Jarrapellejos: 12

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Capítulo XI
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Jarrapellejos Felipe Trigo


Retornaban a un período de gran actividad los curas, las Hijas de María y la Asociación de San Vicente. Inicuamente asesinado Canalejas, y habiendo querido el conde de Romanones, su sucesor, acentuar por un decreto la nota laica en la enseñanza, los clericales y conservadores, interesando a las señoras, sobre todo, apercibíanse a la protesta. Con el banderín del Catecismo, se recogían adhesiones, en las ciudades igual que en las últimas aldeas; se hablaba de una magna manifestación del sentimiento religioso, base de toda virtud, tan clásicamente español, tan malherido por el conde «demagogo»; preparábase magnífico el centenario Constantino, y la prensa nacional, en pro o en contra, y con tal ruido que estuvo a punto de olvidarse hasta Belmonte y Joselito, los dos taurinos «fenómenos», no se preocupaba de otro asunto.

Mientras, aquí y en miles de pueblos, ocurría la habitual y pequeña cosa de que los braceros, como por la langosta en la primavera anterior, como por la excesiva lluvia en el pasado otoño, volvían a pedir limosna. Ahora, por sequía. Ni gota de agua, desde enero; y las hermanas de San Vicente, abrumadas de trabajo, luego de reunirse a menudo en San Andrés con las Hijas de María para tomar acuerdos sobre aquella vital cuestión del Catecismo, procurándoles firmas y más firmas a las listas que el conde de la Cruz -católico antes aún que afecto a su jefe político el presidente del Consejo- le remitía al señor Obispo de Madrid, y que La Voz de La Joya, conservadora de siempre, insertaba, tenían que dedicarle siquiera unos minutos a la tarea de los socorros. Muchos, y otorgados sin criterio. Una tarde, Orencia, presidenta, y Purita Salvador, nueva secretaria, con el auxilio de Dulce Marín y del joven cura tuerto don Calixto (el pobre llegaba sofocado por haber acabado de encontrarse al terco herrero que siempre le gritaba: «¡Ladrón de mi honra! ¡Alcahuete! ¡Sinvergüenza!»), retiráronle los bonos de leche a siete enfermos: cinco hombres, socialistas del Liceo, que no quisieron firmar como católicos, y dos mujeres inmorales.

Sin embargo, tomaba la miseria esta vez un sesgo que empezaba a inquietar, aun en medio de aquella santa exaltación, y a hacer pensar, para así que siquiera hubiese algunas nubes, en el último recurso de sacar a San Andrés en rogativas. ¡Oh, los obreros, qué manera de pedir! Sombríos, en grupos al sol durante el día, en cuanto cerraba la noche echábanse a vagar de puerta en puerta. Uno se zampaba dentro de las casas y rugía: «¡Tengo más hambre que un lobo!». Hubo señora que malparió del susto, la de Honorato López. Y lobos parecían...; lobos que seguían rondando las proximidades del casino, para atracar a los que salían de la ruleta..., como hicieron con Mariano Marzo, con Exoristo, con Saturnino, con el Garañón, con el Brocho, con Juanito Pimentel...

Este tétrico espionaje, además, exponía a dejar al descubierto cosas que debieran permanecer ocultas en el amparo de la noche y que a lo mejor afectaban a mujeres tenidas por honestas. Ejemplo, la de Zig-Zag, la vistosa morenota, con su fama y con su aspecto de intachable. Tres de aquellos famélicos habían visto salir al alba, de la casa de ella, a don Pedro Luis, sacándole sus buenos duros a cuenta del secreto; y extendida, no obstante, la noticia, servíale de pasto a la maledicencia en todas partes. Vecina de Zig-Zag, Eduvigis Porra iba haciendo observaciones que les transmitía a las íntimas amigas cuando no estaban Orencia o las Jarrapellejos: «¡Compra merluza, la Carmen, lo he visto» ¡Merluza! «¡Merluza!», asombrábanse la cojita miniatura Encarna y Dulce y Jacoba Marín, en cuyas mesas, como en las demás del pueblo, quitando si acaso la de Octavio y la del conde, no se comía sino en las fiestas. «¿Qué capital tiene la Carmen para comer merluza?... ¡Debe de ser verdad entonces eso de don Pedro!»...

Así rodaba el nombre de la Carmen. Con razón o sin razón, puesto que lo de la merluza, al menos, podía achacársele a otra explicativa circunstancia en que no paraba mientes la malicia: los trabajos honorables de Zig-Zag. Nombrado agente de «La Mundial» de Madrid, gracias a don Pedro, desde hacía seis meses, había sabido empezar con dos bonitos negocios: en el ramo de incendios, el de la fábrica de jabón de Frasco el Fresco, recta a la quiebra, de no haber ardido providencialmente en cuanto quedaron firmes los contratos; y en el de vida, el seguro de cien mil pesetas del hermano mayor de don Pedro Luis, don Cándido, afecto de un cáncer al estómago, que le haría durar un año, cuando más, y dado como sano por Barriga.

