Jarrapellejos: 17

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo XVII
Pág. 17 de 18
Jarrapellejos Felipe Trigo


La Joya acogió con alborozo la mejoría en el trato de Cidoncha, si bien lo del levantamiento de la incomunicación, dispuesto pocos días después de la promesa de don Pedro, no resultaba verdad completamente. Recluido Lanzagorta en la pasiva satisfacción del triunfo, y ausentes Gil Antón y Octavio (únicos con interés y autoridad para llegar al preso), aquél, por haber tenido que incorporarse en la Remonta de Jerez a su destino, y el elegante diputado, por tener que recibir en Madrid inspiraciones de la Junta central de las fiestas constantinianas, que iban a comenzar en toda España con gran pompa, no se permitía a nadie ver al profesor; y menos a los amigotes del Liceo; y menos aún a Gómez, temiendo a la interviú, en su periódico. Haberle dejado celebrar una sola y sentidísima entrevista con Roque y los suegros de Roque y cruzar con Antón dos cartas, de inmensa gratitud del corazón las suyas, de oferta de no desampararle hasta obtener su libertad, las del teniente; consentirle la correspondencia otra vez con la familia y leer a diario El Imparcial. A esto reducíase todo.

Sin embargo, bueno era haber iniciado el paso atrás, hacia la vida, hacia la restitución de dignidades, en el feroz camino de crueldad inaudita que se quiso llevar con tanta rapidez hacia adelante..., hacia el escarnio, hacia el patíbulo.

Y otra de las inmediatas consecuencias del artículo famoso, contra el cual trinaba Gómez, porque había logrado un éxito que él no pudo conseguir con ciento en su bonito quincenario, fue la prisión de Melchor, como encubridor o cómplice, seguro. Negaba, igual que el Gato; negaba que él hubiese visto ropas con sangre ni hubiese ayudado a nadie a lavarse ni a ocultarlas; negaba que el Gato hubiérase movido de la taberna aquella noche; negaba la nueva perspicaz suposición del juez referente a que don Saturnino y don Mariano hubiesen estado tan borrachos que hubiéranse dormido un par de horas sin noción del tiempo ni de lo que les pasara alrededor..., y, naturalmente, tras varios de estos inútiles interrogatorios, el juez mandó que le zurrasen...

Iba a recibir hoy la segunda paliza. A presencia de un alguacil, el enterrador y carcelero Tinoco le había amarrado de bruces a un tablón, le había puesto, como novedad, un torniquete en un tobillo, y requería el vergajo, arremangándose hasta el codo.

Melchor le observaba con espanto, y sentía el aviso de dolor del torniquete. En la urgencia de evitarse la tortura del hierro aquel que le iría a partir los huesos meditaba. No tenía por qué callar. Hubiera de resultar más que estúpido sufriendo por el Gato, cuando justamente estaba deseando que le ahorcasen. Cantar, pues, decirlo todo, y que a él inmediatamente le soltasen para tomar el tren mañana mismo e irse a vivir con la Petrilla como un duque. ¿A qué, si no, escribió el anónimo?... Y puesto que ya el apaleador se escupía las manos, exclamó:

-¡Eh! ¡Arto, tío Tinoco! ¡No me pegue!... ¡Voy a hablá! ¡Ahora mesmo les quió contal a ostés lo sucedío..., y er que l'haiga hecho que la pague! ¡Er Gato er mataó, y don Mariano Marzo y er señorito Saturnino!

Quedó el vergajo por el aire. No muy sorprendido el alguacil al nombre del señorito Saturnino, mas sí de oír mezclar el de don Mariano Marzo directamente en el crimen, se acercó y escuchó el segurísimo relato que le hizo el maniatado.

-Bueno..., y todo eso, ¿se lo repetirías lo mismo al señor juez?

-¡Y a la Custodia!

-Perfectamente.

Le aflojó las ligaduras; dejó a Tinoco en vigilancia, vergajo en mano, por si acaso; partió..., y a los veinte minutos llegó el juez al calabozo. El alguacil, esta vez, actuaba de escribiente.

