Jarrapellejos: 11

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Capítulo X
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Jarrapellejos Felipe Trigo


Entre Octavio (desde París) y Cidoncha, cruzáronse esta vez cartas; pero interesantes. El inflexible profesor, no por la libertad de Roque obligado con don Pedro a servilismos, había ido hablándole al viajero de la Sociedad Cooperativa, que ya antes de separarse dejaron planeada legalmente constituida, al fin, aumentaba poco a poco sus adeptos. Octavio, menos deslumbrado «por la gran vida», contábale al amigo que vivía con Henriette, que juntos visitaban los centros obreros, de los cuales enviaba reglamentos y estatutos, Y que la deliciosa poupée parisina quería seguirle a España, a todo trance, y convertirse también en una especie de gentil propagandista. «¡No, no! ¡Ya comprenderás!... sería bonito, pero imposible en La Joya. Si la llevo, te avisaré para que vayas a la estación y me ayudes a esconderla, a acompañarla a cualquier campo, en tanto yo le busque discreto y cómodo hospedaje»... Cidoncha sonreíase de estas frivolidades, mezcladas a lo transcendental de tan ingenuo modo, y sin hacerlas caso, contento de ellas, nada más, porque así Octavio veríase libre de su antigua obsesión (absorbente, aunque nunca confesada) de Ernesta, insistía en lo que a los dos debía importarles: la Sociedad Cooperativa...; el principio de la redención de miserias de este pueblo infinitamente desdichado. Venciendo la tenacidad del reparoso, recabó y logró su firma, siquiera para la gubernativa aprobación del reglamento; y gracias a ello fue posible, por una parte, guardarse contra caciquiles tropelías, que habrían tenido que envolver a Octavio, y el ingreso desde luego, por otra, de los muchos indecisos que únicamente cedieron en su pánico a aquella rebeldía «contra los señores», al saberse por uno acompañados.

La última carta del parisién contenía únicamente este aviso: «Salgo mañana. Llevo a Henriette. Llegaremos, pues, en el expreso, el jueves, 23, al día siguiente en que tú recibas la presente. Ve a la estación.» Y por eso, Juan hoy 23, jueves, no muy feliz del encargo que irían a encomendarle (para cuya ejecución se había hecho acompañar por el conserje del Liceo), aunque contento de poder conferenciar con Octavio sin pérdida de instante acerca de cosas urgentísimas, se encontraba en la estación de Las Gargalias, a nueve leguas de La Joya. Grata su sorpresa, al bajar Octavio sólo del sleeping. «No, no; no viene. Era un disparate. Desistimos.» Mejor. Juan le alejó del brazo, mientras el conserje descargaba las maletas. Le informó de la inminencia de la elección de concejales, de la reunión convocada para esta misma tarde en el Liceo, y de la necesidad..., de la absoluta e imprescindible necesidad de que él concurriese a ella y aceptase la presidencia honoraria de la Cooperativa. «Pero, hombre, ¡déjame a mí entre bastidores!, ¡qué más da!»

Ya en la diligencia, con larga carretera y tiempo por delante, el profesor empleaba su rígida dialéctica en persuadirle. Las cosas, si obedecían a una verdadera convicción, debían acometerse a todo evento. Haría mal Octavio si pretendiese navegar entre dos aguas. Haría peor si prejuzgase que no tenía importancia la naciente asociación: seiscientos once afiliados, con todos los socios del Liceo, y una enormidad de gente, artesanos, braceros y pastores, que para imitarlos y lanzarse a votar sólo aguardaban la personal garantía de Octavio por los nuevos derroteros. «¡El censo, el censo en nuestra mano, Octavio, si quieres tú!»Y si esto, con un poco de predicación, cayendo en la mortal angustia de La Joya, se había logrado en un mes, lógico sería pensar que, ampliada la propaganda a los pueblos del distrito, en las primeras elecciones generales fuese Octavio diputado...

-¡Ah! ¿Crees tú?

-¡Redondamente! -afirmó con voz y cabeza y brazos y todo el cuerpo el profesor.

Dos leguas más, de argumentos de Cidoncha y traqueteos en el desvencijado coche, y Octavio quedaba convencido. Llegarían hacia las siete. Puesto que a tal hora empezaba la reunión, irían a ella desde la misma diligencia. ¡Ah, sí, cómo uno de los primeros actos del diputado socialista, del diputado popular, habría de ser la sustitución de esta afrentosa diligencia por un tren, o por una línea de automóviles!... Siguió Cidoncha, ya radiante, hablándole de los candidatos para concejales que irían a presentar, y la serenidad de sus apostólicos fuegos sufrieron la sorpresa de una interrupción poco apostólica: «Oye, tú, y... Ernesta, ¿está en el campo o en La Joya?». ¡Bah!, había dejado de atenderle el futuro diputado... hombre que demás llevaba, dentro de sí propio, el lastre de su elegancia y sus pasiones. «No sé», le contestó; y repuso Octavio: «¡Qué estúpida, Juan! ¡Cuánto la desprecio!...» Hubo Juan de perdonarle, en una sonrisa de condescendencia, al ver, sobre todo, cómo él mismo volvía espontáneamente al tema de los concejales y de la propaganda de su credo en el distrito... Y, al fin, a las siete de la tarde, o mejor dicho, de la noche, parada en el Liceo la diligencia, tuvo el profesor el gusto de observar al fatigadísimo viajero rebosante de asombro y de recónditas victorias de caudillo en cuanto fue recibido por los vivas y los bravos entusiastas, delirantes, de una verdadera muchedumbre... ¡Él que creyó ir a encontrarse cuatro títeres! Ejecutiva la asamblea media hora después quedaban proclarnados la honoraria presidencia y los tres nombres de la candidatura concejil...

