Jarrapellejos: 14

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Capítulo XIV
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Jarrapellejos Felipe Trigo


El Curdin, constituido esta noche en la taberna-oficina del Gato, estuvo hasta la una animadísimo. Mucho vino y aguardiente («¡No abuses, burro!», hubo de advertirle con frecuencia Exoristo a Saturnino), chorizo picante de macho y juerga y rasgueado de guitarreo, aunque faltaron las dos niñas nuevas de casa de la Pelos, cordobesas, que el Gato prometió. Con sus zapatillas, y a última hora procedente paternal y silencioso del casino, don Macario Lanzagorta había saboreado su séptimo café del día y su copita de cazalla. Recién vuelto de Sobrón, habló de haber leído las cuatro líneas en que El Imparcial resumió toda la telegráfica información del viaje del ministro; y, luego, a propósito del viaje y de la evocación del balneario, charló de Dato, de la Pardo Bazán y del Bombita, sus ilustres amistades veraniegas. Esto había interrumpido el cante y la guitarra, echando un poco de gravedad sobre los juerguistas fatigados; y como por excepción, en clase de neófito, hallábase en la zambra Manolito, el joven Manolito Alba, de ojos de ciruela, don Macario, íntimo del padre, hubo de aprovechar la oportunidad para darle unos consejos: «Sí, hombre, ¿no ves tú?... Dato, la Pardo, el Bomba..., célebres y cada uno rico por su estilo..., ¿por qué no estudias, tratando de imitarlos? Lo esencial es trabajar, que tiempo tendrás de divertirte». «¡Aer! -habíale replicado con su dulce resistencia el joven-. ¡Si yo lo comprendo, don Macario, que debo estudiar, que soy un tuno, porque no me ha educado bien mi padre; pero, ¡aer!.... estudiaré, ¡bah, si estudiaré!, cuando me ponga». Razonador, a más de dulce, el hombre aportaba en defensa de su particular gandulería singulares argumentos. Él ¡aer! era un degenerado, quizás. En una revista había leído que los signos de la degeneración constituíanlos la palidez, las ojeras, el cráneo un poco asimétrico y las orejas grandes, despegadas, transparentes. «Todo eso lo tengo..., ¡mire!, ¡mire, don Macario!... y digo yo que uno no estudia por eso»... Admirable. Lo decía convencidísimo, y celebraron su frescura.

-¡Arsa, tómate otra caña! -le había brindado el Garañón.

Y como la embriaguez les tenía a todos en estado de veleidad y de íntimo lirismo, que, igual que su degeneración a Manuel, hacíales a los demás confidenciarse sus miserias tal que hermanos, el Garañón, un poco abrumado ya, habíase puesto a enumerar los hijos que le iban naciendo por el campo: en la viña grande, tres de la Rosala; en el cortijo, cinco de la Nora; de la Mari Pepa, dos, en la dehesa del Corvillo...; otro de la herrera (aquella del tiberio entre don Pedro, el marido y el cura), en La Joyosa...; y, en fin, ahora, para alivio, preñadas la herrera, la Nora y la Rosala...

-¡Muuú! ¡Me caso en diez! -había mugido Exoristo reventando en su mudez-. ¡Pues vaya un socio! ¡Anda, rico, que te lleven a encastar en Buenos Aires, que dicen que no hay gente!

Compadeciéronle los otros de todo corazón, aplaudiendo su honradísimo deber de hombre que no tiraba los muchachos. Sólo el lujurioso Saturnino, que quisiera para sí todas las mujeres de La Joya, se permitió dudar que fuese de Gregorio únicamente tanto crío. Ellas, solas allá con los pastores..., y, ¿quién podría afirmar, al menos, que no fuese de don Pedro Luis el de la herrera?

-¡Yo!-saltó puesto de pie y enfadado el Garañón, hombre de puños y mal genio, a pesar de sus bondades.

-¿Por qué?

-Porque nos nació once meses después de haber reñido ella con don Pedro... y... porque eso de don Pedro y los pastores... se queda para ti!

Saturnino había hecho un ademán de lanzarse, buscándose el puñal en el bolsillo; Gregorio le había dado una bofetada de revés... Rota la fraternidad, la bellísima armonía, Manolo, don Macario y Exoristo lleváronse a duras penas a Gregorio, y el Gato y Marzo se quedaron sujetando a Saturnino. Y así estaban en este preciso instante.... babeando y tirándose del pelo el agraviado en una silla, e impidiéndole los dos salir, en otras sillas, cerca de la puerta, y respetando su silencio.

En tanto alejábase el grupo de Gregorio por la calle, el sobrino del conde añascaba las injurias hecho un basilisco interiormente. Las injurias alusivas a su boda, que alguien había osado arrojarle a la faz por vez primera. Se habría sabido. En Semana Santa, con motivo de venir de vacaciones el cadete, y de haber creído él que Purita en las procesiones le miraba, una noche llegó a casa con ella y la hinchó el hocico a puñetazos. Algo borracho, quizá, gritó y llegó a insultarla malamente: «¡zorra!, iretegrandísima zorra!, ¿a quién vas a salir sino a tu madre?»...; exigiéndola, de paso, aquello a que antes, por dignidad, no había querido aludirla nunca: de quién fuese la niña. Acosada, aporreada, medio ahogada, se lo dijo: ¡de un pastor!...; y si al tumulto no acuden las criadas, habríala él acabado de ahogar, a la muy zorra, que se quedó con el pescuezo sangrando de las uñas. Las criadas propalarían lo del pastor, y ésta era la terrible afrenta que le acababa de lanzar delante de los amigos el Garañón. Bien; le mataría. Así como así, desde tiempo atrás estaba deseando hacerse saltar la cochina vida con algo que sonase.

