Ismael : 54

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Ismael : 54 de Eduardo Acevedo Díaz

¿A quién perseguía Ismael en su frenética carrera?

La línea enemiga estaba cerca, y los jinetes de Almagro en fuga desordenada iban a refugiarse detrás de una pieza, que sostenía el ángulo del flanco con fuegos convergentes.

En las postrimerías ya de su esfuerzo, los tercios menudeaban desde el bajo sus proyectiles de grueso calibre, y veíase el atacador en movimiento entrando y saliendo del ánima con febril actividad, sin darse otra tregua que la descarga.

Aldama se lanzó en pos de Ismael, que parecía irse derecho a la boca del cañón.

Velarde había distinguido a Jorge en el entrevero; luego le vio huir, con el caballo al parecer herido por una bala de pistola.

Creyó entonces que podía ponérsele encima antes que se amparase al piquete de artillería; y abriéndose camino con su hierro tinto en sangre, bajó la cabeza como el toro encelado que embiste y carga ciego, precipitándose hacia el lugar en que barbotaba denuestos el temible mayordomo convertido en caudillo.

Vio Aldama, que él sin pararse sino a medias en su galope furioso, clavó la lanza de hoja retorcida y media-luna con banderola azul y roja a un costado de la línea; y que disipada la humareda de una descarga, reaparecía en la ladera del flanco castigando al zaino a rebenque doblado con la mano izquierda.

Silbaban a esa altura un enjambre de boleadoras.

No pocos jinetes realistas habían caído en poder de la caballería patriota, a los tiros del arma charrúa, admirablemente manejada por los ágiles centauros; y cuando fue necesaria, vino en ayuda de ella la otra arma arrojadiza, el «lazo», para arrastrar fuera de los fuegos a los heridos y prisioneros.

La confusión sucedida al choque aumentaba por momentos, lo mismo que en un rodeo de hacienda brava que rompe el cerco y se desbanda entre galopes y caídas, tiros de «lazos» y «bolas», silbidos y clamoreos, con la diferencia de que goteaba sangre en esta brega y se magullaban carnes y huesos, despenándose sin cuartel y haciéndose acopio de despojos.

Ismael con la misma agilidad que en un rodeo de novillos alborotados, revoleaba por encima de su cabeza en ancha espiral el lazo de trenza, seguido siempre del mastín.

Jorge con su tordillo rendido apuraba su fuga a retaguardia de los dispersos, airado el gesto, en su impotencia de rehacer los escalones que llevaban el desorden a la línea; y volvía el rostro afirmándose en su deshecha cabalgadura para librar con el astil de su lanza de los tiros de bolas los corvejones, cuando el lazo de Ismael zumbó a pocas varas de distancia, ciñéndosele al cuerpo como un aro de hierro.

Jorge reconoció a Velarde, y al sentirse cogido a la manera de una bestia montaraz abandonó la lanza, echó mano al cuchillo en rápido movimiento y tentó cortar la presilla de la trenza, vomitando injurias.

Ismael sin embargo, no le dio tiempo para zafarse; y al verle él torcer riendas callado, implacable e hincar las grandes rodajas en el vientre de su zaino brioso, amartilló una pistola, y se asió con la mano izquierda a las crines del tordillo prorrumpiendo en un grito de rabia.

Sólo un puñado de cerdas quedó entre sus dedos crispados; porque de súbito, con irresistible violencia, tras una recia sacudida que le hizo perder con los estribos el ánimo, fue arrancado de la montura.

Así mismo, caído boca abajo entre los pastos, alzó la cabeza, apuntó a su enemigo e hizo fuego.

La bala acertó a rozar la mejilla de Ismael dejando en ella una línea roja.

Almagro se puso de pie tambaleante, hincándose en los pies con sus propias espuelas; y volvió a caer de costado, después de arrojar con pavor su pistola a la cabeza del gaucho.

Aldama que llegaba al sitio en ese momento, gritó a Ismael:

Guardia al cañón!

La pieza del flanco escupió un tarro de metralla, que chocando en un pedregal próximo esparció una lluvia de cascos sobre el grupo.

La lanza de Aldama se hizo pedazos en su diestra, y el jinete mismo dobló el cuerpo hacia atrás herido en el pecho, y se precipitó a plomo por las ancas.

El gaucho bravo se puso en cuatro manos, chorreando sangre, y barbotó jadeante

-¡Cinche, hermano!

Ismael arrancó con ímpetu, arrojando una mirada a Aldama, que se desplomaba en los pastos con las manos crispadas sobre el pecho.

Silbaban todavía por aquella ladera las boleadoras.

En cambio iban apagándose los fuegos de la línea realista, exhausta de municiones.

Pudo presenciarse entonces un cuadro lúgubre en la zona despejada del flanco, delante de los escuadrones que habían vuelto a su formación, perdida en la carga.

El cuerpo de Jorge rebotó algunos instantes en la falda de la loma, lo mismo que una peonza elástica lanzada de la cresta por un brazo poderoso.

El cañón tronó por última vez, salpicando pedazos de granada en derredor de Ismael que recogía su lanza por un segundo su zaino dobló en el declive los remos delanteros -enrojecidos los ijares, tendidas las orejas al toque de corneta- y reincorporándose en el acto volvió a arrancar con un relincho arrastrando a Almagro que se cogía a las yerbas y pedregales con los dedos desollados y las uñas rotas.

Durante el fugaz segundo en que el caballo de Velarde flaqueó, Jorge logró ponerse de rodillas moviendo sus brazos en espantosa angustia: Ismael le miró con los dientes apretados, pálido, bravío; y Blandengue, tomando sin duda aquel bulto por una res rebelde hendida ya en los jarretes por la media luna, saltó sobre él, y le hundió el colmillo en la garganta.

Velarde siguió azuzando su caballo con indescriptible furia; y esta carrera desenfrenada por el campo que los combatientes habían sembrado con cerca de doscientos muertos y heridos, duró algunos momentos.

El cuerpo de Almagro sacudido en infernal agonía, machucado al fin en las piedras del terreno, hecho una bola sangrienta, pasó rodando sobre los despojos del combate, y al llegar a la línea no era ya más que un montón repugnante de carnes y huesos.

El gaucho se desmontó, sin apuro.

Llegose al cuerpo, y lo estuvo mirando un rato con una expresión fría y sañuda, de odio aún no extinguido.

Tenía el rostro desencajado, y sucio de pólvora; una de sus greñas largas se había como pegado por el extremo en la desgarradura hecha en la piel por la bala.

-¡Sarnoso! -murmuró, torciendo el labio.

Luego le desprendió la trenza que se había hundido en las carnes por debajo de los brazos, y lo apartó con el pie. El cadáver al rodar produjo un ruido semejante al de una bolsa de huesos o de semillas secas.

Blandengue alargó el hocico, olfateando la pulpa triturada, algo así como carne de matadero; dio un resoplido, y se echó resollante junto al zaino oscuro.

Artigas, a caballo en el extremo del ala izquierda, vio cruzar a Ismael, arrastrando aquella masa informe.

-¿Qué es eso? -preguntó con frialdad.

-Un prisionero cogido detrás de las piezas, y a quién ese mastín degolló de una dentellada en el declive -contestó el teniente Valdenegro.

Artigas apartó de allí impasible sus ojos de verdosos reflejos para fijarlos en el campo enemigo: habíanse apagado todos los fuegos, rompían clarines y tambores en ruidosas dianas y las tropas españolas abatiendo armas y banderas, se rendían a discreción.


Ismael de Eduardo Acevedo Díaz
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