Otro que iba en rápido camino de consolidarse una posición, por otro estilo, y con el que, a causa de ello, tampoco se podía contar para meter en caja a los nocturnos rondadores, era el Gato. Dueño actual de la dulcería y semitaberna que fue de su querida, y agente de emigración, habíala convertido en oficina de la agencia. Melchor le ayudaba. Petrilla, la mujer de éste, reunida con sus dos hermanas, la que estaba en una mancebía de Badajoz y la que estaba en otra de Madrid (bonitas las tres, a la verdad), en Madrid habían montado el tráfico de la prostitución, regentadas por la madre. Girábanles mensualmente treinta duros al Gato y quince a Melchor, sobre las mil y pico de pesetas que les dejaron al partir, de lo que ya aquí había ganado con los señoritos la Petrilla, a condición y bajo promesa de que no fuesen ninguno de los dos, y el Gato principalmente, a entorpecerlas o a cortarlas el gañote. Terrible siempre, el ex guarda de las eras. Por terror hacia él, Melchor hablase resignado, no sólo a quedarse sin la ganga de mujer-mina que permitíale gandulear fumando puros, sino también a no irse a Madrid para darse con ella la gran vida; por verdadero terror, y hasta por un sutil sentimiento de venganza, ya que así, habiéndose marchado Petrilla, amolábase el Gato y no había vuelto a gozarla tampoco. ¡Oh, las rabietas y las ansias criminales de Melchor, y de Sabina, en las tantas ocasiones que al Gato se le había puesto en las narices echarle de la cama!... «Vaya, tú, déjame con ésta, largo de aquí»... y Melchor tenía que coger su chaqueta, su pantalón, sus zapatos, y salirse de la alcoba, mientra su mujer y el Gato...

Sin embargo, aparte resquemores, ambos se llevaban bien, contentos de la agencia. El Gato cobraba y embolsábase los cuartos, para lo cual iba a Badajoz, a entenderse con sus jefes, y traíales «niñas», de paso, a los del Curdin. Melchor, a sueldo, recorría las aldeas circunvecinas... Un gran filón hallado, inagotable, creciente en proporciones estupendas. De mes en mes, hacia el 7, fecha de salida de vapores de los puertos, la afluencia de emigrantes aumentaba. En enero apenas si hablan sido cuatro o seis infelices sueltos de Jarilla, de la Robla, del Casar de los Pomares; aquí vinieron con el macuto al hombro o con el baúl a cuestas; de aquí partieron, carretera arriba, a las Gargalias, para tomar el tren, con los papeles en regla entregados por el Gato, sin que nadie hubiese reparado sus tristezas..., y, allá, en Cádiz, tornarían el buque que habríalos alejado a tumbos por el mar. En febrero ya habían sido familias enteras aldeanas y diez o doce resueltos de La Joya; por lo cual, el día de la marcha colectiva, con llantos y lamentos de las esposas e hijas que quedábanse, hubieron de formar clamorosa multitud. En marzo, finalmente, hubo de ser tan grande la penosa caravana, que formó su despedida casi un acontecimiento. Pero ahora, sobre todo para abril, el éxodo de los desdichados preparábase entre la alarma y la excitada atención de los joyenses; más de veinte familias, dispuestas a partir, estaban vendiendo sus casas, sus cercas, sus burras..., y sabíase que las aldeas de alrededor irían a despoblarse. A las Gargalias, de ciento cincuenta vecinos, apenas si le quedaban diez braceros disponibles; campos desiertos, viñas sin guardar, ovejas sin motril ni mayoral... De nada servía que el párroco leyese los domingos desde el púlpito la carta un poco franca en que un bracero relataba los tormentos de su viaje en el Satrústegui, hacinados mil y pico de emigrantes por bodegas y entrepuentes, como fardos, como cerdos en el tren, en montón hombres, mujeres y niños, en la sucia greguería de unos que procuraban comer sus escudillas de rancho, mientras otros, mareados, vomitaban...; de nada, de nada servía la intención del excelente sacerdote, primero porque no iba nadie a misa, y luego porque otras optimistas cartas, verdaderas o apócrifas, profusamente difundidas por el Gato, se leían en las tabernas. Además, en último término, y decisiva, quedaba esta razón: «Se estaba tan mal aquí, con frío, con suciedad, matándose a trabajo, y sin el rancho siquiera del Satrústegui, que nada más malo se arriesgase con el cambio, que nada se perdiera con marcharse al mismo infierno.»

Por cuanto a los señores de La Joya, después de discutirlo en el casino, habían llegado a convenir que la emigración les era favorable. Por lo pronto les estaba resolviendo el conflicto de los pobres. Sobraba gente. Lo probaba, incluso para el tiempo normal, el irse los hombres a trabajar fuera, en el estío. Quería decirse, pues, que si le daba a la seca por seguir, y reducíanse a la mitad los hambrientos, cada propietario también ahorraríase la mitad de lo que por el reparto municipal estaban dando de jornales de limosna. Y... y... vamos, sí, aún la gente joven añadía, considerando la suerte del Garañón, que habíase acostado con una (antes rebelde) por dos cuartos: «Se van ellos... y nos dejan a las mujeres en mayores libertad y facilidad...».

La presencia de unas marañas de nubes en el cielo resolvió al coadjutor, don Calixto, a escitar a su viejo y santo párroco don Antonio para empezar las rogativas. Inmediatamente, ¡claro!..., don Antonio lo estaba deseando; no comprendía por qué hicíéranle falta las nubes al milagro que se le iba a pedir a San Andrés.