-Pos sí señó, señó jué, verá usía lo que pasó. Unas cosa las vide yo mesmo, por mis ojo; algotras de endenantes, y de las que hición los tres en la ermita con aquellas probe infelice, se las he dio oyendo recordal al Gato y al señorito Saturnino mientras se jateaban de aguardiente creyéndome dormío. Dormío aquella noche, me despertó er Gato a cosa la una y cuarto y me mandó di por los caballos de don Mariano y del señorito Cruz. Fui. Cuando gorví, en custión de media hora, n'había naide en la taberna. Paice sé que tío Roque había cruzao con sus mula pa Trujillo, qu'había entrao por misto viendo lu, por haberse orvidao l'hombre los chisque, y qu'esto les dio a los señorito la mardecía tentación de acostase con su hija que esté en gloria. Güeno, pos yo, seno jué, qu'había atao las bestias a la puerta, y que sentao drento a esperal m'había güerto a dormí, sentí de pronto qu'e1 Gato, lleno to e sangre, me daba una patá y que me decía: «¡Ven ascape! ¡Si n'haces to lo que te mande sin chistá, te rebano a ti también el tragaero! ¡Aire pal corral!...» Deseguía llegó er señorito Mariano; ar poco er señorito Saturnino, con sangre en los puños y en la cara, y en er cuello e la camisa, más blancos los dos que una paré. Iba amaneciendo. Yo estaba espantao, y ya osté ve, señó jué, que no tuve más remedio que ayudalos. Se lavaron los tres la sangre y el barro, y la navaja en un barreño; se remuó de chambra er Gato, y er señorito Saturnino de camisa, con una mía, pa no mentil, que por cierto no me l'ha degüerto, porque compraría otra fina en Trujillo y no la trujo, y despué de tirá el lío e lo sucio ar pozo, to como azogaos, porque tenían prisa en tomá el tole pa la feria, a fin de podel decí qu'estaban a muchas leguas der pueblo a aquella hora, va er señorito Cruz y me da un billete, ar mismo tiempo que er Gato m'alvertía: «Tú, Melchó, mañana, aluego, cuando sepas lo que tengas que sabel, a callate com'un muerto y a decil, si cualisquiá te lo apregunta, qu'aquí n'ha pasao na..., qu'antes de las dos salimos nosotros pa Trujillo...; y si no, con er cuello que lo pagas, asín te metas bajo tierra más jondo qu'una hormiga...» Ya v'usté usía, señó jué, yo que m'acreí que habrían herío a arguien en quimera, me queé muertito e pena y de doló al sabé al meyodía quiéne jeran las dos probesitas muertas infelice... Interrumpióse el declarante. Había juzgado oportuno subrayar con algunos suspiros y sollozos su ternura, y suspiraba y sollozaba.

-Ahora sólo quió rogale a usía que vea qu'amenazao de muerte como estaba no podía de mó denguno...

Pero el juez, que con una estupefacción de asombro y de mundos que se le viniesen encima había estado escuchándole sin acción ni para guiarle, según su hábito, a preguntas, halló al fin la oportunidad de dirigirle una de importancia:

-Bien. O usted miente ahora, o ha mentido antes. En el sumario, y como principal acusación contra don Juan Cidoncha, consta que usted le vio a las dos de aquella noche. ¿Cuál de las dos declaraciones es verdad?

-Ésta, señó jué, ésta. Yo no conocía siquiá a don Juan Cidoncha. Si dije que le vide fue porque, aluego que le tuvieron aprendío, el Gato fue y m'agarró asín por la chaqueta y me dijo una mañana: «Jala, Merchó, vaite ar Juzgao y adeclara que quiés asín como arrecordá que viste a don Juan aquella noche.» «Pero... ¡señó Ramas! -contesté-, ¿es que va uno a echar a un inocente ar mataero?» «¡Aire! -m'obligó-, si no quiés que... «Y la mejó prueba de no sé aquello, señó jué, más que calunia, y de que yo le tengo ar Gato mieo, qu'es pa tenelo, la verdá, y por eso, cara a cara, no tuve l'aquel de dilatalo, ni lo dilataría de no sabel que cuando a mí me suerten hoy ostés érhabrá de seguí bien trincao..., está en que yo mesmo jui quien lo dilató con cuatro letras sin firmá, antes que naide ni siquiá lo sospechase. Era un dato. El juez buscó entre los legajos el anónimo. Melchor lo reconoció inmediatamente como suyo, y lo comprobó con unas líneas al dictado.