Por excepción, en La Joya, había nevado copiosamente. Seguía helando y lloviendo, pedían limosna los braceros sin trabajo y no se veía un alma a través de los tules de la lluvia. No se veía, principalmente, desde las ventanas de la biblioteca de Octavio, las que allá sobre las frondas, en la parte de atrás del palacio del conde, daban al jardín. Sin embargo, no había una vez que él las vislumbrase entre la fría niebla, o entre el agua que no cesaba de caer, que no pensara: «¡Estúpida!». Claro es que referíase a Ernesta, a quien por mera cortesía visitó a la tarde siguiente de llegar hallándola, delante de una suerte de altar con el Corazón de Jesús, en prácticas de rosario, porque tronaba, y beatamente acompañada por el conde, por doña Luz... y por Saturnino y su mujer. Interrumpíalos; no quiso rezar, él, que no tenía miedo a la tormenta ni por qué doblegarse a hipocresías, y se largó a los tres minutos. ¡Qué asco... esta condesa tan rabiosa de ultramundanas elegancias en Biarritz, y aquí tan resignada al triste ambiente familiar! ¡Qué asco, este matrimonio de Purita Salvador y Saturnino, del cual, para que ahora al menos no hubiese él vomitado de sorpresa, le había contado su madre los repugnantísimos detalles!... Salió, salió, sí, escapo... y un poco indignado de familias y respetos y falsas tradiciones seculares, con una resuelta voluntad de olvidos y desprecios a cuanto no fuese la salvación de toda aquella porquería, simbolizada en sus democráticas huestes del Liceo hubo de consagrarse con Cidoncha, durante toda la semana, sin que el agua y los truenos les rindiesen, a preparar las elecciones...

Llegó el día -nuevo para La Joya enteramente. Grande animación por los colegios, a pesar del diluvio que caía. Las un tanto morenas papeletas de la Sociedad Cooperativa, abundaron en las urnas. Octavio, que como capitán general, desde su casa les había dejado el personal cuidado de guerrillas a Cidoncha y a los otros, iba recibiendo noticias. Triunfo, triunfo- a pesar de los intentos de coacciones y de los sendos estacazos a última hora repartidos por «partidas de la porra» que capitaneaban el Gato, el Mocho, Zig-Zag... ¡Cómo!, ¿estacazos?... Se indignó Octavio, se echó a la calle, reanimó a su gente, le plantó dos bofetadas a Zig-Zag, tiró patas arriba al Gato, en un bonito juego de boxeo... y a las seis en punto, el Gato mismo, humilde, fue al Liceo a llamarle de parte de don Pedro Luis, que estaba en el Ayuntamiento.

El ladino cacique tenía formada «su composición de lugar». Sorprendido por la rapidez inverosímil de los hechos, y creyendo que aquello de la Sociedad fuese una romántica pamplina, ni había apercibido mesas e interventores especiales, él, maestro en tales trances, ni había tenido tiempo más que de intentar oponerle sus rondas a la avalancha que habría podido comprar con dinero o con sonrisas. Torpeza el reconocerle beligerancia a Octavio, tratándole como rival; prefería tratarle como protector y como amigo.

-Hola, Octavio, hombre -le dijo, tendiéndole la mano, y dándole un caruncho, así que le vio llegar a la salita del alcalde-. ¡Caramba, no creí que te interesaba la política a tal punto! Linda elección. Ahora que ¡claro!... si yo quisiese, inútil, porque te falta la experiencia.

-¿Inútil?

Rió, una cordial y larga carcajada, hízole sentarse, le dio unas palmaditas en el hombro, y añadió:

-Hay que saber las triquiñuelas, en esto como en todo, y las irás aprendiendo. Así, por ejemplo, no se te ha ocurrido levantar del escrutinio actas notariales. ¿De qué puede servir, entonces, que los interventores tuyos, sin yo saberlo, hayan suscrito las actas?... ¡Bah!, hombre, simple, tonto..., míralas, soy yo quien las tiene, al fin de la pelea; soy yo quien se las enviará al gobernador, y excuso decirte si me da por romperlas todas y mandar otras... idénticas, con sus sellos y sus firmas.

-¡Oh, don Pedro! ¡Ah!... ¿falsificadas?

Habíase levantado Octavio amenazador, y don Pedro Luis, sin inmutarse, antes al revés, acertando con una de sus más bellas sonrisas, supo desarmarle:

-Son... las triquiñuelas, ya te dije.... ¡ya irás aprendiéndolas!, ¡ya iré enseñándote yo mismo!... Pero, descuida, Octavio, hombre.... tratándose de ti, no se cambiarán todas las actas: quiero dejarte un concejal. Para eso te he mandado llamar, para decírtelo.

La cosa no podía ser más dura, más cínica.... ni más afable, al mismo tiempo. Cinco los elegidos, tres los en toda la línea victoriosos por la flamante asociación Cooperativa..., y este reyezuelo aquí, dejando ¡uno! de limosna. Había para atizarle un puñetazo en las narices, con más razón que al Gato o a Zig-Zag... para arrebatar aquellas actas y entregárselas al pueblo...; y Octavio, pálido, contenido por respeto, por no cometer una definitiva e irreparable atrocidad con el viejo amigo suyo y de su padre, optó por caer mudamente en la butaca. En la mano izquierda temblábale el caruncho, sin encender, y con los dedos extendidos de la otra tapábase los ojos. Las resoluciones contra la absurda lógica de este hombre, debían surgir sin maldita la necesidad de razones ni polémicas.

Reflexionaba, reflexionaba, pues, y en tanto, con tono paternal, seguía el otro otorgándole el favor de su experiencia. La política, o era una farsa, en que mientras los de abajo se mataban a trompazos, los de arriba se reían, o para los de arriba también una guerra bruta y sin cuartel... de procesos, de traiciones, de dinero a esportilladas con que ganar a los de abajo. Naturalmente, para los de arriba nada más estúpido y peor que llegar a semejante situación, cuando la otra, sin molestias, los llevaba a iguales resultados. A él, a don Pedro, en cierta época lejana, que mucho sentiría que retornase, hubo elección que le costó seis mil duros, diez mil duros, quince y veinte mil duros, y más...

-¡Bien! -se levantó de pronto Octavio, ya resuelto-, me esperan. Un concejal. ¿Cuál de los tres?

-El que tú quieras, hombre, ¡da lo mismo!... Sidoro, por ejemplo.

-Sidoro.

-Pues, Sidoro; es el más inteligente. Y tú, de esto, ni letra. Al revés, le finges a la gente que hemos tenido una agarrada, que te he llamado, molesto por el triunfo, para renegar de tu actitud...; y luego, así que unos días las cosas se descubran, sé el primero en sulfurarte contra mí: «¡Bandido! ¡Bandido! ¡Canalla!»... ¿Eh? ¿Sabes?.... lo usual, el repertorio.

