Juvenilia - Capítulo 32

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Juvenilia - Capítulo 32
de Miguel Cané



Sentíamos también necesidad de cariño; las mujeres entrevistas el domingo en la iglesia, los rostros bellos y fugitivos que alcanzábamos a vislumbrar en la calle, desde nuestras altas ventanas, por medio de una combinación de espejos, nos hacían soñar, nos hundían en una preocupación vaga e incierta, que nos alejaba de los juegos infantiles del gimnasio, de las viejas y pesadas bromas de costumbre. Las amistades se habían estrechado y circunscrito; solíamos pasar las horas muertas, haciéndonos confidencias ideales, fraguando planes para el porvenir, estremeciéndonos a la idea de ser queridos como lo comprendíamos y por una mujer como la que soñábamos. Por primera vez en estas paginas, nombro a César Paz, mi amigo querido, aquel que me contaba sus esperanzas y oía las mías, aquel hombre leal, fuerte y generoso, bravo como el acero, elegante y distinguido, aquel que más tarde debía morir en el vigor de la adolescencia por uno de esos caprichos absurdos del destino, que arrancan del alma la blasfemia profunda...

¡Que vida de agitación! !Que pesado era el libro en nuestras manos, y qué envidia se levantaba en el corazón por el estudiante libre de la Universidad, tan despreciado antes, y que hoy veíamos pasar, con el corazón sombrío, radiante en su elegancia, en su traje, en la incomparable soltura de sus maneras!

Porque empezábamos tristemente a conocernos. La mayor parte de nosotros éramos pobres, y nuestras madres hacían sacrificios de todo género por darnos educación. Muchas veces nuestras ropas eran cosidas por sus propias manos, y por muchos años hemos ostentado sacos como bolsas y el clásico jacquet crecedero, aquel que, despreciando el efímero presente, solo tiene en vista el porvenir. Pero ¿que nos importaba? Éramos filósofos descreídos y un tanto cínicos, nos revolcábamos en el gimnasio, y el eterno botín de doble suela, ancho y largo, nos permitía correr como gamos en el rescate. Usábamos el pelo largo y descuidado, teníamos, en fin, esa figura desgraciada del muchachón de quince años, que empieza a salir de la infancia, sin llegar a la virilidad. Éramos, con todo, felices y despreocupados.