Ismael : 30

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El charrúa se desmontó, y púsole manea.

Echose luego en tierra sobre el vientre, y fuese arrastrando entre las matas, evitando en lo posible todo ruido.

Las rótulas y los codos a manera de rodillo, impulsaban vigorosamente su cuerpo, que al deslizarse en la espesura parecía desarticulado o elástico.

Esa marcha de jaguar y de reptil tuvo sus pausas.

Deteníase el indígena por momentos, apoyábase en las manos arqueando los brazos y levantaba poco a poco la cabeza, hasta dominar con su visual el mar de las yerbas. Enseguida, satisfecho de su observación, renovaba sus esfuerzos, procurando dominar la cuchilla -verdadero punto de mira para el logro de su pesquisa. Nada había visto hasta entonces que le inspirara sospechas. El campo parecía desierto.

Sin embargo, después de arrastrarse breves momentos, ya próximo a la cresta de la loma, el charrúa aplicó el oído al suelo, y estúvose escuchando inmóvil por algunos minutos.

Hecha esta experiencia, siguió avanzando con mayor cautela, y esa lentitud propia de la alimaña que ha husmeado su presa, alzada la frente, fijos los ojillos negros en la sombra y hundido el cuerpo en la maleza sin descubrir el dorso.

Pronto llegó a la cresta, apartó con las mejillas el pastizal seco, y púsose a escudriñar la ladera...

Cinco o seis hombres, dos de ellos a caballo, y los demás sentados en derredor de un fogón reducido a brasas, distinguíanse en el declive.

Allá en el fondo, a tres o más cuadras de distancia, veíanse otros fogones casi apagados y un considerable número de sombras que iban y venían, de hombres que recorrían tal vez los vivacs, y de caballos que giraban en torno de sus estacas, pellizcando las yerbas.

Aperiá se estuvo quieto.

Luego que hubo observado, púsose boca arriba para tomar resuello, arreglose el quillapí, y rascose las espaldas en las raíces, al igual de un mastín de estancia que ha corrido todo el día detrás de la hacienda arisca.

Bien necesitaba de ese refriegamiento, pues que en su tronco embadurnado los insectos habían hundido sus aguijones, en tanto él los había ido espantando de sus sitios de reposo.

Siempre echado, giró luego sobre sus vértebras dorsales como un trompo, y empezó a retirarse en la misma forma en que había avanzado, deteniéndose y aplastándose bien a la tierra lo mismo que un gusano retráctil y sutil, toda vez que percibía el más leve rumor.

Cuando llegó al lugar escabroso en que se encontraba su caballo, comenzaba a elevarse en tenues velos del suelo una niebla cenicienta, que hacía juego armonioso con los primeros indecisos resplandores del alba en las alturas.

Aperiá se incorporó, y llegose a su cabalgadura -que al reconocerle resopló con las narices bien abiertas-, y desprendiendo un pedazo de cuerno o chifle, con tapón de madera, del lomillo, bebiose un buen trago de aguardiente con la mayor tranquilidad.

La partida en tanto, había seguido avanzando hasta el barranco a marcha lenta y pausada, tendida en línea de combate; y llegó a reunirse con el charrúa antes que éste hubiese andado diez varas al paso de su overo.

Aperiá se acercó a Benavides, cuya figura corpulenta se destacaba al extremo derecho del ala; y, levantando el brazo, señaló con firmeza el rumbo...

La hueste se detuvo un instante, en medio de profundo silencio, apenas interrumpido por algún escarceo impaciente o el roce de las rodajas. Las lanzas y los sables en posición horizontal, se agitaban a intervalos, entre esas voces bajas o ruidos sordos que tanto se asemejan al resuello del tigre en la oscuridad. Pocos pasos a retaguardia, quince o más hombres formados en escalón constituían la reserva, también con las armas bajas, en actitud de pelea.

A poco prosiguió el avance con el sigilo posible entre la niebla.

Pero, antes de coronar la hueste la cuchilla, resonó un estampido; y una bala de tercero la pasó silbando por un claro de la fila, hiriendo a un hombre de la reserva.

A esta detonación, sucediose un alarido formidable.

Y la hueste se lanzó a toda rienda, salvando la loma y la ladera con la celeridad de una manada de potros, hasta caer sobre la tropa acampada en el llano, en momentos en que buscaba su formación entre espantoso desorden.

Fue aquello como un choque de hierros que se rompen.

Voces enérgicas, gritos salvajes, sordas caídas, chasquidos de rebenques, rotura de astiles, desenfrenadas carreras, ahogados lamentos, relinchos despavoridos, fogonazos, blasfemias, maldiciones, y después... un tropel prolongado de fuga, negros fantasmas alejándose del lugar de la sorpresa como en alas del viento, botes de lanza en el suelo, siniestros golpes de sable sobre cuerpos que se revolvían bajo los caballos derribados, pavoroso torbellino de hombres y cuadrúpedos en la tierra estremecida bajo los cascos con el redoble del trueno.

