Lágrimas (Versión para imprimir)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta es la versión para imprimir de Lágrimas.

El presente texto ha sido copiado de Wikisource, biblioteca en línea de textos originales que se encuentran en dominio público o que hayan sido publicados con una licencia GFDL. Puedes visitarnos en http://es.wikisource.org/wiki/Portada


Prólogo
Pág. 01 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


¿Conque he de escribir un prólogo para Lágrimas?

-Lo que se ofrece se debe.

Es verdad; pero no me siento con fuerzas para hablar de Lágrimas.

-¿No le agrada a Vd. mi novela?

La creo una joya de filigrana y oro, un estudio acabado del corazón, un cuadro admirable de la vida social; lo más bello, lo más perfecto, lo más delicado que ha salido de la pluma de usted.

-Muchas gracias.

¡Qué coincidencia! La colección empieza con La gaviota, y nos presenta la mujer grosera, abandonada a sus instintos, no corregidos por la religión, ni modificados por la sociedad, ni suavizados por la buena educación, y concluye con Lágrimas tipo de la mujer modesta y humilde, nacida para sentir y para llorar... Villamar es el pueblecito que conocen los lectores en el primer tomo, y vuelven a Villamar en el último encontrando aun a muchos de los antiguos amigos que recuerdan al instante, y a quienes saludan con placer.

-Falta el bueno de Stein.

Es cierto; pero allí nos lleva Vd. a la pobre Lágrimas, esa hija de los trópicos, esa violeta que exhala siempre su perfume aunque la pise la más grosera planta. ¿Quién no ha encontrado a su paso por el mundo a esos sujetos que Vd. nos pinta al daguerrotipo? ¿Quién no ha visto al grosero ricachón D. Roque la Piedra, y al avaro quejumbroso D. Jeremías? El buen sentido habla por boca de la Alcaldesa, a D. Perfecto Cívico lo encontramos en cada lugarón, y su hijo ¡ojalá fuese un ente ideal y no abundase tanto en nuestro país!... Lo que sí va escaseando es la finura, la cortesía, el buen tono de la Marquesa de Alocaz y de sus amables tertulianos.

-De modo que Vd. va a escribir el prólogo...

Yo haría mejor un juicio crítico en que demostrase la índole, el carácter, el mérito de sus escritos; en que hiciese ver el raro acierto con que Vd. describe, con que Vd. narra, con que Vd. presenta las personas y las cosas; el fin moral, la sensibilidad, la ternura de su corazón; y sobre todo el gran servicio que está Vd. prestando a la actual sociedad descreída pintando con tan vivos colores los portentos de la fe, las maravillas de la virtud... Pero un prólogo...

-Los han hecho otros buenos amigos...

Los buenos amigos de Vd. se complacen, o mejor dicho, nos complacemos en el buen éxito de sus obras y aplaudimos sus triunfos literarios. ¿Pero necesitaron de estos prólogos para hacerse tan populares en España? ¿Para haber sido traducidas en Francia? Y por cierto que son muy raras las obras que alcanzan este honor, más apreciable puesto que las novelas de Vd., sus cuadros de costumbres tienen un tinte local que se perderá necesariamente en otros países. Yo comprendo las obras de Vd. de otro modo. ¿Quiere Vd. pasar por literato!...

- Dios me libre: no señor. ¡Yo literato! «No soy la rosa; pero, como dice Bulwer, estuve a su lado y me impregné de su olor. No soy erudito, soy solamente culto. En cuanto escribo no hay arte, ni saber, ni estudio, es instintivo: tal vez expreso, como Vd. habrá notado, un pensamiento de culta esfera sin cuidar del lenguaje. Procuro, sí, poetizar la verdad, ennoblecer nuestra pobre naturaleza. Los prólogos son ofrenda de la amistad, engarce de brillantes que rodea un mal retrato»: los agradezco de todo corazón.

Lo creo así, y además son muy bellos. Pero un autor se debe al público, y este no quiere leer lo que nosotros escribimos; quiere leer lo que Vd. escribe. Las novelas de Vd...

Perdone Vd.: yo las llamo novelas, cuadros, relaciones; «pero no me he propuesto escribir novelas. He tratado de dar una idea verdadera, exacta, genuina, de España y de su sociedad; describir la vida interior de nuestro pueblo, sus creencias, sus sentimientos, sus dichos agudos. La parte que podría llamarse novela solo sirve de marco a este vasto cuadro que me he propuesto bosquejar.»

Y que dibuja Vd. a grandes rasgos, con una verdad, con una profundidad de miras, con una intención filosófica.

-«Mr. de Lavigné, el traductor francés de mis cuadros populares me escribió: no traduzco vuestras novelas por la invención, sino por la intención... Mi intención supera mucho a la de hacer novelas... Es la rehabilitación de cuanto con grosera y atrevida planta ha hollado el nunca bien ponderado siglo XIX. Rehabilitación de lo santo, de lo religioso, de las prácticas religiosas y su alto y tierno significado; de las costumbres españolas puras y rancias; del carácter y modo de sentir nacional, de los lazos de la sociedad y de la familia, del freno en todo, y sobre todo en esas ridículas pasiones que se afectan sin sentirse (porque afortunadamente una gran pasión es rara); las virtudes modestas como la de Lágrimas preferibles a las que se pavonean y se ostentan.»

Pero Vd., Fernán, pinta en beau, busca Vd. lo bueno, nos presenta Vd. la sociedad tal vez mejor que es... y nunca un dicho satírico, nada que hiera y se destaque de la dulce armonía del cuadro.

-«Estoy persuadido que todas las más hermosas sátiras, género tan universal y en que han sobresalido tanto ingenios superiores, no han servido de nada; ni han hecho germinar ningún buen sentimiento, y sí solo el malhadado desprecio del hombre hacia el hombre. Muy al contrario las referencias de lo bueno y de lo noble despiertan en nosotros sentimientos análogos, los ponen en circulación, los inoculan....»

Por eso las novelas de Vd. son dechados de moral, en tiempo en que otros novelistas se encargan de la destrucción de la sociedad degradando la familia. Por eso mereció Vd. que la autoridad eclesiástica aprobase sus escritos como escuela práctica de virtud, y que más bien que buenos libros deben ser considerados como buenas acciones.

-Vd. me alaba demasiado.

No, Fernán: nadie ha pintado con tanto acierto la vida íntima, las escenas del hogar doméstico, las costumbres populares. Nadie ha comprendido tan bien como Vd. el mérito de acciones que pasan desapercibidas, la razón de ciertas prácticas, la filosofía de ciertos dichos vulgares. Cuando nos pinta Vd. una escena terrible, ¡qué más terrible que sus descripciones!... La paz doméstica, la felicidad conyugal tienen en su pluma un intérprete digno. ¡Y cómo describe Vd. la dulzura, el candor de los niños, sus juegos y sus gracias infantiles! En medio de estas escenas viene a sorprendernos un pensamiento de alta esfera, lleno de filosofía de profunda moral y del puro espíritu del Evangelio. Y ese pensamiento es tan natural y se deduce tan lógicamente, y estaba tan cerca de nosotros, y nosotros ¡ciegos!, no lo veíamos... Pero Vd. lo descubrió con su vista de águila y del caos brotó la luz y de la piedra árida saltó un raudal...

-Como se conoce que es Vd. mi amigo. ¿Y era Vd. el que no quería escribir un prólogo? ¿Qué más prólogo que este?

Pues bien... imprímalo Vd.

ANTONIO CAVANILLES.


Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo I
Pág. 02 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1837.


Hélas, sur mon froid monument, l'eau du ciel tomb tristement, mais de vos yeux pas une larme. CASIMIRO DE LAVIGNE.


Su alma era como el cristal, la empañaba un soplo, la traspasaba un rayo de sol, un choque la hubiese quebrado: almas de ángeles que tienen su mayor mérito en ignorar lo que valen; que no lloran sobre él, sino sobre el dolor, que es herencia común. EL AUTOR.




«¡Dios! ¡Ten piedad de nosotros!». Tal era el grito que con débil y exhausta voz repetía una infeliz mujer, que yacía moribunda en el ahogado camarote de una fragata, que en el golfo de las Yeguas corría una horrorosa tempestad.

Era de ver cuál el barco, que en el océano parecía lo que un grano de arena en los desiertos de África, era el juguete, de las olas. Ya empujaban su costado y lo doblaban a punto que parecía que rendido en la lucha, caía de una vez para no volver a levantarse; ya le abrían un abismo en que se hundía precipitado por su propio peso; ya pasaban por cima de él olas espumosas, como una garra con blancas uñas que alargase la mar para asir su presa: ya reventaban azotando sus costados, pareciendo decirle en sus bramidos; ¿no eres peña, y resistes? El barco luchaba cediendo, pero sin desmayar, imagen de la perseverancia que padece sin desalentarse... y camina!

Habíanse recogido todas las velas, y los masteleros con sus vergas, y las innumerables cuerdas que de ellos pendían, se alzaban como mujeres, que con el cabello suelto y los brazos abiertos, pidiesen al cielo misericordia. Pasaban y repasaban por éste negras nubes, frunciendo el ceño, respondiendo con truenos al mar, que rugiendo se empinaba como para desafiarlas o arrebatar al cielo sus estrellas. Sobre cubierta se notaba un asombroso fenómeno: el horizonte, que es en el mar la senda, la esperanza, la libertad... había desaparecido. El barco estaba preso entre sombrías murallas de agua de una altura espantosa, que unas a otras se lo arrojaban como un volante.

-¡Dios tenga misericordia de nosotros! -repetía la infeliz- y nadie respondía a esa tenue y angustiada voz. Nadie respondía porque en aquel estrecho camarote solo se hallaba una negra, que con el miedo y las ansias del mareo, se había dejado caer en el suelo, en el que yacía como una masa inerte, y una niña de seis años que dormía acostada a los pies de la cama de su madre.

-¡Jesús! -decía la infeliz-: ¡morir así! Sin un sacerdote que auxilie y anime mi espíritu, que traiga a la muerte como una libertadora amiga bajo sus auspicios... sin un médico que alivie en algo mis padecimientos. ¡Oh! El reo a quien ajustician es más feliz que yo! Hácenle dulces sus últimos pasos a la muerte; arrulla su último sueño una inmensa simpatía! ¡Dios mío! ¡Sola... sola! Ni una mirada de compasión, ni un adiós! ¡Y esta hija mía que va a perecer al lado del cadáver de su madre, en este seguro naufragio! ¡Duerme, ángel mío, duerme!... Tú que no sabes aun lo que es el peligro, la angustia, la orfandad, la agonía, la muerte, ninguno de los horrores de la vida! ¡Madre mía de las Lágrimas, cuyo nombre lleva, salvadla de este naufragio... amparadla en su orfandad!

Espantosa se dejó oír en este momento la voz del trueno; una fuerte sacudida que recibió el barco, hizo crujir sus entrañas, como si hiciese un jadeante esfuerzo para no sucumbir. Silbó la ráfaga entre las cuerdas y jarcias, cual si cada una de estas fuese una serpiente.

-Roque, Roque, -gimió la infeliz-, ¡que me muero!

Entró entonces en el camarote un hombre alto, seco, de estructura huesosa; tenía la fisonomía vulgar, el sello ordinario e inequivocable que parece la naturaleza crear a propósito para el hombre soez enriquecido. En su cara descarnada eran salientes y angulosas sus quijadas, y su frente, que sombreaba a la par de unas cejas espesas, unos ojos redondos y pardos, desviados como dos enemigos. Su boca grande apretaba entre sus labios delgados, por un constante hábito, un puro, cuyo continuado uso había tostado los bordes de unos dientes cortos y anchos. Su tez era de ese moreno subido, sucio y bilioso que imprime el sol de los trópicos con los males físicos que origina a los europeos, y que inocula la fiebre del oro con el ansia y desasosiego que trae consigo.

-¿Qué quieres, mujer? -dijo al entrar-, ¿crees que con este temporal nadie pueda atender a nada? ¡Calla, con mil de a caballo! Si quieres algo ¿por qué no llamas a este animal! -Añadió dando un puntapié a la negra, que no se movió.

-¡Es que me estoy muriendo, Roque!

-No serás la sola; que creo vamos a perecer todos, por vida del... ¡maldito sea!...

-¡Calla, calla, Roque! No eches maldiciones a dos pasos de la muerte: pero oye mis últimas palabras. Roque, siempre fuiste áspero y duro para conmigo, me sacaste de mi país y me embarcaste contra mi voluntad, y tan enferma ya, que los médicos te anunciaron que no resistiría la travesía: ¡todo te lo perdono, Roque!... ¡Si me prometes amar, cuidar y hacer la vida dulce a mi pobre niña, a tu hija, si Dios os salva!

-¡Droga con la tonta esta! -repuso D. Roque-, ¡y los momentos que busca para echarme un sermón sin paño, y recomendarme a mi propia hija!

-¡Es que son los últimos de que puedo disponer, Roque, pues me estoy muriendo!

-¡Sí, como siempre! Pero si tú puedes disponer de ellos, yo no, que el capitán me está llamando, porque todos tenemos que dar a la bomba.

Diciendo esto subió D. Roque dando trancadas por la escalera.

Su infeliz mujer le oyó alejarse; vio a la negra que seguía inerte; miró a su hija que seguía durmiendo; que la inocencia, cual la santidad de un Dios hombre, duerme tranquela entre las borrascas. Quiso la moribunda solevantarse para exhalar su alma en un beso y una bendición sobre la cabeza de su hija, pero no pudo, y el pequeño movimiento que hizo le produjo un vahído con grandes congojas, en que con redoblada fuerza sonaban en sus oídos los horribles mugidos de la mar y los agudos bramidos del viento.

-¡Madre mía de las Lágrimas! -murmuró en un momento de despejó que siguió e hizo intervalo en su agonía-: ¡Madre mía, todo mi consuelo y refugio! Tú serás la mediadora de tu devota para con el Todopoderoso, que por ti se unió a nosotros. A Dios rogamos, y en tus manos clementes ponemos las oraciones. ¡Señor, salvad a mi hija y tened piedad de mí! Todo cuanto he sufrido, lo perdono; y ofrezco cuanto perdono y cuanto padezco... por la salvación de mi hija y la de mi alma!

De allí a un momento se sintió tal balance, que la niña despertó, y oyó entre sueños a su madre que murmuraba:

Abrázome con los clavos y me reclino en la Cruz, para que siempre me ampares, dulce REDENTOR JESÚS.

La niña, a quien desde que supo articular sonidos, su madre había enseñado esa santa oración, repitió entre sueños:

Para que siempre me ampares, Dulce REDENTOR JESÚS.

Y ambas se durmieron; pero la una... ¡para no volver a despertar!

A ambas amparó Jesús según se lo había pedido, pues algunas horas después la tempestad había calmado un poco. Bajaron el capitán y pasajeros a la cámara, para tomar algún alimento, pues había veinte y cuatro horas que nadie había pensado en alimentarse. Encendieron y llevaron luces a los camarotes. En el que ocupaba la señora, hallaron a la negra que seguía inerte, a la niña que seguía dormida; y más inerte que aquella y más dormida que ésta, a la señora, que era un cadáver frío ya, como cuanto la rodeaba.

-¡Dios nos asista! -gritó el camarero al entrar con el farol-, ¡la señora ha muerto!

-¿Que ha muerto? -exclamó el capitán arrojándose al camarote, palideciendo aquel rostro de valiente marino que el huracán dejaba impasible, que el peligro no alteraba, ante aquel suave, silencioso y abandonado cadáver.

-Más ha muerto de miedo y de aprensión que otra cosa, -dijo D. Roque que había seguido al capitán-. ¡Viajar con mujeres!... A esto se expone uno. Poco me ha hecho pasar en gracia de Dios en la travesía con sus melindres y sus quejumbres: y ahora corona la obra. ¡Si se le metió en la cabeza que no había de pisar la tierra de España!

Esta fue la oración fúnebre que hizo a la pobre mártir, aquel que al fuego lento de durezas y despotismo, la mató; porque ese hombre al casarse con ella, suave criolla habanera, dulce, flexible y criada con mimo, como las cañas de su ingenio, la miró y contó solo como un gravamen o censo anejo a los cien mil duros que la dio en dote su padre, un rico mercader de la Habana.

Al oír el ruido que hicieron los que entraron, la niña se había despertado, y se sentó sobre la cama; la negra se había puesto en pie y ambas fijaban sus ojos en el pálido cadáver, la una con el asombro de la estupidez, la otra con el espanto de la falta de comprensión. De repente la negra se puso a gemir y a gritar:

-¡Mi ama! ¡Ay mi ama, mi ama!

-Calla, bestia, -le dijo D. Roque-, ¿no hay estruendo bastante con el de la tempestad? Si te vuelvo a oír, a fe de Roque que te haga callar. Capitán, añadió, ya esto no tiene remedio, ni aquí hay nada que hacer; bajemos el entrepuente para ver si se han mojado mis cajones de cigarros. ¡Quinientos cajones! Que representan un capital de quinientos mil reales. ¡Droga! ¡Si se han averiado, hice un viaje a China!

Colgó el camarero el farol en el techo del camarote, y todos salieron, menos la negra y la niña que se sentaron sobre una cama frente a aquella en que yacía el cadáver. La negra, después de llorar con muchas lágrimas, como lloran los niños, y como se lloran las primeras penas de la vida, se quedó dormida como aquellos. Pero la niña derecha e inmóvil con sus grandes ojos negros desmesuradamente abiertos, los fijaba sin pestañear en el cadáver de su madre, el que por efecto de las vueltas que daba el farol, movido por los balances del barco, tan pronto aparecía plenamente alumbrado, y como salir de las sombras e ir al encuentro de su hija; tan pronto ocultarse en ellas, como en lo pasado, como en el olvido, como en el misterio. -¡Madre!, ¡madre! -decía de cuando en cuando la niña con queda y temerosa voz... y su madre no respondía-. No me responde, -pensaba la niña-, ¡¡¡y no duerme!!!

Esto pensaba porque el cadáver, mecido por los violentos balances del barco, tan pronto se volvía hacia su hija como para mirarla con sus apagados ojos que nadie había cerrado, tan pronto iba a pegar violentamente contra las tablas del opuesto lado. Era este un horrible cuadro de muerte y abandono en una lúgubre noche de tempestad, en que era juguete de las olas el cadáver de aquella desgraciada, a quien su triste destino negaba hasta el tranquilo y santo rincón de tierra en el que descansan los muertos, que consagran las oraciones y custodian el respeto y los recuerdos.

La niña no se daba cuenta de lo que pasaba; no sabia lo que era muerte, ni lo que era peligro; y no obstante un instintivo horror le hacía asombrarse de cuanto la rodeaba y estremecerse de los gemidos del viento, de los bufidos del mar, y del hosco silencio que guardaba su madre. Así, sin ideas para definir, ni voces para expresar lo que por ella pasaba, como suele suceder a los niños a quienes Dios dio en compensación madres que los adivinan, la pobre niña fue absorbiendo en su alma una sensación de horror y de angustia que habían de impregnarla para siempre en su tinte lúgubre y de su impresión tétrica: Sonaban en su alma como vagos y confusos recuerdos, las palabras que había oído a su madre cuando se había embarcado.

Había dicho la infeliz al acostarse en aquel lecho:

-¡Sí, sí! Éste será mi féretro: ¡aquí yaceré triste y abandonada, sin un cirio que dé decoro al cadáver y sufragio al alma! ¡A Dios, pues, para siempre, mi suave país, verde y rico como la esperanza! Te dejo por la exhausta y caduca Europa, caída en infancia, cubierta de ruinas y llena de recuerdos, que son las ruinas del corazón. ¡A Dios mis árboles altos y frondosos, que no taló aun la mano de los hombres! ¡A Dios mis puros ríos, cuyos cristales no enturbian ni esclavizan aun las construcciones de la invadiente industria! ¡A Dios mis espesos manglos, que crecéis fuertes y serenos en la amargura de las aguas del mar!... No he podido imitaros... y sucumbo en la amargura en que vejeta mi existencia.

Esto recordaba la niña como si oyese a lo lejos los sonidos apagados de un solemne réquiem, que melancólicamente decía algo grave y triste que ella no comprendía. Pero al día siguiente liaron y cosieron a su madre en una sábana, ataron a sus pies una bala de cañón... ¡y su madre no despertaba!... Y la subieron a cubierta, y la callada niña siguió a su madre sin que nadie pensase en impedirlo, y entonces, delante de la callada niña, su madre fue... echada al mar. Pero en ese instante la angustia y el horror que presagiaban y no comprendían, comprendieron.

La niña dio un grito desesperado, y se abalanzó a tirarse al mar tras de su madre.

El capitán tuvo la suerte de poder asirla por el vestido, y la bajó a la cámara, presa de una espantosa alferecía.

-¡Estamos bien, -dijo D. Roque-, se acaba con la una, y se empieza con la otra!

La niña seguía muy enferma cuando llegaron Cádiz, donde pensaba fijarse su padre D. Roque la Piedra. Los facultativos consultados declararon que siendo el temperamento de Cádiz notoriamente conocido como nocivo a afecciones de pecho, se debía alejar de allí a la niña, que con una constitución débil, un sistema nervioso fuertemente atacado, y un principio de asma, estaba en el mayor peligro de volverse ética.

Parecía natural que con este motivo, D. Roque, dueño y árbitro de sus acciones, hubiese pensado en otro punto para establecerse.

Pero no fue así. Cádiz convenía a sus miras de especulación, y por tanto se contentó con escribir a otro americano (voz genérica aplicada en Andalucía a los que vienen de allá cuando no son hijos de la provincia) establecido en Sevilla, que era compadre y compinche suyo, para que viniese a Cádiz y se llevase a su hija a Sevilla, en donde entraría en un convento para ser allí criada bajo el cuidado e inmediata inspección del dicho su compadre y compinche.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo II
Pág. 03 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


NOVIEMBRE, 1837.


Preciso es, aunque no agradable, hacer una pequeña biografía de los compadres que van a salir a luz en esta historia, porque es necesario tener algunos antecedentes de las gentes con las que se va a entrar en contacto. Tanto más necesario es esto, cuanto que es probable que al presentarse a la vista del lector un viejecito pobre, triste y llorón, con todas las señales de la miseria, claras y patentes en su exigua persona, quisiera darle una limosna, que no dejaría de tomar; lo que sería un pecado mortal.

Era D. Jeremías Tembleque, el compadre que aguardaba D. Roque, primitivamente un basurero. Hallose un día en el elemento que manejaba un bolsillo lleno de oro. Un momento después le alcanzó la criada que había vertido el inmundo canasto en que iba el bolsillo; llorando y fuera de sí, le preguntó si había hallado un bolsillo que echaba de menos su amo. El honrado Jeremías afirmó con la mayor buena fe que no lo había visto, y con la complacencia y bondad de una buena alma, registró escrupulosamente todo el oloroso contenido del carro. Por la tarde salía despedida e infamada de la casa la infeliz criada, y a la mañana siguiente caminaba el buen Jeremías hacia Gibraltar donde tanto lloró y gimió miserias, que un capitán de buque mercante se lo llevó de balde a la Habana, pasando así del refugium peccatorum Gibraltar al consolatrix affictorum Habana sin cambiar una sola de sus monedas de oro. Allí puso un tendajo de bebida, en el que además de ésta se hallaban naipes sucios y tabaco húmedo.

En este santuario se formaron los primeros lazos de estrecha amistad entre el dueño del establecimiento y un gastador de un regimiento, jugador y pendenciero llamado Roque la Piedra. De esto había veinticinco años. Tenia, entonces Roque veinticuatro años y Jeremías treinta y cinco. Desde aquella época había sido el primero a los ojos del segundo, el guapo hermosete y jaquetón gastador en el que todo admiraba Jeremías menos el nombre D. Roque por su lado siempre miró en Jeremías el miserable y servil tabernero.

Andando el tiempo, habían hecho ambos fortuna, cada uno a su manera; el uno a toque de tambor, venciendo obstáculos a empujones; empezando por baratero, acabando por obligar a un medio paisano suyo, rico mercader, a que le diese su hija en matrimonio y se asociase a su negocio. El otro sin salir de su aire doliente, labró su suerte suplicando y gimiendo a una rica mulata, que por su lado tenía empresas tan honoríficas como las suyas, que le admitiese como humilde consorte. Se casaron, y nunca se vio un casamiento más feliz. La mulata reventaba de orgullo de ser la mujer de un blanco de purísima sangre española; el consorte, por su lado, no cabía de gozo en su apergaminado pellejo; por causa que su mulata que era generosa, garbosa, despilfarrada, dejaba rodar las onzas que ganaba, las que caían en las garras de su marido, apenas les echaba sus tristes ojos encima. De ahí pasaban a encierro hermético y secuestro perpetuo.

La mulata murió con el mismo ¿qué se me da a mí? en que había vivido. Jeremías oscureció aun más su triste figura; le hizo un buen entierro a su morena mitad, esa querida ave doméstica que ponía huevos de oro; conservó en un medallón de plata una de sus pasas, vendió cuanto tenía, cargó con todo el dinero y se vino a España, dejando abandonados unos niños que tenía su mujer antes de haberse casado con él.

Estos dos entes malignos y despreciables a quienes nadie decente en la Habana miraba siquiera a la cara, fueron recibidos en Europa como bellos y apreciables sujetos, mediante a que traían dinero.

¡Europa, Europa! Hija mía, te ha dado por el dinero, como a una vieja, y te vas volviendo todo lo sin gracia de un avaro: te aviso para que te enmiendes, que eso no le pega a una noble matrona como tú. ¿Qué dirá el Asia? El Ganges no querrá mezclar sus aguas con las de tus ríos, y hará bien.

Don Jeremías había llegado a Cádiz cuatro años antes que su amigo. Cuando se vio este triste carcelero de sus doblones sin la renta fija que le proporcionaba su consorte, y sin el apoyo y consejo que le suministraba su compadre D. Roque, no supo qué hacerse. Encontrábase como una nave a quien faltasen a un tiempo las velas y el timón. No se atrevía a emplear sus capitales, y aguardaba siempre mejor ocasión sucediéndole lo que a aquel otro con un corte de pantalón, que no se hacía nunca esperando la última moda.

En Cádiz le propuso un corredor comprar casas, pero como era cosa muy factible que las olas se tragasen a aquella temeraria ciudad, que como una gaviota se ha plantado sobre una peña rodeada de mar, D. Jeremías declaró aventurada la empresa. Sentándole mal el agua de aljibe, se puso sus zapatos de paño, y acompañado de un negro y de un baúl pelado, que era todo su equipaje, se fue al Puerto de Santa María.

Allí le ofrecieron comprar vinos y criarlos para la extracción, especulación muy lucrativa. Bien pensado el negocio, D. Jeremías discurrió que el vino podría volverse vinagre y sentándole mal las aguas delgadas del Puerto, se puso sus zapatos de paño cargó con su negro y su baúl, y se fue a Jerez.

Allí le ofrecieron comprar una magnífica viña del pago en que se cría la uva que da el vino que bebe el Emperador de Rusia, el de Austria y la Reina de Inglaterra. D. Jeremías se halló seducido por la viña que criaba tales vinos, casi tanto como por su mulata.

El negocio marchaba arrastrando tras sí a nuestro D. Jeremías como un vapor que remolcase a un pontón. Las onzas, conmovidas por un alegre presentimiento de ¡viva la libertad! creyeron las bonachonas que en saliendo del poder de D. Jeremías iban a campar por su respeto como las estrellas del cielo. Pero antes de concluir el trato fue D. Jeremías a ver la viña. Era por enero; todas las cepas estaban podadas, y tenían el triste y árido aspecto que tienen las viñas en aquella estación. La cara de D. Jeremías, a la cual la idea de abastecer de vinos la mesa de los Emperadores había animado inusitadamente, se tornó al ver las cepas, triste, mustia y encogida como ellas.

-¡Jesús! -exclamó-, estas cepas tan chicas son retoños, y están secas.

Le explicaron que tenían ese aspecto por estar podadas según la costumbre del país, y que eso mismo las haría meter con más fuerza en la primavera.

-¿Y si no meten? -dijo Jeremías echando a correr como el que huye de una mala tentación.

Sentándole mal las aguas gordas de Jerez, y desesperado por el mal éxito que tuvo una mina en que se había interesado, se puso D. Jeremías sus zapatos de paño, cargó con su negro y su baúl, y se fue a Sevilla.

En Sevilla le hallamos establecido en una de las callejuelas de los Venerables, no por simpatía hacia el nombre, sino por ser allí las casas más baratas. Encontró una alhaja en su género.

Era un palacio de que podía hacerse dueño por la módica suma de cuatro reales diarios, lo que en el mes de febrero le proporcionaba el ahorro de ocho reales. Cabían en él, sin estar muy apretados, D. Jeremías, su negro y su baúl. Era este palacio, no de origen árabe, sino, al parecer, anterior. Los ladrillos del pavimento, a imitación del hombre, polvo fueron y polvo se volvían, formando así un suelo escabroso como el de una sierra. Las puertas aseguraban a unos blancos remiendos que les había incrustado el carpintero sobre lo apolillado, que en sus buenos tiempos habían sido pintadas y revestidas de un uniforme azul como un general; los remiendos las miraban de soslayo con los negros ojos con que los había gratificado el carpintero, y por respeto a sus años, no les decía que mentían. Los cristales de pequeñas dimensiones que tenían los postigos, decían a las rejas con añejas reminiscencias que habían sido claros, puros y limpios; el hierro, que tiene buena memoria, les aseguraba que recordaba sus perdidos encantos. El portón algo paralítico, condenaba el uso de las cancelas, como una innovación impúdica. En la cocina había hornilla y media; pero D. Jeremías se hizo de que la sobraba la entera. En esta vaina, digna del acero que iba a guarecer, se instaló Don Jeremías con su negro y su baúl.

Pero faltaban los muebles; aquí fueron los apuros, cálculos y cavilaciones. ¿Qué había de hacer? Se fue D. Jeremías a pensarlo a las delicias de Arjona.

¡Arjona! ¡Bienhechor de Sevilla! ¡Tú que has dejado tan profundas huellas de tu celo e ilustración, que no borrará y antes sancionará el tiempo; diestro innovador y digno gobernante! Vayan estos cuatro renglones a probarte que si los árboles que plantaste coronando a Sevilla con una fresca guirnalda siguen floreciendo, no se han ajado tampoco en los corazones los agradecidos recuerdos con que a su vez coronan tu memoria.

¡Cuántas cavilaciones han abrigado aquellas perfumadas sombras! ¡Cuántas almas tiernas y elevadas habrán poetizado con los ruiseñores por aquellos senderos, en que el árbol cobija al arbusto, el arbusto a la flor, y la flor al césped! ¡Pero cuántas veces también le han profanado la langosta y el hormigón! ¿No podrían irse los Jeremías, las langostas y los hormigones a dar su paseo al Perneo? ¡Qué importuna pretensión en tiempos de igualdad y comunes derechos!

Volvamos a mi héroe. Nos ha dado por las digresiones: en otro capítulo diremos el porqué; que por ahora tenemos que referir el resultado de las cavilaciones del más caviloso de los cavilosos.

Fue este el irse al día siguiente a las callejuelas de Regina. Si eres tan desgraciado, lector, que nunca hayas estado en Sevilla, te compadecemos en primer lugar; y en segundo te diremos, que las callejuelas de Regina son un respetable club, un distinguido casino, un ilustre liceo de baratilleros. Cuanto allí se muestra a la vista del público, merece llevar la cruz de San Hemenegildo. Allí atrae el barato con su dulcísima voz, y convida a pasar adelante la curiosidad con su picante estímulo. Los baratilleros han sido tantas veces descritos, se ha gastado tanto chiste en sus descripciones, que nos abstenemos, mal que nos pese, de cansar tu atención describiéndolos: sólo diremos con dolor de nuestro corazón, que hasta los baratillos van perdiendo en el siglo de las luces y de los adelantos, su fisonomía y su color local. Cada baratillero tiene un pintor de brocha gorda, con un furioso arco iris metido en sus pucheros, al que con una celeridad digna de nuestros tiempos, va poniendo grotescas caretas a los más respetables veteranos. Tiene otro pintor de brocha no menos gorda, que de un cuadro regular, pero mal tratado, hace un cuadro de tal expresión, tan descompuesto y subido de color, que parece un borracho saliendo de la taberna. Tiene además un apestosísimo barniz que distribuye a modo de palo de ciego, de manera que, si se entrase con hachones en aquellas cuevas de hijos abandonados, relumbraría y brillaría todo como cuevas de estalactitas.

Lo mismo habéis hecho vosotros, ilustrados novadores; habéis fabricado ese atroz barniz de pesada ilustración, que sobre todo se extiende como un brillo facticio, como una mentira. Ahora que veis tanta deformidad, lo lloráis. ¡Amigo; como ha de ser!

Tú te metiste
fraile mostén,
tú lo quisiste
tú te lo ten.


Las cosas bien hechas, bien pulidas, sacan ellas mismas su brillo, pero lo facticio, ¡qué horror!

D. Jeremías gastó mucho tiempo, mucha parola, muchas negociaciones, pero muy poco dinero, en adquirir para su palacio el siguiente regio ajuar.

Una docena de sillas maltratadas por la suerte y esperando ya la muerte, pero de un verde apio, el más fresco de los que cría la primavera.

Un sofá, cuyos cojines de un coco o percal que había sido negro y se volvía blanco, como le sucede a los caballos tordos, estaban rellenos de hojas de maíz, lo que proporcionaba la ventaja al que se sentaba en él, de recordarle el campestre susurro que forman en las huertas movidas por la brisa. Pero como D. Jeremías en su vida había leído un idilio cuando su persona hacía el oficio de la brisa al sentarse sobre su sofá, se le llevaba Barrabás.

Ítem más: una mesa de escribir, con una pierna postiza, un poco más corta que las otras tres, y un tintero de peltre, con los petrificados restos de una tinta del siglo pasado; un velón de hoja de lata bastante bien conservado, una copilla de candela elegante por la sencillez de la materia y de la hechura, fabricada en Medina; platos desborcellados con moderación; fuentes lañadas con gusto, tino y solidez; un juego de café que se componía de las siguientes piezas: dos platillos y un pocillo, una cafetera sin asa y un azucarero sin tapadera. Don Jeremías quedó tan satisfecho de dichas compras y tan afecto a las callejuelas de Regina, que dio un mojicón a su negro porque había comprado de primera mano una olla de Medina.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo III
Pág. 04 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


DICIEMBRE, 1837.

Es tal el brillo que da el dinero hoy en día, la consideración, el aprecio, el respeto, y la admiración que inspira, la ilusión que lo rodea, la atracción que ejerce, lo que deslumbra y hechiza, que es preciso ser ciego para no ver renovada la idolatría del becerro de oro. Al ver un Nabab, no hay cabeza que no se incline humildemente; y no son las menos agachadas las de los que pregonan con más furor que es contra la dignidad inclinarla ante la mitra y el cetro.

Este servilísimo homenaje tributado hoy día al dinero, es tanto más extraño, cuanto que no lo disculpan siquiera los beneficios y ayudas que deberían emanar de la riqueza, no sólo porque es ley evangélica, sino porque es una obligación de la razón, y basta de provecho mutuo. Un rico de los modernos, es la última persona de la sociedad a la que debe acudir un necesitado: puesto que el rico moderno mira al que no lo es, no solo con el más soberano desprecio, sino con el terror que miraría a un lazarino. Desde que le ve llegar con el sombrero en la mano y la sonrisa en los labios se hace irremisiblemente esta prudente reflexión: este soldado del ejército de Job, viene con las insolentes y hostiles miras de dar un ataque a mi bolsillo: ¡guarda Pablo! Enseguida, su cara, que por lo regular no está tan bien dotada por la naturaleza como lo está su bolsillo por la fortuna, adquiere un aire análogo y el colorido local de una fortaleza. Suele bastar la actitud imponente, el puedo y no quiero que levanta cual estandarte la fortaleza, para rechazar al necesitado. Cuando no, arroja un proyectil rechazador que mientras más hiere más satisfecho deja al que lo lanzó: el que pide es un enemigo, y debe quedar destruido para siempre.

Un proyectil así se llama en francés, une rebutade, en inglés, to cut, (cortar, ajar.) El diccionario define esto diciendo es un compuesto de repulsa y desdén. La noble lengua española no tiene semejante voz. Pero quizás la práctica la adoptará, con anuencia de la Academia que permite que nuevas necesidades creen nuevas palabras, así como la vida material ha adoptado la de confortable, la sociedad la de coqueta, la literatura la de spleen, con lo que, si bien no hemos puesto una pica en Flandes, hemos dado un paso agigantado en la civilización europea. Vivimos en la dulce ilusión de tener un lector en las Batuecas, al que mentalmente nos dirigiremos más de una vez; una de ellas es ahora, para decirle que bien puede ser el hombre más instruido y sabio, tener ideas y sentimientos elevados: sino sabe estas y otras palabras, puede estar seguro de que se le condenará por esos ilustrados de tres al cuarto que creen está la cultura en semejantes superficialidades, a imitar a Sócrates, en exclamar: sé que nada sé.

Esta ha sido una digresión larga cual abril y mayo: pero como dice El Heraldo que son nuestras novelas de cortas dimensiones, no teniendo nosotros bastante imaginación para crear eventos, ni menos aun el poder necesario para decirles después de creados, ¡creced y multiplicaos!, no nos queda más recurso que acudir a las digresiones para atenuar en cuanto esté en poder de nuestra pluma la dicha objeción. Nos ha dado este consejo nuestra cocinera, con la que solemos consultar, a ejemplo del gran Molière, a quien salió la cosa bien. Fundó aquella apreciable mujer su consejo en un ejemplo que nos hizo fuerza y fue éste; que cuando le sale una salsa escasa, la alarga echándole agua de la tinaja. ¡¡¡De la tinaja!!! Si siquiera hubiese dicho la materialota de la fuente? No podemos civilizarla; tampoco, en honor de la verdad, ponemos empeño en ello, no sea que se quiera meter a repostera y no tengamos quien haga el caldo.

No sabemos, lector, si hallarás que abusamos en esto de tu paciencia, porque el autor y el lector están incomunicados, lo más incomunicados posible; harto lo sentimos, pues quisiéramos complacerte. Recibe, pues, la intención.

Volvamos a nuestro asunto. Hay otra cosa que contribuye a poner a los ricos en el pináculo social. Ésta tiene algún mérito, porque es un resto de pudor, que haciendo a la generalidad avergonzarse de la vil materia del ídolo que ensalzan, pone el elogio en sus labios para adorarlo con él.

Este subterfugio ha enriquecido el caudal de sinónimos que ya teníamos, y deberán añadirse en una nueva edición a los de Huerta. Son estos los siguientes:

Cien mil duros -significa- un buen sujeto.

Trescientos mil -significa- sujeto muy apreciable.

Quinientos mil -significa- un bello sujeto.

Un millón -significa- un excelente sujeto.

Cuando se pasa al ísimo, bellísimo, excelentísimo, tente por sabido, bellísimo lector de las Batuecas, (pues para nosotros lo eres, aunque no tengas un cuarto en tu faltriquera), que el sujeto así calificado entre las gentes de dinero tiene, más de un millón para servir... a su dueño.

Encontráronse un día, poco después de la llegada de D. Roque la Piedra a Cádiz, en la calle Nueva, dos señores. Era el uno alto, grueso, colorado, gastaba gafas de oro, y la echaba de importante y elegantón; era corredor, y se llamaba D. Trifón Rubicundo. El otro, que acababa de desembarcar del Trajano en que venía de Sevilla en cámara de proa, era D. Jeremías Tembleque, el compinche y compadre que D. Roque había mandado compadecer a su presencia.

Era éste calificado en la categoría de los sinónimos mencionados entre bueno y apreciable sujeto, porque no habían podido averiguar ni los más listos hurones, cuanto pesaba su caja. Era un hombrecito flaco, encogido, enfermizo, con una cara angustiada, arrugada y amarilla como un limón seco. Vestía un gabán de un color extraordinario e incalificable, bastante claro, para que no se le notase al cabo de sus años las canas que suelen aparecer a los vestidos de paño por las costuras. Llevaba un sombrero gris y verde por debajo del ala, zapatos de paño dos veces mayores que sus pies: un chaleco insolente de feo, el cual, en la multitud de pliegues que formaba en el hueco que dejaba la ausencia del abdomen, ocultaba la impertinencia de la tela del forro que quería sacar las narices.

-¡Hola... D. Jeremías! ¿Tanto bueno por acá? -dijo el corredor al recién llegado-. ¿Viene Vd. a ver a su amigo D. Roque la Piedra? ¡Bello sujeto por cierto!

Es de advertir que D. Trifón Rubicundo había ido a ofrecer sus servicios al bello sujeto que le había recibido con la más acabada grosería. Hay existencias en el mundo, que partirían un corazón humano como un puñal, si por fortuna no consolase la idea de que cada cual siente a su manera.

-Sí, sí amigo D. Trifón, -respondió el recién llegado-, vengo a ver a ese compadre mío, que es un guapo chico que sabe más que Merlín, y trae sus riñones bien cubiertos; no como yo, D. Trifón: yo no he tenido la suerte que él. La enfermedad de mi mujer antes de venirme, ¡pobrecita! (¡Qué mujer, don Trifón! ¡Cinco juntas de médicos tuve; seis hubiese tenido con tal que, no se me hubiese muerto!) Un entierro que fue sonado, mi enorme pérdida en el banco de Nueva York, (nueva Sierra Morena!) ¡Malditos yankees, más ladrones que Geta! Desde que llegué aquí... pérdidas. En Jerez, (infames jerezanos) me metieron en una mina, no en la mina, sino en ser accionista...

-¿Y cómo fue Vd. tan inadvertido? Si fuese para las de Almería, esas sí; para esas tengo acciones que ofrecer a Vd., una ganga; son de un sujeto que marcha a Filipinas, y así...

-Si me habla Vd. de minas, echo a correr. Don Trifón, mi enemigo, ¿no estoy diciendo a Vd. que perdí diez mil reales? Me metí en ella, porque lo hizo D. Judas Tadeo Barbo; un bellísimo sujeto que sabe donde escarba, y quise escarbar donde él; porque ese ha servido, añadió haciendo una horrorosa mueca a guisa de chusca sonrisa; pero me salió mal la cuenta, perdí diez mil reales, que me han quitado diez años de vida. De nada me he arrepentido nunca como de haberme metido en la Positiva, así se llamaba la mina que ha sido la segunda parte del banco de Nueva York.¡Pues qué! ¿No hay más sino hacer un hoyo en el suelo, sacar tierra, y nada más que tierra? Don Trifón... ¡tierra! ¿Y hacerle a uno pagar dinero? ¡Clama al cielo, D. Trifón! Lo pagarán el día del juicio. Así no quiero minas, ni regaladas; ni en el Potosí, ¿está usted?

-¿Qué son para Vd. diez mil reales, D. Jeremías? Una miseria, una bicoca, un grano de anís.

Don Jeremías se puso a dar vueltas a derecha e izquierda, y a dar con su bastón en el suelo repitiendo:

-¡Diez mil reales miseria! ¡Bicoca! ¡Grano de anís! ¿Ha perdido Vd. la chaveta, D. Trifón de todos los diablos? ¿Dónde entierra Vd., D. Magnifico? ¡No digo yo que esta gente de Cádiz escupe por el colmillo! ¡Andaluces por fin, andaluces!

-No se nos venga Vd. aquí achicando, D. Jeremías. Vamos, vamos, que el amor y el dinero no pueden estar ocultos, y aquellas letritas sobre los hermanos Castañeda y compañía...

-Calle Vd., calle Vd., me está Vd. comprometiendo, D. Trifón de todos los demonios, cotorra mercantil. ¿Lo ve Vd.? ¿Lo ve Vd.?

Esto decía señalando a un chiquillo, que por ganar cuatro cuartos se empeñaba en llevarle un horroroso pañuelo de algodón a cuadros, atado por los cuatro picos, en el que traía D. Jeremías todo su equipaje.

-Te he dicho que te largues, holgazán, gritaba el avaro. ¿Crees acaso, garrapata, nigua, sanguijuela, que estoy tan mal con mi dinero que te había de pagar por llevar este lío que no pesa nada? Que te largues te digo, o sino...

Don Jeremías levantó el palo; el chiquillo echó a correr sacándole la lengua.

-¿Sabe Vd., -preguntó el corredor-, si su amigo de Vd., el señor D. Roque, que ha tenido en este pueblo hospitalario la acogida que se merece tan apreciable sujeto, piensa establecerse aquí?

-¡Jesús! ¡Jesús! Nada sé; -contestó D. Jeremías despavorido; tanto le asombró la idea de poder comprometerse en la respuesta que diese.

-Es que en ese caso tendría que proponerle un excelente negocio; puede que también acomodarse a usted, D. Jeremías.

-¡A mí no, no, no, y no! Amigo mío, si es cosa de dinero que desembolsar, no tengo un real disponible, ni un cuarto, ni un maravedí.

-Son pagarés a descontar a un año de plazo y a 12 por 100.

Los tristes ojos de D. Jeremías se pusieron a bailar el fandango.

-¿Con hipoteca? -exclamó-, ¿con garantías?

-¡Ah! No, señor: esto no se acostumbra aquí en Cádiz, donde el giro marcha libre y confiado sobre su base honorífica, el crédito: basta la firma que inspira más confianza que la hipoteca.

-Pues entonces a otra puerta, amigo Trifón: la confianza no me inspira ninguna, el crédito no me acredita nada, la firma es un papel mojado aunque sea la de Rotschild, que puede quebrar como el banco de Nueva York. Además le he dicho a Vd., -continúa en su tono llorón-; vacía la caja, amigo, como bolso de marqués; la enfermedad de mi mujer; la Positiva, en que tanto se metió y nada se sacó, esa sepultura funesta do mis diez mil reales; esa bicoca, ese grano de anís como Vd. dice: ¡caramba con Vd.!... y sobre todo esa quiebra del banco de Nueva York, me tienen en seco. ¡Malditos norteamericanos! Bien dicen los ingleses, que su Adán y Eva salieron de las cárceles de Londres. ¡Pícaros! Ea, D. Trifón, pasarlo bien, que no he almorzado, porque en el vapor llevan por todo un sentido.

Don Jeremías, que sabía que su compadre no le ofrecería de almorzar, entró en un mal café o medio bodegón, y pidió una taza de caldo, que parecía agua de fregado, en el que migó un poco de pan. Después de concluir su almuerzo, pasó el viajero a casa de su amigo.

-Conque, -dijo D. Jeremías a D. Roque, después de darle la bien venida-; conque, compadre, ¿se establece Vd. aquí? Por mí, harto me pesa de haberme venido de allá; echo cada día más de menos a mi Pepa; a mi mujer. Vd., compadre, ¿perdió la suya en la travesía?

-Sí, creo que se murió aquella testaruda que no quería venir a España, por salirse con la suya y darme ese chasco, -respondió D. Roque.

-¡Qué chasco, compadre! Ya que lo hizo, bueno es que fuese en la mar; así le ahorró a Vd. los gastos del entierro, que no son flojos, compadre, no son flojos: las cuentas las conservo. La caja...

-¿No le fue a Vd. bien aquí? -dijo interrumpiendo las lamentaciones de Jeremías, D. Roque.

-No compadre; vivir en Cádiz cuesta un sentido.

-¿Y en el Puerto?

-No se hace nada, nada; si no pasear en la Victoria, que parece un palacio encantado.

-¿Y en Jerez?