¡Terrible la revelación!

En tanto el alguacil se la hacía firmar al preso en un papel provisional, aterrado el juez, en un rincón, reflexionaba: «¡Terrible, terrible la revelación! ¡Gravísima cualquier medida que él tomase sin previa consulta con don Pedro Luis Jarrapellejos!»

Se imponía verle. Haciendo desatar a Melchor, se fue con la escrita declaración a ver a don Pedro Luis. ¡Pobre don Pedro..., pobre conde de la Cruz, tan dignos, y cada cual la perspectiva de un sobrino carnal ajusticiado!...

Don Pedro acababa de almorzar con su honorabilísima familia. Alarmado por la lividez temblona del juez, y pasados al despacho, él también quedóse lívido al leer el documento. No hablaron palabra. Tragaban saliva ambos. Jarrapellejos, últimamente, se levantó:

-Don Arturo, dé usted las necesarias órdenes para que nadie, absolutamente nadie, pueda volver a hablar con los presos hasta que yo lo diga.

Se despedía, acompañándole a la puerta; y desde la puerta se dirigió a las cuadras y ensilló un caballo por sí mismo.

A la hora y media estaba conferenciando con su sobrino en el cortijo del Pedroso.

-¡¡Mi sobre!! ¡¡Mi pañuelo!! ¡¡Han encontrado mi sobre y mi pañuelo!!- profirió Marzo medio muerto al oírle al tito que el Juzgado le acusaba.

Referíase al pañuelo y al papel en que se hubo de limpiar el barro de las manos, que arrojó tan imprudentemente en el huerto de la ermita, sin pensar que la simple aventura de lujuria fuera ser de asesinatos..., y cuyo recuerdo, desde el día siguiente, habíale constituido la más grande inquietud en la terrible pesadilla. Mil veces había estado para ir a buscarlos y recogerlos por sí mismo antes que los hallasen los guardias, y le faltó el valor para llegar a la ermita a medianoche.

Y, sin embargo, el sobre, cuando menos, no había sido encontrado por el juez. En vano, cuando supo esto por el tito, quiso Marzo reaccionar y negar su participación en el crimen. La revelación estaba hecha...; y don Pedro, que ya venía sospechando más que demás de Saturnino y creyendo en Mariano una simple complicidad de silencio, tuvo que agregarle a su sorpresa el dolor de propio deshonor de la familia. Situación poco propicia a negaciones ni embustes, Mariano confesó..., confesó..., aduciendo, al menos, en defensa propia, con sólo encomendarse a la verdad su inocencia en lo respectivo a las muertes... A Isabel (¡la evocación le espeluznaba!) la mataron entre el Gato y Saturnino, por estrangulación, por sofocación, al sujetarla, sin darse cuenta, borrachos como estaban, y seguramente sin querer...; y luego, a Cruz, el Gato.

-¡¡Oh, Mariano, qué horror!!

-¡Oh, sí, tío, verdad! ¡¡Qué horrible!! ¡Qué horrible!

Lloraba el uno. Miraba el otro como a sus mismos pies la sima de la vergüenza.

Al partir don Pedro, el joven le pidió la salvación, besándole las manos.

-¡Mira, tito Pedro, para darme un tiro, veinte veces he tenido el revólver en la mano! ¡Por ti, por nuestra familia, más que por nada, por la infamia que os arrojo!

-Bien. Déjate de tiros, y no te muevas de aquí.

