Ismael : 21

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Ismael : 21 de Eduardo Acevedo Díaz

Los fugitivos, antes que cayera la noche, devoraron al galope una distancia considerable.

Tenían por delante la inmensa extensión desierta, arroyos, ríos y selvas.

Aldama era el baqueano en la zona que recorrían, y conocía en ella según él afirmaba, con aire chocarrero, entre las sombras de la noche, los campos, por el gusto de las yerbas, y la hacienda gorda, por el ruido de las pezuñas.

Caía el crepúsculo, cuando ellos resolvieron guarecerse en los montes del Río Negro, cuajados entonces de matreros.

Denominábanse así, no sólo los delincuentes y contrabandistas que la Hermandad perseguía sin tregua, sino también a los que, sin tener cuentas con la justicia del Rey, eludían el servicio de las armas resignándose a una vida montaraz de perpetua zozobra.

Esta tenía múltiples faces pintorescas y dramáticas.

Los días se pasaban en la espesura, donde el sol deslizaba uno que otro hilo de luz.

Se hacía existencia común con los «carpinchos», las zorras, los perros cimarrones y aún con el jaguareté. La costumbre genesíaca era para ellos una realidad. Las fuerzas ciegas de la naturaleza les formaban un círculo infranqueable.

Domaban el potro y le enseñaban a vivir en potriles tenebrosos, a recorrer los senderos más estrechos y torcidos, a pastar en las praderas sombrías, a abrevar en el cauce oculto del río, y hasta a reprimir sus relinchos en presencia de sus congéneres. El caballo así adiestrado, era un amigo inestimable, leal, inteligente y dócil.

De esta manera, el hombre, como los seres inferiores que se arrastran, tomaba parte en el concierto de la selva; se arrastraba también al pie de las mismas gusaneras erigidas sobre pedestal de helechos bajo las bóvedas, comía a veces como el tipo primitivo el ave que cogía en la rama, el cogollo de palma, la raíz jugosa o la fruta silvestre, y rendíale el sueño en el ramaje, donde arreglaba su lecho, o en el suelo mismo cuando no se veía rastro de alimaña, en medio de un coro de extrañas notas, estridulaciones, gritos, vagidos, silbos, gorjeos, gruñidos y rumores siniestros, a que concluía por habituarse en su condición miserable.

Las barbas y el cabello hacían de la cabeza un matorral.

Cuando las ropas caían a fragmentos deshechas por el uso y la intemperie, se reemplazaban por otras idénticas, si era eso posible, en las excursiones sigilosas: de lo contrario, se suplían con pieles de novillo o de carnero, se fabricaban chiripáes peludos, aunque sobados, y gorros de manga, a cuchillo y lezna, y por hilo, tientos de cuero yeguarizo.

En los casos de enfermedades, la «marcela» macho y hembra y la infundía de lagarto, servían de drogas. Esos organismos dados a la fatiga, de nalgas de hierro y piernas domadoras, rara vez necesitaban sin embargo, de diuréticos, de emplastos y de astringentes. Cuando lograban entrarse al monte mal heridos en una refriega, lastimados en la entraña como el toro en la pelea, ganaban arrastrándose las anfractuosidades más oscuras, y agotadas ya todas las fuerzas, allí morían en soledad profunda, sin que nadie oyera sus maldiciones o lamentos.

Las salidas furtivas en busca de ganado, se efectuaban en ciertas horas, cuando se presentía algún peligro cercano: al rayar el día o al cerrar la noche, pues aún en medio de las tinieblas, el campero sagaz descubre y escoge los animales gordos, cuyo peso bruto, como decía Aldama, denuncia «el ruido de las pezuñas». Un oído experto distingue en la oscuridad los pasos de un niño de los de un hombre; y del mismo modo el gaucho astuto clasifica la res de carnes sólidas entre otras de menos valía.

A ocasiones, veía el matrero trascurrir semanas en sus escondrijos sin tentar aventuras; y sucedía esto siempre que conseguía reunirse a otros compañeros en la tupida red del monte, y que una punta de hacienda arisca se guarecía en los fértiles prados de su interior. Convertíanse entonces en pastores de aquella dehesa salvaje, dividíanse con el puma con color y el jaguareté las vaquillonas tiernas y rellenas, hasta que el ganado abandonaba el sitio un día, rompiendo ramajes, arrastrando lianas añosas y hundiéndose en lo profundo de la selva.

Las entradas y senderos, eran muy estrechos como caminos de coatíes; se bifurcaban y trifurcaban, atravesándoseles a trechos con gruesos troncos, que bien pronto bordaban las enredaderas silvestres en frondosos belvederes. Estas sendas parecían guiar a los escondites y guaridas, cuando en realidad llevaban lejos de ellos al explorador osado.

