Ismael : 56

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Antes de la victoria, los nativos se sentían azorados dentro de muros.

La intransigencia de los europeos llegó por entonces al fanatismo.

Montevideo, plaza fuerte de primer orden, y desde luego centro importante de arribo, refugio y resistencia del punto de vista estratégico, revestía bajo otro aspecto todas las formas características de una gran aldea rodeada de murallas, donde la vida social por su raquitis y atrofia no trascendía en sus mayores expansiones más allá del foso y de los baluartes.

Verdadero villorrio militar, fundado en condiciones análogas y con iguales objetos que la Colonia del Sacramento, sus pobres edificios y callejuelas no servían más que para encaje de un molde de piedra y hierro; de modo que bien podía compararse a uno de esos enormes moluscos de fornida caparazón que asombran por su magnitud y su coraza defensiva, pero que, desprovistos de ella, presentan luego un organismo invertebrado, frágil e inconsistente.

La única manifestación intelectual de aquel tiempo la constituía la «Gaceta de Montevideo», periódico que salía por la imprenta enviada por la princesa Carlota, y que llevaba el escudo de armas de la ciudad al frontis, con las banderas británicas abatidas, con arreglo a la real cédula que le acordó ese honor a mérito, de su iniciativa en la reconquista de Buenos Aires, en cuya gloriosa acción fueron cogidos esos trofeos.

Emitían opiniones en esa hoja, el abogado de los reales consejos de la audiencia de Lima Mateo de la Portilla y Cuadra, que en punto a grado de erudición corría parejas con cualesquiera letrado menesteroso; y el religioso fray Cirilo de la Alameda y Brea, quién sin materia prima para notables cosas, llegó después a ser grande de España, arzobispo de Burgos, General de la orden de San Francisco y Cardenal, con influencia omnímoda en Fernando VII y en otros personajes de alto valimiento en la corte.

Predominaba un espíritu de extremo celo, retrógrado, avieso, implacable que a su vez engendraba la intriga, el chisme, el espionaje, la persecución aislando entre sí las familias y haciendo difícil y hasta imposible la formación de vínculos solidarios.

No pocas de esas familias simpatizaban con los independientes; y ya hemos visto cómo hasta entre los mismos conventuales de San Francisco tenía ardientes afecciones la causa revolucionaria.

Desde el primer momento, no pasó desapercibido este peligro interno, doméstico, digámoslo así, a los partidarios exaltados del sistema colonial, quienes, para prevenirlo en sus efectos y desahogar sus odios contra los nativos, constituyeron una sociedad o club político bajo la denominación de Los Empecinados.

Este título tenía por origen el que se había dado en España a un célebre guerrillero, que aún en los días de mayor infortunio para aquella heroica nación, persistió en su duelo a muerte con las aguerridas tropas de Bonaparte.

La sociedad, compuesta al principio de diez o doce miembros, aumentó bien pronto sus filas, y en progresión geométrica crecieron entonces sus pretensiones y exigencias, al punto de alarmar al mismo virrey Elío, que tenía el genio violento y la mano de plomo.

Con tan celosos guardianes de la causa del rey, los conventuales de San Francisco tenían ojos que los vigilasen, y en los días de que hablamos con mayor motivo.

Varias familias honorables, entre ellas la de Artigas, habían sido expulsadas de la plaza tres días después de la victoria de las Piedras; y este era ya un aviso serio que debía poner sobre sí a los entusiastas reclusos.

En una de esas noches, después de solemne fiesta religiosa, Fray Benito se agitaba en su celda.

Los graves sucesos ocurridos en la campaña en menos de dos meses, el estado actual de los espíritus dentro de murallas, el peligro de nuevas expediciones de ultramar, la energía demoledora de la Junta porteña, el desarrollo asombroso de la acción revolucionaria; todo esto surgía revuelto y rodaba por su cerebro, y veía al fin desenvolverse ante sus ojos aquellos tiempos alumbrados con luz de incendio de sus pasados ensueños -tiempos de perturbación profunda, de ideales soberbios, de instintos y de pasiones poderosas que iban preparando las luchas formidables de organización definitiva.