El camino de retorno lo hacía don Pedro más despacio. Muy grave cualquier resolución. Meditaba..., resurgía ante la adversidad su enérgico dominio, y... en el fondo, por lo que al hecho mismo referíase, empezaba a hallar disculpas de aturdimiento, de juventud, de calaverada, de borrachera..., de la ciega pasión por las mujeres, que no sabemos jamás adónde pueda conducirnos. Por aquella desgraciada y hermosa Isabel se concebía todo..., y él propio estuvo a punto de arruinarlas y de echar a presidio a un infeliz... Ahora sí, por las consecuencias del hecho, del insensato crimen que de tal manera había exaltado la pública opinión por todos estos pueblos..., el problema no podía ser más peliagudo... Conferenciaría con el conde de la Cruz.... paralizaríanlo todo el tiempo indispensable, y ya iríase viendo poco a poco... Lo tremendo de las circunstancias le hacía recapacitar en filósofo también. Sacó un puro. Lo encendió. La digestión se le reanudaba normalmente, hasta permitirle lanzar algún eructo... En clase de educador todopoderoso, pensaba que se iban relajando mucho las costumbres; tiempos atrás eran sólo de la gente humilde los asesinos, las prostitutas..., las mujeres que se daban en recreo a los señores...; ya, no; lo iban siendo hasta los Cruz y los Jarrapellejos..., y lo mismo podían mandarse hoy dos de éstos a la horca que a la prisión, por adúltera, a la mujer del conde..., con Octavio..., según había confirmado él, después de saberlo confidencialmente por Orencia... y según sabíalo ya toda La Joya, menos el pobre marido mentecato, tan contento y orgulloso de saber a Ernesta embarazada y de ir a reforzarse espiritualmente el parentesco de Octavio con un lazo más por el padrinazgo del chiquillo... ¡Sí, sí; había que suprimir alguna escuela, aquella laica especialmente, influenciada aún por el Liceo difunto, y robustecer la religión, aumentando con cuatro o cinco curas más los diecisiete de La Joya! ¡Habría que ir educando algo mejor y reformando las costumbres!... Pero... ¡bruuú! (otro eructo fisiológico). ¡Qué mujer, después de todo...,qué mujeres la Isabel y la condesa!...



Melchor sufrió la decepción de ver que el tiempo transcurría sin que el juez le pusiese en libertad. Y un jueves, tras de haber leído Sidoro en la Academia de poetas los versos tan tierna y eficazmente educadores de Gabriel y Galán, y don Atiliano de la Maza, y Barriga, y Cordón, y don Arturo, y el jorobadito Raimundo, constructor de jaulas de perdiz, sus nuevos madrigales y sonetos, todo con cierta prisa, porque desde principio de la semana estaba saliendo al ponerse el sol, y con lujo nunca visto de arcos e iluminaciones y campanas, la procesión del jubileo, Jarrapellejos retuvo al juez unos momentos, y hubo de ordenarle:

-Suelte usted esta tarde a Cidoncha, anochecido, cuando la gente esté concentrada en la plaza por la fiesta, y pueda salir de la cárcel sin provocar expectaciones.

Transmitida la reservada orden desde el juez al alguacil, y desde el alguacil al alcaide, éste, que era un buen sujeto, quiso notificarle personalmente la grata nueva al profesor. No hacía media hora que le habían entrado El Imparcial y la cesta de la cena. Cidoncha, sentado al pie de una mesita, le escribía a su madre. No esperaba, a la verdad, que él mismo pudiese ir a darla contra el corazón estos abrazos que la estaba consignando en la escrita despedida. El alcaide le entregó los siete duros, tres pesetas y quince céntimos (puntual) hallados en su poder el día que le prendieron, y además, el retrato grande de Isabel. Cidoncha guardó la reliquia recobrada, estrechó la mano del alcaide, y al verse en la plazuela soledosa creyó salir de un sueño. De un sueño horrible, tremendo, en el que habría sido mentira que nadie hubiese matado a su Isabel, que su Isabel y la madre no estuviesen ahora esperándole dichosas en la calma honrada de la ermita, y que él hubiérase pasado sesenta y cinco días en aquella mazmorra de arañas y ratones, acusado de asesino... Débil su cuerpo, débil su razón, iba avanzando incierto y pensando con espanto de alegría si no estuviera loco..., si los locos no creerían con firmeza igual los delirios de su mente... Mas, ¡oh!, sonaban, sonaban las campanas, subían los cohetes por el aire detrás de los tejados..., y esto imponíale con espanto inverso las realidades de La Joya.

