Jarrapellejos: 10

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Capítulo IX
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Jarrapellejos Felipe Trigo


Barriga, que por sugestión del apellido hacía creer que tenía barriga sin tenerla, pues era esbelto, aunque tendencioso a gordo y no muy alto, esperando al compañero y disponiendo el complejo instrumental, pensaba así: «He dado excesivo bombo a esta operación sencillísima. Necesito revestirla de aparato, aunque no son de temer complicaciones. Total: punzar, sacar el agua..., y el vendaje. El bruto de Carrasco, vieja escuela, hallará redundante la antisepsia; le hundiré con mi oratoria. ¡Qué rabia me profesa porque escribo prosa. versos!... ¿Habrá algo en el hígado?... No. Ascitis simple, a frigore, sobre un palúdico fondo... La enferma se comporta a maravilla...»

Débil, no obstante, la enferma, se la debía prevenir contra el síncope. La habían bañado; la habían frotado el vientre con sublimado caliente y jabón; la habían purgado el día antes y administrábanla caldos y jerez.

¡Bravo, su arsenal!, lo consideraba el rubio médico, satisfecho de vivir, luego de corroborar al trasluz la perfecta diafanidad de la solución de cafeína. Si el burrote de Carrasco le odiaba por los versos y por su florido verbo en las consultas, los otros compañeros no le disimulaban la envidia, porque ninguno sabía prestarle a la ingrata profesión estas importancias, estos bellos aspectos teatrales: el alcohol ardiendo en las jofainas, las mesas llenas de gasas y algodones, los juegos de tijeras y escalpelos, los abatidores de lengua, la eléctrica maquinilla y el martillo de Mayor, las pequeñas ampollas de anestésico local y las grandes ampollas de suero suspendidas con sus tubos de caucho y sus agujas...; y en medio, majestuoso, soltando a chorros el vapor, el autoclave... Carrasco se iría a quedar «peripatético»ante tantas cosas de níquel limpias, brillantes, modernas...

Comprendíase la crispada alarma de la gente. Él lo sabía. Hay quien realiza un portento, y no se presta atención. Hay quien prepara una nadería con mana, y sorprende. El suceso, gracias a la habilidad de él en pregonarlo, esperábase de tiempo atrás punto menos que se había esperado la boda del conde. Llena la casa. Amigos y parientes y habinientes del alcalde y la alcaldesa; amigas de Purita: Dulce, Jacoba, Eduvigis, Encarnita Alba, Joaquina y Petra Rivas, Gertrudis Nieves y Luz Jarrapellejos, las otras dos Jarrapellejos, hijas de don Pedro...; todas las muchachas.... y hasta algunos muchachos, como Cleofé, inapartable de la novia; Saturnino y Manolito... De rato en rato se entreabría la puerta, asomaba una a esta salita su cara de horror y curiosidad, y escapaba igual que del infierno. Orencia, brava, entraba y salía con monjil silencio, encargada de la ropa y de los caldos...; y en cambio, el párroco don Roque, a cuya paternal solicitud debíase a última hora la imprevista llamada de Carrasco, andaba el pobre como tonto, a ahogarse con un hilo.

-Bueno. ¡Y cree usted, Barriga, que... no se nos morirá la niña, angelito de mi alma!

-¡Pero don Roque!

Notable el apocamiento de este hombre, de cara y trazas de león, que recordaba a don Pedro, su primo, y que en condiciones normales se dijese un trabucaire. El sólo espabiló a puntapiés una tarde a unos gitanos que entraron navaja en ristre, persiguiendo a otros dos, hasta la iglesia.

Y lo más notable aún, a la verdad, era que el miedo de los profanos refluía sobre Barriga, quitándole la calma... ¡El colmo, asustado del atrezzo que él mismo montó para asustar a los demás! Temblaba. Se vio, pálido, a un espejo.

«¡Carrasco!» «¡Carrasco!» «¡Don Cándido Carrasco!», anunciábalo la masa de serenos, guardias, alguaciles y mujeres atestada en el pasillo. Entraba con don Roque y el alcalde. Barriga compuso dignamente su actitud. Un «¡Hola!» y una seca entrega de la mano. Le notó los desdeñosos disimulos de su admiración al quirúrgico arsenal. Se limitó Carrasco a mirar atrás y a ladearse, porque le daba en las nalgas el vapor del autoclave.... y se limitó además a decir casi con sorna, como si estimase que la cacareada operación pudiera realizarse con un simple cortaplumas:

-Una paracentesis. ¿No es esto, compañero?

Sentados, a invitación de don Fabián, Barriga, que en repantingada posición que hubo de adoptar en el sillón, con una mano en la sisa del chaleco, parecía, efectivamente, tener barriga, empezó a expresarse:

-Querido colega: el caso cuya historia voy a tener el honor de exponer, interesantísimo por todos los conceptos, pues sólo recuerdo procesos de una tal vaguedad prodrómica y de una tal precisión semiológica, no obstante, entre los citados por Rivernoit en su Contribution a 1'étude du...

-Dispense, compañero; procedamos con orden -dijo el brusco de Carrasco, levantándose-. Veré antes a la enferma.

Iba sin aguardar nuevas razones, y hubo que seguirle. Difícil el acceso al cuarto y a la cama. En ésta, y tocada de nívea cofia, que espiritualizaba más su eucarística, belleza de angelito, hallábase Pura, asistida por el simpático dolor de todas las amigas.

Muda y resignada, el susto vigilante de sus ojos se acentuó al ver llegar a los doctores. Tuvo un impulso de gritar, de escapar, y la paralizó el espanto.

Don Roque la acarició, llorando y haciendo llorar a las muchachas:

-Tonta. Tonta. Nenina... ¡No te apures!

Mas como aquella especie de perro fosco que era Carrasco, apenas tomado el pulso y examinadas las pupilas, de un tirón echó abajo la colcha, don Roque, y aun Fabián, creyéronse en el trance de ausentarse, ahorrándole rubores a la ruborosísima criatura. Antes el enternecido párroco la dio dos besos en la frente.

Quedó al aire el vientre de Purita. Carrasco lo palpaba. ¡Caramba!... Sin querer, y según lo iba examinando..., ¡caramba, sí, caramba!, acudíale a la mente lo que tiempo atrás quiso maliciarse por el pueblo de embarazo... Prominente, globular, a pesar de estar la chica de espaldas, el médico buscaba en vano la sensación liquida de ola...

-Es extraño, colega -comenzó por manifestarle a Barriga, que con aire superior y donjuanesco esperaba, timándose con Dulce-. Vea: duro, duro en masa, aquí, y aquí...; falta total de la circulación venosa supletoria y de la proyección del ombligo... Además, ¡caramba, sí, caramba!..., paño, negro todo esto.

«¡Qué idiota!», pensó el pulcro compañero.

Delicado él, jamás trataba de este modo a sus enfermas, y especialmente si eran señoritas. Nada de descubrirlas: las ropas, por encima, y en paz, y aun diciéndolas poesías de Bécquer, que hiciéselas olvidar el reconocimiento. Así ellas y las madres le llamaban.

