Jarrapellejos: 09

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Capítulo VIII
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Jarrapellejos Felipe Trigo


De frac, de zapato de charol, de calcetín de seda bronce oscuro, de escotadísimo chaleco-faja de seda malva azul, con los tres botones de topacio, y luciendo por el entreabierto pardesús el blanco y flojo piqué de la pechera. Octavio, figurín viviente de belleza varonil, trasunto de la rubia distinción de un príncipe británico, envuelto melancólicamente el corazón por la nostalgia de París, que le daba este atavío, ahora, lento, a pie, cruzaba el pueblo, llamando la atención del gentío en fiesta de las calles.

Había llegado el gran día para Ernesta, para La Joya. O, mejor dicho, la gran noche -y de una cálida y espléndida pureza. La luna acababa de salir; las luces acababan de encenderse. Entreteníanse las procesiones de curiosos, al aguardo del cortejo de la boda media hora más tarde, mirando a los invitados que llegaban y yendo a contemplar los voltaicos focos adicionados por orden del alcalde en el atrio de la iglesia y delante de las casas de los novios.» ¡Quién fuese ella!» -oíase repetir a las mujeres, a las criaditas, a la vez que añadían e invertían los malignos artesanos, los carpinteros, los zapateros: «¡Si nos la darán! ¡Quién fuera él!...» Suceso de faustos memorables, con dos músicas apercibidas y fuegos de cohetes, con multicroma y espléndida iluminación de farolillos venecianos en el jardín del conde, por cuyas verjas vislumbrábanse las mesas, servidas al fondo del ramaje; desde el amanecer, en carros y borricos, habían ido viniendo gentes de las aldeas circunvecinas.

En su calidad de pariente próxima, doña Margarita Rendón, madre de Octavio, acompañaba a Ernesta desde las tres de la tarde, para ayudar a la madrina, que lo era una Jarrapellejos. Por esto Octavio iba solo, como ajeno al ambiente de barullo y a la expectación que despertaba, y entregado a sus recuerdos de París. ¡Oh, entre qué tosca profanación de feria lugareña su frac de la rue Tronchet, oliente aún a los perfumes exquisitos de la Opera y al champaña y las gardenias de Maxim's!... Le miraban. Se volvían, dejándole pasar, los pobres aldeanos. Una, en un grupo, informó a otras que no serían de La Joya: «¡Ése fue su novio! ¡Qué guapo! ¡Le dejó ella por el conde!» Todas, todos memoraban esto, y lo decían deteniéndose a mirarle, aunque no lo oyese siempre él; y al altivo desterrado de París, al augusto mimado por las bellezas de París, fastidiábale profundamente verse envuelto, y por cierto en un papel de derrotado, de vencido, en la insigne porquería del matrimonio de una idiota casquivana con un viejo.

Detúvole el cartero. Le dio tres cartas. La cordial evocación de aquel París de sus ensueños quiso redimirle: una, el sello rojo, francés..., la letra veloz y larga de Henriette. La sexta que se cruzaban, y enviábale un retrato. Púsose a mirarlo y a leerla debajo de una luz, pero molestábanle los que alrededor se le paraban, y desvióse por una desierta calle lateral. Breve, impulsiva la carta, como todo en la nerviosa morena y linda apache-ángel, llena de lunares y de boca sensual. Habíala escrito últimamente: «¡Si vinieses a España, aquí, conmigo!...» Y ella respondía: «Gírame telégrafo quinientos francos para el viaje.»

¡Qué bruta! ¡Qué bruta y qué bonita! ¡Qué ella, qué llena de tipo, con su gran chambergo flexible de pelús!...

Vamos, bruta... Octavio referíalo a sus repentinas y bravas decisiones. Así la conoció y la conquistó, en el azar instantáneo de... un instante. Él iba en taxi, bulevar arriba; y, de pronto, un grito, un tamboleo del taxi, violentamente contenido: una arrogantísima criatura medio derribada, alcanzada con el ala de un farol. Ilesa, pálida, con el susto nada más, en tanto el chaufleur reemprendía la marcha, supo ser gentil para sonreír y tirar besos a los besos y ademanes, con que Octavio, vuelto en la capota, trataba de significarla sus disculpas. Tan pálida, tan gentil, que él hizo volver el automóvil, bajó, la habló, manifestándola el contento de que no hubiese tenido el accidente más tristes resultados, y, en mínima restitución de cortesía, ofreciendo conducirla adonde fuese. Era la señorita de comptoir de una joyería de la place Vendôme...; aceptó, gentil, siempre gentil, y ya en el auto, antes de dejarla en la elegante puerta acristalada, quedaban concertados para cenar juntos a la noche. Lionesa, sola en París, libre como un gato, desinteresada, con un sueldo de trescientos francos mensuales, de fuego en la pasión y romántica de alma, vivía en una pensión de la Cité Bergère, y pasó la noche aquélla, y otras luego, discretamente salteadas, a fin de no rendirle al sueño su labor todos los días, en el hotel de Octavio...

Tenía que ver la camarerita Anie cuando entraba a despertarle los domingos: ¡Dix her, m'siu!; abierto el balcón, veía sobre las almohadas la lunarosa faz y la negra cabellera de Henriette, y rectificaba, llena de recogimiento y pícara sorpresa: ¡Dix her, m'siu, m dam! ¡Ah, mujeres de Francia! El lance, posterior al de la Ópera, corroboraba su acierto de no haber querido concretarse a una hermosa solamente. Contado a Juan cuando le leyó la primera carta de Henriette, hízole un poco envidiosa y neciamente exclamar: «¡Ah, sí, mujeres de Francia...; qué encantadoras, Octavio, y que... grandísimas zorras!»

Había ido el feliz internándose por las calles solitarias, mientras recordaba estas delicias, y la urgencia de meditar acerca del tal viaje de Henriette, que él hubo de insinuarla en su carta como en broma, lo mismo que hubieron de hablarlo algunas veces en París, y que ella, más loca, ahora decidía con apremios de telégrafo, le hizo continuar vagando y alejándose del centro. Después de todo, maldito si le corría prisa incorporarse a la cursilería de aquella boda en que fueran a ahogarse de calor y a hartarse de champaña malo y de pavo en pepitoria... ¡Henriette!

¡Oh! Por lo pronto, la presencia de aquella Henriette, insuperablemente parisina, en La Joya, querida de él, formaríales un asombro de envidias y embelesos a los doscientos treinta zamacucos que tanto alardeaban de criaduchas y pastoras.

Pero... formaría un escándalo también, a no dudar.

¿Cómo traerla? ¿Cómo instalarla?... ¿Con casa aparte, en el pueblo mismo, a gran lujo y gran descaro..., o confinándola en el desierto de la dehesa?¿Iría a aburrirse ella, aquí?

Arduos problemas.

Por un rato, le dio vueltas a otra solución. A otra. solución que habría de ser harto simple y expedita si él tuviese siquiera una hermana a quien ponerla institutriz. No teniéndola, el traerla a casa, de doncella, de ama de gobierno, resultaría chocante y peligroso...., por mucho que él intentara persuadir a su madre de que conveníales una francesa para soltarse en el francés. Y, sin embargo, tratándose de un poblachón sin fondas ni posibilidades de ocultar a una amante, en casa era donde pudiera recibirla con más comodidades para ella y garantías más grandes de secreto.

Ahora, puntos a resolver previamente, constituíanlos, por una parte, la estratagema que hubiese de engañar a su madre en lo respectivo a las desinteresadas busca u oferta de Henriette, y, por otra, el si ésta se avendría a los caseros trabajos y al sueldo aparente de quince o veinte duros, aunque él la completase hasta ciento, a ser preciso, bajo cuerda.

¿Y la habitación?... ¿La situaría con facilidad en el piso alto, como de él, adonde subía muy pocas veces, y nunca por las noches, la mamá.... o ésta preferiría tenerla en el bajo, cerca de ella?... De una a otra cosa iba la diferencia de haber de andar inquietos y furtivos o...

Sonó un reloj.

Las siete.

¡Diablo!

La boda estaría en la iglesia o camino de la iglesia. Habíase abstraído demás Octavio, perdida la noción del tiempo. Cortó recto hacia la plaza, cierto de que el cortejo encontraríase al menos en la calle. Ya pensaría despacio en su Henriette...

Y en la plaza, sí, halló la boda, sólo que de vuelta. No poco le costó romper la multitud. La contenían los guardias, de gala, y repartiendo rodillazos y trompadas. Para la fiesta y la cena, por ser pequeña la casa de doña Antonia, dirigíanse, desde luego, a la del conde, a la que ya era también de Ernesta. Octavio, desde atrás, ganando puestos, llegó a verla rodeada de curas, en su fanal de gasas nupciales, y sintió la tenue y última inquietud de lo irremisiblemente consumado... ¡Condesa de la Cruz de San Fernando! ¡Bien! A él, después de todo, ¿qué?... Al lado, por presumir, sin duda, de elegancia en la pareja, habíasele puesto Mariano Marzo, con un frac bastante chapucero, y desde delante, acompañada por Barriga, que lucía otro frac nuevo y detestable, hasta hacerle parecer el mozo de una fonda, Dulce Marín volvíase a hablarle y sonreírle. Estallaban cohetes. «¡Vivan los señores condes!», • «¡Vivan los novios!», gritábase a menudo.