Partió Octavio. Tiró el caruncho contra el barandal de la escalera, estrellándole la lumbre. Su furia... no saciada de otro modo por respeto. Había subido aquí en orgulloso vencedor, y bajaba en avergonzado y en cautivo. Fue al Liceo... y contó que a poco más sale con Jarrapellejos a bofetadas. Sus prestigios de sabio y generoso crecieron con sus prestigios de hombre de una pieza. En La Joya no se había dado el caso jamás de que nadie se las tuviera así con el cacique, mano a mano.

Y Octavio, que no siendo un farsante tuvo que aceptar la farsa de esta gloria, se retiró a su casa dispuesto a no salir en quince días.

Al siguiente llovió menos. Al otro vino Cidoncha, indignadísimo, con un número de La Voz de La Joya (en donde se hacía constar), a «noticiarle»el robo de las actas; hablaron de protestas, de alzadas..., de la necesidad, en fin, de resignarse y de valerse de notarios otra vez. «Pero, ve, Octavio, fíjate: por lo hecho, podrás juzgar lo que se hará en lo sucesivo. El pueblo es nuestro, o, a mejor decir, tuyo..., puesto que yo, aparte de que a nada aspiro, en cuanto gane las oposiciones y me case, me iré.» Solo después en la biblioteca, Octavio, con sus buenos confidentes los libros, aunque sin leerlos, mermábale gran parte a los optimismos de Cidoncha. Desfallecía. Volvían a disipársele aquellos ensueños, ambición eterna y magna en su vida, de la diputación a Cortes, del «procerismo» político llevado a bien más amplios horizontes que estos de La Joya, del dominio del Congreso, por las ideas nuevas y por la fuerza de los puños, a hacer falta, en marcha hacia la poltrona ministerial que le mostrase, finalmente, a sus paisanos por encima de caciques y de viejos condes senadores. ¡Oh, era un tímido moral! ¡Era un mísero indeciso, y más, justamente, para los momentos, para las urgencias de las grandes decisiones! La simple tradición de un respeto, habíale impuesto, de instintivo modo, entregándole atado de pies y manos a don Pedro.

Veíalo ahora. Sin necesidad de violencias, pudo contestarle mejor y mantenerse frente a él en plena dignidad.¡Ah. si siempre las respuestas a las frases o a los hechos pudieran aplazarse a la semana, por ejemplo, tras una larga reflexión!... «Don Pedro -hubiese debido responderle, correcto diplomático, seguro de sí mismo-, al irregular procedimiento que usted propone...» Mas, ya, ¿a qué quebrarse la cabeza?... Su vencido... Un concejal, aquel tonto de Sidoro, que para mayor escarnio, con sus greñas de anarquista y sus lecturas de El Motín, era amigo de don Pedro y poeta de sus jueves; un triunfo electoral por sorpresa (la verdad), a esto reducido, y un plan de competencias de dinero que Octavio no tendría, expuesto ya previamente por el cacique millonario para las nuevas luchas de elecciones... Desfallecía, sí; ¡bah!, desfallecía; se quitaba de delante las hojas de papel en que pensaba reaccionarse, y aun acaso ante el pueblo sincerarse (¡ingenuo!) con discursos o proclamas..., y blando, triste, amargadísimo, sacaba sus retratos de mujeres, L'Or du Rhin, la Olga Stelly, la Mado Yot, la Gaby Vilvert... Henriette.... otro de Ernesta, también... (fineza de parientes, a su madre, por él traído de la sala), y en ellos procurábase consuelo.

Volvía a llover a toda rabia, y el triste prisionero de don Pedro y de la lluvia pasábase las horas, pasábase los días escribiéndole a Henriette y contemplando los retratos. Pero las cartas interrumpíanse frecuentemente a fuerza de abstracciones de los ojos en la imagen de la «tita».

¡Estúpida!

Otra amarga evocación, que le recordaba indecisiones y derrotas de otro estilo. No acababa de entender la absurda lógica del mundo, por la cual el conde insigne majadero fuese senador sin que él hubiera de poder ser nunca diputado y viejo y cursi, igual que un sacristán, le hubiese quitado esta mujer, esta coqueta, esta manoseada por cien novios..., sin que al menos condujérala al altar también pasada por sus manos Y sus besos. Que él, Octavio, la hubiese querido para casarse o no; que ella, a la sazón, hubiera sido o no su novia expresa, era lo que menos debió importarle a nadie para habérsela respetado como «suya»...; y la traición de ella, la ratería del conde, le irritaban y le llenaban el alma y todo el ser del odio y del tardío dolor de aquellos besos que pudo darle a la hermosa casquivana y que no la dio por... indeciso.

¡Por tonto!... lo mismo que lo fue con la prima sevillana, dejada ir loca de su cama y de sus brazos en gracia a un quijotesco y anacrónico concepto de españolas hidalguías... ¡Si fuese ahora..., si hubiese sido ahora, después de las lecciones recibidas por el rancio aristócrata en París!

Indudablemente, la perplejidad de sus orgullos, de sus pundonorosos miedos a ver juzgada su conducta sin una entera garantía de dignidad, de sus necios y exageradísimos temores al fracaso, habíanle estorbado mucho en el amor, como en todo. Y tarde ya, con iras y desprecios para Ernesta, para el conde, para Jarrapellejos, para él mismo el primero.... esfumadas en la lluvia miraba aquellas rejas del hotel del tito, con el mínimo consuelo de la Ernesta lujosa y animosa de la boda y de Biarritz, que estaría pagando aquí bien cara su idiotez en rezos de beatos.

Biarritz.-Viva exposición de vanidades, y estúpida la estúpida hasta el punto de que en la mesa o en el tennis del hotel, en la terraza, mientras el marido dormitaba la siesta de los viejos, en Miremont, en las sillas de la playa cuando el buen conde se enfrascaba con La Epoca..., ella, la condesa, y, naturalmente, luciendo la corona en broches y sortijas, poníase a sonreír y a conversar inclinada hacia el sobrino... para pasar, ¡oh, sí, sin duda!, para pasar por su mujer... Hablábale en francés (que el conde no entendía), quizás, ¡la estúpida!, ¡la muy estúpida!, también aspirando a ser tomada en Francia por francesa, con sus trajes de París; y si el buen conde, incapaz a sus casi setenta años de seguirla en su juvenil coquetería, se encontraba a algún colega de Senado, la «tita» con el «sobrino» echaba a andar delante y complacíase perdidamente en la admiración que juntos despertaban; los hombres volvíanse a mirarla, a ella; las señoras, cocotas o bellas damas, lujosamente ataviadas, a los dos. «Te toman por inglés. Nos toman por príncipes ingleses. ¡No, no, y es que lo pareces, hijo, tú!, tan... rubio y con tanto traje tan bonito y tan bien hecho.» Le adulaba, le pagaba así, con la comparación de príncipe, que había oído alguna vez y que sabía que le era grata, el inmenso triunfo momentáneo arrancado de las gentes por sus dos iguales gentilezas; y él, que había tomado a empeño no florearla; él, Octavio, que, antes al revés, mirando artero cada mañana a las más lindas del paseo, hacíale ver a la tita cuánto las más lindas le miraban, limitóse ante aquella frase a contestar: «Sí, tita; tú también vienes vestida como nadie..., como pocas».