Gran pompa la de las rogativas, en que iban los santos de todas las iglesias y los diecisiete curas de La Joya. Orencia las organizó, secundada por el conde, y salían anochecido entre estruendos de campanas. Velas, cirios, faroles y linternas; cada cual lo que podía. No faltaba una muchacha, y, por lo tanto, ni un muchacho. Don Pedro Luis, el primero, daba ejemplo con su Corazón de Jesús prendido a la chaqueta. «¡Agua, San Andrés!... ¡Agua, Virgen Santísima, agua!», clamábase de tiempo en tiempo; mas como la cuestión del hambre y del agua andaba complicada con la otra política cuestión del Catecismo, gritábase también: «¡Viva el Corazón de Jesús! ¡Viva el emperador Constantino! ¡Viva el Papa Pío X! ¡Viva el Papa Justiniano!...» «¿Hay ahora dos papas?» preguntó una noche el Garañón. «¡Bárbaro!», pensó el Juez, sin contestarle. El juez, el registrador, el jefe de Telégrafos, las Hijas de María, las hermanas de San Vicente, la condesa, la Guardia Civil..., no faltaba nadie. Medio pueblo en la procesión, y otro medio en las esquinas, viéndola pasar. Entre éstos los obreros sin trabajo, muchos de los cuales se hincaban de rodillas a plena fe, a pesar de su ateísmo, y los del Liceo, tentados con frecuencia, de no contenerlos el mutismo de Octavio, y de Cidoncha, a contestar por su parte: «¡Viva la libertad!,¡Viva la República!...» Porque Cidoncha y Octavio, juntos, discretos unas veces en las ventanas del Casino, otras en plena calle, no faltaban una noche a ver el desfile pintoresco: Cidoncha, para mirar el lujosísimo estandarte azul y plata en que habían puesto las monjas la Purísima que él pintó, con el exacto retrato de Isabel; Octavio (que a no ser por sus compromisos democráticos hubiera ido en la formación de buena gana), para mirar y dejarse mirar por la condesa. «¿Qué?», le preguntaba el profesor al notarles las sonrisas. «¡Oh, no, nada! ¡Nada!», contestábale el prudente, prudente en absoluto, de verdad, aun con el amigo a quien tanto habíale dicho de ella, ahora que se veía correspondido. A Orencia saludábala con una gentil inclinación, generosamente perdonada, sin haberla hablado más.

Sólo que no todas las noches acompañábale Cidoncha, que solía acudir algunas con Isabel y la familia de Isabel. Hermosa como nunca, la famosa Fornarina charlaba contenta con su novio, al paso de los fieles, y atraía la admiración de éstos casi en grado igual que la condesa. Placíala verse adorada en la bendita efigie. La gente alegre, Marzo, Saturnino, el Garañón, Gómez, Manolito Alba..., desde la segunda noche, al advertirla en el trayecto, habían tomado el galante acuerdo de situarse con sus cirios alrededor del estandarte.... y al cruzarla tanto por adular a la siempre coqueta sonriente, como por fastidiar (creían ellos) al profesor, a los gritos de ¡viva el Papa! y mirándola, agregaban estos otros: «¡Viva la Santísima Concepción! ¡Viva la Purísima Virgen!...»

Sonreía triunfal la Fornarina, casi dándoles las gracias, burlona, con el mimo de sus gestos-, y enteramente dichosa, delante de los padres, iba a apostarse en otra bocacalle, o retirábase a casa del brazo de Cidoncha. Muy juntos por la oscuridad del camino de la ermita, comentaban la impresión que aún le producía ella a la banda de tenorios. Habían dejado de rondarla, persuadidos de la inutilidad de su idiotez después del fracaso de don Pedro, y, sin embargo, todavía éste la devoraba con los ojos, y los demás, en guardia de honor a su retrato, rendíanla aquellos vítores. Con su indiferencia al culto religioso, de la cual iba contagiándola, pero creyendo los dos en un Dios de más justicia que el dios capaz de decretar el hambre de los pobres, en tanto el trigo hundíales a los ricos el granero, él se alegraba de haberle dado a este pueblo farisaico y miserable, con el retrato de Isabel, que duraría años y años en el magnífico estandarte, la especie de símbolo de la Belleza y el Bien en que habría de fundar el porvenir la religión de Amores de la Vida... «Tú, tú, Isabel, mi Isabel, con tu sonrisa de perdón y de desprecio, que ellos llaman de coqueta, la mártir y la santa de esa noble religión.» «¡Oh, Juan!», gemía ella, llorando de ternura y oprimiéndole las manos que aprisionábanle una suya. Reclinaban las frentes uno contra el otro, y mientras los padres, detrás, hablaban del trabajo, por su amor y su trabajo liberados de la deuda afrentosa con don Pedro, ellos hablaban de la boda que pronto habría de serles consentida por el triunfo del infatigable estudioso en las oposiciones ya anunciadas para junio.



