Ismael : 47

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Al verse allí, no pudo menos de estarse quieto con el sombrero en la nuca y el freno arrollado en la mano, moviendo a uno y otro lado la cabeza entre visajes de fiera ironía.

Tiró el freno con ímpetu en un rincón.

Pasose la mano por el pañuelo que le encubría la herida de la frente, que era la que había demorado más en cicatrizar entre otras leves, de las que recibiera en el choque de la carretera de Maldonado; y a poco, recuperó su calma habitual, poniéndose a tender en el piso los aperos que debían servirle de cama.

La mesa vieja y la cabeza de vaca habían desaparecido del zaquizamí o chiribitil aquel; y un trebejo todo lleno de polvo y telas de araña era lo único que se veía allí, arrumbado en un rincón.

Velarde lo estuvo mirando atento; y al fin, reconociéndolo sin duda en la semi-oscuridad que lo envelaba, fuese a él y lo alzó con un movimiento de sorpresa.

Era su guitarra; pero maltrecha con resquebrajos y abollones, y una cuerda de menos. Las demás a excepción de la cantarela, estaban rotas.

Contemplola él con cariño.

En ella puso el pie Almagro la noche de la brega, y allí se notaba «el surco» en la caja hendida. Pero, antes la había hecho sonar la pobre «china», y nunca sonó mejor.

Ismael empezó a reatar las cuerdas y a mover las clavijas, tentando a veces con el meñique; y, sin que él de ello se apercibiera llegó a templar a medias el instrumento.

Con los ojos abismados en las sombras de aquella tarde triste, cual si en ellas buscase otra de mujer, que en su imaginación veía, rompió de pronto a cantar con una voz dulce y simpática un «estilo»; y, cuando su último eco se hubo extinguido en medio de un gran silencio pareciole al gaucho que todo el frío de la soledad se le entraba en el alma.

Calló. Pero sus dedos continuaron rozando las cuerdas, con cambio de aire y tono por largos momentos.

Blandengue, echado junto a la puerta, se puso a aullar.

Ismael dejó la guitarra y empezó a descalzarse con pereza las espuelas.

Había cerrado la noche. Seguía cayendo un agua mansa en menudas gotas y soplaba de nuevo el viento frío.

Velarde cubriose con el poncho, y se acostó en su recado boca abajo, sin quitarse las ropas.

Pasados algunos minutos en esa posición de inmovilidad completa, recorriole todo el cuerpo un temblor convulsivo. Después murmuró palabras confusas, puso la cara de lado, y no volvió a agitarse más. Cerca de veinticinco leguas de jornada, al paso de trote, en la columna de Manuel Francisco Artigas, habían aplomado su cuerpo; y no tardó en rendirlo al sueño la fatiga.

Su descanso fue sin embargo corto.

Antes del alba se levantó y fuese a la cocina; hizo fuego, cebose él mismo el mate y asó un poco de charque de un trozo que pendía del techo, expuesto al humo hacía tiempo. Cuando acabó su sobria merienda, asomaba un día sin nubes.

Tata Melcho, con la cabeza escondida entre los hombros, tembleque sobre sus zanquituertas y la greña canosa y sucia cubriéndole el pescuezo, chapoteaba barro con los pies descalzos, sobando una guasca en el palenque, como imbuido en una ocupación muy grave.

Gertrudis se entraba y salía de la cocina, amorrada y brusca, sin haber dado a Ismael los «buenos días»: con un trapo incoloro sobre su casco lanudo, y haciendo sonar los chanclos de madera en los talones encallecidos.

Velarde se levantó impasible, y dirigiose al campo con el freno en la mano, en busca de su caballo.

Así que lo hubo, paciendo cerca, saltolo en pelos, y fuese al paso a la tahona.

Allí ensilló despacio, alistose, y a breve rato de vagar a pie sin objeto por el sitio por él tan conocido en que se elevaba la piráme -como decía Aldama- de astas y huesos, encaminose de súbito al zaino, montó y cogiendo la lanza clavada en el suelo, se marchó al trote.

Al pasar junto al viejo domador que seguía muy afanado su guasqueo, lo saludó sin mirarlo.

Tata Melcho volvió la cara, con un adió bronco, y quedose moviendo la cabeza con su gesto de estúpido, murmurando:

¡Naide creería!

Ismael así que se hubo alejado de las «casas» un trecho regular, se detuvo; y dando un giro rápido en el recado apoyándose en el pie izquierdo sobre el estribo, sentó la pierna derecha en la encabezada del lomillo, y púsose a mirar aquellos lugares que alumbraba ya el sol y que nunca quizás volvería a ver.

A un flanco, en el declive de la loma, se alzaban las peñas del «cementerio» con sus cajones colgantes, bañados de luz y cubiertos con el boscaje de agrestes arbustos y yerbas parietarias; pero él, al continuar su marcha a paso lento, cruzó a algunas varas de distancia sin sujetar su zaino, mirando de reojo con la cabeza baja aquellos ataúdes sobre los cuales había estado golpeando toda la noche el agua del cielo.

Iba con el barboquejo entre los dientes y la pupila mojada, agobiado, en columpio sobre los lomos, y floja la rienda.

Así caminó más de una legua, con Blandengue al flanco, rumbo a Pando.

Ningún ser viviente se había atravesado en su trayecto; los campos estaban solos, las poblaciones sin vida, la carretera silenciosa.

En el horizonte se dibujó en cierto instante una silueta negra, que era una tropa de ganado yeguarizo, arreada a gran galope por alguna partida de las milicias. Ese grupo se dirigía hacia el Sauce, y llamó la atención de Velarde.

Cambió entonces de rumbo, desconfiando que se hubiese movido la columna de caballería del punto en que él la dejó.

Avanzaba la mañana con un sol radiante: girones de vapores flotaban en los bajos y ascendían lentos para desvanecerse pronto, presagiando un día puro y sereno.

Ismael no había cambiado el paso de su cabalgadura, ni la posición de su cuerpo, y arrastraba la lanza cogida del envase de la moharra sin apartar su vista del suelo.

De improviso un rumor sordo que venía del lontananza, le hizo levantar la cabeza y pararse en la cresta de una loma.

A ese ruido siguiose un corto silencio, y después una serie de retumbos sonoros que se extendían como truenos en la atmósfera.

El zaino alzó las orejas, bufando.

Ismael se estuvo todavía un instante atento; púsose derecho en la montura, relampagueó su rostro y clavó por fin espuelas, de golpe, arrancando a media brida.

Blandengue saltó detrás.

Retumbaba más ronco en los aires un lejano cañoneo.



Ismael de Eduardo Acevedo Díaz

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