Diabólico, se entretenía en exaltar su fatuidad, para humillársela, para herírsela más al descubierto y a mansalva, inmediatamente, a ser posible. Dejábala empaparse en la recóndita creencia del orgullo que a él le pudiera causar el lucirse junto a su belleza de sultana y sus lujos parisinos, reina ella de Biarritz, como reina asimismo de París, con los trajes de París, aun sin conocer París más que de lejos, y... de pronto le hablaba de París y de los trajes de tisú de oro de quince mil francos. «Mira, tita -díjola una noche en el casino de Bellevue, oyéndole a la orquesta una cosa de Beethoven, y en tanto el conde, a veinte pasos, departía con un amigo-; ésta, esta mujer lleva uno de esos trajes.» Había sacado de la cartera una reducción, pasablemente hecha por él mismo, de uno de los dos retratos de su Or du Rhin (talismán contra todas las condesas de la tierra) y se lo entregó. La vio palidecer, de celos de hermosura; la oyó en seguida preguntar, y la confesó que era... su novia, que «por verla volvía a París» que... «¡bah, tita, ¿parientes?.... ¡confianza de sobrino!... estaba aún muchísimo mejor, ve, sin traje que con traje». Le entregó el otro retrato, el de desnuda... y el escándalo que hubiese podido ocasionarle a la «tita»aquella desnudez, artística y no insolente, después de todo, quedó eclipsado por la enorme impresión de hechicería. «¡Oh, toma, guarda eso! ¡Qué atrocidad!», dijo, con tardío pudor y sin querer saber ya más de la hechicera. Desde entonces insistió menos en vencer las testarudas resistencias del marido a continuar el viaje por París. Pero, en fin, dábala igual; los retratos no amenguáronla el deseo de seguir luciéndose con su afortunado poseedor en la playa, en los casinos; todo el toque de su amistad con el sobrino, para la fría coqueta sin alma, sin sombra de corazón, ¡estúpida!, cifrábase en hacerle creer a aquel mundo del lujo y de la dicha que ella no estaba casada con un empaquetado viejecito que parecería su secretario.

«Mira -habíala dicho Octavio otra mañana, a las doce, hora elegante del baño-, muchas, las más chic, con maillot..., no sólo las cocotas. Ya ves que esto no es la cursi mojigatería de San Sebastián, donde se bañan todas con un saco. Y nada de sábanas ni músicas, al ir al mar, desde la Digue. ¿Eh? ¡Aquella rubia!» La dejó los prismáticos; reconoció ella a una encopetada rusa que en Bellevue jugaba los billetes a puñados, casada con un gran duque, nada menos, y cuando mostró sus necias conformidades distinguidas acerca de aquel modo de jugar y aquel modo de bañarse, él, maligno, por mortificarla, concluyó: «Ahora, sí, tita, para el maillot, a más de chic, muy chic, hay que ser irreprochables... de piel, de muslos, de pechos, de todo». Le clavó Ernesta con los ojos, herida por la como duda aquella de sus íntimos encantos; fue, tal vez, a contestarle directa una franqueza, y, a tiempo recogida, respondió: «Mañana mismo, si no le disgustase a mi marido que me bañe fuera del hotel, me bañaría en maillot. Y tú, hombre, Octavio, déjate de tanto «tita»y tanto «titearme». ¿Por qué no me llamas por mi nombre? ¿Me crees alguna vieja, ya?...»

Tales y otros parecidos eran los recuerdos en que Octavio, aquí, prisionero de la lluvia y de su antigua e inenmendable indecisión, perdíase con respecto a la Ernesta cuya vanidad le necesitó durante aquellos breves cinco días del mundo alegre de Biarritz..., a la Ernesta cuya insensibilidad de alma y de corazón no volvería a necesitarle para nada en el mundo muerto de La Joya. Había venido con el conde a pagarle la visita, justamente en la tarde que a él le tuvo fuera de casa la elección, y, al fin..., en paz: ella rezando en su palacio, y cuidándose tal vez de los quesos y pastores (una casada más, una enterrada más, al estilo de este pueblo, condesa o no, sin la libertad siquiera que por excepción gozaba Orencia), y él con su desdén y sus orgullos..., con la impresión también de su político fracaso, aunque llevando a pura fuerza la alta dirección de las huestes del Liceo. No podía reducirse a menos la tal «alta dirección». Cidoncha, llegándose a conferenciar con él de cuando en cuando, y terco en llevarle a mítines y cosas, únicamente logró que le firmase la protesta contra el robo de las actas, por Gómez acogida en el periódico local, y diez o doce cartas, con fines de organización Y propaganda, a los amigos de pueblos inmediatos...

Y Cidoncha, asombrándole, volvía y le daba cuentas: «Constituido en la Robla el comité.» «Constituido en Jarilla.» «Constituido en el Casar de los Pomares...»

-¿Ves tú, Juan?... ¡Si es mejor! Puesto que dices que me creen un ídolo, que no me vean, que no me pierdan el respeto con el trato. ¡Los ídolos han de conservar su prestigio desde arriba, desde lejos!... Sólo debo aparecer en los momentos decisivos... como cuando hizo falta para meter en caja al Gato, a Zig-Zag, a Pedro Luis...

Dios sabía cuánto amargábale, obligada por disculpa, esta fanfarronería del ídolo y de don Pedro Luis, que sin más que regalarle un puro y tres sonrisas como a cualquier electorcillo badulaque, le... ¡Ah, si la auténtica verdad del ídolo se pudiera rehacer a puñetazos!