Tallaba don Macario Lanzagorta; Zig-Zag ayudábale a pagar; perdía que era un gusto los billetes Saturnino, y Exoristo, ¡muuú!, en primera fila, doblado al tapete verde, en un margen de A B C iba anotando los albures. El juez de primera instancia, con su aspecto de galápago, hinchadas a reventar de emoción y de codicia las venas de la calva, no cesaba de apilar y remover entre los dedos temblorosos algunos duros y pesetas; detrás, de pie, el Garañón iba apuntando prudentemente (no era espléndido más que con las pastoras) y arreglándose a menudo la cruz del pantalón. De rato en rato subía más vivo de la plaza el rumor de irritada multitud que formaban los obreros. No hacían caso los que jugaban; pero algunos que en la triple fila de la mesa, atrás, estaban de mirones, iban a un balcón. Desde las cinco de la tarde, y con ocasión de la despedida de los emigrantes, en que hubo gritos de mal género, la masa de los alborotadores no había llegado a disolverse. Delante del Ayuntamiento llenaban media plaza. ¡Bah! Tontería. Los vigilaban los guardias y el alcalde estaba aquí. De poco les serviría chillar. Lo que podía hacerse con los jornales de limosna se estaba haciendo. Nadie tenía la culpa si después de haberlo pedido a San Andrés el agua en nueve noches el cielo continuaba tan sereno.

-¡Gandules! ¡Vagos! ¿Qué querrán?

-Ya estás viendo, Chirivita: menos trabajar, lo que les caiga.

-¡Eso! Mandé mis tres un día a la pradera; les dije que llevasen otros tres, y tos, al siguiente, renunciaron los dos reales.

-Como que no hay como hacerlos hacer algo. Los míos tampoco han vuelto.

Los dos comentaristas, en cambio, volviéronse a la mesa.

Era de un alto interés seguir la mala suerte habitual del bravo Saturnino. Perdía siempre, y perdía por más de mil pesetas esta noche.

Sólo que se paró la timba, de improviso.

-Alto, señores, un momento... ¡A firmar!

Don Pedro Luis. Traía un papel y le seguía el conserje con un tintero de cuerno. Le hicieron sitio. El conserje empezó a pasar el pliego de unos en otros. Firmó el primero Lanzagorta; luego Mariano Marzo, Gómez, el juez...Sin distinción, conservadores y liberales, en dulcísima armonía así que se tocaba a las católicas conciencias. Los que se hallaban en autos, por haber oído abajo poco antes a don Pedro, dejándole redactar la nueva protesta y adhesión al centenario constantino, firmaban a toda prisa para tornar al juego cuanto antes; los que no, firmaban porque veían firmar y por ser cosa de don Pedro. Únicamente el Chamorro, hombre feo y de cabeza gorda, después de haber firmado, y viendo la cara de lelos de muchos más que estaban en su caso, permitióse preguntar: «Y eso, ¿qué es?». Y como insistiera, dejando suspensa en las manos de otro la pluma, Marzo saltó: «¡Vamos, concho, acabad!... ¿Qué os importa? O haber estado abajo a enterarse...» Todo seguía como la seda. Ya iba escalera abajo el conserje con el pliego, a llevárselo al conde de la Cruz, y Jarrapellejos disponíase a apuntar, tirando de cartera, cuando en la plaza se oyó más recio el griterío y un tiro y un estruendo de cristales.

-¡Coile, un tiro!

-¡Un tiro! ¡Un tiro!

Palideció el concurso.

Quince o veinte, puesto que el escándalo aumentaba, acercáronse a mirar por los balcones; y enseguida todos, tras de guardarse a escape cada uno su dinero. ¡Un tiro! ¡Un tiro! ¡Oh! ¿Habrían matado a alguno? Carreras, palos, voces..., los guardias con los sables. Terrible tremolina, en fin, enfrente. Vieron que los guardias detenían a dos, sin duda los del tiro y las pedradas, metiéndolos en el Ayuntamiento, y que tuvieron que atrancar las puertas contra la furiosa muchedumbre. Pero entonces, así contenida ésta y los guardias dentro, liáronse los más osados a estacazos con la puerta y a peñascazo limpio con balcones y ventanas; los vidrios caían al suelo y las bombillas de la luz, al mismo tiempo que cien voces estentóreas daban vivas y mueras y reclamaban la libertad de los presos y no se oía bien qué cosas más...

-¿Qué quieren? ¿Qué piden?

-¡No sé! -dijo el alcalde.

-No se les entiende.

-A ver que abramos el balcón -decidió Jarrapellejos.

Asomáronse. En la confusión horrenda pudieron escuchar lo que pedían: «¡Pan! ¡Pan! ¡Abajo los ricos miserables! ¿Abajo las limosnas!... ¡Que nos entreguen el pósito...!»Y, efectivamente, uniendo la acción a la palabra, contra el pósito, anejo de la misma edificación municipal, concentraban las pedradas y el asalto. Un cuarto de hora transcurrió, sin que aquello llevara trazas de calmarse. Antes al revés, sin freno, sin nadie que les impusiera orden, un grupo se destacó como con ánimos de invadir las dos tiendas de ultramarinos que había en la plaza, y la de Los fenómenos, en la calle de las Tiendas. A toda prisa, los tenderos tuvieron que cerrar. A un guardia que, roto el uniforme, se entreasomó a un balcón con el revólver, a poco más le parten la frente de un cantazo...,

-Me parece -díjole al alcalde el sesudo don Macario- que les vas a tener que dar el trigo.