-¡Vaya, venga vino! -reclamó-. ¡Yo arreglaré cuentas con ése!

Apercibida otra jarra, bebieron, torvos, todavía..., pidiéndole Saturnino olvidos al alcohol para charlar de otro asunto.... de las niñas cordobesas.

-¿Por qué no han venido, Ramas?

-Porque se fueron esta tarde.

-¿A dónde?

-A la feria de Trujillo.

-Y... ¿guapas?

-Hasta allí. Una, mecachis, gitanota, con un rejo... pintá toa por toas partes de lunare.

-¿Cómo lo sabes tú?

-¡Toma!

Sonrióse el Gato. Se había acostado con ella. Sus prosperidades en la emigración le daban para esto y mucho más.

Marzo intervino:

-¿Volverá a traerlas la Pelos?

-Asupóngome que no. Es una pintura. Las trujo con miras de la feria.

Los vasos, en segunda ronda, circularon, dejando vacía la jarra. El Gato llenó otra, y Saturnino insinuó:

-Sería cosa de largarnos a Trujillo... ¿Qué os parece?

Prontos a cualquier empresa, y predispuestos los tres por los fuegos del alcohol y aquella falta de las niñas, aprobó el Gato:

-Pa luego es tarde, salvo lo que aquí don Mariano le paezca. Melchor está en su cuarto durmiendo y pué dir por los caballos; yo tengo mi mula. La noche es güena, aunque escurilla. Saliendo deseguía y picando en el camino, en Trujillo al calental el sol.

Acordado. Marzo no podía disentir jamás de lo que propusieran sus amigos. Despertó el Gato a Melchor, que en diez minutos estuvo listo y partió por los caballos. Los traería aquí, de casa de don Mariano y de casa de don Saturnino, respectivamente. Estos, mientras, seguían bebiendo y ultimando pormenores. Puesto que no era cosa de ir a una feria por una mujer nada más, sino que habrían de jugar y asistir a los toros y teatros, disponíanse a salir también, para reponer de guita las carteras. No tenían consigo entre los dos por encima de once duros. Sólo que el Gato, llegado del corral por la jáquima y la albarda de la mula, al oírlos, les surtió generosamente de sus fondos:

-Quiten p'allá, hombre, ahora molestase en andal diendo y gorviendo. ¿Cuánto cualiscual quieren ostés?

Había ido al cajón del mostrador, había tirado de cartera, y abierta, llena de billetes, la ofrecía.

-¡Mil pesetas, vengan, vaya! -dijo Saturnino.

-Mil pe... ¡no, quinientas, concho!... -se redujo Marzo por su parte, un poco chafado del desenfado de rico que Cruz se permitía; pero, prudente..., prudente, al recordar que ya de partidas diversas debíale al Gato tres o cuatro mil.

-Don Mariano, que no se quee osté corto por reparos...

-No, no, gracias, Ramas...; me bastan las quinientas.

Pusiéronse a contar, esparcidos los billetes sobre el vino y la pringue de la mesa. Eran de a veinticinco y de cincuenta pesetas. Al Gato, poco ducho, le ayudaba Saturnino, que equivocábase también en cuanto pasaban de ciento, por culpa de la borrachera... Ciento diez, ciento sesenta... y cincuenta... ciento... ¿qué?... No menos borracho Marzo, si bien más dueño de sí mismo, les acorrió..., resultando que no había en la cartera más que tres mil doscientos reales... ¡Bueno, qué concho!...tanto menos perderían... A partir, y pata: mil seiscientos reales cada uno, y el Gato claro es que no necesitaba un céntimo yendo con los dos.

-Hombre, Ramas, la verdad esque sin recibo...

-Don Mariano..., ¡que m'ofende!

-Eres un hombre, Gato.

-¡Como si quié osté disponé de toa mi casa y mi presona!

Un efusivo apretón de manos, en que juntáronse las seis manos de los tres -tirando, por cierto, la jarra, que se deramó en el pantalón de Saturnino-, reselló este pacto de cordialidades entrañables confirmado tantas veces.

Ya se iba con el albardón el Gato, cuando sonaron cascos de caballerías en las piedras de la puerta.

-¡Melchor!

-¡Melchor! ¡Me caso en diez, ni que s'hubiá topao los jacos en la esquina!

Caso de admiración, a la verdad, de haberse confirmado. Sólo que no era Melchor el que entraba, teniendo en la mano los ramales de las bestias. Era... Roque, el padre de la Fornarina, de la famosísima Isabel.

-A la paz de Dios, señores. Hola, don Mariano... Hola, don...

Se interrumpió. Se le comprendió la sorpresa y el disgusto al reconocer al Gato. Viendo una taberna con luz había entrado sin saber a dónde entraba.

-Hola, tío Ramas -prosiguió, dominando sus recuerdos-. ¡Perdón, si es qu'importuno! Venía, había salío de casa olvidándome los chisques de encender, y por no golver p'atrás, y al ver abierto aquí, pos me dije que me dije: quizás que vendan cerillas. ¿Las vende osté, tío Ramas, por una casual?

-Como venderlas no las vendo, Roque, hombre; pero para ti siempre tengo una caja y lo que quieras. ¡Toma allá!

Soltando el albardón, brindábale su caja. Para acercarse, Roque soltó el cabestro de las mulas. No quería la caja entera. No le quería, Ramas, el dinero. La hubo de guardar, agradecido, y además probó del vino que le alargó Marzo en un vaso.

-Gracias, don Mariano. A su salú.

-Gracias, Roque. ¿Vas al campo?

-No, señor; voy a Trujillo.

-¿A la feria?... También nosotros, mira. Si te aguardas, no tardarán los caballos.

No seducía a Roque la compañía del tío Ramas.