Pero... (Dix her m'siu!) levantóse una mañana tarde, según costumbre, tras de haber pasado por su sueño L'Or du Rhin Henriette... Ernesta... en un extraño revoltijo de París y de La Joya; abrió el balcón; recibió la deslumbrada sorpresa de un día completamente azul, de un sol que espléndido alumbraba las lavadas frondas como nuevas..., y... ¡sí, ¡sí!... ¡ella Ernesta.... con un blanco delantal, en su jardín, limpiando de hojas mustias los rosales!... Fue por los prismáticos, asegurándose al cruzar ante el espejo de que no estaba mal con el pijama, y, acodado en los hierros, la enfocó... a la «tita». Tardó poco ella en divisarle. Con la mano, saludáronse de lejos. Mas no tan lejos que hiciesen falta los gemelos; los dejó. Hora y media, ella, en su cuidado aquel de jardinera. Hora y media, él, en el balcón. Al marcharse, Ernesta volvió a saludarle con la mano.

-¡Estúpida! -pensó Octavio, entrándose a bañarse.

Luego tornó a mirar por los visillos. Estaban plenamente abiertas al sol las ventanas de la parte nueva de la casa del conde donde él, cuando la boda, había visto instalada la alcoba nupcial..., y al poco de prolongar el espionaje divisó nuevamente a la condesa, dentro, yendo y viniendo, con una joven doncella de aspecto exótico, en el arreglo de ropas y de muebles.

Orientadas al Mediodía aquellas ventanas, la lluvia y el frío habíanlas tenido herméticamente cerradas a doble juego de misteriosas y cortinas en los días pasados. Después de comer, vio otra vez en una de ellas, ¡demonio!..., a Orencia, mirando a estos balcones de él, y muy puesta de largo velo azul y de sombrero... Saldrían en automóvil. Octavio, a escape, le echó a su motocicleta gasolina..., partió, largando estampidos el motor, al libre campo, a la carretera, en dirección a las Gargalias, paseo habitual de la gente montada de La Joya; fue adelantando como un rayo los coches de las Rivas, del Garañón, de Saturnino y su mujer, de las niñas de don Pedro.... y allá a los veinte kilómetros, cerca de Jarilla, adonde no osaban llegar los pobres pencos y mulas de los coches, con motocicleta y todo metióse en el Vivero. Sabía que era ésta la obligada estación del automóvil, que, efectivamente, paró a la entrada al poco rato. No iba el conde. Bajaron Ernesta y la famosa boticaria. Encontráronse los tres; él las dio agua en la caldereta de cobre del pozo, y, juntos, cortaron crisantemos... Ernesta estaba un poco reservada y fría; Orencia, muy habladora, contenta y siempre al lado de Octavio.

El padre sol siguió luciendo en los siguientes días..., y Octavio, por las mañanas, en el balcón de su biblioteca, viendo a Ernesta sistemáticamente actuar de jardinera, y por las tardes al Vivero en la moto, o a caballo, según que Orencia, con el velo o sin el velo (íntima en visita diaria a la condesa, por lo visto), con su aparición en la ventana le indicase que fueran a salir en el auto o el landó -ya que el conde, entreverado de senador y campesino, solía llevarse el auto a sus fincas o a Madrid.

Pero como si iban a ir en el coche el paseo era menos largo, tardaban más en salir; y, entonces, antes las dos paseaban buen rato entre las flores, jugando con un perro. Caía el jardín de Ernesta sobre un escondido y frondoso rincón del de Octavio, a una altura de tres metros por el desnivel de las calles en que estaban situadas las casas respectivas, y Orencia, así obligando quizás a la Ernesta reparosa, se acercaba al parapeto de esta parte; iba Octavio, saludábalas y charlaba con ellas desde abajo, mirándolas como en un balcón. Cuando la boticaria gentil y el siempre procaz y mal intencionado metíanse demás en harina, Ernesta se disgustaba.

-Vámonos; anda, mujer.... que espera el coche.

Sin embargo, al mismo sitio volvía con ella a la siguiente tarde, y maldito si llevaba trazas de enfriar o de romper tal amistad.

«¡Estúpida!» pensaba siempre Octavio, notando esto y al ver que jamás por las mañanas, no obstante la extraña puntualidad de ella en cuidar las flores y sentirle a ratos toser tapia al medio en su jardín, osaba acercarse al parapeto. ¿Por qué sería tan íntima de Orencia, y no de su ya pariente Purita Salvador, como fuese natural?... Se lo explicó Octavio; por vanidosas y tontas las tres. Pura, menudita, aunque no fea, no querría resultar más miniatura junto a mujeres altas, y Ernesta y Orencia gustaban de acompañarse en calidad de buenas mozas...

Poco a poco, al principio, y mucho a mucho después, la confidente intimidad de Ernesta con Octavio, como único pariente capaz de comprenderla, y con la boticaria, como amiga fraternal, les fue comunicando sus decepciones y tristezas, allá en las profundas soledades del Vivero. El palacio del conde, cárcel al fin para la incauta, o «el palacio» breve, según llamábanlo en La Joya, era un ruinoso caserón de techos bajos, de tejados verdinegros, llenos de jaramagos y embutidos, con escudo de tres calderas y siete cruces encima de la puerta, y al cual, por la parte Sur, se le había adosado el hotel de yesos y ladrillo, a la moderna, coronada la azotea de cruces y de sendos corazones de Jesús adornados los balcones. Comenzada la obra de adición en tiempos de la segunda condesa, e interrumpida por su muerte, del interior, encalado en bruto nada más, en tiempos de la tercera condesa habíanse concluido dos estancias con el fin de alojar bien a Sagasta, convidado a cazar ciervos. Ahora, la ocasión de la cuarta boda del conde hubo de dársela para ampliar el decorado a otras tres habitaciones.

Ernesta, pues, disponía de cinco: su alcoba, estilo imperio; el ropero tocador, el baño, el cuartito de la doncella y el salón donde tenía el piano y la biblioteca giratoria de novelas francesas y revistas. De siempre aficionada a Francia, la visita a Francia (corno a Octavio, aunque para ella y fugazmente a Biarritz reducida) habíala vuelto francófila enragée. Por eso, por hablar a todo pasto el «elegante» idioma, se trajo del Hotel Victoria, de Biarritz, a la doncella Ivonne, que vestíala a maravilla, hecha al trato con princesas. «Por eso también -añadía de su cuenta Octavio-, por probarle al «parisino» sus progresos en francés, cruzándose en francés muchas frases que Orencia no entendía, gustaríala hablarle por la tapia y encontrarle en el Vivero.» «Bueno, tú, en cristiano -les solía interrumpir la boticaria-, ¿qué es lo que decís?...