Luego, volvía a caer su pensamiento a plomo con pertinacia en el medium aislado en que se vivía, y en las fuerzas sin trabazón ni ligadura disciplinaria que se alzaban en los campos gritando guerra...

Insistía esa noche en figurarse a esas fuerzas vencedoras, libres de la tutela severísima, con el desierto por delante, dueñas ya del terreno y de los beneficios del cambio, de una crudeza virgen en el arranque, en la iniciativa y en la acción, abriéndose rumbos por instinto o por un odio incurable a todo poder absorbente; figurábaselos con sus caudillos a la cabeza en medio de una descomposición profunda, recién sacudidas, con la conciencia de su poder y de su libertad, frente a frente de las viejas costumbres desafiando las tendencias unitarias, pero todavía sin planes fijos en una época en que no los habían madurado los mismos cerebros pensadores; y espantábase a la idea de que a una lucha santa se sucediese la guerra social con todo su cortejo de discordias, segregando porciones distintas de la antigua familia hispano colonial.

Esos hombres extraordinarios que aparecían acaudillando masas, improvisados en capitanes por el acaso, la osadía, el talento y el valor, fascinadores en su prestigio, sin otra escuela que la imitación y el ejemplo, ni otro teatro que las soledades, llenos de resabios y de temibles pertinacias, ardiendo en los deseos de una vida nueva y de un destino mejor, bien pudieran ser los genitores de esas largas anarquías en que se resolvían según la historia los arduos temas de las formas políticas de los pueblos.

Estas cavilaciones eran a cada paso interrumpidas por la entrada de algunos de sus colegas a la celda, los que, no menos sobrexcitados por las cosas del día, buscaban encontrarse juntos a cada hora en el interés de compartir las emociones violentas, las esperanzas y aún las dudas que les sugerían los sucesos pasados y la crisis del presente.

Fray Joaquín Pose creyó sin embargo discreto, que esa noche, como en la anterior, se hiciese tertulia en el refectorio, y se departiese con mucho tino sobre las ocurrencias profanas.

Los demás acogieron bien esta indicación como si presintiesen un peligro, y fuéronse todos a reunirse poco a poco en el local designado.

Fray Benito fue el último en entrar, y al hacerlo notó al primer golpe de vista que en el refectorio no había otros conventuales, que Fray Joaquín, Fray Pedro y cinco hermanos más.

-Extraño es -dijo en voz baja- que a esta hora sólo estemos aquí reunidos ocho...

-Eso mismo observábamos nosotros en este momento -repuso Fray Pedro en el mismo tono. Creo hermano, que algo se trama.

Fray Benito movió la cabeza y sentose en un sillón de baqueta.

-No nos cogería de sorpresa.

El virrey está colérico, y los empecinados nos señalan con el dedo.

-El ruido del escopeteo en la línea debe exasperarles más; pues todo ha podido preveer Elío, desde que Buenos Aires adoptó su fórmula del año ocho: Cabildo abierto y Junta de gobierno; menos que fuere el entonces teniente de Blandengues quien venciera sus mejores tropas y estrechara el asedio.

-Así es -afirmó Fray Benito, cuya mirada se iluminó de súbito.

Y como recogiendo materiales en su memoria, añadió de allí a poco:

-Cuando un día aventuré yo aquí un juicio, diciendo que la iniciativa de Elfo era como el primer germen de una idea revolucionaria, y fui redargüido, dejé al tiempo que lo confirmase...

En ese tiempo estamos, hermanos.

Es su fórmula aceptada como tal, con otras tendencias y fines, la que ha armado ejércitos, y lo ha encerrado en esta jaula de piedra.

-De la que difícilmente saldrá victorioso, -dijo Fray Joaquín.

Se marcha a tambor batiente, y las cosas parecen tocar a su término.