-¡No me hable Vd. de Jerez! ¡Un hato de bribones compadre!... Me armaron una con una mina Positiva; hágase Vd. cargo que jamás hubo nada de menos positivo: ¡me sacaron diez mil reales! Por tener el gusto de hacerme perder, mire Vd. si son malos, perdieron ellos también. Diez mil reales que jamás volveré a ver.

-Ya, pero...

-¡Qué pero, ni que camuesa! ¡Digo a Vd. que no los volveré a ver nunca más!

-¿Pero en lo demás?

-Los tengo que contar con los muertos, lo mismo que a mi mujer.

-Me han dicho que hay giro...

-Lo mismo que si los hubiera echado por la ventana.

-Me han asegurado que aquel viñedo...

-Ningunas, ni las más remotas esperanzas; ¿cómo? ¡Si la mina está abandonada!

-¿Y valen mucho las viñas?

-¡He visto la gran boca por donde se tragó esa positiva ladrona, mis diez mil reales!

-Es, -dijo D. Roque-, que pensaba comprar una viña a uno que está ahorcado

-¡Jesús, Jesús, compadre! -exclamó D. Jeremías-, se pierde Vd. miserablemente: ¡Vd. no sabe lo que son los jerezanos! Ya saben a su casa; han servido, como Vd., compadre; no venden sino las viñas secas. A mí me la quisieron pegar, pero la jugarreta de la mina Positiva me abrió los ojos tamaños, -añadió haciendo una C con el dedo pulgar y el índice-. ¡Mas de esto ha resultado que me ve Vd. el más desgraciado de los hombres!

La cara de D. Jeremías se puso aun más compungida.

-Pues ¿qué le sucede a Vd., compadre? -preguntó D. Roque.

-¡Que no sé que hacer con mi dinero! -exclamó D. Jeremías en tono desesperado y levantando sus manos por cima de su cabeza.

-Vamos, vamos, no se apure Vd., -respondió Don Roque-, ya veremos dónde colocarlo.

-Y cuatro años de intereses perdidos por haberlo tenido parado, ¿quién me los resarce?

-Su culpa es; a nadie tiene Vd. que quejarse, ¿por qué es Vd. tan encogido y medroso? Amigo, el que no se arriesga no pasa la mar. Finque Vd.; que las fincas están baratas.

-¡Fincar!... ¡fincas! -exclamó el avaro horrorizado-, que con las terribles contribuciones no dan, bien comparadas, esto es, en la tercera parte de su valor, ¡un cinco por ciento!... ¿me quiere Vd. arruinar?

-Póngalo Vd. a premio con hipoteca.

-Para que me obliguen a quedarme con la hipoteca, para que haya pleitos; -añadió estremecido el avaro-; ¿me quiere Vd. asesinar?

-Pues póngalo Vd. en un banco.

-¿En un banco? Vamos compadre; veo que usted quiere burlarse de mí. ¿No sabe Vd. lo que he perdido en el banco de Nueva York? Yankees del demonio, asaz peeres que los indios bravos, que los negros cimarrones y que los piratas malayos...

-¿Quiere Vd. comparar los bancos de allá con los de Europa, compadre? No sea Vd. pusilánime en su vida. Yo he puesto cien mil duros en el banco de Francia, ponga Vd. los sesenta y tanto mil que debe tener usted por mi cuenta aquí parados. Cuando vengan los otros sesenta que le quedan a Vd. que cobrar allá, podrá darles otro destino.

-Chitón, chitón, -sopló D. Jeremías asustado, poniendo un dedo sobre la boca-: nadie le pregunta a usted lo que tengo; las paredes tienen oídos, y Vd. un vocejón que parece de sochantre, compadre.

-No hay en la casa sino la negra y la niña; -dijo D. Roque.

-La negra y la niña, -repuso D. Jeremías acercándose a la puerta por ver si alguien los estaba es cuchando-, tienen sus bocas para repetir lo que oyen, como cada hijo de vecino.

-Haga Vd. lo que le digo, hombre de Dios, -prosiguió D. Roque-; y si no, va Vd. a tener ese dinero para mientras viva.

Don Jeremías se puso a temblar como si se le hubiese entrado el frío de una terciana; pero no rechazó del todo la idea. La iba cogiendo y soltando como un gato una sardina puesta sobre unas parrillas. Al cabo de tres días y tres noches de combates y angustias, en las que ni comió ni durmió, se decidió por fin a seguir el consejo de su amigo, y al cuarto partió llevándose a la pobre niña, su ahijada, de la que no se ocupó el apreciable sujeto en todo el viaje.

La niña iba convulsa y hecha un mar de lágrimas, no por separarse de su padre, delante del cual temblaba, sino por dejar a la negra estúpida y amilanada, que al fin era el único ser que desde la muerte de su madre no la repulsaba, y por el espantoso horror que le inspiraba la mar.

Cuando ancló el vapor en Sanlúcar para recibir pasajeros, estaba la infeliz niña tendida en su camarote, más muerta que viva. Su mal aumentado con las ansias del mareo y con su miedo, la habían puesto en un estado que daba compasión. Allí se embarcó una señora joven y hermosa con un caballero de edad y una niña de ocho años. Esta se puso a escudriñarlo todo.

-Quiero ver este camarote, -dijo-, empujando la puerta del en que estaba Lágrimas.

-No, Reina, -le dijo la madre-, está cerrado y tendrá dueño.

-Pues quiero verlo... quiero...

-Niña, -dijo el caballero anciano-, no siempre en el mundo se puede hacer lo que se quiere.

La niña, por respuesta, daba vueltas al pestillo, hasta que consiguió abrirlo.

-¡Qué picarilla! -dijo la madre-; en metiéndosele algo en la cabeza, no para hasta salirse con ello.

-¡Dios quiera que no le pese a Vd. algún día lo que ahora le hace gracia, Marquesa! -repuso el caballero.

-¡Madre, madre! -gritó su hija-: mirad, mirad a esta pobre niña... está mala y sola; ¡pobrecita, pobrecita!

La Marquesa acudió al camarote, y halló a su hija que abrazaba y besaba a la pobre Lágrimas, que parecía un cadáver.

-¡Pobre niña! -dijo la Marquesa-. ¿Con quién vienes?

-Con mi padrino, -respondió en voz casi ininteligible la niña.

-Que es un pícaro infame que te deja así mala y sola, -dijo Reina.

-Reina, Reina, eso es muy feo, y no se dice, -dijo su madre.

Pero la niña había desaparecido, y pronto volvió con un plato de bizcochos: un criado la seguía con una bandeja de café.

-Toma, toma bizcochos y café, pobrecita mía, que es bueno para el mareo, -dijo Reina-. ¿Buen padrino tienes! Si le veo arriba, le doy un empujón para que se caiga al río.

-Reina ¿no podías haberme avisado, y no ir tú por el café? -dijo el caballero.

¡Qué avisar! -repuso esta-: hubiese Vd. echado dos días, D. Domingo.

-¡Qué corazón tiene esta hija mía! -dijo la marquesa de Alocaz, cubriendo de apasionados cariños a su hija.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo IV
Pág. 05 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


ENERO, 1838.

Algún tiempo después estaban sentadas debajo del emparrado del jardín del convento unas cuantas niñas chicas. Nada podía verse más gracioso que lo eran sus posiciones, movimientos y ademanes. ¡Con cuanta razón se ha dicho que todo lo que lleva el sello de la gracia elegante y ascética, es una copia perfeccionada de la gracia de la infancia! ¿Consistirá esto en que esa gracia que nos encanta, sea el celestial reflejo de la inocencia?

Todas estaban muy ocupadas; unas hacían un jardín con un arte que hubiese envidiado Le Notre... figuraba en él una ramita de box, un naranjo; una clavellina, una palma; en el centro un medio cascarón de huevo, figuraba la fuente de alabastro, en la que unos pedacitos de hojas de geranio encarnado, representaban los peces; a su alrededor los dedales, rellenos de ramitas de tomillo, figuraban macetas. Otras niñas hechas cocineras, se afanaban en meter en una ollita tamaña como una nuez, unas cuantas coliflores figuradas por jaramagos. Otras vestían un niño de barro con toda la delicadeza necesaria para no dejarlo falto de piernas o de brazos. Otras, gravemente sentadas en visita, tenían en sus manos una hoja de parra a manera de abanico.

Sólo una niña delgada y pálida, estaba sentada en una sillita baja y no se movía.

-¿Nunca quieres jugar, Lágrimas? -dijo una de las otras. ¿Te duele un pie?

-No, -respondió la niña.

-Pues ¿porqué no quieres jugar?

-¡Estoy cansada!

-¿De qué?

-No sé.

-Yo también estoy cansada, -dijo la cocinera, abandonando la olla a su triste suerte, como lo hacen otras de muchos más años.

-Yo también, yo también, -repetían las demás con aquella inconstancia propia de la edad en que nada interesa, ni aun los juegos.

-¿Vamos a contar cuentos?

-Sí, sí, cuenta tú, Maalena.

-Había vez y vez una hormiguita...

-Ese no, ese no, que le sabemos.

-Pues no sé otro, ea.

-¡Ay, mira, mira, un bicho! ¡Qué feo es!

-No es feo, es una chinita de humedad; en tocándola, se pone redonda como una bola, mira.

-¿Y porqué hace eso?

-Para esconderse.

-La voy a matar.

-Jesús, no, no, que si lo ve Lágrimas va a llorar, y nos va a reñir la madre Socorro por mor de ti.

-Pues yo haré que no llore; yo sé como.

-¿Tú? No es.

-Sí es.

-¿Pues cómo?

-Con una copla que yo sé, y se les canta a los niños para que callen.

-Cántala... anda.

La niña se puso a cantar en la más sencilla de las tonadas, puesto que no salió de una sola y misma nota:

Isabelita no llores
que se marchitan las flores,
no llores Isabelita
que las flores se marchitan.


-Maalena, -dijo una regordetilla de carita rosada y bobilla- cuéntanos la historia del niño perdido, que es más bonita, ¡anda!

Maalena se sentó, sobre una regadera y empezó la historia del niño perdido.

Madre, a la puerta está un niño,
más hermoso que el sol bello,
y dice que tiene frío
porque viene medio en cueros.
Pues dile que entre; se calentará.
¡Ay! ¡Que en este pueblo ya no hay caridad!
Entró el niño y se sentó;
hizo que se calentara,
y preguntó la patrona
¿de qué tierra? ¿De qué patria?
Responde: señora, soy de lejas tierras.
Mi padre es del cielo; madre es de la tierra.
Estando el niño cenando,
las lágrimas se le caen,
-dime niño, ¿porqué lloras?
Porque he perdido a mi madre.
Mi Madre de pena no sabrá que hacer
aunque la consuele mi Padre José.
-Hazle la camita al niño
en la alcoba con primor.
-Que no se haga, señora;
que mi cama es un rincón.
Mi cama es el suelo en el que nací,
y hasta que me muera ha de ser así.
Apenas rompía el alba
el niño se levantó,
y le dijo a la patrona
que se quedase con Dios;
que él se iba al templo por que era su casa;
donde iremos todos a darle las gracias.


Cuando hubo concluido Maalena, se volvieron las niñas a la niña pálida y le dijeron:

-Lágrimas, cuéntanos el cuento de la Flor del Lililá, ¡qué lo cuentas tú muy bien!

-Estoy cansada, -respondió la niña pálida.

-Anda, cuenta, no seas premiosa y con su cante y todo. Si lo cuentas, te voy por lechuguino al huerto para tu canario.

Con esta promesa, la niña que parecía tan caída, se animó, y contó como sigue su cuento.



CUENTO DE LA FLOR DEL LILILÁ.

Habíase un Rey que tenia tres hijos, dos muy malos y uno muy bueno. Todos los días venia a palacio una pobrecita a pedir limosna, y los dos grandes ni le daban, ni le decían siquiera perdone Vd. por Dios, sino que se fuese. Pero el más chico aunque no tenía dinero, porque se lo quitaban los grandes, le daba a la pobrecita su pan después de besarlo. Diole al Rey una enfermedad en los ojos y cegó; y los médicos dijeron que no había sino una cosa que lo pudiese poner bueno, y era esa cosa la flor del Lililá. Pero era el caso que nadie sabía donde estaba la flor del Lililá.

Los hijos dijeron que iban a buscarla, y que no se habían de volver sin ella, aunque tuviesen que ir hasta donde se levanta y hasta donde se acuesta el sol. Salió el mayor, y se encontró con la pobrecita que pedía, que era la VIRGEN, y le preguntó si le podría guiar, o dar norte, para poder hallar la flor del Lililá. Y como la Virgen no niega un buen consejo a nadie, sea malo o sea santo el que se lo pida, le respondió; -Ves por aquel camino derechito, derechito que te señalo, y llegarás; pero te advierto que hallarás a muchos niños blancos, que son los niños buenos, y muchos niños negros que son los malos; estos querrán jugar contigo, entretenerte y sacarte de la buena senda; no les hagas caso sino a los blancos, que te acompañarán y mostrarán siempre la buena senda. El niño siguió su camino, pero en lugar de hacer lo que le había dicho la buena pobrecita se puso a jugar con los niños negros que lo extraviaron; y lo mismo en todo y por todo que sucedió al mayor sucedió al segundo. Pero no así al chico, que como era bueno, hizo todo lo que le dijo la pobrecita, y así fue que los niños blancos le acompañaron hasta llegar a un jardín muy hermoso donde estaba la flor del Lililá, que era blanca, resplandecía y olía a gloria.

Cortó el niño la flor, y se puso en camino para llevársela a su padre. Pero a poco encontró a sus hermanos con los niños negros, que les dijeron matasen a su hermano para llevarles ellos a su padre la flor; y así lo hicieron los pícaros, y después de matado enterraron a su hermanito para que nadie lo viese.

En el sitio en que fue enterrado el niño, nació un cañaveral, y un pastorcito que apacentaba por allí sus ovejitas, cortó una cana e hizo una flauta, y cuando se puso a tocarla, salió de ella una voz muy triste que cantaba.

La niña se puso a cantar con una voz débil; pura y dulce como un suspiro sobre una sencilla, pero melodiosa y expresiva tonada:

No me toques, pastorcito,
que tendré que divulgar,
que me han muerto mis hermanos
por la flor del Lililá.


Al pastorcillo le pareció el canto de la flauta una cosa tan rara y tan bonita, que se la llevó al Rey; más apenas la tenía en las manos el Rey, cuando se oyó el canto mucho más triste todavía, que cantaba:

No me toques, padre mío,
que tendré que divulgar
que me han muerto mis hermanos,
por la flor del Lililá.


Cuando el padre conoció la voz de su hijo el más chico, se puso a llorar y a arrancarse los cabellos y mandó traer sus hijos mayores a su presencia. Estos al oír el canto de la flauta, cayeron de rodillas, deshechos en lágrimas y confesaron su delito. Entonces el Rey los condenó a morir. Pero de la flauta salió una voz, sin que nadie la tocase, que más suave que nunca cantó:

No los mates, padre mío,
y ten con ellos piedad,
que los tengo perdonado...
¡que es tan dulce perdonar!


Concluido que hubo la niña su cuento, las demás se esparcieron formando nuevos juegos, pero casi todas tarareaban en sus infantiles voces, que aun no podían como la de Lágrimas ceñirse a una melodía, en notas vagas, y sin precisión, que no tenían aun el freno de la voluntad, así como los pensamientos de entre duerme y vela, que lo han perdido, la canción del cuento de Lágrimas, mientras ésta con su voz aun más dulce y triste, seguía cantando:

Que les tengo perdonado...
¡Que es tan dulce perdonar!


Puso la niña su mano en su mejilla y cual si ella misma se hubiese arrullado con su canto, se quedó dormida.

-¡Angelito! -dijo al verla la madre Socorro-; la pobre niña no ha pegado los ojos en toda la noche. ¡Me da una lástima! ¿La sacaremos adelante, madre abadesa?

-Con la ayuda de Dios, hermana, -contestó ésta-. Hablad quedo, niñas mías, -añadió dirigiéndose a las otras niñas-, para no despertar a la pobrecita que no duerme de noche.

Las niñas se alejaron, se internaron en el jardín y empezaron a hablar de quedo, pero con esa graciosa falta de tino de la infancia, tan extremo de quedo, que no se oían unas a otras.

-¿A que no adivináis? -dijo Maalena que era la mayor, matrona ya de siete años.

-¿El qué?

-Una adivina.

-¡A que sí!

-Pues... ¿qué es un platito de avellanas que de día se recoge y de noche se derrama?

Todas se pusieron a meditar por casi medio minuto.

-Nosotras; -exclamó la gordiflona dando un salto que la levantó dedo y medio del suelo.

-Al revés me la vestí, -dijo la matrona-. Eres más tonta que Pipí, Josefita.

-Pues dilo tú, ya que lo sabes.

-Las estrellas, torpe.

-¡Qué no! Las estrellas no son avellanas.

-¿Pues qué son? Marisabidilla.

-Las lágrimas de María que se llevaron los ángeles al cielo; por eso son tantas que nadie las puede contar.

Las niñas se pusieron a mirar al cielo, en el que surcaban volantes nubarrones, cubriendo y descubriendo a su paso alternativamente la luna.

-¡Ay! -dijo la regordetita-, ¿no ves como se entra y se sale la luna en el cielo? ¿Qué le habrá dado?

-La estará llamando Padre Dios, contestó su vecina.

-Yo no oigo a su mercé.

-Tampoco lo ves en la misa, y está, -dijo la matrona-, si lo viéramos con estos ojos y lo oyéramos con estas orejas, -añadió tirándole un tirón de las suyas a la gordifloncilla-, ¿qué gracia habría en creer? Como dice la madre Socorro.

La dueña de la oreja dio un chillido. La niña dormida se estremeció, y despertó sobresaltada: sus ojos negros estaban desmesuradamente abiertos y exclamó azorada:

-¡La mar! ¡La mar! ¡El tiburón! ¡El tiburón! ¡Madre! ¡Madre!

La monja tomó a la niña en sus brazos.

-Vamos, vamos, niña mía, -le dijo-. Sosiégate, es un sueño, una pesadilla. Tu madre está en el cielo con Dios, con los ángeles, con los santos, rogando por ti. Tú estás aquí con nosotras, que te queremos tanto: a tu lado está el Ángel de tu guarda; la mar y sus tiburones están muy lejos: no hay aquí sino la fuente de agua tan dulce y los pececillos colorados: ¡míralos, míralos como corren!


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo V
Pág. 06 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


Ya que hemos ido a buscar la filiación de parte de los personajes que van a figurar en los eventos, (por cierto sencillos y cuotidianos), que vamos a referir, preciso nos será hacer lo mismo con los demás que vamos a poner en escena. Hacemos esto con tanta más razón, cuanto que más que eventos, pintamos sucesos; más que héroes de novela, trazamos retratos verídicos de la vida real.

Hay seres eminentemente felices y envidiablemente dichosos. Son estos los que con una excelente salud, una situación mediana, en la que nada ahorran, pero en la que tienen su pan asegurado, alejando así esperanzas doradas y temores negros, en un círculo limitado de objetos y de ideas, sin conocer un libro ni de vista, sino el catecismo, tienen la existencia exterior arreglada como un reloj, y la interior tranquila como una balsa de aceite.

El siglo de las luces no es de este parecer; ¡peor para él! No quiere existencias modestas y tranquilas; esto es contra la dignidad de las luces y el decorum de la ilustración.

Así inocula a toda prisa este siglo la noble ambición en todos, no como la vacuna para preservar de un mal al inoculado, sino para ponerle apto a padecer una feroz epidemia. La aplicación de esta verdad podrá hacerse en el relato que ahora empezamos. Llevando a nuestros lectores a Villamar, puertecito de mar el más desconocido de España, en el que Don Perfecto Cívico, herrador y albéitar, tenía dignamente y con satisfacción de todos, la vara de alcalde en sus robustas manos.

Siendo este buen señor veterinario de un Regimiento, conoció en Galicia una gallega que valía y tenía su peso en plata, que no era poco.

Cívico, que era buen mozote, fue bien acogido cuando se presentó de pretendiente; con condición de retirarse del servicio, y de sentar sus reales y su banco de herrador en su pueblo. Apenas casado, murió su suegro; Cívico realizó la herencia, se trajo esta en buenas letras de cambio, y a su mujer en un charanguero a Cádiz, desde donde pasaron en amor y compaña a Villamar. El origen de este caudal heredado era el siguiente.

El abuelo de la novia tuvo dos hijos, Tiburcio y Bartolo; al primero, que era fuerte y robusto, le puso su padre a arar. Al segundo, que era flaco y endeble, le envió a América como género de pacotilla. Después de muchos años, recibieron carta de Bartolo, en que le decía a su familia que no le había ido mal, y que había hecho dinero.

En esta carta se firmaba el que la escribía, Bartolomé. Su hermano Tiburcio, que atribuyó el me añadido al Bartolo, al orgullo que le daban sus riquezas y sus viajes, se picó, y le contestó con arrogancia:

Si pur que fuiste a las Indias,
te firmas Bartulumé,
yu sin salir de Jalicia
fírmume Tiburciomé.


Murió Bartolomé y heredó Tiburciomé el caudalito que su hija Tiburciamé llevó en dote al enamorado albéitar.

Este enlace fue feliz, porque ambos, él, a pesar de su necia fachenda echándola de ilustrado, y ella, a pesar de su genio tosco y mandón, eran dos buenas y honradas criaturas.

D. Perfecto, sobre todo desde que había cogido en sus menos la vara que nadie en el pueblo quería tener en las suyas, ostentaba un tono sentencioso y doctoral, y enmendaba la plana al Gobierno con un conocimiento de causa, una ciencia infusa pasmosa. Tiburcia, aunque franca y jovial, no se dejaba intimidar con tonos ni aires; no entendía de chicas y llevaba en su casa la voz, por la sencilla razón de que de ella eran lus cuartus. Sólo un choque habían tenido los consortes. Tiburcia no quería, y en honor de la verdad no podía nombrar a su marido veterinario, y no había santo que la sacase de la voz albéitar. Y desesperaba a D. Perfecto Cívico ver atajarse el progreso en la boca de su propia mitad.

-Tiburcia, -le decía a su mujer-, el que ejerce el arte de la veterinaria se llama veterinario.

-Vaite a o demo, -respondía Tiburcia con su acento gallego-, en mi tierra el que cura las bestias se llama albéitar, y a mucha hunra: es verdad.

Pero llegó el día en que esta paz doméstica vino a perturbarse de una manera más seria.

Tenía D. Perfecto fundadas todas sus esperanzas para el futuro engrandecimiento de su estirpe, puestas todas las miras de su noble ambición, las ilusiones de sus dorados sueños, en su primogénito, que llevaba el nombre de familia Tiburcio, y éste había llegado a la edad prefijada por su padre para llevarle a estudiar a Sevilla.

No daremos cuenta de los altercados que tuvieron en esta ocasión la mitad ilustrada y la mitad no ilustrada de este matrimonio, porque sería un nunca acabar.

-¡A estudiare! -exclamaba con su buen sentido gallego Tiburcia-, estu es, a jastare buenus cuartus y que se haga un hulgazán. Que aprenda a herrare e a curar mulas como su padre, e ganará bien su vida; es verdad. ¡Estudiare! ¿Te tienta o demo? ¡A estudiare! ¡Te figuras tú, humbre, que Tiburciño es fillo de algún Marqués! ¡Nun lu he de consentir: es verdad!

Don Perfecto por primera vez en su vida se las calzó. Era el que su hijo subiese a altas regiones y figurase el sueño dorado de toda su vida: y antes lo hubiesen arrancado la vara de alcalde y el corazón, que estas dulces ilusiones y estas brillantes fantasmagorías.

Así fue todo su conato hacerlas reverberar en la imaginación algo obtusa de su hijo, y despertar en él la noble ambición de que él mismo estaba poseído. Era esto difícil, porque Tiburciño, como le llamaba su madre, malditas las ganas que tenía de estudiar, ni menos de salir de Villamar, donde a pesar de no tener más que diez y siete años, tenía ya su novia. Era esta Micaela, o Quela, como la llamaban siempre, hija del tío Juan López, el rico compadre del alcalde. Los padres habían visto con gusto este principio de noviaje, por convenirse mutuamente las circunstancias de los muchachos. Así el tío Juan López hizo algunas prudentes reflexiones al alcalde, pero no hubo tu tía. Tiburcia gruñó, rabió, lloró, gritó; no hubo emboque: partió el inflexible alcalde llevándose a su hijo que era un varal desgavilado, que llevaba muy mal gesto e iba montado en una mula tan flaca como él.

El niño, que era de Villamar, que tiene tanta fama por ser la tierra clásica de las calabazas vegetales, las llevó muy sendas metafóricas en los diferentes exámenes que sufrió en su carrera de estudiante barragán: lo que prolongó mucho el tiempo de universidad. Cuáles no serían las lamentaciones, imprecaciones y reconvenciones que salían como de un fecundo manantial, de la boca de la seña Tiburcia, cada vez que un trimestre vencido forzaba a la económica gallega a aflojar los apretados cordones de su bolsillo, eso queda en lo incalculable, como las estrellas, los granos de arena del desierto, y las gotas de agua de la mar.

Pero todo lo sufría estoicamente el señor Perfecto Cívico con tal que su hijo entrase en la senda que conduce al ministerio. Estaba tan entusiasmado, que todo lo sacrificaba a fomentar la ardua empresa. Cada torozón que curaba, se convertía en el Derecho real, y las herraduras puestas, en un Destut Tracy, desesperando con esto a Tiburcia, que exclamaba desconsolada:

-Este humbre es un mal padre; un ladre de sus utros fillos, que non van a vere un cuartu de la herencia de mi tiu Bartulumé. Ven acá, humbre de Dios, ¿si tudus los albéitares mandan a fillos suyos a estudiare, quién curará las bestias?

-Los hijos de Marqueses, -contestaba pomposamente el alcalde-, como lo dice el periódico titulado La Víspera del día del juicio.

Diciendo esto se envolvía el alcalde en su capa burda como en una toga, y abandonaba el mezquino y oscuro hogar doméstico.

En las primeras vacaciones que el estudiante vino a pasar a su casa, se le notó muy cuellisacado, muy perezoso, muy desastrado, con un falsete recio y destemplado, y unas ganas de comer que horrorizaron a su madre.

En estas primeras visitas, no tuvo Quela motivos para quejarse de la inconstancia ni frialdad de su novio; pero en cambio no le gustó oírle celebrar con entusiasmo a las muchachas de la fábrica de tabacos y ponerlas por modelo de gracia campechana. Tampoco le gustó el tufo a vino, inseparable compañero del estudiante lugareño. No obstante, siempre apegada y fiel, vio con gusto a los padres concertar sus bodas.

Más adelante Tiburcio fue escaseando sus visitas, y multiplicando sus pedidos de dinero. Más adelante aun, vino el estudiante por pocos días, con aire jaque y ostentando una superioridad y un predominio que le hicieron insoportable e todos, menos a su padre, que en esto vio vislumbrarse al hombre superior.

Llévanos esto sencillamente a hacer una reflexión general en punto a educación, y es que existe una cosa funesta en nuestros días en que tanto se charla sobre educación como sobre todo. ¡Época de charla si la hubo! La charla priva, la charla reina, la charla aturde, y la charla va haciendo de las ideas un nudo gordiano. Pedimos a Dios que envíe una mudez general a guisa de espada de Alejandro. Esta cosa funesta es el exagerado cuidado que se pone en la parte intelectual de la educación, es decir, en el saber, y el poco que se da a la parte moral, es decir, al sentimiento. Ver como se rellena la cabeza, y se deja vacío el corazón. ¡Esto aturde!... ¡Así sale ello!

Son los sentimientos la parte suave y femenina de nuestra naturaleza; el entendimiento es la parte dura, áspera y masculina: ahora bien, tened presente para vuestro gobierno, que en aquellas partes donde la primera está avasallada y desatendida y prepondera la segunda, son pueblos bárbaros, duros, toscos y crueles. Irrita el ver como los chicuelos del día, especies de vocingleros papagayos, que tanto saben de memoria, ostentan su superioridad en todas materias sobre sus mayores, que aprendieron en el gran libro de la experiencia; y cómo gentes de valer, y aun sus propios padres, les aguantan por faltarles a su recto juicio y sanas razones, acaso la insufrible fraseología, la maceadora locuacidad, y la sofística argumentación moderna; argumentación inatacable, porque ni tiene bases ni reconoce aquellas en que se fundan los argumentos de sus contrarios. Si ponemos algún día un colegio, cata aquí nuestro programa, lector, por si quieres confiarnos algún hijo.


CÁTEDRA PRIMERA; en que se inculcará:

Que el hombre sin religión es una fiera rebelde, ingrata y estúpida, que emplea sus facultades en perjuicio propio y ajeno. Que la religión no es una fabulita ni un sistemita que cada cual se fabrica en el pequeñísimo taller de sus ideas; sino una revelación divina: no puede ser ni comprenderse de otra suerte. Que nuestra flaqueza puede apartarnos de sus mandamientos, pero que no puede sin apostasía el entendimiento apartarnos de sus principios, y que una apostasía, por pequeña que sea, es un mal mucho mayor que una flaqueza aunque grande.


SEGUNDA CÁTEDRA; en que se inculcará:

Que la bondad es el suave óleo que debe ungir todos los ejes sobre los que giran nuestras acciones y relaciones con todo el mundo, y hasta con los animales, pobres seres desvalidos que tiraniza el hombre.


TERCERA CÁTEDRA; en que se probará:

Que el respeto a nuestros superiores, a nuestros semejantes, a nuestros inferiores, al poder y a la desgracia, no es, según se ve hoy día, un mytho, un sentimiento apócrifo, o una fósil y antediluviana curiosidad, sino que existe, y es una flor aristocrática del corazón y el sello de una educación fina y distinguida.


CUARTA CÁTEDRA; se enseñará:

Que la modestia, esa gemela señora de su hermana santa, la humildad, es el sello del verdadero mérito; el estigma que le imprime la superioridad.


QUINTA CÁTEDRA; se enseña la caridad:

Débese ejercer, no por mayor y en teorías; pero al pormenor y en práctica. Débese emplear, no como arma contra los ricos, sino como auxilio para los pobres. Debese ensalzar en los otros más que todas las demás virtudes; más que el saber, el talento y que cuanto hay, pues es la que más nos asemeja a Dios. Después que salga de nuestra escuela, querido lector, podrás enseñar a tu hijo la gimnástica, el avant deux, el francés, el latín, el griego, y aunque sea el sanscrito. Con ninguna de estas cosas es incompatible nuestro COLEGIO DE PRIMEROS SENTIMIENTOS.

Con el mencionado detestable y chabacano aire de superioridad, miraba Tiburcio, ese lechuguino do arrabal, a su novia la linda Quela, y no obstante, Quela era una de esas criaturas privilegiadas que nacen en todas las esferas, no para salir de ellas, sino para embellecerlas, porque Dios dispensa sus gracias con igualdad en todas. San Isidro fue labrador y Nerón emperador, sin que esto haya contravenido a las leyes morales y físicas que rigen el mundo.

Criada Quela en la Amiga de señá Rosita, de quien fue la preferida, desde niña su bonita figura, su docilidad, su aplicación e índole dulce, la hicieron apta a que germinase cuanta buena semilla se sembró en su corazón. Si por un lado el carácter un poco áspero de su padre la hacía encogida, por otro los mimos de su madre la hacían confiada. Era suave como un día de calma; caritativa como una santa; alegre ajuiciada, y se apegaba a las personas a quienes quería, como un suave jazmín que perfumaba con sus flores lo que estrecha con sus ramas.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo VI
Pág. 07 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


ABRIL, 1842.

¡Cuán vasta es la esfera de los sentimientos del hombre! Sólo ella puede darnos una idea de la inmensidad. Sin ir a buscar su variedad y sus contrastes entre los diferentes individuos de la especie humana, entre los cuales los hallaríamos, en algunos, dignos de ser abrigados en pechos de ángeles, en otros análogos a los de los réprobos, podemos hallar este horizonte sin límites en nosotros mismos.

Pero ¿qué es lo que hoy cubre de nubes este horizonte, y qué poder es el que las disipará mañana, y lo hará resplandecer a los rayos de un brillante sol? La imaginación. Bien. ¿Mas quién le da ese poder? ¿Quién es quien a ella misma le pone hoy una corona de rosas, y le pondrá mañana una de ciprés? El corazón. Bien. ¿Y cuál es el astro que influye en las mareas del corazón? ¿Qué lo hace sonreír hoy y mañana suspirar? Es el soplo que despide al agitarse las alas de un ángel desterrado a la tierra, por haberla creído mejor de lo que es, y que se esfuerza en vano en lanzarse al éter y volver al cielo, cada vez que la lástima, el horror, la indignación destrozan su pecho. ¿A qué, pues, han escrito tantos poetas magníficas estrofas para pintar esta melancolía, este malestar que no es en los seres superiores, sino el ansia por la santidad, que es el ideal del alma? Veo por qué en el cristiano esta tristeza es humilde, y llora; y por qué en el escéptico es amarga y blasfema. En el primero lleva al pie del altar; en el segundo al suicidio.

¡A qué esta elevada digresión? ¿Por qué en una novela, que debería tener un carácter decidido sentimental o jocoso, hacernos pasar de repente a los extremos opuestos en estos dos ramos? Contestaremos: que no escribimos novelas, sino cuadros de la vida humana, tal cual es, tal cual la veis vos delante de vuestros ojos. Ahora, pues, el mundo es como la cabeza de Jano, con dos fases, de las cuales, una es la de Demócrito y otra la de Heráclito, que pasan ante vos alternativamente riendo o llorando. Acaso si escribieseis la historia de vuestras propias impresiones, ¿no irían igualmente alternados y formando contraste los capítulos que escribieseis bajo las impresiones diversas que recibís? Después de estas reflexiones explicativas y vindicatorias, prosigamos.

Jugaban en el convento de monjas de que ya se ha hecho mención, las niñas que en él vimos tan chicas, pero que encontramos muy crecidas, porque han pasado desde entonces cuatro años.

El antiguo personal se ha aumentado con otra niña de doce años, llamada Reina, hija de la Marquesa de Alocaz, la que habiendo tenido que hacer un viaje a Madrid, ha dejado a su hija en el convento donde ella misma había sido criada. Educar a las niñas en los conventos no se estila hoy día; la madre que pensase en eso, sería tenida por una madre muy tirana y anticonstitucional. Quitar a las niñas el lucir las capotas y los echarpes en el paseo, levantando las narices, mirando a todo el mundo a la cara con una insolencia de manolas; quitar a estas inocentitas el dar su opinión y emitir su voto sobre la ópera y el prendido de la señora tal o cual, es contravenir a los sagrados derechos de las niñas. Impedir a monitas de ocho años, el ser seguidas en el paseo por miquitos de diez, y recibir esquelitas escritas con palotes sobre un papel que lleva gravemente las iniciales del que la escribió, y sobre las cuales se ve una corona en lugar de una chichonera, sería una flagrante reacción hacia el obscurantismo. Enseñar a las niñas a coser una camisa en lugar de bordar un chocante y chillón paisaje chinesco, o el país de las monas en tapicería para un cuadro que lastimará la vista de cuantos lo miren; hacerles leer buenos libros el Año Cristiano, en lugar del periódico de modas; hacerlas llevar la casa y cuidar de su aseo, en lugar de tocar el piano ocho horas al día; todo esto sería pecado de lesa elegancia; ¿a qué semejante educación amillavesca cuando todos somos ricos, o esperamos serlo, y cuando por noticias fidedignas recibidas por telégrafos eléctricos, se sabe que va a llegar un surtido completo de novios californianos para dichas princesas?

Así es, que solo a la casualidad que obligó a su madre a ir a Madrid, era debido el que Reina estuviese en el convento. Las otras niñas eran de gentes humildes, la mayor parte huérfanas, que o bien sus parientes, o algunas personas caritativas, o bien las mismas monjas mantenían en el convento. Estaban regando macetas. Reina estaba parada delante de una niña pálida, que sin moverse se mantenía en pie apoyada contra un árbol. Era aquella la misma niña que ya vimos en el vapor, interesarse tan calorosamente por Lágrimas.

-Vamos, ven a correr, -le decía reteniendo a duras penas sus piececillos inquietos que parecían tener alas como los de Mercurio-; ¡a que no me coges!

-¡Estoy cansada! -dijo la niña pálida.

-¡Déjala, Reina, -dijeron dos niñas que pasaban en este instante cerca de las otras, llevando entre las dos una maceta de alhelíes, como Santa Justa y Santa Rufina la Giralda-, déjala! ¡Si no le gusta correr!... ¡Nada le gusta; ni correr, ni jugar, ni hablar, ni comer, ni dormir; nada le gusta sino no hacer nada! Oye, Lágrimas, ¿son en tu tierra todas tan pánfilas?

La niña pálida al oír esta salida hostil, se echó a llorar.

-¡Eh! ¡Ya la hemos hecho buena! -dijo una de las agresoras-, esa es como la fuente del patio; no hay sino tocar a la llave; sea por el lado que sea, allá va el agua. ¡Si madre Socorro la ve llorar, ya estamos frescas! ¡Jesús! ¡No llores, mujer, por María Santísima! ¿Qué te hemos hecho? Lágrimas... ¡y que bien te viene el nombre, y qué guitarra tan mal templada eres!

-Y yo ¿en qué os ofendo que me queréis tan mal? -dijo la niña sin dejar de llorar.

A las otras les dio tal coraje ver que no dejaba de llorar, que alternativamente se pusieron a decirle:

-Fuente de lágrimas.

-Valle de lágrimas.

-Mar de lágrimas.

-Chubasco de lágrimas.

-Lloras para que nos riñan; comadre llorona; pero no tengas cuidado, que conforme te coja las vueltas, le vacío el agua al bebedero de tu canario.

Al oír esta amenaza, Lágrimas se dejó caer en el suelo, su respiración se agitó con hueco sonido; sus ojos se abrieron desmesuradamente y como desatentados, y apoyó sus manecitas sobre su pecho.

-¡Jesús nos valga! -dijeron las niñas de la maceta asustadas-, le da la palpitación, la suspensión, la quisicosa; si viene la madre Socorro nos podemos encomendar a Dios.

Diciendo esto habían soltado la maceta, y habían echado a correr, desapareciendo en el extremo opuesto del jardín.

Reina, que tenía dos años más que Lágrimas, era alta, bien formada, y llevaba erguida una cabeza en cuyas perfectas líneas se desarrollaba ya una singular belleza, y en cuya frente altiva y ademanes sueltos, se descubría la niña rica, mimada y criada sin sujeción. Bajó ella sus ojos hacia la otra niña que estaba caída en el suelo, y si bien no hubiese hallado un observador en aquella mirada lo celestial y dulce de la compasión simpática, en cambio hubiese notado en ella la noble expresión de la voluntad enérgica, de la decisión activa de proteger lo justo contra lo injusto, lo débil contra lo fuerte.

Sin aturrullarse, sin inmutarse, había Reina aflojado las cintas del vestido de su compañera, y la sostenía dándole friegas en los brazos como lo había visto practicar en semejantes ocasiones a las monjas, cuando llegó la madre Socorro.

-¿Qué es lo que le ha causado esto? -preguntó apurada la buena religiosa.

Ambas niñas callaron: Lágrimas, porque entre sus angélicas cualidades, era la más espontánea e inherente a su ser, la de perdonar, o por mejor decir, en aquella suave criatura que se había criado entre padeceres físicos y sentimientos religiosos, no existía perdón, porque no existía la ofensa; las pocas veces que sufría algún pequeño vejamen, como había sucedido aquella mañana, este la hería, pero no la ofendía, conseguíase afligirla, pero no irritarla.

Por lo que toca a Reina, tenía la nobleza que impide delatar, cuando se tiene la seguridad de impedir el mal por sí.

Lágrimas había vuelto en sí de aquella crisis, y aseguraba a la madre Socorro que se hallaba bien.

-¿Quién ha puesto aquí esta maceta? -preguntó esta, viendo la giralda de alhelíes, que las santas Justa y Rufina habían dejado plantada en medio de un camino, sin que chistasen los alhelíes de miedo de volver a sufrir las bárbaras sacudidas de que ya habían sido víctimas en manos de sus inhábiles portadoras.

Reina se lo dijo, y la madre llamó a las nombradas.

Llegaron estas, siendo vivas imágenes de la confusión, de los remordimientos y del desaliento.

-¿Dónde llevabais esa maceta? -preguntó la religiosa.

Al oír esta pregunta, que no tenía conexión con su mal comportamiento con Lágrimas, un cambio repentino como en una comedia de magia, se efectuó en la cara y talante de las llamadas a juicio; huyeron las tinieblas, brilló el sol, y contestaron horondas:

-Aquí, cerca de la fuente.

-¿Y por qué?

-Porque tenemos para regarla que acarrear el agua de tan lejos, y con el calor nos fatigamos.

-Estas macetas, prosiguió la monja, ¿las criáis para poner en el altar de la Señora el día del Dulce Nombre?

-Sí, señora.

-Pues para que en ese día estén en toda su flor, necesitan del sol que tienen allí donde están, y no estar como estarían al lado de la fuente a la sombra de los árboles; pero aunque eso no fuese, no queráis nunca cercenar pasos en cosa que fuere del servicio de Dios; aunque os parezcan perdidos no lo son, y sino oid un ejemplo:

Tenía un ermitaño su ermita en un valle cerca de un monte sobre el que había un hospital. Hubo una gran epidemia, y el hospital se llenó tanto de enfermos, que no había manos que bastasen para asistirlos, por lo cual acudieron al ermitaño para que fuese a prestarles auxilio; el buen ermitaño se apresuró en acudir, y todas las mañanas, apenas echaba el sol sus luces, tomaba su báculo y trepaba la pendiente cuesta para tomar su puesto en la enfermería.

-¿No seria mejor, -se dijo un día en que el calor lo fatigaba mucho al subir aquella cuesta tan empinada-, que labrase yo mi ermita aquí arriba?

Oyó entonces una voz que contaba detrás de él, uno, dos, tres, cuatro... Se volvió, pero no vio a nadie. -¡Que no hubiese yo discurrido esto antes! -Siguió pensando-: ¡qué de fatigas y cansancio me hubiese ahorrado! -Oyó entonces de nuevo la voz que seguía contando a sus espaldas. Volvió atónito la cara, pero como la vez primera, a nadie vio. Cerca de la cumbre ya, tendió la vista para buscar un sitio a propósito en que situarse, cuando de nuevo oyó la voz que siempre contaba. Volviose asombrado y vio un ángel-. «Soy el Ángel de tu guarda», le dijo; «y cuento tus pasos.»

-Así veis, hijas mías, -prosiguió la madre Socorro-, que nada de lo que se hace con buena intención hay perdido para el cielo, y que para ser meritoria una acción no es preciso lleve consigo una utilidad inmediata.

Tomó la madre a la pobre niña, que se estremeció con sacudidas nerviosas, por el brazo, y se la llevo.

-Oíd, -dijo Reina con el aire de su nombre, a las niñas que cargaban con la maceta viajera para volvérsela a llevar-: la de Vds. que se meta para nada con Lágrimas, o con su canario, de avenírselas ha conmigo; no os digo más, y basta. Tened entendido, que de tanta cosa como me traen de mi casa, hasta no ver que os enmendáis, a ninguna doy ni un ciento en boca. ¡Ya lo sabéis, largaos!

Reina hizo un ademán majestuoso con el brazo, y las portamacetas se alejaron carilargas con el precepto de abstinencia decretado por Reina, llevándose el tiesto, en el que los alhelíes iban bamboleándose, como mareados o borrachos.

-Estaba tan aliviadita, -decía la abadesa a la madre Socorro, al verla preparar un calmante para Lágrimas que se había acostado-; pero no se puede nunca cantar victoria en un mal que ni los mismos médicos pueden definir; si unos dicen que es asma, otros que hipocondría; otros piensan podrá declararse una aneurisma, y otros que es todo nervioso.

-Sea lo que sea, -repuso la madre Socorro con tristeza-; lo creo incurable, y D. Agustín López del Bano, que es el mejor si no el más alegre de los médicos de Sevilla, bien lo da a entender cuando dice hablando de ella, viva la gallina y viva con su pepita.

Mientras las buenas religiosas discutían sobre el mal de Lágrimas, Reina, que las había seguido, se había sentado a la cabecera de la cama en que estaba acostada la pobre niña, y le decía:

-Pero ¿por qué lloras por todo, criatura?

-¡Porque todo es tan triste!...

-Yo lo hallo todo muy alegare, repuso Reina.

-¿Y también que mi canario se muriese de sed? -preguntó acongojada Lágrimas.

-No te apures, tonta, -respondió Reina-; ya les dije a esas pollas de inmundos corrales cuantas son cinco. No se volverán a meter contigo ni con tu canario; yo te lo aseguro, más miedo me tienen que al cancón. Pero vamos a ver, dime ¿es un motivo para que hasta mala te pongas el solo temor de que pudiese morirse tu canario?

-Sí, Reina, sí. ¡Oh!... ¡si tú supieses lo que es la muerte!... -dijo con angustia la niña acostada.

-Lo mismo que el sueño, -dijo Reina.

-¡Oh! ¡No, no; es terrible, es horrible! ¿Has visto algún muerto, Reina?

-¡Jesús! Más de mil: y si son niños y llevan flores, ¡me hacen una gracia! Si me dejasen, los besaría.

-¡Virgen Santa! -exclamó estremecida la niña acostada.

-Acaso, -prosiguió la otra-, ¿has visto tú alguno muy feo, muy feo?

-No... no he visto muerta más que a mi madre, y esa no era fea, que era bonita: ¡pero la muerte la trastornó tanto! ¡Fijábame con sus ojos tan parados, y no me miraba! ¡Y sus labios se habían puesto blancos, y nada me decían... como si fuesen mármol! ¡Y se puso del color de la cera, y cual ésta parecía no poder doblarse sin quebrarse! ¿Qué pasaría por mí al verla así, Reina, yo que tanto la quería, que no me atrevía a acercarme a ella? Yo me decía: ¿por qué madre no me llama? No es porque duerma, pues que tiene los ojos abiertos.

-¿Pero estabas sola con ella? -preguntó Reina-; cuando hay un muerto, hay muchas gentes, y padres y médicos.

-No había nadie, Reina, sino la negra que dormía, porque era esto en un barco en medio del mar, Reina. ¡Oh! De todo me acuerdo: sonaba el viento tan horrible, como los aullidos del perro que barruntan la muerte, y la mar rugía como si pidiese algo que no le quisiesen dar, y el barco estaba tan inquieto, y se sacudía como si quisiese arrojar algo fuera de su seno, y mi madre se volvía a un lado y a otro como si quisiese irse y quedarse;... y el mar pedía algo, Reina, y el barco quería echarle lo que pedía, porque al día siguiente, -añadió la niña con creciente horror y respiración agitada-, al día siguiente agarraron unos hombres a mi madre como a un fardo, y a presencia de mi padre, Reina... ¡de mi padre!... que no lo impidió, lo arrojaron a la mar, como cosa que nada valía; y en la mar, Reina, ¡se la han comido los tiburones!...

-¡Madre Socorro! ¡Madre Socorro! -gritó Reina-; ¡acuda Vd. que a Lágrimas le ha dado la alferecía!


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo VII
Pág. 08 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


JUNIO, 1843

Un autor alemán decía, en una época muy anterior a la presente, con candidez alemana: ¡Santa libertad! Ya que tu culto tiende a mejorar al hombre ¿no podías escoger mejor tus sacerdotes?

La libertad, no hizo maldito el caso de la reconvención de su apasionado. El incidente pasó desapercibido.