Grosero, en cambio, burro de «nativitate», Carrasco acababa de levantarle a Pura la camisa hasta el pescuezo, ahuyentando pudorosas a las otras. ¡Creeríala en estado de preñez, el animal! Querría confirmarla el paño en los... ¡Diablo, pues sí, tuvo que concederle Barriga.... en los pezones, en los pezones, aureolados de moreno, como si se los hubiese untado de betún. Y todavía, a una presión de Carrasco, ¡oh!..., aquellos negros pezones de los blancos senos pequeñitos... dieron leche...

¡Leche! ¡Era indudable!... Barriga se iba quedando de una pieza. Las amigas de Purita, vueltas, se acogían a los rincones. Y Purita, muda, siempre muda, con los ojos muy abiertos, seguía las impávidas maniobras de Carrasco.

El cual, encarado con doña María del Carmen, inquirió:

-¿Qué tiempo lleva de... enferma?

-Siete meses. Desde mayo.

-¡Ocho, mejor! -amplió Carrasco, como para sí mismo. Y añadió:

-Señora, deberían salir las jóvenes: necesito llevar mis exploraciones más a fondo.

Desfilaron las jóvenes a esta sola indicación, una a una, silenciosas. Orencia se quedó. El expedito médico tiró de estetoscopio, auscultó el vientre centímetro a centímetro... Sonrió, en fin, e invitó al atónito colega a escuchar en un determinado punto.

-¿Qué oye?

-¿Soplos? ¿La porta, quizá?

-Latidos. El corazón.

-¿En la barriga?

-El del feto, naturalmente.

«El del feto», ¡ah... Frase ya inteligible para Orencia y doña María del Carmen, empezaron a inquietarse.

-¿Cómo del... feto?

Carrasco no atendió. En la fiebre de su pista, y manejando a la azoradísima rubita tal que a una muñeca, practicaba el tacto vaginal. Un dedo, dos, tres... No encontró dificultades; y el hocico de tenca, alto en el fondo, largo y permeable, hasta dejar tocar a su través las fontanelas, la cabeza de un muchacho.

Bien. Se fue al lavabo y se lavó. Luego se encaminó a la puerta, avisándole a Barriga:

-¡Venga, que hablemos!

Sino que, loco de asombro y de angustia, Barriga se había lanzado también a reconocer a la inmóvil de terror, a la dejada casi en manifiesto, sin acción para cubrirse y sin que nadie la cubriera; y doña María del Carmen, guiándole, varió el camino de Carrasco por un falsete hacia la sala.

-¡Oh, niña, niña! -hubo de reprochar Barriga amargamente, apenas comprobaron sus dedos, por aquellas vastas amplitudes, lo innegable-. ¡Qué manera de engañarme! ¡Qué manera de mentir!

La niña lanzó un agudísimo alarido, y convulsa esquivó a un lado su horror de descubierta, recogiéndose toda lateralmente entre los brazos.

Barriga, sin mirar siquiera a Orencia, que en su mudo estupor le interrogaba, por huir del bochorno de ella, ya que la impiadosa tierra no se abriera y le tragara, pasó al salón. Iba como imbécil. Flaqueábanle las piernas. Don Roque, que estaba allí, porque allí se habría quedado antes buscándole un refugio a sus congojas, duro, resurgido en trabucaire, formaba con Carrasco y la dueña de la casa un grupo de tragedia. Pendiente ésta y aquél de algo que Carrasco habría empezado a insinuarles, y para cuya total manifestación aguardaría a Barriga, Carrasco, al verle, prosiguió:

-No, no hay nada que operar. ¿No es cierto, compañero?... Por suerte o por desgracia. La cosa se resolverá sola en quince o veinte días. Señora, don Roque...: me es sensible decirlo, pero es mi obligación: trátase... de un embarazo.

-¡De un..., un...!

-Embarazo, sí, señora. De ocho meses.

-¡Qué barbaridad!

Habría gritado sus protestas la madre contra el bruto irreverente. Habríale echado don Roque a puntapiés, porque a la noticia, a la calumnia aquélla, y tratándose del ángel de su alma, el hombre de puños y mal genio acabó de aparecer súbito y completo... Sólo que la lívida estupefacción de ambos fijábase en Barriga, pidiéndole, exigiéndole la inmediata y científica corroboración de sus enojos... Y, ¡oh!, Barriga, todavía más lívido, con la mirada en la alfombra, callaba como un muerto.

-¡¡Embarazada!! -le acosó el párroco, con idéntica fulmínea cólera que si él fuese el responsable.

Y el acosado, que al último tesón de sus orgullos en desastre midió instantáneo la oportunidad de sostenerle desesperadamente a Carrasco lo contrario, viendo cuán inútil fuera, pues no se trataba de defender con floridas oratorias el gato, por ejemplo, de una escarlatina ante la liebre de un sarampión, sino de algo que bien pronto, saliendo al mundo, pondría en evidencia de carne y hueso una criatura..., resignóse a suspirar:

-¡Sí!... ¡Purita me ha estado engañando!... ¡Nos ha engañado a todos!

El mortal silencio de la angustia que se produjo lo aprovechó Carrasco para partir, con su triste triunfo, de la sala y de la casa.

-María.... María del Carmen -increpó ahora don Roque con amarga y digna cólera a la pobre consternada-, ¿me puedes explicar..., me puede usted explicar, lo que sucede?

Un gemido de la infeliz, desplomada como muerta en el sofá, y auxiliada inmediatamente por don Roque, ocasionó una nueva confusión, que el mismo Barriga halló propicia para escapar con su bochorno, con su espantosísima derrota... Pudo, pues, al poco el pundonoroso sacerdote hablarle con franca y espartana escuetez a su querida:

-¡Adiós!... ¡Adiós, María del Carmen!... ¡No has sabido velar por la inocencia de mi hija!

Otro sollozo más hondo. La respuesta:

-¡Ya te decía yo, María del Carmen, que tu sobrino Gil era un granuja y demasiado cándida la niña! -¡Ya te advertía que nuestra pobre niña no estaba en edad para noviazgos!...¡Ahora, adiós, adiós..., mujer!

Vuelta en sí a un palmetazo de revés en la frente, que fue un disimulado bofetón, preguntó la atribulada:

-¿Te vas? ¿Adónde vas?

-¡A donde no volváis a verme! ¡Me arrojan de esta casa la deshonra y la vergüenza!

Y ejecutivo, terciados los manteos, avanzó y desapareció por una puerta de escape como un dios augustamente doloroso, como un negro Júpiter con teja.

Doña María del Carmen, una mano crispada al corazón y la otra conteniendo la sofocación de la garganta, quedóse unos minutos contemplando la espantosa magnitud de la catástrofe. «Preñada del mono de Gil... la mona aquella de la niña... Roque, justamente desengañado y sorprendido..., resuelto, acaso, a modificar el testamento, a negarle a la idiota sinvergüenza su caudal..., y Gil, el sobrino, negándose quizá a casarse en cuanto la supiese sin dinero... ¡Ah! ¡Y para esto había sacrificado ella su vida entera con Roque!...» Alzada por la cólera, fue como un tigre al falsete, abrió, entró, y sin fijarse en que Fabián, atraído por los gritos, por la salida de Orencia y por las fugas de los médicos, había llegado a la alcoba y contemplaba, sin poder hacerla hablar, a la chiquilla..., de buenas a primeras la agarró por el pelo, volviéndola y arrancándola la cofia, y le asestó en plena cara, asustada y lamentable, descompuesta, que parecía la de una agonizante o la de una grave accidentada, una bofetada a todo vuelo, que hízola sangrar en seguida de la nariz y de los labios.