Lo mismo contaba Ernesta que las demás amigas preguntábanla, allí, en su casa, tomando té algunas tardes (pasmadas de la cofia y de los modos de Ivonne), y el marido... siempre que ella charlaba con Ivonne o le daba órdenes a Ivonne -fea, pero gentil. Fue un acierto traerse a la biarrotte distinguida con quien poderse consolar la pobre prisionera.

Prisionera..., dejada con su pena augusta y con Ivonne en aquel menos mal de menos tosco apartamiento de la casa. Había soñado con muebles regios, ducales, condales..., con frescos y tapices excelentes para alhajar todo el hotel..., y el conde se lo negó, llamándola tontuela, igual que a una chiquilla; se le negó como a hacer en el jardín un tennis («¡ah, tontuela, estropearíamos el jardín!»); se le negó, sonriendo y de idéntica manera que antes a llevarla a París, a Londres, a Italia, a la Suiza («¡bah, tontuela, bah!»)... Redújose el viaje de novios, salvo la chispa de San Sebastián y el poco de Biarritz, al dichoso Madrid, sin un alma en el verano; y, por colmo de venturas, aquí estaba la tontuela, rodeada en sus estancias de naves sin ensolar, llenas muchas de ellas de trigo, de patatas, de cebollas, y constreñida a mirar la condal corona sobre la cama de caoba y cobre (herencia de otra condesa) antigua ya, decididamente mazacote con respecto a la alta moda.

«Mis quehaceres, mis quehaceres» -tal la disculpa del marido para tornar al pueblo cuanto antes... La situación suya parecíase a la de una a quien hiciesen reina, prometiéndola grandes faustos (algo así debió entender en la aquiescencia del marido, cuando novio, a los trajes de alpinista) y en seguida condenándola a un desierto. ¿De qué servirla ser condesa y millonaria para no lucir su rango en propio ambiente?...

-¡Tienes razón! -asentía la boticaria al escucharla.

Octavio, escuchándola también, pensaba: «¡Estúpida! ¡Qué estúpida!» -aunque con un poco de piedad hacia a bella ingenua digna de París y de los Alpes.

Y la más que bella ingenua, de ingenuidad en ingenuidad, casi llorando a ratos, ampliábales cada tarde sus franquezas. Ni nunca pudo suponerse vida así, ni nunca pudo imaginar un conde con bufanda a la lumbre lugareña del horrible cocinón, entre perros y gatos. «¡Mis quehaceres!»- ¡Qué quehaceres!... Pagar a los criados, contar las pellicas de los chivos, confirmar la mezquina exactitud con que la cuñada repartíales el hato a los pastores.... cenar con doña Luz conferenciando acerca de los embutidos y tasajos que se pudiera hacer con las reses muertas de epizootia; rezar de sobremesa; y a las diez, así que desfilaba hacia su cuarto doña Luz, acostarse solo y encerrado con la caja de caudales en el suyo, de estera de esparto, de negras vigas... para levantarse al alba y lanzarse a ver en las fincas las cebadas, los carneros, las bellotas... De medio en medio mes íbase a Madrid en automóvil; unas veces a sus cosas del Senado, las más a venderle ganado al matadero y a las salchicherías los embutidos de carne de carbunco.

«Oye, Ernesta, nenita -habíala dicho al volver del viaje soso-; puesto que te gusta trasnochar, y yo, acostándome y levantándome temprano, habría de molestarte..., instálate enteramente a tu antojo en el hotel, con Ivonne, lejos del ruido..., lejos del tráfago, que tampoco entenderías y que ya ves que mi cuñada Luz lleva bien y desde siempre.» Libre quedó de la batalla con los quesos y el aceite; pero como una niña, a la verdad; como una especie de extraña huésped o de... animal de lujo para... para entretener de raro en raro.

Se interrumpió. Lloró..., francamente esta vez, acongojada de indignación y repugnancia; y Octavio, conmovido («¡que tanto puede la mujer que llora»-recordaba el madrigal), por no mostrarla acaso otra lágrima en sus ojos, a la pobre «estúpida», más que castigada, fingió la indiferencia de quedarse atrás cortando un crisantemo. Orencia aprovechó la oportunidad para sus curiosidades de mujer; y Ernesta, rápida, entre puntos suspensivos de acentuado asco, satisfízola: -... Algunos sábados... porque, buen católico, no trabajaba los domingos... esperaba él a que la cuñada se acostase... iba a la nupcial estancia furtivo y en respeto a las higienes de la edad..., diez minutos después retirábase a dormir cansadamente... y... así un hombre de sus años había tenido el alma de casarse.

«¡Estúpida!»-fue ahora Orencia quien pensó; y la previno: -¡Chis! ¡Octavio, que nos oye!

Aunque no hubo de oírla Octavio, que acercábase y le ofreció a Ernesta el crisantemo, harto por la húmeda gratitud de la mirada de ella al aceptárselo, y por la sonrisa de la otra, pudo adivinar poco más o menos lo que en voz baja se habían dicho.

-Gracias, Octavio. ¡Qué lindo!

Mirándole, púsoselo sobre el corazón.

«¡Estúpida!»-Volvió a pensar Orencia, justamente cuando el «sobrino» dejaba de pensarlo-. Y lo que no dijo la triste al uno ni a la otra, lo que no les habría podido decir sin parecerles tonta de remate, era que se pasaba las soledades de las veladas en casi feliz compensación, al fin y al cabo escribiéndoles a las amigas de fuera largas carta en el primorosísimo papel que timbráronla en Biarritz con escudo y con corona de relieve en oro, en plata y en heráldicos colores...; que gozaba lo indecible al recibirle al cartero diariamente las respuestas, con los sobres de esta forma: «Excelentísima señora doña Ernesta Hernández Ibarra, condesa de la Cruz de San Fernando...» y que, en fin, más de cuatro noches devanábase los sesos para escribirle también a Octavio con un motivo cualquiera no hallado, y sin más objeto que viese aquel papel... ¡Ah, su aristocrático papel, que permitíala renovar hasta amistades olvidadas, abrillantándole el prestigio a frases de este fuste: «En la playa de Biarritz...» «En Francia, este verano...» «Ayer, el automóvil...» «Mi prima la marquesa...»