Llegaban. Tal la muchedumbre que los guardias tuvieron que desenvainar para hacer paso ante las verjas. Estallaron más cohetes y alumbraban rojas y verdes las bengalas. Una rueda de fuego roció su cáliz de colores. Una música sonó: la Marcha Real. ¡Caramba! Octavio, aparte de encontrarlo ridículo, dudó si no fuese irreverencia en los respetos de un monárquico. Además, la tocaba ingratamente la charanga municipal, reorganizada a toda prisa con sus viejos instrumentos. «Bu, bu, bu», los trombones. Feria. Pueblo, pueblo. Henriette hallaría todo esto divertido. No faltaba sino los puestos de pestiños y buñuelos... Para cerrar la cancela tuvieron que meterse dentro cinco guardias, que en la prisa y el tumulto entretallaron por el vuelo del manteo a un joven sacerdote y por la cola del frac al Garañón...»¡Coile -protestaba éste, con buen humor ingenuo-, que me han cogido por el rabo!...» En un templete del jardín, lanzáronse a la Marcha Real también seis endomingados artesanos con guitarras y bandurrias; y como los de fuera tocaban ya una polca, armábase un estrepitoso guirigay. Pueblo, pueblo, ¡ah!, bien pueblo.

Sin embargo, cuando después de pasar por el guardarropa, y las muchachas al tocador dentro de la casa, iban ellas saliendo en grupos al jardín, Octavio tuvo que concederse que no estaba mal la florida amplitud olorosa de rosales y azucenas bajo los focos, y las guirnaldas venecianas que pendían entre los árboles. Grande aquello, consentía al fin el espaciado que le daba distinción, que hacía cesar las apreturas de la calle. Él fumaba en un semicírculo de sillones japoneses con unos desconocidos y no mal indumentados forasteros ciudadanos, y por la escalinata de enfrente iban bajando lindas y elegantes forasteras. Hasta un vals de las bandurrias escondidas resultaba casi alígero y poético. Una dama algo pasada, pero grande y bella, tocábase de gasas y brillantes. Unas macizas rubias, de boca roja, hermanas tal vez, lucían escotes ideales. ¡Oh, no, no!¡No todas las mujeres de España eran cloróticas y cursis! Y ¡oh, también de La Joya!... Orencia, Joaquina Rivas, de pronto, allá en el pórtico. Después, Dulce Marín, a quien Octavio no había podido ver como ahora en el trayecto. Guapas, bien vestidas. Pero guapas de verdad. Jacoba, la miniatura de Encarna... ¿Qué radical transfiguración habían sufrido, y Orencia, singularmente, para estar tan frescas, tan lindas, y ni en sombra parecerse a aquellos grotescos embadurnados payasos de otro tiempo?... El experto lo advirtió así que llegaron Orencia y Joaquina a saludarle: era que no se pintaban; que, a no dudar, de Ernesta habían ido aprendiendo a cuidarse de un modo exquisito el pelo, los dientes, las uñas... ¡Menos mal, si la coqueta estúpida hubo de servir de modelo siquiera de limpieza en un pueblo de marranos! En fe de ello, no lejos gruñía don Pedro Luis, sin pelar, con un levitón de lustre y llenas las solapas de caspa y de pavesa. No se merecía a la esbelta y pelinegra boticaria. Orencia, ahora, con sólo ya saber no estropearse, aparecía en su realidad tan interesantemente guapa, más, acaso, que la misma Ernesta.

La mintió, cortés, envaneciéndola y acertando igual acento de inflamada admiración que de verdad le habría inspirado cualquier belleza de París:

-¡Está usted divina, Orencia!

Y lo singular del galante y casi sincero tributo que al fin rendíale a sus paisanas, por haber dejado ellas de pintarse, era que justamente en París había advertido de qué mágica manera, pintándose, las mujeres centuplicaban su beldad. Pintándose, a furia de artísticos brochazos de nebro, y de blanco, y de azul, y de carmín. Luego..., en lo de pintarse o no, para una mujer, estaba la cuestión como en las castañuelas: «tocarlas bien o no tocarlas».

Iba poblándose el jardín. Curiosos de los detalles de la iluminación y de las mesas, y de esta gran glorieta preparada para el baile con sillas verdes de bejuco y rosas deshojadas por el suelo, las señoritas y señoritos joyenses, en grupo, cumplimentaban a las forasteras, vagando de unos a otros sitios.

En su cenador de madreselva, las bandurrias no cesaban de tocar. Alguien había tenido el buen acuerdo de disponer que se alejase la música de fuera, para castigo o recreo de la ruidosa muchedumbre, entretenida por los fuegos de artificio.

Había, además, muchos curas. Octavio, extrañado de tanto cura, que andaban en grupos también, los contó: once.

Solo las consagradas parejas de novios aislábanse en las sombras: Eduvigis y Cleofé Buenaventura; Purita Salvador, con su cruel hidropesía, y Gil Antón, con sus platas y celestes de cadete. Manolo Marín, el pálido mosquita muerta de húmedos ojos de ciruela, en uno de los grupos ambulantes, aprovechaba los pasos angostos para codearle el pecho a las chicas...»¡Caray! ¡Qué duras!», le había oído Octavio decirle al Garañón, cuando pasaban, y refiriéndose a una de aquellas rubias forasteras de escote escultuario.

Prodújose un revuelo. Parando en firme el María Marí, tornaba a la Marcha Real la orquesta de bandurrias. Las damas, las muchachas, todos, corrieron a la escalinata del hotel, y tres o cuatro, con bengalas encendidas.

Hubo un aplauso.... que si bien iniciado por la cortesía de algunos forasteros, rápido se tendió a la extasiada concurrencia: bajo el rojo y azul fulgor de las bengalas, bajo el fulgor blanco de los focos, en la meseta de mármol, entre el marco de jazmines, como una visión teatral, nívea, soberana de belleza y de elegancia, acababa de aparecer Ernesta, la condesa, del brazo de su padre, un hombre joven aún y arrogantísimo...; el conde, detrás, le daba el suyo a doña Margarita Rendón.

Fue aquello un encanto; fue, especialmente para los desdeñosos ojos de Octavio, que no se había movido, un resplandor de hechicerías, en máxima centella de beldad, imponiéndose instantáneo con la fulguradora verdad de las centellas; pero centella que duraba, que entre las bengalas persistíale como otra ardiente y serenísima bengala de suprema luz delante del asombro, y que le inundaba más que nunca de la emoción insuperable que causa la humana realidad de una mujer cuando llega a maravilla.

-¡Ah!... ¡Bien guapa, bien guapa..., la condesa, Ernesta! -le oyó (tal que a Dulce el otro día, y con igual celosa envidia) a Orencia, que continuaba al lado suyo y le habría notado la impresión arrobadora. Sino que a diferencia de aquel día, ante la bella, ante la muy bella, ya sin el velo nupcial, exaltada al colmo de su morena y mágica deidad de idealísima mujer de harén, por el soberbio traje de boda parisino, Octavio no supo encontrar los disimulos. Luego de mirar a Orencia y comprender su error de haber osado a la incomparable compararla, fascinadamente volvieron sus ojos a la incomparable..., a la insuperable..., a la que bajo los aplausos, y agradeciendo el triunfo a reverencias y sonrisas, guiada por el conde, avanzaba recta a él, en una especie de imprevista traición de todos sus hechizos contra el sorprendido, sin el broquel de su altivez y sus recuerdos... ¡Ah! ¿Por qué el del retrato de Henriette, que llevaba en el bolsillo, cayó en la insignificancia de sus portes de obrerita?...

Llegaban, llegaban; venía el conde afablemente a saludarle..., y..., ¡ah..., sí!, ¡veíase la alucinación del terco forzada a conceder que hubiese mujeres guapas en España! Un miedo sintió cuando ella, al fin, con turbación menos intensa que el día del desposorio (porque ahora el primer gran éxito de condesa la embargaba), hubo de repararle y alargarle la suave mano llena de sortijas... Pero en esto mismo halló la altivez del altanero su apoyo, y se repuso.

-¿Eh? ¡Ernesta, mujer, nuestro sobrino, tu sobrino! -habíala dicho el conde.

-¡Mi enhorabuena, tita; para usted y para mí!

-Tutéala, niño; tutearos. ¡Sois parientes!

Sonriéronse los tres. Amable don Jesús, reconvino a Octavio de verle un poco ajeno a su alegría. Erale de la familia el más querido. Aun sin necesidad de manifestarlo, por ocioso e imprudente, a no dudar pensaba que los mutuos recelos que hubiese podido inspirarles la tenue rivalidad, durante el noviazgo conllevada con las dignidades de una exquisita educación, borrábanse en la mayor dignidad del parentesco.