-Gracias, don Mariano; tengo prisa. Al ser de día quisiá encontrarme en el rodeo. He tardao en salí de casa, ayudando a la hija y a la Cruz en la tahona, y llevo a vender un mulo que no es mu voluntario. Quéense ostés con Dios y con salú, y muchas gracias.

-Bueno, Roque, anda con Dios. Hasta luego, que no tardaremos en cogerte en el camino.

-Sí, los caballos marchan más.

Partió. Volvieron a sonar los cascos de sus mulas calle abajo.

Marzo y Saturnino bebían calladamente. Sin decírselo, a ambos les había quedado igual la evocación de aquella hermosa y siempre deseada Fornarina. Se la figuraban en la boca del horno, todavía, arrebatada por el calor, arremangados los brazos, según habíanla visto mil veces con el cesto de pan a la cabeza.... o acostándose, dando al aire sus íntimos tesoros de belleza en la soledad de aquella ermita abandonada. La excitación de lujuria que producíales la perspectiva de las ignotas niñas cordobesas en Trujillo, polarizábaseles hacia la estúpida criatura incomparable que, despreciando sus floreos y sus sortijas, les había causado tantas ansias.

Saturnino, singularmente, camaleón de todas las lascivias, ya lívido, o mejor dicho, verde en su lividez de negro, y con los párpados azules, había dejado en el borde de la mesa un cigarro que preparaba para encenderlo en la colilla de otro; y mirando a Marzo dábale vueltas a una idea en el alcohólico vaivén de su cerebro. Babeábade la boca. Los ojos le oscilaban. Los dedos trémulos tiraban, como para arrancárselos, de los míseros pelos del bigote.

Al fin la expresó, la idea:

-Oye tú, Mariano...; ¡mira que si nos fuésemos a casa de Isabel!

-¿A dónde?

-A la ermita... a acostarnos los dos con la Isabel.

Su solemnidad invadió repentina al camarada, que acertó a replicar únicamente:

-¡Chacho!

Saturnino acentuó:

-Sí, ¿sabes?... Como tú con la novia aquella del barbero de Toral; como yo con la criada nueva de mi tío, y con la francesa, así que de verdad me llegue la ocasión. Isabel nos chillará, se nos sublevará, lo mismo que las otras; y... se desmayará también... y también al modo que las otras no dirá esta boca es mía... después..., por la cuenta que la traiga.

-¡Chacho! -volvió a exclamar-. Pero..., pero... la cosa estaría en ponérnosla al alcance, y en que la Cruz no... no lo estorbara o lo contase mañana por el pueblo.

Se removió Saturnino, doblado hacia la mesa:

-Mira, a la madre la importará callar tanto como a ella, con vistas al memo de Cidoncha, que habría de rechiflarse. Y por cuanto a que quiera o no, si no quiere, que será lo natural, se la coge y se la encierra.

-Bueno, bueno, Saturnino; hasta ahí, conforme, desde luego. Sino que... ¿y para llegar allí?, ¿y para entrar? ¿Cómo? ¿Por dónde?

-Por la puerta. Se llama. O se la tumba. No haya miedo de que, por mucho que alboroten, las oigan ni las puedan socorrer en mitad de un descampado. Tú y yo llevamos a su cama a la Isabel; el Gato se queda con la Cruz, consolándola también, si le parece; y tú primero, o yo primero, como gustes, pasamos al cuarto con la nena.... a menos que de tonta y rebelde que se ponga tengamos que entrar los dos a sujetarla.

Hubo un silencio.

-Hombre, Saturnino..., la empresa no es tan fácil... y expuesta, además, al escándalo, sin que nada consigamos... Porque, claro, si ellas se asustan y se dejan hacer al fin, más o menos desmayadas, por esa cuenta que las traiga y que tú dices, callarán mañana como muertas; pero, ¿y si no?... Acuérdate de lo ariscas que estuvieron con mi tío Pedro, con ofertas de dehesas y de todo, y a pesar del riesgo de presidio para Roque... ¡No, no; tratándose de ésas, Saturnino, la empresa no es tan fácil!

-¿Que no?... Pues haces lo que gustes. De mí sé decirte que voy ahora mismo a la ermita con el Gato... Espéranos aquí. Cuestión de media hora...

Otro silencio. Marzo se pasaba la mano por los ojos, y la frente. Al cabo resolvió:

-Vamos los tres. No quiero que pienses que me echo nunca atrás. Pero, oye. Nada de derribar puertas ni tumulto al exterior. Con un poco de habilidad de nuestra parte, nos abrirán. Puesto que a Roque se le han olvidado los chisques, y aun podemos fingir que se le ha olvidado asimismo, supongamos, una manta..., debemos ir, llamar, decir cualquiera que es un vecino de este barrio a quien Roque ha visto preparándose también para la feria y que de parte de Roque vamos por la manta y por los chisques.

Una viva llama fulguró en la faz de Saturnino.

-¡Eso, concho! -profirió, descargando en la mesa un puñetazo, que tiró dos vasos y la jarra.

Al ruido de lo roto, o porque ya hubiese acabado el arreglo de su mula, vino el Gato del corral. Hiciéronle sentarse y le enteraron del proyecto. Hacia la mitad, Saturnino tuvo que interrumpirse para vomitar a un lado media azumbre de bebida...; reclamó entonces aguardiente, que ocupaba menos hueco; y entre babas y palabras y el cigarro y la copa por los labios, terminó la información.

El Gato, encantado. Él acostaríase, por lo pronto, con la Cruz, fresca todavía..., y después veríase si le dejaban algo del dulce fino de la chica los golosos... Furtivo cazador, a quien presentábasele un ojeo digno de sus mañas, supo rematar el plan en los perfiles. Pedirían los chisques, y no manta, sino sogas de maneo; llevarían un farolillo para hacerlas creer que el sereno de este barrio acompañaba al mandadero, y los dos, don Saturnino y don Mariano, cambiarían los sombreros por gorras...