A idéntico desaire nos vamos a exponer, al hacer una deprecación análoga. Pero a bien que un desaire no rompe hueso.

¡Admirable civilización! Elevado anhelo a lo mejor, tú, tan fecunda en dar a luz grandes cosas en los siglos pasados, ¿por qué has dado en abortar? ¡Tus abortos son espantosos, civilización, mi amiga! Sentimos no poderlos conservar en espíritu de vino como se hace con los del reino animal, para asombro de los siglos futuros. Civilización, civilización, mi amiga, ponte una bizma; que sino estamos mal.

Decimos esto al tropezar en nuestra relación con uno de estos abortos. Es este el pseudo ilustrado. El pseudo ilustrado es la parodia del verdadero ilustrado, la caricatura del hombre culto. Tiene por especialidad el agarrar el rábano por las hojas; ea una notabilidad en su aptitud a no dar jamás golpe en bola, y el tipo del quiero y no puedo. Divídese la categoría de estos pseudos, en dos. La una es de los que les da por lo extranjero; la otra de los que les da por lo español. Aunque no aparece en nuestro relato ninguno de los primeros, como nuestro lector de las Batuecas puede por dicha suya no haber conocido a ninguno, nos es forzoso hacer una pequeña fisiología de estos seres interesantes, que se pasean en zancos mirándonos de arriba abajo como mira Napoleón a los franceses desde su columna de la plaza de Vendome.

El pseudo extranjerado, sobre todo, si ha estado en Londres, París o Portvendres: cuanto ve critica, lanzando la terrible anatema de ¡cosas de España! Esta sentencia condenatoria, este tremendo ultimátum, no tiene réplica ni contradicción, porque efectivamente cosas de España, no son cosas de Portugal; esto es un axioma, un aforismo, y lo que es aun más, una verdad de Pero-Grullo. Padece el pobre de spleen y de melancolía.

El pseudo extranjerado adora lo confortable sin disfrutarlo nunca, porque lo confortable es una especie de reconcentrado bienestar personal, de mezquina sensualidad, un pálido placer de viejos y débiles, que no le pega a la expansiva juventud, al temple varonil, ni a los españoles, la nación menos material de Europa, y que menos conoce la molicie. Pero el pseudo la adora por tono, así como todo lo esbelto, las mujeres coquetas, las capotas y el champagne. Le conforta el té y le da náuseas el chocolate; la ropa vieja le hastía; el gazpacho le indigna. El pseudo, desde que leyó las rimas festivas de Alcázar, en las que celebra las berenjenas con queso, declaró la poesía antigua chabacana. En un rato de loisir u ocio refundirá la letrilla, y en lugar de:

Tres cosas me tienen preso
de amores el corazón;
la bella Inés, el jamón,
y berenjenas con queso.


Pondrá:

Tiénenme preso a porfía
tres cosas el corazón,
el beefstek, el rigodón,
y el talle esbelto de Lía.


Si no sabes, lector de las Batuecas, que beefstek es carne asada sobre la parrilla, eres calificado por el pseudo en la categoría de los vegetales, y tu pueblo entre los antros o cuevas negras y oscuras, en las que no ha penetrado el más mínimo reflejo de las luces del siglo.

Vamos ahora al pseudo que lo echa de español. Este bicho de luz se cría por todas partes. En la universidad de Sevilla se desarrolla a las mil maravillas, sí: en esa universidad de la que tantos jóvenes brillantes salen y han salido. Pero los pseudos forman la zupia de aquel buen criadero de vinos generosos. Tiene el pseudo éste varias voces que adapta por parecerle más propias, y más finas quizás, que las que están en uso y sanciona el Diccionario de la Academia. A todo lo extranjero denomina extranjis: a los franceses franchutes, a los ingleses inglisman, a los alemanes tudescos, a los rusos moscovitas. Estas dos últimas denominaciones las cree, en la inocencia de sus alcances, ¡denigrativas! El pseudo declara y sostiene que todo es mejor en España que en otras partes, inclusos los géneros nacionales, y está vestido, si la echa de elegante, de pies a cabeza de géneros extranjeros, incluso el bastoncito, el paraguas y el reloj.

El pseudo jura no manchar la túnica virginal de su patriotismo saliendo de España. Desde entonces los postes inamovibles y los marmolejos envalentonados han formado una junta patriótica en que han declarado follón y traidor a la patria, a todo el que se ausente dos pasos de la frontera. El pseudo, que le echa de español, hace un uso inmoderado de la denominación de hija mía, con la que gratifica a una señora la primera vez que la ve, aunque tenga ella treinta y él veinte años.

El hija mía, aunque no desciende de Calderón ni Lope, es español rancio, (¡¡y tan rancio!!) así es que esa denominación tan bonita y cariñosa en boca de la amistad y en la intimidad, como chabacana y de mal tono cuando estas no la autorizan, ha reemplazado al Don, esa apelación tan digna y noble que llevaron los reyes y que tan castizo y caballeroso suena. Así sucede que se va desterrando sin formarle causa, y sin que se pueda atinar qué delito ha cometido. Podríase inferir que fuese esto por modestia, si se tiene presente aquella rima.

Es el Don de aquel hidalgo,
como el Don del algodón,
que no puede tener Don
sin tener antes el algo.


Pero nada menos que eso, querido lector, ¿florecen en las Batuecas aun violetas? Por acá no, mi amigo, todas se han secado. Valen hoy día lo que en otro tiempo los tulipanes en Holanda. Flora está de luto por la pérdida de su querida vasalla; no la consuela la camelia, esa flor nueva sin perfume.

No es por modestia; al contrario: ¿sabes su delito? Es que se lo apropiaron un ama de llaves y un mayordomo. Desde entonces el siglo de la igualdad le torció el hocico. Veo que me vas a hacer una objeción.

Nada puedo contestarte a ella ni darte más respuesta que: ¡anomalías, anomalías!, de las que tenemos una cosecha incómoda por lo abundante, como has que suele haber de cereales en Castilla; así, pues, el Don quedó para el algodón; la seda no lo quiere. El pseudo que la echa por lo español, lo ha reemplazado con el marcial hijo mío, o hija mía: el que la da por lo extranjero, por el señor molondro. Para ambos no existe más Don que el del caballero de la Mancha y un río en Rusia. En lo demás, muerto, enterrado el Don: ¡asesinado por un feroz mayordomo y una sanguinaria ama de llaves! Concluiremos diciéndote, que un pseudo ilustrado español, rancio, neto, está haciendo una apoteosis de España, en cuya gloria brilla a guisa de genio el toro Señorito con las astas doradas.

Este ilustre pseudo ilustrado español, era Tiburcio como viste y calza, en el momento en que le volvemos a ver en la palestra. Habían corrido los años como perdigones, con la gracia que les es propia, de redoblar su agilidad cuando se desea que anden despacio; veíalos Tiburcio inexorables a sus ruegos pasar uno tras otro como las paletas de las ruedas de un vapor, y por consiguiente llegar la época de cubrir su cabeza del bonete de doctor. Causábale esto horror, no porque le sentase mal a la cara, como de cierto había de suceder, sino porque con sus estudios se acababa su estada en Sevilla, país clásico de las mollares, de las cigarreras, de las veladas, del buen pan y de las aceitunas, puesto que Sevilla, la salada andaluza, para todos tiene.

Como no hay plazo que no se cumpla, cumplíase el de los estudios de Tiburcio, que por fin se recibió de abogado, lo que no quiere decir que por eso lo fuese, sino que podía ensayarse. Su padre buscó como con un candil un pleito en Villamar para que lo defendiese su hijo; pero en Villamar, ese pueblo feliz, no halló ninguno. Estuvo por ponerle uno a su amigo y compadre el tío Juan López sobre la posesión de un lentisco que había nacido y crecido en la linde de dos manchones de sus respectivas pertenencias, pero la prudente gallega con cuatro gritos se lo quitó de la cabeza. Así fue que a Tiburcio no le quedó otro arbitrio que el de volver a vegetar a su pueblo que odiaba y despreciaba, pueblo que tanto había amado Stein, el médico alemán que pasó en él tantos años. De estos contrarios sentimientos queda probada una gran verdad, y es, que la manera de mirar las cosas las hace buenas o malas, y que nosotros mismos las doramos o ennegrecemos a nuestro albedrío. La filosofía da conformidad en las situaciones en que nos pone la suerte contra nuestro grado. Si el rincón de tierra que nos destina es estéril, la filosofía dejará secar las pocas plantas que tiene, haciéndolo más estéril, y se contentará estoicamente con la arena. Pero hay en nosotros, otro sentimiento muy superior a la resignación de la filosofía, que nace de contento interior, de la paz del alma, y de la bondad del corazón: esta no sólo cultivará las plantas que dé su rincón de tierra, sino que las mejorará con el cultivo y sembrará nuevas con buenas semillas que conserva, o que le den los ángeles, cuyo oficio divino es esparcirlas. ¡Dichoso aquel que se llega a convencer que la verdadera superioridad moral, no consiste en deprimir sino en realzar, y que no es el desprecio un sentimiento análogo ni simpático a un alma elevada: ¡sino que lo es el aprecio! Así, apreciando su suerte, no se creerá superior a ella ni vivirá descontento.

Llegó Tiburcio a Villamar, muy mal templado con su bonete de doctor en la cabeza, y gran cosecha de calabazas y calabacines, muy escondidos en los grandes bolsillos de su gabán.

Ni Jacob al volver a ver a su hijo José Ministro de hacienda, pudo experimentar los sentimientos de orgullo paternal que abrigó el pecho del alcalde de Villamar al ver a todo un doctor en su primogénito. En cuanto a su madre, al verle altísimo, delgadísimo y palidísimo le dijo:

-Si viviese tu abuelo te mandaba a las Indias cumo a mi tiu Bartulo; pues no sirves para utra cusa; es verdad.

El día de su llegada fue uno de los más sonados en los fastos de Villamar, a causa del convite dado por D. Perfecto en esta ocasión. Este convite merece no sólo una mención honorable, sino una descripción gráfica.

Fueron convidadas todas las notabilidades de Villamar. Villamar también tiene notabilidades: hasta los gatos quieren zapatos. Además, las notabilidades se han generalizado prodigiosamente, es especie que se da bien en todas partes, y cunde mucho. Es un dolor que no se pueda comer; serviría para reemplazar las patatas atacadas de un cólera subterráneo.

La mesa del convite era pequeña, y los platos que la habían de componer deformes, por lo cual cada uno fue servido solo y uno después de otro, como los estudiantes en los exámenes.

Había seis cubiertos de plata para las notabilidades de primera clase, incluso el amo de la casa; los demás los tenían de peltre. La ropa de mesa gallega, blanca como la nieve, ostentaba unas horrorosas listas encarnadas que hacían a la vista el efecto que hace en el oído en el silencio del desierto, un destemplado grito de chacal. El sexo femenino estaba excluido del banquete; no por restos de celosas costumbres árabes, sino porque el bello sexo en tales días tiene, en Villamar y en pueblos más conocidos que este, que estar en la cocina atendiendo a todo.

Allí, pues, se veía a la señá Tiburcia, colorada como un salmonete, con su delantal y sus mangas remangadas, mandando la maniobra, ayudada por una docena de vecinas, media de comadres y tres o cuatro amigas, que se regalaban con los restos de la mesa principal.

Estaba de un humor de perros; el tal convite la había acabado de desesperar, y la había montado de tal suerte contra el bonete de doctor, que era su vista para ella lo mismo que la vista de una coroza. -¡Bunete! -decía soplando furiosamente una hornilla-; y ¿a qué le sirve a ese fillo miu el bunete? ¿E non le estaría mejur el sumbrero calañez? ¡E decir que me cuesta dus talejas de pesos duros! Es verdad.

Viose primero la mesa cubierta por una enorme cazuela nuevecita, en que venía una sopa de pan, espesa como un budín, y sustanciosa como una jaletina, cubierta de yerba buena y de tomate. Siguió a esta en una fuente como una plazuela, la olla, que mejor que podrida, denominaremos revuelta, en la que las gallinas y perdices, a fuerza de cocer, andaban unas mancas, otras cojas y otras despechugadas; se abrazaban las calabazas con los chorizos, se enternecía al verlos la carne, y se derretía el tocino; los garbanzos reventaban de gordos, y las flexibles habichuelas se entremetían por todas partes.

Siguió a este lastre, una fuente de Triana con honores de batea, en la cual en un cubo de salsa de encebollado, se bañaban suavemente como turcos, los mal cortados pedazos de seis conejos. A estos siguió una pepitoria de ocho pollos. El alcalde, que no había querido ser menos que García del Castañar; había prefijado estrictamente ese número a su desolada mitad, diciendo perentoriamente, para ocho convidados, ocho pollos.

Tiburcia, que no perdía de vista la economía, había pasado revista a su corral, y como un sargento a los quintos, había apartado los inútiles, ya por chicos, ya por viejos, y les había ido torciendo el pescuezo con coraje, repitiendo a cada ejecución: -¡Malditu bunete! ¡Llevele o demo! -De esta fusión de todas edades desde el parvulillo hasta el caduco en una misma cazuela, resultó que había pedazo de gallo venerable que rechazaba los dientes como un chino, y pedazo de pollito infantil que se deshacía en la boca como un merengue.

Para igualarlos en cuanto fuera posible, Tiburcia, los revistió de un uniforme amarillo como un regimiento de caballería, valiéndose para esto de un subido tinte de azafrán.

Este condimento, que ha omitido de mencionar el famoso Careme, que en punto a arte culinario es el Tu autem europeo, y que omite igualmente Brillat Savarín en su fisiología del paladar, es para las cocineras del jaez de Tiburcia la capa del justo. Amigos de averiguarlo todo, hemos preguntado a estas tintoreras la razón de esta profusión del detestable condimento, y nos han respondido textualmente: que pone las salsas bonitas. Si la ciencia de nuestras cocineras no fuese la cosa más inamovible de España; si no viesen ellas pasar los siglos, inmutables como las pirámides de Egipto, podríamos temer ver algún día el añil o la grana reemplazar este amarillo, caro al corazón de nuestras guisanderas. Pero no, no temáis, no sucederá. A la flor de los campos de Murcia sonríe un largo porvenir. Progreso, muy señor mío, después de saludarte cortésmente, te suplicamos des un empujón a las cocineras.

Volvamos al banquete, en que vemos seis perdices desmoronadas en pimientilla, a las que siguen tres libras de pescadilla frita y un cabrito cochifrito, y por último, un pavo matado aquella misma mañana, por lo cual seis horas de cochura en el horno no lo han podido enternecer. Jamás se vio semejante caricatura de pavo asado. Estaba negro, casi tanto como el medio pollito del cuento de la tía María. Sus alones, que no se habían doblado hacia la espalda se abrían como si quisieran bailar el bolero; sus patas que no habían sido sujetas una con otra, se desviaban con tal animadversión, que señalaba una al Poniente y otra al Levante; y por último, el pescuezo que no había sido cortado, largo, delgado, y negro, sobresalía del borde del plato, como si buscase por el suelo su cortada cabeza.

Pero la parte brillante del banquete fueron los postres: a una fuente de arroz con leche pura y exquisita, siguieron otras cuatro de masa frita. Eran estas los rechonchos pestiños amasados con vino duro; las rosas, cuya ligera masa casi toda se compone de huevo. Las hojuelas salpicadas de gragea abigarrada, cual si sobre ella hubiese caído una menuda lluvia de color, y las robustas torrijas. Dos tazones de cristal, uno con dulce de huevo y otro con dulce de tomate elaborado por las hábiles manos de Rosa Mística, la maestra de amiga, ostentaban con orgullo al través del cristal sus brillantes colores amarillo y rojo, ni más ni menos que lo hace la bandera de España. La palma, no obstante, se la llevó el plato de dulce que para esta ocasión hicieron las monjas de Santa Ana. Con la mayor oportunidad habían confeccionado las buenas madres, con mazapán un bonete de doctor, cuyas puntas estaban ribeteadas de tiras de panecillos de oro; una gran borla hecha de huevo hilado, pendía graciosamente y con toda propiedad por los cuatro lados. Esta dulcísima y directa alegoría a la causa de la festividad, entusiasmó tanto a D. Perfecto, que les valió a las monjas una cuartilla de garbanzos extra del importe del plato de dulce, que les envió a escondidas de su mujer.

Por lo que toca a ésta, cuando vio llegar el plato que le recordaba la causa de todas sus penas domésticas, el atraso de su casa, lo mal medrado de su fillu, el perjuicio que por su causa debían sufrir los menores, y por último, la razzia hecha en aquella ocasión en su corral y despensa, exclamó con rabia:

-¡Utru bunete! ¡Como, si non hubiese bastante con el que vino de Sevilla, y cuesta dos talegas; es verdad! En la supa me lo he de hallare, asín se le siente este a esus cumilones en la boca del estógamu comu a mí el otru.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo VIII
Pág. 09 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1845.

Era por cierto Tiburcio un ente desgraciado en Villamar. Sacado de la esfera en que tan feliz hubiese sido, veíase superior a su círculo y a su posición, sin medios, méritos, relaciones, ni carácter a propósito para adquirir otra.

Por desgracia el amor propio, monstruo que engendra el tratar siempre con inferiores en alcances, y el vuelo que toma así el espíritu de superioridad, que ya no se para ni modera, le hicieron creer que todo se lo merecía, y que era por consiguiente una victima de la fatalidad, viendo que tantos que valían menos que él hacían carrera, mientras su mala suerte lo tenía, nuevo Prometeo, atado en Villamar, ese Caúcaso suyo, en donde su madre hacía el papel de buitre, devorándole a cada paso con sus sandeces, si no las entrañas, las ilusiones y esperanzas.

Tenía Tiburcio pretensiones a todo y aptitud para nada. No tenía alcances; se los había negado la naturaleza, como a ti y a nos, lector (no los alcances) sino un ojo en la frente. En punto a saber, solo y a duras penas aprendió lo estricto necesario, no para ser un Salomón, un Licurgo, o un Alfonso el Sabio, pero sí un doctor y encasquetarse el bonete que costó dos talegas a su padre, y que su madre hubiese dado por dos cuartos. A pesar de esto, el modesto joven no reconocía superioridad en nadie, y cuando llega este triste caso para los jóvenes, puédeselos contar como paralíticos morales, o como apopléticos, esto es, ahogados en su propia sangre.

La clase de enormidades que su amor propio hace creer a ciertas gentes, no es creíble ni viéndolo palpable a nuestros ojos; pero ello es que la cosa existe. Así era que Tiburcio lo daba de inteligente filarmónico y no tenía oído, ni había escuchado mas música que, desde la calle, la de la orquesta de Sevilla, donde no hubo ópera que él no favoreciese con su ausencia. Echábala de político, y sabía tanto de historia antigua como de moderna, esto es, poco más que nada. Presumía de lingüista el estudiante Villamarino sin hacer otro estudio que recalcar ridículamente la z, ll, y la s. Presumía sobre todo de poeta, careciendo absolutamente de las dotes que forman al poeta y sin cuya reunión no puede ser perfecto; estas son: un corazón caliente, una imaginación florida y el estudio del gran arte de interpretar las inspiraciones de aquellas en el lenguaje propio de la poesía. Con cuatro frases rimadas sin concepto y sin alma; con algunas vulgaridades plagiadas y campanudas, se creía poeta... ¡¡¡se creía poeta con un corazón frío y una imaginación seca!!!

Nunca se le había ocurrido ir a visitar al soberbio convento abandonado, que estaba cerca del pueblo; no había ido a sentir y pensar sobre aquella majestad momia, aquel sol sin rayos ni calor, aquella noble azucena ajada y sin perfume... ¡y se creía poeta! Nunca había ido a las ruinas del fuerte cercano que cubría la yedra como para consolarlo; no había meditado sobre aquella torre caída que, como todo lo que fue encumbrado y yace por tierra, despierta tan viva y triste simpatía en el corazón; no había llorado sobre aquella torre que, cual esforzado guerrero, había resistido sola y sin auxilio, hasta sucumbir al incesante ataque de un enemigo más fuerte aun que ella, el tiempo; y la que al caer, como los gladiadores antiguos, había ocultado su cabeza entre las higueras cual ellos en su manto para ocultar su agonía... ¡y se creía poeta! Nunca se había sentado sobre las rocas de la playa a seguir con la vista sus caprichosas posiciones, sus misteriosos antros, en que se precipitan curiosas y juguetonas las olas chicas, saliéndose tan luego como los vieron oscuros, a buscar la luz del sol que las dora. Nunca se puso a escuchar el suave murmullo de las olas de verano, que convidan al baño, ni los rugidos de las olas espantosas de invierno, que cuentan naufragios y horrores. Nunca se había puesto a contemplar la puesta del sol en la mar, magnífico espectáculo, ¡imagen de la muerte! No había observado en un ocaso sereno este astro, radiante aun al morir como un héroe, o acostarse entre suaves nubes, como un padre que se apaga entre los brazos de sus hijos; y sobre todo no había nunca levantado un corazón lleno de amor y de admiración hacia el Criador de tantas maravillas, entre las cuales es la mayor el alma hecha a su imagen y bastante feliz para conocerle, sentirle y adorarle. Para él, habían sido la tía María, ese tipo de la caridad cristiana, que vivió en el convento, tan solo una vieja curandera; el fray Gabriel, aquel alma inmaculada, que no pudo abandonar su convento, un lego estúpido; Don Modesto, el honrado comandante del fuerte, ¡un estafermo ridículo!

Tiburcio, pues, a pesar de sus versos amorosos, en que hacían gran papel Venus y Cupido, tenía además de la imaginación seca como un esparto, el corazón más frío o insensible a las bellezas y cualidades delicadamente femeninas de la mujer.

No sólo se había alejado de aquella suave y linda criatura que guardaba su pecho puro, la inocencia y la constancia, esos dos tesoros que hacen inapreciable su compañera al hombre delicado, sino que la miraba con el desdén y hastío con que miraba el lechuguino de arrabal, el encumbrado zoquete, cuanto había en Villamar.

Así fue que habiendo un día oído decir a su madre que era tiempo de pensar en efectuar la contratada boda con la hija del tío Juan López, resuelto como estaba el futuro ministro a no casarse con esa osca lugareña, según la denominaba en sus monólogos, se decidió a zafarse del compromiso, lo que hizo con toda la delicadeza propia de su buena condición.

Mas referiremos antes la escena que dio lugar a esta brusca determinación.

Entró un día en su casa la señá Tiburcia muy sofocada, trayendo entre sus brazos como a un recién nacido, una espuerta de tomates, cuya asa se le había quedado en la mano en medio de la calle, vaciándose instantáneamente la espuerta, y disparándose en todas direcciones los tomates como los cohetes del remate de un castillo de fuego. Venía tan soplada y colorada que parecía la Emperatriz de los tomates.

-Desde que muriú el hermano Jabriel, -exclamó al entrar en su casa-, non se hace una espuerta bien hecha en Villamare; ¡ladres! Estas espuertas sun pan para hoy e hambre para mañana; es verdad. Perfeutu, valiérate más poner un bandu para que se hiciesen mejor las espuertas que non dar convites; es verdad. Peru ¿qué haces haí Tiburciño? ¡Nada, e siempre nada! El hombre debe trabajare, e la mujer parire; es verdad. Siempre estás con saudades y solu, comu la marola en Ferrul. Es tiempo, Perfeutu, de casare a este rapaz: esu le alegrará comu a tudos los muchachus; es verdad. Cunferencié con la cumadre Belén y piensa cumu yu, que se haja la buda.

-¿Casarme yo? No lo penséis, madre, -dijo Tiburcio con aire de desdén.

-¿Qué? ¿Qué quiere decir que non te casas cun Quela López, la muchacha más rica e más bunita del lugare? ¿Te tienta o demu? -exclamó atónita la alcaldesa.

-El hombre es libre, repuso en voz grave y honda Cívico minor.

-¿Qué es esu? ¿Qué dices, rapaz? -exclamó de nuevo su madre, ¿qué el humbre es libre cuando tiene comprometida su palabra, tiene veinte y cuatro añus; está baju la patria putestad, non gana su pan, e non tiene más que lu que sus padres le dan? ¡A Perfeutu, Perfeutu! Si estu es lu que tú llamas libertad lévelo o demo.

-Pero, Tiburcia, -dijo mediando al Alcalde que veía levantarse una horrorosa tempestad equinoccial, entre las noches que se habían alargado, y los días activos y robustos que no se querían dejar usurpar su preponderancia-; ¡Tiburcia, ningún padre puede forzar a un hijo a casarse contra su voluntad! Y si Tiburcio no quiere a Quela, si no está enamorado...

-¡Eh! ¡Pamplinas! -dijo con su robusta voz la Alcaldesa-, tú tampucu estuviste enamuradu de mí e nus casamus, e hemus vividu bien e cumu Dios manda, gracias al Señor e a San Antoniu.

-Es que el muchacho tiene miras más elevadas que yo, objetó D. Perfecto.

-¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¿Qué quiere decir que tiene miras más elevadas que tú? -preguntó Tiburcia con las manos puestas en la cintura.

-Es, -dijo D. Perfecto que se iba ahora asustando por su propia cuenta-; es decir, que si acaso quiere seguir otra carrera... si fuera de aquí... se le proporciona...

-¡Utra carrera! -preguntó la Alcaldesa-: ¿pues qué, quiere ser clérigu?

-Quiere, -respondió su marido-, dedicarse a la alta política.

-¡E cuanto se jana en ese oficiu? -preguntó la señá Tiburcia.

-Es según, -respondió su marido-; podrá ser muchísimo y podrá ser...

-¿Ser nada? -interrumpió la Alcaldesa-; pues non en mis días: quiero pucu e seguro, cumo tú janas siendo albéitar.

-¡Veterinario! -exclamó desesperado el Alcalde.

-¡Vaite a o demo! -respondió su consorte-, que estoy para mí que has de acabare por herrar las bestias con juantes amarillus comu los lleva ese rapaz. ¡E pensar que cada par cuesta medio duriño! Es un contra Dios; ¿e a qué te sirven pur el veranu que no hace frío? ¡Jastadur sin cunciencia, cun más fantasía que un Marqués, e más vientu que un temporal! ¡Malditus juantes, que ellus y el bunete han perdido mi casa y se van trajandu lus cuartus de mi tiu Bartulomé! ¿Y qué provechu se saca? Ese fillu mío non sabe trabajare que es lu que da pan, salud e cuntentu; es verdad... Es un holgazán e asín está siempre con saudades.

-Trabajaré, -dijo Tiburcio-, cuando me halle en una esfera, en un círculo de acción adecuado a mi saber y análogo a mis miras.

-¿Qué dice, Perfeutu? -preguntó la Alcaldesa-, que yu non comprendu sus terminachus.

-Dice, mujer, contestó impaciente su marido, que sus estudios le sirven para trabajar, pero no de mano.

-Más le valiera, e que non tuviese que mirare a la cara a nadie, sinon a las patas de la bestia e que comu su padre fuese albei...

-¡Veterinario! -interrumpió el Alcalde-; ya te comprendo, mujer, pero eso no puede ser, y debe aprovechar lo que sabe y ha aprendido.

-Pues entonces non queda más que hacer, -opinó su mujer-, sino que te plantes en Sevilla, e pidas para tu fillo la plaza del maestro de escuela que está malu, e non la puede servire.

Al oír estas palabras, Tiburcio, no pudiendo contener su indignación contra la indigna autora de sus días, se precipitó fuera del cuarto.

-¡Fanfarria! -le gritó su madre-; ¡fanfarria e non más que fanfarria! ¿El bunete, los guantes, e la fanfarria?... ¡Lévelus o demo!


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo IX
Pág. 10 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1845.

Aunque respectivamente ricos, el tío Juan López, su mujer y sus hijos trabajaban a la par de sus criados: y así en un patio vasto que toldaba una parra cuyas hojas empezaban a amarillear, cual si el adiós de las golondrinas o los barruntos del invierno las hiciesen palidecer de temor o de pena, estaban varias muchachas sentadas delante de mesitas bajas que llaman escogedores, escogiendo trigo para enviarlo a la tahona.

Quela, la hija de la casa, estaba en este momento ausente, por haberla llamado su madre, y vacío el puesto que ocupaba en una de las mesas frente de su amiga Paula.

-Oye, Paula, -dijo una de las muchachas-, ¿es verdad que el médico es novio de Quela?

-Pues ¿cuántos ha de tener si ya tiene uno? -contestó la interrogada-; ¿se tienen acaso los novios a pares como las calcetas?

-¿Qué, tiene novio? ¿Pues quién es?

-Berlinga, el hijo del tío Urdax.

Al Alcalde le había quedado este nombre desde que intentó ponérselo al camino de la Vía crucis, y al hijo le habían puesto el primero.

-¡Pues qué! ¿Eso no se había acabado? ¡Pues si no le habla ya, ni ella sale a la reja!

-¡Y qué! Parece que a los que la echan de usías no les place tomar sereno. Su padre, de ella, el tío López, y la madre de él, la tía Urdaxa, los quieren casar, por aquello de que el dinero llama el dinero.

-Y Quela, -dijo otra-, ¿se había de casar con ese Berlinga, que lo echa de más y mejor, más feo que una noche de truenos, y tan agrio que parece que suda vinagre? Quita allá; a mi abuela la tuerta con eso.

-Es que dicen que va a ser diputao.

-Oye, ¿y qué es diputao?

-Un gobierno.

-¿Y será más bonito por eso?

-Creo que no, pero ella será gobierna.

-¿Qué se le da a Quela ser gobierna? Mis narices pongo a que lo mismo se casa con él que yo con el Comandante, que también es gobierno y melitar que puede gastar casaca. ¡Vea Vd.!... ¿Quela más bonita que el sol, querer a esa cara de pito tan enteco, que parece el espíritu de la guita, que no mira siquiera a las muchachas del lugar porque no son principesas?

-Y ese usía que se ha fraguado en el banco de herrador, oye, ¿dónde tendrá los pergaminos?

-Dice Ramón Pérez que en el pellejo de su burra.

-¿Y las armas?

-En las uñas como los gatos.

-Burlense cuanto quieran, -dijo Paula-, pero yo que lo sé, os hago saber, que no le parece el espantapájaros a Quela, costal de paja.

-¡El pecado sea sordo!

-¿Qué queréis? Cada uno tiene su gusto, bueno o malo, según Dios se lo ha dado.

-¡Por vía de Chápiro! -exclamó una alegre morena-, que si ese gusto tuviese pescuezo, se lo torcía. Casar a Quela con ese mostrenco leío y escribío, es como si me casaran a mí con el maestro de escuela que está el pobre torcío, exprimío y lleno de flato.

-Ea, callarse, -dijo Paula-, que ahí viene Quela; no darle calma, que si lo llega a entender su madre la tía Belén, que está con ese casamiento más ancha que una alcachofa y cree con eso tener al Rey cogido por un bigote, nos echa de su casa a cajas destempladas.

Cuando las demás muchachas se hubieron ido, y quedaron solas las dos amigas, le dijo Paula a Quela:

-Pues ¿no te has encalabrinado de ese Tiburcio, mal encarado, que parece un alma en pena?

-No me he encalabriado, Paula, -respondió Quela-, pero le quiero.

-Buen provecho te haga: le quieres, ¿por qué le quieres, mujer, sino tiene el diablo por donde desecharlo?

-¿Sabes acaso tú, Paula, el por qué del querer? Los padres nos dijeron desde muchachos que nos casaríamos, y le tomé voluntad.

-Pues si se la tomaste devuélvesela.

-No haré tal. ¿Y por qué había de hacerlo?

-¿Pues no estás viendo, mujer, que él no te quiere a ti, y que estás echando margaritas a puercos?

-No me digas que no me quiere, dijo la suave joven bajando por sus mejillas lágrimas que no pudieron retener sus pardos ojos, ¿por qué no me querría?

-Te digo como antes me dijiste, ¿se sabe el por qué del no querer?

-Si eso fuese, Paula, me moriría de pena y de vergüenza.

-A fe que buena tonta serías; yo que tú, le daría las gracias encima. Te digo que desde que ha estudiado está ese fantasmón con más vientos que un fuelle; nos mira por encima del hombro a todas, y lo ha echado el ojo a alguna usía. Más le valiera a ese compadre fachenda estar herrando como su padre, que no haberse quedado como el murciélago que ni es pájaro ni es ratón.

Acercose en este instante la madre de Quela, y poniendo la mano sobre el hombro de su hija, dijo con satisfacción:

-Pues señor, ¿quién sabe si ese trigo que escogéis es para el pan de la boda de Quela?

La cara se le encendió a esta con la prontitud y ardor de un fósforo, y echó a su amiga una mirada dulce y radiante como lo es una esperanza realizada.

-¿Tan pronto? -preguntó Paula.

-Andandito, -respondió la tía Belén con satisfacción y alisando los cabellos de su hija que levantaba su cara rosada hacia su madre-; para hablar de eso vino señá Tiburcia mi comadre, ha poco.

-Ahora me decía Paula que no lo quisiera, dijo Quela en su gozo.

-Pues está bueno el consejo, -exclamó la madre-; ¡volverse atrás de una boda tratada! ¡Pues qué! ¿Una palabra dada es cosa de juego? Y qué, ¿querías que anduviésemos en boca como gente de poca vergüenza? Basta eso para que tuviese nota mi hija. ¡Vaya con el consejo! A fe, Paula, que si tales consejos das a mi hija, que te envíe yo a tu madre y con un recadito, pidiéndole que en lugar de acá, te mande por otro poco tiempo en casa de señá Rosita, para que te inculque que las muchachas honestas y recogidas, juiciosas y sumisas, no se vuelven atrás de una palabra dada, ni andan probando novios como salsas de guisos.

Paula calló, pero echó una mirada de reconvención a Quela, y se fue encapotada.

La tía Belén salió, y Quela se fue al corral a echar de comer a las gallinas. Habíase colocado entre la oreja y su ancho rodete una rosa y un ramo de nardos: las flores y las gracias de Dios son para el pobre como para el rico. Así con su cara animada por la inocente alegría de su corazón amante, y su corazón recogido, estaba preciosa; no a manera de figurín de moda, ese ideal de los pseudos de que hicimos mención; pero a la manera que una mujer es bella, cuando se unen para ello la perfección de formas, la juventud, la lozanía y la inocencia que deja reflejarse en el rostro como en un cristal un alma hermosa.

De repente se abrió la puerta y entró Tiburcio. Quedose parada Quela al verlo después de lo que acababa su madre de decirle; pero al notarse sola con él en un jugar apartado, brilló en sus ojos una mirada con una expresión de gozo y de cortedad a un tiempo tan encantadora como lo serían unidos en una ficción uno de los ángeles del Cielo y una de las gracias del Olimpo.

-Quela, -dijo ex abrupto Tiburcio-, parece que nuestros padres todo lo quieren disponer para nuestras próximas bodas.

Quela no respondió, pero apartó su dulce mirada de bienvenida de la fría y repulsiva mirada de Tiburcio, y la llevó al suelo, mientras un rojo vivo causado por la extrañeza que le produjo el tono desabrido de su novio, se extendió sobre su semblante cual un barniz, como para darle más brillo.

-¿Sois en ello gustosa? -prosiguió con sequedad el recién llegado.

-¿Me llamas de usted? -preguntó Quela que se había criado con él, en tono de dulce reconvención.

-Abomino el tutear, -respondió Tiburcio-. El tú socaba la dignidad en el trato, es costumbre lugareña; no somos parientes para usar de esa exagerada franqueza. Así, respondedme con confianza, que el usted no disminuye ni a esta ni al aprecio.

-¡Aprecio! -murmuró Quela entre dientes.

-Cariño, si queréis, -repuso con impaciencia Tiburcio-; pero responded, ¿sois gustosa?

La joven levantó con despacio sus grandes ojos, cual se levanta el sol en el horizonte, y dio con una mirada tan modesta como amante una elocuente respuesta.

-¿No respondéis? -dijo el lechuguino de arrabal rechazando con aspereza todo el amor y apego que le brindaba aquella mirada.

-Sí que soy gustosa, -respondió Quela-, ¿por qué no había de serlo ahora como antes?

-Porque, -respondió Tiburcio con la crueldad que imprime el orgullo-, podíais haber mudado como yo.

Quela, al oír estas acerbas palabras, palideció, pero no respondió nada.

-Así, pues, -prosiguió Tiburcio-, como no podéis amar a un hombre por el que no es posible tengáis ni simpatías ni afinidades, como no tenemos puntos de contacto y somos incompatibles, lo mejor será que digáis francamente, y antes y con tiempo, que os negáis a este enlace.

-¡Yo! -exclamó asombrada la pobre Quela, que había comprendido la última frase y adivinado las demás que había usado el ilustrado patán-; yo, ¡volverme atrás de una palabra que he dado! Eso no puede ser, Tiburcio, perdería mi estimación, mi padre me mataría.

-Pues entonces, -dijo este-, seré yo el que lo diga.

-¡Tú! -exclamó Quela-, preñándose sus ojos de lágrimas, ¡Virgen Santísima! ¿Y por qué?

-Porque ya os dije éramos incompatibles, y no podríamos ser felices.

-Pues ¿qué es lo que quieres para ser feliz? -preguntó Quela con ahogada voz.

-Amar a la que fuese mi compañera.

-Me volverás a querer, Tiburcio, -dijo Quela sonriendo al través de sus lágrimas su mirada, como brilla una luz más suave bajo su globo de cristal-. Me querrás cuando sea tu mujer y el sacerdote haya echado la bendición de la Iglesia sobre nosotros. Seremos felices bajo su santa influencia.

-No, -respondió Tiburcio, en cuyo corazón seco y henchido de vanidad no hacían mella tanto amor, tanta candidez y tanta dulzura-: no, yo nunca podré serlo con una mujer que no está a mi altura.

Las lágrimas se secaron en los ojos de Quela. Como de una diadema que se hubiese en un momento de abandono dejado arrancar por el amor, y de la que hubiese echado mano y vuelto a colocar en su puesto, levantó Quela su frente ceñida de la dignidad mujeril tan instintiva en la mujer española.

-Bien está, -dijo-, nada digas tú, ni nada hagas, que de mi cuenta queda cortar esto. No porque sintiese que se sonase que me habías plantado: que el bochorno es para aquel que falta, y no para aquel a quien faltan; pero mi padre y mi hermano no habían de dejar la cosa así, y quiero evitar un lance.

-Es que yo nada temo, -exclamó Tiburcio con altanería.

-Pero yo sí, -repuso Quela, cuyos labios blancos temblaban-. Adiós, Tiburcio, no quiera Dios que pagues una partida tan mala y de la que no es capaz el último de los lugareños que tú tanto desprecias.

Tiburcio, sin cuidarse siquiera de endulzar su cruel comportamiento, se alejó diciendo con ironía:

-Ya que creéis que la bendición de la Iglesia es un filtro amoroso, lo mismo da que os la echéis con otro, puesto que lo querréis después; sobre mí no hacen mella semejantes fanatismos. ¡Oh! No, no, no soy árbol yo para echar raíces en este suelo.

-Estoy impuesta, y no hablemos más, -le dijo Quela, señalándole la puerta con un ademán lleno de grave decoro.

Apenas se hubo ido Tiburcio, corrió Quela a encerrarse en su cuarto. Allí se dejó ir a una aflicción que no por ser callada y tranquila fue menos destrozadora. Veía perdido y pagado con la más negra ingratitud el amor que desde la infancia era anexo a su corazón; ese corazón que había guardado para el hombre que amaba, como una perfumada rosa matizada de amor y de inocencia. Veíase objeto de escarpio o de censura para el lugar, porque en los lugares, donde no hay ni puede haber corrupción de costumbres, pues que no hay ni ocio ni dinero, el amor no tiene alas, y sin ser menos bello es más grave. Pero lo que más le apuraba, era la vehemente indignación que este suceso había de causar a su padre y hermano, tan rígidos en punto a honra, tan severos en el cumplimiento de la palabra dada, rasgos anticuados y castizos que se hallan aun en los pueblos de campo, así como se oyen en boca de sus moradores palabras castizas y fuera de uso, rasgos y palabras que sólo en sus corazones, en sus labios y en las crónicas antiguas se encuentran metidos entre sus pergaminos, como nobles hidalgos que huyen de una república. Postrose la pobre abandonada, y suplicó a Dios con mil lágrimas le abriese camino para salir de aquella situación angustiosa, en la que no podía ni callar, ni hablar, ni obrar, ni quedar pasiva. Al cabo de una hora de angustias y agitación, Quela se había decidido sobre el partido que debía tomar, cuando su madre llamó a la puerta. Quela se enjugó sus lágrimas, serenó su rostro y abrió.

Entró la tía Belén cargada de piezas de lienzo que había ido a buscar, tal era la prisa que las dos madres tenían de apresurar las cosas de la boda. Venía tan llena del asunto que la preocupaba, que no fijó su atención en el abatido rostro de su hija.

-Vaya, dijo ¿a qué santo echas el cerrojo al aposento? ¿Tienes miedo de ladrones o del cancón? Aquí tienes, añadió, poniendo sobre la mesa lo que traía, dos piezas de crea para sábanas y una de Bretaña para las almohadas; bien puedes irla cortando que ya hablé a doña Rosita para que haga las randas.

-¿Qué prisa corre, madre? -dijo Quela.

La madre soltó la pieza que examinaba, levantó a la cabeza, y miró a su hija con sorpresa.

-Digo, -exclamó-, cuando se ha estado tantos años aguardando a ese Tiburcio, que nunca acababa de estudiar, y que no había santos que lo sacasen de Sevilla, que tiene veinte y cuatro años cumplidos, y tú veinte y uno, ahora te descuelgas diciendo, que ¿qué prisa hay? No he oído otra. Vaya que son ustedes los primeros novios que me haya echado a la cara a los que sea preciso arrear.

-Madre, -dijo Quela apoyándose en el hombro de su madre y bajando la cabeza-, yo no quisiera casarme.

-¡Jesús me valga! -exclamó la tía Belén, ¿ahora salimos con esa? ¿Qué mosca te pica, muchacha? ¿Qué ventolina es esa? ¿Desde cuando has mudado de parecer?

-No lo he dicho antes, madre... porque... porque tampoco corría prisa decirlo.

-Pero, chiquilla, -repuso su madre-, ¿no hay más entre gentes de vergüenza que volverse atrás de su palabra? Y siempre será por un quítame allá esas pajas, porque estarás regañada con Tiburcio, por eso con la frescura del mundo quieres abochornar a tu familia. No, no, de eso no ha de haber nada. ¿Por qué no quieres casarte? Cabeza de chorlito, veleta, con más pareceres que un escribano, ¿por qué no quieres casarte? ¿Di? ¿Por qué?

Quela levantó su frente pura y tranquila que coronaba la abnegación con una de sus coronas de espinas y dijo con voz suave y firme:

-Quiero ser monja.

La madre se quedó atónita.

-Muchacha, -exclamó al fin-, ¿ahora que te vas a tomar los dichos, te entra la vocación de monja, de sopetón y como un trabucazo? Vamos, que esa vocación será como las olas del mar, que se vienen y se van... No salgas ahora con esa sopa de ensalada que sabes que tu padre no lo ha de consentir...

-Mi padre no puede oponerse, -dijo Quela.

-¡O sí, que está más abajo! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué trueno! ¿Qué dirá tu padre?... ¿Qué dirá mi comadre? ¿Qué dirán las gentes? -repetía la tía Belén poniéndoselas manos en la cabeza.

Hay demasiada solemnidad en una resolución que lleva a elegir lo poco, lo pobre, lo oscuro y lo santo, sobre todo en un pueblo católico, ferviente como lo era a Dios gracias, aquel, para que la que había tomado Quela sufriese otros obstáculos por parte de sus padres, que los de la oposición moderada y de los ruegos. Pero todo fue en vano y Quela se sostuvo en su propósito con tanta firmeza como dulzura; hizo más, y cual el cielo de sus estrellas, no se cubría su rostro de lágrimas, sino de noche y en silencio, de día estaba tranquila y serena; nadie adivinó lo que había pasado.

La abnegación que es el heroísmo femenino, lleva su corona como aquel, pero no de laurel sino de espinas... quita a la fama su clarín y le pone en los labios un candado... y cubre su apoteosis de un denso velo.

Algunos días después de lo que hemos referido, viendo que Quela permanecía firme y constante en su determinación, el tío Juan López, se encaminó entre afligido y abochornado en casa del alcalde.

-¿Qué tiene Vd., compadre? -le dijo al verlo llegar Don Perfecto-; ¿qué le trae tan mohíno? ¿Se le murió a Vd. el rucho?... ¡Me lo temí!...

-¿Qué es esu, cumpadre? ¿Tiene saudades? -dijo Tiburcia.

Pero apenas hubo el tío Juan López, entre suspiros y recriminaciones contra el mudar de pareceres de las que visten por la cabeza, hecho saber a los futuros consuegros el objeto de su visita, cuando la señá Tiburcia prorrumpió en desaforadas exclamaciones, poniendo sus manos en la cabeza y sus gritos en el cielo. Tiburcio con su bunete y sus juantes había hecho una brecha demasiado grande en su modesta fortuna, para que no viese su madre con desconsuelo desaparecer la esperanza de verlo bien establecido, fijada su suerte de manera que no les fuese gravoso en adelante.

-Peru cumpadre, -exclamaba la desolada madre-, si non puede entrar munja ni prufesare que lu pruhíbe el prugreso, ¿es verdad?

-Cierto, comadre, -contestó el tío López-, pero quiere entrar aunque sea sin profesar; para eso tengo yo que estarla manteniendo, y tengo con qué, a Dios gracias. ¿Cómo me niego si ya la muchacha tiene veinte y un años, y sabe lo que se hace? ¿Qué le hago?

-Mucho será, -dijo la señá Tiburcia cuando se hubo ido su compadre-, que aquí non haya jato encerradu e que esa sardina sin sal, de mio fillo non haya hechu alguna trastada, es verdad.

Trató la alcaldesa de averiguar lo que sospechaba: con este motivo y las exigencias con que perseguía a su hijo para que tratase de disuadir a Quela de su propósito, hubo entre madre e hijo tan vivos altercados; estos desesperaron tanto al empingorotado botarate, que exigió de su padre lo enviase a Madrid a pretender, porque en este país, que es el país del mundo donde más se clama contra las contribuciones, es el país del mundo en que hay más sujetos que quieren vivir de ellas; y esto que se quejan amargamente de no estar pagados, y en cambio siempre expuestos a quedar cesantes. ¡Qué sería, pues, si estuviesen pagados y el destino perdurable! Y lo que más escandaliza, es que hombres acomodados abandonen sus haciendas y negocios por esa ansia de figurar y de meter sus uñas en esa bolsa del público, llena de gotas de sangre y de lágrimas.

El alcalde, convencido por los argumentos que le hizo su hijo en favor de su viaje, deslumbrado por sus esperanzas, aturdido por su soberbia y arrogancia, vendió para sufragar las costas del viaje sin que lo supiese su mujer, un olivarito de su propiedad, y un día cuando se levantó la señá Tiburcia halló que su hijo, cual el águila, había tomado su vuelo a altas regiones, perdiéndose a la vista de los humildes moradores de Villamar.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo X
Pág. 11 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


JUNIO, 1844.

Formaban estas dos niñas, Lágrimas y Reina, en todo el más marcado contraste: Reina, hermosa, robusta, llena de vida, era la hija única de la brillante marquesa de Alocaz, la que a los pocos años de casada, habiendo quedado ¡viuda de un hombre que amaba con pasión, concentró en su hija toda la fuerza de amor de su corazón, y crió a su ídolo con los más exagerados mimos.