-¡Toma! ¡Indecente! ¡Indecente!...

Iba a insistir, y el marido retúvola del brazo.

-¡No, no! ¡Déjame, que la mato a esta indecente!... ¡Que la cuelgo!... ¡Que va a soltar aquí mismo el crío y los bofes por la boca!... ¡Déjame, déjame, Fabián!

Al tumulto, algunos rezagados asomaron por la puerta, no atreviéndose a pasar. Claro es que la bizarra nueva había corrido por la casa; disparada Orencia hacia la suya, las señoras, los señores, las amigas, sobre todo, de la hipócrita, la iban imitando. Únicamente en el pasillo quedaban las mujeres pobres de la vecindad, los guardias, los serenos...

Media hora después no había ningún extraño en casa del alcalde. Éste, en su despacho, con la frente abrumada en una mano, filosóficamente absorto en la consideración de la deshonra de su nombre, y pensando escribirle conminativamente a Gil; las dos criadas, en la cocina, fregando platos y comentando perversamente divertidas el tragicórnico suceso; Purita, en la cama, curada de la hemorragia de la nariz por el barbero, y doña María del Carmen, por último, a solas con el rigor de su fracaso educativo, en el lecho de otra alcoba. Puertas cerradas. Un silencio y una oscuridad como del abandono de una muerte.

Mujer de altas diplomacias, que creía el mundo sometido a sus arbitrios, que todo había tenido que resolverlo siempre en su hogar, por encima de aquel listo tonto marido juerguista y jugador, lleno de desaprensiones, se tiró de pronto del lecho, vestida como estaba, a fin de enviarle a Gil Antón un telegrama, concebido en esta forma: «Ven primer tren. Urgentísima tu presencia para asunto grave que puedes suponerte.» Directamente, sí, con el sobrino. Llegar mañana él; casarlos pasado.... y no haber dejado durar sino cuarenta y ocho horas el escarnio de esta bomba de indecencia por el pueblo. Prescindía de jefes ni músicas que pudiesen retener al muchacho en una academia; militar; prescindía asimismo de consultarle nada previamente al padre de Gil, a su viudo y paralítico primo hermano de don Antonio. Sin embargo, antes de redactar el telegrama, quiso celebrar con la dichosa niñita una conferencia en que sustituyera los golpes por la mesura del hablar y el enterarse...

Llegó a la puerta del cuarto, la abrió con calma, cerrándola por dentro en seguida, a pasador.... y así que hubo de verla la aterrada maltratada, se recogió a un rincón, liada entre las ropas, en otra vuelta y otro convulso brinco de su cuerpo...

-No, hija, no -trató la madre duramente digna de calmarla, sentándose en la butaquilla de los pies-; no es ya cuestión de retorcerte el gañote como a un pájaro, por más que lo merezcas; es cuestión de que me cuentes, de que me informes, de que me digas, ¡cochinos!, ¡sinvergüenzas!..., si al menos para este trance, que deberíais tener los dos bien descontado, Gil se encuentra dispuesto a restituirte un poco, sin pérdida de tiempo, los decoros, con la boda.

No respondía la rubita; los hombros al aire, deshecho el pelo, de espaldas a la mamá, recorríanla de arriba abajo eléctricos estremecimientos.

-¿Lo teníais dispuesto así?

Silencio. Doña Inés tuvo que insistir, armada, durante un largo cuarto de hora, de paciencia; explicándola que era indispensable, ¡so bruta!, conocer la actitud de ellos, la actitud de él, al objeto de calcular la rápida eficacia del telegrama que iba a ponerle..., metiéndola, por último, y como anuncio de otros mayores, a ser preciso, un puñetazo en el ijar..., y sólo entonces el tímido angelito se giró más a la pared y quedóse boca abajo al contestar en una suerte de gemido:

-No; no tenía nada dispuesto. Él no sabe nada.

-¿Cómo? ¿Que... él no sabe nada? ¿Quién? ¿Gil?... ¿De qué no sabe nada?

Volvía la trémula chiquilla a su hermetismo. Volvía la diplomática experta a irritarse de estas burdas diplomacias en que, a disculpa del respeto ruboroso hacia la madre, pretenden escudarse todas las que maldito si se ruborizaron con el novio, y otros dos puñetazos de aviso, esta vez en las costillas, hiciéronla exclamar, al tiempo que lloraba y sollozaba:

-¡Mamá, mamá, por Dios!... ¡Si es que me da mucha vergüenza!

-¡So puerca! ¿Y dónde te la dejaste con Gil? ¿Dónde él se la dejó?

Súbito y nuevo puñetazo, previniendo necias dilaciones de silencio.

-¡No, no! ¡Él, no, mamá!

-¡Ah! ¡Él, no!, ¿verdad?... Un santo, y tú, otra santa. Si ya te decía yo que no me fío de santos que mean en la pared; que son ciertos los refranes, y «entre santa y santo, pared de cal y canto»... Y, claro, la santa, ahora, al cielo la barriga, por don de santidad, y el santo ni lo sabe... Pero vaya, venga. ¿Qué es lo que no sabe? ¿Quieres explicármelo, hija mía?

-Pues... no sabe.... ¡oh!

Cubrióse Pura el rostro con las manos, mas no lloraba ya.

-¡Habla! ¡Habla!

-Pues... no sabe...

-¿Qué? ¿Que estás para parir? ¿Que fueses a parir..., ¡marrana!..., porque él te aconsejara y ambos esperaseis un aborto, haciendo con la historia del agua que el memo de Barriga te pinchase?

-¡No, no! ¡No me aconsejó eso! Gil... no sabe que yo...

Sobrecogióla el bochorno, agotándola la voz, Y se la devolvió la madre a la simple indicación de otro «metido».

-... que yo estaba... como estoy!

-¿Cómo, «como estás»? ¿Embarazada? ¿Que no sabe que estás embarazada?

-No, no. Él... no tiene la culpa.

¡Demonio! ¡Doña María del Carmen se levantó, afirmándose en sí misma, como quien esta viendo un precipicio por delante y la enseñan otro por detrás. La dichosita niña, que ya iba parlando con menos miedo, había dicho esta nueva enormidad ingenuamente. Nada de que se disculpara, nada de negar su situación, sino, de un modo simple y llano.... afirmar, al parecer, que... el embarazo era de otro. ¡¡Demonio!!

La contempló la madre, sin atreverse más a golpearla, considerándola ya como una suerte de monstruo superior que estuviese por encima de sus iras, y... en casi admiradora, en casi compañera, demandó:

-Pero... ¡desdichada! Si no es eso... de tu novio..., ¿de quién en es?

-¡Ah, mamá, mamá! -tornó a lamentarse Pura, ganada y conmovida por aquel tono confidente-. ¡Si es que me da mucha vergüenza de decírtelo!