¡Aire! Ya de pie, proveyéronse de gorras viejas, de garrotes, del farol... y salieron, dejando la puerta encajada. En cuanto a Melchor, cuando viese que no estaban y suponiendo que hubiesen ido al casino a comprar jamón o latas de sardinas, esperaría con los caballos...

Iban, iban..., avanzaban por las sombras. Desde las doce apagábase en La Joya el alumbrado. Trazaban eses. Saturnino, más torpe, tropezó y cayo..., salvando, sobre todo, la botella de aguardiente que cogió para el camino.

Bebieron en la calleja de San Blas, al término del pueblo.

Cerca de la cruz volvieron a beber.

Y Marzo Y Saturnino discutían, con las grandes generosidades del cazalla:

-Primero, tú.

-No, hombre, tú.

-Que no, que tú, Mariano.

-No, tú, hombre, Saturnino. Después de todo, no nos hagamos la ilusión de no ir a encontrarla estrenada por Cidoncha.

-Bueno, pues tú, por eso mismo. ¡Qué más da!

-Bueno, yo, pues que te empenas.

A cambio de la galantería, Marzo le dejó primero la botella en otra ronda. Era que aguardaban. La carretera no estaba tan sola como hubieran de creer.

Gentes de las aldeas iban a Trujillo, y cien metros atrás les cruzó una caravana y ahora se acercaban dos con dos borricos.

Habíanse habituado al resplandor de las estrellas. Negros siluetábanse los tejados y ramajes de la ermita contra el cielo. Un silencio, una diáfana y augusta serenidad de maravilla. Lejos, ladraban los perros, cantaban las ranas.

-¡Arza! -dijo el ejecutivo Saturnino, en cuanto los feriantes se perdieron.

A paso de lobo, en fila, llegaron a la tapia. El primero, Saturnino. Al ir a llamar, se contuvo.

-Yo -quiso antes puntualizar en la distribución de los papeles- seré el vecino del encargo; diré que soy Pablo, el herrador de la calle Mira el Río; tú, Ramas, el sereno... ¡enciende ese farol!...; y tú te escondes hasta que abran.

Tenía un aldabón, la cancela de madera. Al tender hacia él el brazo, todavía contuvo Mariano a Saturnino:

-Mira, no. No hay que llamar aquí. Debe llamarse dentro. Cuando abran y comprendan el engaño no es lo mismo que formen la c hillería en el jardín o ya trincadas en la casa. La tapia la saltamos.

Feliz idea del hombre de las ideas felices y suaves. Aprobada incontinente, el Gato aplazó el encendimiento del farol. Efectivamente, aparte de que el encerrarlas a empellones complicase no poco la tarea, sus gritos al aire libre pudieran ser oídos por cualquiera otro que pasase por la Cruz.

Lo malo estaba en la altura de las tapias. Cerca de tres metros, en el frente. Sin embargo, revisaron los costados, la trasera, sepultados en la fronda de carrizos del arroyo, y no tardaron en hallar el tronco seco de un arbusto como estribo. Silbó el Gato, que hubo de encontrarlo; acudieron los dispersos, y el inseguro Saturnino, resbalándose esta vez, fue a parar al agua de bruces. Le ayudaron a salir. Se había puesto de alpechín hecho una lástima. Además, sangrábale una ceja..., y con el tafetán del otro día, que aún cruzábale la frente, ofrecía su faz macabro aspecto. Desdeñoso de contenerse siquiera el hilo de la sangre, se limitó a darse con la manga un refilón, y dispúsose a subir.

-¡Arza! ¡Qué limpiarse ni músicas ahora!

Encaramado con auxilio de los otros, les goteó la sangre y el cieno desde lo alto de la tapia. Le imitaron Mariano y Ramas, y uno tras otro, del otro lado, arrojáronse a la ventana en las tinieblas, fueron cayendo en el cenagal de un estercolero, que les llenó de basura las manos y los pies.

-¡Contra!

Más escrupuloso que Saturnino, Marzo les siguió en el rodeo de la ermita, tratando de asearse la peste de las manos con un papel sacado del bolsillo, y después con el pañuelo..., que tuvo que tirar de guarro que lo puso. No contento, vio el estanque de los renacuajos, ya en la parte de la fachada delantera, y se acercó a lavarse...

-¡Vamos, tú! -le preguntó apremiante Saturnino.

Se les reunió. Se habían metido en la especie de cubierto atrio que daba acceso a la ermita, lleno alrededor de las paredes de aperos de labor, y en cuyo fondo hallábase la puerta. El Gato encendía el farol. Saturnino, cruzadas las solapas de la americana, a fin de disimular el cuello y la corbata, descargó con el viejo llamador de hierro algunos golpes, que resonaron por el silencio de la noche secamente.

No respondían.

-Güerva a llamal.

Sonaron más largos, más fuertes, los golpes.

Persistía dentro el silencio. Marzo supuso que desde que Roque se marchó, su hija y su mujer habrían tenido tiempo de acostarse y de dormirse.

-Güerva otra vez

Obediente al Gato, repiqueteó el sobrino del conde, sin cansarse.

-¡Chist! ¡Calla! -contuviéronle- ¡Que vienen!

Momentos de ansiedad:«¡Quién! ¡Quién!», decía una voz en lo profundo. El éxito dependía ahora de la serenidad que desplegasen.

-¡Quién quién! -repetía más próxima la voz.

-Gente de paz, señá. Cruz. Soy un sereno. Haga osté el favó de abrí, que venimos a un encargo de tío Roque.