Aunque separada de ella momentáneamente por su viaje a Madrid, los cuidados y desvelos de la madre rodeaban a su hija. Parientes, amigos, criados antiguos, vigilaban y visitaban de continuo a la niña, trayéndole en profusión juguetes, golosinas, flores, y en fin, cuanto puede agradar en esa edad. Anticipábanse los criados en tono chancero a darle tratamiento, y la hablaban de su hermosura, de sus riquezas y de sus pergaminos.

Lágrimas, la niña enferma, que solo debía la vida al cuidado de las monjas, era pequeña y delgada. Nadie, fuera del convento, se había ocupado de ella, ni nunca había recibido ni un recuerdo, ni un regalo.

Sólo una vez al año, había ido su padrino Don Jeremías Tembleque a verla al locutorio. La primera vez que fue, la llevó un rosquete comprado a un confitero ambulante, el que estaba salpicado por las moscas de negra grajea. A la niña, que no era golosa, dio asco el rosquete y no lo quiso comer; con ese motivo D. Jeremías, que se picó, escribió a su compadre que las monjas criaban a su hija muy melindrosa, y propuso no volverse a despilfarrar.

Reina sabía que era hermosa, rica, noble y querida. Lágrimas sabía que no era ni bien parecida ni querida, y estaba en la persuasión, así como las monjas, de que era pobre. Cuando la hermosa marquesa de Alocaz decía mirando a su hija: «¡cómo crece! ¡Cómo se desarrolla esa hija de mi alma!» Un coro respondía, y sin que en ello entrase adulación, porque lo que decía era la pura verdad: es hermosa, airosa, tiene un señorío y una gracia innata; es idéntica a su madre. Al contrario de la Marquesa, la primera vez que después de cuatro años vio D. Roque la Piedra, que sus negocios trajeron a Sevilla, a su hija, dijo a su compadre:

-¡Qué delgada, qué amarilla está y qué pequeña se va quedando la chica! ¡Qué encogida, qué compungida y qué poquita cosa es! La sangre americana, compadre, que parece melaza. Nada ha sacado a mí, es idéntica a su madre.

-Idéntica a su madre, hasta en los melindres, -contestaba D. Jeremías.

Fácil es comprender que el apoyo y la protección que halló la niña sola, débil, encogida, en la niña fuerte, animada y llena de vida, hicieron brotar en aquel ser amante y aislado, una profunda y apasionada ternura hacia su amiga. Reina, por su lado, se apegó a aquella niña tímida y asombradiza, y halló un placer perfectamente adecuado a su genio en guiar, gobernar y animar al ser débil que buscaba su sombra, en tener a raya las polluelas de inmundos corrales, y dominarlas hasta el punto de obligarlas cuando podía a escondidas de las madres, a que limpiasen bajo su inmediata inspección la jaula del canario que se habían atrevido a amenazar, convirtiendo así, cual una adorable hada para el pajarito, sus enemigas en esclavas. Las polluelas a todo callaban y obedecían por dos razones: la una era que Reina tenía unos dedos dotados de una singular aptitud y fuerza para tirar pellizcos, cuyos cardenales no se iban tan pronto como se venían. Esta detestable, soez y denigrante costumbre, la había traído la niña mal criada al convento. La otra razón que ponía sobre los despotismos de Reina un candado en los labios de sus víctimas, era que todos los días aparecía esta a los ojos de aquellas con un papelón de dulces, bizcochos y tortas en la mano, bella como la fortuna que reparte sus dones, y tirándoselo aunque fuese en el suelo, sino hallaba mesa o banco a la mano, les decía con dignidad: «Tomad, lambrucias, engullid y hartaos.»

Con el trato de Reina se había esparcido algo el tétrico y asombradizo genio de la pobre niña enferma, y aun sobre su salud había influido benéficamente. Sufría esta siempre alternativas, en las que obraba poderosamente el estado de la atmósfera, así como las impresiones que recibía. Su alma era como el cristal, la empañaba solo un aliento, la traspasaba un rayo de sol, un choque la habría quebrado. Son estos pobres entes desgraciados, sin fuerzas morales ni físicas, como un tenue manantial de agua clara, que sin caudal ni poder para abrirse una senda vuelve a consumir la tierra y a absorber el cielo. Existencia que sólo conocen de la parte humana los padeceres y de la espiritual solo la angustia y la tristeza, y son como esas cometas que se lanzan en el espacio, que vagan sin rumbo ni dirección y que están sujetas a la tierra sólo por una tosca guita, que por lo regular manejan manos torpes y bruscas, almas de ángeles que tienen su mayor mérito en ignorar lo que valen, que no lloran sobre sí, sino sobre el dolor que es herencia común.

-¿No ves, -le decía algunas veces a Reina, mirando al cielo-, esas nubes que vienen corriendo de la mar? Vienen huyendo y llorando de los horrores que habrán visto en ella.

-¿Esas nubes? -respondió Reina-: te equivocas; no vienen del mar sino del cielo; las manda el Señor para regar los campos, porque ha habido rogativas por el agua.

-¿No oyes, -preguntaba otras veces con la cara asombrada la niña-, el ruido de la mar muy lejos, muy lejos?

-Vaya, -respondía Reina riendo-, si es un moscón; ojalá se te plantase en las narices, y verías si es la mar. ¡Siempre estás con la mar, la mar, la mar, qué cansera de mar!

-¿Has visto la mar, Reina?

-Sí, que fui a las corridas de caballos a Sanlúcar y la vi, porque se mete en el río. ¿No te acuerdas que volvimos juntas?

-¿Y estaba enfadada, Reina?

-No se lo pregunté, porque nada se me daba de que lo estuviese o no su merced.

-¡Oh! Reina, ¡si vieras cuán espantosa se pone cuando se enfada! Se levanta en ondas como una furiosa serpiente, echa espuma de coraje, y brama de rabia; entonces todo lo rompe, todo lo destroza, todo lo aniquila, todo lo traga, los vivos para matarlos; los muertos...

Levantábase entonces Reina con viveza y se ponía a bailar tocando las palmas y cantando:

Alegría, alegría, alegría,
que ha parido la Virgen María,
sin dolor ni pena,
a las doce de la Noche buena,
un infante tierno,
en la fuerza y rigor del invierno;
y los angelitos
cuando vieron a su Dios chiquito
metido entre paja
le bailaban al son de sonaja.

Al oír la alegre voz de su amiga, y al sentir el profundo y santo gozo que les es propio y que infunden los cantos de Noche buena, Lágrimas de serenaba, los lúgubres pensamientos se borraban y sonreía suavemente, como la tristeza al consuelo.

Así pasaron reunidas estas niñas dos años que le fue preciso a la Marquesa permanecer en la capital. Pero a su regreso le faltó tiempo para llevarse consigo a su hija.

El dolor de Lágrimas al separarse de Reina, fue tan acerbo y tan profundo, que a poco recayó en aquellos accesos de triste angustia, de inquietos insomnios que tan perjudiciales eran a su salud. Reina, que lo supo por las monjas, pidió a su madre se empeñase con ellas para que dejasen a Lágrimas pasar los días festivos en su compañía. Las madres pidieron su venia a D. Jeremías, que la dio, poniendo a esto como a todo lo que concernía a la niña, tan poca importancia, que ni aun se lo dijo ni escribió a su padre.

La pobre niña que tan poco lugar ocupaba en todas partes, que no se oía nunca, que no llamaba la atención, que parecía un pálido satélite del brillante astro en cuya órbita giraba silencioso y no podía menos de ser querida por los que se ponían en contacto con ella. Así era que la Marquesa la veía con gusto en su casa, pues son contadas (si es que existen), las naturalezas que no tengan un placer en causárselo a otras, sobre todo si no les cuesta nada. Así, pues, sin interrumpir esta amistad, que era todo el encanto de la modesta vida de Lágrimas, pasaron cuatro años, contaba ahora Reina diez y ocho, y Lágrimas diez y seis. Era esta siempre la niña delicada de salud, delgada y pálida. Su debilidad física y su dejadez americana le daban un aire cansado y doliente, que hacía a los que activamente recorrían el camino de la vida, dejarla a un lado, como al cansado caminante, que se ha apartado de él y se ha sentado en un marmolejo sin estorbar a nadie. Sus movimientos eran tímidos y lentos, sin dejar por esto de tener una gracia lánguida y suave, tanto más simpática, cuanto estaba lejos de toda afectación. El trato con las monjas había hecho menos sombrías las miradas de aquella pobre asombrada niña; el roce con Reina y con la sociedad las había hecho menos ariscas, pero nada había podido desprenderlas de aquella tristeza profunda que había grabado en ellas la terrible catástrofe que le abrió tan niña aun los ojos a los horrores de la tierra; una extremada timidez que se unía a esto, le hacía tener sus ojos siempre bajos, así sucedía que cuando los levantaba, como eran tan extraordinariamente hermosos, causaba su vista casi una sorpresa.

Reina que había crecido mucho, era alta y airosa: su cara aguileña tenía el blanco y puro mate de la cera; su nariz, un poco larga, era fina y bien formada; su frente era alta y altiva; su boca de delgados labios, desdeñosa y burlona; sus ojos pardos eran penetrantes como dardos. Tenía una desenvoltura que no era propia de su edad, pero estaba unida a tanto señorío y tanta gracia natural, que la crítica, indulgente con ella, como lo era su madre, se resignaba a tolerarle ese lunar inherente que no la desgraciaba.

Ya que al bosquejar uno de los tipos que figuran en esta relación hemos indicado, defectos, por desgracia harto comunes entre las jóvenes españolas, nos permitiremos darles un consejo, aunque no sea más que para probar que el espíritu de nacionalidad no nos ciega al punto de tomar defectos por méritos, ni malas tendencias por gracias. Este consejo de amigos es, que al adoptar las cosas elegantes y de buen gusto del extranjero, no se limiten en esta imitación a las capotas, bertas y cosas semejantes, sino que la extiendan a ciertas reglas de alto buen tono que siguen las jóvenes en la buena sociedad extranjera. Allá las jóvenes no llevan el sello de la elegancia fabricado en casa de sus modistas; lo llevan genuino y no se aja ni pasa de moda como aquel. Consiste en una reserva modesta, que hace hablar bajo, pero nunca de quedo; en un no desmentido respeto para toda persona de edad, fea o bonita, discreta o tonta, y entre la rica y la pobre con preferencia a esta última, respeto que es hasta una inocente coquetería, por la suavidad y frescura que imprime a la juventud. Ha de ocuparse mucho más de las mujeres que de los hombres, lo que procura amigas, y no quita admiradores; y sobre todo, este sello de buen tono real, excluye completamente de los labios de la juventud la burla personal como cosa atrevida, chabacana, que debe quedar relegada a las antesalas; a la gracia, así como a un manantial de agua cristalina y brillante, se le dirige su cauce, y corre lo mismo entre flores que entre espinas. Cuando las jóvenes españolas se convenzan de estas verdades, podremos gloriarnos los españoles de tener en nuestro país las mujeres más cumplidas de Europa.

La marquesa de Alocaz era una mujer hermosa, que aun no contaba cuarenta años. Era tan parecida a su hija, que al verlas juntas parecían la tarde y la mañana de un hermoso día. Era la Marquesa una de esas mujeres que solo en Espata se encuentran, las que como las flores deben sus colores y su perfume a su propia savia, y no a pinceles y esencias, es decir, que criada en un convento, sin más nociones ni educación que las que se necesitan para formar una mujer virtuosa, una buena madre y una mujer de su casa, sin jamás haber leído un libro, ignorando del todo las melifluosidades de novelas, ella sola, su instinto, su talento, su tacto, su natural señorío la habían hecho una mujer altamente distinguida, delicadamente culta, que tenía el aplomo y el mundo de una cortesana de la corte de Luis XV. No había conversación en la que no alternase con tino y gusto, ni lance que no jugase con acierto y decoro. Orgullosa como ninguna, era también como ninguna fina y amable. Era cuando se ofrecía oportuna como decían sus amigas; boquifresca según decían aquellos que, como inoportunas mariposas, se acercaban bastante a la luz para que esta quemase sus alas.

La Marquesa, aunque había quedado muy joven viuda, no se había vuelto a casar a causa de sus extremos por su hija; porque Reina, desde chica, con ese instinto de egoísmo y de celos de los niños consentidos, había tomado entre ojos a cuantos se habían inclinado a su madre, a punto de obligar a esta extremosa madre a alejarlos, lo que alguna vez llegó a ser un doloroso sacrificio para ella, sacrificio que su hija no comprendió entonces ni supo después; pero así son los sacrificios de las madres, ni ellas les ponen precio, ni creen que se les deba poner. Llamábanla con razón sus amigas: la perfecta viuda.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XI
Pág. 12 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1846.

Lector de las Batuecas, habrás notado que hemos tomado mucha confianza contigo, lo cual es porque nos eres simpático, y nos interesamos por ti, y queremos instruirte. No es que no sepas acaso más que nosotros, lo que es muy probable, pero de cierto no sabes una porción de palabras, entradas de contrabando, sin que autoricen su introducción ni aranceles, ni amnistía, ni indulto. El diccionario no las trae, pero acá te las explicaremos. El diccionario está un poco anticuado; es un dolor, porque es un excelente sujeto; a nosotros nos gusta muchísimo, un poco testarudo es, pero muy amigo de complacer.

Como pintor de costumbres de la época, tenemos que rozarnos con estas palabras, con las que por todas partes nos damos de narices. Te las iremos explicando e indicando su origen, para que no creas al leernos que el español tira al griego. No, al griego no, al poliglotismo y a la república de las palabras.

Los introductores de tanta palabra de último gusto, en honor a la verdad, no han recibido ningún sofión por eso, y ni el inglés, francés ni alemán, nos han dicho con grosería de rascarnos con nuestras propias uñas; eso no, lo que hacen es abrir sus graneros como Faraón.

Al hablar de la Marquesa íbamos a decir, que esta amable señora española, aunque tenía graves cuidados, se la hallaba siempre igual, siempre animada y afable, sin que la melancolía ni el spleen viniesen a nublar su frente hermosa y serena.

Te explicaremos, pues, quién y qué cosa es spleen.

El spleen es hijo de la saciedad y de las neblinas opacas del Támesis. Fue su padrino el humo de carbón de piedra, y lo crió un lord gotoso al lado de su chimenea en silencio y soledad. Tiene el spleen el pelo lacio, los ojos tristes, los extremos de la boca caídos hacia bajo y el entrecejo arrugado; es alto y delgado, no tiene el pobrecito mío maldita la gracia. No quiere salir de su país, y los demás países se disputan su dulce posesión. Primero se lo llevaron los franceses por los cabellos a Francia, donde ha hecho las mayores fechorías, de que sólo te referiremos la primera, que a pesar de ser trágica, es el de menor consideración de sus lances. Lo primero que hizo, pues, ese cara de pito, fue disponer que en lugar de bailados fuesen andados los rigodones: (cosas del spleen). Terpsícore se puso furiosa y lo desafió. Fue padrino del spleen un búho, y de Terpsícore la Taglioni. El spleen derribó a Terpsícore con un suspiro, pero ésta, como es tan ligera, se levantó al punto, y con un entrechat, (perdona, lector, con una cabriola cruzada en el aire) echó a rodar el spleen. Los padrinos declararon el honor satisfecho, y cada uno se fue por su lado. El spleen se fue al río Sena con intención de tirarse en él de cabeza: Terpsícore a la ópera a divertirse. Te diré para tranquilizarte, lector, que lo han traído aquí también, pero que toma al instante las de Villadiego. El sol de por acá deslumbra sus tristes ojos; las castañuelas le atacan los nervios, zambomba y pandereta le dan jaqueca, la gracia andaluza lo hace huir, las boleras y fandangos le son mortales.

La Marquesa, sin tener spleen, abrigaba en su pecho roedores cuidados. Eran estos tocante a los intereses del caudal de su hija que manejaba.

Es una máxima muy general y muy cierta la de qué un alma superior y elevada mira con desdén los intereses pecuniarios, y por más que el siglo de ideas quiera condenarla al ridículo, y relegarla, al zaquizamí literario con los idilios y las pastorelas, quedará esta máxima una eterna verdad, mientras haya almas superiores y elevadas.

Pero este desdén es aplicable al ansia ávida y al sórdido afán que se tuviese por aumentar su caudal; no al digno y loable deseo de conservar el que nos legaron nuestros padres, y debemos dejar a nuestros hijos. Por eso instituyeron los sabios antepasados los mayorazgos, sello de la época de grandes miras, que abrazaba toda una descendencia como lo fue la que fundó los mayorazgos, como sello de época de pequeñas y egoístas miras, es el haberlos destruido: señal de fuerza y de porvenir fue su institución: ¡señal de debilidad y de incertidumbre es la de su destrucción!

¡Y cuántos más, pues, serán estos cuidados, si al cariño de la madre se une la responsabilidad de tutora!

El difunto Marqués, que era gastador, había dejado deudas que, como debía, reconoció tan luego la Marquesa en nombre de su hija. Herederos colaterales disputaron a Reina su caudal, pretendiendo que su fundación excluía hembra. Este era el pleito que había llevado a la Marquesa a Madrid. Ganó el pleito, pero sus crecidas costas vinieron a engruesar la deuda que ya tenía, y últimamente un considerable tributo que gravitaba sobre una de las mejores fincas del mayorazgo, olvidado y desatendido desde infinidad de años, resucitaba como una fantasma crecida en grandes dimensiones, por sus caídos plazos y fuerte de su indisputable derecho. Así era que aquella frente serena en el estrado, se cubría de sombras y nubes, cuando, sola en su cuarto, los apuros de su situación oprimían aquel ánimo de mujer, que no sabe ser fuerte cuando el corazón no le auxilia.

Estaba un día la Marquesa tristemente absorta y ensimismada, cuando entró su anciano e íntimo amigo el maestrante D. Domingo de Osorio.

Era este caballero un hombre bueno, honrado, digno, sincero y recto, de quien no se ocupaba mucho la sociedad, porque tomaba pocas cartas en ella, pero que todo el mundo quería y respetaba. Era un acérrimo carlino, de esos que cual firmes rocas se mantienen debajo del mar, dejando pasar sobre sus cabezas las olas de los eventos, sin oponerlos resistencia, pero sin que, sus vaivenes los muevan; seres para los que no hay más inspiraciones ni más luz que las de su conciencia, en la que descansan como en un lecho de plumas blandas; monolitos morales para los que la voz concesión, equivale a la de traición; fes robustas porque no tienen su asiento en la cabeza que calcula, sino en el corazón que siente, imposibles de extraviar, y fáciles de engañar; llámalos el siglo Quijotes, pero están de tal suerte rodeados de innobles Sanchos, que entre estos descuellan tanto más elevados y caballeros. Llámalos el progreso dementes; si lo son es a la manera de la reina Doña Juana, sin enterrar jamás el objeto de su culto; hombres de los que algunos se burlan, pero que todos quieren por amigos; correligionarios que son pobres auxiliares a la parte activa y militante de un partido, pero que en cambio lo honran y autorizan.

-Marquesa, -dijo con semblante animado D. Domingo-, ¿sabe Vd. la noticia? Zaldívar está en Ubrique, su pueblo; tiene ya tres mil hombres armados y diseminados por la Sierra de Ronda, prontos a reunirse a la primera señal.

-¡Zaldívar! -exclamó la Marquesa-. ¿El infeliz que fue fusilado?

-¿Y Vd. se lo ha creído? No hubo tal, pagó otro infeliz y dijeron era Zaldívar; pero a él no lo han podido jamás coger. ¿Coger? ¿Pues qué, no hay más que coger a Zaldívar? ¿Pero qué tiene Vd.? Me parece que está Vd. triste. ¿Tiene Vd. algún disgusto?

-¿Y le parecen a Vd. pocos los que me rodean? ¿El abismo en que me voy hundiendo sin hallar medio de evitarlo?

-Es preciso que gaste Vd. menos y recoja velas.

-Imposible. Bien sabe Vd. el arreglo de mi casa, en la que no hay despilfarro.

-Despida Vd. criados, tiene Vd. un ciento.

-Y todos son pocos y están ocupados en este caserón.

-Múdese Vd. A una casa más chica.

-¿Dejar la casa solariega? ¿Está Vd. en sí?

-Suprima Vd. la tertulia.

-A buen tiempo, cuando toda mi vida la he tenido, ¿la quitaría ahora que mi hija tiene diez y ocho años, y que la disfruta y brilla en ella? Además, valiente gasto es ese. D. Domingo, me está Vd. pareciendo al Duque aquel que estableció la economía en casa, suprimiendo algunas rodillas en la cocina. El pleito me ha empeñado hasta los ojos; los deudores anteriores claman. Ahora aparece ese censo que resucita cebado de sus propios caídos, todo a la vez. ¡Todo apremiente! ¡Qué hacer! ¡Qué hacer!

-Acuda Vd. a un capitalista, a un comerciante.

-Hato de judíos, -exclamó la Marquesa-, usureros sin pudor que especulan sobre la ruina ajena. Usted se chancea, D. Domingo.

-La necesidad carece de ley, amiga.

-Harto lo sé; pero no me pongo en manos de esos fariseos. Sé por amigas mías con la perfidia, con la que ayudados de sus fieles consejeros los abogados y escribanos, hunden el puñal en las entrañas de sus caídas víctimas.

-A eso os dirán, -dijo D. Domingo-, que el dinero es una mercancía como otra cualquiera y que su valor es arbitrario. Estas son de esas claridades nuevas que nos trae el siglo de las luces.

-No manche Vd. su boca, D. Domingo, repitiendo los sofismas de la usura; esa despenadora quiere también enseñorearse con capa de terciopelo, así como la irreligiosidad con la de despreocupación: el agiotaje con la de especulación; el desenfreno con la de libertad; un casamiento de solo interés con la del casamiento de razón, y el acabar con la sociedad con la de socialismo.

-Acaba de llegar aquí, -dijo D. Domingo-, de vuelta de un viaje a Madrid, un comerciante de Cádiz millonario; lo sé por un amigo mío a quien le es forzoso vender una hacienda a retroventa, y a quien este peruano se la va a comprar. Vd. sabe que en Cádiz viven los comerciantes de fuste en plata como el pez en el agua, y que son por lo tanto generosos; garbosos y caballeros.

-Sé que hay de todo, D. Domingo, sé que hay de todo, y el epíteto de Peruano no me infunde confianza en las calidades que Vd. le presta.

-Pues este de que hablo a Vd. es de los más poderosos y encopetados. Ha hecho gran papel en Madrid.

-¿Y qué significa eso hoy día, D. Domingo?

-Mucho, porque significa que es rico. Le gusta la buena sociedad y figurar en ella, pero figurar tal cual Dios lo crió, sin amoldarse a ella. Con la grosería, sello de ordinariez, se engalanan estos papatachos, como honorífico distintivo de la independencia, y señal de no necesitar a nadie, puesto que en la candidez de sus convicciones creen la política y la finura una adulación sólo en uso del que quiera ser favorecido hacia aquel que lo puede favorecer. Estoy seguro de que haría Vd. con él lo que quisiese.

-Nunca había yo de querer, -respondió la Marquesa-, sino aquello que sacándome a mí de una situación tan apurada, tuviese cuenta a los intereses del que me sacase de ella. Pero bajarme yo a suplicar como un favor lo que no lo es, no me sería posible, D. Domingo.

-Pues déjese Vd. embargar; es lo más prudente. Su padre de Vd. que tanto la quería, vendió una soberbia posesión que estaba ruinosa; pero de la que se podía sacar un inmenso partido, en renta vitalicia sobre la cabeza de Vd.; esta es de treinta mil reales; la viudedad del marquesado de su hija, es de veinte mil; con esos cincuenta mil reales, le queda a Vd. para vivir con economía, es cierto, pero con sosiego.

-¿Qué me deje embargar? D. Domingo, ¿qué decís? ¡Pasar ese bochorno! ¿Exponerme a que hagan paz y guerra del mayorazgo de mi hija? Antes morir.

-Pues entonces vea Vd. de hacer un arreglo con ese D. Roque la Piedra, como lo va a hacer mi amigo...

-¿Don Roque la Piedra ha dicho Vd.?

-Sí, así se llama el creso.

-¡Qué casualidad! Ese debe ser el padre de Lágrimas, pues así se apellida esa pobre niña amiga de convento de Reina, que tiene tal pasión por mi hija que empeoró de una manera alarmante su delicada salud cuando me traje a Reina del convento. Reina la quiere mucho, y así viene a pasar aquí casi todos los días de fiesta.

-¿Qué me dice Vd., Marquesa? Esa niña tan calladita, tan humilde, tan bien portada, que me hace tanta gracia por lo compuesta; ¡es hija de ese coloso de plata, de ese bambolla! No gasta mucha con respecto a su hija; cuanto tiene se lo ha regalado Reina.

-Eso no es nada, D. Domingo; no lo nombre usted siquiera. Además, Reina el día que no tuviese que regalar, me regalaría a mí y se quedaría huérfana.

-Pero en fin, -dijo D. Domingo-, es natural que con motivo de las bondades demostradas por Vd. a su hija, D. Roque la Piedra venga a darle a Vd. las gracias, y esto viene bien, puesto que hablando se entienden las gentes. Es este un refrán antiguo que ha caducado, mi amiga... murió; después se enterró, y es su panteón el salón de las Cortes. Pero como aquí no son Vds. más que dos, podrá hacerse a mutua satisfacción un negocio en que D. Roque pueda favorecer a Vd. con utilidad y provecho suyo.

Pocos días después, habiendo sabido D. Roque por D. Jeremías la amistad demostrada por Reina y las atenciones tenidas por la Marquesa hacia su hija, pasó a verla para darle las gracias.

Aunque habían pasado diez años desde su llegada a Cádiz, la persona de D. Roque seca y angulosa como una mala estatua de hierro, había cambiado poco o nada. Siempre era la fría y vulgar fisonomía del villano enriquecido, no había en él más diferencia sino la de vestir mejor y más primorosamente, a lo que le obligaba el alternar en la buena sociedad, así como a gastar un lenguaje algo menos tosco, sino más delicado.

-Señora, -dijo al presentarse con todo el atrevimiento de la ignorancia y el aplomo de la gansería-. Tengo tanto más placer en visitar la casa de usted, que jamás he necesitado a ninguno de Vds., y sí he podido servir a varios, así tendré una satisfacción en que Vd. me ocupe.

La Marquesa estuvo para contestarle que el día que la sirviese le pagaría, como lo habrían hecho los otros, a tanto por ciento sus favores, pero se contuvo.

Don Domingo corrió a llamar a Lágrimas, que ser día de fiesta, estaba en casa de la Marquesa.

-¡Ah! ¿Ahí está la chica? -dijo D. Roque al ver entrar a su hija con Reina-. La enseñáis mal, Marquesa, con tanta tertulia y diversiones, luego no se va a hallar conmigo en casa, y ahora que tiene diez y seis años me la voy a llevar.

La pobre niña al oír a su padre, se estremeció y apretó con angustia el brazo de Reina.

-¿Qué, se la va Vd. a llevar? -dijo esta a D. Roque-; o no, que está más abajo.

Don Roque se volvió atónito al oír aquella contradicción despótica que se lo plantaba delante; pero al verla brotar de aquella boca tan bella, tan fresca y tan juvenil, se sonrió como se sonreiría un rey al ver posarse en su corona una bella mariposa, y dijo:

-¿Y por qué no, señorita?

-Porque yo no quiero, respondió Reina.

Es muy probable, que con la aspereza del orgullo y la mezquindad del egoísmo, D. Roque, sin atender al cariño a su hija, sólo hubiese contestado con su marcial desatención, a la prosopopeya que encerraban las palabras de Reina, a no haber intervenido la Marquesa, la que con el tono más fino y con las expresiones más amables, suplicó a D. Roque, dejase pasar a su hija una temporada en su casa al lado de Reina.

-¿Te quieres quedar, chica? -preguntó a su hija Don Roque-, que no deseaba otra cosa, por hallarse muy lisonjeada su vanidad con poder decir por todas partes que su hija había quedado a puros ruegos de ésta en casa de la Marquesa de Alocaz.

La pobre niña, que temblaba, se apresuró en contestar:

-Yo quiero lo que Vd. mande.

-Bien, bien, -dijo D. Roque, como dispensando un favor-; pues que todos se empeñan, no quiero que se diga que no soy condescendiente, ni que usted crea, señora, que le niego lo primero que me pide. No gasto parola, pero sepa Vd. que tiene en mí un amigo en efectivo, y no en pagarés.

-¡Qué feo es tu padre! -le dijo Reina a Lágrimas cuando éste se hubo ido-, se me figura que ha de ser idéntico al Hércules de la alameda de Cádiz, que tanto ponderan de feo. En nada te pareces a él, hija mía, de lo que te felicito.

-Dice mi padrino, -respondió Lágrimas-, que me parezco a mi madre. ¡Pobrecita!

-A tu padrino, a esa rata de caño sucio, mándale a decir que no venga acá a verte, que se me figura que trae en los bolsillos de su inmundo gabán el cólera, la sarna, y la peste. ¿Nunca te regala ese padrino miseria?

-Una vez me dio un rosquete.

Reina se puso a reír tanto y tan de corazón, que se dejó caer rendida sobre un sofá.

-Creo que es pobre, dijo disculpándolo Lágrimas.

-Deja que venga, -repuso Reina-, te aseguro que reúno a los criados con cacerolas y almireces, y lleva una cencerrada por padrino pelón.

-No vendrá, -dijo Lágrimas-: sólo una vez al año va a verme al convento.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XII
Pág. 13 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1846.

En este tiempo aparece D. Roque la Piedra, subido de categoría, como hemos visto, pues de bello y excelente sujeto, a llegado a bellísimo y excelentísimo sujeto, según la nomenclatura de los modernos sinónimos; lo que quiere decir que ha llegado y pasado de millonario, siguiendo al revés de los ríos un curso ascendente.

Como es probable que no conozcas al millonario moderno, querido lector de las Batuecas, porque el millonario moderno no se da en los aires puros que tú allá disfrutas, tendremos que hacerte su fisiología.

Pero distingamos: no tratamos del millonario que por medios honoríficos, ayudado de su buena cabeza, por su trabajo y por la fortuna, que favorece al que se le antoja, bueno o malo, al buen tuntún, ha llegado a serlo. Lejos está de nosotros semejante propósito; condenar a un millonario por solo serlo, y confundirlo con el tipo que vamos a delinear, sería faltar a la verdad, a la justicia, a la equidad, y dar margen a que pensaras tú que mueve nuestra pluma la envidia. No, no, jamás hemos envidiado sino a ti, querido y simpático lector de las Batuecas. Habrás podido notar, puesto que según se nos asegura, la imparcialidad que ha desaparecido de por acá, se ha ido a tu país; habrás conocido decimos, que no abrigamos malevolencia, y que aun las cosas que nos son antipáticas las tratamos sin hiel, a pesar que este condimento está a la orden del día para la confección de los escritos, como lo está para la confección de los guisados de nuestras cocineras el detestable azafrán, sucediéndoles a los que escriben como a las que guisan, que sin lograr al servirse de su condimento poner los escritos ni los guisados bonitos, les dan un repugnante paladar. En una sola cosa no transigimos y es en las cosas de religión, puesto que la eterna verdad dijo: el que no está conmigo está contra mí; admirable y concisa regla como todas las que salieron de aquellos divinos labios, pulverizando en su sentido la tolerancia en punto a cosas de Dios, y en su concisión todas las fraseologías. Adquiriremos con esto el epíteto de fanático; a mucha honra lo tenemos. El que echó ese epíteto como baldón a los católicos, es mal intencionado o ignorante. Es lo primero, si sabe el sentido de la voz y sabiéndolo lo aplica; y es ignorante si lo dice sin conocer el sentido de la voz que el diccionario define así:

Fanático: el que defiendo con tenacidad y furor opiniones erradas en materia de religión.

No siendo erradas las opiniones ni defendidas con furor, no es aplicable la palabra fanatismo al católico ferviente. Lo que a la palabra fanático se puede aplicar a la de superstición de la que dice Balzac: se sabe que en el lenguaje de los liberales se llama superstición toda religión, es decir, toda creencia en un poder y de una ley superior.

Necesaria era esta digresión para que más de cuatro neutrales a quien las voces fanatismo y superstición erizan los cabellos, y que no se toman el trabajo de desentrañar ni su sentido ni su aplicación, supiesen lo uno y lo otro. El medio era, puesto que los neutrales no leen buenos libros religiosos, hacer aparecer esta verdad en una novela a imitación de las floristas de París, que, al hacer un ramo de flores contrahechas, ponen con un brillante una gota de rocío del cielo sobre una rosa de poco valor.

Cerremos este paréntesis, tamaño como el cuarto creciente y el cuarto menguante de la luna. No vamos, pues, a pintar los millonarios respetables y honrados, los que hacen un digno uso de sus caudales, como conocemos y veneramos a muchos, a la par que los pobres los bendicen y el público los aplaude. Dejamos a la envidia, que nada puede ver sobresalir, sacudir sus palos de ciego. Apreciamos a todo aquel a quien la suerte favoreció, sin haber tenido que obtener sus favores por infamias. Dios nos libre de echar anatema sobre el que hace suerte: eso sería tan malévolo como injusto y ridículo.

El tipo que vamos a delinear, es aquel que, salido del polvo de malos lugares, sin educación, sin principios, sin conciencia, sin honor y hasta sin vergüenza (este último lazo por el que pertenece un hombre a la sociedad), sin más Dios que la codicia, ni más ambición que la de atesorar, dando de barato su buen nombre, la dignidad, la opinión ajena, sin reparar en medios, llega al apogeo de la riqueza por caminos bajos, ilícitos y criminales. Este ente, odioso que amalgama admirablemente los vicios de ambas clases, los del pobre y los del rico, es una plaga que sale de la zupia de las revoluciones, o bien de la confusión de ideas y de delitos de las guerras civiles, o bien del caos de los desórdenes, o de los misterios de la impunidad vagabunda en todos países, y que se alza con frente impávida al desprecio, guarecido contra la reprobación con su escudo de oro.

El millonario de este jaez, por lo regular es feo: pero por lo regular también se le da un bledo de serlo; comprende la idolatría del becerro de oro, pero no concibe la de Narciso.

El millonario padece (además de otros achaques) unas calenturas intermitentes contra las cuales nada puede la quinina. Cuando le entra el acceso de calor, se desemboza, se estira, bufa, hace sonar el dinero en el bolsillo, y está pronto a pagar seis maravedís a un muchacho para que le escriba con tiza en la espalda: este señor tiene un millón de duros. Poco después le entra la reacción, el frío: se encoje, se echa a temblar al ruido que él mismo ha metido, se arropa y pone a llorar miserias, dando diente con diente y pronosticando a su mujer e hijos que pedirán limosna. Da un día un festín de Heliogábalo: al día siguiente toma él mismo la cuenta de la plaza, suprimiendo cuanto no sea el cocido, como lujo superfluo.

El millonario se ofende de que le digan rico y se indigna de que le crean pobre; quiere gozar de un crédito ilimitado, y quiere pasar por no tener un cuarto, como la vieja que quería sacar a la lotería sin haber puesto.

El millonario está revestido de negativas como el erizo de púas; cree el no su derecho y propiedad exclusiva: el no es inherente a sus labios como el cigarro habano. El no, al revés del peso duro, le parece objeto de exportación y no de introducción; género ilícito contra el cual no hay aranceles que valgan. Así el que se atreve a dar un no a un millonario comete un delito de leso-millón.

El millonario goza rara vez de su millón: pero como el virtuoso goza con la conciencia de serlo, el millonario goza a su ejemplo con la conciencia de serlo.

Para este millonario los mandamientos se encierran en dos: tomar y no dar.

El millonario tiene un problema que nunca acaba de resolver, y es a cual ha de despreciar más: si a un artista o a un noble, a un poeta o a un militar, a un deudor o a un facineroso, y entre las acciones de Judas, si la de vender a su Señor, o la de tirar después el dinero.

El millonario no comprende la dignidad del hombre, pero sí mucho la del dinero.

El millonario no se incomoda ni sale de su paso ni por la madre que lo parió, pero no quedará en zagas de Diógenes para decirle a un Alejandro que se le quite de delante.

El millonario ha oído hablar de generosidad, y la cree de buena fe vicio de pobre.

El millonario considera el orgullo inherente al dinero como su sonido metálico.

El millonario tiene dos ideales a los que compondría versos si supiese, y son su yo; y las letras de Rothschild.

Concluiremos este bosquejo con una última pincelada: para el millonario de este jaez hizo la Roche-Foucauld aquella inconcebible y atroz máxima que hay en nosotros algo, que goza en las desgracias ajenas... pues el millonario goza en la ruina de otros.

Ahora, pues, que hemos colocado a D. Roque en su nueva luz, prosigamos nuestro relato:

Todas las nubes del otoño estaban reasumidas en la feísima cara de D. Jeremías Tembleque, que, sentado delante de su mesa paticoja, frente a su tintero de peltre, sumaba, restaba, multiplicaba, y cada número añadía una arruga más a su frente.

Llamaron a la puerta:

-Bonifacio, Bonifacio, -gritó el amo de la casa a su negro-, no abras sin saber antes a quién.

-Es D. Roque, -mi amo-, respondió el negro.

Efectivamente, subía el millonario aquella escalera entapizada de lamparones de aceite, y combatía con el humo de su puro aquel ambiente que no lo era.

-Perdido estoy, compadre, -exclamó D. Jeremías al verlo entrar-, y si Vd. no me saca de este apuro, de este conflicto, no sé que será de mí.

-¡Vd. apuros! -repuso D. Roque-, ¡por vía de los gatos! ¡Vd. que no ha tocado sus réditos caídos en el banco de Francia desde diez años! Pero sea el que fuere su apuro de Vd., yo no puedo sacar a nadie de apuros, porque en estos tiempos cada cual tiene que rascarse con sus propias uñas. ¿Qué hay, pues, compadre Angustias?

D. Jeremías se levantó y fue a cerrar la puerta asegurándose de que no podría oírle su negro; hizo sentar a D. Roque en su sofá de hojas de maíz, se sentó a su lado, y dejando al vegetal el tiempo suficiente para acallar sus murmullos, que a medida que había envejecido se habían hecho más ásperos y chillones, dijo acercándose al oído de su compadre.

-He recibido los sesenta mil duros que me quedaban por allá y que me han quitado sesenta mil noches de sueño.

-¡Droga! Compadre, ¿y este es el apuro?

-¡No, no es ese, sino que en primer lugar el cambio me cuesta un sentido, y lo otro, compadre!.., ¡Que no sé que hacer con ellos!

-Póngalos Vd. en el banco.

-¡Un demonio! ¡Colgar todo a un clavo! No, no, eso no; no tengo la manía de los bancos como Vd. ¡Quien tiene la experiencia de Nueva-York!... ¡¡¡Ya, ya sé lo que es!!!

Al decir esto hizo D. Jeremías un movimiento tan brusco y trágico, que las hojas de maíz se pusieron a murmurar en coro de la poca consideración con que se les trataba.

-Pero en el banco de Francia no le ha ido a Vd. tan mal, compadre, -dijo D, Roque-; los fondos han subido, el crédito y riqueza de la Francia crece por días.

-Amigo, lo que no sucede en diez años, sucede en un día; no quiero más bancos, y se acabó la fiesta. Compadre, ya sé que es Vd. un hijo de la dicha y que apalea el dinero; así solo en Vd. tengo confianza, tome Vd. ese dinero.

-¡Yo! ¿Pues si no sé que hacer con el mío?

-Compadre, se lo doy a Vd. sin ejemplar, sin hipotecas.

-No lo quiero, no tomo dinero.

-Compadre, a miserables ocho por ciento.

-Ni que Vd. lo piense.

-Compadre, al seis.

-No puede ser.

-Compadre, al cinco y medio.

-Que no.

-Compadre, al cinco.

-Ni de balde.

-Al cinco, compadre, eso es sacar a la lotería.

-¿Hablo griego, mi amigo? ¿No le digo a Vd. que no, no, y no? ¿Cómo quiere Vd. que se lo diga, cantado, llorado o rezado? ¡Droga!

-¡Compadre, Vd. quiere mi ruina! -exclamó indignado D. Jeremías, que por una de esas manías o agüeros de los avaros, sólo en las manos de su afortunado compadre consideraba su dinero seguro-. Yo, que pensaba dejar a su hija de Vd. en mi testamento seis onzas; ¡ni un cuarto le dejaré! -añadió con arrogancia, dejándose caer con el orgullo y aire de taco de una venganza satisfecha sobre uno de los cojines de los lados del sofá.

Un coro subterráneo parecido al de los malignos espíritus en la ópera de Roberto el Diablo sonó en las profundidades del mencionado cojín. D. Jeremías ya exaltado y dispuesto al despotismo, dio sobre él un vigoroso puñetazo; las hojas callaron, como obedeciendo al gran mal espíritu de su amo.

D. Roque soltó una carcajada con toda la impertinencia y sonido agrio metálico de los millones.

-¿Para qué necesita mi hija, -dijo-, la gran miseria de las seis onzas de Vd.? Cuatro veces más he gastado yo ahora poco en Madrid en obsequiar a las señoras de un amigo mío.

-Cuando Vd. lo hizo cuenta le tendría; vamos, vamos, compadre, no escupa Vd. tanto por el colmillo que nos conocemos de atrás: Vd. toma mis sesenta mil duros, o perdemos las amistades; y puede Vd. ir buscando otro para encargarle aquí de sus trapisondas, y servirle de testaferro.

-Vamos, vamos, -dijo D. Roque que alarmó más esta amenaza de D. Jeremías, que no la de desheredar a su hija-; vamos, no se amostace Vd. que se va Vd. haciendo más gruñón que su sofá.

-Pues tome Vd. mis sesenta mil duros, con sesenta mil demonios encima.

-Veremos.

-Nada de veremos, que eso dijo el ciego y nunca vio. Las letras van a cumplir y no tengo donde meter el dinero. No tengo caja de hierro, añadió angustiándose a medida que iba hablando, abriendo los ojos y arqueando las cejas progresivamente, y echándose a temblar de tal suerte, que las hojas de maíz se echaron a reír ruidosamente. Vivo solo, solo con ese animal que podría robarme, asesinarme; la casa no es segura, el barrio es malo, los vecinos me quieren mal, las paredes tienen oídos, los ladrones son osados. ¡Oh, oh! ¡Yo tener dinero en casa! No, no, no.

-Bien, bien, -dijo D. Roque, a quien el estado casi convulso de su amigo no dio lástima, pero que reflexionó, sería para él el tomar ese dinero un excelente negocio-: vamos, vengan esas letras, las tomaré para hacer a Vd. ese favor, e impedirle que se muera de miedo: pero compadre, Roque la Piedra no toma dinero a más de un cuatro, es contra su crédito.

D. Jeremías dando saltos en su sofá puso los gritos en el cielo y con él las hojas de maíz, pero no hubo tu tía; después del sí, volviose a entronizar y a enseñorear el no en los labios del millonario, con un nuevo cigarro habano que encendió en la elegante copilla de Medina que con sus diez abriles, contradecía el común adagio de frágil como barro. En una hora que tuvieron los dos compadres de discusión a dúo de bajo y contrabajo coreado por las hojas de maíz, no se adelantó nada, nada; ni más ni menos que en una sesión de... cualesquier cosa. Ni un cuartillo subió don Roque de sus 4 por 100, por más que plagueó don Jeremías y gimieron las hojas de maíz. Pero la antipatía a los bancos, el pánico a negocios, el horror a fincar, el frenesí que le entraba solo con la idea de meter el dinero en su casa, la supersticiosa fe en la estrella de su compadre obligaron a D. Jeremías, llorando y murmurando en compañía de su sofá a poner su dinero en manos de D. Roque.

Don Roque, al tomar el dinero de su compadre, había echado sus cuentas como lo veremos.

Había seguido este señor visitando con mucha frecuencia la casa de la Marquesa, en la que era perfectamente recibido, pues esta, como mujer de mundo, sabía disimular todo el alejamiento que le inspiraba ese hombre soez y vulgar.

Algunos días antes, había tenido una entrevista particular, en la que se había arreglado el asunto que D. Domingo Osorio había indicado a su amiga para salir de apuros. Pero ni la hermosura, ni la amabilidad, ni la situación apurada de aquella honrada y noble mujer, ni aun las grandes seguridades que le daba el buen caudal de Reina, bastaron para haber hecho perder de vista a D. Roque por un momento su codicia, ni para hacerle ceder un ápice de sus exigencias. Ni el talento, ni la gracia de la Marquesa, pudieron impedir se hiciese el arreglo sobre unas bases muy perjudiciales para ella. Pero al hallarse entre el embargo y las condiciones que le puso D. Roque, tuvo que escoger la menos cruel de estas alternativas, esto es, la que, defraudando sus intereses, al menos no lastimaba su decoro. D. Roque dio a la Marquesa treinta mil duros al moderado precio de diez por ciento por hacerla favor. Pero, para eso, no siendo posible al buen padre comprometer los intereses de su hija, la Marquesa como tutora y curadora de la suya, tuvo que hipotecarla un cortijo que valía ochenta mil. Exigió además el prestamista que, para hipotecarlo, constase dicho cortijo en la parte libre del mayorazgo, para lo cual se tuvo que hacer la partición del caudal, gasto inútil no habiendo más heredera que Reina, gasto que tuvo que sufragar la Marquesa. Ítem más: quedo hipotecada y embargada la renta de dicho cortijo para el pago de los premios del dinero. Este era el gran favor que dispensando protección, había hecho D. Roque la Piedra a la Marquesa de Alocaz. Para completar la satisfacción de este señor, dejaba en Sevilla a su hija, que quería poco, alejándola de Cádiz, en donde siendo conocida su riqueza y el especular cosa más corriente que tierra adentro, no dejarían de presentarse pretendientes a ella.

Es de advertir que el casamiento de su hija era la nube negra de aquel brillante horizonte; porque Lágrimas no solo había heredado de su madre los cien mil duros que llevó en dote, sino otros cien mil que le tocaban de los gananciales hechos durante la vida de aquella, en compañía de su suegro; de todo esto llevaba este último estrecha cuenta en favor de su nieta. Aunque D. Roque había llegado a ser más que millonario, doscientos mil duros son un bocado gordo aun para un millonario, cuanto más para aquel que mira con profundo respeto dos pesetas, considerándolas como la primera piedra (como él decía), sobre la que se labra un caudal de un millón. Como al casar a Lágrimas tenía que entregarlos, era el casamiento de esta la pesadilla que solía turbar sus dorados sueños.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XIII
Pág. 14 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1846.

Si alguien hubiera querido pintar un cuarto revuelto, así como se pinta una mesa revuelta, habría podido servirle de modelo una sala que se hallaba situada en el primer piso de una casa de pupilos de Sevilla, en la calle de San Eloy. Con nada podía compararse mejor que con el campo de Agramante en que se hubiesen batido a muerte los numerosos soldados de la ciencia, con los no menos numerosos de la moda.

Aquí yacía en el suelo una botella de aceite de Macasar, habiendo perdido hasta la última gota de su sangre. Un diccionario latino mostraba sus mutiladas entrañas, con algunas manchas de negra gangrena. Un frac con el cuello inclinado y los brazos pendientes, estaba desmayado sobre una silla hospitalaria. Algunos libros quizás cobardes o afiliados en las sociedades de la paz, habían huido y se apiñaban en una rinconera.