Ernesta habló en seguida con Orencia, con otras, y Octavio, con el padre de ella y con damas y señores a quienes le iba el conde presentando: Adelia di Tosto, italiana (la famosa fresca y fastuosa), y su marido, de Valladolid; don César Rey, ex director general; Clotilde, Charo (las rubias) y Alfonso López Redondo, primos de Ernesta; Ascensión Anabitarte y su papá, el marqués de Illana, deudos del conde de la Cruz, que habían residido hasta hacía poco en París, y actualmente en La Coruña. Además (aunque éstos, antes que presentados, le fueron recordados, por conocerse de antiguo vagamente): el barón de Pobladet, la baronesa, madrileños; Gundernaro Turza, de Toledo; Lulú Camporreal, viuda de Granada, y su sobrino Luis, gran caballista; el conde de Casa-Guadiana, su mujer y su espiritual (muy alta y delgada) hija Lucrecia, poetisa, de Badajoz...

Se apartaron, en grupos. Ernesta y su valisoletana escolta alejábanse repartiendo cumplimientos. Octavio se unió al marqués de Illana y a su hija, que ya le constituían una atracción por su prestigio de haber vivido en París, y recordando a París consolidaba el propósito de cenar al lado de ellos. Los hombres, la mayor parte de los joyenses, un tanto pasmados del monopolio que los elegantes forasteros habían hecho de las chicas, fumaban con los curas en pequeños corros de tertulia. Servíanse aperitivos, que a grande honor eran aceptados en el grupo del Curdin, aquí, desde luego, aisladamente congregado con su presidente, Exoristo, ¡muuú!, debajo de una acacia; con ellos, don Macario Lanzagorta lucía su fofa corpulencia de bilioso en la distinción de un frac no sospechada por los que únicamente le hubiesen visto en el Casino con su habitual indumentaria de pantuflas y bufanda: hombre de gravedades diplomáticas y de certerísimo criterio, ex Jefe del grupillo conservador opuesto al conde, vivía, podía decirse, en el Casino, y no se vestía nunca, salvo en raras ocasiones, como ésta, o cuando se iba a las aguas de Sobrón, donde contraía veraniegas amistades con personas eminentes: Dato, el Bombita, la Pardo Bazán... Negrillo e inquieto como una corredera, de smoking, bebía chartrés copa tras copa Saturnino de la Cruz, el sobrino carnal y huésped del conde, burlándose, en unión del gentil Mariano Marzo, de los tipos que desfilaban, verdaderamente cómicos algunos. Al Garañón, por ejemplo, en coloquio con las Rivas y con la viuda alegre (parecíalo) Lulú Camporreal, caíanle verticales los faldellines del frac, entre las piernas en paréntesis, cada vez que se arreglaba con su diestro golpe de mano la cruz del pantalón; en cambio, a Eusebio el boticario, el guapote marido de Orencia, causábanle rústica extrañeza y separábaselos a uno y otro lado de las sillas al sentarse.

Otro que de etiqueta estaba para «pegarle un tiro» era el carabinerete Gómez, allá con sus cuartillas y su dirección de La Voz de La Joya dándose el postín de tomar notas de las damas. «¡Concho!, pues... ¿y el sapo del juez? ¿Y Barriga y el otro médico, Sotero? ¿Y don Atiliano, con el jefe de Telégrafos y la sección de los poetas?... ¡Qué fracses!..., digo ¡qué fracs, caro Mariano!...» Se había convidado a todo Cristo. Los sastres locales, constructores ordinarios de albardillas, y excepto para Eusebio, que sabíase para su mujer que el suyo vino de Córdoba, habían confeccionado levitas y fracs a la carrera.

Muestras de ellos lucían los otros tres boticarios, y el notario, y Juanito Pimentel, y el Brocho, y el viejo registrador. Menos mal que Cordón, armado indudablemente de sonetos, se descolgó de americana. El capitán de la Guardia Civil, un comandante retirado, y los curas vestían el «uniforme». ¿Qué concho tenía que hacer aquí tanto cura? ¡Gorrones! ¡Sinvergüenzas!... Se indignaba Saturnino. Juzgaba que la misión de ellos, aunque los hubiesen invitado, y según había hecho don Antonio, estaba en llegar, hacerse presentes un poco y... no quedarse a beber y fumar en la juerga mundana de un banquete. ¡Qué diferencia de éstos al santo don Antonio! Asqueroso, a la verdad, el tuerto don Calixto, alcahuete de don Pedro con la herrera; más asqueroso aún aquel viejo y gordo don Roque Jarrapellejos, primo hermano de don Pedro, adjunto de la alcaldesa, y que aquí, con ella, andaba amartelado, en tanto el desahogado alcalde hacíale sus pelotillas al cacique.

Mejor presentadas que los hombres las muchachas, que para esta fiesta esperadísima habíanse hecho hacer lindos trajes por sus modistas de Badajoz, de Córdoba y hasta de Madrid, Mariano y Saturnino, sin perder copa de chartrés y de pernó, pusiéronse a revisarlas: a Dulce Marín, morena, caíala bien el heliotropo; a Encarnita Alba...

Pero llamaban... a la mesa. A los torpes, a los que antes no lo hubiesen advertido (¡muuú!, mugió Exoristo), una especie de maitre d'hotel les hacía notar que el nombre de cada uno, en cada plato, marcaba los puestos previamente. ¡Bravo, la previsión! Así se evitaría el tumulto y las manchas que producían los jóvenes, cuando ya poníanse curdas, sirviendo bandejas abajo y arriba a las muchachas. Además, el convite, gracias a otra novedad digna de condes, no iba a ser exclusivo de dulces y licores, que empachan a la gente y la dejan sin cenar, ni cena, precisamente, sino algo mixto con fiambres y pastas exquisitas...

Lo lamentable para los del Curdin (y para muchos, Octavio también, que tuvo que renunciar a la parisiense charla de Ascensión Anabitarte), fue que quedaron separados: Exoristo, entre dos meticulosas viejecitas; Marzo, en puesto distinguido, lejos de Saturnino de la Cruz, y el Garañón, junto al marido de Orencia, teniendo por la izquierda otra venerable vieja, doña Luz, la madre de Saturnino.... y sin una muchacha cualquiera a quien meterle por debajo de la mesa la rodilla si la cosa se animaba... Nada más habíase respetado en sus derechos de proximidad a los novios consagrados, Eduvigis y Cleofé hacia una punta, Purita y el cadete a la contraria, y a los matrimonios. Junto a la alcaldesa, que persistía en pintarse a toda furia para disimular su vejez, aunque desde meses antes hubiera dejado de ser moda en La Joya, hallábanse el marido y el amante don Roque. Orencia, en cambio, y por excepción, lejos del buen Eusebio, reservóse su lugar entre Octavio y la madrina, enfrente de los condes; ella precisamente había formado la lista de los sitios, ayudando a Ernesta, y ya que no podía tener cerca, como jamás ante cierto público, la altísima respetabilidad de Pedro Luis, no quiso tampoco tener un mamarracho. Conocía el realce que le presta a una bella mujer (¡Octavio, oh, sí!) el hallarse bien acompañada...

Hubiera resultado singular el contraste que formaran las sendas conversaciones de Purita con su primo y de la madre de Purita con don Roque, en este instante de espera del servicio, para cualquiera que a un tiempo las hubiese podido escuchar de extremo a extremo de la mesa. El párroco de San Andrés, paternal, miraba desde largo cómo hablaba con el novio la pobre hija de su alma (y de su carne), la delicadísima criatura.

-Carmen, encuentro a la niña más pálida, más débil.

-Sí -responde la alcaldesa-; hoy ha vuelto a tener vómitos; está cada día peor.

-¿La ha visto Barriga?

-Por la tarde. Se empeña en operarla cuanto antes.

-Y creo que lo debiera hacer. ¿A qué aguardar a octubre?

-¡Hombre! ¡Ya dejemos que pase el verano y se divierta! ¡Pobrecilla!

-¡Pobrecilla!

La miraban, la miraban tiernamente, con aquel primito novio tan gentil, que al fin habíanse resuelto a consentirla. Y el gentil primito, en tanto, y la ruborosísima muchacha, de oído a oído, sostenían este otro diálogo, excitados por el ambiente de la boda:

-Mamá y Barriga quieren que me opere.

-¿Cuándo?

-En seguida.

-¡De ningún modo! ¡Bah, mujer, estaría bueno que ahora que hemos empezado a... querernos tanto tuviese que guardar cama! ¡Te operas de que me vaya yo!

-Sí, eso la he dicho.

-Y además, espérame esta noche.

-¡No, eso sí que no!

-¡Sí, eso sí que sí!

-¡Oh! ¿Y si se queda don Roque?

-No importa. Él sale por la puerta.

-¡Bueno..., si te enfadas!... Silba en la tapia cuando llegues, para que yo te arrime la escalera.

