Ismael : 8

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Caía una tarde de Febrero del año 1811, cuando trasponiendo los oteros y collados que ondulan a las márgenes del Río Negro, a algunas leguas del paso de Ramírez, un jinete teniendo sobre la rienda su caballo piafador de gran alzada, cabeza pequeña y narices bien abiertas, rojas y espirando vapor por el esfuerzo de la carrera, se dirigía a la selva profunda, que como un festón enorme de verde irisado bordando el horizonte azul se erguía en el valle majestuoso e imponente.

En la última pequeña eminencia, el jinete tiró a dos manos de las riendas, echando su cuerpo atrás, deteniendo a su brioso alazán, que alargó el cuello espumeante de sudor, llenos de fuego los ojos y de sanguinolentas burbujas la boca, gobernada por un bocado sin camas, barbada ni coscojas, de esos con que el que está habituado a andar desde los primeros años en los lomos equinos, avasalla y doma la fiereza del potro. Dobló luego, hacia arriba, el ala de su sombrero, y volviéndose de lado con destreza, miró el terreno que quedaba a sus espaldas, escudriñando a lo lejos todo el semi-círculo que formaban las lomas o cuchillas. Ningún ser humano se veía, cerca o lejos, en aquel espacio desierto. Voces, gritos, balidos, rumores extraños llenaban las soledades; y del bosque enmarañado y espeso que los rayos del sol poniente teñían de oro, surgían confusas las notas de la creación alada que elevaba en todo el largo de la selva sus himnos del crepúsculo.

El ojo poco avizor, nada habría podido percibir de sospechoso en el espacio recorrido; pero, el jinete a juzgar por un gesto expresivo que dilató sus labios en forma de sonrisa irónica, algo alcanzó a divisar en el horizonte a su derecha. Fija tuvo en ese punto su mirada algunos momentos, y enseguida echó pie a tierra, manteniendo el caballo del cabestro con su mano izquierda. La diestra, rápida y hábil, desprendió la cincha que sujetaba el lomillo, y volvió a oprimir el vientre empapado de su alazán, con sus fuertes dedos y colmillos no menos vigorosos, hasta unir los aros férreos de la cincha de cuero. Ajustada nuevamente, a su vez, la piel ovina sin vellones, que le servía de cojinillo, acarició el cuello y crines retaceadas del caballo algo inquieto, con suavidad, palmeándole en el pecho cubierto de espuma; y poniendo el pie en el estribo de madera sentose con la mayor presteza, haciendo sonar sus espuelas de grandes rodajas, en cuyos pinchos se confundían pelos, lodo y sangre. A buen paso, dirigiose enseguida, hacia un punto determinado de la selva, con ademán tranquilo y resuelto continente.

Era este jinete, un gaucho joven. Representaba apenas veintidós años, y solo un bozo ligero sombreaba su labio grueso y encendido. El cabello castaño y ensortijado, caíale sobre los hombros en forma de melena. Sus facciones tostadas por el sol y el viento de los campos, ofrecían sin embargo, esa gracia y viril hermosura que acentúa más la vida azarosa y errante, trasmitiendo a sus rasgos prominentes como una expresión perenne de las melancolías y tristezas del desierto. En los ojos pardos de mirar firme y sereno, parecía despedir de vez en cuando sus destellos el sentimiento enérgico de la independencia individual. Había en su frente ancha, horizonte para los profundos anhelos y sombríos ideales de la libertad salvaje: sobre ella flotaba el ala del sombrero, como la de un pájaro selvático que se agitase siempre en el aire, desconfiando de las acechanzas del suelo.

Vestía de la manera característica y habitual del tipo criollo, en aquellos tiempos postreros de la vida del coloniaje. Este joven gaucho difería mucho, en sus hábitos y gustos, como todos los de su época, de los que al presente tienen escuelas primarias para educar su prole y ven pasar ante sus moradas solitarias la veloz locomotora con su imponente tren cargado de riquezas, y los hilos eléctricos por donde se desliza el pensamiento con la celeridad de la luz. Llevaba en su persona los signos inequívocos de una sociabilidad embrionaria, de una raza que vive adherida a la costumbre, bajo la regla estrecha del hábito, aun cuando por entonces las aspiraciones al cambio -preludios vagos de progreso,- empezaban a nacer con desarrollo lento, del mismo modo que, -como decía Fray Benito- brotan en crecimiento laborioso en un terreno de breñas y zarzales los granos fecundos que el viento eleva, agita y arrastra en sus remolinos tempestuosos para dejarlos caer allí donde acaba la energía de sus corrientes.