-¿De quién?

-De su marío.

-¿Pues qué le pasa a mi marido?

-Na, no le pasa na ; no salame, señá Cruz que no es na. Es que se iba pa la feria y se encontró a Pablillo el herraor, que viene aquí conmigo, y que tamién pa dirse a la feria estaba preparando la burra a la puerta de su casa; entonces s'acordó qu'había orvidao los chisques y unas sogas de manco, y afué y le encargó que tuviá l'amabeliá de venir a recogelas y a llevalas pa tenelas en Trujillo.

Bien relatado el discurso, Marzo felicitó al cómico con unos metidillos al costado. Sobrevino un silencio, que aunque breve parecía la eternidad, y el Gato lo abrevió:

-¿No m'a oído usté, señá Cruz?

-Sí, sí que le he oído. Pero... ¿quién dice usted que viene con usted?

-Pablo, Pablillo el herraor.

-No le conozco.

Era el momento, y a otro metido de Marzo intervino Saturnino:

-Pablo el herrador, sí, señá Cruz; el de la calle Mira al Río, enfrente del estanco.

-¿Y por qué están ustedes ahí dentro? ¿Cómo han abierto la cancela?

Apuro. Unas mímicas de Marzo, rapidísimas, innecesarias al fin, porque lo mismo al Gato se le había ocurrido la respuesta:

-Estaba abierta, señá Cruz; se comprende que ostedes o tío Roque la quearon cerrá en farso.

Esta vez, y más lejos, tras la recia puerta de clavos, cuyo llavero se alumbró súbitamente, se oyó el murmullo del cambio de impresiones que la madre estaría cruzando con la hija. El listo Mariano miró por aquel agujero luminoso, y en seguida les transmitió a los otros la alegría de su visión con sendos manotazos hacia atrás, La Cruz habíase acercado al fondo del pasillo para encender un reverbero; e Isabel, que despertada y en la cama habría estado escuchando, entreasomábase a la puerta de su cuarto para hablarla. Las dos estaban en camisa. Se quitó, al advertir que Isabel desaparecía y que la Cruz retornaba hacia la puerta.

-¡Esperen! -oyeron en seguida.

Iría a vestirse.

El lance marchaba bien: frotábanse las manos.

-¡En camisa! ¡En camisa! -instruía Marzo a los colegas-. ¡Ella está en la alcoba de la izquierda del pasillo!

Y Saturnino, de nuevo limpiándose la sangre de la frente, y limpiándose el sucio barro de las manos en el sucio pantalón, renegábase el fin de aquella primacía que le había otorgado a Marzo neciamente. Uno, dos minutos. Y surgió de pronto un contratiempo, una sorpresa. Fuera, a un lado y tras de ellos, cuando la incauta madre era esperada por delante escucharon su voz después de un breve ruido de cerrojo y de otra puerta que se abría:

-¡Oigan! ¡Hagan el favor!

Era una ventana. Cruz iría a entregarles el dichoso encargo por los hierros de una reja.

Asomóse el Gato, bien tapado con la gorra y la bufanda, y el farol en la punta del garrote. Marzo tuvo que empujar al torpe Saturnino. El miedo a ser reconocidos les hizo no acercarse ni despegarse del muro. Sin embargo, se mostraban lo bastante para que la madre de Isabel los divisase, avanzando la cabeza entre las flores de la reja salediza.

-¿Qué es lo que han dicho que quieren?

-Los chisques... la bolsa de los chisques

-Sí, los chisque ¿ya los tengo... ¿Qué más... de unas sogas, para qué?

-Las sogas pa maneos..., por si tié que quear a prao las mulas.

-Bien. Aguarden.

Cerrada la ventana, corrido el cerrojo nuevamente.

Fue una consternación, en medio de lo bien que se había tragado el anzuelo el ama de la ermita con aquello de los chisques. En efecto, encontrados donde fuese, no podía dudar que vinieran de parte del marido. Fue una consternación... y una torpeza. Marzo, que era el que, siempre contenido en el atrio, lo pensaba así, reconocía que no pudo ser más estúpido el acuerdo de venir por unos trastos que podían serles entregados sin necesidad de abrir la puerta... ¡Todo al diablo, pues! Como unos insignes tontos, volveríais a la taberna con unos chisques y unas sogas por trofeo... Sin embargo, sin embargo..., hombre de recursos, ya estaba imaginando otro aditamento salvador. Allí había albardas, junto a él...; si Pablillo el herrador pidiese una, diciendo que también, para su burra, se la había prestado Roque...

Salió, se medio asomó a tiempo que chirriaban otra vez el cerrojo y la ventana. Urgía prevenir a Saturnino... Sólo que, repentinamente, se quedó paralizado: acababa de ocurrir algo inesperado, inexplicable...; un grito, un farol que rodaba por la hierba, y alguien que con la ligereza de un tigre y la violencia de una catapulta se había arrojado al interior, rompiendo como con el cuerpo los hierros de la reja. Esto lo había visto Marzo clarísimo e instantáneo en el cuadro de luz que ahora cortaba las tinieblas...., como vio a continuación la nueva chinesca sombra de Saturnino saltando adentro igual que un gato... ¡Ah, no había instante que perder!; fue también...; la reja no era reja, los hierros no eran hierros, sino cañas y ramaje de macetas de geranios...; brincó, arrastrando con él y rompiendo la última maceta en el suelo de la estancia..., y emocionadísimo en verdad ante aquella Cruz, que, creyéndoles ladrones, y mal cubierta en un mantón, encogíase junto a la cama, muda de terror y de sorpresa, y ante aquella especie de faro de crimen y de escándalo que la luz proyectaba hacia el jardín, se volvió y cerró a toda prisa la ventana, con cerrojo.

