Juvenilia - Capítulo 35

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Juvenilia - Capítulo 35
de Miguel Cané



Muchos años más tarde volví a entrar un día al Colegio; a mi turno, iba a sentarme en la mesa temible de los examinadores. Al cruzar los claustros, al ver mi nombre al pie de algunos dibujos que aún se mantenían fijos en la pared con sus modestos cuadros negros; al pasar junto a mi antiguo dormitorio, teatro de tantas y tan renombradas aventuras; al cruzar frente a la puerta sombría del encierro, que por primera vez recibió una mirada cariñosa de mis ojos; al ver el grupo de estudiantes tímidos, callados, que en un rincón procuraban penetrar mi alma y leer en mi cara sus futuras clasificaciones; al estrechar la mano de mis compañeros de hoy, mis maestros de otro tiempo; al respirar, en una palabra, aquel ambiente que había sido mi atmósfera de cinco años, sentí una impresión extraña, grata y dulce, y una vaga melancolía me llevó por un momento a vivir la vida del pasado.

Me lancé a todos los viejos rincones conocidos, y el pasar bajo las bóvedas del claustro, se levantaban mis recuerdos, obedientes a una evocación simpática. Aquí, me decía, el buen Cosson, tan afectuoso, tan justo, nos leía las elegías de Gilbert con un entusiasmo sincero o nos recitaba la tirada de Théramène, sin mirar el libro; aquí fue donde el profesor Rossetti, encantado de mi exposición, me predijo que sería un ingeniero distinguido, si perseveraba en las matemáticas, para las que había nacido; en aquel banco expuse a Puiggari mi deplorable conferencia sobre el yodo, que destruyó todas las esperanzas de verme convertido en un Lavoisier; en este sitio memorable fui sostenido por M. Jacques, cuando, habiendo sido llamado a dar examen de francés ante el doctor Costa, ministro de I. P., me tocó en suerte traducir a primera vista el "Incendio de Moscou", de M. Ségur, y me trabé en descomunal batalla con Larsen sobre la significación de la palabra tôle; aquí Jacques me dijo que era un imbécil, pero que tenía razón, cuando sostuve ante él, en una discusión con un compañero, que este título de un capítulo de La Bruyere,"Les esprits forts", no debía traducirse por "Los espíritus fuertes"; en aquel rincón me batí una tarde con denuedo contra un muchacho Arriaza, quién, si bien sacó del combate la nariz demolida y con una forma pintoresca, me dejó ciego por una semana; en este escaño se sentaba mi madre, me tomaba las manos, me acariciaba con sus ojos llenos de lágrimas, me apretaba contra sí, y al fin cuando la noche caía y era necesario separarnos, me dejaba su alma en un beso... y diez pesos en la mano, que yo corría a convertir en cigarros en la portería; aquí fue donde el padre Agüero pilló al alba a Adolfo Saldías, que volvía de una escapada y, a la luz de la luna que entraba por los cristales del gimnasio, lo hizo arrodillar en el claustro helado y pedir perdón de su delito, mientras yo, con el mate en la mano y tras la puerta entreabierta del dormitorio del anciano, contemplaba el cuadro, poniendo la ausente barba en remojo; he aquí el cuarto famoso donde fue introducida por engaño la sirviente que traía la ropa limpia al mono Latorre, sufriendo las excesivas galanterías de los circunstantes, mientras el referido mono, amarrado al pie de un lecho, ofrecía el espectáculo confuso de un sátiro enardecido llorando a lágrima viva...

-Los exámenes van a comenzar, doctor. Solo a usted se espera.

-Voy al momento.