Sobre la mesa mostraba un tintero su negra boca, y parecía un mortero cuyos fuegos se hubiesen apagado; a su lado estaban las plumas caídas como estandartes vencidos. El Derecho real de España había recibido la descarga de un bote de la exquisita agua de lavanda que se fabrica en Sevilla, en la plazuela de San Vicente. La constitución era oprimida por un pícaro reaccionario tarro de pomada de mil flores, y algunos guantes daban voces por su cuartel de inválidos.

Eran las seis de la tarde, y se ocupaban en ese cuarto tres jóvenes en hacer su tocador.

Era el uno en extremo alto y bastante grueso; tenía hermosas y simétricas facciones, grandes ojos pardos abiertos de par en par, como su corazón que era franco, noble y bondadoso. No se hubiese encontrado otro que tuviese una idea más alta de sí mismo con la mejor fe del mundo, y sin tener por eso orgullo. Quería a sus amigos con la más sincera benevolencia, sin por eso dejar de tratarlos con superioridad inaudita; pero era esta tan bonaza e inofensiva, que no hería, porque siempre al través de sus jactancias y de su prosopopeya se traslucía su hermoso corazón, como la luz del sol a través de los nublados. Era aplicado, pero tenía falta de memoria y un singular don de equivocarse, de lo que resultaba que decía mil disparates, y una vez dichos, los sostenía con una imperturbable y fatua suficiencia, aunque fuese contra las personas más autorizadas. Tenía en su cabeza un gran mixtiforis de ideas, y no se cuidaba ni de digerirlas ni de clasificarlas. Así es, que solía lanzar, sin pararse a reflexionar, algunas proposiciones sui generis que dejaban estupefacto a quienes las oían, sin hacer esto retroceder un paso al que las decía en su decisión, ni hacerlo perder su constante gravedad e inamovible aplomo. Llamábase Marcial.

El otro era alto, delgado, bien formado y airoso; sus maneras eran medidas y elegantes, porque la elegancia era en él genuina, le era añeja como su corriente al arroyo. Tenía la cara fina y menuda; sus ojos graciosos que siempre interrogaban y nunca respondían, eran sombreados de espesas y bien dibujadas cejas; una poblada y rizada cabellera rodeaba su frente angosta; su sonrisa tenía todo lo agradable de un delicado agridulce. Era este uno de esos hombres reconcentrados, cuyo interior está herméticamente cerrado, y en los que nada hay espontáneo sino la reserva. Aunque muy joven, miraba la vida con los espejuelos de la ancianidad, buscando en ella la felicidad, no del modo negativo del filósofo, ni a la manera material del epicúreo, ni del modo espiritual del cristiano, ni en la aureola del poder, ni en la embriaguez de la gloria; pero la buscaba firme, positiva, duradera y bella bastante para llenar su vida y satisfacer su corazón. Era su entendimiento observador, incisivo, sarcástico, a veces duro, pero siempre penetrante, claro y sereno. Este se llamaba Genaro.

El tercero de estos jóvenes, de mediana estatura, ni era hermoso como el primero, ni bonito como el segundo; pero tenía uno de esos conjuntos simpáticos, de esas figuras que no llaman la atención, pero que mientras más se ven más gustan. Nada en él admiraba y todo agradaba. Veíase en su cara alegre y risueña esa superabundancia de savia que en la juventud bulle y cría flores, y que más adelante obra y da fruto. En su mirada inteligente y a veces distraída se notaba el sello de los hombres superiores, pero cuya superioridad, de que no se dan cuenta, que no rige la voluntad ni estimula la ambición, anda vagando como las willis sin objeto ni misión, y que sin el estímulo de la ambición ni del egoísmo, brotan y florecen cuando el tiempo las ha madurado y las circunstancias han descorrido el velo a su lugar de acción. Llamábase Fabián, y era en esta época la alegre aurora de un hermoso día con su aire puro, el canto de sus pájaros y la ausencia del ruido de la vida práctica. Acodado en la mesa leía y escribía alternativamente. Los otros dos estaban frente de sus espejos. Eran los tres de nobles y distinguidas casas de Extremadura.

-¡Pues no es, -dijo Marcial, apretándose la hebilla de sus pantalones-, para darse a todos los diablos el ver con la insolencia que se va redondeando mi barriga! Verán Vds. como me va a echar a perder mi talle esbelto. ¿No es verdad, Genaro, querido Maquiavelo, que tengo el talle esbelto? ¿No parezco una palma del Líbano?

-En el Líbano hay cedros, -contestó Genaro-: las palmas son del desierto; y los alcornoques de tu pueblo.

-Las palmas son del Líbano, -afirmó Marcial con su acostumbrado atrevimiento y aplomo. Y eso, prosiguió volviendo a su tema, que no tengo más que veinte y cuatro años, los mismos que tú, y uno más que Fabián. Pero tú, Fabián, padre Dauro, manso río, (así llamaba Marcial a Fabián por su suave carácter, desde que leyó las poesías de Martínez de la Rosa), ¿qué haces ahí? ¿Y por qué no vienes a cubrir como nosotros nuestra mísera humanidad con estos atavíos de las bellas artes?

-Objetos de tocador no pertenecen a las bellas artes, -dijo Fabián-, pero tú, Marcial, adoras la retumbancia.

-Pertenecen a las bellas artes, -afirmó Marcial.

Los otros se callaron como tenían de costumbre, cuando Marcial, con voz estentórea, lanzaba uno de sus axiomas, que ellos dejaban rodar cual proyectil inofensivo.

-¿Qué haces? -prosiguió-: ¿Acaso versos a una Filis que no los sepa leer?

-No. Traduzco la oda de Lamartine, a la lámpara del templo. Oye esta estrofa a ver que te parece:

Y en esa lumbre aérea, me agrada
suspender mis miradas langorosas,
y les digo: tal vez sin saber nada,
vosotras hacéis bien, luces piadosas.
De inmensa creación en el destino
quizás esa partícula brillante
imita ante su trono de contino
la adoración eterna e incesante.


-Lo que me parece, manso Dauro, -dijo Marcial-, es que el traducir es cosa muy fácil.

-¡Fácil traducir poesía! Sólo tú eres capaz de sostener semejante despropósito, -exclamó Fabián.

-Y de probarlo, -prosiguió Marcial-; mi padre estuvo prisionero en Francia cuando la guerra de la Independencia, y aprendió allí una canción que tarareaba siempre. La aprendí y la he traducido; y lo que es más, en el mismísimo metro, de suerte que la canto en la misma tonada. ¿Y esa?

-Gratifícanos con esa obra maestra de tu ingenio, -dijo Fabián.

Marcial se puso a cantar;

Si el Rey me quisiera dar
Madrid su gran villa,
obligándome a dejar
por eso a Sevilla,
le diría al rey así:
no quiero vuestro Madrid,
prefiero a Sevilla, sí,
prefiero a Sevilla.


Genaro y Fabián se ahogaban de risa.

-¡Envidia! -dijo Marcial anudando su corbata-, mejor harías, padre Dauro, manso río, en nutrirte como yo de nuestros buenos poetas españoles. Yo he leído y sé de memoria las mil comedias de Calderón.

-Son trescientas y tantas, -observó Fabián.

-Son mil, -sostuvo Marcial.

-Ya veo, -dijo Fabián-, que fundas tu ambición en ser el primer literato y bibliófilo de España.

-Te engañas, manso río, si crees que fundo mi ambición en cosa tan mezquina. No hubiese dicho eso este Maquiavelo que tiene penetración y una facilidad y gracia para anudarse la corbata que le envidio. Yo, hijo mío, no soy un río tan manso como tú, soy un torrente y quiero meter ruido, mucho ruido: el ruido me es simpático. Toda cosa grande hace ruido. Quiero ser diputado y hacer grandes discursos que se pongan en letras de molde en todos los papeles. El discurso del señor Marcial, dirán, (si es que aun no he heredado título, lo que Dios no permita), que habla con tanta soltura como energía, conmovió al congreso, electrizó a las tribunas, consternó a los exaltados: no envidia ya Madrid a Atenas su Demóstenes. Soy capaz, por adquirir fama, de quemar el Escorial, como quemó Eróstrato el templo de Venus.

-Fue el de Diana, -rectificó Fabián.

-El de Venus, -afirmó Marcial-. Oye, Genaro, ¿cuál es tu ambición?

-Yo quiero, -respondió este-, una posición honorífica, feliz y estable con ruido o sin él.

-¡Vegetar! -exclamó Marcial-, ¡Cruzarse de brazos cuando peligra la sociedad! Quita allá, verdadero tipo del moderado de provincia que quiere que todo se lo den hecho. Y tú, mi manso Dauro, ¿cuáles son tus miras? ¿Qué quieres?

-¿Yo? -contestó Fabián-, Nada.

-Un Lazaroni romano, -exclamó Marcial-, mira qué carrera para quien no tiene un mayorazgo.

-Los lazaronis son napolitanos, -observó Fabián.

-Romanos, -sostuvo Marcial-. ¡Ay, amigos! -añadió poniéndose el chaleco y observando lo vacío de sus bolsillos-: ¿cuál de Vds. me presta algún dinero?

-¿Prestarte a ti? ¿Yo? -dijo Fabián-, ¡yo que tengo un bolsillo que lo sucede lo que a tu barriga en sentido inverso, a ti, tan rico! ¿Te burlas, Marcial?

-Rico, es decir que mi padre lo es, diez dehesas, a cual mejor, ocho molinos, montes, haciendas, ganados como un patriarca, pesetas como un bolsista: pero ¿qué me sirve a mí, si no quiere ese padre avaro salir de los dos mil reales mensuales que me envía?

-Debían bastarte, -dijo Genaro-, a mí con la mitad que tengo me alcanza y me luce más que a ti.

-Verdad es, -repuso Marcial-, pero sepan ustedes, añadió con jactancia, que esta noche pasada he jugado y he perdido hasta el último real, y eso que mi madre me envió anteayer extrajudicialmente tres mil reales, ciento cincuenta duros, que se fueron unos tras otros como otros tantos carneros.

-¡Jugado! -exclamaron a un tiempo sus dos amigos con aire de desdén.

-Sí, jugado, ¿y bien? En mi borrascosa juventud quiero regalarme de todos los vicios, con la intrepidez de D. Juan ¿Ignoráis acaso que tengo azogue en la cabeza y alquitrán en las venas, como se dice en la moderna escuela literaria francesa? Quiero ser el más pródigo de los hijos y que después me reciba mi padre en sus brazos y mate un ternero, o un cerdo, lo mismo me da. ¿No os parece esta idea acalaverada, de caballero de buena ley? El caballerismo, como lo entendía el caballero de la Mancha, es cosa de mal gusto y de mal tono. Hacer de una Maritornes una Dulcinea, ¡qué inocente! Es mucho más del día y más cómodo hacer de una Dulcinea una Maritornes. Esta ancha Castilla que me he propuesto dar a mis fogosas e indomables pasiones (siempre con el propósito de enmendarme), tiene de romántico por ser a lo Byron, y de clásico por lo de la Biblia.

-La Escritura santa no pertenece a ningún género de literatura, observó Fabián.

-Es clásica, -afirmó Marcial-, con las notas más graves de su estentórea voz.

-Yo no juego, -dijo Genaro-, soy más razonable, más delicado y sibarita en la elección de mis placeres y de mis pasatiempos.

-Lo que tú eres, -repuso Marcial-, es un hipocritón; además, ni tienes mis pasiones volcánicas, ni mi fuerza de alma para levantar tu frente serena, apacible y tranquila ante la reprobación.

-Don Pleonasmo, se te olvidó impasible, -dijo Fabián.

-Quiero, -prosiguió Marcial cada vez más exaltado-, seducir a unas cuantas chicas; lo malo es que no se dejan seducir, saben más que las culebras. La inocencia bien hizo Reinoso en llorarla perdida. La candidez bien hizo Meléndez en buscarla en Italia.

-En Arcadia, -enmendó Fabián.

-¡En Italia! -sostuvo Marcial-. Tú, padre Dauro, que te nutres de la miel hiblea y bebes de la dulce Hipocrene, eres inofensivo, pero sosito. Mas a pesar de eso os quiero a ambos: somos tres en uno; somos los tres Gracios, los tres Parcos...

-¡Parco tú! -exclamó Genaro-, tú que tienes la despensa atestada de los chorizos y jamones que te envía tu madre.

-Por supuesto: os he dicho que me quiero echar a todos los excesos; quiero ser otro D. Miguel de Mañara, sólo que cuando me recoja a buen vivir, en vista de que el fundar hospitales como hizo aquel, no tiene actualidad, fundaré en mi pueblo un casino. ¿No os arrastra mi ejemplo?

-No, hijo mío, -respondió Genaro-, las calaveradas desacreditan; la buena fama es un pedestal.

-Los excesos me repugnan, -opinó Fabián-, como el olor de una taberna, como la atmósfera de una zahúrda, como el vapor de una sentina.

-¡Oh! Padre Dauro, manso río, -exclamó Marcial-, ¡qué no te pueda yo sacar de madre! Pero vístete, pesado, que nos estarán echando menos las muchachas en el Duque. Genaro, me parece inclinas mucho a la perla, como la nombra Fabián. ¿Por qué la nombras así, manso río?

-Porque se llama Lágrimas, y estas son las perlas del corazón, y porque es además una perla. Dios quiera, Genaro, que la sepas apreciar como lo hubiese hecho yo.

-Estos poetas, -exclamó Marcial-, siempre lloran por lo que queda. Pues ¿no eres el más feliz de los mortales con captarte la atención y recibir preferencias de Flora, esa rubia Feba, que parece una azucena engarzada en oro? ¡Qué bonito pensamiento! No me lo plagies, manso río.

-No temas, -respondió riéndose Fabián-, ni yo, ni ningún platero aprovecharemos tu idea.

-Pero ambas, -prosiguió Marcial-, Flora, la blanca azucena, y Lágrimas, la humilde violeta, pasan desapercibidas al lado de aquella, que es reina de las flores, y reina de cuanto hay. Se me figura que le gustan los calaveras; ¿qué te parece, Genaro, tú, qué observas?

-Me parece que sí, respondió éste.

-Sí, sí, -prosiguió Marcial-, he notado que desde que he tomado los aires de tronera, le hago más gracia.

-No te ilusiones, Marcial, -le dijo Fabián-, Reina no te quiere.

-¿Pues a quién quiere? -preguntó Marcial volviéndose tan bruscamente que echó una silla al suelo.

-No lo sé, pero no es a ti.

-¿Cómo lo sabes, Don Oráculo?

-Como sé que es de día, porque lo veo; y mira, querido, que la desilusión, con el cólera y la demagogia son las plagas de este siglo.

-Pero, ¿quién ha de querer competir conmigo? Vds. además de estar enamorados, nunca les pasaría por la imaginación el quererme hacer mal tercio, puesto que yo no había de tener la magnanimidad de Foción.

-De Escipión, -observó Genaro.

-De Foción, -repitió Marcial-. Yo que le he compuesto unos versos. Esos si que son originales y castizos.

-Otorgo lo primero y pongo en duda lo segundo, -dijo Fabián-. Pero vamos, recítanos esa composición que desde hace quince días te trae a mal traer.

-¿Para que me robes mis conceptos? -objetó Marcial.

-Te doy mi palabra que no lo haré.

Marcial, que estaba rabiando por lucir su composición, la recitó pomposamente:

Reina de los corazones,
infundes tanta lealtad,
que tus vasallos se oponen
a que les des libertad.
Esta extraña anomalía
en este siglo de luces,
a tus ojos es debida,
con que a las luces desluces.


-¿Me querrán Vds. decir por qué se ríen tanto? -preguntó Marcial a sus amigos cuando hubo concluido la lectura de sus versos

-Por la gracia que me han hecho, -respondió Genaro-: son preciosos, conceptuosos, agudos. Quevedo te los envidiaría. ¡Qué oportuno retruécano!

-¿Y a ti qué te parecen, Fabián? -preguntó Marcial-, tú que eres el tu autem de la lira andaluza.

-Los más malos entre los muchos malos que has hecho, Marcial; pésimos, ridículos.

-¡Envidia! -dijo Marcial-; envidia, manso río, porque no puedes ser torrente.

-Oye, Marcial, -dijo Genaro-; ¿quién es ese íntimo nuevo que te has echado que parece un arenque curado?

-¡Oh! Un guapo chico.

-Pero ¿quién es?

-¿Quién es? ¡Qué sé yo?

-Pero ¿cómo se llama?

-Tiburcio Cívico.

-¡Ay, qué nombre! -exclamaron los otros.

-El nombre es fatal, no lo niego, -contestó Marcial-; no he podido hallarle una rima a Tiburcio.

-Mira, Marcial, -dijo Genaro-, que era el más vano de los tres; te aconsejo que no andes mucho con ese don Nadie; parecen Vds. la torre de Oro y una caña de bracero. Rabias por formar relaciones nuevas: acuérdate de aquello de dime con quién andas te diré quién eres.

-Amigo, el que quiere ser diputado como yo, tiene que popularizarse. ¡Malditas carnes! -añadió abrochándose el frac-; ¡más enemigas aun del cuerpo que del alma! Si aguardase esta barriga a presentarse cuando yo fuese diputado, ¡anda con Dios! En el congreso haría bien. Me daría un aire de Don Mamerto Peel.

-Roberto, -dijo Fabián.

-Mamerto, -afirmó Marcial.

-¿Pero que imán tiene para ti ese desconocido enteco? -preguntó Genaro.

-Pierdes en eso tu tiempo, -dijo Fabián-, no perdiendo él poco en los esfuerzos que hacía para ponerse unos guantes la mitad más chicos que su mano.

Al salir a la calle encontraron a un chiquillo parado en medio del zaguán. Sin desviar la dirección de su marcha, Marcial que iba en medio de los tres, entreabrió sus largas piernas y pasó por encima del chiquillo, sin salir de su aire grave ni decir más que «¡insecto!».

El insecto se quedó estático al ver pasar por encima de su cabeza aquel coloso de Rodas.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XIV
Pág. 15 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1846.

Aquella misma tarde estaban en el balcón que caía al hermoso jardín de la marquesa de Alocaz, tres jóvenes que se esforzaban en cubrir con sus flores y ramas, las enredaderas, como si el jardín quisiese ocultar con un velo verde sus más bellas flores.

Vuelta de espalda, puestas las manos sobre el barandal y apoyada en ella su cintura, descollaba la más alta de las tres, luciendo en esta posición toda la gallardía, riqueza y perfección de formas de su persona. Caían desde su cintura hasta el suelo los anchos y ricos pliegues que formaba la seda de moaré azul turquí de su vestido. Un camisolín de encaje cubría su cuello, y estaba sujeto sobre su pecho por un gran alfiler de oro y esmalte. Su cabello castaño oscuro formaba cortinas ahuecadas, y coronaba su frente una ferroniere, que tan bien sienta a las frentes altas, a los perfiles de marcados y severos contornos, y a las caras pálidas.

Frente de ésta, estaba otra joven de mediana estatura, que si bien apoyaba su hombro en el quicio de la puerta de la sala, cambiaba tan a menudo de postura, que no se la podía señalar ninguna determinada.

Era blanca y rosada, rubia, cosa poco común en Andalucía, y que por lo tanto tiene en las bonitas toda la delicadeza y distinción de las flores exóticas. Sus ojos azules eran graciosos, vivos, maliciosos y dulces a un tiempo, como lo era su dueña. Su boca, que era semejante a una fresa, siempre risueña, dejaba ver una magnífica sarta de perlas que brillaban constantemente con el reflejo de la luz y de la alegría. Vestía un traje de tafetán verde, y unían su camisolín de gasa sobre su pecho, tres lazos de cinta de color de rosa, teniendo el último, que estaba colocado sobre la punta de la cotilla, dos largos cabos tan movibles a los impulsos del aire, como lo era su dueña a los de su alegre actividad. Pendían a ambos lados de su fina cara los largos tirabuzones casi desrizados que dan tanta dulzura al semblante. A cada lado de su ancho rodete, había colocado un lazo color de rosa que parecía infundirle al oído con su voz de seda, ideas de su color. Era esta, Flora de Osorio, sobrina del íntimo amigo de la Marquesa, D. Domingo Osorio, parienta e inseparable compañera de Reina.

Apoyada sobre el barandal del balcón, el codo puesto sobre la meseta, y la cara descansando en su mano, miraba la tercera de estas jóvenes tristemente al cielo. Era pequeña y en extremo delgada. Vestia un traje de lino lila y blanco, de hechura de saco y cruzado por delante. Un grueso cordón le sujetaba al talle, y las borlas que lo terminaban haciendo peso, le daban la forma de punta que ordena la moda sin ayuda de ballenas, cuya dureza, por poca que fuese, no podía soportar aquel cuerpo débil y delicado. Su cabello negro formaba sin pretensiones unas cortinas achatadas que, pasando debajo de la oreja, se unían al magnífico rodete que formaba su cabello, cuya abundancia y fuerza era un vicio orgánico, como suele suceder en naturalezas débiles.

-¡Qué ingrata eres con Marcial! Reina, -dijo la de los moños rosa-, y eso que es un novio de los pocos, un novio pintiparado, tenlo por seguro, porque mi madre lo celebra y esto es señal infalible y patente segura de buen novio; y eso, mujer insensible, que según dice Fabián, te está componiendo unos versos.

-Sea por el amor de Dios, -dijo Reina-, pero hija mía, si los versos toman por asalto los corazones, muy apurado estará el tuyo, porque Fabián...

-Sí, sí, -interrumpió Flora-, en punto a versos es Fabián, lo que es el mes de María en punto a flores, le cuesta poco el producirlas; pero no así el pobre Marcial, que se está devanando los sesos.

-¡Qué persistencia en cultivar un terreno que no ha de producir para él sino calabazas! -repuso Reina.

-Marcial quiere enseñarte geografía, ¿sabes?

-¿A mí? Si me hace semejante proposición le enseñaré a tornar la puerta.

-¡Qué ingratitud, Reina! Fabián me quería enseñar a mí el francés. Como yo no me inclinaba a ello, ni tenia disposición, no salimos en un mes de ponchu, que quiere decir: buenos días. Como que el ponchu me salía ya por encima de los cabellos, le dije que para variar me enseñara el latín, que de ese al fin algo sé, como es el dominus tecum y el sursum corda.

-¿Y te lo enseñó? -dijo Reina soltando una carcajada.

-Por suponido. Pero verás lo que hizo ese traidor; me enseñó unos versos que aprendí mucho mejor que no el ponchu, porque se parece más el latín al español que no el francés. Me dijo que quería decir: atended, amad, ángeles bellos, que después de los siglos seréis atendidos y amados. Me pareció esto muy bonito, aunque no lo entendía bien; pero como me sucede otro tanto con muchos versos modernos, no me pareció justo negarles mi aprobación, por ese pequeño inconveniente, tanto más cuanto había oído una traducción de Lamartine, hecha por un amigo de mi hermano que sonaba por el mismo estilo.

Lo aprendí, pues, y lo recitaba como una cotorra o por mejor decir, lo declamaba, que ni Matilde Díez lo hubiese hecho mejor. Un día me oyó mi padre, y me preguntó: ¿qué estás ahí diciendo, niña? Yo tan ancha y satisfecha como el cuervo de la fábula a quien le dicen que luzca su voz, abrí mi pico y dije clara y melancólicamente:

Vivite, bevite, colegiales,
post multa secula pocula nulla.


Pero como al alumbrado de gas que se apaga de repente le sucedió a mi gozo, cuando vi a mi padre fruncir el entrecejo, y decirme que seguramente habría oído eso a mi hermano; pero que si semejantes vaciedades grotescas eran pasaderas en la boca de un estudiante, eran ridículas e indecorosas en boca de una señorita. -Pero, padre, -exclamé consternada-. ¿Me quiere Vd. decir el sentido de esas palabras que yo venía por sublimes? -Me respondió su merced:

Vivid; bebed, colegiales que después de los siglos ni se come ni se bebe.

Fue tal mi furor contra ese traidor perverso, que a la noche le declaré que no tenía ni antes ni después de los siglos que volverme a mirar a la cara; y en cuanto a nuestro trato, le declaraba en bueno y decoroso latín que ite misa est. Pero me pidió en prosa y en verso, con manos cruzadas y miradas melancólicas tantos perdones, que al fin le concedí uno, por no oír suspiros que ya me iban atacando los nervios.

-Debías haberte mantenido en no perdonarle, -dijo Reina riéndose-, y heredarme en vida la posesión del corazón de Marcial, a quien decididamente pesa y estorba, tal es el empeño que tiene de colocarlo.

-No, hija mía, estoy muy bien avenida con Fabián que ahora me va a enseñar el griego. Pero Lágrimas, -añadió Flora volviéndose a la niña apoyada en el balcón-, ¿qué estás ahí pensando, un poco más callada aun que otras veces?

La niña al oír su nombre tuvo un pequeño estremecimiento nervioso y respondió con dulzura:

-Miraba aquella pequeña nube y pensaba que está tan purpurina por echarle el sol una mirada bajo la cual se ruboriza, como lo haría una pastorcita si la mirase un rey.

-Pues lo que a mí se me ocurre, -dijo Flora mirando la roja nube-, es que si descargase ahora ese nubladito, sería vertiendo una lluvia colorada, y mañana, todo amanecería rojo, empezando por el apacible Betis que parecería un río de sangre y acabando por las narices de Marcial que aparecerían erisipeladas.

-Pues a mí, -dijo Reina-, lo que se me ocurre es, que habrá buen tiempo mañana, que arreboles al Poniente, soles al amaneciente; y tengo mañana que ir a las tiendas y al jubileo que está nada menos que en San Julián.

-Esta Lágrimas, -observó Flora-, vive siempre entre las nubes como las estrellas, entre los vientos como las veletas, y en el mar como las perlas: mira hija mía, esto pica en manía, y parece un resto de delirio que tienes cuando te dan las suspensiones en que pierdes el sentido y desbarras.

-Bien podrá ser, -respondió Lágrimas.

-No, no, -intervino Reina-, es el resultado de las fuertes impresiones que ha recibido cuando niña, y es preciso, Flora, distraerla y no combatirla, como dice la madre Socorro.

-¿Sabes, Lágrimas, -dijo Flora, que comprendió la intención de Reina-, que si el asqueroso reptil, nombrado celos, tuviese cabida en mi corazón, que llama Fabián el más puro y más inmaculado de los copos de nieve del Monte Parnaso; ¡ah! No, del Mont Blanc (me confundo con los muchos montes que trae al retortero) pero, como decía, si tuviese cabida en él esa sabandija revolucionaria, sería debido a ti? Porque has de tener entendido que a mi risueño suspirante no le pesaría el ser el paño de esas lágrimas. Su numen poético (que así se llama qué sé yo qué) simpatiza mucho con tus visiones. El otro día al oírme decir el efecto que te causaban y las cosas que dices sobre los vientos y vendavales, te llamó arpa Eolia. Como yo no sabía que especie de instrumento era ese, y si se parecía a la gaita gallega, al bajón o a los palillos, me explicó lo que era. Han de saber Vds. que los alemanes son tan afectos a la música, a las ideas románticas y cosas fantásticas, que inventaron una cosa que participaba de las tres, y fue un arpa que colocada en las altas torres de los castillos feudales, sonaba armoniosamente al soplo de los vientos. Llamáronla Eolia, por ser Eolo el padre de los vientos (se me olvidó preguntarle quien era su madre). Ya sabéis vos, que vivís en las más oscuras tinieblas sobre el origen y efectos del arpa Eolia, la ventaja que os llevo escuchando a un caballero estudiante.

-Lo que nada quiere decir, -opinó Reina.

-¡A un poeta!

-Lo que quiere decir renada.

-¡A un ilustrado!

-Lo que significa retenada, -dijo Reina usando ese modismo andaluz poco fino.

-¡Ay Reina! ¡Reina! -exclamó Flora-: ¡qué modo de echarlo todo por tierra! ¿Pues cómo clasificas a Fabián?

-Un hombre instruido, hija mía, lo que las otras tres denominaciones no determinan.

-¿Y cómo clasificas a Marcial, severa jueza?

-¿Marcial? De distinguido en la pesadez, sobresaliente en la retumbancia, notable en lo porfiado.

-¿A Genaro?

-Un cena a oscuras.

-¡Vamos allá, todos quedan lucidos! ¡Reina, Reina, muy empingorotada estás! A todos miras de arriba abajo como el César de la Alameda Vieja. Te lo predigo, torre encumbrada, al primer traspié, caes aplastada.

Reina echó una carcajada y se puso a cantar.

-Flora, -dijo-: ¿no has oído cantar a Lágrimas?

-No, nunca. ¿Canta? No lo extraño. Fabián os llama la perla y el brillante: si tú que eres el brillante, bailas, no es mucho que cante la perla. Vamos, Lágrimas, canta.

-Ni tengo voz, ni sé ninguna canción; -respondió ésta-. ¿No es verdad, Reina?

-Si y no..., tienes poquita voz; pero es dulcísima y melodiosa; no sabes canciones, pero sabes otras cosas que se cantan. No te hagas de rogar, Lágrimas, que no pega eso a tu genio complaciente: estamos solas, así no tendrás cortedad; canta lo que acostumbras cantar, la tonadilla del cuento la flor del Lililá aunque sea cuento de niños, la melodía de las estrofitas es preciosa. Te haré la segunda voz.

La dócil niña se puso a cantar con una voz muy tenue, pero cuya dulzura era incomparable acompañada de la pura y fuerte voz de Reina, que parecía sostener la suya, las estrofas que acaban así:

Y ten con ellos piedad,
que les tengo perdonado,
¡que es tan dulce perdonar!


-¡Con qué expresión canta! -dijo Flora cuando hubo concluido.

-Es, -dijo Lágrimas-, porque de todas las excelencias de Dios, es la que mejor comprendo, el perdón.

-Pues yo, -dijo Reina-, la justicia.

-Pues yo, -añadió Flora-, la de no cansarse de dar. Dar, ese es el placer de los placeres, la felicidad de las felicidades.

-¡Eh! -dijo Reina-, vamos al Duque, que ya es tarde; ven, Lágrimas.

-Yo no quisiera ir, -respondió ésta.

-¿Y por qué no, criatura?

-Estoy cansada.

-Déjala, Reina, el mejor modo de complacer a las gentes es dejarles hacer lo que desean, grande y soberbia máxima, que no puedo inculcar a mi madre por más que hago, -dijo Flora.

-¿Qué harás aquí sola? -preguntó Reina a Lágrimas-; las nubes rosadas se han ido.

-Contará las estrellas conforme vayan saliendo, -dijo Flora-, por ver si falta alguna.

-Vas a oír, -prosiguió Reina-, el ruido que te parece del mar lejano, y que te acongoja.

-No, Reina, hoy estoy tan tranquila, que oiré música.

-Oirás el viento y pensarás que la naturaleza gime, como te sucede siempre.

-No, Reina, el viento que suspira es débil, callado e inofensivo,

-Como tú, -dijo Reina besando la frente de Lágrimas que se había acercado a ella, la había abrazado y había apoyado su cabeza en su hombro.

-Callado, calladito, -afirmó Flora-, no dice ni ponchu, ese chiquitín de Eolo, bien criadito.

Y pasando detrás de las amigas abrazadas, la niña de los lazos rosas se subió en el rodapié del balcón, tomó una de las ramas de la enredadera, y coronando sin soltarla con ella a las otras, un cuadro vivo, dijo.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XV
Pág. 16 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE 1846.

Paseaban los amigos extremeños por el Duque, cuando vieron descollar por cima del apiñado gentío una cabeza pequeña con una cara de filo, dotada de una nariz larga, ojos pequeños, negros, melancólicos y distraídos, aunque de cuando en cuando lanzaban una penetrante, desconfiada y hostil mirada, como el apagado volcán entre su opaco y monótono humo echa a veces una llamarada. Vestía con pésimo gusto chaleco y pantalón de tremendos cuadros y furiosos colores, y un gabán blancuzco, que parecía un traje talar. Un sombrero húngaro, republicano o a la Montalbán, de igual color, que cubría su jefe, como llaman con razón los franceses a sus cabezas, hacía aparecer más morena su cara. Unos grandes bigotes que parecían colgar de las narices, acababan de poner un sello de actualidad ridícula a ese personaje.

Era este nuestro amigo Tiburcio, el que después de un año de residencia en Madrid, se volvía no como se fue, sino con los bolsillos vacíos, habiéndose gastado allá el importe hasta del último olivo, sacrificado en las aras de la noble ambición, y que acababa de comerse en Sevilla un pedazo de vallado, recalcando el modo de pronunciar castellano de la s, ll y z, que había aprendido en Madrid, con un aire capaz de confundir a los andaluces. Apenas lo vio Marcial, cuando separándose de sus amigos, le fue al encuentro.

-¡Oh! Invicto demagogo, -le gritó-; me alegro hallaros, quiero presentaros a mis amigos.

-Me honráis, -respondió en voz grave Tiburcio-, que a pesar de sus doctrinas se moría por las gentes de fuste.

Pero los amigos, siguiendo su paseo y el objeto que los preocupaba, habían desaparecido entre las gentes.

Siguieron, pues, Marcial y Tiburcio paseando, y a la primera vuelta se hallaron frente a frente con Reina. Marcial la saludó, pero esta hubo de no verlo, porque no le devolvió el saludo.

-Señor, -decía Tiburcio-, la humanidad necesita regenerarse.

-Las mejoras brotan, -respondía Marcial-, al vivificante calor del sol, y no a la abrasadora llama del incendio, y así mi amigo... Reina, aunque no quieras estoy a tus pies.

-Agur, Marcial, -respondió ésta, pero al notar la extraña figura de Tiburcio, clavó en él su mirada firme, y volviéndose hacia Flora-, ¡Jesús, qué facha! -dijo-: ¿de qué baratillo habrá sacado Marcial esa baratija curiosa? -Y se echó a reír.

-¿Lo veish? -dijo Tiburcio furioso-, veis si son insolentes y orgullosas vuestras aristócratas.

-¿Por qué se ha reído mirándoos? Lo mismo hubiese hecho con el Buti Bamba más encopetado si se presentase con vuestra facha. Mi amigo, Reina, esa prima mía, es la burla increada como vos sois la oposición ídem. No es en ella orgullo, es su corriente, su impulso, su montaña rusa, es la espina de esa rosa: ¡si la hace hasta de mí!... ¿Queréis conocerla? ¿Queréis que os lleve allá? -añadió Marcial con marcialidad.

Era esta oferta demasiado grata a Tiburcio, para que no se apresurase a acogerla.

-Sólo os advierto, -observó Marcial-, que no salgáis allá con alguna de esas vuestras máximas, cataclismos morales, principios antirreligiosos que levantarían la tertulia en peso. Eso allá no pasa, amigo. Se destierra como los perros en misa. Por lo demás, la Marquesa es mi tía, y lleva en palmas a los que yo presento en su casa.

Los amigos para hacer hora se fueron a beber a la nevería, pero los helados no entibiaron el fuego de las discusiones políticas.

Entretanto se iban reuniendo los tertulianos en casa de la Marquesa. Aunque ya el otoño enviaba de precursores sus noches largas y húmedas, el verano había dejado tan arraigado su calor que aun se conservaban las puertas y ventanas abiertas de par en par. Lágrimas estaba sentada cerca del balcón, y quedaba en la sombra que proyectaban las puertas. Genaro estaba sentado a su lado.

Frente de ellos, pero fuera de la sombra, y como dorada por la brillante luz de los reverberos, se hallaba Reina, cerca de la cual estaban sentadas Flora y otras muchachas, rodeadas de un grupo de hombres entre los que estaba Fabián. Genaro había tomado el abanico de Lágrimas y jugaba con él.

Esta costumbre de tomar los pretendientes en sus manos el abanico de sus pretendidas, sea dicho de paso, es la más mal entendida y la que menos está en sus intereses. Si bien demuestra un deseo afectuoso de poseer, aunque sea momentáneamente, algo que pertenezca a la que se ama, y denota un galante placer en tener en sus manos lo que las suyas tocaron, tiene esto varios fatales resultados. El primero, sobre todo, si son los usurpadores de los que manejan la espada, es que no saben manejar el abanico; y así, o le rompen o le dan mal cierro, y tened entendido que un abanico con mal cierro, es lo que una espada sin puño o una pluma con las puntas abiertas, como un cinco romano. Si bien no dudamos existan heroínas que sacrifiquen noblemente el buen cierro de su abanico a un joven de mérito y elegante, hay otras hijas de Eva que no llegan a esa altura, y que siguen con tristes ojos y angustiado espíritu las poco hábiles evoluciones de que es mártir su caro compañero, lo que las distrae, apura y despoetiza evidentemente la situación. Pero hay aun más; arrebatando a sus duchas su propiedad, les quitan lo que llaman los franceses su contenance, esto es, su continente, el manejo, el aire del cuerpo y de la persona, que halla un punto de apoyo en el abanico. Condena, en particular a las tímidas, a la inmovilidad, y sus manos a una inacostumbrada inacción que las fatiga, dejando a estas caídas e inertes como lo haría la ausencia de la brisa a dos blancas grímpolas. Un pequeño movimiento de impaciencia, tenedlo por seguro, sigue a cada rapto de abanico, si no tan furioso como el de los sabinos contra los romanos, pero que con él tiene cierta analogía. Aconsejámoste, pues, lector, en tus intereses, que si propendes a este acto de vandalismo amoroso, te enmiendes y abstengas de él. Tú conocerás en el curso de tu vida las ventajas, y algún día dirás: bendito sea Fernán Caballero, a quien no conozco sino para servirlo.

Tenía, pues, Lágrimas cruzadas sus manitas sobre sus rodillas una encima de otra, como en un jazmín se cruzan dos de sus florecitas. Echaba de menos su abanico, no por otra cosa sino por ocupar sus manos, pues en su dejadez y desprendimiento americano, no la fatigaba el calor, ni se cuidaba de sus alhajas. Callaba la suave niña y miraba al cielo.

-Siempre estáis triste, -dijo Genaro-, y no participáis de las bromas de los demás.

-Es verdad, -respondió Lágrimas-, no sé reír.

-Yo tampoco soy amigo de la risa, es esta un sonido discordante al corazón; lo hace ligero y frío.

-¡Oh, no! -dijo Lágrimas-, la risa es un bello don de Dios, como lo es un día de sol, y la envidio, porque vidas hay sin risa y sin sol, y que están envueltas en tristeza cual ahora lo está el cielo de nubes como en una blanca mortaja.

Lágrimas bajó la cabeza y se puso a meditar con esa tristeza que comunica la noche aun a la clara luna.

Siguió un rato de silencio, porque Genaro aplicó su finísimo oído y toda su atención a lo que en voz baja hablaban Flora y Reina, creyendo, sin equivocarse, haber oído su nombre.

-Genaro está muerto y penado por Lágrimas, eso salta a los ojos, -decía Flora.

-Hace bien, -respondió Reina-, porque ella es una bendita, una paloma sin hiel; un poco pesada es, pero como él lo es un mucho, no le chocará lo poco en ella

-¡Genaro pesado! -exclamó Flora-, solo a ti que tienes los gustos más remontados que panderos, se le ocurre eso; no hay uno solo a quien no halles faltas que poner. Vea Vd. ¡Genaro pesado! ¡Pues si tiene la sangre más ligera que un pájaro!

-Lo disimula.

-No digo que no, porque tiene más debajo que encima de tierra; pero ¿sabes lo que el rector ha dicho a mi padre? Que es el muchacho más vivo, más despierto y más aplicado de la universidad.

-Hija mía, -dijo Reina-, yo no juzgo por las opiniones de nadie, pero menos aun por la de padres graves.

Este aparte terminó con una carcajada que esta frase de Reina hizo pegar a Flora.

Con las repentinas mutaciones del equinoccio, el cielo había cambiado de aspecto.

-Ved, -dijo Genaro a Lágrimas-, el cielo parece resucitar y haber desgarrado su mortaja que va desapareciendo hecha girones. Debéis imitar al cielo, Lágrimas, y sacar vuestra vida de esa mortaja de tristeza, porque la vida es bella a los diez y seis años.

-No hacen la vida bella el más o menos número de años, -respondió Lágrimas-, sino el más o menos contento y alegría, ¿Es alegre la noche aunque empieza ahora?

-Sí lo es; y mirad sus estrellas, cual os sonríen como para animaros.

-Las veo al través de la diáfana blancura de esos celajes, como ojos tristes al través de lágrimas. Todo es triste, Genaro, ora álzese, ora bájese la vista.

-Si amaseis, Lágrimas, no os parecería triste la vida.

-¿Da alegría el amor? -preguntó la suave niña.

-Da la felicidad que es aun preferible, -contestó Genaro.

-Lo dudo.

-Convenceos de ello.

-¿Y si no me convenzo?

-Volveréis a vuestra indiferencia.

-¿Y si fuese la indiferencia como el paraíso, que no se pudiese volver a él después de abandonarlo?

-No es un paraíso la indiferencia, Lágrimas, es un desierto.

Atravesaba en este momento Marcial el estrado, seguido de Tiburcio que presentaba a su tía. Marcial se ocupaba tanto de sí, que no había otro que notase menos lo que pasaba alrededor suyo. Así no observó el efecto que su entrada triunfal causaba en el grupo burlonísimo de las muchachas.

-¿Qué arco iris en pie nos trae Marcial, ese gran primo mío? -dijo Reina.

-Oid, Fabián, -preguntó Flora-; ¿es ese chorizo de Extremadura?

-Puede echar plantas Marcial con sus descubrimientos, -prosiguió Reina-. ¿Si habrá hecho ese en el Gabinete de historia natural?

-No, -dijo Flora-, es una creación fantástica, como dice Fabián que lo es el vampiro: y las demás se pusieron a clasificarlo diciendo:

-Es un habitante de la luna.

-Ese habrá venido entre los palos de Segura.

-Ese ha crecido a la sombra.

-¿No veis que es un porta bigotes?

-Es un facha.

-Es un cursi.

-¿Pero Fabián, debéis saberlo, quién es ese fenómeno? -preguntó Reina,

-Es el inmediato a una alcaldía, -respondió éste-.

-¿Y cómo se llama?

-Tiburcio Cívico.

-¡Jesús que nombre! -dijo Flora-, si me lo hubiesen dado, lo devolvía aunque me quedase sin ninguno.

-El nombre es poco armonioso, así es, que Marcial que le quería hacer unos versos, como hace a todos sus amigos, se devana los sesos inútilmente para hallarle un consonante. Reina, os ha dado ya Marcial los que os ha compuesto, ¿los sabéis?

-Por sabidos.

-Os los diré, que los sé de memoria.

-Ni por pienso.

-Fabián, Fabián, -exclamó Flora-; eso seria una alta traición, ¡indigna de un socio del Liceo! Si la hicieseis, en mi vida os volvía a decir, ni ponchu.

De repente se levantó Genaro, y llamando a Fabián aparte, le dijo:

-Mira, si quieres que nos divirtamos, persuádelo a Reina, tú que tienes confianza con ella, a que reciba con agrado a ese estafermo, y nos darán un sainete entre Marcial y él.

Genaro se volvió enseguida junto a Lágrimas, y le dijo:

-¡Cuán ligeras y frívolas deben pareceros las personas que no saben sino reír!

-No por cierto, Genaro. Hay actividad y vida en la alegría; es ella la robustez del alma, así como la tristeza es su debilidad; así en mí es debida a males físicos y morales.

-¡Interesa tanto, Lágrimas!

-Oh no, no, fastidia a todos menos a las madres en el convento, a quienes compadece.

-¿Qué os dijo Genaro? -preguntaba entretanto Reina a Fabián.

-Que os persuadiese que acogieseis con agrado al íntimo de Marcial para hacer rabiar a su patrocinador.

-Podéisle decir a ese patrón araña, que si se quiere divertir que compre una monita.

Acercáronse entonces Marcial y Tiburcio, tan desigualmente dotados en anchuras.

Después de los primeros cumplidos, -dijo Reina a Tiburcio:

-¿Sois madrileño?

-No señora, soy de Villamar.

-¿Y dónde está Villamar?

-Prima, ¿quieres que te enseñe la geografía? -dijo Marcial.

-No quiero aprender nada que acabe en ia, -respondió Reina.

-No esh eshtraño, no shepáis donde eshtá shituado un pueblo tan deshconocido que lo ha omitido en su diccionario, el sehñor Madozzz.

-Lo que será un borrón eterno para su obra, -opinó Marcial-. Si Madoz me hubiese consultado a mí, no hubiese sucedido eso.

-Flora, -decía Fabián a la alegre joven que llevaba los lazos rosa como su divisa-: ¿es posible que me tengáis hace seis meses de rodillas, ofreciéndoos mi corazón, y que cual si fuese un vaso de ajenjo no os podáis determinar a tomarlo?

-Vamos, lo tomaré; y sin hacer mohines para que no criéis rodilleras; pero en calidad de reintegro.

-Bien, con tal que deis premios.

-No, nada de premios, ni apremios.

-¿Ni siquiera un suspiro?

-¡Un suspiro! ¡Qué horror! En punto a suspiros no me gustan más que los de Pepe el confitero.

-¡Válgame Dios, Flora, siempre habéis de reís y hacer reír!

-Siempre hasta post multa secula.

-Trae la vida sus días nublados, Flora.

-Por eso gocemos del sol mientras dure.

-Reina, -decía entretanto Marcial-, ¿te gustan los versos?

-Los detesto, -respondió ésta.

-Es que Cívico los hace muy buenos, a la par que oposición.

-¡Jesús, Jesús! Más vale que se limite a hacer oposición. Pero ya que tanto te ha dado por la poesía, ¿por qué no le haces unos versos a Lágrimas a ver si le alegran un poco y le hacen reír?

-No hago mal tercio a mis amigos, Reina, eso no.

-¿A qué amigo se lo harías?

-Toma, a Genaro, ¿ignoras acaso que la quiere?

-¿Lo ha dicho él? -preguntó ansiosa Reina.

-No, él no dice en su vida nada; pero está a la vista.

Reina se mordió los labios de despecho.

Fuera aparte del mérito poco común y distinguido de Genaro, Reina, vana, fría y desdeñosa, se había prendado del único hombre que marcadamente no le rendía homenaje, aunque estaba lejos de darse cuenta a sí misma de este sentimiento; al contrario, tomaba el despecho que le causaba la marcada indiferencia que por ella demostraba Genaro, por un sentimiento antipático hacia su persona.

Por su lado, Genaro, como altivo y astuto, había sabido hábilmente adoptar el medio de hacerse valer y distinguir por aquella a quien debían empalagar los obsequios y rendimientos, siendo esta la mujer que llenaba su alma, conmovía su corazón, lisonjeaba su amor propio, satisfacía su ambición, colmaba sus planes de felicidad, y en una palabra, realizaba su ideal. Lágrimas era para él lo que decíamos del abanico, una ocupación, un punto de apoyo, un continente, de la que se ocupaba exteriormente, digamos, mientras toda su atención la llenaba Reina.

-¿Fue Vd. a Madrid a divertirse? -preguntó Reina a Tiburcio que no soltaba el sombrero; lucía una sortija de oro, cuyo origen no era de California, por cima del guante, y estaba más serio y grave que un entierro.

-En parte, -respondió éste con fatuidad-, en parte llevado por la noble ambición de todo buen patriota de shervir shu paish.

-Hizo Vd. bien, que hay allá gran escasez de sujetos disponibles.

-¡Ah! No eshtá ahí el mal, eshtá en que losh que nada valen se anteponen a losh que valen.

-¿Y no obtuvo Vd. nada?

-¡¡Nada!!

Entretanto las otras muchachas decían a Flora:

-Dime, Flora, ¿qué es eso de vampiro que dijiste antes?