Breve y menos difícil el final de la penosa conferencia, bien que alternada por nuevos llantos de la joven y ayudada por algún último «metido»de nudillos de mamá, Pura, poniéndose las manos sobre el rostro en los pasajes escabrosos y esquivando las costillas, estrechada, cada vez más acosada a descarnadísimas preguntas, fue fragmentariamente confesando que... aquello ocurrió en el campo..., por abril, cuando pasaron la temporada con don Roque, y ella, en unión del zagal de las ovejas, iba una tarde a ver la invasión de los langostos... «Pero ¡embustera! Si entonces estaba Gil en la Academia.» (Manos a la cara.) «¡ No, no!; si... ya te he dicho que no fue Gil.» «Pues ¿quién, entonces?» (Manos a la cara y huida de costillas.) «El... zagal.»(Paralización del puño de la madre a medio viaje, de puro asombro.) «¡¡El zagal!!... ¡El pastor! ¿Quilino?... ¡Un pastor,... «Psicología singular, misterio femenino para la más que femenina perfumada y repintada, que nunca habría sabido descender a roñas y garrapatas de patanes; que sólo, como sumo, había podido soportar el mal aliento del tabaco y las muelas cariadas de don Roque. María del Carmen, aun por encima del disgusto y la sorpresa, sintió la curiosidad de cómo su hija se dio a un astroso pastorcillo, habiendo podido darse, siquiera, al primo, al novio -que ya lo era, más o menos descubiertamente, por entonces-, a Gil, guapo, y fino, y pulcro como el oro... Bueno, pues... también tuvo que confesarlo Purita: todo consistió en el maternal empeño de «guardarla... por el sistema de las medias rotas, de las camisas viejas, sin adorno, de los corsés feos y desteñidos..., que, naturalmente, le daba a ella vergüenza que el primo se los viese ni pudiese sospechar que los llevaba»...

-Anda, hija..., ¡qué animal!

Explicado el misterio, aunque con lógica de absurdo, que no menos por eso poníale en evidencia a la «hábil»y tenaz guardadora de pudores la absoluta imposibilidad de guardar a una chiquilla, resuelta a no guardarse, desde el punto en que la hora y la ocasión le son llegadas, aunque sea sólo por los pelos (ah, sí, los santos que mean en la pared..., y allí estaba el santísimo don Roque), sobrevino, con otra postración vergonzosa de Purita, un profundo silencio reflexivo.

-¡Desdichada, desdichada! ¡Bestia, además! -lamentó al fin doña María-. ¿Cómo esperar ahora que te cases? ¿Con quién, borrica?... ¿A quién se le ocurre, di, por corsés ni camisas, ni por nada, ya que hiciste lo que hiciste, no darle después siquiera al novio ocasión para que pudiera creerse el responsable?... ¡Bestia, bestia, hija, y tonta! ¡Qué bestia! ¿Por qué no pensaste en esto, so animal? Callaba Pura, cubiertos siempre los ojos, pero sin negar, sino al revés, con leves ademanes de aquiescencia, y doña María del Carmen sintió un rayo de esperanza:

-¿Te acostaste con él, con Gil?

-Sí -confirmó la rubia, más que con los labios, con la reiterada y salvadora afirmación de la cabeza.

-¡Ah! -lanzó la diplomática, radiante, teniendo que contener su regocijo para no estrecharle a la chiquilla la mano, la norabuena.

Sino que la diplomática tornó a ver fríos sus entusiasmos cuando supo que su hija, y más, seguramente, por gachonería, «¡so pu... ñalera!», que por cauta previsión, no había empezado a acostarse hasta agosto con el novio... Tres meses. ¡Qué retezopenca! Bien. O, a mejor decir, mal; pero... veríase de explotar la circunstancia, y pescarlo..., si no querían verse desheredadas por don Roque... Todo, cuestión de cuatro días; y luego, ya sin remedio, cuando el parto, que la matase Gil o hiciera la reducción de nueve a tres meses por las matemáticas que estaba aprendiendo en la Academia...

Se levantó. Iba a ponerle el telegrama.

Días de maligna animación los que siguieron por el pueblo.

Cerrada la vivienda del alcalde con el desolado abandono de una muerte.

Muerte civil de Purita, de la propia doña María del Carmen, cuya vieja y consentida historia de don Roque subía al fin a la superficie de manchones de escándalo como el fango de un charco removido.

Las personas decentes no podían transigir con aquel hogar públicamente destrozado en vilipendio, y Orencia, entre ellas, vecina, daba ejemplo de implacable austeridad cada vez que salía o entraba en su casa, pasando frente a la apestada de casi una carrerita.

-¡Anda, anda! -no cesaba de comentarles a Dulce, a las Jarrapellejos, a las amigas-. ¡La buena pieza! ¡La que intentó levantarle a Ernesta que estaba embarazada!

La fama, cosas del mundo. Una calumnia atribuida a una muchacha y a punto de arraigar, sin más que porque la veían algo coqueta, y al cabo Ernesta, condesa de la Cruz, en -viaje de plácida altivez con el marido y el angelillo de biscuit, que nunca rompió un plato, con... bóveda. Dulce, un poco aturdida siempre, e imprudente, llevaba su honesta sinceridad hasta querer hacer notar que una cosa era permitirse confianzas a la reja con los novios y otra... La cortaba a toses y miraditas de recelo el conciliábulo de rígidas honradas.

-¡Anda, anda! -comentábase por los casinos también-. ¡Recontra con... el angelito! ¡Rediós... con la hidropesía.... y cómo la mosquita muerta había sabido engañar a todos y al pobre tonto de Barriga!...

Claro es que Barriga no había vuelto a aparecer por las reuniones, él, alma de ellas con sus versos. Llovía, en pertinaz otoño anticipado, y veíasele hacer la visita cruzando las calles en la jaca, lo mismo que en verano. Así escapaba, al trote o al galope, de la zumba general, de la chacota. Harto castigado el infeliz. Perdido lo mejor de su clientela. Se hacían frases. En el casino de los señores, por ejemplo, una tarde, había dicho Saturnino: «La barriga de Pura Salvador le ha puesto a parir... a Barriga; era natural; obliga el apellido; ¡un predestinado!» Otra tarde, en el Curdin, había dicho igualmente Saturnino, con más éxito de risas: «Le he visto. No me he atrevido a saludarle por el nombre, porque no lo crea alusión. ¡Cualquiera le dice más Barriga a ése!» Malo, malo, Saturnino, de verdad; Purita y el médico servíanle para divertir a los amigos, sin respeto a la desgracia.

Y las discusiones, los crueles comentarios en todas partes, a todas horas, rodando, rodando de cosa en cosa, solían ceñirse a este punto de la cuestión, especialmente incomprensible: «Con el infundio del agua, inventado por ella o aceptado del memo de Barriga, ¿que se había propuesto aquella estúpida de Pura?... ¿El aborto, en los días subsiguientes, en silencio, a consecuencia del público pinchazo? ¿Morir, antes que confesar, de la operación, en su vergüenza? ¿O, antes bien, necia y simplemente, e ignorando adónde pudiera conducirla el tal embrollo, ni cómo salir de él, dejarse ir hasta el último extremo en la mentira?...» La primera y la tercera opinión la sostenían dos médicos: el joven don Julián y el viejo don Manuel, éste más experimentado acerca del inconsciente valor de las mujeres al hallarse en trances parecidos. ¡Lástima que con su grande autoridad no concurriese a las tertulias el hosco de Carrasco!