Durante algunos segundos, al fulgor de lla bujía situada en una silla, permanecieron rígidamente inmóviles las figuras de la escena: el Gato, al centro, abiertas las piernas en compás, pronto a cualquiera nueva intervención y a la espera de órdenes, mirando a los otros con ferocidad tranquila, subrayada por el dolor de un dedo que se empuñaba y que acababa de torcerse en aquel salto de su escuela del presidio; Saturnino, recogido en sí propio como un bicho negro de letrina, siniestro y repugnante con el tafetán y la herida de las sienes, con los chorreones de sangre y barro que cruzábanle la cara, verde de embriaguez y de lujuria; Marzo, de espaldas, pegado a la ventana, jadeando la lívida ansiedad de un gesto fluctuante entre lo afable y lo espantoso..., y Cruz, la pobre mujer, medio desnuda e indefensa, allá, delante de ellos, lo más lejos que pudo el horror lanzarla, acurrucada al pie del lecho, erizados los cabellos, la boca muy abierta, los ojos fuera de las órbitas, y la garganta sin voz y la vida toda ahogándosele en la pálida congoja de su corazón paralizado.

El silencio lo turbaban solamente, como para marcar mejor su intensidad de maldición, las secas respiraciones de Marzo y Saturnino...; pero de pronto lo rasgó desde fuera un agudísimo clamor, que se acercaba llegando hasta los cielos:

-¡¡Madre!! ¡¡Madre!!

Isabel. También paralizada en la cama por el sordo tumulto de los que asaltaron la ventana, del rodar de las macetas y del trágico grito de su madre, en su misma nieve de pavor, había surgido al fin el ímpetu de venir a socorrerla...; pero su voz, sus pasos, el rumor blando de su carne y su camisa, antes que ella pudiese aparecer, lanzaron a Saturnino por la puerta..., y detrás a Marzo. Entonces quiso Cruz, a su vez, encontrar otro impulso de socorro en su vida aniquilada, otro grito en su garganta enmudecida...; se irguió, cayó...; logró volver a levantarse con las manos...; fue cortada al paso por el Gato, en otro salto de pantera..., y su garganta no pudo gemir más que un largo y lúgubre estertor, y perdieron la luz sus ojos, la fuerza de aquel último esfuerzo sus piernas y sus brazos, la conciencia su conciencia, y desplomóse a tierra pesadamente, como muerta, accidentada... El Gato se acercó despacio a la que ya ni con sus gestos de terror pudiera protestarle...

Mientras, Isabel, con el nuevo espanto de haber reconocido a los que salieron a su encuentro, había escapado atrás, habíase refugiado en la alcoba, cerrando tras de sí, y sin tiempo para echarle a las débiles hojas de la puerta la falleba, trató inútilmente de oponerse al empuje de los dos con el peso de su cuerpo, de sus iras... Cedió, todo tuvo que ceder, y en confuso montón rodó por la estera con los borrachos y una de las puertas hecha astillas... De una sacudida vigorosa consiguió la brava librarse de las garras que la asían...; se levantó...; levantáronse los otros...; corrió ella, acorralada entre los muebles.... esperando a veces a los torpes miserables, con las uñas prontas a arañar y los dientes prontos a morder...; trocados al fin en furiosa indignación y en asco sus terrores, y como otras veces, aunque en ésta más difícil, y ambos juntos, Marzo y Saturnino, empezaron la caza de la hembra...

Se les escapaba, rugiéndoles injurias y echándoles a la cara escupitajos... En torno de una mesa o de una silla, a un costado de la cama de hierro, que danzó de la pared, uno iba por un lado, otro por otro, y ella, con llamas en los ojos y un «¡Cochinos! ¡Granujas!» siempre entre los labios, acababa por romper, igual que una leona, hacia el endeble Saturnino, incapaz de sujetarla... Desde un rincón les tiró un florero, que les rozó zumbando la cabeza... Desde otro, un espejo de peinarse, que se le estrelló a Mariano en la espalda...; y a veces, temerosos, fatigados ellos, se paraban.... mesa o cama al medio con la terca...

-Mira, mujer, Isabel, ¡no seas tonta!... No hemos de decirle a nadie una palabra.

-¡Uaah! ¡Indecentes!

-Anda, mujer. Si es que te damos reparo los dos, éste se queda primero.

-¡Cochinos! ¡Canallas!

-¿No? ¡Pues a la fuerza!

Y como a otra arrancada le dio un formidable codazo en el pecho, Saturnino, medio derribado, sin poder un momento respirar, sacó el puñal y fue a arrojarse a ella... Su traza no era ya de lujurioso; era de asesino...; pero evitó la acción Mariano:

-¡No, bárbaro, eso no!

Arrebatándole de un tirón el puñal, se lo guardó.

Isabel se quedó amedrentada en un rincón, con una barrera de la mesa y las sillas, caídas por delante. Pero acercábanse los dos, calculando cómo mejor acometerla; buscaba ella con los ojos la salida, y tornaban a indignarla.

-¡Madre! ¡Madre! -lanzó, en una suprema angustia de temblores de la boca.

-¡Bah, déjate también hacer! -quiso Marzo persuadirla-, ¡Tu madre estará tan a gusto con el Gato! No hubo tiempo de que fuese comprendida la ironía. Un salto. Otra escapada de la muy bella, que estaba casi horrenda de furor...; una presa o un desgarrón más en la camisa, de la que ya no se cuidaba, y por encima de la cual botábanla los pechos..., y un mordisco o una tarascada de arañazo que hacía soltar más que de prisa a Saturnino...

Su afán era ganar la puerta o el nicho de la pared donde lucía la capuchina, al objeto de apagarla; pero: vista la intención, ambas cosas defendíalas Marzo atentamente, y ella le temía.