-Vampiro, -contestó la interrogada-, es un hombre alto, seco, pálido, triste, que padece de una sed particular que no estanca como nosotras en las claras fuentes ni en las frescas alcarrazas, sino en los cementerios en donde desentierra los muertos y se bebe su sangre.

No es ponderable el efecto que hizo esa tremenda creación de las tétricas fantasías del Norte, sobre la florida y alegre imaginación de las niñas andaluzas.

-¡Qué espanto! -exclamó la una-, ese es un delirio de calentura maligna.

-Eso lo inventó un loco furioso, -dijo otra.

-¡Flora! ¿Cómo puedes ni repetir eso? Se me ha levantado el estómago, tengo náuseas, -opinó la tercera.

-Esas invenciones se debían prohibir, -aseguró otra.

-No lo harán, porque acá se lo digamos; así sosegarse, -dijo Flora-; ¡al orden! Como en las cortes se dice. Allá en el Norte no cesan de hablar contra los toros, y mientras más hablan y escriben, más garrochazos, más estocadas, más agonías, sangre y porrazos por acá. Conque así, no gastéis tanta elocuencia en balde, y convenceos de que el hombre es una fiera concebida por la mujer, como una horrorosa oruga por una mariposa, y de que sólo por eso anda en dos pies.

-¡Válgame Dios, Flora! -dijo Fabián-, ¿y qué serían las mujeres sin los hombres?

-Mejores, -contestó esta.

-¿Qué me querrá tu madre, -dijo Marcial antes de írse, a Reina-, que me ha dicho que me llegue acá mañana a las doce?

-Ha sabido que has jugado, -respondió Reina-, y está muy escandalizada; puede que sea para echarte una peluca.

Marcial se puso tan ancho como si le hubiesen hecho el mayor cumplido, y dijo:

-¿Qué quieres, Reina? ¡Los pocos años!

-Los pocos años no disculpan ciertas cosas, Marcial.

-Las mujeres se mueren por las malas cabezas.

-¿Dónde has sacado semejante absurdo, Marcial? Eso podrá suceder con alguna que otra loca, y que tenga tan malas propensiones como ellos; pero en mujeres delicadas, sensatas y de buenos principios, no hallarás jamás sino la repulsa que merecen los excesos y los vicios, los que dejan manchas que no se borran. Si crees otra cosa, te equivocas, Marcial.

-Yo no me equivoco nunca, Reina.

-Ese si que es un privilegio exclusivo, -exclamó Reina soltando una carcajada.

-Así tuviese el de agradarte, témpano inderretible.

-Pues ese, amigo, nequáquam.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XVI
Pág. 17 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1846.

-Tengo una cita, -decía Marcial al día siguiente a sus amigos al empezar la obra de las Danaides: el tocador.

Fabián y Genaro que estudiaban no contestaron.

-Me fatigan tantas citas, -prosiguió Marcial-, me quitan el tiempo.

El mismo silencio.

-No digo, -añadió Marcial después de haber vuelto la cara para asegurarse de que sus callados amigos no dormían-, no digo, ni es decir por eso que no me gustan las aventuras; soy hombre capaz de llevar de frente veinte intrigas, en buenhora lo diga, porque si no con el partido que tengo...

El mismo silencio.

-Pero la de esta mañana, -prosiguió Marcial después de una pausa, en la que se confirmó en que el partido que tenía no hacía desplegar los labios a sus amigos-, se la cedería a cualquiera de vosotros, porque me ha dado ahora por guardarle consecuencia a Reina.

Aumento de silencio.

-Señores, -exclamó Marcial-, ¿estamos por ventura, en la trapa?

-¡Ojalá! -dijo Genaro.

-No sería malo, -repuso Marcial-, pues que así no se hubiese pronunciado ese impertinente ojalá. Sépaste, aprendiz diplomático, que los Maquiavelos pierden un ciento por ciento con ser boqui-frescos. Taillerand que lo entendía, ha dicho que el pensamiento sirve para ocultar la palabra...

-No ha dicho tal, -exclamó Fabián-, ha dicho lo contrario, que la palabra...

-Calla, calla, manso río, y cuájate como el Neva en Enero; te mueres por enmendarme la plana, debo saber mejor que tú lo que ha dicho Taillerand, que no era poeta para que lo sepas tú de memoria. Vamos al caso, ¿a cuál de vosotros cedo una cita?

-Tengo bastante con las de mis libros, -dijo Fabián.

-No suplo en citas, ausencias y enfermedades, -añadió Genaro.

Se restableció el anterior silencio.

-¿Y no me preguntáis, -dijo al cabo de un rato Marcial, sacándose con primor una raya la más perfecta en su género-, quién es la citadora?

-Apuesto, -respondió Genaro-, que es la hermana de aquel escribano que tiene la dentadura a la desbandada, la nariz en línea diagonal, tez que nunca pierde y cuerpo que nunca medra.

-Ya sabéis -repuso Marcial con voz grave-, que me formalizo, me incomodo, me siento y me pico con esa broma vieja, antigua y caduca; broma que se funda en un principio falso, inexacto e incierto; broma que carece a un tiempo de verdad, de gracia y de actualidad, y que tú, Genaro, zorra sutil, sacaste de tu cabeza, foco de arcanos incoherentes y de utopías anti-platónicas.

-¡Oh! Marcial, -exclamó Fabián-, ese párrafo te coloca en el apogeo de gran maestro de pleonasmos y retumbancias. Te sopla la musa finchada; brillas como la Vía láctea. Pero dime, ¿tiene más actualidad la sospecha que sea esa cita de tu costurera, que te llama D. Jastial, y se queja de que arrancas todas las trabillas más que se cuesan con hilo a carreto?

-Viajáis por los países bajos, amigos, mientras la verdad que allí no hallaréis, está en las elevadas regiones de cumbresaltas.

-Danos tu norte, -dijo Fabián.

-No puede ser.

-Vamos; hombre, si estás rabiando por decirlo.

-Y vosotros por saberlo.

-Lo uno y lo otro.

-¿Lo queréis saber, he?

-Sí, abre tu corazón y tu boca.

-¿Lo queréis saber?

-Sí, hombre, sí, no seas pesado en tu vida, que la pesadez es el octavo pecado mortal.

-¿Conque lo queréis saber?

-¡Dale, qué tostón! Sí, sí.

-Pues no lo sabréis.

Dijo Marcial esto con tal valentía, que hasta la mano que tenía el batidor se resintió, y como electrizado dio un tajo que hizo variar de rumbo a la raya, que vino vía recta a topar con la oreja.

-¿A qué esa pretensión a misterio, si yo lo sé? -dijo Genaro sin dejar de escribir.

-¿Qué tú lo sabes? -exclamó Marcial-, hasta ahí podían llegar tus pretensiones a sábelo todo; pues hijo mío, en tus cálculos yerras, te equivocas, te engañas y te alucinas.

-Una persona hay, Marcial, que te celebra siempre, -dijo Genaro inventando cuanto iba diciendo.

-Ya, eso es natural, -respondió naturalmente Marcial-, estirándose la tirilla ante su espejo.

-Dice, -añadió con imperturbable seriedad Genaro-, que eres el mejor mozo que pasea las calles de Sevilla.

-Nada precisas ni a nadie descubres con lo que vas diciendo, -repuso Marcial-, puesto que esas cosas muchas hay que las pueden haber dicho.

-La que las ha pronunciado, -dijo Genaro-, es la persona que anoche te dijo a media voz que fueses hoy allá a las doce; la hermosa Marquesa de Alocaz, que por lo visto no es tan insensible como se le supone, porque esta cita, después de los encomios que hace de ti, me huele a que has conquistado a la par la lechuga y el lechuguino. Feliz mortal que, cual las pirámides, ves pasar ante ti las generaciones rindiéndote homenaje. Aun hemos de ver una hija de Reina adorarte.

-Pues mira, Genaro, si fuese así, a fe de hidalgo que lo sentiría, -dijo Marcial-, que se creía con una candidez asombrosa cuanto lisonjeaba su amor propio.

-¿Por qué, aventajado joven?

-Porque es de suponer que como la caridad bien ordenada empieza por sí mismo, se opusiese a mis relaciones con su hija. Pero tú tienes oídos de ético y lengua de cotorra, con más, ojos, de lince, falaz Genaro, zorra sutil, otra vez oye, ve y calla, impón silencio a tu voz, pon un candado a tus labios y una mordaza a tu boca, y observa prudencia, recato, silencio y decoro. Sírvante los hijos de Noé de norma, de ejemplo, de estímulo y de modelo.

Diciendo esto salió Marcial magistralmente del cuarto después de darse el último estirón al chaleco.

-El demonio es ese Genaro, iba pensando al bajar la escalera, todo lo sabe y ha descubierto que tiene mi tía capricho por mí. ¡Quién lo hubiese creído! ¡Una mujer que tiene la fama de una Numancia! ¡Pero al fin qué mortal, qué criatura de carne y hueso está exenta de las debilidades humanas! No se debe ser demasiado severo, rigoroso, rígido y exigente, con esas pobres hijas de Eva. Sobre todo, no debe serio el agraciado, favorecido, beneficiado y honrado. ¿Cómo salir de este lance de amor y fortuna, puesto que estoy decidido por la hija? ¿Cómo hacer entrar en razón a esta Fedra? No todo es flores en la juventud por más que lo repitan cantando los poetas y llorando los viejos.

Entró Marcial en casa de la Marquesa, con un aire que se parecía en lo grave y digno al del casto José, en lo arrogante y satisfecho al del hombre que sabe es apreciado y querido.

Cuando se hubo sentado, la Marquesa se levantó y cerró la puerta.

-¡Ciertos son los toros! -pensó Marcial estirándose el chaleco.

La Marquesa se sentó enseguida en el sofá y le dijo:

-Acércate, Marcial, que no quiero hablar recio.

-Estas perfectas viudas, -pensó Marcial-, no se andan con aquí la puse.

-Marcial, -dijo la Marquesa con tono seco e incisivo-; por ventura, ¿te has figurado tú que mi casa es un café o un casino?

Marcial cayó de las nubes y quedó aplastado en la humilde tierra como una rana, levantó los ojos y miró a su tía, que tenía los suyos clavados en él, amenazantes como dos bocas de pistola.

-Señora, -dijo-, ¿por qué me dice Vd. eso?

-¿Y lo preguntas? -repuso ésta encendida de cólera-, pues qué ¿no hay más que introducir en mi casa al primero que se te antoja?

-Señora, -contestó Marcial-, si lo decís por el que introduje anoche, ese es...

-¿Quién?

-Un excelente muchacho.

-Un pelgar.

-Un doctor.

-Un harapo.

-Un poeta.

-Un arambel.

-Un escritor.

-Un guiñapo.

-Un amigo mío.

-Un pendón.

-Un chico que sabe.

-¿El qué?

-Leyes.

-Pues mira que la recomendación... ¿pero quién es?

-El hijo de un alcalde, -respondió gravemente Marcial.

-Eres un niño atrevido y aturdido, -repuso la Marquesa-, que sabes poco de mundo y de sociedad y que tienes que aprender; ¡pues está bien que con una marcialidad ridícula y sin encomendarte a Dios ni al diablo me comprometas a tus parientes y amigos! Hazme el favor de aquí en adelante de abstenerte de formarme la tertulia, que sin ti lo sé yo hacer. No trato, sobrino imberbe, de que se diga que en la tertulia de la marquesa de Alocaz, alternan bullangueros de malo nota, calaverillas de mala especie, de pésimo concepto en la universidad, lechuguinos de arrabal sin maneras ni educación, con fama de petardistas, sin otra recomendación que ser hijo de un herrador.

Marcial se quedó algo sorprendido al oír a su tía, pero enseguida dijo con el imperturbable aplomo conque formaba axiomas:

-Tía, el herrar forma parte de las nobles artes.

-No me meto en disputas ni discusiones contigo, -repuso la Marquesa-, sólo te digo que eres dueño de escoger a quien gustes por amigos, así como yo lo soy de elegir mi sociedad.

-¿Es posible, tía, -exclamó Marcial, a quien no derrotaba nadie fácilmente-; es posible que aun deis importancia a esas antiguallas de mal gusto y proscritas por el buen sentido, que aun penséis en pergaminos y jerarquías? Todos somos iguales como los corderitos; el hombre no merece por la eventualidad de su nacimiento, sino por su mérito personal, sus prendas, sus virtudes y sus cualidades.

-Haces bien, -respondió la Marquesa-, en atacar los pergaminos, pues aunque por tu padre, mi primo, eres muy caballero y de lo más encopetado, por tu madre... ¿qué sé yo?... Siempre oí decir que tu padre casó mal y descendió de clase.

-¡Señora! -exclamó Marcial furioso-, poniéndose en pie de un brinco. ¡Señora! ¿Qué decís? ¡Pues si mi madre es más señora aun, que mi padre caballero! ¡Pues si mi madre es de la cepa! ¡Pues si mi madre es prima del duque de Balbaina, y tiene opción a ese ducado y a una grandeza! ¡Mi madre! ¡Vea Vd.!

-Lo sé, lo sé, -dijo la Marquesa soltando una alegre y burlona carcajada-; quería al decirte esto, sólo ver la práctica de tus teorías, hijo mío: anda con Dios; campana hueca, te puedes ir, no te detengo, sé más mirado en lo sucesivo.

Marcial entró furioso en su casa.

-Me vuelvo exaltado, -exclamó tirando el sombrero.

-No es para menos, -dijo el taimado de Genaro.

-¡Vana, intolerante! Aristócrata del año de la enanita, con ideas pergaminosas, máximas rancias y sentencias apolilladas!

-¿Quién, tu apasionada?

-¡Qué apasionada ni que niño muerto! No he tenido que plagiar a José hijo de Jacob, nieto de Abraham. Tu perspicacia, hijo mío esta vez falló y te ha dejado deslucido, desairado y desmaquiavelizado. Figuraros, si podéis, que hallé una furia, una harpía, una Euménide, una serpiente con siete cabezas; un gato montés con trescientas uñas.

-¿Y por qué estaba furiosa? -preguntó Fabián.

-Porque llevé allá a Tiburcio. ¡Vea Vd.! Ni que fuese el cólera; pero de esto ha resultado que por fin hallé lo que buscaba más que el alquimista la fabricación del oro, más que se ha buscado la piedra filosofal y las fuentes del Ganges.

-Del Nilo, -rectificó Fabián.

-Del Ganges, -sostuvo Marcial-, pero lo hallé, lo hallé.

-¿El qué?

-Un consonante a Tiburcio.

-Vamos, me alegro, -dijo Genaro-; es una prueba patente de la existencia de las compensaciones, traes a Cupido alicaído; pero en cambio a Apolo radiante, el corazón humilde, la cabeza gloriosa, el amor humillado, la amistad arrogante.

-Dinos el consonante, -añadió Fabián-, que estoy curioso de saberlo. Dejarás atrás a Quevedo con su famoso ego te absolvo.

-Pues oíd, medias cucharas.

Lo que por ti batallo, gran Tiburcio, podría cantarlo solo Quinto Curcio.

Genaro y Fabián se echaron a reír, pero Marcial prosiguió sin atenderles, ni salir de su gravedad: en fin, el resultado es que he tocado un bajón, y me he desprestigiado con la madre, lo que ofrezco en las aras de la amistad. Anda con Dios, tal día hará un año, con tal que marche mi plan con la hija. Es Reina arisquilla, un tanto desabrida, cuando se le habla de amores; pero eso me gusta, las mujeres se deben hacer valer, no deben nunca decir sí, sino al altar, y eso porque sin este requisito no es válido el matrimonio.

-Dices bien, Marcial, -opinó Genaro-. El sí, es el suave viento sur que afloja; el no, el tirante viento norte que entona.

-Tan recio puede ser que hiele, -observó Fabián-: no estoy por los tónicos.

-¿Sabes, Marcial, -le dijo Genaro-, que tu plan con Reina, como tú dices, estoy para mí que lo has entorpecido?

-¿Cómo? ¿De qué modo? -preguntó alarmado Marcial.

-Con haber llevado allá a Tiburcio, -respondió Genaro-, que me parece haber causado en la hija una impresión muy distinta que en la madre.

-¡Qué! ¡Qué tontería! No es posible.

-Sí lo es, Marcial. Tú no sabes aun los caprichos de las mujeres.

-No hables disparates. ¡Vea Vd., Tiburcio más feo!

-¿Y qué? Si dice Reina que tiene cierto colorido romántico.

-¡Romántico! ¡Vaya una idea! Ridículo y original eso sí.

-Dice Reina que le gusta lo original. Dice también que su aire sombrío, su extremada delgadez, lo bien que pronuncia el castellano, le hacen gracia: lo ha llamado Antony.

-¿Qué me dices? -exclamó aterrado Marcial-. ¡Antony! ¡Dónde fue a dar! ¡Sí, sí podrá ser! es posible, es dable, es factible, es probable. Las extravagancias de las mujeres no están escritas, impresas, calificadas ni definidas. El móvil y las fuentes de sus caprichos son desconocidas como las del Ganges. Calla, calla, Fabián, es el Ganges y no el Nilo, por más que te empeñes. Por hacer buenos versos no es uno buen geógrafo, ni orador, ni hombre de estado; y si no ahí tienes a Lamartine, el primer poeta moderno, mírate en ese espejo, y calla, calla por amor de Dios, que me sueles desconcertar en los momentos críticos de desenvolver un pensamiento. Porque te llamo manso Dauro, quieres saber más de ríos que nadie. El que tiene las fuentes desconocidas es el Ganges, el Ganges y tres más. Ahora, no vuelvas a salir con el Nilo, sino cuando se trate de inundaciones o de cocodrilos, que es por lo que descuella y no por fuentes desconocidas. Sus fuentes las descubrió Mungo Park en el cabo de Buena Esperanza; de ellas beben los cafres, los hotentotes, y el rey de los mosquitos.

-¡El rey de los mosquitos que está en América! -exclamó Fabián soltando una carcajada-, ¡qué batiburrillo, Marcial!

-Lo sé, -contestó éste-, pero como en todas partes [196] hay mosquitos, no les faltará a los del Cabo ni rey que los mande, ni Papa que los excomulgue, ¿estás, métome en todo? Pero tú, Genaro, zorra sutil, que sabes más que las culebras, ¿por qué no me quitaste de la cabeza el llevar allá ese culebrón tu abuelo?

-Pero Marcial, ¿acaso me dijiste que lo ibas a llevar? -dijo Genaro-, ¿acaso tomas tú en tu vida consejo de nadie?

-Según sean estos. Ahora caigo, en que cuando me acerqué a ellos, estaban en gran conversación: oí a esa Reina indigna de serlo, decirle que había escasez de sujetos disponibles, a lo que contestó ese patán de altas miras, que no era ese el mal, sino que estaba en que los que nada valían se anteponían a los que valían, claro está, ya lo veo, que esto aludía a ella, a él y a mí. ¡Pues está bueno! Yo les seguiré los pasos; a mí no se me engaña. ¡Pues no podía ir a herrar asnos como él! ¡Querer competir conmigo! ¡Al diablo no se le ocurre otra! Si fuera con uno de vosotros, sería ridículo, pero conmigo es una arrogancia piramidal, un atrevimiento fenomenal, una osadía portentosa, una pifia pasmosa y una torpeza colosal.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XVII
Pág. 18 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


FEBRERO, 1848.

Habían pasado algunos meses. Disputábanse aun el cielo, el sur con sus vendavales y sus nubes, y el norte con su fría serenidad, como se disputan las pasiones y la razón el corazón del hombre.

En este tiempo había pasado la frialdad que había existido entre Reina y Genaro, y una constante hostilidad por parte de Reina, que Genaro sufría y rechazaba impávido como una roca la embestida de las olas del mar. Resultaba de este perenne choque entre ambos, un hervidero amargo, una posición hostil que hacía padecer profundamente a la pobre y suave Lágrimas, tan tiernamente apegada a ambos. Pero hay seres destinados a que cuanto les brinde en su copa la vida, aunque parezca dulce, se vuelva hiel antes de llegar a sus labios. Esforzábase en vano la pobre niña en persuadir a Genaro a no gastar con esa amiga que tanto quería, el tono frío y a veces hasta desdeñoso con el qué contestaba a los ataques y contradicciones que de ella continuamente recibía. Genaro era uno de aquellos hombres tenazmente voluntariosos, que jamás ceden un ápice en nada, ni por consideraciones, ni por condescendencia, ni por cariño, y que sin jamás porfiar, no cejan nunca; hombres que toman la testarudez por carácter, y la falta de corazón por fuerza moral; hombres que se creen de acero y son de palo.

Lo que es Reina, ni comprendía ni tomaba en cuenta lo que padecía Lágrimas.

Esta guerra sorda entre ambos, no llamaba la atención a nadie, porque simpatías y antipatías son en el mundo cosas tan comunes y tan poco motivadas a veces, que nadie se para a buscarles causa.

Pero no era así con la Marquesa, mujer de mundo, vigilante Argos, que veía más con sus ojos de madre, que aquel con su centenar. Conoció en breve en lo que necesariamente debería terminar entre dos personas del mérito y valor de Reina y de Genaro, esa constante preocupación el uno del otro, en un roce diario, y que esa lucha sostenida entre jóvenes de diferentes sexos los llevarían a no dudarlo, por lo picante de la contrariedad y el gusto del contraste, la gloria que hay en vencer, y el encanto que hay en subyugar, a sentimientos diametralmente opuestos a los que originaban la pugna.

Genaro había previsto todo esto, que era su obra, y cual Pigmalión se iba apasionando de ella; pero por lo mismo, temía perder su anhelada felicidad por una torpeza o un paso prematuro. Enfrenaba su voluntad como un déspota su corazón y no descendía de su puesto de adversario frío e impasible. Reina era aun muy joven y tenía demasiada rectitud y nobleza de corazón para adivinar ni comprender los artificios de un hombre astuto, ni para saber el infalible medio de derrotar tan hábiles planes estratégicos, que es el de los celos, y así rechazaba con redoblado desdén todos los homenajes de sus apasionados, en particular los del conde de Navia, que su madre recibía con marcado agrado; esto alimentaba las esperanzas de Genaro, y le hacía perseverar en el plan de conducta que se había trazado.

Aunque era Genaro un joven de talento, de mérito distinguido y caballero, era pobre y no tenía aun ni posición ni porvenir seguro, ni rango en la sociedad. Además hoy día es el porvenir de una joven de clase, tan incierto como eventual, a no ser de una casa muy opulenta, y las casas que lo son, así como el porvenir de la nobleza, han sido las víctimas en las guerras, trastornos y revoluciones que ha sufrido la España. Así no podía ser Genaro, con todas sus ventajas, el partido adecuado, ni que eligiese la madre orgullosa, la tutora equitativa para la hermosa y brillante Reina, esta joven, pudiente, y vana marquesita.

A pesar de obsequiar Genaro a las claras a Lágrimas, la Marquesa no paró su pensamiento en que esto podía ser un motivo para que Genaro no aspirase a Reina. Cuando la apasionada madre pensaba en su hija, todo lo demás desaparecía a sus ojos, nada merecía tomarse en cuenta, nada podía anteponerse a aquel astro, todo caía en la nulidad más completa.

Pero la Marquesa se hizo esta reflexión. Antes que Reina y Genaro se den cuenta del peligro que corren, antes que se reconozcan, bueno sería aprovechar la inclinación que tiene a Lágrimas y casarlos, lo que sería una cosa acertada conviniéndose y trayendo cada cual al matrimonio lo que al otro faltase.

Así es, que pensaba la Marquesa con sensatez, que la buena niña que nada tenía en su favor, sino ser rica, debía mirar como una boda brillante y una suerte feliz, la de unirse a un hombre que tenía todas las ventajas menos esa. Creyó igualmente ventajosa para Genaro la boda que con una excelente compañera que él ya distinguía, aseguraba su suerte. Así fue que todo le pareció llano y suave como rasoliso.

Por este tiempo un desastroso evento, digno de figurar entre los más deplorables, y de hacer gemir la prensa bajo el interesante, el insigne y nunca bien ponderado séate la tierra ligera, había traído a D. Roque la piedra a Sevilla. Era este el caso:

Un día, Bonifacio, el negro de D. Jeremías había notado que su amo no se ponía el gabán lleno de años de servicios, pero sin esperanzas aun de obtener el retiro a que le daban derecho las cicatrices que le honraban, y que no iba, como solía hacerlo, a ver a su escribano: mas no hizo caso. Pero llegó la hora de la pitanza y su amo no la pidió. Viendo que en esta demora se había consumido un carbón más, y se iba consumiendo otro, Bonifacio, alarmado entró en el cuarto de su amo. Encontró a éste sentado en un sofá, muerto, tan muerto como los habitantes de Pompeya bajo la erupción del volcán. En sus manos tenía el diario que daba la noticia de la revolución de París del 17 de febrero de 1818.

Bonifacio avisó al escribano; éste que era gran amigo de D. Roque, le dio al momento aviso; de suerte que llegó de Cádiz al siguiente día. A otro, acompañaba D. Roque un pobre entierro en que en una mezquina caja, iban los mezquinos restos del más mezquino de los hombres, D. Jeremías Tembleque, que murió mezquinamente de la mezquina desgracia de haber bajado los fondos en Francia. Su vida, como su muerte, fue una patente prueba de los goces, satisfacciones y bienes que saca el miserable avaro de su dinero. Murió ab intestato, y sus herederos, a quienes se avisó por los diarios, cuando acudieron, sólo hallaron las inscripciones del gran libro de París, las que compró D. Roque por poco menos de nada, el famoso baúl con tres camisas de algodón, tres pares de calcetines de hilo, dos pañuelos de yerbas, todo calado y bordado; los platos lañados, el sofá de hojas de maíz, que ya chocheaban, y una subida cuenta de gastos de entierro, derecho de herencia y tutti cuanti; sin olvidar un aviso puesto en un diario concebido en estos términos: «Tenemos que lamentar la muerte del apreciable D. Jeremías Tembleque, que ha fallecido prematuramente de resultas de una congestión cerebral. Se hizo acreedor al aprecio de todos y su muerte es muy sentida: séale la tierra ligera.»

El resultado de las referidas combinaciones de la Marquesa fue el decirle un día en que estaban solos a Don Roque:

-Don Roque, ¿no piensa Vd. en casar a su hija?

La Marquesa, sin saberlo, había tocado la cuerda más destemplada del alma de D. Roque. Ya sabemos que el casamiento de su hija era para este tierno padre el buitre de Prometeo, la sombra de Nino para Semíramis, la espada de Damocles, el Mane, Thecel, Phares del festín de oro en que se arrellanaba en su dorada butaca D. Roque la Piedra; así fue que respondió con desabridez.

-¿Y Vd. porqué no casa la suya que es mayor?

La Marquesa disimuló esta, como otras groserías, que estaba sujeta a sufrir de ese ente vulgar a indelicado, y respondió:

-Afortunadamente el carácter festivo, el gusto difícil y el genio independiente y poco afectuoso de mi hija, le han hecho mirar hasta ahora a todos sus apasionados con igual indiferencia, y considera las galanterías y obsequios como pasatiempos sin consecuencias, que recibe riendo, como flores sin raíces y que se ajan luego. Pero si mi hija amase y fuese amada, y que algún amigo que se interesase por ella y por mí me hablase sobre el asunto, lo discutiría. Como ese caso no ha llegado, dejemos a mi hija a un lado.

-¿Y qué me quiere Vd. decir con eso? -preguntó D. Roque con impaciencia-, ¿acaso que mi hija tiene novio?

-No digo que lo tenga ni me pasa semejante cosa por la cabeza. Pero caso que lo tuviese, D. Roque, no veo en ello una razón para que Vd. se haya incomodado; las preferencias no se le pueden tachar a las hijas, sino cuando los preferidos no son dignos de ellas o no convienen a sus padres.

-¡Hola! ¿Con qué Vd. piensa que el novio me conviene?

-Yo no he dicho que tenga novio, D. Roque.

-Pues bien, quítele Vd. novio, y ponga pretendiente, ¿es eso?

-Podrá tener pretendientes; eso es natural, todas las muchachas los tienen, y...

-¡Viva la Pepa! ¿Con qué todas las muchachas tienen por aquí esa polilla? Bueno es saberlo.

-Y más, Lágrimas, que es angelical, y se hace querer de todo el que la trata.

-¡Y Vd. cree me embolsaré por yerno a ese pretendiente con la misma facilidad que se embolsa un peso duro! ¿He?

-¿Y por qué no, si en este fuese todo conveniente y pudiese hacer a su hija de Vd. feliz?

-¿Con qué, -dijo D. Roque con una risita rabiosa-, tiene ese pretendiente además deprisa en casarse, otras muchas ventajas?

-Por de contado, D. Roque, si no, yo no hubiese tocado este punto. Es el que yo pienso, sin tener de ello una certeza, que es pretendiente de Lágrimas, de ilustra cuna, joven aprovechado, de buenas prendas, de conducta arreglada: tiene un talento poco común, una capacidad sobresaliente, según dice el rector de la universidad.

-Esos méritos los tienen o se los atribuyen las nueve décimas partes de los estudiantes de Sevilla. Su nombre, señora.

-Genaro E.***

-¡Voto a brios! -murmuró entre sus apretados dientes D. Roque poniéndose en pie.

-Señor, -dijo la Marquesa sorprendida-, ¿en qué puede incomodarle a Vd. mi proposición? ¿He nombrado acaso algún mal sujeto?

-¡¡Psss!! -silbó con despreciativo coraje D. Roque.

-Señor, -prosiguió atónita la Marquesa-, ¿he propuesto a Vd. acaso un hombre de nada, un indecente? ¿Merece acaso Genaro las señales de menosprecio con que Vd. acoge un nombre respetado desde siglos y que Genaro honra?

Don Roque prorrumpió en una grosera e insultante risa.

-Don Roque, -dijo la Marquesa casi alarmada-, ¿podrá que sepa Vd. acaso algo de infame o denigrante acerca de ese muchacho? Si ello es así, espero que Vd. me haga la justicia de creer que lo he ignorado.

-Usted sabe por lo que me tiene que levantar en peso esa proposición tan bien como yo, señora; -dijo Don Roque bufando.

-No por cierto, -repuso la Marquesa-; protesto a usted que no lo sé, y suplico que me lo diga; más todavía, lo exijo. Nada de palabras preñadas; D. Roque, explíquese Vd.

-¡Pues no creen, -dijo éste-, que se mama uno el dedo!

-Digo a Vd., -repuso la Marquesa incomodada-, que me diga que es lo que de tal manera lo monta e indigna contra un joven que yo aprecio.

-¡Pues no es nada, señora! ¡Es una friolera! ¡Se atreve a pensar en mi hija y... por vida del Dios Baco! ¡¡¡Y no tiene un real en la faltriquera!!!

La Marquesa se echó a reír.

-Don Roque, -dijo al cabo de un rato al amable millonario-; es preciso verlo para creer que un hombre como Vd., que apalea el dinero, y para el que por consiguiente, teniendo una hija única, es cosa que no debería importarle en la elección de un yerno, deseche con desprecio a uno que reúne todas cuantas ventajas reconocen la razón y la sociedad, que pueden llenar el corazón de su hija y hacerla feliz, sólo por esta consideración que debería serle indiferente al buscar el bienestar y la posición social de su hija.

-¡Ah, sí! Habrán creído, -contestó D. Roque-, que yo soy hombre capaz de deslumbrarme por los pergaminos, y que caería como un burro ciego en la trampa, porque mis nietos tuviesen sangre azul. ¡Por viche de la sangre azul! Hato de perdidos, que piden prestado para comer, y fiado para cenar. ¡Mi hija! Ese bocadito quisiera el Genarito para hartarse de reír. ¡Vea Vd.! ¡Un descamisado, un pobre de solemnidad! -añadió con una clase de desprecio triturador, que solo se halla en los labios del millonario al clasificar la pobreza-, ¡Buen yerno me echaba a cuestas! ¡Linda alhaja! ¡Droga!

-Está Vd. muy poco enterado del valor de las personas de un círculo que no es el de Vd., -dijo la Marquesa incisivamente-. Sepa Vd. que Genaro es todo un caballero, y entre los jóvenes anda de nones.

-Anda viendo donde guisan y a caza de talegones; puede Vd. decirle, que si ha creído que yo he ganado mi caudal con el sudor de mi frente, para pagar las trampas de su casa y reedificar el palacio solariego, que será un cascajo ruinoso, para que él lo eche de buche y se cruce de brazos, se lleva chasco.

Al decir estas últimas palabras, -salió D. Roque del cuarto sin aguardar la respuesta de la Marquesa, que estaba estupefacta al oír aquel lenguaje tan nuevo como incomprensible para ella.

Estaban Reina y Lágrimas sentadas en una galería cerrada de cristales, que formaba uno de los anchos corredores de la casa, y que servía de costurero.

-Ahí viene tu padre, -dijo Reina, al ver por entre los cristales salir a D. Roque de la sala y dirigirse hacia el costurero donde solía ver un momento a su hija-; ahí viene ese carromato; me voy, que no soy gaditana para gozarme en mirar al Hércules de su Alameda.

Diciendo y haciendo se echó a correr.

Lágrimas, que estaba bordando, al oír los pasos de su padre se puso a temblar: tal era el efecto que causaba en aquel ánimo apocado y en aquella constitución débil y nerviosa, la presencia de su padre.

-Este es el resultado, -dijo D. Roque al entrar-, de haberte dejado, porque en ello te empeñaste, en una casa como esta, que parece el jubileo de los chisgarabís, de los harbilampiños y de los polluelos sin creta. ¿Conque la niña apenas ha salido del convento, y ya tiene novio? ¿Piensa en casarse, y cree tener el oro y el moro?

-Padre, señor, -murmuró con trémula voz la pobre Lágrimas-, aseguro a Vd. que no.

-¡Embustera además! Bien muy bien. Ya puedes hacer tu baúl, que mañana temprano sale el vapor para Cádiz. A casa, bajo mis ojos; yo le enseñaré a la emancipadita a tener novio. Ahora, a fe de Roque, que te vas a aburrir todo lo que aquí te has divertido; yo haré que se te sienten los cascos, y que se te pasen los conatos a noviajos con novios de tres al cuarto. Cuando tengas edad yo te buscaré el marido que te convenga, y por mi cuenta que no sea ningún casqui-vano, bolsi-vacío, con gran frac que deba al sastre.

Reina, que no estaba lejos, al oír las voces destempladas que daba D. Roque, se había acercado, y al notar el temblor convulso y Lágrimas, corrió por un vaso de agua y se lo aplicó a los labios.

-¿Qué es esto? -exclamó-: ¿qué tienes, Lágrimas?

-¡Mañana me voy! -murmuró esta en ahogada voz.

-¿Qué es esto? -dijo Reina-: ¿qué repente es este?

-A Cádiz recalcó D. Roque.

-¡Señor, por Dios! -exclamó Reina, que veía irse dibujando la herradura de la muerte en la cara pálida de Lágrimas.

-Ni por Dios, ni por los santos, -respondió en voz clara y seca, como lo es el castañeteo de una matraca, el suave millonario-; a casa y tres más, a mí no se me lleva con hipíos.

-¡En el vapor! ¡La mar! ¡La mar! -gimió la pobre niña, entrechocándose sus dientes y asiéndose con fuerza a Reina.

-Al menos, señor, -dijo esta viendo la decisión de Don Roque-, por Dios, no os la llevéis por mar. Sabéis el profundo horror que le tiene, y que se pone mala sólo de pensar en él.

-¡Qué simpleza! -respondió éste-, esos miedos necios y pueriles se quitan como a los potros los asombros, con látigo y espuela.

-Señor, -repuso Reina, que sentía estremecerse a la pobre niña que se estrechaba a ella, como a su tabla de salvación el que se ahoga-; este es un horror harto motivado, acordaos...

-¿De la tempestad de ahora diez años? ¡Toma, toma! ¿Dónde queda eso? Pues si todos los que pasan tempestades en la mar se negasen a volverse a embarcar, ya se podían echar a pique todos los barcos. Melindres, aspavientos, escarceos, espantijos, toda la retahíla de lo que más me puede y más me choca.

-Señor, señor, -dijo Reina indignada-, no es miedo pueril ni horror inmotivado: traed a la memoria todo lo que significa aquel recuerdo para vuestra hija. Es para ella el mar a la vez un juez sin clemencia, un verdugo sin caridad, y un cementerio sin cruz.

-¡Bah! ¡Bah! -repuso D. Roque-, palabras altisonantes, señorita. No tengas cuidado, medrosa, que no te morirás en el vapor, y si te mueres no te echaremos al mar.

Lágrimas cayó sin sentido y presa de convulsiones en los brazos de Reina.

-¡Oh, qué hombre tan atroz! -exclamó esta-; llamad a mi madre, llamad a mi madre.

A la noche volvió D. Roque para saber de su hija; la Marquesa, profundamente compadecida del estado en que se encontraba ésta, hizo secamente presente a su padre que no estaba capaz de viajar, y que los médicos habían recomendado el más absoluto sosiego. Le hizo presente igualmente que Lágrimas había demostrado el mayor empeño en volver al convento, y que antes de entregarse al sueño que le habían proporcionado las bebidas narcóticas que le habían sido suministradas, le rogó hiciese presente esta súplica a su padre. D. Roque la negó redondamente y añadió, que si pensaba la niña que había de estar pagando siempre una pensión por ella, pudiéndola tener en su casa sin que le fuese gravosa.

Reina asistió con esmero a su amiga, y no se separó de su lado un momento; pero a los tres días apenas convalecía, cuando D. Roque, sordo a todas razones, insensible a todo ruego, se llevó a su infeliz hija, a la que destrozaba el alma el alejarse de Sevilla, y horrorizaba su viaje y estada en Cádiz, sin que hubiese vuelto a ver a Genaro. Ocultaba, ésta al partir, su pálido rostro, sus lágrimas y el temblor convulsivo de sus labios, bajo un espeso velo negro.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XVIII
Pág. 19 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


FEBRERO, 1848.

Aquella misma noche en la tertulia, el que hubiese observado con cuidado a Reina hubiese notado en ella una preocupación que no era habitual, ni propia de su genio activo y siempre alerta.

Llevaba de continuo sus miradas hacia la puerta, y un imperceptible movimiento de impaciencia se notaba en ella a cada recién entrado, que no era por lo visto la persona que aguardaba.

Abriose la puerta con estrépito de par en par, y apareció Marcial en toda su gloria con los pantalones tan estirados, y el talle tan apretado, que parecía hecho de una sola pieza. Un gesto de impaciencia pasó rápido como la sombra de un volante pájaro, por la cara de Reina; y mientras Marcial iba a saludar a su madre, llamó a su perrito faldero y lo hizo acostar sobre una silla que estaba a su lado, con la marcada intención de que Marcial no la ocupase. Pero este era poco obstáculo para el intrépido Marcial, que trajo otra y se sentó lo más cerca que pudo de su prima. Esta lo recibió con un bostezo que ocultó detrás de su abanico.

-Esta noche no viene Tiburcio Cívico, mi amigo, -dijo Marcial con un airecito entre satisfecho y rabioso.

-¿Y a mí qué se me da? -respondió Reina; siéntele tú si gustas.

-Esta noche, -prosiguió con sorna Marcial y con un retintín que hacia vibrar su voz como la cuerda más gruesa de un violón-, los que nada valen se pueden anteponer a los que valen sin que se lo quiten, se lo estorben, se lo impidan ni se lo dificulten.

-¡Machaca y más machaca! ¿Me querrás explicar, Marcial, qué muletilla has tomado ahora con ese los que valen y los que no valen, y Tiburcio para arriba y Tiburcio para abajo, que me tienes de Tiburcio y de los que valen hasta por cima de los cabellos?

-Nos entendemos, mi amada prima, nos entendemos, pero sábete que los que valen, en lugar de venir a hacerse valer, se van a conspirar: así el que vale como es socialista, ha ido esta noche a una junta humanitaria, compuesta de un francés, un lombardo y un polaco, bajo la presidencia de un inglés; por consiguiente no ha venido, no viene, y no vendrá. La humanidad ante las bellas, la sociedad ante la tertulia, Catón ante Luis XIV. ¿Te gustan los socialistas? ¿Te parece que son los que valen, prima?

-Los odio, primo.

-¿Y los exaltados?

-Los detesto.

-¿Y los moderados?

-Los aborrezco.

¿Y los carlinos?

-No los puedo ver.

-¿No perteneces, pues, a ningún partido, autómata ideal?

-Sí por cierto, al mío.

-¿Y ese cuál es?

-El de los callados, Marcial, el de los callados.

-Ese es un partido ilusorio, prima, fantástico, fantasmagórico, nulo y estúpido, que debe ir a la escuela del abate L'Epée.

-No lo creas, Marcial, porque como dice D. Domingo, desde que todos gritan nadie se entiende.

-Si eres de la escuela de D. Domingo, estarás por las fiestas inmovibles, como lo son todos sus tocayos.

-¿Qué quieres decir con esa frase que es un logogrifo, como los del Semanario?

-Que los domingos son fiestas, que estas son inmovibles, y que las ideas de ese señor lo son también; pero te digo, prima, que tu escuela o doctrina del silencio no meterá ruido, y que es intempestiva en el siglo de las asambleas y discursos.

-Ya comprendo que así te parezca, Marcial, puesto que el día que tú no puedas hablar, discutir, perorar y declamar, (estilo tuyo) te elevarás por los aires como un globo elevado por tus ideas encumbradas, que no hallen salida, como aquel lo es por el gas.

-Pero dejemos esta cuestión, -repuso Marcial-, que los débiles alcances mujeriles no pueden comprender, graduar, apreciar ni definir. Vds., hijas de su madre Eva, eternamente hermosas, seductoras, instigadoras, y pecadoras como ella, sin haber escarmentado desde tantos siglos, no saben juzgar en punto a partidos, sino los que se presentan para sacarlas del infeliz estado.

-Se engaña Vd., Marcial, -dijo la alegre Flora-, ¿quiere Vd. que le defina los partidos?

-Lo quiero, lo apetezco, lo deseo, y lo anhelo, -respondió Marcial.

-Pues vaya de cuento, -dijo Flora-, que estamos en Andalucía, el país de las morenas, de las naranjas, de los cuentos y de los altramuces saladitos y dulces. Reinaba un gallo en su corral. Hízose amigo suyo un pato, que tenía buena pluma, había navegado por el mar Pacífico, había zambullido en el pozo de la ciencia, y patullado en la fuente del saber; su andar no era garboso, pero firme, su voz no era melodiosa, pero grave y sostenida. Este le aconsejó a su amigo, el gallo, que se cortase la cresta, que era chocante, y los espolones que eran inútiles. El gallo condescendió y se fue a dar un paseo con su amigo.

Este que era muy confiado dejó la puerta del corral abierta. Cuando volvieron fue el gallo a su hogar a encender, y vio en el hogar dos luces encendidas. ¡Qué luces tan raras son estas! -dijo el gallo-, y acercándose vio que eran los ojos de un gato que se le abalanzó. Pusiéronse a pelear.

El pato que esto veía no paraba de repetir, -y Flora arremedando al graznar de los patos se puso a decir-: Paz, caballeros, paz, paz, caballeros, paz, paz.

-Flora, -dijo Marcial, con una voz tan honda que parecía salir de debajo de la tierra-, ese cuento es un libelo de la humanidad varonil.

-Es un cuento precioso, -dijo Flora riéndose.

-Es un cuento subversivo, antisocial, inmoral y profanador. Carece de dignidad y de lógica. Cuando vaya a las Cortes, propondré la censura de los cuentos.

-Como yo no aspiro a ser diputada como Vd. a ser diputado, Marcial, -dijo Flora, que se ahogaba de risa-, no estudio ni gravedad ni elocuencia.

-Fabián, -dijo Marcial a éste que entraba-, ven a convencer a esta burlonísima Flora, que dejando las flores por las espinas, acaba de hacer la más sangrienta sátira de todos los hombres: di que no eres pato, pues de patos nos ha puesto.

-No puede ser, Marcial, -dijo Flora-, lo más que hará es convencerme de que en esa familia hay cisnes, como me convenceréis vos, si os empeñáis en tomarlo a lo trágico, que en esa familia hay gansos.

-Este David me va a dar en la frente, -exclamó Marcial-; pido cuartel, clamó alafia, imploro merced, me acojo a amnistía y deseo indulto. Siento, -prosiguió Marcial, dirigiéndose a Reina mientras Flora satisfacía la curiosidad de Fabián repitiendo su cuento-, siento haberte dado un mal rato anunciándote la ausencia del que vale, porque por más que desde algún tiempo te estás haciendo la desentendida, siempre que te hablo del que vale, sabes muy bien a quien aludo.

-Pero, Marcial, si absolutamente sé quien es ese que vale, ni lo que vale; solo sé tu dale que dale.

-El que vale, o cree que vale, es ese Tiburcio Cívico, ese antibello socialista, constándome tu parcialidad por él, parcialidad incomprensible, inconcebible, inexplicable e inaveriguable.

-¿Qué estás diciendo, Marcial?

-Que hay gustos, así como cuentos, que se deberían mandar recoger por orden de buen gobierno, porque preferirme a mí Marcial, ese pobre chico...

-Qué preferir, ni que preferir; te digo francamente, Marcial, que si me dan a escoger me quedo sin ninguno.

-¿Pues no lo has llamado Antony?

-¿Yo? ¿Dónde sacas semejante disfraz? Si jamás le he nombrado sino cursi abatido y abollado.

Al oír esto Marcial se levantó de repente.

-Voy, -pensó-, a decirle esto a Fabián para que vea lo inverídico, embustero, mentiroso y paparruchero que es ese Genaro, zorra sutil si las hay.

Apenas se alejaba Marcial cuando entró Genaro y vino a saludar a Reina.

-Acompaño a Vd. en su sentimiento, -le dijo esta con el aire de triunfo que tiene una persona que está en pugna con otra cuando puede mortificarla.

-No lo creo, -respondió Genaro.

Reina, que enseguida se había puesto a hablar con Flora, volvió bruscamente la cabeza, y dijo:

-¿Y por qué?

-Porque no sabéis sentir ni por vuestra cuenta ni por la ajena.

-Muchas gracias. Lo que decís, si se clasifica con indulgencia, se llama una fresca.

-Sí, así se suelen apellidar las verdades por aquellos que no quieren oírlas.

-Por cierto, -exclamó Reina con altivez-, que desearía saber el por qué vivís en la ilusión de poseer las llaves del sacristán.

-Diréis esto porque no adulo como lo hacen los que componen vuestra corte, y pueden daros patente de estar a prueba de empalago, porque no os traigo alborotando el barrio, la música como el magnífico coronel Astorga; no suspiro como el conde de Navia; no enflaquezco haciendo un prodigio, como el camaleón Villamarino que dice no ha hallado una herradura mash dura que el corazzzón de lash arishtócratas, y no canto con vuestro poeta laureado:


Reina de los corazones,
infundes tanta lealtad...


-Calle Vd., calle Vd. ahora mismo, -exclamó Reina colorada como una amapola-; si volvéis a pronunciar una sola sílaba de los tales ridículos versos, a fe de Reina que...

-¿Qué, qué? -dijo con cachaza Genaro sentándose a su lado.

-Que os prohíba la casa.

-Con lo que probaréis sois Reina déspota y arbitraria, y haréis mentir los versos de Marcial, porque portándoos así, no podréis infundir tanta lealtad que se opongan los vasallos a que les deis libertad.

-Genaro, que llamo a mi madre, -exclamó Reina furiosa.