Por lo demás, iban volando a cada instante noticias contradictorias, que mejoraban o entenebrecían la situación de la infeliz. Fiándole a la discreta confianza de sus amigos y paisanos el secreto profesional, el jefe de Telégrafos, hijo de La Joya, desde la primera noche del suceso, había hecho conocer el intimador despacho que le envió doña María del Carmen al sobrino. Al mediodía siguiente se supo que don Roque -¡el pobre, cómo quería a la niña!- andaba en apremiados visiteos a doña María del Carmen, al juez municipal, a las parroquias.... a la vez que, de parte de la diplomática alcaldesa, la tienda de Los fenómenos despachaba las telas blancas de un ajuar... Menos mal; olía a boda todo esto... Pero al día segundo tornaron a estar de pláceme los innúmeros malvados, que se sintieron defraudar al ver que tan pronto y tan bien el divertido escándalo acabase; varios habíanse entrevistado con el paralítico papá de Gil Antón; y no sólo éste afirmaba que no había ido a consultarle su cuñada, como fuera procedente, tratándose de concertar un matrimonio, sino que él se opondría.... nada dispuesto a encajarle al chico obligaciones y ataderos a los diecisiete años, aparte de que tampoco la ley militar permitiría casarse a un alumno de Academia. ¡Oh! ¡Ah! ¡Alumno de Academia! ¡Cadete! ¡Sometido a los castrenses reglamentos!... La nueva corrió, se comentó, y el papel de los que, siquiera, por buen parecer, blasonaban de optimismo, se vio en baja.

« Cartas, cartas!», pregonó al tercer día el respetabilísimo jefe de correos y Telégrafos. En vista de no haber habido contestación del chico al telegrama, Pura, en un sobre, y aparte la mamá, le escribieron, sin duda, contándole pormenores del asunto. Además, doña María del Carmen, luego de visitar a su cuñado, había terminado la furtiva excursión entre dos luces, pasando por Los fenómenos y llevándose más encajes y puntillas. Era de creer que se arreglaba el matrimonio. El capitán de la Guardia Civil y el comandante retirado no juzgaban imposible que ante las urgencias de un caso de honor, y con un poco de empeño, se obtuviese la real licencia para Gil...

Media semana más bajo este ambiente favorable, a pesar de que se supo que, asustado el joven Gil, ni por telégrafo ni en carta habíales respondido a la novia ni a la tita. Con su amigo Manolito, en cambio, sostenía correspondencia. Aquél enseñó una noche una breve epístola en que le rogaba Gil la exacta corroboración de lo ocurrido. ¡Vaya, hombre!, tenía gracia. Se lo contó: los médicos, la consulta, el descubrimiento de que la famosa hidropesía (... «y mira que decírtelo yo a ti, ladrón») no era sino embarazo de ocho meses... Otra noche llevó Manuel a la tertulia del Casino una segunda y más extraña carta del cadete. Discreta también, con la discreción del pundonor militar que le infiltraba en la Academia, decía así:

«Querido Manolo: Lo que me escribes es grave; se trata de una cuestión delicadísima, y te suplico que, dejando aparte bromas, me digas en qué te fundas para afirmarle al embarazo de mi novia (que ella y su madre también me notifican, sin fijarle tiempo) la data de ocho meses. Te confesaré bajo reserva que... por más que mi propia prima nada me había dicho al separarnos, no ha podido causarme grande asombro el saberla ahora en ese estado. Perdóname, lo sospecharías o no lo sospecharías, este verano, cuando te dejaba a medianoche; a pesar de nuestro cariño fraternal, tuve que mentirle a tus curiosas insistencias en lo respectivo al secreto de honor de una señorita que además es mi pariente; puesto que al fin se sabe, y desgraciadamente con escándalo, no te negaré que a quien iba a ver era a mi prima; pero... como esto data de agosto nada más, y ella tenía ya la hidropesía..., ¿quieres explicarme el absurdo de que los médicos hayan podido negar la enfermedad, achacándola desde su principio al embarazo?... Comprendería que a última hora, encontrando las dos cosas, hubiesen tenido que suspender la operación. Lo que no comprendo, lo que es absolutamente imposible -de no ser broma tuya, en este momento inoportuna, por lo cual, en caso afirmativo, te encarezco de todo corazón que rectifiques- es que Pura se halle encinta de ocho meses. De tres, bien; desde agosto, insisto..., víspera de la Virgen, noche del 14, ¡y mira tú, Manolo, si habrá fechas que no se olvidan y cosas que uno pueda sostener por encima de los médicos! Espero, exijo tu carta, tu franqueza, pues, a vuelta de correo, con la impaciencia que debes figurarte. Un abrazo.-Gil.»

Honda impresión causaron tales declaraciones en el corro numeroso. Los pesimistas, defendiendo a Gil, se pronunciaron, desde luego, contra la farsa de que intentaran hacerle víctima Pura y la lagarta de la madre. Los optimistas, sin atacar a nadie, antes al revés, tomando incluso la defensa de Barriga (aunque sólo fuese por encender, con la oposición a aquéllos, la polémica), opinaron que coexistirían la hidropesía, de ocho meses, y el embarazo de tres únicamente; así tendrían razón Carrasco, Barriga, Gil y todo el mundo, extraviados por una simple confusión, ¿De quién, si no, habría de ser el embarazo de Purita?... Manolo, por lo tanto, antes de contestarle a Gil de nuevo, debería de andar con pies de plomo, ya que sus informes irían a decidir sobre el honor y el porvenir de una chiquilla... Sin embargo, los pesimistas, y Saturnino entre ellos, replicaban apoyándose en el hecho innegable de no haber podido rechazar Barriga las científicas aseveraciones de Carrasco: «¿Qué, a no quedar Barriga plenamente persuadido de su error del agua, hubiese aceptado un temerario juicio del colega, que implicaba su descrédito?...» Fuerte, aplastador, el argumento; pero entonces, ¿de quién el avanzadísimo embarazo en Pura, en una chica cuyo único y primer novio confesaba no haberse acostado con ella hasta agosto, y cuando ya tenía ella tremenda barriga?... Saturnino, no sólo como pesimista, al fin, sino como íntimo de las familias de Pura y de Orencia, creyó dar en la clave del misterio: «el crío debía de ser de... (miró en torno, bajó un poco la voz), de don Pedro Luis, ¿Por qué? ¿Cómo?... Muy sencillo: Pura, que frecuentaba a toda confianza la casa de Orencia; Pura, que llegase alguna vez cuando la boticaria no estuviese y sí don Pedro, más o menos excitado con la espera de la amante..., y... la cosa hecha en un minuto, en una siesta, acaso de propicia soledad -¡ah, la siesta, tan de suyo tentadora!-, cayendo en un sofá el más que experto camastrón y la cándida rubita»...

Psche... Ni que sí ni que no. Saturnino tampoco lo afirmaba; pero la hipótesis tenía, a lo menos, los elementos de probabilidad psicológica que pudiera pedir un exigente; la tentación de una siesta calurosa, por ejemplo; el ambiente de galantería de la casa de dos amantes; la posible soledad de una virgen jovencilla, que ya tendría las predisposiciones de herencia y educación al estar viéndole a la madre el lío del cura, con un viejo tenorio; la innata envidia y el latente afán, en fin, de toda mujer por quitarle a una amiga su querido.