-¿Qué trigo?

-El del pósito.

-Si no hay.

-¡Cómo! -repuso el sorprendido, que por ser de la Junta de asociados sabíalo bien-. ¿No había mil ochocientas fanegas?

-Pues... ¡no las hay!

-¡Ah!

Más ejecutivos, Mariano Marzo, Saturnino y el gordo señor Rivas, pedían la Guardia Civil, ásperamente extrañados de que ya no hubiese acudido al tumulto.

-¡Que se la avise!

-¡Que se la avise!

-Que vaya alguno al cuartel.

Zig-Zag se ofreció, pero se opuso el diplomático don Pedro.

-No, señores. Sabéis cómo las gastan los civiles y es mala la violencia. No es tampoco necesaria. Esa gente se disolverá en cuanto se le diga de buen modo.

Brillaba en la faz de león de Jarrapellejos la amable calma de alguna de sus grandes e inesperadas soluciones, como siempre, para todos los apuros, y todo el mundo quedó pendiente de su inmensa autoridad.

-Yo iré. Yo voy a disolverlos. ¡Vamos!

Lento, dirigiéndose a la escalera, bajaba; y, naturalmente, le siguieron muchos. «¡Bah! -decíanse hasta los más tímidos, resguardándose detrás, plaza arriba, de los posibles peñascazos de rebote-. ¡Con un hombre así puede irse a cualquier parte!». Alejandro el Grande, Napoleón I, habrían gozado de un prestigio más extensamente repartido por el mundo, pero no más hondo que el que don Pedro Luis disfrutaba entre amigos y enemigos. Marchaba delante, tranquilo, confiado, y ya sabían que esta magna decisión suya de llegarse en persona a los humildes, a los humildes que también por inversa excepción se habían amotinado, tendría la mágica virtud de someterlos...

Sólo que.... ¡ah!, por lo mismo que abrigaban esta persuasión, empezó causando asombro y sorpresa la manera con que fueron recibidos. Zig-Zag, a guisa de heraldo, había lanzado una poderosa voz anunciando quién llegaba. Volviéronse los grupos; los próximos quedaron en una actitud de sumisión; pero los del fondo silbaron: «¡Fuera! ¡Fuera!» ... Más asombrado y sorprendido que ninguno don Pedro Luis, echó mano de sus persuasivas energías:

-¡Señores!..., ¿a qué escandalizar? Dispuesto como siempre me tenéis a atender a vuestras quejas; pero, ¡decidlas!... ¿Qué queréis? ¿Qué es lo que pedís?

Su voz, más poderosa aún que la de Zig-Zag, logró un instante de silencio; pero la silba se reprodujo, y tuvo que insistir:

-¿Qué pedís? ¿Qué es lo que queréis?

-¡El pósito!

-¡El trigo! ¡Que se nos dé inmediatamente!

-¡El pósito! ¡Que nos abran ahora mesmo el pósito!

Hizo general el clamoreo la multitud, apoyando estas respuestas que aquí y allá habrían lanzado cuatro audaces.

-Muy bien, señores..., ¡disolveos! ¡Marchaos a casa, y mañana mismo se reunirá el Ayuntamiento y la Junta de asociados con el fin de ver...!

No le dejaron concluir. No le permitían tampoco variar a otros registros. La silba, estrepitosa -mezclada con insolentísimos apóstrofes de «¡No, no, ahora! ¡Estamos jartos de engañifas! ¡Al pósito! ¡Al pósito!»-; y mientras los inmediatos a la puerta del pósito volvían a lanzarse a palos contra ella, seguían silbando y gritando los demás. Jarrapellejos se desgañitaba; lívido y descompuesto, con todos sus orgullos rotos, amenazaba al fin con los civiles, con la cárcel..., y tales palabras sueltas caídas en la masa de rebeldes, aumentábanles su enojo y hacíanles proferir nuevos gritos en que mezclábanse sus increpaciones de odio y sus como invocaciones de defensa: «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Abajo los explotadores de los pobres! ¡Vivan Cidoncha y don Octavio! ¡Viva don Octavio!»... Imposible ya entenderse; la furia de aquello era la del río que se desborda, la de la bruta muchedumbre enardecida que pierde todo freno de obediencias... Habíase adelantado un poco Zig-Zag, provocativo, y se alzaban al aire los garrotes...

-Mira, Perico -díjole a don Pedro el gordo señor Rivas, tirándole por detrás de la chaqueta-. ¡Vámonos!

Bueno el consejo. Y más, cuando ya habían vuelto grupas casi todos los señores. Tras ellos, pues, y al son de los vivas a Octavio y de la espantosa silba, retiráronse don Pedro y los pocos que quedaban con don Pedro. Guareciéronse en la sala baja del Casino. Jarrapellejos abrumóse en un sillón, como sobre el destrozado pavés de sus prestigios. No hablaba; meditaba, meditaba en la urgencia de lo urgente y con la afrenta de aquel nombre de Octavio arrojado contra sus orgullos al modo de terrible catapulta. Meditaba, y oía y tenía que contenerles a los otros sus iras hacia «los cobardes guardias» que metiéndose en el Ayuntamiento habían zafado bonitamente la cuestión, su afán de avisar a los civiles y sus propósitos de encerrar el primero en la cárcel al tal anarquista y mamarracho de Cidoncha, que así, sin dar la cara, excitaba a los motines...