-¿Qué es eso? ¿Por qué riñen Vds.? -preguntó Marcial, volviéndose al oír las recias voces de Reina.

-Marcial, esta es la ocasión pintiparada que digáis; paz, caballeros, paz, -dijo Flora.

-Es, -respondió Genaro a Marcial-, que Reina desea se le impriman los versos que le compusiste, y porque le he dicho que eso prueba un deseo inmoderado de que luzcáis los dos, se ha incomodado conmigo.

-Es natural se haya sentido, -repuso Marcial-, porque no veo en ese deseo ninguna inmoderación.

-Pues ¡no ves, -decía en voz baja Reina a Flora enjugándose una lágrima de rabia-, no ves como me está provocando, como me trata, conque descoco me está calmeando, conque camastronería me saca de quicio y se queda riendo! ¿Puede esto tolerarse?

-¿Y por qué le haces caso? ¿Por qué te ocupas de él? -respondió Flora-, ¿No hay aquí otros ciento que te están bailando el agua delante?

-Es que viene a buscarme.

-No tal; al saludarte echaste tu perrito de la silla en que dormía, como para que no le faltase a Genaro asiento a tu lado.

-Lo hice distraída; y para enmendar el yerro, ya que se ha sentado, seré yo la que me levante. Vente al piano, cantarás el mocito del barrio.

Levantáronse ambas y atravesaron el estrado ligeras y airosas como dos ninfas. Flora se puso al piano.

-Vamos, legionarios de Hebe, -dijo Marcial-, sigamos la atracción de la belleza, el imán femenino, la corriente de la elegancia, y el arrastre de la gracia. Donde va la Reina va la corte, donde va Flora van las mariposas.

¡Mientras Flora cantaba, como a Marcial no le gustaba la música y menos estar callado, le decía a media voz a Genaro:

-Antípoda de la verdad, antítesis de la sinceridad, adversario de la franqueza, hijo predilecto de la mentira, ¿cómo pudiste afirmar con esa seriedad llena de doblez que Reina llama a Tiburcio Cívico Antony?

-Calla, Marcial, que se está cantando.

-No quiero callar, zorra sutil, cuando no quiero no callaría ni en el congreso si me tocasen la campanilla, y que fuese esta del calibre de la de Glasgow.

-De Moscow.

-La de Glascow, -afirmó Marcial-; ¿si lo sabre yo? ¿Crees acaso que estás hablando con el ángel del silencio, como llamaba Fabián a Lágrimas? Estoy para mí que esa denominación la ha plagiado en uno de sus poetas franceses.

-Sí, -dijo Genaro-, la trae Paul de Kock.

-Bien lo decía yo; pero no estaba cierto si era Paul de Kock o Lamartine. Conque, hijo mío, se fue, llegó al instante fiero, Silvia de mi despedida, como dice Hartzenbusch en sus Amantes de Teruel.

-Lo dice Arriaza en su canción.

-Hartzenbusch en los Amantes de Teruel, -afirmó Marcial-. Tú como eres el mismo disimulo, Maquiavelo perfeccionado, no demuestras dolor en tu rostro juvenil.

-Hablas sobre suposiciones falsas y yerras, infalible Marcial.

-¡Yo errar! Herrar, queda bueno para mi amigo Tiburcio. No, no, me desdigo, un retruécano a costa de la amistad es desleal, innoble, indelicado; por no dicho. No sacrifico la amistad a un chiste, eso es bueno para un francés, y yo soy español por todos cuatro costados como la lonja.

-Marcial, ¿no oyes que se canta? -le dijo Reina con sequedad porque parte de su censura caía sobre Genaro-; el hablar cuando se canta no solo prueba mal gusto, sino falta de educación.

Concluía Flora de cantar, y así pudo contestar Marcial.

-Perdona prima, fue una distracción; además soy demasiado positivo para ser melómano.

-Marcial, -exclamó Fabián, temprano empiezas a ser positivo. A mí me choca tanto hasta esa palabra joven, raquítica, que haría pagar multa al que la pronunciase.

-Ten presente, hombre afecto a lo ideal; que tengo que renunciar a esto, puesto que quiero ser diputado: abandonar los senderos del Parnaso por los caminos vecinales; el cultivar las musas, por el cultivo de las tierras: la inspiración por la discusión; el cantar por el hablar. Pero vamos a ver: ¿es posible que a ti, poeta, te guste la música que siempre estropea los versos?

-¿No me ha de gustar, Marcial? -respondió Fabián con expansión-. La prosa es el lenguaje del entendimiento, la poesía el del alma, y la música el del corazón. Lejos de estropearlos, la música es a los conceptos lo que la expresión es a la fisonomía. La música es a la vez el presentimiento y el recuerdo de todos nuestros goces y de todos nuestros dolores; es la transición de nuestras sensaciones físicas y morales; la percibe el oído y la siente el alma.

-Pues, hijo mío, la música me choca, dijo Marcial, no tiene sentido común, lo que se dice cantando ni es conciso ni es claro. Si yo hubiese sido el Cancerbero, seguro que se hubiese llevado Orfeo a su mujer Berenice.

-Eurídice, -rectificó Fabián.

-Berenice, -afirmó Marcial-; dále, -añadió a media voz-, con el maestro ciruela.

-Otra coplita del mocito del barrio, -decía entretanto Genaro a Flora, que seguía sentada al piano, apoyándose en el respaldar de su silla-; cante Vd. las coplas que le ha compuesto Marcial a Reina, que se apropian a la tonada.

-No, no, -respondió riéndose Flora-, ha abdicado Reina su reinado sin tener en cuenta la lealtad que infunde, le escrupuliza deslucir las luces, y no quiere ser causa de extrañas anomalías. Cantaré mas bien aquella copla.


¿Cuál de los dos amantes
tendrá mas pena,
el que va de viaje
o el que se queda?


-Flora, -respondió Genaro-, una escritora inglesa ha dicho que los recuerdos de lo pasado no sirven sino para acibarar los goces presentes. Cante usted, Flora, cante Vd., pues le es tan apropiado el canto, que parece no debería Vd. hacer otra cosa; cante Vd. con esa voz que va derecha al corazón como una flecha.

-¿Qué es corazón? ¿Acaso lo sabéis? -dijo Reina, que aunque en conversación con otros, no había perdido una palabra del coloquio de Flora y Genaro.

-Como no son mis vasallos, no podré saber tan bien lo que son, como su Reina, respondió Genaro.

-Marcial, Marcial, -exclamó ésta encendida de coraje-, si me vuelves a hacer versos, quedamos reñidos para siempre: no quiero que me canten, no quiero que me celebren; aparecer en versos, es peor que aparecer a la pública vergüenza en un pilar.

-Si todas las hermosas, bellas, lindas y bonitas pensasen como tú, -repuso Marcial-, no sabríamos los poetas donde dar de cabeza, y tendríamos que cantar a las ancianas, viejas, caducas y a las senectudes.

-Esto es hablar en razón, -decía Genaro a Reina mientras proseguía Marcial su demostración-; las mujeres no deben parecer bellas sino a los que aman.

-Ya, por eso queríais a la pobre Lágrimas, porque la anulabais en vuestro egoísmo.

-Por eso, -afirmó Genaro.

-Pues su padre, que ha sabido sus relaciones con usted está furioso, -dijo Reina con triunfante rabia-, y para cortarlas se la ha llevado; así, contadla entre los muertos.

-Nunca le conté por mucho tiempo entre los vivos, repuso con calma Genaro; la pobre no tiene un año de vida.

-¡Jesús! ¡Y con qué impasibilidad decís eso!

-Con la que se dicen las cosas que se saben de atrás.

-Entonces no la amáis.

-La quiero como a una hermana.

-Ella creía otra cosa.

-Lo siento.

-Eso es infame.

-¿Y qué queréis que haga? ¿Qué me vaya a buscar por esos mundos como un héroe de cuentos de encantamientos el hada que expende el elixir de larga vida, que estudie la homeopatía, o haga una promesa al patriarca Matusalén?

-No tiene respuesta lo que decís; sois un corazón de mármol; un Nerón, un hombre atroz.

-No le parecía tal a vuestra amiga.

-Porque no os conocía a fondo como yo.

-Pues más profundo de lo que creéis fondo, hay cosas que no conocéis.

-¡Buenas serán cuando tanto las ocultáis!

-No las oculto por malas, Reina.

-¿Pues entonces, por qué?

-Porque me place ocultarlas.

-No faltará quien os sonsaque para divertirnos con esos misterios de monte preñado.

-¿Preguntaréislos vos?

-¡Yo! Soy muy altiva para ser curiosa.

-O muy egoísta para interesaros por nada.

-¡Vaya con Genaro, qué solo le está dando a Reina! -decía Marcial a Flora y Fabián-; apuesto que esa prolongada audiencia tiene aburrida a nuestra soberana.

-No parece, -repuso Flora-, ni tampoco que sea necesario que vayáis a decir ahora: paz, caballeros, paz.

-¿Eres celoso, Marcial? -preguntó Fabián.

-¡Jesús! Como un Petrarca.

-Un Tetrarca, Marcial.

-Un Petrarca, Marisabidillo, bien sé lo que me digo, pero no lo estaría nunca de ese buen muchacho, que no tiene bastante maldad, ni calza bastantes puntos para hacerme a mí mal tercio. No obstante, el fuego junto a la estopa, el diablo sopla. Le voy a recordar a su amado bien, así de una pedrada mato dos pájaros. Interrumpo la conversación y doy otro curso a las ideas.

-¡Genaro! -prosiguió acercándose a éste-. ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo ahora aquella suave niña, que ha pasado entre nosotros como una flor blanca y sin espinas, dejando al pasar un recuerdo que parece un perfume?

-Vaya, -dijo Reina-, cuando estaba aquí no le hacías caso, y ahora te remontas en los zancos de la retumbancia para celebrarla.

-Es un interés retrospectivo, -respondió Marcial-, me interesa... Siempre parecía decir aquel refrán de los indios orientales: más vale estar sentada que en pie, acostada que sentada, muerta que acostada.

-¡Dulce flor de los trópicos! -añadió Fabián con la mirada vaga con que fijaba en su mente de poeta las imágenes que evocaba la fantasía o el recuerdo-, ¡desterrada de su frondoso y caliente suelo! Que conserva algo de lo extraño y desconocido de aquellas selvas, que se marchita en suelo extraño por no hallar invernáculo de cristal que la defienda del frío ambiente que la rodea.

-Bien dicho, Fabián, -observó Flora-, ¡pobrecita! Con ese monstruo de padre que se lleva la flor a una nevera. ¡Tirano, verdugo, asesino!

-¡He! -dijo Reina a Genaro-, ahora falta que le compongáis vos la cuarta estrofa a ese poema laudatorio.

-Se la escribiré, -respondió Genaro a media voz.

-Haréis bien. Si no sabéis cómo dirigirle la carta, la incluiré en la mía, -dijo Reina afectando ligereza.

-Mañana la traeré, -respondió Genaro.

-Es, -añadió Reina-, que yo le escribiré también para decirle el caso que debe hacer de la tal carta.

-Si fueseis capaz sólo de comprender el amor, ya que no lo sois de sentirlo, sabríais que os cansaríais en balde.

-¿Y por qué?

-Porque, Reina, es tan poderosa la voz del hombre para la mujer que le ama, que ninguna otra oye cuando ella suena.

-¡¡Qué fatuidad!!

-No es fatuidad, Reina, puesto que esto consiste, no en el mérito, del hombre sino en la fuerza de amor que hay en el corazón de la mujer, cual Dios la crió para la felicidad del hombre. Vos no sabéis nada de eso.

-Ni quiero.

-Sois una amazona.

-No, porque no combato; sólo desprecio.

-¡Con eso se gana la gloria! -repuso Genaro.

-¿Con qué, don Teólogo? -preguntó acercándose Marcial.

-¡Con la paciencia! -contestó Genaro.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XIX
Pág. 20 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


A la noche siguiente trajo Genaro la consabida carta para Lágrimas, que Reina tomó y guardó al entregársela Genaro con la mayor indiferencia, aunque rebosaba su corazón de un sentimiento amargo y airado cuya causa no definía, pero que originaba una infinidad de sentimientos contradictorios.

Vehementemente excitada por ellos, se encerró Reina aquella noche en su cuarto, después de haber cortado a tajos y reveses las cabezas a las esperanzas de Marcial, que semejantes a las de la hidra, volvían tan luego a nacer, y a imitación de las plantas brotaban más lozanas después de podadas. Sacó Reina la carta de la faltriquera de su vestido, y la tiró con desprecio sobre la mesa. Notó entonces que la carta no estaba cerrada y se paró.

Dice el poeta alemán Müllner en su famosa tragedia, La culpa:

«Cuando el mal no es más que pensado, no existe. Si se hace en profundo misterio, sin más testigo que el corazón, aun no existe; y ahí está, ahí está la terrible asechanza del infierno, que es, dar al hombre el poder de ocultar sus maldades pensadas, pues con esto le arrastra a cometerlas en secreto, prometiéndole quedará oculto el hecho, así como oculto quedó el pensamiento.»

Y si sacamos un solemne trozo de tragedia en unas circunstancias sencillas y cuotidianas como las que vamos trazando, es porque hay hechos en la vida, que se califican de naturales y no lo son. El acechar, el leer un papel destinado a otras manos, son hechos que no sólo carecen de honradez, de nobleza y de dignidad, sino que son una culpa, una infamia.

No conocen esto bastante los jóvenes, ni se les inculca lo suficiente. Hay reglas de honor que las madres deberían inculcar a sus hijos con más esmero que el germen saludable que los ha de libertar de una enfermedad mortal: reglas que deberían los niños sacar de las entrañas de sus madres, para nutrir su corazón, como lo hacen con la leche de sus pechos para nutrir su vida. El respeto al secreto ajeno es una de ellas, en cuya observancia no cabe ni puritanismo ni exageración, y que en la juventud, y con colorido de broma, se desatiende, con una ligereza que no admite el asunto, que es grave, y en el que no hay nada indiferente.

Reina arrastrada por un desleal impulso, pensó en leer aquella carta que no era dirigida a ella; la nobleza instintiva del carácter español, a falta de principios fijos y fundamentales, que le faltaban, le hizo rechazar con dignidad esa innoble tentación. Pero volvió, porque estaba sola y la noche aleja testigos; volvió porque la carta abierta no se cuidaba de ser leída; volvió porque aquel papel no podía conservar vestigios de sus miradas; volvió porque el mal espíritu le infundió, quedaría oculto el hecho así como el pensamiento. Reina, no obstante, no se rindió sino a esta sencilla, pero sofística reflexión: Si Lágrimas estuviese aquí, ella que nada me ocultaba, me la hubiese enseñado; le escribiré que la he leído; no se enfadará por eso.

Una vez decidida, se acercó a la mesa, abrió con mano firme la carta, y leyó:

«Como sé que leeréis esta carta, me dirijo a vos, Reina.»

Reina quedó aterrada y confundida.

-¡Insolente! -exclamó indignada-. ¡Qué osadía! Pero ¿qué puede decirme?

«¿Habéis podido creer jamás, Reina, que yo amase o pudiese amar a otra que a vos? He buscado la sombra del árbol encumbrado, para poder así oculto en ella, medir la altura de sus ramas, calar la profundidad de sus raíces esto he hecho.»

-¡Me ama! -exclamó Reina, dándose cuenta de su triunfo, pero no de su profundo goce. Y cual si el papel adivinase sus pensamientos y les contestase, añadía la carta:

«No digo por eso que os amo. Todo en mí, Reina, está sujeto a la voluntad, y sufre su freno. Yo, Reina, como el prudente marino, que no se arriesga en una ensenada hasta saber que no tiene escollos, no os amaré hasta convencerme de que será apreciado y correspondido mi cariño; si lo fuese, entonces, Reina, os amaría como debéis serlo, porque yo solo sé apreciar lo que valéis, y amaros con el amor digno de la que lo inspirase: este sería un amor para el que fuesen pocas todas las facultades de mi ser, todas las fuerzas de mi alma, y corta mi vida entera: porque yo no os quiero por hermosa, como os quiere Marcial; ni por discreta, como os podría querer Fabián; os quiero por difícil de asir como el águila, y difícil de retener como la serpiente; os quiero porque con vos, amar es lograr un triunfo, y perseverar un combate.

»Pero, Reina, con la misma franqueza que os digo esto, añado que no os pido vuestro amor como una gracia, cuando en cambio os ofrezco el mío. No quiero que la mujer que yo ame alce sus ojos para mirarme como Lágrimas, ni que los baje como vos pensáis poder hacerlo hacia los que os aman.»

-¡Esto no se puede leer! -exclamó Reina tirando la carta-. ¡Tal orgullo, tal insolencia, tal osadía!

Reina, cuyas mejillas ardían, cuyos ojos chispeaban de rabia, dio varias vueltas por el cuarto, poniendo su mano blanca y fría sobre su ardorosa frente se soltó su hermoso cabello, que quedó colgando sobre sus hombros como las suaves y brillantes caídas de un manto de terciopelo. Pero al cabo de un rato se volvió a sentar y prosiguió su lectura.

«La mujer que yo ame, Reina, ha de estar a mi nivel y mirarme cara a cara como se miran seres de un mismo valer y de una misma alzada. La mujer que yo ame ha de olvidar el yo, ese yo que lleváis vos por cima de vuestra frente, como lleva su estrella la ninfa que figura la mañana; ese yo, Reina, tiene que palidecer ante el tú, como palidece aquella ante el sol.»

-¡Hácese valer con inaudito descaro ese presuntuoso! -exclamó Reina-; cree merecer más que los otros todos. Pero si es cierto también, -añadió en lentas y sentidas palabras, apoyando su frente sobre su mano-, que vale más. ¿Es orgullo sentir su valer? ¿Es ostentación reconocer su fuerza? ¡Cuántos quieren imitarlo y sólo logran ser ridículos, impertinentes y fatuos! Pelea porque son brillantes y diestras sus armas; mas no por eso ha de vencer, puesto que no quiere gracia, sino triunfo. No sabe aun con quien se las aviene. Amainará o abandonará la empresa.

Al cabo de un rato añadió la joven tan excitada por diversos sentimientos.

-Sí, sí, él sabrá amar como ninguno, sabrá apreciar, embellecer saborear y eternizar el amor que Marcial engulle, y Fabián despilfarra. Es el amor para Genaro un sentimiento, una esencia que concentra, y para los otros es un pebete que disipan en humo.

Reina volvió a coger la carta y leyó:

«No os apresuréis en contestarme ni deis ligeramente un fallo que conmigo, Reina, es indefectible causa para no insistir.»

-¿Qué tal? -exclamó Reina-, volviendo a montarse en su despecho.

«No sea, -prosiguió leyendo-, esa corta sílaba, el no o el sí pronunciado al aire, puesto que no se ha de desvanecer en este como las notas de vuestro piano. Pensadlo bien, no sea que os arrepintáis del sí o que os pese el no.»

GENARO



-Esta carta es un portento de atrevimiento, una obra maestra de insolencia, -dijo Reina casi acongojada-, ganas tengo de llevársela a mi madre. Pero no, no puede ser, le diría que no volviese; más vale hacer como si no la hubiese leído. ¡Jesús! ¡Eso no puede ser tampoco, porque de no haberla leído, debería llegar a manos de Lágrimas, y esto es imposible! ¡Qué perfidia! ¡Cómo con esa carta que me dio abierta me ha colocado entre la espada y la pared! ¡Oh! ¡Ojalá no la hubiese leído!

En todo este monólogo de Reina, en que luchaban un amor enérgico y un orgullo inmenso, no hubo, tal es el profundo egoísmo de estos dos sentimientos un leve recuerdo, una leve consideración para aquella pobre ausente e infeliz criatura, la que entretanto guardaba en su corazón como en un tabernáculo, el amor y la amistad más tiernos y consagrados. Y esto lo vemos escrito y nos conmueve, y lo vemos pasar ante nuestros ojos todos los días y nos deja fríos. ¿Se siente más con los dolores que nos pinta la imaginación, que con los que nos enseña la realidad? Es probable, así como en los sueños son las sensaciones más enérgicas.

Reina no durmió aquella noche, y cuando el alba vino suavemente a despertar a los pajaritos que ante su ventana empezaron uno a uno a darse pitando los buenos días, Reina, pálida y ojerosa, escribía con soberbia y con lágrimas estos renglones al pie de la carta de Genaro.

«Sí, leí la abierta carta, tenía curiosidad de ver el cómo engañaba un falso a una confiada. Tenéis muchas cuerdas en vuestra guitarra, pero ninguna al diapasón de mi voz.»

A la noche, Reina con la cabeza más erguida que nunca, devolvió la carta a Genaro; éste la tomó, se sentó enseguida a una mesa de tresillo, de la que no se levantó sino para retirarse a su hora acostumbrada.

Al llegar a su casa leyó los renglones que había escrito Reina.

-Primera descarga, -dijo-, pólvora doble y bala roja; retirémonos, que una retirada a tiempo aprovecha más que un importuno ataque. Tomemos cuarteles de invierno; mutis.

Genaro dejó de ir a casa de la Marquesa, pasando a pesar de su aparente flema, los días desesperados y rabiando; mientras Reina pasaba las noches llorando y renegando de sus lágrimas.

Algún tiempo después recibió esta una carta de Cádiz, era este su contenido:

«Reina mía de mi corazón. No te he escrito antes porque al llegar aquí tuve uno de mis ataques que me ha tenido a las puertas de la muerte. Aunque he salido de la gravedad, no acabo de restablecerme, porque dice el médico que este pueblo me sienta muy mal; pero es también, a mi parecer, porque no puedo sobrellevar vuestra ausencia.

»¿Qué te diré de mi viaje? Sólo el acordarlo me horroriza. Cuando al salir del río el barco empezó su pugna con las olas; cuando estas vinieron a asaltar sus costados somo para medir su altura; cuando me consideré en medio de esas pérfidas, sin más punto de apoyo que el equilibrio, pensé morirme de angustia, y esto que no estaban soberbias; eran cortas y pequeñas aunque espumosas, y parecían huir del viento que venía de tierra, como una manada de carneros que huye del lobo. Consideraba, Reina, cuán sin misión desafía el hombre a los elementos, y temblé, porque no es la temeridad una virtud, es un exceso. El peligro no se hizo para buscarlo, sino para precaverlo.

»Me decías para animarme, Reina mía, que Cádiz era bonito; tú no lo has visto: figúrate muchas piedras, mucho hierro, casas altas y apiñadas en líneas rectas como filas de soldados, sombrías murallas que miran a los que se acercan, con sus cañones que parecen ojos amenazadores, esto es Cádiz, una cárcel grande rodeada de mar. Como apenas he salido, no he visto aun una suave hoja verde que me recuerde que la tierra cría flores. Sólo en un balcón de la casa de enfrente abre un árbol de pascua deshojado sus rojas flores, que parecen sangrientas heridas en un cuerpo exhausto. Me han dicho que ese arbusto cuando se le hiere desangra y muere; yo creo que perderá también mi corazón toda la suya, por la herida que le ha hecho vuestra ausencia.

»De día me distraigo con mirar a las nubes, aunque se ría esa alegre Flora, a la que envidio su alegría y aun más el estar a tu lado; me embelesan esas surcadoras del cielo, que en él dibujan tan fantásticos cuadros. He observado que entre ellas las hay buenas y malas; las buenas las llama el sol para sí, y se elevan hasta perderlas de vista; las otras las castiga desterrándolas a la tierra en la que caen llorando.

»Pero de noche, Reina, en que no puedo dormir, que la debilidad me ha quitado el poco sueño que disfrutaba, me oprime la angustia el pecho, cual si me faltase el ambiente. Tú, Reina, no sabes lo que es angustia. ¡Ojalá nunca lo sepas! La angustia, Reina, es una agonía del alma, con la que no se cabe en el mundo, y sólo se ansia por el cielo; todo lo causa, pero sobre todo la noche y la mar, y aquí toda la noche oigo un horroroso bramido. Es este tan terrífico, que a veces creo que se rebela la mar contra el poder de Dios que le puso límites, porque sólo blasfemias pueden sonar tan espantosas. Otras veces cuando no está tan brava suena tan triste, que me figuro debe padecer y que se queja, porque abrigue en lo profundo de su seno algún gran dolor, y eso será la causa de que se agite tanto y sean tan amargas sus aguas. ¡Mi pobre madre lo sabrá, pues en su seno yace! ¡Madre mía! ¡Madre mía! Único ser que me ha querido; puesto que tú, Reina, ni él tampoco, me queréis como yo os quiero, y no os reconvengo por eso; el querer como la tristeza y la alegría, son cosas que el sentirlas no penden de la voluntad, y así serían en mí vanos los esfuerzos que hiciese para quereros menos, por tal de aliviar el dolor de la ausencia. Él no me ha escrito, Reina, y ha hecho bien, pues no debo recibir cartas sin autorización de mi padre, y si se la pidiese, no me la daría. Pero tú, Reina mía, ¿por qué no me has escrito? ¿No sabes que aunque me estuviese muriendo, volvería la vida a mi corazón una carta tuya?

»Reina, una cosa te pido, ¡no me la niegues! No estés tan amarga como él, y quiérelo por amor mío: dile de mi parte, que pondremos el porvenir en manos de Dios, y que mientras me quede una esperanza, habrá un punto claro en mi vida, como se ve entre nubes una estrella recordar que hay cielo.

»Ambos están Vds. en mi corazón como dos ángeles que lo sostienen en sus sufrimientos.

»Perdona, mi triste carta, ¿pero acaso concibes, que se pueda no estarlo en la ausencia?

LÁGRIMAS.»



Después de unos días contestó Reina a su amiga.

«Mucho siento, hija mía, que hayas vuelto a tener uno de tus ataques: me hubiese alegrado estar a tu lado para asistirte. Espero que seguirás aliviándote y que te vaya gustando más Cádiz, y algún gaditanito por agradarte a ti, del gusto de tu padre, ya que tan mal le parecen los bolsi-vacíos de por acá.

»No te he escrito aguardando lo hicieses tú, como suelen hacerlo antes los que se van.

»No me hablas casi sino de la mar, y sabes que no debes parar, tu imaginación en esas cosas que te impresionan mal. La mar no es más que mucha agua, muy estúpida, que va donde el viento la lleva, y que a nadie puede ni mojar la punta del pie si no la va a buscar. Más valiera que me dijeses, si has visto al Hércules de la Alameda, tan famoso por lo feo, y si es como me lo he figurado idéntico a tu padre. Cierto sujeto ha sabido, que ese señor ha hablado de él en términos groseros y ofensivos. Como es tan orgulloso, no le habrá hecho gracia, pero como también es muy disimulado, no le ha hecho una arruga la frente.

»La ausencia labra de distinto modo en cada cual. En Marcial ha sido entusiasmándolo tanto por ti, que te llama flor suave, blanca y sin espinas. Si lo deseas o sin que lo desees, te hará un ciento de versos, y hasta diputada, cuando él lo sea. Por mí te lo cedo sin que tengas que darme las gracias: mi querido primo bien podrá llegar a ser diputado, pero jamás llegará a ser disputado. Fabián acaba de llevar un réspice del rector, porque no estudia leyes; se ha consolado con componerle una meditación a la pereza. No olvida la perla, ni Flora tampoco, y dejan de reír para hablar de tu ausencia.

»Mi madre, D. Domingo, y sobre todo yo, nos acordamos de ti con mucho cariño. Adiós, cuídate mucho, y no des memorias a tu padre.

REINA.»



¡Qué lectura para la pobre niña para la cual era esta carta el único lazo que unía su corazón a la vida! ¿No existen, se decía después de haberla leído, son ilusiones el amor y la amistad? No, no son ilusiones puesto que los siento en mi corazón. Pero si existen en ellos, ¿se expresan acaso así? No dice que han sentido mi ausencia, ni él ni ella... ¡No dice que desean verme! Su tono burlón y chancero de siempre; lo veo, mi ida no ha dejado allá vacío, ni mi presencia huellas. ¿Por qué no me querrá nadie a mí? ¿Es culpa mía? ¿Es culpa de ellos? ¿Es que no lo merezco? ¿Es mi suerte? ¿Es una maldición? ¡Es una herencia! -añadió estremeciéndose al oír en el patio la voz de su padre, que despedía con aspereza a un pordiosero.

Lágrimas se asomó al barandal del patio y vio a la pobre negra estúpida que la había criado que su padre le había dicho había vuelto a América, pero que en realidad por vieja r inútil había echado a la calle, la que apoyaba una mano en su muleta y extendía la otra hacia su amo, pidiéndole con angustia socorro.

-¡Francisca, Francisca! ¡Pobre Francisca! -gritó Lágrimas-, ¡aguarda, aguarda!

Pero en aquel momento cerró su padre con estrépito el portón.

Era tal la timidez de Lágrimas, y el terror que tenía a su padre, que no se atrevió a insistir en ver la negra, y huyó a su cuarto en el que le dio una fuerte congoja.

Cuando se hubo serenado, llamó a un galleguito que hacía los mandados, y como no tenía dinero, porque jamás se lo pedía a su padre y que éste no era hombre de dar espontáneamente, le entregó unos zarcillos de oro que habían sido de su madre, para que se los diese a la negra, con el fin de que los vendiese y se socorriese con su importe. Como apenas comía la pobre niña, guardó y enviole su almuerzo con el muchacho a la infeliz negra.

-La señorita almuerza mejor, -decía la criada a D. Roque-, me parece que se va reponiendo; -con lo que vivía tranquilo el tierno padre, y así, aunque la pobre niña, que rara vez podía acostarse, pasaba sus noches sentada en una butaca, aunque estaba tan delgada que sus huesos parecían querer traspasar el fino y blanco cutis que los cubría con un holán, aunque el médico repetía era urgente sacarla de Cádiz, D. Roque respondía: veremos.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XX
Pág. 21 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


JUNIO, 1848.

-¿Una carta? -Decía Genaro a Marcial, al verlo esconder lo más visiblemente que pudo un papel-. Feliz mortal, si una esperanza se te marchita, otra florece; apenas tu entusiasmo amistoso te ha arrebatado una conquista a medio cuajar, cuando van saliendo otras del cascarón como pollos piando; ¡qué estrella tienes! Es una gallina sobre huevos.

-Esto daría materia a Azais para añadir un capítulo más a su obra sobre las compensaciones, -opinó Fabián.

-Ya salió lo francés, -dijo Marcial-: manso Dauro, estoy para mí que le envidias su posición al Bidasoa. Y ya que hablamos geográficamente ¿sabéis que estoy componiendo una geografía poética para enseñarle esta ciencia a Reina, que no la sabe, ni la conoce, ni la aprecia, ni la admira?

-¿Y será acaso medio en prosa, medio en verso, como Dumoustier enseñó la mitología a Emilia? -preguntó Fabián.

-No, no plagio yo a nadie, soy original, a punto de merecer como escritor, este distintivo exclusivo, como lo lleva el pecado de Adán. Queda bueno para ti, Dauro de afrancesadas aguas, el plagiar a Paul de Kock ángel del silencio.

-¿Qué estás diciendo, Marcial? -exclamó Fabián soltando una carcajada.

-Nada, nada, padre Dauro, sino que no se me da gato por liebre.

-Vamos, Marcial, danos una muestra de tu geografía poética, -dijo Genaro-; si la imprimes cuenta con mi suscrición. Empieza por España nuestra patria.

-Pues oid, escuchad, atended y enteraos. La España es una ninfa.

-¡Hola! -dijo Genaro.

-La pintarás en las astas del toro señorito, como la otra ninfa Europa en las astas del toro Júpiter, -añadió Fabián.

-Calla, manso Dauro, cántale la nana a tus aguas, y no me distraigas. Esta ninfa morena y garbosa tiene por cabeza a Cádiz, por corazón a Sevilla, y por estómago a Madrid.

-Muy bien, muy bien, -dijo Genaro, ¿y dónde dejas tu residencia?

-¿Queréis callar, o callo yo? -repuso impaciente Marcial-. Cataluña es su mano derecha, Galicia la izquierda, que es menos diestra. La Sierra-Morena es un cinturón del que pende Granada, que es un hermoso alfanje moruno cubierto de pedrería. Valencia es un ramo de flores y cintas con que se adorna su lado derecho. Toledo la escarcela sobre la que está estampado en oro su escudo de armas. Los Pirineos, la verde guirnalda que guarnece su túnica. ¿Es esto o no, darle un colorido poético aun a las ciencias más positivas? Esto es la mnemónica que sacaron los alemanes a bailar (pero que por lo visto no ha bailado más que una alemanda), afianzar en la memoria las ideas por signos: se apellida así por derivar el nombre de Mecnosine, diosa de la memoria, madre de las musas y...

-Toma aliento, Marcial, que peligran tus pulmones, -dijo Genaro-: sigue tu curso de geografía y deja a los alemanes que por lo presente están reñidos con las musas, las ciencias y la cordura, y dinos qué es Gibraltar de la ninfa?

-Un cáustico en la cabeza.

-¿Y Portugal? -preguntó Fabián.

-Portugal, Portugal, -dijo Marcial-, no me había acordado de Portugal. Portugal es su joroba. Basta de geografía, -añadió-, que tengo que salir y se me va pasando la hora. Caspitina, cerca de las doce; con el curso de geografía se me ha ido el tiempo, y media cara que me queda que afeitar.

Marcial cogió con denuedo la navaja de afeitar, dándose tajos y reveses en su soplado carrillo.

-Pero, vamos, -le dijo Fabián-, ¿a qué andas con tapujos? ¿De quién es esa carta?

-Mía.

-Lo infiero, pero ¿quién la escribió?

-No ignoras, puro y manso río, que el honor obliga a veces a ser reservados a los hombres, aun con sus más íntimos.

-Sí, pero tú lo has dicho: tú, Genaro, y yo, somos tres unos que formamos un solo tres, como en la cartilla.

-No puede ser, no me dejo arrastrar por tu suave corriente, Dauro. Punto, pues, si sois mis amigos.

Acabose de vestir Marcial, se puso un frac y dejó el gabán, con el que había entrado por la mañana, rodando sobre una silla según su loable costumbre; se estiró el chaleco, encasquetó el sombrero y salió.

Apenas había vuelto la espalda, cuando Genaro, que había observado cuanto había hecho, y notado que había dejado olvidada la carta en el gabán, se levantó, corrió a la silla en que estaba, sacó la carta y leyó.

«Querío Massial: -La pejiguera de mi tía, no me eja ni a sol ni a sombra; pero mañana por la mañaita, como que es sábao, se va su mercé a jofifar la escalera en ca D. Luardo el meico, Asina poé verte a las oce en la plazuela de los Trapos; tráete algo que meter bajo los olientes, más que sea un bizcocho de Mallorca, que si tú tienes capricho como ices por mí, yo lo tengo por ellos. Abú, real moso. Dios te dé lo que te falta.

SALÚ.»



Apenas concluía Genaro de leer la esquela, cuando se oyeron en la escalera las zancajadas apresuradas de Marcial, que venía subiendo. Volvió Genaro a guardar la esquela en el bolsillo de que la había sacado, y se sentó gravemente en la mesa, en la que siguió escribiendo.

Entró Marcial con estrépito, acelerada la respiración, y fijó en sus amigos una mirada escudriñadora.

Viendo a Genaro, que tenía de cara, impasible, se serenó y se dirigió hacia la silla en que estaba su gabán.

Mientras sacaba de la faltriquera la carta cuyo olvido lo había hecho volver con tanta precipitación, murmuraba.

-¡Las doce y media! Entre estas y las otras he perdido media hora. ¡Inexacto a una cita! Es esto poco galante, poco delicado, poco caballeresco y poco juvenil.

Entretanto, Genaro había hecho una seña a Fabián, ambos se habían salido silenciosamente del cuarto y habían cerrado la puerta por fuera.

-Vamos, jóvenes, abrid, -dijo Marcial-, no es sazón de bromas, que tengo prisa.

-Si no necesitas salud, hombre, que te sobra, -dijo Genaro desde el lado de afuera.

-Vamos, vamos, Genaro, zorra sutil, taimada, astuta y socarrona, abre que me haces mal tercio y comprometes mi formalidad, exactitud, puntualidad y galantería.

-Ya es tarde, Marcial, -dijo Fabián-, y para poca salud, más vale ninguna.

-Fabián, Fabián, traidora y profunda agua mansa, abre, abrid, que me incomodo de veras; no seáis los perros del hortelano.

-No hay perros del hortelano; Genaro ha ido a avisar a tu Ariadna que no viene Teseo, pero que no le faltará un Baco.

Al oír esto Marcial, furioso se puso a patear y a dar voces y golpes en la puerta.

Fabián se esquivó, y cuando la patrona acudió al oír el estrépito, y mandó abrir la puerta, por deprisa que corrió Marcial a la plazuela de los Trapos, halló muchos de estos; pero en cuanto a prendas de más valor, no había ninguna.

Aquella misma noche decía la alegre Flora a Reina:

-Te contaré una cosa muy graciosa que me ha contado mi hermano, que la sabe por Fabián. Hoy a las doce parece que tu fidelísimo y consecuente apasionado Marcial, tenía una cita amorosa con una locuela de medio pelo. Lo supieron Genaro y Fabián, lo encerraron, y la linda alhaja de Genaro fue a consolar a la citadora cursi de la ausencia de Marcial.

Reina sintió al oír esto tan punzante dolor, y tal movimiento de ira, que se te llenaron los ojos de lágrimas. ¡Qué infamia! -exclamó.

-No, mujer, -dijo Flora-, no seas tan acerba: calaveradas, falta de buenas costumbres, inmoralidad, chabacanerías, pero no exageres, infamia no.

-¡Ah! ¿Y tú no crees infame, vil, criminal y bajo, revolcarse en tales inmundicias, tales lodazales, y luego venir a decirnos que nos quieren? Atreverse a pretender que los amemos, brindarnos un corazón en el que tiene parte una rabanera, es infame, te digo.

-Mujer, -repuso Flora con extrañeza-, ¿quién había de haber pensado que te interesases tanto por Marcial, a quien de continuo estás haciendo burla? Vamos, que no se puede uno fiar de las apariencias masculinas y femeninas. Si lo hubiese sabido no te lo habría dicho.

-¡Corazón perverso, y costumbres disolutas! Es completo, -murmuraba Reina.

-¡Quién había de haber pensado que te interesaba Marcial, Reina!

-Flora, por Dios. ¿Quieres callar?

-¿Prefieres al coronel Astorga que tan enamorado está de ti? Es por cierto un buen mozo.

-Calla, Flora, es un uniforme metido en un uniforme; cuando me habla, siempre oigo tambores.

-¡Vaya con la delicadita de gusto! Vamos, que el predilecto será el marqués de Navia que tu madre recibe tan bien.

-Es un tonto forrado en fatuo.

-Espero que no recaerá la preferencia en Fabián, pues en ese caso preciso sería recurriésemos al verdugo de Salomón.

-No, no, Fabián te quiere a ti, es decir, te quiere todo lo que puede querer un poeta.

-¡Oh! No hay cuidado, hija mía, -dijo riéndose Flora-, que nos engañamos mutuamente. Si él me prefiere la musa, yo le prefiero un buen novio, como te lo probaré, el día que se presente. ¿Y Genaro?

-Es un monstruo que abomino, -exclamó Reina

-Vamos, amiga, que el que habla mal de la pera...

-Si esa pera hubiese sido manzana del paraíso, y yo Eva, es cierto, Flora, que habría perdido su tiempo la serpiente.

En este momento se acercaron Marcial y Fabián.

-Dígame Vd., -le dijo Flora- ¿qué se ha hecho de Genaro, que tantos días ha que no vemos?

-Genaro es un arcano, -respondió Marcial-; se mete en sí mismo, es decir, está ensimismado. A veces creo que posee el sombrero de Merlín, así como posee su saber y sus picardías.

-Siempre que vamos a casa lo hallamos estudiando, -añadió Fabián. Además padece, y está de mal humor; le están saliendo las muelas del juicio.

-¿Te han salido a ti, primo? -preguntó Reina con mal humor a Marcial.

-Si me saliesen me las arrancaría, -contestó éste-, que seguía en la ilusión que a las bellas les hacían gracia los calaveras, y perseveraba en tomar por modelo a D. Miguel de Mañara.

-Apuesto, -dijo Flora-, que Genaro no viene, porque tendrá la cara hinchada y estará feo.

-¡Feo Genaro! -exclamó Marcial-, ¡oh, qué suposición! ¡Genaro feo! ¡Genaro el Antinoo extremeño, el Narciso que se mira en las aguas de la fuente del Abanico! ¡Qué suposición! ¡Qué suposición! Flora, en su vida se la perdona a Vd. el Adonis maquiavelesco. Genaro, como la luna en su menguante, no perdería nada de sus encantos por tener una mejilla más abultada que la otra. Predigo a Vd., Flora, que al saber la extraña suposición de Vd. dejará sus recuerdos amorosos, y pasatiempos estudiosos, para venir a probar a Vd. que su bien parecer, hermosura, bonitura y belleza, están a prueba de bomba y de hinchazones.

-¿A qué dices todo eso, Marcial, -dijo Fabián-, si las mejillas de Genaro están sin novedad como las patrullas, y sin las menguantes y crecientes de la luna?

-No lo creo, -dijo Flora.

-¿Aunque yo lo asegure? -preguntó Fabián.

-Aunque lo asegure el obispo. Mientras no me desengañe por mis ojos, he de creer que está hecho, Genaro, un Quijote a la derecha, y un Sancho a la izquierda.

Toda esta disparatada conversación, en la que Flora procuraba evidentemente que volviese Genaro a la tertulia, le fue repetida por sus amigos; él, que no deseaba sino un pretexto para volver en casa de la Marquesa, fue a la noche siguiente. Pero siguiendo la táctica que se había propuesto, sólo saludó a Reina, y se alejó después de haber trocado algunas bromas, con Flora, sobre la dolencia, con la que lo gratificaba.

-No se apresuraría tanto ese presumido de Genaro, -dijo Marcial- en vindicarse de algunas de sus muchas picardías como se apresura en probar que su carita sigue sin novedad en su importante hermosura. Pero, Reina, ¡qué distraída estás! ¡No hay quién te saque una palabra!

-Tengo un humor de ministro de Hacienda.

-¡Ya! ¡Cómo que todos te piden audiencia!

-Y que a nadie quiero darla.

-Ven, Genaro, -decía Fabián-, ven para que Reina se convenza que no dejabas de venir por desfigurado, como opinaba Flora.

-¿Conque también Reina creía que yo no venía por esa causa? Eso es atribuirme un excesivo deseo de parecer bien que no tengo, -dijo Genaro.

-Es una suerte, -respondió Reina-, no abrigar deseos que no siempre son realizables.

Por una de esas casualidades siempre propicias a los amantes, un amigo suyo llamó en este instante a Marcial, y Genaro ocupó su asiento al lado de Reina.

Arribos hacían heroicos esfuerzos para parecer serenos.

-¿Habéis pensado vuestra respuesta? -preguntó Genaro tan bajo, que apenas Reina lo oyó.

-¿Pues qué, -contestó ésta-, acaso no la he dado?

-Aquello no era respuesta, Reina, era un brote de coraje, al ver que había adivinado que leeríais mi carta. Os decía, que tomaseis tiempo para decidiros, por consiguiente, no podía tomar aquella tremenda por una respuesta.

-Pues la tremenda era respuesta, o la respuesta era tremenda. No hay otra, que a mí no se me impone tiempo para nada, pero menos que nada, para contestar; una respuesta me ahoga.

-Reina, Reina, por soberbia, por orgullo nos vais a hacer a ambos desgraciados. Pues qué, ¿os placen sólo aduladores? ¿No queréis si no rendidos a vuestro desdén, y no sabéis apreciar al hombre que se rendirá al amor sí, a la altanería no?

-Pero si no os quiero, -contestó Reina en voz trémula.

-¿Y por qué no, Reina?

-Porque no quiero quereros, y que yo también obedezco a mi voluntad.

-¿Conque es sólo porque no queréis, que no me amáis?

-Aunque fuese sólo por eso, ¿os parece poco?

-Me parece mucho, porque la terquedad es un enemigo inatacable.

-¿Conque es terquedad?... ¡Pues está bien!

¡En vos, sí, Rema, así como en mí, no es sino la prudencia que está como el ángel ante la puerta del paraíso, hasta que me abráis.

-Haríais un infierno del paraíso.

-No pensáis lo que decís, Reina; cual la frondosa y lozana vid que no se podó jamás, necesitáis un sostén, pero de tal fuerza que no lo quebréis; este vos sola le podéis elegir y graduar su resistencia.

Y después de un rato de silencio añadió, mientras sus manos temblaban y el pecho de Reina se agitaba.

-Reina, Reina, ¿a qué batallar contra la corriente que nos arrastra, si nos conduce a la felicidad?

Reina calló.

-Decidid nuestra suerte, Reina; en breve seré graduado, parto enseguida para Madrid, y me veis por última vez esta noche si me rechazáis.

En este momento se acercó Marcial.

-¿A que me estabas guardando el asiento? -le dijo a Genaro; porque si bien eres un Maquiavelo en capullo, eres también un Pilades en flor.

-¿Vuelvo mañana? -pregunto Genaro a Reina levantándose.

-No, respondió Reina con vehemencia como despertada por un funesto recuerdo, y olvidando toda delicadeza y recato, -añadió con indignación-, ¡no! Que mejor emplearéis vuestro tiempo en ir a consolar ausencias de Marcial.

¿Por qué una miserable intriga causaba más celos a Reina que el suave y puro recuerdo de Lágrimas? Dícese en teoría que no es así, y que los celos son profundos y punzantes, cuando son causados por entes superiores capaces de inspirar sentimientos ideales. No hay tal. Los celos, como todo lo que es pasión, tienen su esfera terrestre en que se debaten con otras pasiones cual ellos agitadas y pasajeras. En el cielo, que es la mansión del amor ideal y perfecto, hay jerarquías y ángeles más cercanos a Dios que otros, y no hay celos.

Genaro al oír a Reina se había levantado con aire radiante, y volvió trayendo del brazo a D. Domingo de Osorio.

Cierto es que formaban un bello contraste el elegante y airoso joven, con su negra y ensortijada cabellera, su porte garboso y suelto, con el despacioso anciano que llevaba sus años y sus canas honrándolas como el militar sus cicatrices, como el vino su calidad, como la encina sus coposas ramas.

-Don Domingo, -le dijo Genaro-, ¿no es verdad que ayer tuvo Vd. la bondad de llevarme a las doce y media, según me había ofrecido, en casa de su amigo en señor canónigo C.*** para ver su hermosa colección de cuadros? Reina no quiere creerlo.

-Sí, por cierto, -respondió D. Domingo-, ¿y por qué no quiere Reina creerlo?

-Porque afirma que no tengo suficiente paciencia para estar dos horas viendo cuadros.

-Pues se equivoca mi niña, -repuso D. Domingo-; por cierto que sois muy inteligente. Mucho tiempo estuvo parado delante de una Judit que decía se parecía a ti, Reina

Reina, durante esta conversación, había sentido tan intensa alegría, que su cara, habitualmente pálida, se había puesto rosada como la vida.

-¿Vuelvo mañana? -dijo Genaro al entregarle el pañuelo que se le había caído, con una mirada de ansioso deseo.

Reina afectó no oír.

-Pero por más que Vd. diga, -prosiguió D. Domingo-, no es de Villavicencio esa Judit.

-Será de Morales, -respondió Genaro-, volviéndose a Reina, ¿le gustan a Vd. las pinturas? -preguntó, añadiendo sólo con el movimiento de los labios y la expresión de los ojos, ¿vuelvo mañana?