En El Imparcial había ido leyendo el fausto con que se efectuaba en toda España el jubileo. En el calabozo, el rumor lejano de músicas y campanas le había ido advirtiendo diariamente cómo se celebraba aquí. Cerradas las puertas, no había un alma por las calles. Se apresuró. Tenia que cruzar el pueblo para llegar a la de Roque. Iba al fin en una especie de estúpida paralización del pensamiento. Arrimado a las paredes, como un autómata fantasma que volviese al mundo sin tener nada que ver con el mundo, llevaba en la mano el paquetillo de sus papeles; y una inmensa sensación de impregnaciones de infamia le inundaba de vagas vergüenzas de sí mismo, que ya le impedían pensar si Cruz e Isabel estuviesen muertas o vivas, y si a él hubiesen estado a punto o no de ahorcarle... ¡Nada! ¡No pensaba nada! ¡Guiñapo de la humanidad, una fuerza fatal le seguía impulsando hacia lo ignoto, como antes le pudo empujar hacia el patíbulo!...

Pero, ya a su paso, al querer salvar el barrio céntrico, tuvo que pararse. Desde una esquina acababa de vislumbrar en otra el cruce de la procesión. Curas, cirios, mucha gente, música y vivas al emperador Constantino. Estrecha y larga la calle, hallábase él de la muchedumbre a más de doscientos metros. Pasó un Cristo en una apoteosis de resplandor; y, en seguida, unas bengalas rojas y verdes alumbraron las rojas sedas de un estandarte de plata. Esto volvió súbito a despertarle el pensamiento, suspenso bajo la adivinación de aquel otro estandarte azul en que él había pintado la imagen de Isabel. Le tomó un ansia de angustia, y tal que un alucinado se fue acercando, en vez de rodear por otra parte, como pensó al principio.

Detúvose otra vez, no lejos, donde no pudiera nadie conocerle, en el límite de penumbras marcado por el esplendor de cirios y bengalas. Pocas personas estaban de espectadores en la esquina, lo cual le permitía reconocer a los que pasaban en la procesión, que había absorbido como actuante a todo el pueblo. Primero, Orencia, con la alcaldesa y Pura Salvador, en guardia de purezas a la Virgen. Luego, la condesa de la Cruz, bella, un tanto deformado por el embarazo el talle, y..., ¡ah!, Octavio. Cidoncha había leído su regreso de Madrid, anteayer, en un número de La Voz que le llevaron envolviendo una tortilla. Dejada la presidencia de la procesión para ir junto a la amante, el triunfante diputado le evocó al triste sus traiciones de amistad, sus olvidos y abandonos (porque tal vez pudo ser tan miserable que le creyera el asesino), y la presencia de los dos en otras noches para ver a Isabel y a la condesa, tan ajenos a hipócritas beateríos... Ahora (La Voz le había informado)el demócrata y filósofo materialista de otro tiempo, y sin duda por afianzar el acta, figuraba como aristocrático y devoto organizador de estas fiestas junto al conde.

Y un temblor del corazón y de los ojos clavó de pronto el pensamiento y la mirada en Cidoncha. En otra explosión de luz, detrás de las Hijas de María vírgenes que rodeaban a su Virgen, el estandarte azul mostrábale la efigie de Isabel... la efigie de la Santa... la efigie de la Mártir... Lejos los cohetes y la música, un silencio de verdadero respeto religioso rodeábala. La pararon. Rezaban las Hijas de María. Él, entonces, cayó de rodillas, y a través de las lágrimas siguió contemplando a AQUÉLLA en éxtasis de un dolor tan grande que fue casi glorioso...

Cuando pasó, cuando quedó oculta por la esquina, todavía la diáfana congoja de las lágrimas del que por ELLA y hasta la memoria de ella muerta volvía a explicarse la pena de vivir, creyó seguir mirándola un rato excelsa y luminosa por los aires... ¡Mártir, mártir, sí.... que aquí quedara los años de los años marcándole a las vírgenes incautas la única y gran futura religión del Amor y de la Vida!

Jarrapellejos, detrás, sucio, sonriente. Había podido venerar por última vez el profesor lo único que ligaríale siempre al pueblo de maldición y de barbarie, y se levantó y retrocedió buscando otro camino. Avanzando nuevamente por un barrio abandonado, temía que halláranse también en la procesión Roque y sus suegros. Mas no; el luto de las almas reteníalos lejos de la gente. Llegó a su antigua casa, llamó, y el asombro de la pobre abuela al verle como un espectro se resolvió en un abrazo de congojas. Pronto, en el mismo abrazo, uniéronse Roque y el abuelo.

