Jarrapellejos: 18

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Capítulo XVIII
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Jarrapellejos Felipe Trigo


El hombre de las grandes decisiones llamó al juez una tarde, a su despacho.

Era el hondo despacho lleno de escopetas y polvorientos legajos de papeles, donde tantas veces se habían resuelto difíciles lances de amor y los graves asuntos de La Joya.

El juez, al entrar, vio lo primero la banda y la insignia de la gran cruz de Carlos III, concedida ahora a don Pedro Luis por los méritos contraídos cuando la ya casi olvidada visita del ministro. Se la habían traído esta mañana; del juez había sido la iniciativa para regalársela por suscripción, habiéndola encabezado con treinta duros..., y le contrarió hallar la rica condecoración displicentemente abandonada en una silla... Las condecoraciones, ¿qué le importaban a este hombre que las repartía más prácticas en nombramientos de jueces, de diputados, y que ostentaba la de su «ponerse el mundo por montera» en manchas de la ropa?

-Mi enhorabuena, don Pedro, muy de corazón.

-Gracias, don Arturo. Estimando. Ya sé que usted es el promotor del regalito. Gracias. Siéntese. Eructó, porque acababa de almorzar, y, luego de considerar al juez con la duda de una mirada inquisitiva a su torpeza insigne, consultó:

-Vamos a ver, don Arturo. Usted, como abogado y hombre experto, ¿sabría de algún eficaz recurso para que aquí, en la misma Joya, y sin pasar la causa a juicio oral, pudiera continuar el proceso y condenar y ahorcarse a esos dos malvados del Gato y de Melchor?

¡Caracoles!

La pregunta era de órdago. Asombrado el juez, miró a Jarrapellejos, pareciéndole imposible que un hombre así pudiera hacerla.

-No, señor, don Pedro. No se me ocurre... o, a mejor decir, no existe procedimiento legal que evite el juicio oral para conocer en estas causas.

Disponíase a razonar la afirmación, y don Pedro Luis, que sabía más que el mismo don Arturo de leyes, y que, por consecuencia, esperaba aquella negativa -aunque hubiese hecho desesperanzadamente tal consulta, por si acaso-, le alargó un puro, y le atajó:

-Bien, don Arturo; entonces, inmediatamente ordene usted que pongan a Melchor y al Gato en libertad. Muy malvados son, y harto merecían la muerte por la de las pobres Isabel y Cruz; pero, por lo mismo, habiendo tenido la indudable habilidad de aprovecharse de la estancia de aquella noche en la taberna de dos inocentes, de mi sobrino y del señor conde de la Cruz, para dificultar el proceso embrollándolos en el crimen, ni por asomo se puede consentir que el proceso siga y que públicamente siga manchando la calumnia a dos hombres honrados.

-Señor don Pedro, la verdad resplandecería al fin a favor de la inocencia inmaculada de Saturnino Cruz y don Mariano.

-Sí; pero... ¿y la afrenta siquiera de la duda, mientras durase el juicio?... Han sido hábiles, ¡qué diablo! ¡Nos han ganado por la mano!... Póngalos, póngalos en libertad..., y adviértales bien, personalmente, a uno y a otro, que si vuelven a hablar de mi sobrino y del conde, será cuando se los ahorque sin remedio.

Partió don Arturo, porque el gran Jarrapellejos volvía a la ocupación, de sus papeles.



No habría transcurrido una semana más, cuando Mariano Marzo, nombrado gobernador civil, desde el campo mismo partió hacia Badajoz para suceder a don Florián en el Gobierno.

En Las Gargalias despidióle Saturnino Cruz, nombrado alcalde de La Joya, en sustitución y de acuerdo con su suegro.

«¡Sí, sí -pensaba don Pedro Luis, también en la estación-, es preciso hacer olvidar el mal asunto de éstos a fuerza de prestigios y de honores! ¡Nadie podrá creer que fuesen los asesinos al verlos de políticos jefes respectivos del pueblo y la provincia!»

La cosa, después de todo, al volteriano espíritu de don Pedro hacíale gracia. «¡Viva nuestro alcalde! ¡Viva el gobernador! ¡Viva nuestro gran Jarrapellejos!», gritaban veinte o treinta hombres, capitaneados por Sidoro y por Zig-Zag.

Y lo que todavía tenía más gracia era que, días antes, apenas soltados Melchor y el Gato de la cárcel, no fue Melchor, sino el Gato, quien se largó a Madrid a pasarse una vida de príncipe con la mujer de Melchor y sus hermanas...

Al pobre Melchor, tapándole de paso la boca sobre el crimen de la ermita, tuvo el gran Jarrapellejos que contentarle con el cargo de guarda de la cárcel.

Por cuanto al estúpido del juez, sería ascendido. Mejor cuanta menos gente quedase aquí enterada de las. cosas. Ya estaba en el Ministerio su propuesta.

Y gritaba, a voz en cuello, el grupo de joyenses:

-¡Viva nuestro gran Jarrapellejoooos!!!...


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«Villa Luisiana». Ciudad Lineal, Madrid, mayo de 1914.


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