Ismael : 46

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No marchó ya Almagro aquella tarde con sus compañeros, reuniéndose todos en las «casas» para velar el cuerpo de Felisa. Sólo allí se oía algún ruido. El campo había quedado desierto en casi toda su extensión, concluido el arreo de las haciendas; y fuera de algunas yeguas potras que vagaban lejos, por los juncales de la barra, y de los novillos «alzados» en el monte del Santa Lucía, en sociedad común con los tigres y perros cimarrones, nada quedaba de la valiosa dehesa, a no ser los corrales de la sucesión Fuentes y un pequeño grupo de ovejas ruines e inútiles para la marcha.

Por la noche, encendiéronse tres o cuatro candiles en la pieza que habitaron abuela y nieta, y en la que se depositó el cadáver de la criolla, dentro de un cajón improvisado por Tata-Melcho con tablas viejas de la tahona.

La gente campera, agrupada en su mayor parte en la cocina, comentaba el suceso -en tanto dos mates recorrían el círculo, y varios costillares de vaca se derretían cerca de la llama en los asadores.

La muerta estaba sola.

El mismo Blandengue no había venido a echarse como otras veces en el umbral de la puertecica del rancho, con el hocico en tierra y los ojos somnolientos.

La habían puesto en el cajón con las ropas que tenía al morir, hechas trizas, sin lavarle el rostro ni cerrarle los ojos, cuyas pupilas cubría una capa de tierra. En su negro cabello enredado, los abrojos y flechillas que recogiera en el campo formábanle como una corona salpicada de sangre muy roja.

Tata-Melcho y la negra Gertrudis, se acercaban de vez en cuando al ventanillo para mirarla un momento, y después se iban persignándose llenos de asombros.

Al hacer su relato en jerga campesina, el viejo domador decía que esa noche ya a canto de gallo, por abajo de los «ombúes» dónde estaban la abuela y Tristán Hermosa, se enlucernó la sombra con las «ánimas benditas», y que del fondo del campo por atrás de las cuchillas que caían al monte, venían los aullidos de un animal extraño, que se acercaba y se alejaba, como si no se atreviese a llegar a las «casas».

La negra imbécil añadía que era «un ánima» con cabeza de perro, grande como un buey, la que ella vio desde la enramada.

El mayordomo no fue ni una vez al cuarto de la muerta; y estuvo tomando «caña» toda la noche, hasta dejar vacías dos botas llenas de ese líquido. Tenía los ojos muy hinchados y rojizos; conversaba a medias palabras, y en lo poco que decía hablaba de degollar a Blandengue.

Al otro día, taparon el cajón, y lo condujeron al cementerio de piedra, colocándolo junto al de la viuda de Fuentes, encima de dos rocas planas y más bajas separadas, por cuya hendidura o canaleta corría saltando el agua de las lluvias.

Estuviéronse a la vuelta algunas horas en las «casas», y después se marcharon a Montevideo, arreando las haciendas agenas que encontraban a los lados del camino.

Tal fue en el fondo la relación que hicieron a Ismael los moradores de la estancia de Fuentes, en su estilo llano y la franqueza propia de los caracteres rudos.

Ismael oyó todo sin despegar los labios.

Con la cabeza sobre el pecho, osco, reconcentrado, no apartó la mirada del fuego, ni expresó en su semblante pálido de líneas rígidas una sola impresión violenta.

Estaba frío como una piedra.

Mucho tiempo estuvieron los tres callados. Ismael se secaba las botas acercando las piernas al fogón, a la vez que con el lomo de la daga les escurría el lodo del camino.

Después dirigía sus ojos a Blandengue único ser que él parecía mirar allí de frente; y a quien una vez le pasó el brazo por el pescuezo, atrayéndolo hasta juntar su cabeza con su rostro. El mastín se lo lamió, y volviose a su sitio dando un resuello.

El poncho colgado al rescoldo en dos maderos clavados en la pared, había humedecido el suelo con una cascada de gotas, y desprendía vapores que podían confundirse con el humo.

Pasole también Ismael a lo largo el lomo de su daga, como para exprimirlo; sacose el sombrero cuyas alas había abatido la lluvia, y aproximolo al fuego; en tanto se alisaba la melena, sacudiendo los bucles sobre los hombros. Todo, en silencio.

Tata-Melcho, por su parte, concluyó de desensilarle su zaino oscuro, que dejó libre; y volvió a aparecer para invitarlo con un trago de su cantimplora de cuero. Ismael se mojó las labios, y la devolvió sin decir palabra.

En seguida fue a sentarse de nuevo al lado del fogón, atizándolo nervioso, y sirviéndose él mismo del mate que conservaba en una mano, en tanto de la otra tenía suspendida por el asa la caldera.

Sorbía aprisa, por lo que llenaba a cada instante la calabaza, que no era grande ni pequeña.

Mientras esto hacía, de un modo maquinal, por hábito rutinario, el sabor o el aroma de la yerba parecía estimular el trabajo de su mente; porque en sus ojos pardos, siempre vagos, solían lucir ahora algunos reflejos vivos como de quien conversa a solas, pico a pico con el instinto sublevado.

Una hora larga se pasó él allí, después de esto, encogido y quieto.

Gertrudis y Tata-Melcho entraban y salían; Blandengue también; pero Velarde no paraba atención en ello. Sólo cuando el mastín se le ponía delante, refregándose en sus rodillas, vibrábanle los párpados y contraíase su boca con un gesto amargo.

¡Leal Blandengue! Le había ayudado a matar la tigre, cuando el godo lo mandó a los juncos de la barra; y había sido el único amigo de Felisa...

Ismael se levantó y salió al patio.

El viento había calmado un poco, pero seguía lloviendo con fuerza.

Púsose él a observar aquellos sitios, recostado en la pared, muy próximo al lugar en que un día pechó con su bayo de labor al orejano miró con aire tranquilo el rancho, la enramada, las lomas cercanas, y concluyó por advertir que allí mismo, dónde él estaba parado, había caído cierta noche «un gajito de cedrón» encima de la guitarra cuyas cuerdas él tañía.

Recién sintió que una opresión le sofocaba el pecho, y que quería salírsele de un salto la entraña; y se paseó con la boca abierta como para que el aire le entrase de golpe en los pulmones.

Enseguida volvió bajo de techo, inclinose en cuclillas y quedose contemplando el fogón hecho ascuas, con el pucho apagado entre los dedos.

Al cabo de un rato, cuando ya oscurecía bajo un cielo de tormenta, Ismael reincorporose y descolgó el poncho de paño burdo, ya casi seco; y formando un lío del lomillo, la carona y demás enseres de su recado, tornó a salir recogiendo de paso su lanza.

Encaminose de allí a la tahona a paso rápido, y guareciose en el cuartito del flanco -antigua escena de sus amores y de sus odios, en donde había gustado un goce inolvidable, y dónde él creyó un tiempo haber dejado al mayordomo con el riñón partido.



Ismael de Eduardo Acevedo Díaz

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