Sí, eso sí; una tarde, en susto, y pidiéndoles consejo, la abandonada a ellos se determinó a contarles lo que con el dichoso Saturnino sucedía. Él y Pura iban los domingos a almorzar; pero él solo, a pretexto de su madre y del cariño al tito, iba diariamente y recorría la casa como propia. Borracho, con su traza siniestra de negro gusarapo, era horrible para Ernesta tropezárselo de noche en lo oscuro de un pasillo. Andaba a caza de criadas; andaba tras Ivonne, también, y no pudiendo entenderse con ella de otro modo, esperábala y la asaltaba por sorpresa. Corría Ivonne, llena de miedo y repulsión; acudía Ernesta a los gritos, y él, entonces, disipábase en las sombras; pero lejos de cejar, multiplicaba las formas del acoso innoble y había llegado a mostrarle a la aterrada y delicadísima francesa un puñal, en amenaza. Ambas creían a todas horas percibir sordos ruidos por los techos, por aquellas desiertas naves con que circundábalas el hotel sin concluir... y al fin, ayer, Ivonne y Ernesta, subiendo de exploración al principal, no sólo descubrieron agujeritos hechos con barrena en el cielo raso que daba a la habitación de la doncella, sino también... ¡oh!, ¡múltiples en los del cuarto de baño y la alcoba de Ernesta misma!... Así, vendidas a la desconsideración del miserable, Ivonne se quería marchar; y ella, sin darse por advertida, claro, de toda la extensión de su indecencia, tuvo esta mañana que anunciarle serena y breve el propósito de decírselo al marido.

-¡Oh!, ¡el miserable! -clamó Octavio, descompuesto-. Déjalo, Ernesta, de mi cuenta, que...

-¡No! -atajóle la prudente-. Con la repasata bastará; además, he hecho poner candados en las puertas interiores del hotel, e Ivonne y yo tendremos las nuestras cerradas noche y día... ¡Gracias, Octavio! Gracias de todos modos.

Octavio cortó al paso un crisantemo blanco y se lo dio.

-¡Gracias! ¡Gracias! -tornó ella a repetir; y con rendimiento tal, que al tiempo que pensaba Orencia: «¡Estúpida, oh, estúpida!»; él, cortés, sin pensar nada, sentíase arder el corazón en glorias de la gloria de aquel otro corazón sobre el cual prendíase con un áureo imperdible el crisantemo.

A la otra mañana siguiente la condesa salió con el crisantemo blanco en el pecho a cuidar las rosas del jardín. Para que resaltase más, teníalo contra una blusa oscura; y para que de lejos lo viese Octavio, habíase puesto, al saludarle, bien de frente. Aun por señas aludió él al crisantemo. Ella sonrió, alzándose a la flor y al corazón la mano.

Cuando se entró, cuando él, aturdido por aquello, dejó el balcón, fue pesadamente a una poltrona. Revelaciones; gracias de la gracia que plenas caíanle al alma de improviso, y a cuyo fulgor se le cambiaba todo el proceso de sus odios para Ernesta. Sus odios, sus desprecios, no habían sido más que máscara de amor. Había estado adorando sin cesar a esta mujer, que sería, que habría de ser, que era suya. Tomó el retrato de ella, lo besó, y quedóse contemplándolo. «¡Qué bruta!»-decíala ahora su corazón mismo en un colmo de rendidas admiraciones a belleza tanta y al valor del gesto de divina hechicería con que, franca al fin, acababa de entregársele.

Sin embargo... la alegría que le afirmaba dominios deliciosos, tuvo en la realidad limitaciones.

Lánguidamente feliz seguía Ernesta consagrándole sonrisas en los dulces abandonos del Vivero, y continuaba no menos rebelde que antes a acercarse a la tapia, sin Orencia, aunque él insinuábase desde el otro lado con toses y con mañas... Esto le irritó y le hizo acaso cometer despechadas tonterías; por ejemplo... fingirse hacia la boticaria, pronta a pagarle siempre con creces, más galante...; leerlas una carta de Henriette, en que la poética muchacha, por ambas confundida con L'Or du Rhin -gracias a los diabolismos del diabólico-, se quejaba de su olvido y de la falta de «aquellas otras bellísimas cartas de él que... etaient son charme (su hechizo -tradujo también para la ignorante Orencia-)»...; y, últimamente, ayer, en la tarde anterior a esta mañana en que Octavio, todavía dentro del lecho, meditaba y pensaba corregirse..., algo peor, algo más cruel para la terca, a guisa de castigo: las leyó una nueva carta con quejas y anuncios de Henriette sobre tomar el tren y venir a ver qué sucedía..., volvió a enseñarlas los retratos de L'Or du Rhin, vestida, desnuda... y cuando la espontánea Ernesta, mirándole, rogándoselo aún más que con la voz, con el ansia de los ojos, hubo de indicarle: «¡Debías romper estos retratos!» (los retratos que éranla un martirio)..., él se los guardó; y, en cambio, en seguida, al decirle Orencia: «Esa mujer puede crearle a usted un conflicto; debía usted devolverla los retratos... o romperlos»...; lento, resuelto, los sacó e hízolos pedazos. Lívida, Ernesta, no volvió a decir una palabra.

Bien... las inocentes ignoraban que, dos malas copias destruidas, el taimado conservaba, espléndidos, magníficos, los dos originales. Se levantó, se bañó, se vistió y los contempló, sin que apenas ya le emocionasen, antes de ponerse al balcón en aguardo de... la divina y maltratada jardinera. Era otra cosa, ésta, ésta..., juego de mucho tiempo, profundo..., amor, y no sensualidad a la pagana, fugaz y bestia.

Pero la jardinera, hoy, no apareció... ni fue al Vivero por la tarde. Tampoco al otro día..., ni al otro, ni al otro.... a pesar de que pudo el perplejo comprobar, divisándola cruzar una ventana, que no se hallaba enferma... Orencia, además, la acompañaba; puesto que Octavio, loco, de espía por todas partes, desde los balcones que daban a la calle, paso de Orencia entre su casa y la del conde, velala cruzar puntualmente a las tres y partir a anochecido. «¡Adiós!», saludábanse lo más expresivos que podían delante de las gentes. Y al quinto anochecer, sabiendo el altanero que su madre había salido, bajó a la puerta y esperó a la boticaria, dispuesto a una explicativa conferencia. Llegaba, la detuvo, y al notarla inquieta y recelosa, la invitó a entrar: «¡Ande! ¡Van a vernos! ¡Estoy solo!». Entró la audaz, la sorprendida; sentáronse en el sofá del gabinete, sin más luz que la que los vidrios filtraban de la calle, y hablaron de «la amiga». Era una tonta. Creíase que tenía que reverenciarla todo el mundo, y que Octavio la adoraba. Lo de los retratos habíala disgustado inmensamente.