En gratitud, Gil le oprimió el codo con el codo a la delicadísima criatura. Hacía cosa de un mes que ella, enamorada, le había concedido plenos sus favores; y en la avidez de ella, en la avidez de él, que habíale hecho saltar la tapia casi todas las noches sin descanso, únicamente asaltábale al cadete el temor, ¡pobre enferma!, de empeorarla, de lastimarla acaso la barriga...

No tan complacido Octavio de la vecindad de Orencia, con ella trató de charlar y de olvidar su impresión de Ernesta, mientras se comió el faisán con gelatina. Sin embargo, aun poniendo en esta cortesía mucha voluntad, acabó por distraerse de aquellas con que correspondíale feliz la boticaria..., la émula (¡creería ella!) de la ya magnífica condesa; tanto distraíase que Orencia, contrariada, formó conversación con la Jarrapellejos y Pedro Luis y con la misma Ernesta y el conde, por lo alto de las flores y las copas. Pero Ernesta atendía a la vez a los cumplidos que dirigíanla de todas partes..., y Octavio, mudo, enfrente, inadvertido de ella, queriendo no mirarla, la miraba; mirábala a menudo en vuelos rápidos de ojos.

Una irritada obstinación le constituía el afán de deshacerse aquel asombro que, así vestida, tan prodigiosamente vestida, hubo de causarle.

Por lo pronto, achacándole su cautiva sorpresa al atavío, cual si fuese otra mujer cien veces más hermosa que la que él dejó al partir para París, explicábase la transfiguración teniendo en cuenta que nunca, antes, porque no hubo bailes ni teatro en aquella temporada, habíala visto tan a todo lujo engalanada, sino en simples trajes de visita. ¡Ah, las sedas, los encajes de Bruselas, las joyas!. Regalos del padre, del marido..., en el pelo tenía una diadema de zafiros y brillantes; en el escote, el suave oriente de las perlas; en las orejas, en las muñecas, en los dedos, más perlas, más brillantes, más zafiros... Una riqueza. Un muestrario. Quizás, quizás, expuesto con exagerada profusión de advenediza.

Luego, y al notar su tontería de empeñarse en hacerla desmerecer a cargo del adorno, como si el adorno (cuya única virtud consiste en subrayar) pudiese convertir a la que no lo fuese en un prodigio; como si el adorno, la sabiduría del adorno, justamente, no constituyese el principal hechizo de las mismas hechiceras de París... mirando, mirando siempre fugazmente a esta prodigiosa Ernesta, de la cual bien podría decir que «hasta ahora no la había visto»..., ya con toda calma, ya aceptando toda la responsabilidad de su torpeza ante la verdadera verdad de ella, se dedicó, rebelde todavía, a parangonarla con sus vivísimos recuerdos de aquellas otras prodigiosas de París..., de aquellas que le habían ungido como de la suprema divinidad de la belleza entre sus brazos.... con la Gaby Vilvert, de Marigny (mil francos); con la Olga Stelly, del Olympia (mil francos); con la Mado Yot, de Tabarin... Y, ¡ah!, ¡las resistía..., resistía la comparación enorme, Ernesta.... la morena maga Ernesta.... la deidad de harén de ensueño.... la... condesa de la Cruz de San Fernando!... ¡Las resistía, y resistió asimismo, sin anublarse, cual otro sol resplandoroso, incluso la evocación de la dorada náyade del palco de la Opera..., de su Or du Rhin.... de la generosa y enigmática bohemia del desnudo paganamente magnífico y del regio traje de quince mil francos!...

¡Ah, sí, sí!... Tal persuasión, tristemente apoderada del altivo, doblóse al plato, a comer pastelillos de fuagrás, pensando que, en lo referente a mujeres, cuando menos, recibían un mentís de la realidad española los inimitables prestigios parisienses; pero... divina o no divina, como fuese Ernesta, «a él no le inquietaba», y era lo importante. Ella continuaba agradeciendo cortesías en todas direcciones, y Octavio, como hubiera podido llevarle el compás al minué de las bandurrias con el cuchillo en las copas, púsose de nuevo a agasajar a Orencia.

-¿Quiere? ¡Vino italiano: chianti!

La sirvió. Inmediatamente se la dejó monopolizada. Sin recatar mucho la voz, en el general barullo de las conversaciones y la música, hablaron del banquete, que estaba bien (contra el temor «a la pepitoria», de Octavio); del conjunto de los comensales, que no estaba más que regular, la mayor parte devorando ansiosos estas cosas finas, que comían por vez primera, y del conde y la «condesa», que estaban mal, como tal pareja amorosa, resueltamente. Entre el padre y el marido, a Ernesta.... más que del marido, se la tomara por la novia de su padre. En efecto, éste era un fuerte y guapo señor, de cuarenta y ocho o cincuenta años, de apariencias de treinta o treinta y cinco a nada que se prescindiese de la leve pata de gallo de su sien y de los hilillos de plata de su negra y rizosa cabellera, del cual no cabía duda que, como la gente, habríase maravillado en alto grado de ir a ser «el suegro» de un cano y apilongado viejecito que pudiera serlo de él, a toda propiedad, con plena holgura. Hombre de juvenil despreocupación, atribuíasele con un pariente suyo, de estos venidos a la boda, cuando hubo de presentarle al yerno (¡rediez!), una frase que rodó de intimidad en intimidad: «¡Mejor! ¡Así, si me hacen suegro, que aún puede pasar, no me ascenderán a abuelo, por mucho que se empeñen!...»

-¡Idiota! ¡Idiota! -despreciaba Octavio «a la condesa», oyéndole la frase a la farmacéutica gentil, y al mismo tiempo que a ésta la aceptaba un marrón glacé en pago del champaña que íbala sirviendo. Animábanse los dos, de vinos y de risas. Desde enfrente, Pedro Luis, a su vez con Adelia di Tosto, animadísimo, les miró un momento, un momento nada más.... y sin celos, sin sombra ni del más remoto sobresalto. Era, con respecto a Octavio y a su Orencia, el mismo sentimiento de gran seguridad mostrado rato antes para Ernesta y Octavio por el conde. Aparte la fe que a Pedro Luis merecíale la virtud de su querida, había en La Joya un tácito convenio de dignísimos respetos, jamás llevado a la infracción entre todos y cada uno de los miembros de las seis u ocho familias principales. Los Jarrapellejos, los Rivas, los Marzo, los Rendón, los Cruz de San Fernando, primero consintieran morirse de vergüenza que cometer la felonía de conquistarse unos a otros las hermanas, las mujeres, las amantes; y Orencia, aparte ser la amante consagrada de Pedro Luis, era, por su pública conducta, una señora irreprochable, aunque no perteneciera a las privilegiadísimas estirpes. Gozaba, pues, de la inmunidad de los asedios; ya podía ir sola con cualquiera a medianoche, con el procaz Mariano Marzo, con Gómez, con Barriga, con el propio Garañón...; harto a diferencia que a Encarnita Alba, que a Dulce y a Jacoba Marín, que a todas las demás, en fin, que no fuesen Cruz, ni Rendón, ni Rivas, ni Jarrapellejos, el fuerte social prestigio, de éstos emanado, la amparaba y protegía. De tiempo inmemorial, sólo conservábase el recuerdo de una Jarrapellejos medio loca que echó los pies por alto con un cura; a ella la encerraron en su casa; al cura, una noche, colgado del pescuezo de un gato muerto, negro por más señas, pusiéronle en la puerta de la suya este letrero, famoso en toda España desde entonces: «TE VERÁS COMO ESTE GATO SI NO DEJAS EL CURATO.» Y no hay que decir si el buen páter salió de La Joya «a tres menos cuartillo».

Había mirado, sí, los regocijos de la farmacéutica y Octavio el confiadísimo cacique, inocentemente, tal que en verdad se mereciera, por simple atención a su alborozo, como otros de su alrededor, como don Macario Lanzagorta, como Casa-Guadiana y su hija y su mujer, como la novia, Ernesta..., que, desprendiéndoselo del pecho, disponíase a cumplir la costumbre de repartirles su azahar a los invitados. Al verla para ello apercibirse, de pie, calladas ahora las bandurrias, iba imponiéndose un silencio en que apenas persistían aquellas risas y charla de los dos.

-¡Oh, nenita, Orencia, Octavio, bravo! ¡Qué contentos! -hubo la amable novia de decir.

Y entonces Octavio, sorprendido, entre sarcástico y cortés, se levantó, alargándola una copa de champaña.

-¡Condesa! -dijo-. ¡Beba por el contento nuestro y por el suyo!

La oferta versallesca arrancó un cerrado aplauso, que se prolongó mientras Ernesta tomó la copa y bebíala sonriendo y mirando a Octavio por el borde, con inmensa gratitud... ¡Condesa la había dicho!... ¡CONDESA! ¡CONDESA!..., acertando a ser, entre tantos como por adularla se esforzaban, ¡y con qué propicio acierto en la general expectación!, el primero que públicamente la envolvía en la lisonja de su título... Ebria, embriagada, al fin, de la lisonja, no del champaña, dejó la copa, tomó dos o tres florecillas de azahar del ramillete y, entre otra salva de aplausos, se las dio a Octavio, diciendo: -¡Gracias!

