Juvenilia - Capítulo 15

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Juvenilia - Capítulo 15
de Miguel Cané



El retiro del doctor Agüero no mejoró la disciplina interna del Colegio. Estaba reservada esa difícil tarea a don José M. Torres, que, con mano de hierro y cargando con la más franca y abierta odiosidad que es posible dedicar a un hombre, nos metió en vereda, nos domó a fuerza de castigos, transformando el encierro en la morada habitual de algunos de nosotros, privándonos de salida, levantando en alto, en fin, el principio de autoridad de un carácter desgraciado, pues a la primera contradicción se ponía fuera de sí, dudo que haya tenido apetito un solo día durante su permanencia en el Colegio; oíamos a cada instante su voz de trueno rebotar en el eco de los claustros; vibrante e inflamada. En cuanto a mí, creo haber contribuido no poco a hacerle la vida amarga, y le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no habría concluido mis estudios, y sabe Dios si el ser inútil que bajo mi nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor.

Pero antes de su ingreso, el Colegio fue regido algún tiempo por un sacerdote de quien tengo forzosamente que hablar tan mal, que me limito a designarlo sólo por iniciales. Don F. M. era extranjero, e ignoro por qué circunstancia un hombre como él, sin moralidad, sin inteligencia y desprovisto de ilustración, había conseguido hacerse nombrar vicerrector del Colegio Nacional.

Antes de su entrada, las pasiones políticas que habían agitado a la República desde 1852, se reflejaban en las divisiones y odios entre los estudiantes. Provincianos y porteños formaban dos bandos, cuyas diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales. Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad en el internado, y nosotros, los porteños, ocupábamos modestamente el último tercio; eran más fuertes, pero nos vengábamos ridiculizándoles y remedándoles a cada instante.

Habíamos pillado un trozo de diálogo entre dos de ellos, uno que decía, con una palangana en la mano: "Agora no más la vo a derramar" y el otro que contestaba en voz de tiple: "¡No la derramis!". Lo convertimos en un estribillo que les ponía fuera de sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea del Don Quijote.

Eran mucho más graves, serios y estudiosos que nosotros.

Con igualdad de inteligencia y con menor esfuerzo por nuestra parte, obteníamos mejores calificaciones en los exámenes. El fenómeno consistía simplemente en nuestra mayor viveza de imaginación, desparpajo natural y facilidad de elocución.

Recuerdo que Pedro Goyena, hablando de un joven correntino Carlos Harvey, dotado de una inteligencia sólida y profunda, de una laboriosidad incomparable, repetía las palabras de Sainte-Beuve, aplicándoselas: "Le falta la arenilla dorada". Esa arenilla dorada constituía nuestra superioridad.

¡Dábamos una conferencia de historia, filosofía o retórica con sin igual botaratería, mientras ellos en general, poseyendo la materia tal vez mejor que nosotros, se limitaban a una exposición sucinta, pálida y difícil. Había, por ejemplo, otro bohemio en el Colegio, enorme, pesado, indolente, pero de una inteligencia clara y meditativa. Era un joven Aberastain, de San Juan, hijo del mártir del Pocito; yo me había ligado a él, porque nuestros padres fueron amigos, y le había aplicado el mismo apodo de Buey que el suyo había recibido en la Universidad. Goyena, que era nuestro profesor de filosofía, se había empeñado en hacerle hablar, porque en dos o tres contestaciones en clase le llamó la atención la claridad con que comprendía ciertos puntos oscuros. Al fin hubo de renunciar, vencido por la apatía invariable de aquel carácter. El pobre Aberastain fue una de las primeras víctimas del cólera de l887.

He nombrado a uno; nombraré otro, el primero de todos, Patricio Sorondo, arrebatado por la fiebre amarilla, cuando era ya conocido por su inteligencia extraordinaria, unida -lo que no es común-, a una laboriosidad perseverante y tenaz. Era el primer discípulo de su clase; hablaba con maravillosa facilidad, era espiritual, chispeante, y como estudiaba enormemente, sus exámenes fueron siempre aclamados. Jacques le tenía gran cariño, sentimiento que habíamos descubierto, no por manifestaciones externas, sino por un fenómeno negativo: jamás le reprendió. Patricio se entretenía en decir negligentemente, delante de mi amigo Valentín Balbín, hoy ingeniero distinguido, que la noche anterior había estudiado hasta tal punto -y le señalaba medio tomo de un enorme tratado de física o matemáticas-.

Valentín, animado de una emulación digna y de un gran orgullo, volvía al día siguiente pálido y con los ojos marchitos, habiendo estudiado hasta el punto indicado, tragándose un centenar de páginas que Patricio no había aún recorrido.

La muerte de Sorondo fue una pérdida real para el país; habríamos tenido en él un hombre de estado liberal, lleno de ilustración, y con un carácter firme y recto.