-Y di, hijo, Saturnino, pijotero -hubo de saltar, menos psicológico, el sanchezco Garañón-, como buen amigo de la casa de Purita, ¿no serías tú el que te la calzaste... y quieras sacudirte las pulgas colocándonos esa historia de don Pedro?

Riéronse de la escamosa ingenuidad. Un franco «¡oh!» y un alzamiento de hombros de Saturnino Cruz, cuyo cinismo aveníase mal con todo subterfugio, hicieron que no se tomase en cuenta la sospecha.

Y Saturnino, «a mayor abundamiento», por si hiciese falta, al otro día, noble él, llevado únicamente de la simpatía a las noblezas de Gil Antón (no hiciese tal si se tratara de echarle el muerto a otro, facilitándole soluciones a la chica), buscó a Carrasco, le recabó sus seguridades acerca del embarazo de ocho meses, se las comunicó a Manolo.... y éste, transcribiendo con fidelidad el trámite pudo contestar, sin miedos de conciencia, al azoradísimo cadete. La epístola terminaba: «¡Está a mi lado, y va leyendo lo que escribo, Saturnino Cruz, el bueno y digno amigo nuestro, incapaz de permitir que a tu dignidad se le juegue una indecencia!» «¡Cómo! -dijo el digno amigo noble-. Y firmo además. ¡No de duelen prendas!» Tomó la pluma y firmó: «SATURNINO CRUZ DE RIVAS L. DE MARZO Y DEL REAL. Puedes hacer de esta carta el uso que estimes conveniente. Un abrazo.»

De la aristocrática responsabilidad de su estirpe de apellidos esquivó tan sólo, como siempre, bajo la L., un plebeyo López, que le provenía del bisabuelo.

Siete días, como a Rusia; lo indispensable, desde La Joya, para la ida y vuelta del correo a Valladolid. No menos agradecidamente leal, aunque nada aristocrático, Gil Antón les correspondió con estas diáfanas y concisas dignidades:

«Queridísimos amigos: Mí honor se encuentra expuesto a las expectaciones de la calle, del escándalo, y debe ser proyectada mi conducta a plena luz. Os copio a continuación lo que hoy mismo le digo a mi tía María del Carmen: «Apreciable tita: En respuesta a la de usted, debo contestar: si se me prueba terminantemente que el estado de mi prima data de tres meses, pronto me hallarían a asumir responsabilidades; si es de ocho, como dicen, las rechazo. En espera, etc.»También vosotros, amigos míos, podéis hacer de esta carta el uso que estiméis más oportuno.» ¡Ooooh! Quería indicarse así que la divulgaran..., y la divulgaron, correctamente autorizados.

Tanto, en cuatro días, en ocho días, en quince días, que hasta don Roque, don Fabián y doña María del Carmen supieron que la tal carta se había escrito y que andaba de mano en mano por el pueblo. Se la pedían los muchachos en el Casino, para leérsela a las muchachas. Y como iba transcurriendo el tiempo y doña María del Carmen, naturalmente, se libró de intentar demostraciones y de importunar ni con una palabra más a Gil Antón..., la situación de Purita, abandonada, a la espera de aquel parto afrentoso, diose por perdida.

Mas no bastaba el castigo de los individuales desprecios, y una tarde, a fin de determinar la conducta de las personas decentes de La Joya con respecto a aquella desdichada Pura y su familia, en casa de Orencia, y convocadas y presididas por Orencia, se reunieron las muchachas. Unánime el acuerdo: «NO DEBÍAN SALUDARLAS NUNCA, AL CRUZARLAS POR LA CALLE; MENOS AÚN DEBERÍAN VOLVER A PISAR MÁS UNA CASA DE INDECORO.» Algunas derramaron llanto por la torpe ex amiga infortunada. Por una criada suya, hermana de otra del alcalde, Joaquina Rivas sabía que doña María del Carmen, haciéndola comerse la carta del primo, habíale propinado a su hija una felpa soberana...

-¡Bien hecho! -aplaudió Dulce, la primera.

No la perdonaban el haberlas hecho acompañarla con su vientre, y hasta mimándola como a pobrecita enferma, a la falsa, a la indecente, a la embustera..., que ni siquiera tenía aquello del novio... ¿Y de quién, si no? ¿De quién? Acaso por haberlo lanzado y repetido el Garañón, rodaba entre las muchachas un nombre: «¡Saturnino!¡Saturnino!»

Llegaba el cartero, que les repartió postales a tres, al verlas en la ventana. ¡Ernesta! ¡Oh! El sucio asunto de Pura quedó en eclipse tras la visión del viaje condal. ¡Ya fuera de España! Venían de Francia las postales. Una para Orencia; otra para Nieves Jarrapellejos; otra para Dulce Marín. -Biarritz pittoresque: la grand plage.-Biarritz pittoresque: les Tamaris.-Biarritz pittoresque: la Rocherd de la Vierge.- Breves, de viajera sin tiempo más que para divertirse. Sino que la dirigida a Dulce era de Octavio, ausente, no hacía mucho, de La Joya. «¿Eh, eh? ¡Mirad!: «Mis recuerdos desde este paraíso. Saldré mañana o pasado hacia París.» Orencia sonrió. Como en otro tiempo para Ernesta, el hábil, no pudiendo hacerlo directamente, escribíale a Dulce... ¡para ella! Desde la boda, desde que los novios partieron, él no había dejado de cruzar por la botica, a caballo, a la ida y vuelta del paseo. Por cuanto a Ernesta, durante todo septiembre estuvo en San Sebastián. Evocación de grandeza y de ensueño, de colmo de distinción..., en estas tristes prisioneras de La Joya, porque, a la verdad, ninguna había visto el San Sebastián de lujo y maravilla, que conocían por las revistas ilustradas. Y Francia, ahora, ¡oh!..., también, Ernesta...; aquella asombrosa Francia, cuya única impresión de realidad hubo de llegarlas en el año anterior por Octavio. Él y Ernesta, juntos, en Biarritz.... al fin reunidos en sus peregrinaciones veraniegas, deliciosas, y prontos a terminarlas en París. Orencia quedóse pensativa. Nunca, tal que esta tarde, la imagen de Pedro Luis se le representó como la de un puerco oso gigantesco..., nacido en La Joya, criado en La Joya, clavado en La Joya, en donde ella, siquiera, estuvo siendo una especie de reina de la elegancia, hasta que Ernesta llegó; hasta que Octavio, por culpa de Ernesta, con aquel primer viaje a París, vino a demostrarles a los estáticos joyenses que había algo más que La Joya en el mundo...

Diríase que a tandas se producen los sucesos de la vida. Hay un asesinato, un suicidio, en un pueblo, e inmediatamente otros asesinan o se matan. Así, en La Joya, por estos días, al escándalo de novios de Pura y Gil, se sumó, si bien fugaz y en proporciones modestísimas, el de otra pareja de novios, forasteros, escapados, y aquí descubiertos y detenidos en la fonda por orden del gobernador. Una tarde, cuando más animados se encontraban el Casino y la plaza, se los vio cruzar entre civiles. Detrás, concejal sustituto del alcalde (el cual, y principalmente tratándose de un caso parecido al de su hija, evitaba exhibiciones), iba Mariano Marzo. El raptor era un barberillo de una aldea inmediata; la joven raptada, una linda y encarnadita morena de largas pestañas negras, que sonreía, y no diríase muy sobrecogida, por la atención maligna de las gentes. Hubo que separarlos. A la prisión municipal, el barberillo, y la chica, con el Mocho, al cuidado de la Mocha, en tanto el gobernador no dispusiera el traslado o el modo de arreglar aquel desaguisado en que intervenía la autoridad.

