Ismael : 40

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Camero, como le llamaba Sinforosa, lleva el clarín a la boca e hincha la pulpa; pero al arrancar al instrumento los terribles sones de la matanza, una bala se lo troza por el cuello y en el choque le quiebra dos dientes.

El escuadrón con todo, se había movido impetuoso.

Casimiro tira el fragmento de la trompa que quedaba en su mano, desnuda la daga y con la sola espuela que tenía en el pie desnudo aguijonea su caballo que se abalanza despavorido en la humareda.

Ya encima del cerco, el clarín descubre a un lado la pieza y a un artillero con la mecha encendida: la hueste cargaba en nutrido montón, y la descarga iba a sembrar la calle de sangrientos despojos.

Camero no trepida; e iba ya a arrojarse al suelo, cuando su caballo recibe un proyectil en la cabeza que lo derrumba inerte. El clarín rueda junto al cerco como una peonza.

La carga flaquea, y los primeros escalones vuelven bridas.

De uno de ellos se desprende sin embargo, un jinete macizo y algo rechoncho montado en un tordillo de arranque; quién en vez de seguir el ejemplo, se precipita al cerco con la lanza enristrada, sepulta el hierro en el vientre de un soldado que iba a destrozar con la culata de su fusil el cráneo de Casimiro, y en su ímpetu se estrella contra el obstáculo cayendo con su cabalgadura al lado del cambujo.

Este había recibido un hachazo en las cejas y colgábale la piel sobre los ojos como un velo de carne negra.

El acero brillaba en su puño, moviéndose siniestro en el vacío. Habíase mojado dos veces en alguna entraña.

El del tordillo se puso de pie, tentando recoger su lanza, que no era más que una caña con una hoja de tijera de esquila.

Alzola con la mano izquierda, y alargando crispada la diestra hacia el cantón barbotó un grito de rabia.

Casimiro pasose los dedos por los ojos, cuyas pestañas había pegado un cuajarón de sangre, revolviéndose en el suelo como un jaguar herido en el codillo.

Sonó una descarga.

El compañero del clarín dio una vuelta sobre sus talones, llevose la mano al pecho, y se desplomó de boca encima de él, resoplando.

Ciego y aturdido, con aquel peso sobre su vientre, Camero cesó de moverse.

En su tronco al descubierto por delante, pues que sólo lo resguardaban una camisa y una blusa sin botones, sintió él que de aquel cuerpo le caía y bañaba un licor caliente, como la sangre que diluía a coágulos de sus ojos la cuchillada feroz.

El plomo seguía silbando a todos los rumbos y a intervalos el cañón mezclaba su voz al fragor del combate. Camero tenía el oído como atrofiado por el golpe; pero así mismo percibía furiosos galopes en medio del tiroteo, y los ecos del trompa de Benavides que parecía contestar a lo lejos los redobles del tambor de la defensa.

Nadie se había acercado al sitio en que él y el «otro» estaban tendidos, y, sin duda los creerían muertos. Las gotas calientes, aunque ya menos abundantes, seguían cayéndole en las carnes; por lo que él llegó a inferir que su bravo compañero se habría guardado una metralla entera en los riñones.

De repente apercibiose que el fuego se había apagado en los dos campos; y que a este silencio se sucedía un tropel de caballos, cuyo ruido aumentaba por momentos, hasta cesar a poca distancia del cerco.

Un clarín había dado el toque de «alto».

-Los «godos» no trujieron trompa, -se dijo Camero.

Acababa de hacer esta observación mental, cuando el cuerpo asentado a plomo sobre su pecho, dio una sacudida retorciéndose con fuerza, y tras ella lanzó un estertor, siguiéndose el hipo de la muerte. Al esfuerzo, escapose de la herida un chorro de sangre espesa y negra que hizo llegar a las narices del trompa un vapor cálido, empapándolo hasta el vientre; y luego se quedó inmóvil.

El silencio continuaba.

De pronto los tambores tocaron «a formar», y el clarín revolucionario lanzó a pocos pasos de Camero el toque de diana, y luego el de marcha entre vítores ruidosos.

Era que la fuerza del tercio realista, con sus jefes y oficiales a la cabeza, se rendía a discreción, y la caballería de Benavides y Quinteros procedían al desarme de la tropa española.

Casimiro se incorporó violentamente, apartando el cadáver que le oprimía el esternón, al que hizo rodar hasta sus pies. Una vez sentado, y siempre con un gran zumbido en las sienes y orejas, metiose los dedos en la boca en cuyas encías sentía también un dolor agudo; mojolos en la saliva sanguinolenta, y púsose a humedecerse los ojos, has a limpiarlos de los coágulos que habían como soldado sus párpados y pestañas. Los abrió y cerró varias veces, pugnando por suavizar el ardor de la inflamación; y, cuando ya pudo ver un poco claro a través de un velo rojizo, su primer mirada fue para el compañero de pelea, que estaba allí, tieso, con los ojos y la boca muy abiertos, desprendido un pedazo de poncho vichará que le había servido de abrigo y al aire una camisa andrajosa, con parte del pecho bañado en sangre.

Al mirar aquel cuerpo, el clarín dio un salto y restregose de nuevo los párpados, como si su vista le hubiese engañado.

Después se arrastró en cuatro manos hasta el cadáver, a cuyo rostro frío y lívido que conservaba en el labio torcido una última expresión de soberbia, acercó bien el suyo, espantosamente desfigurado por el sablazo; y como olfateando en la boca del muerto un resto de vida, exclamó lleno de profundo asombro:

-¡Sinfora!

Y se quedó mirándola con aire estúpido.



Ismael de Eduardo Acevedo Díaz

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