-Que se rinda Montevideo es lo poco probable -repuso Fray Benito con aire de duda- y mientras se mantenga firme Elío, la junta de España ha de pugnar por robustecer su acción.

Esta ciudad ofrece a las expediciones militares y a las escuadras un punto de apoyo inestimable, por su posición geográfica, su puerto, sus cañones y murallas.

En tanto sea conservada bajo el dominio, la madre patria puede acariciar la ilusión de que sus esfuerzos no serán estériles o aventurados por lo menos, desde que tiene abierta una puerta en América para el paso de sus ejércitos hacia el interior, y un arsenal poderoso con qué proveerlos en todo tiempo sin dificultades ni peligros.

Perderla, o facilitar su acceso a los independientes que conocen su importancia, sería una prueba de impericia de que no creo capaces a los generales españoles.

En esta región, su fuerza está aquí.

Rendida la plaza, desaparecería con ella el centro de su actividad militar y el nervio de resistencia.

-Los franceses arrecian por allá.

-También cargan los agredidos, y puede cambiarse de repente la fortuna...

Mi afecto decidido por la causa de América, y mi amor por el país en que hemos nacido, no me arrastran hasta el punto de desconocer en la nación que nos ha dado su idioma y sus hábitos buenos y malos, esa virilidad patriótica y esa pasión guerrera perseverante de que ha ofrecido tantas veces, y está dando ahora mismo ejemplos al mundo.

La guerra podrá ser más o menos larga y sangrienta en la península, y una sucesión de contrastes y derrotas podrá también hacer sospechar un éxito desastroso; pero, la fibra ha de resistir y triunfar también sobre las combinaciones deleznables de un gran capitán afortunado.

Una prueba elocuente de ese vigor de raza, y de esa fe en sus destinos, la tenemos en la persistencia obstinada con que sostiene en América sus pretensiones de dominación absoluta...

En esto, Fray Luis Faramiñán que cruzaba por un corredor, entrose de improviso en el refectorio con el dedo en la boca y el semblante demudado, diciendo muy quedo:

-¡Silencio!...

Los frailes quedáronse mudos, arrebujándose aprisa en las capuchas.

Uno se hincó en un extremo, de espaldas a la puerta, murmurando entre dientes una oración.

Otro desprendiose rápido el rosario y púsose a pasar las cuentas entre sus dedos; y Fray Benito que tenía el mate en la mano lo colocó a prisa en la mesa, para coger un breviario que allí estaba abierto.

Los demás permanecieron quietos, presintiendo un peligro grave, o la aparición en el refectorio del mismo virrey Elío, con su cabeza deforme y asustadora, móvil sobre un cuello corto y morrudo, sus ojos redondos y saltones, sus pelos erizados, su gesto de arrebato implacable y su zarpa fornida de soldado atleta en perpetua amenaza sobre el puño del espadón.

Fray Luis, por su parte, comenzó un paseo lento con los brazos en cruz y la mirada en el suelo.

Sentíase en el corredor el ruido de una espada.

Después oyose claramente el que hacían las culatas de varios fusiles, al descansarse en el piso con violencia.

Los religiosos que se habían quedado en sus asientos, formaron círculo, y comenzaron un rezo a media voz...

Un oficial de infantería apareció en la puerta que Fray Luis dejó entornada, y que el recién venido abrió del todo con un golpe de puño.

Los frailes no se movieron de sus sitios; y solo Fray Benito levantó la cabeza con serena y mística expresión.

-¡Los seráficos! -prorrumpió rudamente el oficial, sin sacarse el morrión.

Ya pueden irse levantando para venir conmigo, ¡de orden del señor virrey!

A estas palabras, pronunciadas con irreverente imperio, los conventuales se estremecieron y cesaron en su rezo, para balbucear protestas.

Puestos todos de pie, como heridos por una misma conmoción, Fray Benito se adelantó un paso, y dijo:

-No sabemos a qué atribuir, señor teniente...