Hay un ave en los campos que al menor peligro corre entre las yerbas en silencio, levanta el vuelo y va a cantar muy lejos, irritada, aleteando en redor del transeúnte, como si su nido y sus huevos se encontrasen en el círculo que traza con su vuelo, y no en aquel que poco antes abandonó rápida y cautelosa. El gaucho errante que copiaba la naturaleza, aguzando su ingenio y sus instintos, observaba en lo interior de los montes la astuta maña del «teru» y comúnmente su asilo seguro estaba a la inversa de las sendas y caminillos de «carpinchos», en lugares extraviados y hondas espesuras.

Semejante a esos cerdos acuáticos, el matrero se deslizaba por debajo de los ramajes, escurríase por entre las lianas, volvía y se revolvía en los matorrales y salvaba la cuenca del río para perderse en caso necesario en el monte de la orilla opuesta. Cuando era preciso, su cuchillo o su facón servíanle de hacha para trozar brazos de árboles o para tender muerto al imprudente adversario que caía en aquellas redes enmarañadas.

Pero, su guarida era rara vez descubierta. Como la araña que al esconderse en su cueva cierra la entrada con una puertecilla de tierra dura; como la culebra que no habita la galería curva que abre en el subsuelo, y si en el hueco de una de sus paredes laterales en donde se arrolla y enrosca; como el lechuzón que horada la tierra en espiral, hincha la costra y construye diversas puertas y ventanas a todos los vientos, para entrarse por una y aparecer por otra; como la nutria, la viscacha, el zorro cuyas industriosas viviendas sugerían al instinto del hombre sus artimañas para la mayor seguridad del escondrijo, el gaucho selvático buscaba su sitio de reposo allí donde fuera difícil todo acceso a la planta humana, tapizado de malezas y espeso cortinaje de hojarascas, con salidas a algún potril oscuro propio para apacentar su caballo, no lejos de la corriente de agua.

De semejantes sitios escabrosos sólo salía apremiado por las necesidades, aunque hubiese peligro; hacía el merodeo en las sombras, gateaba entre las maciegas de paja brava a la orilla del monte para examinar los contornos, antes de sacar su caballo, y si el peligro no era inmediato, encaminábase a rumbos conocidos por campos quebrados que facilitasen luego su fuga; proveíase de lo necesario en ciertos ranchos de gente aparcera, o en alguna pulpería solitaria de ventanilla y mostrador reforzados con rejas de hierro, y aún con troneras en el muro endeble, a manera de fortín para abocar escopetas o trabucos en caso de asalto.

Ya en posesión de aguardiente, tabaco, yerba, y alguna pieza de lienzo, tenía tiempo todavía para platicar con el pulpero mientras tomaba su cañita, y de averiguarle qué gente andaba por el pago, a quién habían lonjeao ese día o metido chuza por los riñones.

Impuesto de todo por el pulpero, a quién convenía estar a partir una galleta con el gaucho bravo, si el riesgo había desaparecido determinábase entonces a dar un galope hasta el rancho de la «china», y aún a robar a ésta si era su consentida, para lo que no era preciso cencia sino juerza en los puños y resolvencia, según la lógica del matrero.

Y entraba a robarla. Bien montado, se acercaba de noche al rancho, apeábase a poca distancia asegurando el «pingo» en el palenque o al pie de un «ombú»; ladino y sagaz aguardaba que la muchacha se entrase a la cocina, y después arremetía allí haciendo sonar las espuelas, la mano en el mango del facón y el gesto iracundo.

Las campesinas viejas se quedaban acurrucadas entre las guascas y cueros peludos, atónitas ante el gaucho malo y por miedo a una tunda a rebenque; pero la «china», como era frecuente en estos casos, no hacia mucha resistencia y se dejaba levantar del suelo, con chancletas o sin ellas, al aire las piernas percudidas, las greñas sueltas, sin desmayos ni cosas semejantes; y él la conducía así hasta su caballo, la enancaba bien, si es que por la premura a veces no la hacía montar a «lo hombre», y partía a la carrera muy contento con su presa.

A ocasiones solía sacarla de la misma cama, y aún tenía que reñir de veras con el padre o con algún gaucho forastero que la andaba requebrando en su ausencia.

Entonces, una vez ganado el monte procuraba salir lo menos posible en los primeros días del suceso por evitar encuentros con las partidas de la Hermandad, y para holgarse mejor de su luna de miel en lo más salvaje de la floresta.


Ismael de Eduardo Acevedo Díaz
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