La gente del preboste había sido deshecha y dispersa con una sola carga, en las que cien rabiosos gritos de guerra hicieron el efecto de otros tantos clarines. Cinco minutos después, había rendido la vida el que no se había librado a la fuga.

Yacían por tierra hombres de uno y otro bando.

En cierto sitio, un grupo despenaba a dos o tres moribundos con golpes de gracia; en otro, los negros cimarrones despojaban los muertos de sus prendas; y en círculo más extenso perseguíanse algunos caballos enjaezados que vagaban sin ginetes por las alturas, con las riendas destrozadas y los aperos revueltos.

Esta refriega oscura duró lo que una tromba.

Benavides cruzó el campo, haciendo recoger a su paso las armas blancas y tercerolas de pedernal esparcidas por las yerbas, que debían servir a los que en defecto de lanzas habían cargado a cuchillo; y llegose hasta una tapera, resto de un ranchejo de paredes de tierra y ramas que alzaba sus picachos de lodo seco junto a un pedregal riscoso.

Allí se detuvo a esperar el regreso de los compañeros que habían seguido la persecución fuera del campo, en banda dispersa, o a grupos aislados.

El charrúa rastreador que iba junto a él, enrollándose en el brazo un poncho de vichará habido en buena brega, díjole muy pronto con su voz muy queda, señalando al interior de las ruinas, donde sus ojos parecieron descubrir algo sospechoso:

Mirá, amigo!

Venancio volvió el rostro, y dirigiose con la lanza baja al sitio, preguntando con acento ronco y fiero:

-¿Quién se regüelve en la tapera?

-Hombre güeno ha de ser -contestó una voz varonil. Desenrrie de este pié de amigo, comendante, que aquí Aldama dende ayer, todito amarrao.

Benavides lanzó una exclamación de agradable sorpresa unida a un terno enérgico, y clavando en tierra la lanza, se arrojó del caballo.

Pero, no tan presto, que ya Aperiá no se le hubiese anticipado, y estuviera cortando con mano diestra las ligaduras de nudo potreador que imposibilitaban al prisionero el uso de sus miembros.

-Creibamos que ayer no más te hubieran despachao, muchacho -dijo Venancio alegremente, al oprimirle la mano con ese aire de protección propio de un cabo de milicias convertido en caudillo.

-¡Cuasi jué ansina, por Cristo!...

Arrimate, enfiel, que me caigo de escaldao y emprestame tu chifle pá darle un beso.

Aperiá sacó su cuerno retaceado, en el que Aldama sorbió algunos tragos.

Ya más entonado y contento, volviolo a su dueño, diciendo:

¡Jiede a indio, pero da calor! ¿Y qué es de Esmaél?

-Atrás de los «godos» -dijo Benavides-. A la cuenta no lanceó a gusto aquí en el bajo... ¡Ya güelven los muchachos!

Aldama saliose tambaleando de la tapera; en tanto el charrúa montado ya en su overo, lanzábase a escape sobre un caballo ensillado -cuyo dueño quedara sobre el campo-. Un tiro certero de boleadoras le sujetó de los corvejones, a pocas varas del sitio.

Momentos después, el caballo sentía en su cuello húmedo la mano de Aldama, quién no satisfecho de su alzada y contextura le motejaba de «mancarrón bichoco», y decía riéndose a Aperiá:

-Ayudáme a volear la lisiada, ¡enfiel!

Iban en tanto llegando al campo de la sorpresa los hombres que de él se habían apartado en la fiebre de la pelea. Recogíanse los despojos, vendábanse con tiras de ropas las heridas, y a la voz imperiosa de Benavides se entraba en formación para emprender la marcha hasta el pago de Viera.

Antes que abriese el día, moviose a gran trote el escuadrón, devorando en pocas horas largas distancias, y recogiendo al paso nuevos contijentes.

En el arroyo de Asencio, donde esperaba el refuerzo Pedro José Viera, hizo alto, confundiéndose en una aclamación unánime y, vibrante los gritos de todos los pechos: ¡«independencia o muerte»!

Esta hueste debía iniciar ese mismo día con la toma de Mercedes, la serie de sus triunfos.

Cuando a mitad de la jornada se dio en la marcha de que hablamos una tregua al escuadrón, notó recién Benavides que Ismael faltaba de las filas.

Esta ausencia al parecer inexplicable, debíase a un accidente serio, ocurrido en la persecución.

Ismael, ardiendo por desagraviarse de la que había sufrido con Aldama, disipado el entrevero y producido el desbande de los enemigos, lanzose sobre los dispersos con todo el arranque de su alazán; y fue así como su lanza logró alcanzar por la espalda a más de uno de los fugitivos que derribó en medio de las tinieblas, sin detenerse en su osada carrera.



Ismael de Eduardo Acevedo Díaz

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