-Ya ve usted, Octavio, qué necia..., porque los rompió usted a mi indicación, y no a la suya. Eso, no obstante, ¡la verdad!..., no debió usted hacerlo.

-¿Por qué no? -dijo él, recordando sus arrestos de París para con la tímida osada a la española que no cesaba de mirar la puerta y disponíase a marcharse-. ¿Por qué no, si no es ella a quien yo quiero, sino a usted?

-¿A mí? ¡Oh, por Dios!

Se había retirado un poco, coquetamente ruborosa, al escucharle, y Octavio, repitiendo: «¡A usted, Orencia, a usted!», la enlazó con un brazo por el cuello, venció firme la violencia muda de gemidos y ademanes en que ella quiso debatirse, y plena le tomó la boca con la boca... Beso enorme, dormido en quietos fuegos de dulzura, y del cual los dos sintieron pronto pasar las llamas a la sangre... Sino que Orencia, de improviso, reaccionó, se desasió, púsose de pie, y rápida, en otro ímpetu, antes que el ahora sorprendido pudiese detenerla, desapareció en la puerta, hacia la calle.

Bah, le daba igual. Apenas le quedaba el ansia de aquella febril carne de gitana flaca que él tendría cuando quisiese.

Y he aquí, a las dos mañanas siguientes, un asombro. El que esperaba; el que desesperado esperaba siempre en el balcón enfrente de las rosas; el que nada hizo por retener a la coqueta que, llamada para hablar de Ernesta, fácil supo brindársele ella propia con ágiles insidias.... al cuarto de hora de su inútil y diario tormento horriblemente dulce, vio en la tapia aparecer a Ivonne, mostrándole un papel, al disimulo. ¡Ah!, corrió, bajo las escaleras, cruzó el jardín, llegó al rincón sombrío, bajo los álamos...

-Bon jour, Ivonne!

Le echó la carta la francesa.

-De madame?

-Oui, monsieur.

Al alzarse, de cogerla, Ivonne ya no estaba. Habíase retirado cautamente, sin más explicaciones ni saludos. Un segundo consideró él el problema de misterio de aquel sobre, de aquello que era lo que menos habrían podido esperar de la herida esquiva sus congojas e inquietudes, y allí mismo lo rasgó. «Octavio: Orencia, indignada contra ti, me ha contado cuánto y cómo anteanoche la ofendiste. Perdona que te lo diga; pero nunca habría creído que por la única razón de estar a solas, tuvieses tal modo de tratar a las visitas de tu madre; y si esa no fuera la única razón, si hubiese otra..., peor; porque, entonces, resultaría que para hacerle el amor a una mujer casada, y amiga mía, me hubierais asignado un papel... poco airoso, que en lo sucesivo espero que me evites.-ERNESTA.»

¡Oooooh!... Volvió a leer, una, dos veces. En la extraña carta palpitaban psicologías hondas y complejas. Se volvió a la biblioteca, y, tendido en la poltrona, la estudió... «indignada contra ti», «... a las visitas de tu madre», «... la única razón, si hubiese otra», «... me hubierais...» en plural... ¡Diablo!, ¡diablo!, de modo que... Orencia misma, indignada, había contado el lance... ¿Indignada?, ¿por qué?, ¿por el lance.... o porque al otro día él no la esperó siquiera en el balcón, a las tres, cuando cruzaba?... Comprendía..., ¡bah, si comprendía! Juego de coqueta. Convencidísima la imbécil de que el beso con tanta lumbre devuelto por ella no fue sino el que se le pudiera dar a una criada en idéntica ocasión..., persuadida de que su audacia sólo iría a quedar como un estéril sacrificio más en la tonta rivalidad entablada con Ernesta..., prefirió fingirse la agraviada, mintiéndola que ella hubiese entrado de visita a la madre de él, que él hubiese abusado de la imprevista soledad, y así, ante la rival, al menos, pensando convertirse en triunfo su fracaso. Y que la incauta Ernesta cayó en la red, bien claro proclamábanlo esta inútil carta dolorosa, de vencida enamorada (¡sí, sí, enamorada, y ello era lo esencial!), y este hubierais que extendíale inculpaciones a «la amiga» por encima de defensas...

Dichoso, seguro de la situación de triunfo en que poníale para con la malherida Ernesta la burda habilidad de la pobre derrotada, cierto que él podría manejar de las mañas de la una y las rabias de la otra todos los hilos, fue a la mesa y escribió:

«Ernesta: Por mi honor, por mi madre y por ti, si he de poner la verdad al amparo de lo que me es más sagradamente respetable, te juro que te engañas.

No podría disuadirte del error sin que hablemos, y esta noche, a las doce, te esperaré en la tapia del jardín...»



¿Bastaría la simple cita?... Vaciló, y se resolvió a afirmarla:



«... Si a las doce y media, por no creerme, o por temor, no hubieses acudido, yo mismo iré a tu reja.-OCTAVIO.»



Sólo cuando dejó definitiva y como en marcha tal resolución dentro de un sobre, hubo de fijarse, al volver a contemplar la carta de Ernesta, en que si él escribíala en un bello papel con rojo escudo de hijodalgo, ella le había escrito en un lindísimo, verdaderamente en un lindísimo y aristocrático papel con escudo y corona de condesa.

Al medio día logró ver y hacerse entender de Ivonne para que se acercase a la tapia por la carta. A media noche, en la tapia, esperaba, esperaba a la divina. Contaba el impaciente los minutos, a la luna, en su reloj; oía los cuartos en los relojes de las torres; la media, luego... bien pasada, al fin, en el reloj suyo y en los otros... Moríase de zozobra... De pronto, arriba, silenciosa, apareció ella..., ELLA... -Octavio, ¡ah!, vengo..., ¿qué me quieres?... Vengo, ¡bien lo sabe Dios!, por miedo a tu tremenda insensatez de llegar a mi ventana...

-¡Oh, Ernesta!...


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