Juan Martín El Empecinado : 32

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La partida victoriosa tornó al punto a la sierra. Diéronme ropa, un caballo, y medianamente enfermo les seguí. No me fue posible adquirir noticia alguna de la dirección que había tomado Santorcaz con su presa, y mientras la Providencia me deparaba alguna luz, resolví bajar a Cifuentes, que estaba a muy corta distancia del sitio donde hicimos alto al medio día. No había peligro alguno en tal expedición, porque acordadamente con la marcha de Sardina, D. Juan Martín había hecho otra sobre Cifuentes, cuya guarnición puso a tiempo pies en polvorosa.

Bajé, pues, a la villa, donde me recibió D. Juan con gran agasajo. Tenía un brazo derecho en cabestrillo, a consecuencia de la fuerte contusión alcanzada cuando se salvó, como dice la historia, echándose a rodar por un despeñadero abajo. Contome cómo pudo allegar alguna gente y congregarla sin descanso, gracias a la docilidad y buenas prendas de los que a todo trance le seguían; y yo a instancias suyas le referí los lances de mi prisión y las dos entrevistas que tuve con el gran Trijueque.

No me detuve con él en largas conferencias, porque impaciente por ver a Amaranta, corrí sin perder tiempo al célebre castillo. Encontrela en estado tan deplorable de cuerpo y de espíritu, que tardó en reconocerme cuando me presenté. ¡Cómo había decaído en el breve espacio de algunos días aquella incomparable naturaleza tan potente en su fenomenal hermosura, que parecía destinada a no ajarse ni con los años ni con las pesadumbres, cual inalterable modelo de una raza perfecta! Aumentada con la palidez y la demacración la intensa negrura de sus ojos, había perdido aquella dulce armonía de su rostro. Ya no era esbelto y flexible su talle, y un enflaquecimiento repentino desfiguraba los hermosos hombros y garganta, que no habían tenido rival. La voz, cuyo timbre producía antes inexplicable sensación en los que la escuchaban, se había debilitado y enronquecido, y por la congoja del pecho, necesitaba hacer dolorosos esfuerzos para hacerse oír.

Cuando me reconoció, arrojose llorando en mis brazos, estrechándome en ellos durante largo tiempo con fuerza nerviosa y un ardiente anhelo de que sólo es capaz el maternal cariño. Ni ella ni yo podíamos hablar. Sus lágrimas mojaban mi seno.

Mirome luego, asombrándose de encontrarme tan desfigurado como yo la encontré a ella. Volviome a abrazar con efusión, y me dijo:

-¡Hijo mío! ¡Cuánto has padecido!

-Inútilmente -repuse sentándome juntoa ella y besando sus manos-, porque he llegado tarde.

Callamos de nuevo, sin acertar con las palabras propias para expresar nuestra congoja.

-¡La hemos perdido para siempre! -exclamó elevando al cielo los ojos bañados en lágrimas-. ¡Bien sospechaba yo que ese hombre no me perdonaría jamás! ¡Ha esperado largo tiempo la ocasión de su venganza, y al fin la ha consumado!

-Señora -le dije-, no se ha perdido todo. Yo buscaré a Inés por toda España, por todo el mundo, si es preciso, y al fin, con la ayuda de Dios, espero encontrarla.

La infeliz, sin contestarme de palabra, expresó en su rostro la más dolorosa duda.

-No -repitió-, ya sabía yo que ese hombre no me perdonaría... Pero esto me parece un sueño. Mi hija desapareció de mi lado sin que hasta ahora me haya sido posible averiguar cómo y a qué hora. Sé que unos aldeanos la vieron conducida en un coche y custodiada por españoles y franceses... y nada más. El corazón me dice que no la volveré a ver... ¿Piensas tú lo mismo? Ese hombre me impondrá condiciones ignominiosas que no podré aceptar sin deshonrarme.

Cubriose el rostro con las manos.