Y la autoridad, o séase Mariano Marzo, que ya por el camino, y a la vista de la pizpireta novia apetitosa, había ido echándose sus cuentas, así que en la mejor alcoba de los Mochos instaló a la que se hallaba bajo el fuero de la galantísima justicia, llevó al corral al alguacil (cuya mujer corría con las prostitutas que solían traer de Badajoz por semanas, para sus juergas, los señoritos del Curdin), y le habló de esta manera:

-Mira, Colás, la nena se las trae. Ya has visto qué frescura y qué modo de reír. La he dado un sobón, y no ha chistado. Por otra parte, simple, me preguntaba en la fonda si irá su novio a presidio. Voy a ver de acostarme con ella esta noche, a poco que se deje. Si fuese una muchacha detenida por otra cosa, bastaría que estuviese a mi cargo, como alcalde, para que yo la respetara, ¡claro!...; pero así, deshonrada como está, por uno o por dos, y sin que nadie se entere, ¿qué va a importarla?... Di a la Romana que la vaya indicando algo, con maña, naturalmente...; y si resiste, tú, contándola que conoces el presidio, la asustas, la pintas el horror que allí el novio pasará, la dices que ella misma irá a la cárcel.... y que de todo esto sólo yo puedo perdonarlos, mandándolos a su pueblo, a que los casen, mañana mismo, si quiere serme complaciente.

-¡Al pelo! -aprobó gozoso el Mocho, frotándose las manos en admiración al talento del audaz.

-La añades también, ¿sabes?... (porque esto convence siempre a las muchachas), que todas las que se prenden así, en todos lados, si son bonitas, se suelen acostar con los alcaldes.

-¡Al pelo! ¡Al pelo! ¡Vaya un mozo que está usté, don Mariano! ¿A qué hora vendrá?

-A las nueve. Cuando ya no esté enfrente el carpintero.

-Pues tenga la llave, y abra cuando vea sola la calle, y no haigan de golerlo ni las moscas.

-Bueno. Y maña, maña, Colás, sobre todo.

-¡Descuidie!

Salió, revistiéndose de solemnidades alcaldescas para la ruidosa muchedumbre que seguía a las puertas de la casa. «Vaya, vamos, disolveros; cada cual a su casa, y un poco de respeto para esta desgraciada, que ya tiene bastante que pensar con lo que tiene.»

A punto de las nueve, exacto, envuelto en la capa hasta los ojos, y con menos solemnidades alcaldescas, volvió, fumando un puro...

A cosa de las diez partía, con el pañuelo en el índice de la diestra mano, atajándose la sangre de un mordisco. Dichoso e intranquilo al mismo tiempo. Dichoso, porque, dentro de lo malo, el asunto terminó en lo que era natural que terminase; intranquilo, por las posibles consecuencias, o «salpicaduras», que dijese Maura. Ya, al entrar, hubo de avisarle el Mocho: «¡Conchi, don Mariano! ¡La niña se resiste como el mesmísímo demóngano!...» Y, en efecto, propiamente un puercoespín, más que una niña, al verle...; una especie de tigre al advertirle echar la llave...; gritos, insultos, llanto, improperios...; media hora de arisca y muda terquedad, allá por el otro lado de la cama, cuando él, sentándose, y gentil y razonable (¡no, no entraban en su cuerda los abusos!), trató de persuadirla con variadísimas razones..., y luego, un poco de refuerzo de acción a la oratoria. Sino que la terca huyó, y fue aquello una caza entre los muebles... «¡Madre! ¡Madre!...» Mesas a tierra, sillas rodando... Le arañaba, le mordió, se le escapaba, babeaba, pateaba, prometía contarle todo al novio y a su padre, y, al fin, en un rincón bien sujeta, cuando él, en vista de que ya sería igual de grave que contase ella estos intentos, resolvíase pleno a la violencia....,acabó por desmayarse. «¿Sí? ¡Hombre, al pelo, bah!... «La levantó; la llevó en brazos a la cama...; la... dejaba ahora panza arriba desmayada, desmayada...; y vaya, niña, resumiendo, ¿treta?... Por si no, el discreto eliminábase...; pero a ver quién le dijese si ciertos estremecimientos de la niña, en los álgidos momentos ¡que oportunidad!, fueron del desmayo. La alegría del triunfador, pues eclipsaba la mínima alegría del temeroso. Ella, verdad o farsa, se había quedado sin sentido; aun dado el primer caso, una suerte para él: porque suponiéndola tan necia que enterase al novio al día siguiente, el «violador», hasta suponiéndole tan memo que no negase todo al novio, y a cien mil jueces de la tierra, pudiera afirmarles que se abstuvo, al verla desmayarse..., y mal la desmayada podría sostenerle lo contrario. Esto sin contar que a nada que meditase ella, y mientras más conciencia la quedase de haber sido poseída, por la misma cuenta que tuviésela no embrollar sus asuntos con el novio, no diría ni una palabra.

Así iba pensando Marzo, camino de la taberna de Charepe, donde a estas horas el Curdin se reunía. ¿Les pondría los dientes largos a los otros contándoles el lance?... No. Mañana...; luego que estuviese cierto de que la nena callaba y que la Guardia Civil se la llevaba a su pueblo con el borreguito del novio...

Vio a la Fornarina de pronto, saliendo de casa de la abuela con su padre. «¡Descacharrante!» Detúvose a mirarla.

-¡Anda con Dios, Macarena!

-Quede con Dios, don Mariano.

-Quede con Dios.

¡Vaya una mujer! A ésta sí que no se la calzaba nadie, ya la dura prueba del padre pasada y con aquel melón de Cidoncha en marcha hacia la iglesia... Perdían el tiempo los que volvían a rondarla en la cruz.

-Hola, don Mariano.

-¿Qué hay, Charepe? ¿Han venido ésos?

-Sí; pero se marcharon cuando estuvieron a avisarle a usted lo de don Roque. ¿Está mejor?

-¿Qué lo de don Roque? ¿De qué don Roque?

-Su tío. ¡Ah! ¿No lo sabe usted?... ¡Pues vaya! Un ataque al celebro. Dos recados le han traído a usted de parte de su madre. Creo que está muy mal. ¿No ha oído tocar a Oleo?

¡Diablo! Corrió Mariano. La noticia, que le contrarió por cuanto le «eschangaba»su noche de juerga y alegría, interesábale por las probabilidades de la herencia. Era su esperanza, su esperanza de arruinado, el buen cura, que tenía dos dehesas, tres cortijos, casas, vacas, cerdos, veinte bueyes de labor... y sólo otras dos sobrinas carnales. Para tocar a veinticinco o treinta mil duretes cada uno, no había que... ¡Diablo! ¡Diablo!... «Ha muerto», le dijeron en la puerta de la casa. Pasó todo en media hora. Fulminante. Hemorragia cerebral. El pobre hallábase propenso con aquel cuello tan corto... y los disgustos de estos días. Estaban vistiendo el cadáver. Mariano se consagró a ayudar en los fúnebres cuidados, con el póstumo pesar de no haber cultivado mucho últimamente el cariño de don Roque. Pensaba hacerlo, a la verdad; pero, en primer término, el tío era despegadote y bueno; y luego, ¿quién fuese a imaginar que ahora se muriese este hombre como un roble?...