En seguida les ofreció otras a la madrina, a su padre, a sus rubias primas de escote estatual.... disponiéndose a recorrer la mesa de silla en silla y levantando murmullos de victoria...

Tan claro había sido su mareo de fatuidad que Octavio no pudo menos de despreciarla, pensando y casi pronunciando con los labios:

«¡Estúpida!»

Sin embargo, se prendió en el ojal las flores -primicia de la más caracterizada virginidad que pudiera brindarle, a no importara quién, la flamantísima condesa: la de la vanidad. Era tan bella, tan plásticamente bella, que, a pesar de todo, quedóse preocupado.

El hecho, allá por donde Macario Lanzagorta se encontraba, hubo de inspirarle a éste otro comentario poco favorable:

-¡Debió ofrecerla a la madrina la primera!

-¡Claro! ¡Y a su tita Antonia! ¡Qué inadvertencia de niña! -sancionó doña Amelia Cruz Jarapellejos.

La orquesta tocaba al paso poético y triunfal del reparto aquel de la condesa. Todos se giraban en las sillas para aceptar la flor y devolverla un cumplimiento. «¡Ofelia!», la llamó delicadísimamente don Pedro Luis, que en esto de poner nombres llevaba la exclusiva. Se alejó ella, sonriendo a otros, besando a otras y don Pedro tuvo la desdicha de que la flor se le cayese; dobló trabajosamente a recobrarla, ahíto como hallábase de vinos y fiambres, y con el anca medio derribó a Eusebio, su vecino por la izquierda; en la violenta posición produjo un ruido sordo y breve.... que causó cómicas alarmas... El Garañón se reía.

-¡Un cuesco! -le dijo a Eusebio, inclinándosele al oído.

-¡Tonto!

-Sí; que sí; te digo yo que ha sido un cuesco.

-Hombre, no. Ha sido un eructo.

El mismo don Pedro, incorporándose ya con el azahar, confirmó con otro más largo eructo resoplado y satisfecho la aseveración del boticario. Adelia le volvió a considerar con extrañeza; los demás, no -habituados a oírle en el Casino y en la iglesia; y por cuanto a él, claro es que no se descompuso lo más mínimo su gesto siempre amable de importancia y protección.

-¡Ofelia! ¡Ofelia! ¿Sabe usted? -le explicaba a la italiana, mirándola la raya del escote-; la he llamado Ofelia, recordando la que Bécquer describe del gran Kasquepeare.

-¿De quién?

-Del dramaturgo inglés...; un dramaturgo inglés, autor de Otelo.

-¡Ah, sí!... Pero se pronuncia Séspiar, y además, Ofelia era muy rubia.

-Bien. Ésta, pelinegra. ¿Quién repara en pelos?

«Bizarro el buen señor», pensó la blonda fastuosa, siguiéndole la charla. Nunca había visto en hombre alguno una tan chocante mezcla de ingenio y brutalidad, de finura y grosería. Habíala recitado un verso suyo, bonito, que, poco más o menos, terminaba: «Y la luna, lámpara nupcial de nuestro lecho de mastranzos, veíala yo pequeñita y duplicada en los lagos negros de tus ojos.» Lo que no aclaró don Pedro fue que en tales versos hubiese consagrado su memoria de la noche terrible del incendio y de los perros con Petrilla.

Hora de los poetas. Don Atiliano de la Maza tenía prontas las cuartillas cuando tornó a su punto Ernesta. Barriga, el juez y Cordón se removían. El conde les dijo en voz baja a los parientes Pobladet: «¡Vais a oír algunas idioteces, sin medio de evitarlo!...» Y sí, por largo trecho la madrileña baronesa tuvo que disimular detrás de su abanico las ganas de reír. Extenso en una suerte de romance, el narigudo señor Maza; bufo Cordón, sobre todo, y no menos kilométrico hablaba del «pensil» y llamábales «trovador» al conde y «sirena del monte» a la condesa...

Algunos se reían a todo trapo, produciendo la «escama» del lector. Concluyó al cabo, ganándose una ovación burlesca, que, como siempre, él recibía de buena fe; y advertida del ambiente de zumba la espiritual marquesita de Badajoz, renunció a decir sus versos. Hombre don Pedro, en cambio, a quien no había ambientes adversos que pudiesen afectar, se levantó y leyó con entera voz el suyo, sobre un silencio religioso. Mundano, galante..., acertó a ser breve y ameno, y hasta picarescamente delicado: «Capullo de flor divina de pureza.» «Abeja libadora que clavase su aguijón...» ¡Bravo! ¡Bravo! Supo a poco. Vítores. Palmadas. Norabuenas. La burla trocada en rendida admiración..., en tanto el desdeñoso, sentado y vuelto a Adelia, chupaba de su puro. El alcalde, el juez de primera instancia y el juez municipal, «pelotilleros», reclamando el original, hacían copias con lápiz, que autográficamente el altísimo poeta firmaría.

-¡Bueno! Pues... ¡yo no hubiese puesto capullo! -quiso comentarle Barriga a Marzo.

-¿Por qué?

-No sé; me suena mal ese capullo. Y además, en punto a originalidad, recuerda lo de... «la picó, sacó miel, fuese volando»...

Marzo, chispo, reanudó con Dulce su coloquio. Habíales interrumpido. Un momento después, iniciada la dispersión por el grupo de aquellos a quienes don Pedro Luis les fue a firmar el madrigal, todos se repartían por otras mesitas volantes, en donde servían los mozos café, té, licores... debajo de los árboles. Ardió un veneciano farol, y le cayó a la mujer de Barriga en los hombros.

Fuera, con la música de viento, proseguían los fuegos, cuyos cálices de chispas se veían sobre el ramaje. No hay que decir si tardarían en reunirse los del Curdin, incluso Marzo, abandonando a la Dulce o dulcísima o sabrosísima Marín, ya perdido el amparo del mantel para las manos. «¡Qué golfa, Dios! -contábale el procaz, de la procaz, a Saturnino Cruz, novio de ella en otro tiempo-. ¡Estaba por pedirla relaciones, y...!» «¡Música! -cortó, experimentado, Saturnino-. ¡Tecleo, lo que se quiera, y de ahí no pasa, así la ahorquen!» El rubio hipopótamo Exoristo habíales arrebatado a dos sirvientes tres botellas de champaña, otra de chartrés, otra de coñac y las sendas copas y la cubeta para el hielo; o, lo que es lo mismo, que les dejó «en cuadro» las bandejas. ¡Muuú! Los lanzó por más de un rugido. Lanzagorta formaba en la reunión, con la silla contra el tronco; a pesar de sus sesenta y ocho años de no salir nunca del Casino, uníase juvenilmente a beber con los del Curdin, cuando ellos, a la una de la tarde y a las doce de la noche, hacían en el Casino su última estación.

Cortadas las «conversaciones aparte» con otro ¡muuú! del presidente, Saturnino la hizo general a propósito del conde. Sifilítico y lujurioso como un mono (eran de mono los círculos azul turquí que orlábanle los ojos), le daban una cínica agresividad la borrachera y el «descacharrante palmito» de la novia. Renegaba del tío por esta boda, que a él quitábale toda esperanza de heredarle...»¡Concho! ¡Miren que casarse y exponerse a tener críos, de él o del archipámpano de Italia, a nada que la saque por ahí, con esa gitanota que está pidiendo guerra, un ciudadano con una pata en el sepulcro y la hija tonta en un convento!...» Guerra. ¡No! ¡No!...Los otros defendían a Ernesta... Su aventura del tejado no pasaría de ligereza de muchacha cuando el padre no quiso al capitán... «De todos modos, hombre, tú, Exoristo, hombre, don Macario -revolvíase irritadamente Saturnino, pasando del de negra corredera al venenoso aspecto de escorpión-, una guarrada la boda con una coqueta forastera, parcheada por cien novios...» El espeso bigotillo de quinto se le erizaba, hacíansele más azules las ojeras y lívidos los rosetones de la sífilis. Ponía a propósito de él mismo, ejemplos de decoro: sin un céntimo, y riquita Dulce Marín, a quien no tendría más que indicárselo, antes que apechugar con ella echaríanse cabeza abajo por el puente...» ¿O qué? ¿No hay sino casarse un hombre decente, sin más ni más, con una resobada por salvar la posición, si es que es rica, o por acostarse con ella, si es guapa?...» Tema escabroso. Nadie dudaba de la delicadeza del muchacho en este punto; pero todos hallaban repulsivo oírle hablar de tal manera a él, hijo de un desgraciado hermano del conde, que se arruinó estúpidamente y murió de una de sus terribles borracheras; a él, por el conde y en la propia casa del conde, más que cariñosamente recogido desde entonces como un hijo, con la madre, viuda y desvalida; por el conde educado en aristocráticos colegios y por el conde sostenido luego en sus vicios a toda perdonadora bondad y a toda esplendidez. A fin de que callase, le dio Exoristo, seguidas, tres copas. Con igual objeto, Marzo sacó otro asunto de interés y de eterna actualidad: la Fornarina. «En su lucha de tesón a poderío sostenida con don Pedro, ¿caerá al fin o se quedará mi buen tito con las ganas?...» Barriga pensaba que pararía la cosa en lo de siempre tratándose del saladísimo don Pedro: dehesa, transformación en dama respetable, quizá..., y para eso andaba en danza, como presunto marido responsable, aquel tonto o más que vivo de Cidoncha; fundábase en haber visto dos noches a ZigZag rondando por la ermita. Mas ¡no! Marzo opinaba lo contrario, al menos para con don Pedro y los demás, en tanto ella no se pescase matrimonialmente al profesor. ¿Habríanse acostado juntos? ¡A buena hora, la lagarta, hasta llevarse del cabezón, al pobre, de la iglesia!...

-¡Octavio! ¡Octavio!

Pasaba Octavio. Marzo le ofrecía una copa; la bebió, mas no quería sentarse. El baile había empezado. No muchas parejas, pues, no atreviéndose los «del país», sacaban nada más a las muchachas los señoritos forasteros. Él quería reanudar su charla con Asunción Anabitarte bailando, y la buscaba. La novia, no mal llevada por el conde, preocupábase de sostenerse la cola del magnífico vestido, a fin de no arrastrarla por la arena; efectivamente, acabado de regar el piso, en previsión de polvo, aún era peor, porque resultaba casi un barro, en que se aplastaban los pétalos de rosa. Gracias a que llevaban las faldas cortas la mayor parte de las otras.

-¡Concho! ¡Me caso en Ronda! ¡Qué piernas! -admiró sin recato Saturnino, llegándose a ver bailar al primer término del corro.

Traía una copa en cada mano. Referíase a las de una de las hermanas Redondo, lucidas bien en los revuelos. Mas pronto cruzó Ernesta, poderosamente bella y cadenciosa en su estela de bravos y palmadas, y el ebrio exaltó sus exabruptos:

-¡Concho! ¡Me caso en Reus! ¡Qué zapatitos.... qué medias, la tita de Dios y de mi alma!

Inaguantable.

-¡Hombre, tú! -intervino Octavio-. ¡Haz el favorl ¡Hala ahí dentro!

Le lanzó de un empujón, con su enojada autoridad de hombre digno y de pariente a pesar de no serlo entre sí, ya que Octavio éralo del conde por la primera condesa, por la madre de la monja. Y como Lanzagorta y Barriga seguían hablando de Isabel, Saturnino juró de nuevo, «sobre una sacrosanta botella de coñac», que, «como se le pusiera en la testa, y robándola aunque fuese, se acostaría con Isabel antes que el profesor y que nadie». ¡Ah, sí, sí! ¡Las borracheras ponían loco a este muchacho, educado en los jesuitas, y tan taciturnamente pacífico de suyo! «¡De todas formas -opinó el recto don Macario-, creo que Pedro Luis hace mal guardando preso al padre de la chica tanto tiempo!...»

A esta frase, y aunque acababa de divisar a Asunción Anabitarte, partió Octavio disparado en contraria dirección. Lanzagorta le había hecho recordar lo prometido a Cidoncha sobre insistir en la libertad de Roque con don Pedro. Veíalo solo, en una retirada mesita, mientras bailaban los que habíanle acompañado, y el champaña prestaríale a él alientos para hablar con entereza, por encima de respetos.

Llegó y le abordó, sentándose. Expúsole, expedito, la cuestión.

-Si, sí, Octavio; le hablé al juez, sino que el juez espera..., por reparos... La causa...

-Don Pedro, prescinda de reparos y suelte a Roque sin pérdida de tiempo; yo se lo acons.... yo me permito aconsejárselo. En el pueblo, en todas partes, ahora mismo, aquí, he oído comentar la cuestión de un modo que... no le favorece.

Se irguió, torvo, el cacique, a la sorpresa.

-¿A quién? ¿A mí?

-Y mi... cariño está en el caso de advertírselo; se afirma que mantiene usted la prisión de un inocente con la mira de Isabel.... por rendirla, o por venganza.

Saltaron la botella y las copas a la palmada que descargó en la mesa don Pedro. No sospechaba que nadie penetrara sus crípticos designios, y menos, si los adivinale, que públicamente osara censurarlos. Además, este que en sus barbas atrevíase... Le calmó el joven. Amigos los que hablaban, sin intento de ofenderle; más amigo él, que se lo decía anhelando cortar murmuraciones. Jarrapellejos le consideraba intensamente. Rebelábasele Octavio en un aspecto de firmeza, que si bien conocíaselo para los demás, para con él era insólito. Diplomático, rápido en sus decisiones, resolviéndose a tratarle por primera vez no como a niño, sino como a camarada y confidente, exclamó:

-Hombre, Octavio, ¿me crees capaz de eso que dicen?

No menos rápido Octavio, respondió, acabando de verter a la cordial condescendencia los recelos:

-¡El amor o la pata de cabra, bah! Todo el amor vuélvelo posible y, hasta cierto punto, disculpable; lo que hay, don Pedro, es que ha exagerado usted la nota. Con Isabel se pierde el tiempo: es una muchacha tan hermosa como honrada, que quiere a Juan para casarse.

-Para cas... ¡Demonio! Pero él...

Prosiguió Octavio la alabanza de su amigo y de Isabel. Se adoraban. Infundíanse veneraciones de respeto. Cidoncha esperaba a crearse una posición fija para hacerla su mujer y salir inmediatamente de La Joya.

-¡Demonio! ¡Demonio! -tornó el cacique a asombrarse-. ¿Y cómo se casa él? ¿No es anarquista?

-Socialista.

-Da igual. Entrará el amor libre en sus teorías.

-El socialismo difiere del anarquismo en no ser más que un credo económico, del que no están excluidos los respetos a mucho de lo tradicional.

-¡Ya!

Don Pedro sacó pitillos; le dio uno a Octavio, y prometió:

-Anúnciale a Cidoncha que saldrá Roque de la cárcel; le demostraré al pueblo mi desinterés en el asunto. Y por cierto que yo también tengo algo que advertirte. Tu amigo está granjeándose la aversión de todos con sus propagandas del Liceo. Cree que no le hemos echado ya del colegio por ti. Y aun tú mismo, tú mismo, Octavio (y es un consejo que corresponde a tus lealtades), debes mirarte en lo que se empieza a susurrar de tus simpatías por sus ideas. Dada tu posición y lo que legítimamente puedes esperar de la política, no son hábiles, en sentir mío, esas orientaciones que inicias en pro de los desharrapados... Nunca darán más que hambre y piojos, lo que tienen.

-¡Ah, los desharrapados! -fue a protestar, comedido, pero piadoso y firme, el altruista-. Los desharrapados, o, lo que es lo mismo, el pueblo, la ignorante multitud de ciudadanos que en nuestra nación, harto a diferencia que en las otras, nos tienen en bochorno...

Se calló. Comenzaba el segundo vals, bailado con el barón de Pobladet por la condesa; y el conde, en unión del de Casa-Guadiana, del marqués de Illana, de César Rey y de Turza, acercábase a este rincón de hojas, que convertía eventualmente en principal la presencia de don Pedro. De bailar venía el conde agitado. El marqués, que había oído a Octavio, bromeó:

-¿Arreglamos el país?

-Un poco -repuso el joven.

Y hallando de perlas el testimonio del discretísimo señor que había vivido en París trece años, y complacido de ensayarse en oratoria, de paso que empezaba a establecerle sus políticos puntos de vista a don Pedro ante un concurso de hombres ilustrados como rara vez en La Joya solía verse, prosiguió:

-Hablábamos del pueblo, del demos. Decía, marqués, que son un baldón de nuestra Patria la ignorancia y la miseria.

Marcó una pausa, porque aún llegaban, y se sentaban también lo más cerca posible de don Pedro, como cohorte suya, el párroco don Roque, el alcalde, el juez y el registrador.

-La prosperidad de Europa, de Francia, usted lo sabe, marqués, débese, en primer término, a la general ilustración, que ha hecho posible, políticamente, un cuerpo electoral pleno de conciencia y sabio en la elección de sus gobiernos; socialmente, una muchedumbre redimida del hambre, de la enfermedad, de la incomodidad y la suciedad, y económicamente, un ejército de inteligentísimos obreros, bajo cuya acción florecen la agricultura y todas las industrias. Se sale de España, y no vuelve a verse más que fábricas y vergeles de cultivo por los campos; se llega a París o... a Londres, y han desaparecido para siempre nuestros tipos clásicos del vago, del mendigo, del famélico, ¿Verdad?

Despertó expectación en los forasteros y en todos la diatriba, concisa, dolorosa.

-Sí -confirmó el marqués, repitiendo casi los mismos giros que habíale oído a Octavio rato antes-; lo que a un español sorprende de París, cuando llega, es el ambiente de abundancia y bienestar que se respira. La vida se dilata en gozo y dignidades. Todos comen, todos tienen su vino y su bistec, y dijérase que reina perpetua una alegría de sobremesa, de banquete.