Sin embargo, hombre de trastienda, diplomático Jarrapellejos, ni el dolor de este principio de derrota, que de llegar a confirmarse dejaríale maltrecho para siempre, le quitaba nitidez a la visión. Y a confirmar la derrota, a ponerse francamente contra el pueblo, otorgándole a Cidoncha aureolas de martirio y a Octavio las del héroe salvador, equivaldría la prisión de aquél y la quizá sangrienta represión del motín por los civiles...; aparte de que prender al uno y dejar al otro, significase para Octavio, ante los obreros y ante todo el mundo, el reconocimiento de un respeto y una beligerancia que en modo alguno él debiera concederle...

Se levantó, sonreía, y tornó a inspirar instantánea confianza.

-¿Qué?

-¿Qué?

-¿Qué?

-¡Nada, señores, nada! ¡Que parecéis tontos! Que os apuráis como si la cosa tuviera importancia, y maldito si la tiene. Se arregla en un santiamén. Tú, Zig-Zag, vete a buscar a don Octavio de mi parte. Y tú, Mariano, ¿echamos nuestras carambolitas?... Te doy quince.

Zig-Zag partió en busca de Octavio.

-¡Le prende!

-¡Le prende, le prende! ¡Qué hombre! -admiraban los demás, mientras don Pedro y Mariano armábanse de tacos y traía las bolas el conserje.

Después, viendo a Octavio llegar, y a don Pedro dejar las carambolas para encerrarse con él en la sala de tresillo, la asombrada concurrencia repetía:

-¡Le prende! ¡Vaya si le prende!

Pero el asombro, o, mejor dicho, los asombros, trocados llegaron a colmos sucesivos al ver salir primeramente a Octavio en libertad y cariñosamente despedido. por don Pedro..., al ver luego a Octavio solo dirigirse plaza arriba..., al ver, en fin, y todo en poco más de unos minutos, que Octavio, recibido con aplausos, les hablaba y se mezclaba a los obreros..., entraba en el Ayuntamiento, soltaba a los dos presos... y hacía que los mil y pico de manifestantes, el uno por aquí, el otro por allá, cada cual hacia su casa, se fuesen retirando.

Octavio no volvió por el Casino.

Don Pedro Luis, radiante, paseaba su triunfo por la sala:

-¿Eh?... ¡Si sabré yo lo que me pesco!

Y siguió jugando carambolas. Sobre Cidoncha, sobre Octavio, sobre toda clase de autoridades, quedaba incólume la suya.



Veinte días más tarde, ya espontáneamente mitigada por la lluvia la cuestión de los obreros, don Pedro Luis, un domingo, a la salida de la misa, se fue a visitar a Octavio. Éste le recibió en su biblioteca. Muy extrañado de verle entrar, y siempre, a pesar suyo, ante él sobrecogido de respetos, hubo de recordar, no obstante, como reafirmación de sí mismo y casi revancha de lo de las elecciones, la dignidad con que supo concederle su rogada y única eficaz intervención en el motín. Sí; de jefe a jefe, esta vez sin desmayos, habíale hecho el gran favor de conjurar un inútil alboroto y de evitarle al pueblo páginas de sangre. Harto sabría desde entonces el tosco diplomático de la sonrisita falsa, el habituado a mandar, que frente a su autorizado despotismo otro poderío iba empezando a levantarse.

Pero el tosco diplomático de la sonrisa, tumbado en el butacón, con las piernas abiertas y estiradas a lo largo de la alfombra, estaba junto al joven rival como si tal cosa, hablándole del tiempo. «¿Eh? ¿Has visto?... Los sembrados no completamente bien; pero las dehesas, de hierbas, al pelo. Ayer pasé por la tuya. ¡Verdad que como la tienes arrendada!...» De pronto se echó adelante, doblándose a las rodillas; se sacudió un poco la ceniza del puro, que inundábale el chaleco, y expresó, fiel a su sistema de sorprender y deslumbrar:

-Vamos a ver, Octavio. He conferenciado con tu tío el conde, y está de acuerdo conmigo. Vengo a verte para esto: va a vacar el Gobierno Civil de Badajoz. Sé que nuestro diputado don Florián anda escaso de recursos, y le gustará, seguramente, ser gobernador para echarse medias suelas. Y si no le gustase, allá él, que al fin y al cabo es forastero; le nombro, hago que le nombren, y en paz. ¿Quieres tú ser, Octavio, diputado?

Un disparo de cañón.

Atónito, incrédulo, el pulcro y joven jefe democrático se quedó considerando a este hombre, tosco y sucio, lleno de caspa y de pavesas, que así había dicho «le nombro»; que así hablaba de imponer su voluntad a diputados y a condes senadores, y de disponer de Gobiernos de provincia con la misma sencillez que si fueran humildes plazas del Concejo. Sin embargo, rápida también y terminante, le acudió la idea de cómo si su padre fue gobernador lo fue por él; de cómo si el cunero don Florián era diputado, por él lo era...; y en la estupefacción, en el asombro, ante el puerco y rudo tiranote que desde su rincón ignorado de La Joya manejaba incluso a los ministros, sólo le quedó neta la imposibilidad de comprender que viniera a brindarle la representación en Cortes a un político adversario, al único que, con mayor o menor tenacidad, había osado ponérsele de frente.

