Juvenilia - Capítulo 7

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar

Juvenilia - Capítulo 7
de Miguel Cané



El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó su dirección el hombre más sabio que hasta el día haya pisado tierra argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografía de una manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que, por otra parte, bastan a mi objeto.

Amadée Jacques pertenecía a la generación que al llegar a la juventud encontró a la Francia en plena reacción filosófica, científica y literaria. La filosofía se había renovado bajo el espíritu liberal del siglo, que, dando acogida imparcial a todos los sistemás, al lado del cartesianismo, estudiaba a Bacon, a Spinosa, a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugald Stewart.

De ahí había nacido el eclecticismo ilustrado por Cousín, sistema cuya vaguedad misma, cuya falta de doctrina fundamental, respondía maravillosamente a las vacilaciones intelectuales de la época. Jouffroy había abierto un surco profundo con sus estudios sobre el destino humano, algunas de cuyas páginas están impregnadas de un sentimiento de desesperanza, de una desolación más profunda, alta y sincera que las paradojas de Schopenhauer, o los sistemas fríamente construidos de Hartmann. Maine de Biran dejaba aquellas observaciones sobre nuestra naturaleza moral, que admirara siempre, como los grandes caracteres de Shakespeare. Villemain hacía cuadros inimitables de estilo y erudici6n; Guizot enseñaba la historia, que Thiers escribia; la pléyade hacía versos, dramas y novelas; Delacroix, Scheffer y Jérome, pintura; Clésinger y Pradier, estatuaria; Lamartine, Berryer, Thiers, etc., discursos; Rossini, Meyerbeer, Halévy, música; y Aragó, Ampère, Gay-Lussac, C. Bernard, Chevreul, daban a la ciencia vida, movimiento y alas. Amedée Jacques había crecido bajo esa atmósfera intelectual, y la curiosidad de su espíritu lo llevaba al enciclopedismo. A los treinta y cinco años era profesor de filosofía en la Escuela Normal, y había escrito, bajo el molde ecléctico, la psicología más admirable que se haya publicado en Europa, El estilo es claro, vigoroso, de una marcha viva y elegante; el pensamiento sereno, la lógica inflexible y el método perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los estudiantes, páginas de una belleza literaria de primer orden, y aún hoy, quince años después de haberlo leído, recuerdo con emoción los capítulos sobre el método y la asociación de ideas.

Al mismo tiempo, el joven profesor se ocupaba en ediciones de las obras filosóficas de Fenelón, Clarke, etc. , únicas que hoy tienen curso en el mundo científico.

Pero Jacques no era uno de esos espíritus fríos, estériles para la acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a los ruidos del mundo, y sin apartar su pensamiento del problema, como Kant, en su cueva de Koenisberg, levantando un momento la cabeza para ver la caída de la Bastilla, y volviéndola a hundir en la profundidad de sus meditaciones, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son los Tártaros o los Mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado.

Jacques era un hombre y tenía una patria que amaba; quería que, como el espíritu individual se emancipa por la ciencia y el estudio, el espíritu colectivo de la Francia se emancipara por la libertad. Hasta el último momento, al frente de su revista "La Libertad de pensar", como al pie de la última bandera que flamea en el combate, lucha con un coraje sin igual.

El 2 de diciembre, como a Tocqueville, como a Quinet, como a Hugo, lo arrojó al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte y con la visión horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal.