Juvenilia - Capítulo 19

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar

Juvenilia - Capítulo 19
de Miguel Cané



Eyzaguirre me había dicho que si sentía algún gran ruido de noche, en los claustros de arriba, acometiera valerosamente al provinciano que tuviera más próximo de mi cama, y que lo pusiera fuera de combate. Que éramos pocos, y solo podría salvarnos el valor y la rapidez en la acción. En fin, después de algunos días de expectativa, una noche, de una a dos de la mañana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento espantoso de una detonación que conmovió las paredes del Colegio.

Arremetí ciego a mi vecino, que no puedo recordar bien si era un joven llamado Granillo, de la Rioja, o Cossio, de Corrientes; di y recibí algunos moquetes; pero la curiosidad pudo más, y todos corrimos, casi desnudos, a los claustros superiores.

Aún había mucho humo; las puertas del cuarto del vicerrector habían sido sacadas de quicio por la explosión de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el objeto no fue otro que dar un susto de dos yemas a don F. M.

Este había hecho una barricada en la puerta. En medio del claustro y solo, frente a su cuarto, vi a Eyzaguirre en soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano izquierda y una bola de plomo, unida a una cuerda, en la derecha.

De todos los dormitorios afluían estudiantes, muchos de ellos armados. Aquel iba a ser un campo de Agramante; el vicerrector, viéndose rodeado de sus fieles, salvó la barricada, y comenzó a vociferar, abriendo sus vestidos, mostrando el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los conocedores sostuvieron siempre que esa manifestación de valor había sido un poco tardía.

Así como los franceses de Sicilia, repuestos de su sorpresa, arremetían enfurecidos a sus adversarios, los provincianos se preparaban a caer sobre nuestra vanguardia, formada por Eyzaguirre y dos o tres compañeros, cuando vimos aparecer al venerable doctor Santillán, cura párroco de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y persuasiva, desarmaron los ánimos. Cada uno se retiró a su cuarto, y él llevó consigo a don F. M., que jamás volvió a pisar el suelo del Colegio.

El sumario al día siguiente fue terrible; M. Jacques, pálido de cólera, tomaba las declaraciones principales. El punto capital era este: «¿Quién había prendido fuego a las bombas?». La respuesta fue unánime y sincera: «No lo sé».

Y era la verdad; por largos años ha permanecido oculto el nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido estudiante que, con más éxito que aquel, llevó a cabo ese rasgo de audacia. Más tarde, cuando hacía mucho tiempo que había salido del Colegio, uno de los grandes de entonces me hizo la confidencia, murmurando a mi oído un nombre que callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo más mínimo la relación de esta aventura al que la dio acabado fin sino por un curiosísimo resto de aquel culto del estudiante de honor por la discreción y el secreto. Es pueril, pero lo siento así.