-Señora -le dije-, o no valgo nada, o la arrancaré del poder de ese hombre. Es para mí una deuda de honor y a satisfacerla me consagraré, mientras tenga un aliento de vida. Este infame atropello me hiere en lo más delicadode mi ser. He sido robado, señora, vilmente robado, porque Inés es mía, ¿no lo sabía usted?

-Es tuya -respondió la condesa-. No me atrevo a negarlo. En este momento terrible, cuando me siento herida, castigada sin duda por Dios; cuando veo por tierra mi orgullo; cuando volviendo a todos lados los ojos, no veo más que ruinas; en esta triste ocasión, en que considero disipadas mis glorias, oscurecido el lustre de mi casa, perdido mi prestigio y valimiento; ahora que me veo enferma y quizás próxima al sepulcro, me parece que el mayor, el único consuelo de mi alma es estrecharte entre mis brazos y llamarte mi hijo. Gabriel, te prometo, te juro que si encuentras a Inés, si me la devuelves, será tu mujer. ¿Quién puede oponerse a esto?

-Nadie, señora -respondí con orgullo-. Nadie.

Estreché sus hermosas manos entre las mías. Era el único lenguaje que mi emoción me permitía.

-Solo en el mundo, abandonado a mí mismo -le dije después de una larga pausa- me echo de hoy para siempre en los brazos de la que fue mi ama y hoy representa para mí la familia, la amistad, el amor, todo aquello que me ha faltado, y que busco con el afán del sediento en mi solitaria vida.

-Y yo te recibo en ellos -exclamó-. ¿Por qué no? ¿Quién me lo impide? Dios ha lanzado tu vida con la nuestra y todas las potencias de la tierra no pueden separarla. ¿Debo atendera mi familia? Pero yo estoy loca. ¿Acaso tengo familia? Perseguida por mis parientes, olvidada de todos, Dios ha dispuesto las cosas de modo que mi único amparo, mi único consuelo sea este generoso joven, tú, Gabriel, que con mi pobre hija llenas el vacío de mi corazón. ¡Cómo se elevan las personas, Dios mío, cómo triunfan finalmente las dotes elevadas del alma, abriéndose camino por entre la miseria, la humildad y el olvido del mundo, para establecer su imperio sobre las gentes! ¿De qué valéis, grandezas exteriores, títulos vanos, fortuna y pompas de los hombres? Como ejemplo de lo que sois, aquí me tenéis. En cambio, ¿quién puede negar que existe una aristocracia de las almas cuya nobleza, aunque la ahoguen desgracias y privaciones, al fin ha de abrirse paso y llevar su dominio hasta las mismas esferas donde campean llenos de hinchazón los orgullosos? Ejemplo eres tú, ¡hijo mío!... Me siento desfallecer al darte este nombre que trae a mi espíritu desconocidas alegrías... Gabriel, búscala, búscala por piedad, pronto, hoy mismo. De eso depende que veas en mí la más desgraciada o la más feliz entre las mujeres nacidas; de eso depende el cariño que te debo tener, que tengo ya por ti; de eso depende todo, querido mío. Vas a probarme la energía de tu voluntad, el temple de tu alma y si eres digno de aquello que con tan noble audacia has deseado y solicitado, desafiándome a mí, a toda mi familia y al mundo entero.