-¡No tengo nada que oír! -le interrumpió el oficial con bronca voz.

Y en seguida, asomándose a la puerta, gritó:

-Avancen.

Oyose en el acto el sordo compás del paso del pelotón.

Los frailes se miraron.

No había nada que hacer, pues que la orden era terminante.

-¿Nos será entonces permitido proveernos de lo más necesario? -se atrevió a preguntar Fray Benito.

-Están ustedes bien con lo puesto -repuso el teniente con impaciencia.

¡En marcha!

Los frailes desfilaron cubriéndose bien; inquietos, pero callados y humildes.

El oficial se colocó a un flanco, y el pelotón detrás con los fusiles terciados.

Pronto estuvieron en la calle.

La noche estaba húmeda y fría.

Sentíanse a intervalos algunas detonaciones en la línea del asedio, que distaba media legua apenas de la muralla del este.

El grupo de religiosos y soldados recorrió una parte de la calle de San Francisco desierta a esa hora, y dobló por la de San Pedro, profundamente oscura.

El trayecto hasta el portón de la ciudadela que llevaba el mismo nombre de esa calle, se hizo en silencio, lo que permitió a los frailes reconcentrarse para hacer cálculos sobre la suerte que se les reservaba.

No tuvieron tiempo, sin embargo, para concluir sus soliloquios, a este respecto; porque, traspuesta la poterna, sintieron girar sobre sus goznes el gran portón de salida al campo.

Una vez fuera de sus umbrales de piedra herrumbrosa, el teniente señaló con la espada el terreno solitario y negro que se extendía delante, cubierto de boscajes y matorrales, exclamando con dureza:

-¡Ahora pueden irse con sus matreros!

Los religiosos inclinaron las cabezas, siempre callados; cerrose la enorme puerta, alertaron en ese instante los centinelas del Fijo en todo lo largo de los bastiones, y ellos alzándose los hábitos echaron a andar hacia el cuartel general de Artigas, a paso rápido, como para alejarse cuánto antes de aquel cinturón de granito y de cañones.

Fray Benito que encabezaba el grupo, llevaba sus ojos puestos en el fondo de las tinieblas, cual si allí se bosquejase la imagen de un destino a misterioso, de un porvenir preñado de tormentas, con lineamientos confusos y fugaces relámpagos, ¡bajo cuyo negro dosel aún tardaría mucho en lucir una aurora de paz y de ventura!

En el horizonte cercano, dibujábase un arco rojizo formado por el resplandor de los fogones de una intensidad muy viva, con una corona de brumas.

El fraile alargó el brazo, y dijo:

-¡Sangre!

Fray Joaquín Pose abarcó el horizonte, con sus ojos muy abiertos, murmurando:

-¡Sí!...

¿Y por que siempre sangre?

-Se dice que la vida es risa y drama -repuso Fray Benito sin detener su paso mesurado-. Con todo, es en medio de la risa que se han degollado más a gusto los hombres.

¡Oh!... ¡la sangre abona y fecundiza!

-¿De manera que ese, es el extremo fatal?

-Así creo.

La historia prueba que hubo sangre antes de Cristo, en Cristo, y después del sublime apóstol; y ella seguirá derramándose en los tiempos, ya en nombre del odio nunca satisfecho, ya en nombre del ideal nunca alcanzado...

La naturaleza humana necesita para perpetuarse, de su propia esencia.

-Pero, aquí vamos llegando al fin -observó Fray Pedro, estremeciéndose al ruido de una descarga, que en ese momento resonaba a lo lejos.

-En apariencia, hermano -repuso Fray Benito, sin perder su serenidad habitual.

La fibra de los que se han rebelado es demasiado fuerte, para que el triunfo mismo suavice su fiereza. Es de un temple ya raro, y por eso temible.

Conquistada la independencia, la sangre correrá en los años, hasta que todo vuelva a su centro, y aún después...

¡Esa es la ley!



Ismael de Eduardo Acevedo Díaz

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