-¡¡Madre!! ¡¡Madre!! ¡¡Madre mía!! -clamó otra vez que Marzo la atrapó, antes que el sobrino del conde la soltara.

Sino que a tirones y codazos libró primero un brazo, -libró en seguida la camisa, a costa de dejarle al bestia un largo jirón en las manos, y, reintegrada a la defensa de sí propia, volvió a perder hasta la noción de la ausencia de su madre, para rugir con asco y cólera crecientes:

-¡¡Canallas!! ¡¡Cobardes!!... ¡¡Canallas!! ¡¡Canallas!!

No podía durar, no podía durar esto mucho; y así fue. En un descuido, por atender a Marzo, un salto felino del otro la agarró por detrás, por la cintura; sangróla un pie, hondamente clavado un vidrio del espejo, y Marzo aprovechó la vacilación de aquel dolor para arrojarse y afirmarla por el cuello, por los brazos... Entre los dos arrastráronla a la cama, la tendieron...; acabaron de desgarrarla hasta el talle la camisa, ya que no les era fácil arrollársela..., y empezaban al fin a profanar con brutos tactos la pureza de su vientre y de sus senos...

-¡¡Madreee!! ¡¡Madreee!! -volvía la semivencida desgarradamente a proferir.

Despedíalos a patadas. La cama ambulaba a empellones por el cuarto, con los tres. Mas no conseguía la ultrajada desprenderse, bien sujeta por Marzo de los hombros y herida por las uñas del otro en los muslos y el regazo, y apenas si lograba mantener apretadas las rodillas.

-¡¡Madree!! ¡¡Madreee!!

-¡Calla, bruta!

Separándola los pies, Saturnino, poco a poco, situábase entre ellos... La inminencia de derrota, la vergüenza, de indecencia, dábale ahora a la infeliz la sensación del abandono de aquella madre suya que no venía en su auxilio, que no gritaba siquiera porque hubiésenla matado.

-¡Madre! ¡Madre mía del alma! ¡Madreee! ¡Madreee! -clamaba, con un terror más de alma asesinada, sobre aquel otro terror de los pudores que iban a robarle.

Y como de pronto sintió que se agotaba, que se tendían encima de la desnudez otras desnudeces esqueléticas de un cuerpo duro y frío, recogida en las últimas invencibles rabias del asco y del rechazo, retorcióse toda y extendió a la vez las piernas, en un enérgico impulso de ballesta, que hizo ir al desmedrado Saturnino rodando fuera de la cama.

Justamente fue a parar a los pies del Gato, que en tal instante llegaba, sonriente de victoria y con la curiosidad vivísima de lo que aquí fuese a encontrar. Apreció la situación, pasmado ante aquella blanca y cruda ostentación de la rebelde.

-¡Contra! ¿Entavía asín?... ¡Yo ya he despachao!

Mariano reclamó:

-¡Gato! ¡Aquí!... ¡Ése no sirve para nadal ¡Agárrame tú bien a esta borrica!

Comprendido.

-¡Hala, don Mariano!

Fue, y sentándose en un tendido brazo de Isabel, con llaves de presidio y con sus fuerzas de bestia, la afianzó el otro hombro con un codo, y con las dos manos la garganta. Acudió asimismo el rabioso Saturnino, y la tapó la boca, tirándola con la mano izquierda de la deshecha cabellera, que con la cabeza colgaba del lecho, para evitarse los mordiscos. La ahogaban. La sofocaban. Mariano, desabrochándose de paso, pudo darle la vuelta a la cama y caer entre los muslos de la así por otra angustia de asfixia desprevenida momentáneamente en sus pudores.

Tarde..., ¡oh, tarde, s!, cuando ya procuró la inmovilizada desdichada arrojarse de encima al miserable. Se retorcía, se debatía, pidiéndole en gemidos cavernosos aire a aquellas manos de impiedad, y gracias que lograba al menos estorbar que la realidad de aquella violación se consumase... La mataban, la iban ahogando y estrangulando sus verdugos, corríala la sangre de los dientes, del cuello, de los ojos...; partíanla el brazo en que pesábala uno de ellos contra un acerado fleje de la cama, y asistía ella propia a su trágica agonía oyéndoles gritar:

-¡Ahora! ¡Ahora!

-¡Quítala ese pie!

-¡Cógela de ahí!

-¡Anda, anda.... que ya va desmayándose!

Marzo, tendido ahora también, para colmo de todos los abrumos, sobre la cabeza, que los otros dos de tal manera agarrotaban, iba perfectamente advirtiendo cómo la tenaz se le rendía..., cómo cedía en la ficción, al fin, de aquel desmayo a que todas vinieran a parar en cuanto su punto y sazón érales llegada... Cedía, sí, cedía...; se le entregaba inerte.... de espaldas, al antojo de él, enteramente inmóvil después de unos últimos estremecimientos leves y de una especie de últimos y más roncos estertores de protesta; había dejado de esquivarse..., y faltábale a él apenas nada más corregirse de torpeza un poco..., un poco... Sólo que, ¡oh!..., besándola, besándola en un pecho.... queriendo después buscarla la boca entre las manos de los otros para acabar de persuadirla de que ella, a la vez, debiera poner de su parte alguna voluntad..., la alzó la cabeza y la vio blancos y extraviados los globos de los ojos, como saltados de las órbitas, amoratados los labios, la lengua fuera y negras, de tan azules, la nariz, la frente y las mejillas... Le dio miedo: si aquello era un desmayo, era horroroso...; de la Isabel, de la bella Fornarina, no quedaba más que una espantosa y repulsiva carátula de infierno, que le miraba con las quietas y eternas fijeza de la muerte... Soltó la cabeza, que cayó abajo, rebotando, entre las manos del Gato, que todavía por el cuello la apretaba; y todavía él, entre los muslos que fueron tanto su codicia, pero en una convulsión, que le alzó el tronco todo lo largo de un brazo, hubo de exclamar:

-¡Muerta!