Sobre una camisa de lienzo, llevaba el jinete un poncho de género sencillo, a listas, colorante, recogido sobre el hombro izquierdo; un pañuelo de seda al cuello, anudado con desaliño; sobre el cinto que sujetaba los extremos de un chiripá de lanilla azul, enrolladas a su cintura, las boleadoras de piedras, forradas con piel de carpincho; una daga de mango de metal detrás, bien al alcance de la diestra; y una pistola de pedernal cerca del arzón con la culata hacia adentro, sujeta al apero, sin funda ni cargas de repuesto. Calzaba botas de piel de potro, y lucía en el calcañar, como hemos dicho, gran espuela de hierro armada de agudas punzas.

Con el chambergo inclinado sobre la oreja, sujeto por un barboquejo concluido por dos barbillas negras que simulaban perilla bajo su labio inferior, -el poncho arrollado con gracia sobre el hombro, y una mano apoyada en el mango del rebenque- el bizarro mozo, con su aire de atrevimiento y dureza de ceño, bien sentado en su caballería briosa y piafadora, representaba fielmente a esa clase errante que en otros tiempos desconocía las dulzuras del hogar doméstico, compañero del animal montaraz en los bosques, fuerte ante el peligro, sombra siniestra del llano, la sierra y la selva, cuyas planicies, desfiladeros o escondrijos recorría y utilizaba en sus excursiones de centauro indómito, desafiando las iras de los prebostes y abriendo camino al intercambio de productos, sin pago de derechos.

Severa imagen de la época, vástago fiero de la familia hispano- colonial, arquetipo sencillo y agreste de la primera generación, aquel mozo lujurioso, arisco, altivo en su alazán poderoso, con su ropaje primitivo y su flotante melena, simbolizaba bien el espíritu rebelde al principio de autoridad, y la fuerza de los instintos ocultos, que en una hora histórica, como un exceso potente de energía, rompen con toda obediencia y hacen irrupción, en la medida misma en que han sido comprimidos y sofocados por la tiranía del hábito.

En el ojo, al parecer vago y melancólico, lleno de los reflejos del desierto; en el aspecto de la cabeza echada hacia atrás, tal como debe ofrecerlo el puma que asoma en la altura, al lejano ladrido de los perros cimarrones; en el aire reconcentrado y caviloso de este hombre cerril, cada vez que se detenía para volver la mirada escudriñadora al lontananza, en todas direcciones; en sus movimientos desenvueltos y osados y la tranquila firmeza con que, ora lanzaba hacia delante o a los flancos su caballo, ora reprimía con diestra mano sus impulsos, ora se arrojaba de sus lomos y se tendía sobre la yerba para recoger en el suelo firme con oído atento los rumores, descubríase al agente temible fuera de la ley, objeto constante de las persecuciones implacables, a la vez que al baqueano astuto y sagaz que encamina sus pasos por sitios inexplorados, sin dejar huellas; cual si sus pies como las enguantadas zarpas del tigre al sepultarse en lo más intrincado de los bosques, no ajasen las yerbas bajo su fina piel de potro, ni deprimiesen el suelo inseguro de los pantanos.

El jinete venía perseguido por un destacamento de caballería.

La jornada había sido dura, de largas leguas, sin tiempo para beber algunos sorbos de agua en los arroyos del tránsito, que atenuase una sed ardiente y febril. Si sudorosa estaba la frente del amo, bañado en espuma hasta los corvejones, en donde el lazo de trenza con su última vuelta o anillo había formado con el roce gruesas ampollas blancas, estaba su fiel compañero, levantada la una oreja, el copete goteando sobre los ojos encendidos, las narices dilatadas y enrojecidas por el hervor de la sangre caldeada en la carrera.

Ya en la orilla de la selva, el jinete moderó el paso, recorriéndola alguna distancia, como buscando la abertura casi invisible de una picada secreta; algo así, como un túnel tortuoso y oscuro bajo las espesas bóvedas flotantes que atravesara todo lo profundo del bosque hasta la ribera del río, escondido entre dos inmensas paralelas de troncos y follajes cual una veta de plata a flor de tierra.