No hablaba, no acertaba a decir una palabra Octavio, de duda y de sorpresa, y don Pedro prosiguió:

-Mira, si quieres, el acta. Eres listo, pero eras demasiado joven, y yo quería dejar que adquirieses experiencia de la vida. Este es el momento. ¿Qué necesidad tenemos, por muy bien que don Florián nos haya servido tantos años, de darle lustre a un hombre que es de las Quimbambas?... Tonto y pobre, además. Sostenerle con el tono de su rango, y aun con su afición a las mujeres, pues ya sabes que en Madrid le da por cupletistas, le está costando un caudal a los Ayuntamientos del partido. Lo mismo que, en todo caso, de hacerle falta, pudiese aprovechar uno de La Joya. ¡Veinte mil pesetas, veinte mil pesetas anuales, Octavio, se le dan!

-¡¡Veinte mil pesetas!! -exclamó instintiva la indignación del digno.

-Contantes y sonantes..., y, ¡claro!, así, entre músicas y flautas, andamos tan mal en arreglos de las calles y caminos, y socorros, y otras cosas. ¡Qué falta hace que para acometerlas me ayudases!

-¿Yo?

-Si te resuelves, tu tío y yo (está acordado), y tú con nosotros, mañana mismo nos vamos a Badajoz, donde ahora se encuentra don Florián, a conferenciar con él y con la gente. Piénsalo; te lo repito: si te resuelves..., ¡antes de un mes, en el Congreso!

-Pero bueno, don Pedro, por Dios..., ¡en el Congreso!... Usted y mi tío... Yo, por otra parte... ¿Es que no hay más que así como así?...

Tosió el cacique, aclarándose la voz:

-No hay más piojos que la manta llena, que se dice. Don Florián, a su Gobierno, y tú, sin contrincantes, proclamado aquí por el artículo 29.

-Pero... ¡por Dios, don Pedro, por Dios!... ¿Sin... contrincante?... ¿No me lo opondrían?... ¿No...? -Iba a decir una simpleza, y, advertida a tiempo, tragó saliva y corrigió-: Don Pedro, es singular lo que viene a proponerme... No puedo ser el candidato de ustedes... Lo impiden... mi situación..., mis compromisos...

¡Aaaah! Era justamente donde le esperaba el diplomático. Tiró la apagada colilla del puro, que rodó, deshecha, por la alfombra; eructó ligeramente; aproximó la poltrona..., y la confidencia siguió mas íntima, en voz baja. Don Pedro se explicó. Octavio (las triquiñuelas de la política, de que hablaron el día aquél) no tenía por qué referirles esta conversación a sus amigos. Al contrario, así que presentara su renuncia don Florián, y fingiéndose más irreconciliable con los liberales cada día, habría de decir en el Liceo que iban a presentarles la batalla. Los mismos del Liceo hubieran de proponerle candidato, como demócrata independiente.... y ¡aquí el golpe!... Los liberales, fingiéndose a su vez abrumados por el recuerdo de la elección de concejales y por la previa convicción de la derrota.... desistirían de oponerle otro, dejando que el consabido artículo le cayese a Octavio de perilla. En fin de cuentas (bah, bah, los reparos del ingenuo), ¿a qué motes de republicano o socialista, que en el Congreso habíanle de esforzar a compromisos, ni qué necesidad había de que Octavio se pusiese a mal con su familia y los principales de La Joya para hacer cuanto quisiese en favor de los pobres, y de todos con el prestigio de un acta que, por otra parte, no hubiera de lograr puesto a disputarla a fuerza de votos y a fuerza de dinero?...

Iban calmándose con esta lógica tan natural, tan racional, tan sensata, las aprensiones de Octavio. Era la verdad. El mismo había pensado que no sería diputado nunca, de otro modo; y siéndolo, podría favorecer a los humildes. El agradecido, deslumbrado, se rendía; pero en la misma inesperada gloria de su ensueño, el suspicaz, el perplejo, el orgulloso, resurgió:

-Bien, querido don Pedro -dijo-. Como enemigos, una última palabra, y perdón si en la explicable desconfianza me equivoco. ¿No será todo esto un ardid... del maestro de política, de usted, vamos, para hacer que me presente y ponerme luego un rival y derrotarme, dejándome en ridículo?

Jarrapellejos se irguió afablemente grave:

-¿Crees en mi palabra?

-¡Ah!

-Pues mi palabra de honor que serás diputado el mes que viene.

El ímpetu de besar aquella mano alzada al corazón pudo Octavio condensarlo y contenerlo en una larga sonrisa de donaciones al leal, al generoso. Se levantó, fue por la caja del tabaco, y el humo de dos águilas imperiales puso término a la trascendente conferencia. Don Pedro tenía que preparar con cartas el viaje a Badajoz.

Solo, luego Octavio, de espaldas tendido en el diván, borracho de «realidades de ilusión», igual que de espumas de champaña..., su etérea dicha inmensa tenía dos clavos de dolor sujetándosela en el pecho. El había pagado los cariños de su tío el conde y de don Pedro... traicionándoles, respectivamente, con la mujer y la querida. Nada, o menos, al fin, respecto a Orencia: el beso aquél... por ambos olvidado. Ahora, con la condesa de la Cruz...

