Juvenilia - Capítulo 27

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Juvenilia - Capítulo 27
de Miguel Cané



Larrea estaba allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jaquet rectilíneo, había tomado la dirección de la fiesta, y servía de bastonero con toda gravedad. Fuimos introducidos, agasajados y pronto, al compás de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de valses, polkas y mazurcas, pues las damas se negaban a una segunda edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad, había permitido al cojo Videla desplegar calidades coreográficas desconocidas, y que después supimos habían sido inspiradas por una representación de Orfeo con que se había regalado en una noche de escapada.

Después de cada pieza obsequiábamos naturalmente a las damas con un vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia alarmante para el porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos, prometido otros, y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo posible. Un gaucho viejo (¡lo veo aún!), con una larga barba canosa, el sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo cuando nos lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre del viejo que repetía varias veces:

-¡Que se vea luz, caballeros!

La fiesta estaba en su apogeo, y el italiano del acordeón, despreciando profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo, vimos aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar.

-¡Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque, y que si dentro de media hora no están en el dormitorio, va a dar cuenta al vicerrector.

Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero había robado uno de los caballos del quintero, y por hacernos un servicio se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder, y era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas por lo menos; se lo aceptamos agradecidos, y tratamos de organizar la partida. Éramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera una botella de cerveza íntegra, y los otros cuatro procuramos arreglarnos sobre el caballo del viejo, que a todo trance pedía luz, como Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita, y sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin embarrarnos, tomó la dirección, colocándose gravemente en la cruz. Detrás de él, un condiscípulo sumamente grueso; en seguida, Eyzaguirre, y allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola yo, prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.

Cuando emprendimos la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón, reían a carcajadas. Contestamos alegremente, y fue en este momento que hice dos descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron: aquel caballo no tenía anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y Larrea poseía una mona gigantesca.