-¡Bravo, marqués! ¡Exactísimo! -recogió Octavio, mirando a Jarrapellejos y al conde de la Cruz, al seguir, cual si arrojáseles a su ignorancia vegetal, de hombres-árboles, de hombres no viajeros, las verdades afrentosas-. Una alegría de sobremesa, para todo; para el placer... y para el trabajo, que nos convierte en tributarios de ellos lo mismo que a salvajes. Mi padre estuvo en Filipinas, y contábame que todo había que importarlo desde aquí: los embutidos, los garbanzos, las patatas, porque no se criaba más que arroz. Recibo igual la impresión de la colonia en cualquier tienda, en cualquier sitio de España, en mi casa, por ejemplo: marcas, etiquetas...; miro y leo: los libros de Derecho, los perfumes y jabones, la ducha y las lámparas eléctricas..., de París; los guantes, los paños, los botones, y hasta las agujas, y no sé si los alfileres, ingleses; la máquina de coser y el fonógrafo, de Nueva York; el piano, los bronces, las lozas, alemanes. ¡Ah, señores, señores! ¿No es una vergüenza?

Sonreía a Turza, a Rey y a Casa-Guadiana, como para recabarse también su apoyo; y en el silencio un poco triste que surgió les hubo de notar un desorientado asombro, que en vano otras sonrisas quisieran disfrazar de convencido asentimiento.

Quedóse él, en cambio, persuadido de que tampoco éstos, el marqués badajocense, ni Rey, ¡un ex director general!, habían sentido nunca el antojo de darse un baño por Europa. Englobándolos con su tío el conde y con don Pedro, hubiéseles gritado: «¡Imbéciles! ¡Id a París! ¡Os contiene el miedo a la distancia y al gasto, y ni os tomáis la molestia de leer en una guía que se tarda mucho más a aquí, desde el mismo Badajoz, y que cuesta mucho menos que lo que diariamente perdéis a la ruleta en casinos apestosos!...»

Sobrado fino para hacer más que pensarlo, se limitó a saborear el efecto de su verdadero ensayo de oratoria..., disponiéndose a seguir; pero Jarrapellejos, cual si le hubiese adivinado, irónico, enérgico y como por todos (¡había que concederle algún talento!), le sorprendió con la respuesta:

-Indudablemente, Octavio, una de las ventajas de no haber estado en París es la de poder continuar viviendo en España sin... excesivo «europeísmo». En tu casa, porque lo prefieras, las cosas son francesas, inglesas, alemanas...; en la mía, todo español: el piano, de Montano, de Madrid; los paños, de Tarrasa; los tapices, de la Fábrica Real, célebre en el mundo; los cuchillos, de la de Armas, de Toledo; los platos, de la no menos famosa Cartuja de Sevilla; las sedas, de Valencia; de Barcelona, la segadora y las máquinas de mi fábrica de electricidad, y de Zaragoza, el sleeping del tren en que viajamos. ¡Te juro que no echo de menos para nada lo extranjero¡

Cálida la réplica, asimismo, fue acogida con un rumor aprobatorio, y principalmente por el registrador y el juez, el alcalde y el señor cura. Octavio, como el que ha descargado un paraguazo y recibe otro, no sabía qué responder. Don Pedro le miraba fanfarronamente, cariñoso, mas no seguro tampoco de sí mismo...

Quedaban ambos en el desequilibrio inconfrontable de dos proposiciones igualmente exageradas, y la voz melodiosa del marqués de Illana, en contraste con el trueno de don Pedro, restituyó la cuestión a sus términos exactos. Ni España dejaba de tener industria propia y medios de existir...; ni España dejaba de ser Europa, ni el resto de Europa y del mundo, a España, igual que a Francia y Alemania e Inglaterra, cesaba por ello de serla indispensable. Sin Edison no habrá gramófonos en La Joya, pero tampoco en Londres..., tal que, sin los que en Europa los supieron inventar, no habría en Nueva York telegrafía sin hilos, aeroplanos, ni siquiera hubiese Nueva York..., que pudo ser fundada porque unos españoles descubrieron las Américas. ¡Era el imperialismo de progreso!

-Lo que no quiere decir -terminó el marqués- que al agobio de nuestros gloriosos siglos de conquista no marchemos actualmente sin un poco de retraso.

El cura quiso intervenir, tomando en retórico sermón la católica tangente; pero Jarrapellejos, que con su autoridad estaba por encima de catolicismos y de curas, le atajó, para insistirle a Octavio en sus razones. Nada corto, éste replicaba, y apoyábanle Illana y Rey. El conde de la Cruz, fiel aquí, igual que en el Senado, a su criterio acerca del valor inapreciable del silencio, callaba, atento y reflexivo. «¡Ah!, ¡ah!...» «¡Oh!, ¡oh!», decía, asintiendo o negando con leves gestos. Además, tosía y sentía frío, al reposarse de la sofocación de haber bailado; y, no obstante la serenidad calmosa de la noche, hízole a un sirviente traerle un gabán, y se lo puso.

Amplio filón de elocuencia volvía a encontrar Octavio en sus comparativos recuerdos de viajero; en Francia los maestros de escuela habían dejado de servir para escarnio en el teatro; la prensa no se ocupaba exclusivamente de política, con miras de egoísmos personales, tal que aquí, sino de lo social, a diario recogiendo las palpitaciones de la vida; las mujeres marchaban solas por la calle, sin temor a groserísimos piropos. No sólo era todo cómodo y bello; baratísimo, también; ejemplos: su mandolina Ozelli de doce francos, sus máquinas fotográficas, su motocicleta, su escopeta.... excelentes y de menos precio que lo que hubieron de cobrarle de aduanas... ¿Qué?... Aparte todavía el moral bochorno de presupuestos de enseñanza, como el del ministro de Educación señor Sampedro, que, lejos de recabar aumentos, defendió las reducciones...; por atención siquiera al resultado material de la mayor comodidad de la vida entre gentes cultas y a aquel abaratamiento de las cosas, ¿no debía pensarse en otros de moderna y positiva esplendidez?

-¡No, querido Octavio! -saltó don Pedro, acaparándole la triunfal mirada, que empezó a pasear por el concurso-. Los altruismos de tu edad, y los libros, conducen, a no dudar, a lindas cosas; pero la experiencia lleva a las contrarias. En primer término, lo que se afirma desde antiguo acerca de «la santidad de la ignorancia» es de una exactitud que no desconocería ese ministro de Instrucción, como no la desconocemos los que hemos ido recibiendo duras y algo largas las lecciones de la vida. El pueblo no comerá más aunque aprenda gramática en la escuela, y, en cambio, sabrá mejor de su hambre y del hartazgo de los otros. Fíjate: París deja morir de frío en las calles a los que no tienen para ropa, igual que hace cien años, y en cambio, con su cacareada ilustración del pueblo, ha creado la especie del bandido filosófico: la banda trágica de los Bonnot los Diendonné y los Callemin, defendiéndose a un tiempo con la browning y el periódico; sus adeptos son legión; se sigue predicando el robo Y el asesinato en los centros libertarios, y asusta cómo el telégrafo nos habla diariamente de los niños de quince años que juegan a matar, en vez de jugar a los bolindres.

Eructó, y continuó:

-Tal la obra de la prosperidad moderna, Octavio, con muchos focos eléctricos, con mucha luz, a la verdad, con alumbrando despiadadamente, en contraste con los lujos, las rebeldías de una miseria que antes hallábase resignadamente oculta, cuando menos. Unos con mucho, otros con nada; así ha sido siempre el mundo y lo será. Mal repartida la felicidad por la tierra, lo mismo se puede ser feliz en Londres que en La Joya, si la suerte ha tenido a bien concedernos un poco de dinero. Y si el ideal a que todos aspiramos no es la sabiduría, sino la dicha, que nada tiene que ver con la gramática; si no ha de ser dichoso sino el que nace para serlo; si para los cuatro perros días que hemos de vivir está el toque en pasarlo del mejor modo que se pueda.... ¿a qué empeñarnos en abrirles los ojos a los pobres.... y seguramente las navajas, ni a qué apurarnos porque allá en Francia e Inglaterra, dejando a nuestra España en su modestia y en su paz, fabriquen maravillas al tiempo que anarquistas? ¿Es que en la clasificación de ahora y de siempre ha dejado de valer menos, por acaso, el ser rico que inglés o que francés... Mal mirados andaremos por ahí los españoles, según dicen; pero cree que inglés y todo, francés y todo, en Inglaterra, en Francia, a un pobre me lo trincan a la puerta de un teatro, a la puerta de una fonda, a la puerta de un tren, si no lleva billete, y va a morirse a un hospital, o te limpia a ti las botas; y tú, Octavio, yo, nosotros, ricos, antes que españoles, si queremos ir, tomamos el sleeping, llegamos, nos hartamos de champán, oímos la ópera en butaca, y de añadidura nos llevamos a nuestra gran fonda, cada noche que el cuerpo nos lo pide, espléndidas inglesas o francesas... Y después de esto, Octavio, que nos aten la civilización y la carta de nacionalidad a... ¡Iba a decir un disparate!