Cerró los ojos y se puso a recordar..., en una especie de contrito examen de conciencia. Desde luego, a los dos, la pasión, mitigábales la culpa. La pasión y el vario juego concurrente de vanidades y rencores. Por rabia a la necia amiga, aparentemente despreciadora y triunfal, Ernesta, acaso antes que por su amor mismo, acabó cediendo... a ser la «novia» de él, sin más primera condición que exigirle que «nunca volviera a hablar a Orencia». Novios, sí; ebrios de luna y de aroma de nardos en la infinita noche, habían evocado el tiempo en que lo fueron y la insensatez de Ernesta al casarse; y la esclava dolorida, dispuesta a no faltar jamás a «sus deberes», «¡jamas!, ¡jamás! «(hízole jurar a Octavio, por su honor, por su madre y por ella, que la aceptaba como novia con esta principal limitación), pero «dueña al menos de su alma», libre y entera le daría su alma en cartas que hubieran de cruzarse. Desde entonces, tres o cuatro meses ya, los dos se estaban escribiendo como locos. Ivonne les cambiaba las larguísimas cartas que escribíanse cada noche. Él dejaba abierto su balcón, faro de luz; ella, a oscuras, también abierta al primaveral ambiente la ventana, tocaba el piano y cantaba con su llena voz de contralto bellas cosas... ¡Cuántas veces el imprudentemente atado a la solemnidad de un juramento tuvo que vencer su impulso de ir a sorprender a la hechicera que cantábale el alma del amor! Tema de sus cartas éste, en cambio, con una terquedad de loco en la insistencia de que ella nunca le relevase por piedad del juramento..., porque el amor era todo, alma y vida, llama y sangre..., la terca, más terca todavía, se le negaba, seguía negándose..., aunque con ciertos indicios de vacilación últimamente. Así que hubo de trocar la ideal rotunda negativa en humanas respuestas razonadas: «No soy una sensual, Octavio; y si lo fuese, casada como estoy, ya comprenderás que hubiese de tener en tan bruto sentido mi agrado satisfecho.» «Tú qué sabes! ¡Qué puedes tú saber de la sensualidad -respuesta de él-, de la sensualidad, que sólo deja de ser bruta para ser divina... en el amor! ¡Pobre hermosísima mujer-flor de carne de la vida, que no habiendo de vivir MÁS QUE UNA VEZ, sin saber de lo más hermoso de la vida, sería recogida por la muerte!... Glosábala de mil modos tal concepto; aludía con discreción a la respetable ancianidad de su marido, y, sincero consigo propio, en un rapto de lirismo, una noche había roto los dos grandes auténticos retratos de L'Or du Rhin para enviarla los pedazos y decirla: «Perdón, Diosa, te engañé; conservaba ese recuerdo de mis necios triunfos parisienses, y lo rindo a ti; tú, con la entrega de tu alma, con la sola perspectiva de tu amor íntegro y enorme, me has enseñado a conocer lo supremo del amor y a avergonzarme de pasadas aventuras; por ti, por la mujer cuya hermosura material ansío con mortales agonías, pero de quien un solo perdido suspiro también me haría matarme, sé hoy que el paganismo, acaso bello, pero bestia, de París, es algo miserable y sin espíritu, bajo la advocación del cual, esa hembra vestida de tisú de oro o desnuda en impudicias, prostituyó mi dignidad y mi carne de Hombre, tomándolas para el recreo de su capricho a cuentas del valor de su beldad, como yo tomé la carne de otras prostitutas a cuenta del valor de mi dinero. Perdón, Diosa, por todo, por mi error, por mi doloroso descaro, indispensable a la total entrega de mi ser. Es tuyo. Recógelo con sus altezas, con sus bajezas, hoy lloradas en tu altar, y sabe que sé, por ti, del verdadero noble amor que excelsa igual mis deseos de la estatua pura de tu carne y mi afán de tus suspiros...»

Y tanto así había dicho la verdad, a la que siempre se le esquivaba como amante, que resignadamente dichoso la seguía aceptando como «novia», como «novia»; viéndola de lejos cuidar por las mañanas el jardín, oyéndola por las noches cantar y escribiéndola cartas, que le daba a Ivonne, con rosas y gardenias, para la adoradísima divina, en trueque de los pensamientos y violetas que ella, con las suyas, le enviaba... Prendíase Ernesta sobre el corazón las gardenias y las rosas; poníase Octavio las violetas y los pensamientos simbólicos en el ojal, y a caballo, cada tarde, cruzaba al automóvil en que ella iba con Orencia..., dejando ambos que se hablasen sus almas por las flores... En suma, que hoy, por suerte, y gracias a la tenacidad de Ernesta, la traición al conde no se hallaba consumada. ¿Sería cuestión de ir dejando olvidar aquellas espirituales relaciones con la «novia»poco a poco?



Cuando menos en Badajoz, en los días siguientes, visitando con don Pedro y con el conde a don Florián, a Casa-Guadiana, a otros muchos personajes..., el recuerdo de Ernesta vivió dormido en su pecho.


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