodó por el pasto como una bola.

Antes que pudiese reincorporarse, casi asfixiada por la opresión de la trenza y la argolla, tuvo en el pescuezo la bota de potro de Aldama; quién, con sin igual destreza, apretando allí en esa forma, y con la rodilla derecha en el vientre de la res, desenvainó la daga, que introdujo veloz en la garganta, y revolvió en la herida, hasta cortar la arteria.

El animal baló tristemente; saltó un chorro de sangre negra, y sobrevino muy pronto la muerte entre gorgoritos y temblores.

Aldama limpió la daga, pasola por la caña de la bota, tentola con el pulgar hasta levantarse la piel, e inclinándose, dio un gran tajo en el costillar de la vaquillona rozando la paletilla, del lomo al vientre, y otros tres, en direcciones respectivamente paralelas. Enseguida cogió uno de los extremos de aquel rectángulo, introdujo el acero bien al ras de las costillas y lo desprendió de ellas a golpes de filo, arrojando a un lado el enorme trozo de carne con pelo, y más de media pulgada de grasa, aquella caliente y todavía palpitante.

Todo esto, fue obra de un momento.

Tragó saliva, echose más atrás el sombrero, pasó y repasó nuevamente la daga en el pelo de la ternera, y volviéndose hacia Ismael que desnudaba a su vez la suya, dijo con aire concienzudo:

-No ha que achurar. De la güelta.

Y limpiose con la manga recogida el sudor del rostro.

Ismael cogió la res de una trasera y otra delantera, mientras sujetaba la daga con los dientes, y la volvió de lado haciendo palanca de la rodilla.

En tanto él separaba el costillar con piel, Aldama acometía la picana, trozando el rabo en su nacimiento.

Este trabajo fue practicado con actividad nerviosa, chorreando sudor sobre la carne viva que se estremecía en los huesos al descubierto de la res, y alzándose a cada segundo la cabeza para dirigir a todos rumbos una mirada escudriñadora.

El animal tenía marca. Pero ellos tenían que comer. Cuando se andaba a monte, todos los bienes eran comunes.

Concluida la tarea ataron a los tientos la carne con cuero, secáronse otra vez el sudor, y echáronse de brazos por algunos instantes en los recados para tomar aliento, con las manos llenas de sangre, los rostros de polvo y desgreñadas las largas cabelleras.

Enseguida montaron, y emprendieron el trote.

Sólo quedaba en el sitio, como un trasunto de la «chorreada», con las costillas al aire, sin lengua y sin cola, cual si dos jaguares hubiesen cebado en sus carnes colmillos y garras.


Ismael de Eduardo Acevedo Díaz
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