Rió. ¡Ju, ju, ju! Una estruendosa carcajada. Comprendíase que a este hombre, en su españolísimo rincón de La Joya, desde la altura de sus treinta mil duros de renta, le tuvieran pantagruélicamente sin cuidado ingleses y franceses, jueces y curas, condes y barones nacionales.

-¡Bien!

-¡Bien!

-¡Sí!

-¡Bravo! ¡Bravo!

Le aplaudían, desde el párroco hasta el ex director general y el marqués.

-¡Ah, ya! ¡Pensando así! -lanzó Octavio.

Quedaba «descacharrada» la polémica. Imposible responder a quien, resumiendo, por lo visto, el filosófico sentir de la reunión, eructaba de tal suerte el talento natural, el cocido y los sofismas. Además, el conde de la Cruz, que tosía envuelto en su gabán, se levantó e invitó a los otros a seguirle a una especie de hall acristalado, que libraríalos del relente. Octavio los abandonó, dirigiéndose hacia el baile, donde ya bailaban todos, hasta el Garañón y Manolito, con la animación de última hora.

Iba descontento, exasperado.

Aun provisto de sus luminosas impresiones de París, se había sentido fracasar, y con el toscote de Jarrapellejos, en aquel primer intento de pública oratoria. ¿Querría ello vaticinar que cualquier burguesete que le saliera al paso en sus proyectadas propagandas con Cidoncha, cuyas notas deberían ser la prontitud y la intrepidez, fuésele a dejar desconcertado?... Ganábanle otra vez, ¡como si no hubiese estado en París!, la duda, la desconfianza, la irresolución recóndita y orgullosa de sí mismo, que a estas fechas teníale sin haber sido diputado, que habíale hecho quedarse sin su aristocrática prima de Sevilla, sin su rica prima la hija del conde de la Cruz..., y hasta -ya en el orden de las ambiciones sensuales- sin esta divina mora Ernesta, arrebatada por el tito...

¡Condesa! ¡Condesa!... La descubrió, y fue a ella con no supiera qué propósitos de irritarla y humillarla... Recordó los deseos de familiar confianza del marido, y hubo de sorprenderla, llegando por detrás:

-¡Oh, tita! ¿Qué es esto?... ¡Glorias humanas! ¡Qué sola estás!

-¡Oh! -hizo indefiniblemente Ernesta al divisarle, al escucharle.

Al borde del tumulto que formaban todos bailando y alzando polvo de la arena, por primera vez volvía a verse a solas con su antiguo apasionado.

-¡Ah, Octavio! ¡Usted!

-¡Cómo de usted..., querida tita!

-Sí, sobrino... ¡Verdad!

-Bailemos. ¿Te place?

-Perdóneme. ¡Me han roto la cola! ¡Mire! Es un horror de polvo y pisotones. Por eso no bailo, y hubiese preferido suprimir para todos este baile idiota, en que Orencia se empeñó. ¡A quién se le ocurre en medio de un jardín!

Lastimosa inclinándose, con la mano enjoyada de esmeraldas y brillantes, alzábase un pellizco de los ricos encajes de la falda para mostrar en un largo desgarrón los alfileres. Diríase que todos sus triunfos de coqueta amargábansele en tal percance insuperable.

Octavio se sentó.

Por un rato no supieron qué decirse. Hallábala como amargada y contrariada, ciertamente. No habría podido ser, desde luego, más certera la ironía del irónico malévolo. ¡Glorias humanas, fugaces! Hartos los demás de rendirle vasallaje a la mimada novia, a las tres horas de fiesta, sus primos, sus primas, sus amigas, Orencia, las Jarrapellejos, habían ido desfilando de la corte de honor que la formaron junto al trono de un sillón, para divertirse por su cuenta; la madrina y las señoras mayores, cumplimentadas por doña Luz (la mamá de Saturnino, otra especie de dueña de la casa), al resguardo del fresco, seguían en la tertulia que hubieron de formar dentro del hotel al verla acaparada por el baile y por los jóvenes; y en tal situación, ahora, Ernesta, debería de estar sintiendo también por vez primera, y a más del dolor de su vestido roto, la decepción de los triunfos de su título y la más yerta realidad de aquel viejo marido que tosía en el hall,

incapaz de soportar la dulce frescura veraniega de la luna al lado suyo.

Fuesen éstas o no las impresiones de «la pobre necia deslumbrada», Octavio creyó leérselas en la bella faz de enojo y de fatiga, y dábalas por ciertas. Al día siguiente saldría el matrimonio en automóvil hacia el mundo.... y ¡quién adivinase los aún más íntimos y grandes desengaños que, ya en el auto, llevaríanse de la hora nupcial con un anciano la carne y el corazón de la bellísima condesa!...

-¿Os vais mañana? -habló, por fin, Octavio, cortándole a la mísera desorientada la inquietud.

-Sí, mañana.

-¿Adónde?

-A Madrid.

-¿Y luego?

-A San Sebastián... y a Biarritz, me parece.

No era verdad esto último, aunque Ernesta mentíaselo, por vergüenza, al «europeo». Del instintivo horror del conde a la distancia, a las fronteras, la esposa no había logrado recabar sino la capital donostiarra como término al itinerario de su viaje.

-¿Y no iréis luego a París, a Suiza?... Es la costumbre, ya sabes, en octubre, al final del veraneo. Si vais, allí habremos de vernos.

-¡Ah! ¿Piensa usted volver?

-¡Tú, tú..., como yo a ti, por Dios, querida tita! Sí, pienso volver.

-Bueno, sí, tú... ¡Verdad!

Sonriéronse. Habló «el sobrino»inmediatamente de viajes, de alta vida, de... París. Los restaurants elegantes (Maxim's: diez francos un melocotón), los célebres modistos y almacenes, los boulevards, los teatros... Ernesta, a toda rapidez, oyéndole, perdía la emoción de su alarma con el que fue casi su novio en otras muy dulces y amplias emociones ante este gentilísimo pariente, que a plenas tranquilidad y confianza familiares íbala evocando las mundanas elegancias principescas, los grandes hoteles, los grandes expresos, lanzados como tormentas del lujo por Europa. ¡Sí, sí, de tú!... Se obstinaba él en no pasarla los usted a que impelíala la falta de costumbre, y ella obedeció y dominó pronto la violencia. Una cosa que la iba llamando la atención (inversamente parecida a la física mudanza notada por Octavio, y a influjos de ella, en Orencia y Dulce y las otras muchachas de La Joya) era la especie de espiritual aplomo y de sutil audacia a que parecían resueltamente trocadas en el «viajero de París» sus respetos excesivos de otro tiempo. ¡Ah, sí, aplomo, audacia bien sutil!..., tanto que Ernesta, invitada a su vez por la suave y como principesca cortesía, de tiempo en tiempo advertíase ella propia más que demás deslizada en los temas escabrosos, y... tenía que refrenarse. ¡París, bah!... ¡El efluvio, un poco fuerte, de París!... ¡El desnudo y la bella libertad en los museos, en los cabarets montmartreuses, en las divinas mujeres que en Luna Park montaban a horcajadas los camellos o se echaban a rodar por las rampas giratorias!... Y ella aprobaba todo esto en nombre del arte y de la franqueza noble de la vida, razonándolo, dando su opinión; y fue peor todavía, al fin, cuando púdica, pero hábil también, para que no la creyese una zafiota e hipócrita española el «parisiense», el hombre nuevo, que jamás sostúvola una conversación así cuando andaba cortejándola, ella pasó de los desnudos a la ropa... Sin querer, pronto asimismo, a propósito de si las necias de La Joya llevaban todos sus faustos por fuera, por fuera únicamente, la condesa de la Cruz, hablando de encajes, de batistas, de sus encargos de ropa interior al Louvre, por dos, por tres veces, se encontró, ¡diablo!.... describiéndole al «sobrino» sus ligas, sus corsés, sus camisas más o menos escotadas...

-Hasta aquí, ¿sabes? ¡Cortísimas! La moda.

¡Qué barbaridad! Ernesta, ahora, se asustó al advertir que estaba señalándose con la mano a medio muslo... Afortunadamente, se acercó Orencia, que acababa de bailar con Pobladet, y que ya, bailando, habíales dirigido sus bromitas y sonrisas:

-¡Niños! ¡Hola, qué calor! ¡Aquí me siento!

Sofocadísima, inquirió en dónde hubiéranse escondido. Prometió no bailar más; pidió un sorbete...; y a los diez minutos, Octavio, siguiéndolas la conversación de corsés y de camisas, volvía a escucharles a las dos ingenuas descripciones de las suyas...

-Sí, sí, tiene razón -le concedía Orencia-; no se cuidan aquí mucho que digamos, por dentro, de perfiles...; pero ya sabe usted que en todo yo soy una excepción...


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