-¡Se ha escapado usted, don Juan!

-No, no, señor Pedro; me han soltado.

-¡Sin decir na! ¡Sin avisanos!

Entre llantos y sollozos, rodeado por los brazos, lleváronle a la luz de la cocina. Sufrieron una admiración. Ellos, que no habían querido ver a don Juan en sus calvarios por el pueblo hacia el Juzgado y la ermita; ellos, que sólo le habían podido hablar unos momentos en la oscura cárcel, advertíanle de pronto ahora con el pelo todo cano, todo blanco.

-¡Oh, don Juan!

Los llantos recrudecíanse en torceduras y alaridos de piedad y de dolor. Inútiles las palabras de consuelo, profanadora de la angustia que estaban sintiendo todos cualquier alusión a LAS DOS que faltaban para siempre, la sombra blanca de las muertas los unió más cuando la agudísima tortura del recuerdo de ELLAS los apartó para seguir llorando cada uno su íntimo lloro silencioso...

Y fue la abuela la que, al fin, heroica como mujer, dominó su sentimiento y quiso confortar al libertado. Con solicitudes que no podría tener más grandes la madre de él si en este instante hubiese podido recibirle, se empeñaba en darle vino, pan, un trozo de jamón; pero Cidoncha había cenado, y sólo accedió a aceptarla una taza de café.

Mientras se hacía pasaron al despacho y alcoba en donde había sido tan feliz el profesor tiempos atrás. Nuevas lágrimas, que todos querrían ahorrarles a los otros, cada memoria brotada de las cosas. En el respaldar de hierro del tintero la abuela había tenido para el triste ausente la delicadeza de poner, prendidos, la cadenilla y el medallón que quitaron de la muerta, con los retratos de Cruz y de Cidoncha. Este tomó la santísima reliquia, la ungió con callado llanto y con un beso que sublimó antes en la frente de la abuela, y la guardó.

-¡Sí, sí, era de usté; era pa usté!

Un desastre, por lo demás, el paso del Juzgado. A pesar de los arreglos, veíanse destrozos en el interior del baúl y los cajones de la mesa, en los libros, en la caja de pintura, en los forros de las ropas... en los ladrillos del suelo y la cal de las paredes..., cual si hubiesen querido buscar la prueba criminal por trampas y escondrijos... Y como en tanto Juan revisaba esto a la ligera, y Roque y el abuelo seguían sin saber más que llorar, la abuela se puso a hacer la cama..., Juan, advirtiéndolo, se volvió a la noble anciana y la avisó:

-No se moleste, Luisa. Mi madre me esperará. La diligencia sale a las diez para el tren de Andalucía, y habré de partir sin pérdida de instante.

-¡Cómo, don Juan!

A ella, a los hombres también, así, de pronto, les sonó la decisión a ingratitud. Eran ya casi las diez. Reuniéronse a protestar con su cariño, y no tardaron en entender los justísimos derechos de aquel otro cariño hacia una madre.

-Pero, don Juan... ¡d'aquí a unos días!

-Pero, don Juan... ¡cuando descanse!

-¡Claro está! ¡Siquiá mañana! ¡Paicería, si no, que l'echamos de la casa, que no l'hamos querío ni recogé!

Él se obstinaba:

-¡Oh, Roque! ¡Nada nos inquiete lo que pueda parecer a los extraños..., a las gentes cuya obra ha sido lo que ha sido! Eternamente vivirán ustedes en mi corazón. Déjenme consolar cuanto antes a mis padres.

Resignados, no quedaba sino ayudar en sus urgencias al viajero. Minutos, cuestión de minutos nada más. Señá Luisa trájole el café y una servilletita con el jamón, para merienda. Tío Roque y el abuelo encordelábanle el baúl. Iban a darle dinero, y Juan lo rechazaba. Tenía lo preciso para el tren, aunque no para pagarles los gastos que en estos meses...

-¿.Qué? -le interrumpieron-. ¡Por Dios, don Juan, por Dios!... ¡Si n'ha dejao de girarnos su familia, que n'había pa qué pa na!