-Señora y madre mía -exclamé puesto de rodillas frente a ella, con la solemne expresión dequien descubre ante Dios lo más hondo de su conciencia-, no hay dentro de mí una sola gota de sangre que me pertenezca. Pertenezco a mi familia, por quien desde hoy vivo. Si no amase a Inés como la amo, la buscaría por la tierra y moriría cien veces por devolverla a la persona que con cuatro palabras ha engrandecido mi alma a mis propios ojos, abriéndome los horizontes de la vida; haciéndome ver que los latidos de mi corazón no eran un esfuerzo solitario, inútil y perdido en el caos de los sentimientos humanos; llenando de una vez este vacío y poblando esta soledad espantosa que desde el nacer me rodea. Si no la amara como la amo, y aun con la certidumbre de que no había de ser para mí, yo emplearía toda mi voluntad, toda mi fuerza y la vida toda en rescatarla de sus infames secuestradores. Tengo la seguridad de que lo conseguiré. Señora, Dios está con nosotros; y si en la ocasión terrible que acaba de pasar no nos ha favorecido, es porque nos exige mayores y más nobles esfuerzos para merecer el galardón de su misericordia infinita. Señora condesa -añadí levantándome-, ánimo. Dios está con nosotros.

La desgraciada madre se arrojó de nuevo en mis brazos. Entonces advertí su deplorable situación en lo relativo al vestir y a las diversas comodidades domésticas que una persona de su posición exigía. Contestando a mi pregunta, dijo:

-¿Pero no sabes que los franceses al retirarse esta mañana se llevaron todo lo que habíaen la casa? Hace ya días que me quitaron el último dinero que tenía. Hoy no han dejado ni una pieza de ropa, ni una manta de abrigo, ni un mantel. Rompieron toda la loza porque no podían llevársela. Nada te digo de la plata y vajillas de valor, pues todo eso pasó hace tiempo al tesoro del rey José. En suma, hijo mío, esta mañana he necesitado un alfiler, y he tenido que pedirlo prestado. Esta ropa con que me visto es de la tía Pepa, mujer de uno de los guardas del monte. ¿Verdad que estoy guapa?

-Poco a poco se irá usted curando de su afición a los extranjeros -le dije con melancólica jovialidad.

-No, ya estoy curada por completo... Pero di, ¿qué piensas hacer? ¡En qué horrible trance nos hallamos! ¿Has averiguado algo de la dirección que tomaron esos bandidos?

-Es demasiado pronto. No será imposible averiguarlo. Debe tenerse en cuenta que su vida no corre peligro. Además, para ocultarla de un modo absoluto, Santorcaz tendrá que ocultarse también él mismo, y un hombre que funda su poder en un cargo público, ha de estar visible en alguna parte. La situación no es desesperada ni mucho menos. Santorcaz es un hombre, no un demonio.

-¿Podrás darme hoy mismo alguna esperanza, alguna noticia satisfactoria? -me preguntó con amargo desconsuelo.

-Es difícil. Entre tanto, procure usted reposar de tanta fatiga, calmar un poco las angustias de su corazón destrozado... Es urgenteproporcionar a usted algunas comodidades.

-No te preocupes de eso, ni emplees en mí un tiempo precioso. Yo estoy bien así.

-Escribiremos a Madrid para que el administrador de la casa envíe a usted ropas, vajilla y dinero.

-Es inútil -me respondió sonriendo-. Mi señor administrador tiene orden del jefe de la familia para no darme nada mientras yo misma no escriba a dicho jefe, pidiéndole perdón de mis... faltas. Y como antes que dar este paso pediré limosna de puerta en puerta...

Esta revelación me indujo a tristes meditaciones.

-Ya te he dicho que vienen penosísimos y horribles días para mí... Hablan de mis faltas. Sin duda he cometido alguna muy grande, inmensa... -dijo cerrando los ojos como aletargada o para rodearse de las sombras que le permitieran explorar con ojo seguro su conciencia.

La contemplé largo rato, lleno de tristeza y consideraba a qué extremo de desventura había descendido la que yo conocí en el apogeo de la grandeza, de los honores y del orgullo. Después de largo silencio, abrió los ojos y mirándome inmóvil a su lado, me tomó la mano y besándola me dijo:

-No tengo más amparo que mi paje del Escorial en aquellos tiempos felices en que yo era una de las más poderosas personas de la monarquía, cuando repartía bandoleras, prebendas,mitras, canonjías y ejecutorias. ¡Dios mío, cuánto he descendido!



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