Su acento asustó a los otros, que soltaron de improviso. Su acento tenía esa profunda persuasión que se bebe en lo evidente.

De un horrorizado salto se arrancó del lecho, repitiendo:

-¡Muerta! ¡Muerta!

Y en tanto que un tardío instinto de respeto hacia la muerte le hacía ordenarse trémulo las ropas, para no profanarla con su indecente desnudez, el Gato, y detrás, recelosamente, Saturnino, se acercaron a mirar si aquel cuerpo tenía vida... El pecho, sin respiración. El corazón y el pulso, sin latido...

-¡Muerta! -repitió, retrocediendo, Saturnino, y presa de un horror que castañeteábanle los dientes. -¡Muerta! ¡Muerta! -dijo el Gato-. ¡Muerta ahogá! ¡L'ahogao usté, don Saturnino!

La inculpación del casi tranquilo y feroz ex presidiario era lo de menos ante la imprevista e impávida verdad de aquella muerta, que azogaba de temblor a dos cobardes...; de aquella heroína de virtud, que yacía ante sus torvos asesinos envuelta en jirones de la camisa y de las sábanas como en rotas banderas gloriosas de combate...

Salieron de la estancia Marzo y Saturnino. Atónitos sin saber qué hacerse, desde la pared frontera del pasillo, adonde acogieron el frío de su pavor, contem un buen trecho las extrañas maniobras que el Gato seguía haciendo en torno de la cama. Habíaseles disipado la embriaguez. El Gato dudaba aún de que no se tratase de un desmayo igual que el de la madre; hacía cosas para cerciorarse enteramente, y ellos, con la tenebrosa emoción del mundo del crimen en que habríanse hundido de improviso, se aferraban todavía a la esperanza de que el Gato confirmáseles la duda. Le miraban. Le veían alzar un brazo, que volvía a caer con pesadez; pellizcar el cuerpo agitar el tronco, lo mismo que se hacía con los ahogados del Guadiana...; le vieron luego encender una cerilla, tomar del suelo un pedazo del espejo, y acercárselo a la boca, buscando huella del aliento... Por último, vino diciendo: «¡Muerta!»Y echó despacio a lo largo del pasillo, hasta el pie del reverbero.

Lentos también, teniendo que apoyarse en las paredes para andar, Juntáronsele los dos. Marzo dijo: -Vámonos.

No se movió el Gato, al pronto, reflexivo.

Mas como después avanzaba hacia la puerta, le siguieron; y Marzo, en una sincera aberración de su piedad, hubo de detenerle, a fin de proponer:

-Debías volver y bajarle un poco a la pobre la camisa.

Se rió, con siniestra risa breve, el Gato:

-No; lo qu'hay qu'hacel es quitar d'enmedio a la otra cuanto ante.

Había sacado y llevaba abierta en la mano la navaja. El brillo de la hoja, más que las palabras mismas, hizo que los otros le entendieran el designio...; y los volvió a lanzar a la pared, desfacellidos, un frío de agujas de hielo por la sangre.

-¿¡Matarla!?... ¿¡Vas a matar a la Cruz!?..

-Hay que matala, don Mariano; tenemos que cortala el gañote, sin remedio, pa que no puá cantá quién ha matao a la chica, y antes d'un mes nus lo corten a nosotro...

La razón era tremenda. Sin embargo, Marzo suplicó: -¡No! ¡No!..., Por Dios, Gato!

-¿Que no?... ¡Pos güeno, don Mariano, osté dirá!...; nos najamos, y pas christi...; d'aquí a menos de dos horas, en la cárcel. Lo siento por ostés.... y tamién, vaya, sus miajas, porque los hombres, metíos en un negocio, han de sel hombres hasta er fin. De mo y manera que... ¿qu'hacemos, don Mariano, y osté tamíén, don Saturnino.... ¿Ar pueblo.... o ar presillo y ar mataero ahora pa nosotros... como chivos atontaos?

-Hay que matarla -sopló con voz sombría de espectro el sobrino del conde de la Cruz.

Y puesto que no había tampoco que perder el tiempo, si no querían que volviese en sí la madre desmayada, para tener que asesinarla entre nuevos gritos y carreras, y trastazos, el Gato, que ya se hallaba a un metro de aquel dormitorio donde poco antes satisfizo en una inerme su lujuria..., entró, se deslizó...

Una descarga eléctrica lanzó a Mariano Marzo en igual sentido, pero a la puerta de la calle...; abrió, salió..., y bajo la más densa sombra de un árbol, las manos en el pecho, los ojos en lo alto, se quedó esperando con angustia. Instantes como siglos, para saltarle el corazón. Esperaba, esperaba gritos, en vano...; esperaba siquiera el alarido del instante en que una vida se arrancase de la vida..., y en la tensión de su atención sólo pudo percibir rumores blandos, sordos, golpes breves..., algo así, también, como el ronquido de uno que es movido cuando duerme...

Y el Gato, con la navaja sangrienta en la mano, y Saturnino detrás, aparecieron.

Y dijo el Gato:

-Cinco gorpes, por si acaso. A esta probe sí que la he dejao tapá con la camisa hasta los pies.

En la hierba limpiaba la navaja.

Nada después.

Tiraron de la puerta un poco; abrieron, cautos, el cerojo de la otra y dispersáronse como fantasmas negros por la sombra de la noche.

-¡A mi casa! ¡Ca uno por un lao! -había dado el Gato por consigna.


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