Quieras que no, íntegros hiciéronle tomar los sesenta y nueve duros recibidos de Grazalema en cuatro giros. Y vino en seguida otra alarma. Juan, de pie, pendiente del reloj, abrasándose al beber a grandes sorbos el café, exponíales su deseo, bien natural, de no querer ser visto por nadie más del pueblo; y suplicaba, por lo tanto, que Roque le llevase el baúl a la diligencia, dejándole a él ir solo a esperarla en el puente...

-¡Oh, por Dios, hijo mío, don Juan..., ni acompañale!

Abrazos, lágrimas aún. Sensaciones de feroz arrancamiento. En el horror del infortunio se habían formado el fuerte amparo de las almas, y no seríales fácil entender qué cruel necesidad les forzaba a separarse.

En la misma noche calurosa, Cidoncha, un momento después, volvió a sentir el frío del mundo y de las gentes allá lejos congregadas por una pública y divina religión...; y más que nunca el confortado llevaba en la conciencia la plena persuasión de que la religión eterna y verdadera estaba en estos secretos cultos humanos de la vida...

Llegó al puente y se sentó. La Joya recortaba su sombría silueta a la luz de las estrellas. No podía quitar del pueblo el espasmo de los ojos. Con su abundancia de torres, cúpulas y cimborrios de tanta iglesia, parecíale una monstruosa vegetación de hongos sobre un enorme estercolero. Sí, sí; pueblo monstruoso, de monstruosa humanidad en putrefacción, en fermentación de todos los instintos naturales con todas las degradaciones de una decrépita sociedad en la agonía. Allí, para llegar a la posesión del pan y de la hembra -esto que consiguen los pájaros con su bella y sencilla libertad- se pasaba a través de la mentira, de los hipócritas engaños, del robo, hasta del crimen. Damas que lograban los más altos prestigios por la prostitución y el adulterio, como Orencia y la condesa; cándidas muchachas rendidas al dinero o al despotismo de hombres como don Pedro Luis y el Garañón; curas con hijos y públicas queridas y curas alcahuetes, como don Roque y el tuerto don Calixto; novias atropelladas por la autoridad, como aquella del barbero; cristianos condes vendedores de reses muertas de carbunco...; alcaldes ladrones de los pósitos; estafadores a lo Zig-Zag; bandidos en toda la extensa gama que iba desde el Gato a Marzo y Saturnino; jueces libertadores de asesinos y encausadores a sabiendas de inocentes...; y encima, flotando con la siniestra sombra de un murciélago brutal, Jarrapellejos, amparador de todos los crímenes y robos y engaños y estafas del inmenso pudridero...

¡Ah!, sí, sí... putrefacción, fermentación que iba corrompiendo lo sano y asimilándose lo que ya quedase bien podrido. A los presidiarios se les hacía guardas de la cárcel y serenos. A los arruinados por el vino y por el juego, alcaldes. Al que resistíase un tanto en su innata probidad y estorbaba un poco, diputado... Siempre el agasajo y el favor como germen de fermento. En cambio, los buenos, los trabajadores, los incorruptibles, los inatacables por la intensa pestilencia del hervor, por el hervor mismo, eran lanzados fuera del horrible estercolero, hacia otros pueblos, hacia otras tierras, hacia otra vida... como él mismo y Gil Antón y Roque y señor Pedro y señá Luisa..., o hacia la muerte, como Cruz, como Isabel... Y en tanto que esto podía pasar en un pueblo de España, en quién supiese cuántos pueblos de España, el Gobierno y los partidos no se preocupaban más que de remover la nación entera con aquella ardua cuestión del catecismo.

Dobló la frente. Por un rato sólo supo percibir el olor a cieno del río y el croar estridente de las ranas. Luego la alzó y miró al opuesto lado con un ansia de espacio, de mundo, de vida de redención. Pero no acertó a ver más que lo obscuro.¿Adónde ir?... Clamábale la ternura de su madre en Grazalema... y, en Grazalema, fuera de la ternura de su madre, volvería a encontrar las mismas gentes de barbarie y de estulticia... Más lejos, más lejos, pues, a otros pueblos..., a Madrid a Sevilla a Barcelona... ¡Sería igual, aunque disfrazada la barbarie de finural...; más lejos aún, a Francia, entonces, a Inglaterra...