Allí donde, otros menos expertos nada habrían visto, el jinete se detuvo.

Cubierta ligeramente por las ramas hojosas de molles y guayacanes, había una abertura o entrada muy estrecha, por la que sólo podía penetrar de frente un jinete.

El fugitivo apartó los ramajes con cuidado, y su alazán, cual si reconociera el sitio, entrose por aquel túnel contorneado de arborescencias, quebrando los gajos tiernos con el pecho y haciendo crujir bajo sus cascos los viejos troncos esparcidos a trechos en la sombría senda. Refrenole su dueño con vigor; y desde ese instante, empezó a avanzar paso a paso, caracoleando en prolongada serpental, y deteniéndose a veces ante el obstáculo opuesto por recientes invasiones de la vegetación arbórea, o ante curiosas empalizadas que los habitantes desconocidos del bosque levantaban en ciertos lugares, para torcer la marcha de una partida o columna en desfile.

Estas obras de matrero no carecían de ingenio. Menos prolijas, recordaban no obstante las del topo. En los sitios donde existía el obstáculo, el sendero se dividía en línea trifurcada, siendo dos de los ramales más reducidos y angostos, -como obra de carpincho y otros moradores de la selva- viniendo a constituir la barrera artificial el vértice de dos ángulos agudos. Los senderos de los flancos, llevaban lejos: los que en ellos se aventuraban, se perdían en lo intrincado del monte. En cambio, traspuesto el obstáculo de la línea media, que era la recta, arribábase a la otra ribera, después de una lenta y complicada travesía. El empalme de estas vías tenebrosas, sólo era conocido por el contrabandista o el matrero, a quienes bastaba separar los troncos y el boscaje formado por nutridas lianas y ñapindaas dóciles y rastreros, que al enroscarse en los árboles circunvecinos alargaban sus guías enormes por doquiera, para abrirse paso y continuar la ruta, después de recubrir el paraje cuidadosamente.

Estos senderos secretos se extendían larga distancia bajo un cielo verde en caprichosos giros ora en ascenso, ya en declive, según las ondulaciones y accidentes del terreno sembrado de hojas y de raíces, en medio de paisajes encantados, de helechos y nutridos brezos sobre los que zumbaba sordamente todo un mundo de átomos alados.

Rara vez la planta humana hollaba aquellos sitios, verdaderos asilos ignorados del gaucho errante; y diríase ante su salvaje pompa y virgen soledad, la smarrita via, en la selva oscura del poeta. Troncos gigantes enlazados por graciosas guirnaldas, de lianas y tacyos, hasta formar tupidas redes en las bóvedas de las copas confundidas; palmeras enhiestas asomando sus cabezas en el espacio, a manera de colosales quitasoles del oriente; robustos yatáhis y guayabos en estrecha alianza con las indígenas yedras trepadoras, molles y laureles agrupados en tumulto: añosos quebrachos y atrevidos ñangapirées elevando sus cúpulas en desorden, junto al duro espinillo y al tala espinoso, verdadero erizo vegetal que hiere y desgarra como un dragón que guardara el secreto de la floresta; columnatas singulares, airosos capiteles, variadas volutas, elegantes cimborios simulados por miriadas de hojas y tupidas florescencias; y en la pradera sombría, como asaltando las bases y troncos de aquella hermosa vegetación secular, innúmeras legiones de plantas selváticas irguiéndose con audacia para concluir en esbeltos tallos y trémulos penachos de vivos matices, o retorciéndose por el suelo cual prodigiosa nidada de serpientes.

Por medio mismo de estos paisajes, divididos por el angosto sendero, empezó el jinete su travesía.