El entierro y las coronas y las misas de Réquiem tuvieron en conmoción al pueblo una semana. Por razón de parentesco próximo o lejano, vistieron luto casi todas las familias principales. Y, naturalmente, con más rigor, las Rivas Jarrapellejos, Mariano y la madre de Mariano, presuntos herederos. Mariano hasta desertó del Curdin; no bebía sino un par de copas de aguardiente al despertar... y en la intimidad de los días enteros con las primas en la casa mortuoria, y meditando que tal vez fuera un lindo modo de duplicarse la parte de la herencia el casarse con una de las dos, le hacía cocos a Joaquina... No muy acentuadamente; por respetos al muerto y los rosarios, como por respetos a la propia dignidad, ninguno hablaba letra del ansiado testamento... Pero, ¡ah!, ¡oh!, ¡ah!, cuando cumplida la semana el notario les leyó una tarde... ¡qué barbaridad!, ¡vamos, hombre... qué porquería y qué barbaridad!.... el notario les leyó una tarde que el difunto dejaba «por única y universal heredera de sus bienes a la señorita Pura María Gracia Salvador y Moya...», las Rivas desfilaron, Joaquinita se vio sin galanteador de repente y Mariano Marzo, en aquella propia tarde, tomó una mona colosal en el Curdin.

-¡Vamos, hombre -comentábale a Saturnino (igualmente, aunque en futuro, por una boda «imposible», despojado de la herencia de otro tito), mira que dejarle mi tío Roque el capital a ese pingo de Purita!

-¡Y todo! ¡Así! Porque, una finca... algo... menos mal. Al fin es su hija, Mariano.

-¿Su hija? ¿Qué sabía él? ¿Se le parece siquiera? ¡O del marido o de los cien que se habrán acostado con la madre!

-Tienes razón. Lo mismo que mi tito. ¡Qué cochinería de gentes y de pueblo! Te digo que se cansa uno de ser decente, que dan ganas de emigrar, en vista de que la decencia aquí no sirve para nada. ¡Siempre postergada la familia por cosas de bragueta!

-¡Es lo que priva, qué concho!

Contó Marzo en seguida, causando la envidiosa admiración de Saturnino, su aventura de alcalde aprovechado. En el dedo del mordisco conservaba un tafetán.

-¿Y tú, niño, qué?... ¿Eres, como dicen, o no eres el autor del crío ese de la Pura?

-¿Yo?... Pero ¡cómo! ¿Quién lo dice?

-Todo el pueblo.

-¡Qué atrocidad!



Cuatro días después, Saturnino, que había causado la extrañeza de Mariano y los amigos no volviendo por el Curdin, salía furtivamente de su casa, un poco pálido; y tres calles más allá se metía en la del alcalde. Hízose anunciar a la alcaldesa, que tardó en resolverse a recibirle, ocupada cual estaba con arreglos de la herencia.

-Doña María, vengo a hablar a usted de algo importantísimo.

Reparó su palidez doña María.

-Hijo, tú dirás.

Torpe, Saturnino, nada diplomático ante el inquisitivo y claro mirar de la diplomática, prefirió exponer de un golpe la resolución que había venido madurando en aquellos cuatro días:

-Doña María: usted sabe la estimación que he tenido siempre para usted y para su hija; pero ignora que, de un año lo menos a esta parte, su hija me inspiraba... más que estimación, aunque lo ocultase por andar al medio el novio de ella, Gil... Doña María: usted sabe, usted debe saber, que el pueblo entero está lleno de... si yo soy o no soy... quien tiene la culpa del estado de Purita...; y, en fin, vengo a decirla a usted que no tengo inconveniente en que inmediatamente nos casemos.

Lívido ahora, con las ojeras azules, de aquel azul turquí que acentuábanle las grandes emociones (pues fuésele tremendo, a la verdad, que a sacrificio tal de sus decoros opusiéranle el fracaso), aguardaba mirándose los pies.

Y, atónita, doña María le contemplaba.

-¡Cómo que... nos casemos! ¿Tú? ¿Con mi hija? -exclamó últimamente la sorprendidísima señora-. Pero... ¡Tú! ¡Oh, Saturnino!... ¿Fuiste tú... el que la deshonró?

Se había puesto de pie. Se había acercado y le intimaba en una crispación compleja de asombros y alegrías. La historia del pastor sería una estupidez más de la estúpida muchacha.

Pero el otro, humilde, confesó:

-No, señora. Pero lo dicen..., se empeña el pueblo en decirlo, y es lo mismo para el caso... dado lo que yo quiero a Purita y la pena que me da verla abandonada en su triste situación. Si ella me quiere también, nos casaremos en Cáceres o en Badajoz... antes que descuide.

-¡Aaaaah! -hizo doña María del Carmen con sonrisa de sarcasmo y larga comprensión.

Consideró unos instantes más a Saturnino, que seguía con los ojos en la alfombra, y fue a sentarse reflexiva en el sofá. Desde allí mirábale también, Y Miraba, cerrados los ojos, dentro de sí misma, alternativamente. La plena salvación, tras de la herencia, ofrecíasele de modo inesperado. Milagros del dinero. Total: este Saturnino, un sinvergüenza; pero su hija, otra sinvergüenza. Nada se tendrían que echar en cara; y para el mundo, para el pueblo, se trataba nada menos que de un Cruz.

Tornó a levantarse del sofá, ya con la dignidad de una futura emparentada con los Cruz de San Fernando, e inquirió:

-Saturnino..., ¿has pensado bien lo que me dices?

-Sí, doña María; con toda calma; perfectamente bien.

-La cuestión, con respecto al porvenir, es delicada; más, quizá, de lo que piensas.

-La he considerado en todos sus aspectos.

-Bueno. Entonces, vete. Debo consultar con mi hija y mi marido. Vuelve dentro de una hora.

El 13 de diciembre, de regreso de Cáceres, donde Pura había dado a luz una niña morenita, la diligencia tornaba a La Joya a los esposos, acompañados por doña María del Carmen y por un ama vestida de pasiega.

Se instalaron en la hermosa, aunque algo antigua, casa de don Roque. Traían lindas tarjetas de participación de la boda, y las repartieron.

Las visitas empezaron a menudear, tras otra breve conferencia de conducta que Orencia presidió, y en que las muchachas decentes (excepto las Rivas, que no podían perdonar el despojo de su herencia), acordaron restituirle a Pura sus honores. No sólo estaba ya casada con el que la creó la situación anómala, sino casada con un Cruz de San Fernando; con un muchacho tan pundonoroso, tan bien educado en los jesuitas, que ni el hecho de saber que había abusado luego de ella el primo, le impidió cumplir con su conciencia...

«¡Bueno, sí, qué asco: la niña es de don Pedro!», repetíanse al mismo tiempo y en voz baja unas a otras, reservándose de las hijas y sobrinas de don Pedro, y de Orencia también, naturalmente, y con odio al indecente Saturnino.


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