¡Oh, oh, a Francia, a Inglaterra...a Nueva York!... ¡Sería igual! ¡Sería igual... por más iluminada que estuviese de arco voltaico la bárbara finura!... De Nueva York recordaba los linchamientos, los archimillonarios que no venían a ser sino los Jarrapellejos de los reyes, los que arruinaban al Brasil de un solo golpe de trust contra el caucho, y los procesos policíacos y los presidentes de República que comprando votos con millones se sabían ganar la presidencia; de Londres, a Jak el destripador, a su ejército de noventa mil prostitutas y a su no menos numeroso ejército de hambrientos y de tísicos...; y de París, de toda Francia, en fin, el pueblo-luz, el pueblo también de los apaches, de la banda trágica de los Bonnot y de los Caillemin, de los niños asesinos y las mujeres bestialmente lujuriosas, él acababa de leer, en la prisión, aquel affaire Caillaux en que la mujer de un ministro, sacadas por Le Figaro a la pública vergüenza sus lascivias, mató a Calmette y estaba dando ocasión, con el ruidosísimo proceso, de hablarle a la hipócrita miseria del mundo entero de la hipócrita miseria de la Francia: supremos magistrados de justicia vendidos a la influencia, tal que el miserable don Arturo, de La Joya; estafadores en grande escala salvados de la condenación por los altos personajes a quienes aprovecharíanles las estafas, como a don Pedro Luis las de Zig-Zag; ministros prevaricadores, falsos... Cidoncha apoyó el codo en el parapeto y alzó esta vez al cielo la mirada. En el desastre de liquidación mental que iba haciendo del mundo, únicamente le restaba algo que no era ya del mundo..., algo que era ya de la eterna bondad del universo, de la perenne verdad de las estrellas: ISABEL.

Y aquella que no era ya del mundo, tuvo la excelsa virtud de reconciliarle un poco con el mundo. ¡ELLA! ¡Por ELLA!

Vio. Era LUZ, y llegó la luz al cerebro, al corazón, casi a los ojos del inmenso desolado.

No sería cuerdo desesperanzar del porvenir, por el presente. No sería justo -si se contemplaba el problema con la Justicia que está por encima de justicias e injusticias- abominar de la humanidad porque aún la mayoría de los humanos yaciese en un degenerado salvajismo, en un mundial atasco de barbarie... envilecida por la domesticidad. Los libres pájaros, con menos alma que los hombres, seguían diciéndoles a éstos por las frondas de la redondez plena de la tierra cómo era posible un dulce y bello salvajismo, progresivo, civilizado enteramente, desprovisto de barbarie, y sin débiles cordeles o pesadísimas cadenas de honor y de virtud. Las flores estaban diciéndolo también con su misma candorosa desnudez... Y que viviesen para la triste humanidad Cidoncha y los que fuesen como él, en el propio infierno de la actual humanidad, clamábanlo los que eran como aquella Isabel gloriosa, como Cruz, como Roque y Luisa y Pedro, como Gil Antón... Iguales los habría también en los otros pueblos iguales a La Joya..., y en Madrid, en Londres, en París, en Nueva York..., futuros pájaros y flores del futuro paraíso de la tierra... ¿Qué importaban los Jarrapellejos, que en todas partes cerrasen los Liceos y las escuelas?... Segada o no al nacer la siembra, la semilla de salvación, de libertad, quedaba por él depositada en la conciencia de este pueblo de serviles...

Brilló verde un farol. Al verlo, el profesor vio de paso los eléctricos puntitos de luz de las calles de La Joya. Estrellas caídas del cielo... semillas, en el estiércol, de aquel pensamiento suyo y del genio redentor de Edison, de Cajal... de sembradores que desde no importara dónde ni cómo iban sembrando el mundo de resplandor de ideas y de cosas de resplandor... ¡Nada mejor que lo podrido para toda clase de semillas!

Paró la diligencia, y subió Juan.

Volvió a correr la diligencia.

La Joya, la cárcel, las muertas..., quedábanse atrás, se perdían...

-¡Adiós! -dijo en la ventanilla, con los labios Y la mano y la vida entera, el profesor...

Iba desde la dura lucha de la vida a la lucha de la vida, por amores a la Vida, con la imagen santa de una muerta.

Sería su fe inmortal.

¡LA MUERTA!...


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII

>>>