Marchaba el sol a su ocaso, y sus rayos que bañaban las alturas del bosque diluían apenas en su interior a través de pequeños claros verticales, algunos chorros color de oro muerto o ligera lluvia de aristas luminosas que solían ornar con fantásticas fajas o talabartes las gusaneras de un negro y rojo de terciopelo que se remontaban en formas piramidales desde el suelo hasta la bóveda, adheridas a las gruesas guías de las enredaderas. Mundo pequeño, inmóvil, silencioso formando de millares de seres un solo cuerpo, en apretados lazos de familia; república extraña y fraternal conjunción de organismos de sangre blanca, que así apiñados sin luchas ni conflictos, ¡parecían buscar en la unión estrecha y en el común contacto el calor fecundo de la vida! El jinete rozaba casi al pasar estas gusaneras, sentía sobre su cabeza el aleteo de la torcaz o del tordo que cambiaban de rama, veía cruzar por delante y esconderse en la yerba la perdiz de monte, y replegarse cauteloso hacia la entrada de su cueva al pie de algún tronco al lagarto de múltiples colores. El zorzal y el jilguero confundían sus notas con las del tordo y la calandria en singular concertante, despidiendo al día con encelados gorjeos; los colibríes zumbaban ante las flores, lanzando al detenerse en los lugares iluminados por los rayos moribundos, esos metálicos reflejos de azul y esmeralda que el pincel más diestro jamás reproduce en todo su esplendor; al parloteo de los loros uníanse las medidas frases del cardenal y los arrullos de las palomas de monte, en la hora precursora del sueño; en tanto que, del fondo de la selva, como un toque de oración para los demás seres, y para ellos de despertar al primer asomo de las sombras, el ñacurutú y la coruja mezclaban de vez en cuando al concierto sus monótonas quejas.

El jinete, que ya había penetrado muy adentro en aquellos velados lugares, seguía su marcha al paso, la cabeza hacia adelante y ese aire de laxitud e indiferencia que sucede a la actividad febril de una jornada fatigosa; cuando, de súbito, el ruido producido por un tropel de caballos, que venía del exterior del bosque, a sus espaldas, le hizo volver el rostro, sin que en él se reflejara, sin embargo, la menor inquietud o zozobra.

El confuso rumor creció por instantes, para disiparse bien luego, como si un grupo de jinetes buscara en las orillas del monte el paso o entrada secreta.

El mozo de la melena se encogió de hombros, y se detuvo.

Corría en aquella parte un hilo de agua fresca, por una canaleta festonada de gramillas.

Echó aquel pie a tierra, y tendiéndose boca abajo con la mayor tranquilidad, bebió del agua pura hasta saciar su sed. Reincorporose enseguida, pasando la manga por sus labios, sin preocuparse del ruido de sus espuelas; y, tirando del cabestro, hizo tender el cuello al alazán, sin quitarle el bocado. Sumergiose el hocico con delicia en la suave corriente, como para restañar las grietas ensangrentadas de sus bordes; y por algunos momentos, el agua en gruesa cantidad, hinchó el esófago del noble bruto. A un leve movimiento, de atracción del amo, el alazán levantó la cabeza y tendió el pescuezo, dejando caer agua de su boca, que entreabriose a un ligero relincho de placer, sofocado por la mano del gaucho al posarse cariñosa en sus narices.

En ese instante la concha de una mulita dejose ver entre fragmentos de vegetales descompuestos, a una orilla del sendero. Buscaba sin duda, su manjar de la tarde.

El mozo dio un salto de jaguar, sin abandonar el cabestro; y colocándose delante del tímido acorazado, descargó un golpe con el rebenque, volviéndolo de espaldas. Desnuda la daga, practicó con rapidez una incisión en el cuello de su víctima, que alzó del apéndice una vez que se hubo desangrado, contemplándola con ojos alegres.

Renovose el lejano rumor de caballería, a intervalos desiguales, fuera siempre del monte.

El de la melena se sonrió con aire de mofa, y púsose a abrir la mulita, y a extraerle lo superfluo. Concluida esta tarea con extrema celeridad, limpió la daga en la yerba hasta dejarla resplandeciente, volviola a su vaina de cuero con anillos de bronce, y ató con calma imperturbable el sabroso desdentado en la delantera del lomillo, con un tiento de piel de yegua. Este remedo diminuto del extinto gliptodón, ofrecía por su aspecto buen bocado al apetito.

Hecho todo así, de un modo concienzudo, el mozo enjugose la frente con el pañuelo que llevaba al cuello, arreglose el chiripá, y sin poner el pie en el estribo sentose de un salto en su alazán, emprendiendo de nuevo paso a paso su camino oscuro.


Ismael de Eduardo Acevedo Díaz
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