-Me gustan, -respondió distraída y fatigada Reina.

-¿Desde cuando acá, niña mía? -preguntó D. Domingo-, ¿no decías que las odiabas y que te parecían almas en pena?

-Es que a Reina le gustan las almas en pena, -observó Genaro.

-¿De dónde sacáis eso? -preguntó ésta.

-De que no me sacáis de este purgatorio, Reina, -respondió a media voz Genaro-, ¿vuelvo mañana?

-Esa Judit es de Alonso Cano a no dudarlo, Genaro, -decía D. Domingo.

-Es de la escuela de Murillo evidentemente, Don Domingo, es su colorido; volveré a verla, ¿y acá vuelvo, Reina?

-Decididlo vos.

-No entro en parte alguna donde hallo la puerta cerrada, Reina.

-Pues -yo no abro a nadie.

-¿Sabe Vd., Genaro, cuánto daba un inglés por ese cuadro? -dijo D. Domingo.

-¿Por qué cuadro? -preguntó Marcial.

-Por una Judit que tiene C.*** que se parece a Reina, daba mil libras.

-Si se parece a Reina vale mil arrobas, -repuso Marcial-. Si esa Judit fiera, añadió acercándose a Reina, eras tú, la cabeza que lleva del hombre que asesina, sera la mía.

-¡La cabeza de Holofernes! -exclamó Flora que lo había oído, soltando una alegre carcajada-, ¡qué extraña pretensión, Marcial!

-¿Y quién le dice a Vd. que el general de los Asirios no fuese buen mozo? ¿Había acaso entonces daguerrotipos para que se conserve un tipo exacto, perfecto, auténtico, idéntico y genuino de su físico?

-¿Vuelvo mañana? -decía entretanto Genaro a Reina.

-¡Qué terco! -contestó ésta.

-Terco no, precavido sí.

-¿Te vienes, Genaro? -dijo Marcial, -que ha rato dieron las doce campanadas que marcan el fin de la vuelta del cuadrante.

-Siempre tenéis el reloj en la mano como el feísimo viejo que figura el tiempo, -dijo Flora.

-En la mano no, -repuso Marcial-, en la cabeza como la Giralda. Buenas noches, Flora, séaos la noche ligera como os lo son vuestros días: que descanses, Reina. ¡Dichoso el mosquito que te quite el sueño!

-Tengo mosquitero, primo.

-No basta, Reina, -murmuró Genaro-, es preciso un mosqueador para este enjambre. ¿Cómo estará la puerta mañana?

-Entornada, -dijo Flora-, nada hay mas pesado en este mundo que una terca, a no ser un porfiado.

Reina puso su pañuelo ante su boca para disimular una sonrisa, la que brilló en sus ojos y no se ocultó a Genaro, que al verla pensó con júbilo: victoria.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXI
Pág. 22 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


Fácil es el colegir que con razón cantaba Genaro victoria. Reina se rindió al sentimiento que la dominaba, con toda la postración del que ha perdido todas sus fuerzas en una larga y sostenida lucha. Este amor vehemente en esa Reina, tan altiva, que tenia a menos todo disimulo, tan intenso en Genaro que se gloriaba de él, no fue en breve secreto para nadie.

La Marquesa antes que todos lo conoció y vio confirmadas sus sospechas. Llamó a su hija, y le hizo serias reflexiones: le hizo ver las ventajas del enlace que para ella tenía proyectado con el marqués de Navia; le habló de Marcial, de su brillante porvenir y buen carácter; pero nada de cuanto le dijo su madre pudo, ni por un momento, conmover la firmeza de Reina. La Marquesa exasperada le prohibió hablar a Genaro, lo que despertando en éste todo su orgullo, movido tanto, por este, como por cálculo, al primer desaire que recibió, dejó de ir a la casa.

Pero todo esto pasaba desapercibido de Marcial, el que aunque pretendía ser celoso como un Petrarca, se ocupaba tanto de sí, y tenía tan buena fe, que bien podían pasar ante sus ojos carros y carretas sin que en ellos fijase su atención; así seguía impasible en sus pretensiones con su prima. Fabián, que quería mucho a Marcial, y padecía al ver su obcecación, determinó disuadirlo de persistir en ella y abrirle los ojos acerca de los amores de Reina y Genaro que nadie ignoraba. Pero si había una empresa difícil en este mundo era esta, la de persuadir a Marcial que su prima pudiese preferir a otro. Ya hemos dicho que su amor propio lo cegaba en punto a no ser querido de Reina, y su buena fe en punto a que Genaro fuese capaz de hacerle mal tercio.

Una mañana en que había salido Genaro, y que estaban Marcial y Fabián reunidos en el comedor para almorzar, fue la ocasión que aprovechó Fabián para su difícil empresa.

-¿Qué quiere Vd. almorzar, señorito? -preguntó la criada, que era una lugareña sin desbastar, con sus naguas de bayeta y su castaña.

-No quiero más que chocolate, -respondió Fabián.

-¿Y Vd., señorito Parcial?

-Tráeme dos o tres posturas del ave doméstica con otras tantas lonjas de jamón, -respondió Marcial.

La criada no se movió, y miró a Marcial con la boca abierta.

-Mira, -le dijo éste viendo que no se movía-: un predicador muy elocuente que predicaba por primera vez, se le fue el santo al cielo, y se quedó en la misma garbosa facha que tú ostentas. Su padre, que era genovés, se hallaba entre los concurrentes frente al púlpito; viendo a su hijo tan cuajado y tan ojiabierto, como yo te estoy viendo ahora a ti, le dijo a voces: ¿e purqué te paras? Aplica el cuento.

-Señorito, -repuso la criada-, es que no entiendo a Vd.

-Pues ven acá fregona no ilustre, ¿no sabes lo que es ave?

-Jesús, sí señor, ¿pues no he de saber? Y qué es gracia plena.

-Ave, en la lengua y sentido en que hablo, quiere decir gallina, ¿estás?

¡¡¡Gallina!!! -exclamó la mujer.

-Sí. ¿Sabes tú, desdoro del bello sexo, lo que es postura?

-¡Vaya! Pues no he de saber, si era yo la que amasaba en ca mi amo.

-Postura es, ¡oh tú! Mínimum de los alcances humanos, lo que se pone. La gallina pone un huevo, ¿no es así?

-Sí señor, cuando no están cluecas.

-Pues bien, una postura de gallina que no está clueca como tú, será un huevo, ¿no es así? No te detengas pues asina perpendicular, pon en movimiento acelerado tus dos lanchas cañoneras pedestres, que mi estómago no gusta sentirse hueco como tu mollera, ni vacío como tu cráneo.

La criada, que medio entendió, se fue diciendo:

-¿De qué tierra será el señorito Parcial que tiene el habla atravesada?

-Oye, Marcial, -le dijo Fabián cuando estuvieron solos-, yo te quiero sinceramente, porque con todos tus defectos eres honrado, bueno, y tienes un corazón sano y leal.

-Puedes lisonjearte, manso Dauro, que te pago, te aprecio, distingo, estimo y protejo. Esto que digo no es caudal de voces, sino riqueza de sentimientos; pero a mí pega el decir que te quiero a pesar de tus defectos: tú podrás decirme a mí, me quieres a pesar de... mis vicios. Por ti, futuro Meléndez, y por Genaro, ese Maquiavelo en ciernes, pasaría por el fuego como una salamandra, y por el agua como una balandra.

-Pues atiende, Marcial; como tu verdadero amigo que soy, me intereso en que no hagas un papel ridículo.

-¿Qué quiere decir que yo no haga un papel ridículo? -exclamó Marcial, ¿gradúas tú, inocente, la cosa posible?

-Todos en este mundo podemos alguna vez hacer un papel ridículo: tú como yo, yo como tú.

-¿Yo? Vamos, manso río, tus cristales e ideas, están hoy turbios. Hablemos de otra cosa si no quieres que crea que tus aguas quieren tornar hoy una mala dirección y no seguir su curso apacible. He recibido dinero. ¿Quieres mil reales en calidad de no reintegro? Entre amigos...

Gracias, hijo mio, no se trata de eso, sino de abrirte los ojos, Marcial, y decirte que estás haciendo un triste papel, y no quiero que lo hagas.

-Padre Dauro, no puede ser por menos, de que hoy en lugar de agua clara murmulle en tu cauce el jugo de la cepa. Y ahora que me acuerdo, ¡Mari Tornes, Mari Tornes!

Viendo que la criada no parecía, Marcial a estilo de fonda se puso a dar golpes con un cuchillo en el vaso.

-Émula del caracol, que cruzas tus brazos y te pones al sol, en lugar de servir a la mesa y copiar a Ganimedes, ¿por qué no vienes cuando se te llama? ¿no tienes esas orejas mayúsculas sino para ponerte en ellas zarcillos cínicamente falsos? ¿No me oías, linterna de malhechor?

-Ya se ve que oía, ¿quién no había de oír la voz de Vd., señorito, que parece el bombo de la tropa? Pero como no me llamo Mari Tornes, pensé que asina se llamaría la vecinita de enfrente, y que la estaría usted llamando para saber de las flores que me mandó llevarle su mercé.

-Calla, imprudente Mercurio, más te valiera ser muda que no sorda, anda, fámula inactiva, y tráeme el precioso don de Baco, pero que no sea del de por aquí, sino del de Sanlúcar, manzanilla.

La criada se quedó de nuevo parada.

-¿Qué haces, poste inamovible, statu quo humano? ¿Por qué no me traes el néctar de Baco?

-Señorito, por amor de María Santísima, hable su mercé claro.

-¿Pues que, no sabes quién es Baco, incivilizada cortijana?

-No señor; ¿a la fuerza he de conocer a todo hijo de Cristo?

-Pide vino, -le dijo Fabián a la criada.

¡Acabáramos! -murmuró ésta al salir.

-¡No saber mitología! -dijo Marcial-; la cosa más vulgar, más conocida, sabida y manoseada! Bien dice Tiburcio, ese flaco, delgado, demacrado y enteco amigo, que estamos atrasados.

-Marcial, -dijo Fabián-, te lo he de decir aunque no quieras oírlo. Reina y Genaro se querían y están de acuerdo; todo el mundo lo ve, lo sabe, extraña tu ceguedad en no conocerlo, y censura tu pertinacia en persistir en tus pretensiones visiblemente rechazadas.

Marcial se echó a reír.

-También, -dijo-, me quisieron Vds. hacer creer que se inclinaba Reina a Tiburcio, y que lo llamaba Antony, y ella me ha dado después las más completas satisfacciones, llamándolo cursi, abatido y abollado.

Siento que así clasifique a mi amigo; pero su culpa es ¿por qué se metió a competir conmigo?

-Y ¿quieres comparar a Genaro, que es la flor y la nata de la legión de Hebe, como tú dices, con ese feo, ordinario, grotesco y necio Tiburcio?

-Es verdad que uno tiene tanto debajo de tierra como el otro encima; pero sin compararlos, te digo que ni el uno ni el otro, ni tú, el más manso de los ríos, ni San Quintín, que, dio su nombre a una sangrienta batalla, como un río te lo ha dado a ti, hacen mal tercio a Marcial, ni hay quien usurpe su puesto al hijo de mi padre.

-Pero ¿Reina, acaso te ha dicho que te quiere? -preguntó Fabián.

-No precisamente; pero vamos a ver, Fabián, ¿a ti te puede caber duda que pueda no quererme?

-¿Acaso eres doblón de a ocho, Marcial?

-Soy doblón de a ochenta, padre Dauro.

-Pues hijo mío, Genaro lo será de ciento, porque lo cierto, es, que él es el preferido.

-¿Preferido? Vamos, Dauro, hoy en lugar de reflejar tus cristales el cielo sereno, reflejan nubarrones confusos; párate, obcecado, compara; Genaro, es guapo chico, no digo que no, pero su cara de ochavo segoviano, ¿puédese comparar a la mía de estatua ecuestre?

-Estatua colosal querrás decir.

-Calla, manso río, hiélate como el Elba, mientras hablo yo... sigamos; Genaro no es tonto, eso no; pero no lucirá como yo en el Senado y en el Congreso, le falta verbosidad y elocuencia, voz y aplomo. Es de buenos pañales, eso sí, pero de casa pobre, y segundón, yo...

-Adelante, Marcial, que sé de memoria tu alcurnia y el estado del caudal que has de heredar; te compondré un drama que se titulará: Marcial con tierra y sin novia.

-¿Quieres, -prosiguió Marcial enfuncionado-, comparar su cuerpo frelo como tú dices, empeñándote en españolizar voces francesas, con mi estatura, musculatura, mis anchuras, que son las del bello tipo del gladiador, las de un Alcibiades como se ven en el Circo?

-Alcides,- rectificó Fabián.

-Alcibiades, -afirmo Marcial-, el brillante y hermoso discípulo de Sócrates, que es el tipo y modelo que me he propuesto imitar. Lo primero que haré cuando vaya a mi pueblo será cortarle la cola a mi perro; era él, voluptuoso, filósofo y guerrero; haré una variante, seré voluptuoso, filósofo y político; era él galán en Atenas, sobrio en Esparta; yo seré galán en Sevilla, sobrio en Badajoz.

-Vamos, Marcial, no te entusiasmes por Alcibiades y contráete. Dando por de contado todas tus ventajas sobre Genaro, riada probará esto, sino que Reina tiene mal gusto, peor elección, reflexiona poco y no es interesada; pero no por eso es menos cierto que tienes que cantar con Espronceda:

Las ilusiones perdidas
son las hojas desprendidas
del árbol del corazón.


-No lloro, ni con Espronceda, ni con Jeremías; tú los demás veis visiones. Tú, manso río, ostentas imitación del golfo de Nápoles una Fata morgana, en la que todo se ve al revés: que me prefieran a mí, a Genarillo no lo creería aunque me lo dijese la misma Reina.

-Bien sabía yo, -dijo Fabián-, que sería difícil el convencerte, y por eso no he querido intentarlo hasta tener una prueba auténtica; pero ya que lo que dijera Reina no pudiese convencerte, ¿tampoco lo logrará lo que la propia Reina escribiese de su puño y letra?

-¿Cómo de su puño y letra? -preguntó Marcial bajando el tono.

-Con esta esquela que ha dejado Genaro en un libro que leía.

Marcial arrebató de las manos de Fabián la esquela que habla sacado y leyó:

«¡Genaro, Genaro! No persistas en no venir, si no quieres que me desespere. Ven, de rodillas te lo pido, sufre por amor de mí, el mal gesto de mi madre; pronto cederá, conoces mi ascendiente sobre ella. Pero si no cediese, no desconfíes como me lo dices, que decidida estoy a que me saques por la Iglesia, y a ser tu mujer y tu esclava. Ven esta noche con Marcialote, y mientras éste saluda a mi madre, podrás meter tu respuesta entre los papeles de música.»

-¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! -dijo Marcial al terminar la lectura sin dejar de fijar la vista en la esquela, haciendo con la copa que tenía en la mano una libación a las Euménides; ¡hola! Conque mientras yo saludo a la madre, ¿eh? Que la salude el demonio. ¡Pérfido amigo! ¡Zorra sutil si las hay! ¡Maligna, dañina, traicionera! ¡Falsa mujer, agria y desabrida media naranja! ¡Vaya, vaya! ¡Por eso recalcaba tanto el primo cuando me nombraba! Esto es una traición, una villanía, una alevosía, una usurpación en él: en ella un pésimo gusto. ¡Y qué carta! ¡Qué carta! ¡Es un tapiz, una alfombra, un tapete, un felpudo! ¡Esta es la desdeñosa, la varia, la orgullosa y altiva! ¿Lo concibes, Fabián?

-Sí, -dijo Fabián-, porque esta es la suerte de todas las altivas: Regla general, Marcial, ninguna más sumisa que las altivas en las que un orgullo personal embota la dignidad mujeril. No hubiese escrito la suave y modesta Lágrimas una carta así; no, la mujer suave y amante, sufre, calla y muere, pero no se degrada, y esa carta es degradante, Marcial, escrita por una mujer como Reina.

-Por supuesto que lo es, -exclamó ese-; si hubiese sido dirigida a mí, anda con Dios; pero a ese cazurro, a ese trucha; es una pifia, un rasgo de locura humilde, y así conmigo se ha desprestigiado; esa Reina ha bajado de su trono, esa diosa de su Olimpo y esa santa de su altar.

-¿Por fin te has convencido? -preguntó Fabián-, te lo avisé con tiempo, Marcial, que no te quería, ¿no te acuerdas?

-¿Y lo había de creer porque tú lo dijeses? ¿Tienes patente de infalible o diploma de sábelo todo?

-Debías haber recordado el dicho francés de que lo cierto puede a veces no ser verosímil.

-No necesito tus textos gabachos para comprender las cosas que pasan por acá; bástame haberme puesto a considerar lo que son las mujeres, sacos de embustes, abismos de caprichos, tipos de extravagancias, conjunto de anomalías, caos de contradicciones, colección completa de falsedades, que engañan sin querer, y mienten sin poderlo remediar, culebras, escorpiones, camaleones y basiliscos.

-Pero, vamos a ver, Marcial, cálmate; ¿qué derecho tienes de culpar a Reina? ¿Te ha dado acaso alguna vez esperanzas?

-¿Pues qué, crees, -exclamó Marcial-, que he vivido sin esperanza como los condenados del Dante?

-Las habrás abrigado de tu propia cosecha, pero no porque ella te las haya dado; es preciso ser justo. ¿Te ha escrito acaso una carta como esta?

-No, pero no era necesaria, porque jamás me ha puesto mi tía mala cara sino el día que llevé allá a ese Tiburcio.

-¡Y qué, tú aguardabas otra cosa!

-Aunque así hubiese sido, de menos nos hizo Dios. Falsos, refalsos, mancomunados en mi daño ¡oh! Pero yo me vengaré, la venganza es el placer de los Dioses, como dice San Agustín.

-¡Jesús! ¡Jesús! Marcial, esta cita excede a todas las pifias; si hubiese Santo Oficio te tomarían en cuenta.

-Bien, bien, lo dice Hipócrates en sus aforismos; lo mismo tiene, dígalo uno u otro le daré razón, gozando en vengarme.

-¿Y qué harás, Marcial? Sosiégate. ¿Qué puedes hacer? ¿Qué harás?

-Retirarla a ella mi amor, a él mi amistad y a ambos mi aprecio. Pero dime, Fabián, ¿no quería ese Heliogábalo amoroso a Lágrimas?

-Sí, pero dice, que no hipoteca su corazón.

-¡Linda alhaja! ¿Qué filtro, que talismán, qué hechizo tiene ese frelo, el más frelo de los frelos después de Cívico, para hacerse querer de tal suerte? Otelo se hizo querer de Desdémona contándole sus proezas; este sólo puede haberlo logrado contándole sus picardías.

-Genaro, -dijo Fabián-, tiene mérito, talento, saber y gracia; es picante, y sobre todo tiene el no sé qué que define Balzac así: un compuesto de talento, buen gusto y deseo de agradar.

-Su no sé qué, bien sé yo lo que es, son sus tretas, sus camándulas, sus conchas, sus triquiñuelas, sus trazas, sus amaños, y sobre todo su gramática parda.

-Ahora, Marcial, -dijo Fabián-, lo que te pido es que no me vayas a comprometer. Lo que he hecho por amistad por ti, es lo que debía hacer un verdadero amigo con otro; pero sentiría que Genaro creyese otra cosa, ni que pensara que me quiero entremeter en sus asuntos cuando mi solo objeto ha sido impedir que se rían de ti.

En ese momento entró Genaro.

-Oye, Genaro, -exclamó Marcial apenas lo percibió-, ¿tú crees que voy esta noche en casa de mi tía?

-Lo supongo, -respondió Genaro.

-Pues te llevas chasco, un gran chasco, un tremendo chasco.

Marcial se echó a reír con unas fingidas risotadas.

¿Eso es para mí un chasco? -preguntó Genaro sin salir de su calma-; no entiendo, no comprendo, no me entero y no me impongo (estilo Marcial).

-Tú que todo lo quieres saber, entender, comprender, oler y adivinar, (ambición Genarística); no sabes una cosa que te importa saber.

-¿Y qué cosa? -preguntó Genaro.

-Que yo, Marcial, yo, donde aquí me ves, yo el Marcialote ex-amigo de Genarillo, no he nacido para pantalla.

-¿No? -dijo con camastronería Genaro.

-No... ni para biombo.

-Sea en buen hora. Doy el parabién al viento.

-Ni para cortina, ni para tapadera, ni menos que nada para saludar mamás.

-Pero ¿a qué me dices eso? Con un énfasis, prosopopeya y dignidad, dignas de mejor causa, -preguntó Genaro.

-Para que lo sepas, -respondió Marcial con las notas más graves de su voz, saliendo enseguida del cuarto con pasos recios y aire majestuoso.

-¿Qué manía le ha dado? -preguntó Genaro a Fabián.

-Por lo visto la de ser trasparente, -respondió éste.

-¿Habla formal? ¿Qué mosca le pica? -volvió a preguntar Genaro.

-Paréceme que es la del desengaño.

-¡Ay, ay! -repuso Genaro rascándose la oreja-, esos picotazos duelen.

-Genaro, Genaro, no has jugado limpio: ¡porqué mantenerlo en su error!

-¿Quién se ha mantenido en el error sino él mismo? -repuso Genaro-; él mismo, con el aplomo que Ratel sobre el cuello de su botella; quien se forja engaños tiene que ver desengaños. Además, hijo mío, en este mundo cada uno debe atender a su juego como Antón Perulero.

-¿Y la pobre Lágrimas, Genaro, esa perla que no has sabido apreciar?

-Es fruta vedada, Fabián, la guarda un Cancerbero, porque representa un capital.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXII
Pág. 23 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


AGOSTO, 1848

A pesar del brusco arranque con que se había separado Marcial de sus amigos aquella mañana, el que hacía sospechar que su desengaño amoroso lo llevase a colgar las armas de Cupido, y a retirarse al menos por el pronto bajo su tienda como Aquiles, cuando llegó la hora en que solían reunirse para ir a la tertulia, lo vieron llegar sus amigos con un aire que participaba de desdeñoso y de satisfecho.

Se pusieron en camino, precediendo Marcial por la acera a sus dos amigos, tarareando la canción que él mismo había traducido:

Si el rey me quisiera dar
Madrid su gran villa,
obligándome a dejar
por eso a Sevilla.


-La montaña está preñada, -dijo Genaro a Fabián.

-Sí, sí, -respondió éste-, el volcán humea. De aquí a dos mil años desenterrarán debajo de su erupción a Reina y a Genaro cual a Herculano y Pompeya; os prometo ser vuestro Plinio.

Llegado que hubieron, Marcial se paró a la puerta de la sala, y en lugar de pasar el primero, como tenía de costumbre, se hizo a un lado, y con la finura y etiqueta del mejor tono, con mil atentas cortesías, obligó a sus amigos a pasar por delante. Mientras estos iban a saludar a la Marquesa, Marcial, valido de la franqueza que le daba en la casa su calidad de pariente, se acercó al piano; cargó con todo el rimero de papeles de música, y los puso sobre una silla desocupada que se hallaba en el hueco de la puerta de una ventana no lejos del grupo en que estaba sentada Reina con sus amigas.

-¿Qué es esto, Marcial? -dijo ésta-. ¿Dónde vas cargado con toda la música? ¿Vas a cantar un solo?

Marcial no respondió, y después de haber puesto a recaudo los papeles de música, encubridores de la traición que se le hacía, se dirigió a saludar a su tía.

Aprovechó Reina este instante para llamar a un criado y mandarle ponerlos papeles en su lugar; pero Marcial que volvía a su puesto, se abalanzó a ellos como una leona a sus hijuelos, los volvió a colocar en la silla y se sentó encima; de lo que resultó que con su gran estatura parecía un predicador en el púlpito.

Tres cosas se unieron para que al cabo de un rato le fuera faltando la paciencia a Marcial. La primera fue, que estando apartado de los demás no podía alternar en las conversaciones. La segunda era, porque se deshacía en impacientes deseos por tener una explicación con su prima, y cerciorarse de una cosa a la que aun no podía resolverse a dar crédito, y si se confirmaba confundir a su prima bajo sus justos cargos, concluyentes argumentos, sensatas reflexiones y merecidas reconvenciones. En fin, la tercera razón era, el hallarse cansado en una posición muy incómoda; pero tampoco quería de modo alguno, dejar la importante custodia de los papeles de música.

-Oye, enjuaga vasos, -le dijo a un criado que pasaba llevando unos candeleros a una mesa de tresillo, llama de mi parte al señorito D. Fabián.

Fabián acudió a la cita.

-¿Eres mi amigo? -le preguntó Marcial solemnemente.

-Hombre, ¿puedes dudarlo? -respondió Fabián.

-¿Me quieres dar una prueba de ello en una de las circunstancias más apuradas de mi vida?

-Te daré todas las que me pidas, Marcial.

-Sabes, amigo perfecto, reverso de la medalla de otros, lo que ha pasado esta mañana, el cúmulo de perfidias negras que han salido a mi vista de su antro, cueva, gruta y caverna.

-Marcial, te he dicho ya que te ofuscas, y que no tienes derecho a quejarte.

-Tengo derecho, -repuso cada vez más grave Marcial-, a desbaratar sus planes como ellos han desbaratado los míos, ¿Quieren guerra? Pues guerra habrá.

Si queréis sangre,
sangre tendremos,
la verteremos
y sangre habrá:
pero mezclada
con sangre nuestra,
veréis la vuestra
cual correrá.


-¡Marcial! ¡Marcial! Por Dios, deja esos recuerdos de los tiempos bárbaros de la poesía y pasiones políticas; me horripila oírte.

-Tienes razón, ¡oh! Manso y poético Dauro: ¡oh! Tú, que eres una de las plumas del Fénix español resucitante; pero esto no quita que tenga derecho a desbaratar planes usurpatorios de mis derechos anteriores, incontestables, indisputables y fundamentales.

-¿Y qué intentas, Marcial? -preguntó Fabián con alguna inquietud, ¿me quieres comprometer en tus intentos que no apruebo?

-No, no hay compromiso.

-¿Pues que exiges de mí? ¿Qué quieres que haga?

-Exijo, -respondió Marcial con su voz más campanuda-, que te sientes aquí.

Fabián entre rabia y risa le volvió la espalda.

-¡Ingrato río! -le gritó Marcial, al que en su impaciencia se le olvidó el manso y el Dauro; yo me hubiese sentado por ti, aunque hubiese sido en las astas de una res vacuna.

Por suerte de Marcial acertó a abrirse en este instante la puerta de la sala y apareció la larga, angosta y triste figura de Tiburcio.

-¡Cívico! -exclamó regocijado Marcial.

Tiburcio después de saludar, se acercó a Marcial.

-¿Es Vd. mi amigo?

-La amishtad avanza en mi corazzzón como lash ideash en mi cabezzza, -respondió el Villamarino.

-¿Me quiere Vd. dar una prueba de ello?

-Sherá un desheo realizzzado.

-¿No me lo negará Vd. como lo ha hecho Fabián, ese manso Leteo, que olvida sus promesas?

-Nada debe negar el hombre al hombre.

-Apruebo la idea ampliándola a la mujer; ¿conque estáis dispuesto?

-A todo.

-Pues siéntese Vd. aquí, -dijo Marcial encaramando a Cívico sobre los papeles de música, el que quedó en su puesto aislado formando un cuadro vivo y masculino de Dido abandonada.

-Parece que has cedido la presidencia, primo, -dijo Reina a Marcial, al verlo plantarse delante de ella con los brazos cruzados.

-No recalques tanto el primo, Reina, arbitraria e ingrata, que no lo soy tanto como a ti te parece.

-Quisiera que lo fueras aun menos, para que no te atrevieses a tomar esos aires importantes tan ridículos como chocantes.

-¡No lo hubiese creído!... -exclamó Marcial.

-¿El qué?

-No lo hubiese pensado.

-¿Qué cosa?

-¡No lo hubiese imaginado!

-¿Qué maravilla? ¿Qué fenómeno? ¿Qué asombro?

-Que no me quieras, cuando veinte mil veces te he dicho que te quiero.

-Pues mira, Marcial, las diez y nueve mil novecientas noventa y nueve estaban de más, desde que la primera te dije que te fueses con la música a otra parte, lo que no has hecho hasta esta noche.

-¿Y por qué tal dijiste? ¿Por qué no me quieres, prima ingrata y de mal gusto?

-Mira, Marcial:

El por qué no te quiero,
eso no lo sé:
pero que no te quiero,
eso sí lo sé.


-¿Sabes, mujer hermosa, pero poco reflexiva (como dice la zorra al busto) que tu madre me hubiese llamado yerno a boca llena?

-¡Fatuo! La gloria hubiese sido la tuya al llamar a mi hermosa madre suegra.

-No digo que no; lo uno no quita lo otro. ¿Pero de veras, Reina caprichosa, y sin más consejeros de la corona que esa Flora (que no puede ser consejera sino de la guirnalda) amas a ese taimadísimo de Genaro, a ese mal amante y peor amigo?

-¿Quién te ha dicho eso? -preguntó Reina mortificada.

-Yo que lo sé.

-Pues sabes mal eso, como otras muchas cosas.

-Sé, y muy bien, y de buena tinta, -repuso Marcial con retintín-, que el primo, el Marcialote, debía servir esta noche de pantalla para esconder cierta esquelita entre los papeles de música; pero... pero no engaña el que quiere a Marcialote. Ya ves como he sabido desbaratar vuestros planes. Los papeles de música bien guardados están sino bajo de llave, bajo de peso. Arias, dúos, coros, todos están bajo la inspección de la policía y sujetos a una activa vigilancia.

-Ya sabíamos que os preciabais de poco filarmónico, -dijo Flora-, pero no sabíamos a qué punto habíais declarado la guerra a la música. Al principio pensábamos la poníais así en prensa, con el fin de sacar aceite de música para dar suavidad y gusto al oído; pero vemos que pasa la pobre de la opresión de Herodes a la de Pilatos sin razón, y sin más resultado que salir del aprieto que sufren los alegres tornados en plegarias, los coros en misereres, y los valses de Strauss en lamentaciones. Santa Cecilia va a dejar de cantar, y se va a poner a llorar, Marcial.

-La música es un poco callada para servir de confidente y hacer buenos oficios, -contestó éste-; pégale esto mejor a la diosa de las flores; pero no de aquellas que tienen la suave miel en su seno, sino de las que bajo su bella apariencia, encierran sutil veneno, como la belladona y comparsa.

-Marcial, os advierto que Cívico va a absorber tanta armonía, que va a prorrumpir en un furibundo recitado en honor a monchu Cabet, -como dice Fabián.

-Pues esta noche no se va a Icaria, ni se mueve de ahí por más que Vd. lo procure y otros lo deseen. Nada; esta noche no hay estafeta, contentarse han con telégrafo. La venganza es el placer de los dioses, como dice Hipócrates o Sócrates, lo mismo da.

-Marcial, -dijo Flora con toda la zumba y la chuscada andaluza-; publicad indulto, proclamad amnistía, librad de fiera opresión a las arias, dúos y valses, injustamente acusados de complicidad en una traición, y arbitrariamente puestos en un estado de sitio de nueva invención. Ved, -añadió alzando una esquina bordada de su pañuelo y enseñándole el pico de una esquela-, y convenceos de que ese pobre Cívico pierde ahora sus esfuerzos en mantener su equilibrio personal, como lo pierde en otras ocasiones en querer destruir el social, según dice Fabián.

-Flora, Flora, -exclamó furioso Marcial-, sabed que un imprudente amigo es peor que un enemigo. Te pierdo, -añadió volviéndose a Reina-, lo veo, lo noto, la percibo y lo conozco; pero en cambio, tú me pierdes a mí, así en el pecado llevas la penitencia. ¡Perder, rechazar, desapreciar y rehusar un partido como yo!

-Si partido abultas tanto, ¿qué sería entero? Marcial.

-Ya, ya, por eso me nombras indecorosamente Marcialote. Ya, ya, como te gustan los frelos. Prima, sépaste que nunca por mucho trigo hubo mal año. ¿Te has parado, prima, en considerar lo que pierdes? ¡Un partido como yo, tan ilustre!

-Más es el obispo que es ilustrísimo.

-¡Inmediato a una grandeza!

-Que yo para mí no deseo.

-¡Con derechos a un ducado!

-Y ningunos a mí, así no seas pesado. ¿Será preciso inocularte el no como la vacuna con bisturí?

-¡Con tan pingüe caudal!

-Y otro mejor de voces.

-¡Con tantos molinos!

-Y todas sus moliendas.

-¡Con tantas dehesas!

-Y todos sus pelos.

-Te retiro mi amor, mi afecto, mi cariño, mi admiración y mis simpatías.

-No se me conocerá en la cara.

-Adiós, pues, tú, que has llevado la ingratitud y sequedad hasta lo fabuloso, portentoso y fenomenal. ¡Adiós, hasta nunca!

-¡Jamás amén! -dijo Reina-; anda, releva a Tiburcio, al menos que el estar ahí, como lo has puesto, no sea un nuevo método de enseñar música de tu invención. Cívico, -añadió, mientras iba Marcial con pasos agigantados a coger su sombrero para irse-, ¿le gusta a Vd. la música?

-¡Oh! Shí sheñora; pero sólo la española; en Francia es nula.

-Pues y Auber, Adam, Halevy, Harold, Berlioz, F. David, -dijo Fabián.

-¡Ah! ¡Bah! ¡Fárrago! -respondió Tiburcio con un desprecio de pseudo ilustrado; primo hermano del que brilla en el millonario soez.

-Pues, ¿y la italiana? -dijo Reina.

-Esh shólo cantábile.

-¿Y la alemana? -exclamó Flora que era muy música.

-Shólo she puede oír en los valshes Straush. No hay másh múshica que la eshpañola. Mi amigo el maestro Arpegio ha compueshto una ópera, que reúne todosh los dhotes del genio univershal.

-Nunca he oído nombrar a semejante maestro, -dijo Reina.

-¡Ya! ¡Qué quiere ushted! ¡Como esh eshpañol! Es su ópera una obra maeshtra, y puede ushted creerme, pueshto, -añadió poniendo gravemente su largo dedo sobre una oreja de iguales dimensiones, que losh demásh tienen orejash, pero yo... tengo oído.

En este momento Marcial llamó a Tiburcio.

-Venga Vd., -le dijo-, ya no es necesaria la vigilancia, lo que se quiere evitar es un hecho consumado. Vamos a la plaza del Duque, a gozar de la naturaleza y a hablar de política, que es lo que importa: las mujeres son indignas, indignísimas de ocupar nuestra atención varonil. Si no fuera porque quiero ser diputado, me iba ahora mismo a la Trapa para no ver ninguna en toda mi vida. Si hacen presidenta del Congreso a una mujer (que todo podrá suceder si triunfa la mujer emancipada como Vd. quiere), dimitiré mi encargo de diputado. Ojalá reinase en España un Faraón que dispusiese para las recién nacidas hembras lo que el de Egipto dispuso para los recién nacidos varones. ¡Qué compuesto de gato, serpiente y urraca maligna! ¡Qué inclinación, instinto, querencia y simpatía tienen por todo lo malo, todo lo peor! ¿Hay qué escoger entre dos cosas, o hombres? De fijo escogen al peor. ¿Hay que hacer mal tercio a alguno? Ahí están ellas más listas que una sabandija. ¿Hay que mentir, engañar, disimular? Ahí están ellas. ¿Hay que hacer burla o escarnio? Ahí están ellas. Se equivoca la Escritura; semejantes bichos perversos no salieron de la honrada costilla de un hombre; esa costilla la cambió con disimulo Lucifer por una de las suyas. ¡Qué cuentos contra la dignidad de los hombres políticos inventan! ¡Aturde! ¡Qué traiciones fraguan en un santiamén, contra un hombre honrado! ¡Pasma! Y nosotros siempre como papanatas con la boca abierta delante de ellas, y bailándoles el agua delante. ¿Habrá zoquetes como los que vestimos por los pies? Basta ya por mi parte; es preciso poner coto a su ilimitada tiranía, locos caprichos, y tercas voluntariedades. Desde ahora hago un proyecto de ley para presentar a las Cortes contra los derechos...

-¿Los derechos de qué? -exclamó Tiburcio horripilado, horrorizado, indignado, parándose, e irguiéndose enmedio de la plaza, en que apareció a la luz de la luna como el más derecho de los derechos.

-Contra los derechos de las mujeres, -contestó a gritos Marcial-. Quiero que se les suprima el de rehusar a un hombre por cónyuge, cuando este traiga al matrimonio todas las condiciones materiales, corporales y espirituales que constituyen un marido perfecto; es decir, clase y dinero, salud y buen parecer, cualidades y capacidad.

Después que largo rato aun hubo desfogado Marcial con estos y semejantes discursos su incomodidad, le dijo Tiburcio.

-Eshtoy muy apurado, amigo Marcial, porque mi madre, esha shanta varona, me eshcribe que me vuelva al deteshtable villlorro de Villlamar donde vi la luzzz del día, y me shitia por hambre para forzzarme a shepultarme en vida como una vestal.

-¿Y no os quedáis por falta de peculio? -dijo Marcial-, pues venid mañana a casa, lo tengo fresco, os prestaré seis onzas.

-Agradeshco esa prueba de amishtad, osh daré recibo.

-Yo no tomo papeles de mis amigos, -respondió Marcial.

Efectivamente, Tiburcio había recibido pocos días antes la siguiente epístola:



Carta de Tiburcia a Tiburcio

«¿Te piensas tú, rapaz, que mi tiu Bartulumé me dejó buenos cuartos para que lus jastes, tú, viviendo con la fantesía de un marqués, mientras nusotrus trabajamus tudus comu mulus? Es verdad. Non es esu razón; asín, pues, fillo do demu, me alejraré que recibas esta con prefeuta salud, y que cun la misma te muntes en el mulu del tío Blas el arrieru y ti plantes aquí en un decir Jesús; pues si asín no lu haces a fe de Tiburcia que me plante yu en Sevilla y ante justicia, y saque de tus jarras y de las de tu padre, los cuartus que me dejú mi tiu Bartulumé, es verdad.»

No habiendo surtido esa carta el deseado efecto mediante la marea alta que el préstamo de Marcial causó en la bolsa de Tiburcio, la alcaldesa que sabía cumplir lo que prometía, se puso en marcha, sin atender a los ruegos y representaciones del alcalde, que de coraje tiró la vara.

Viose, pues, al tercer día una brillante cabalgata, atravesar las calles de Sevilla. Sobre un mulo que se había desarrollado en colosales proporciones, como planta criada en un invernáculo, estaba sujeta con buenas cinchas una albarda de una tercia de espesor, sobre la cual se abrían y cruzaban los brazos robustos de unas jamugas para recibir el abultado torso de la señora alcaldesa de Villamar, empingorotada aun por algunas almohadas. Estas, abrumadas por un peso inusitado, erizaban y abrían sus faralaes furiosamente almidonados, como abre el pavo su cola cuando se le inquieta. El mulo levantaba de cuando en cuando una oreja, y luego la otra, y luego las dos a la par, como si quisiera demostrar, que una y una hacen dos. Algunos arrieros montados sobre mulos pequeños o burros, figuraban a lo vivo los satélites de aquel astro preeminente, y lo rodeaban con toda clase de atenciones y de obsequiosos; ¡arre mula, so! Animal, maldito sea tu pelo. Ni una reina en su trono se hallaba más satisfecha que lo estaba la señá Tiburcia en el suyo con la corte que la rodeaba.

Vestía nuestra heroína con añejas reminiscencias de su país, trayendo un pañuelo encarnado liado al rededor de su cabeza, cuyos dos picos anudados formaban un tremendo rosetón sobre su sien izquierda.

Tenía puestos unos grandes y toscos zarcillos de filigrana de plata gallega. Una cinta de terciopelo negra, de la que pendía una cruz, rodeaba su cuello, que no hubiera podido un poeta moderno entusiasta de lo esbelto, de lo largo y angosto, comparar no diremos a un cuello de cisne, pero ni de pato. Pendían desde su cintura en compuestos y adecuados pliegues unas enaguas cuyos colorines parecían una cáfila de muchachos saliendo de la escuela, en lo vivos, chillones y contrapuestos, pero no cubrían los magnos pies que sólo besaban; estos con la mayor despreocupación se empingorotaban en competencia de las orejas del mulo, y parecían preguntar con arrogancia al que se acercaba demasiado, si deseaba conocer a lo que sabía un puntapié gallego. Las dos manos de la alcaldesa, que como recordará el lector, era una enemiga acérrima de los guantes, se apoyaban en su inocente desnudez primitiva, sobre los remates de los palos de sus jamugas, como la garra de un león sobre un globo. De esta manera, fuerte con su valor y con su mulo atravesó la seña Tiburcia las calles de Triana y de Sevilla, preguntó si los Humeros eran el Alcázar, el café de la Campana la Lonja, y San Andrés la Catedral, y llegó cerca de la plazuela de la Pava, donde vivía su hijo.

Al oír el tropel de las bestias, asomó Tiburcio por la reja del cuartucho bajo y húmedo en que vivía sus largas narices, y dejamos a la consideración del lector su estupefacción cuando se dio con las de su madre.

-Aquí me entru aunque no llueva, -dijo entrando marcialmente en la casa la señá Tiburcia. Soy la madre de ese rapaz para servir a Dios y a Vd., y le vengu a ponere las peras a cuartu.

La buena alcaldesa venía tan de mano armada, tan decidida a acudir a los tribunales, si su hijo no accedía a volverse con ella a Villamar, que este atolondrado por las ruidosas amenazas de su madre, y obligado por las circunstancias, partió con ella al día siguiente, renegando de la que era basta autora de sus días, y cruel autora de sus conflictos.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXIII
Pág. 24 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


AGOSTO, 1848.

A poco Lágrimas escribió a Reina esta carta.

«No te he escrito antes, Reina mía, por dos razones; la una porque estoy tan débil, que la pluma pesa en mis manos como una espada en la mano de un niño, y se retrae de servirme, como si hasta ella se negase a proporcionarme un consuelo. La segunda causa es, el que no me estimula a escribir el convencimiento de causarte un placer. No te doy quejas, Reina; las quejas son exigencias disimuladas; quiéreme a tu manera, yo te querré a la mía. ¿Consistirá esta diferencia en el querer nuestro, en que la tristeza es más tierna que la alegría? ¿En qué el sufrir ablanda el corazón y el gozar lo enfría?

»Esto es natural y sencillo; también puede que consista en que cada uno es querido según merece serlo. Sea lo que fuere, doy cuanto puedo y me contento con lo que recibo.

»Decía Fabián:

»Puédese extender a más,
que no hablo de temor,
porque no tengas dolor,
del mismo que tú me das.


»Voy escribiéndote, esta carta a ratos; así será incoherente, pero siempre triste, porque todos mis ratos y momentos lo son... No me culpes por eso; no sé fingir, pero menos que nada la alegría que no conozco. Ojalá hubiese podido aprenderla de esa Flora a quien Dios se la ha dado como los padres dan premios a sus hijos cuando son buenos.

»Poco tengo que decirte; no veo, ni puedo ver a nadie porque no salgo de mi cuarto. El otro día, viendo la criada, que es muy desabrida, que apenas podía respirar y que me estaba ahogando, creo le di lástima y se empeñó en que subiésemos a la torre para ver si el aire puro me hacía bien, y la hermosa vista me esparcía.

»No pude subir hasta lo alto, porque las casas de Cádiz, que están labradas a todo coste, tienen hermosas y elevadísimas torres, pero subí lo bastante para disfrutar de la vista. Es esta hermosa, ¡pero que triste! Mar, y siempre mar, Reina, la cual es tan monótona como una pena que no tuviese ni remedio ni olvido. Los barcos anclados en la bahía, me parecían todos féretros que llevan su cruz para ponerla sobre la tierra luego que fuesen enterrados. Veíase en lontananza muchos pueblecitos al borde del mar, tan blancos que parecían de lejos rebaños que beber a un lago.

»La mar aquel día estaba en calma, como dicen, el sol le daba brillo, como en pequeño una luz a un brillante. Pero, Reina, no creas que cuando está en calma la mar es por serenidad; es porque duerme; y aún entonces no está sosegada, porque ni el sueño tiene tranquilo, y su respiración se agita incesantemente. ¡Qué árida deja la tierra que pisa! ¡Qué muerta! ¡Cubiertos de sal como la maldición de la Biblia, deja los lugares porque pasa!

»Una cosa hermosa hay en Cádiz, Reina, y es su faro. El faro lo inventó alguno que pasó una tempestad en la mar, como la que nosotros sufrimos. Los faros son, Reina, una estrella del cielo que la caridad trajo a la tierra. Cuando lo miro, Reina, y lo veo tan grave y tan triste, pienso que es por los naufragios que habrá visto, sin poder remediarlos, puesto que no puede hacer otra cosa que vigilar y avisar el peligro; porque él, así como todo socorro humano, tiene un poder limitado: sólo el de Dios es infinito y todopoderoso.

»Si yo fuese rica, y pudiese disponer de lo mío, dejaría mi caudal para la creación de un faro. En su interior habría una capilla en que orasen fieles al Señor por los infelices que están en la mar, para que tuviesen a la vez ambos auxilios.

»¿Te cansa tanto el leer esta carta como a mi el escribirla, Reina mía? Bien veo cuan opuesta y cuan hostil sigues con él, puesto que apenas me le nombras sabiendo el inmenso placer que en ello me hubieses dado, y debiendo estar persuadida que es mi único consuelo en una ausencia que hace de mi vida un suplicio. Si él me quisiese, como yo creía que se debía querer, se debería haber bajado a ti para suplicarte me dijeses en su nombre siquiera que no me olvidaba. ¡Cuánto me habéis hecho sufrir con vuestra contraposición, sin que la amistad en la una, ni el amor en el otro hiciesen por mí el leve sacrificio de haceros ceder en nada, ni en mi presencia entonces, ni en mi ausencia ahora!

»El médico dice que me aliviaría el salir de Cádiz; pero por más que se lo repite a mi padre, éste no dice que sí, ni que no. A mí me es indiferente; deseo tanto una sola cosa, que no me quedan fuerzas para desear otra alguna; esa cosa, Reina mía, es veros.

»Ha pasado el Equinoccio bramando y dando a Cádiz el espectáculo de una lucha de fieras entre el mar y el huracán. ¡Qué mala estuve entonces, Reina mía! Estamos ahora en la canícula, y tú estarás sentada en el patio entre flores como su Reina. Me parece verte y cuanto te rodea, y muchas veces cierro los ojos para que nada me distraiga de esta contemplación, como hago cuando rezo. Aquí lo que hay son unos furiosos levantes que me hacen mucho mal. Los levantes aquí son las tempestades de verano que en lugar de aguaceros, expenden arena y polvo abrasador con el que agostan la tierra. Esto prueba, Reina mía, que para la naturaleza como para el corazón, no hay estación bonancible. Cual si quisiesen firmar por mí, ya ves, como han caído aquí mis

LÁGRIMAS.»



Esta pobre carta, escrita con tanta ternura y melancolía, no le fue agradable a Reina que la guardó y no se la enseñó a nadie. No obstante, algún tiempo después contestó a su amiga en estos términos:

«Si allá tienes levantes, aquí tenemos solanos y recalmones, mi querida Lágrimas; así no te hagas ilusiones de que en parte alguna esté el paraíso. La esperanza dora el porvenir, la memoria poetiza lo pasado, sólo lo presente no tiene abogado; así la razón debe poner las cosas en su verdadera luz para vivir tranquila, la razón en un carácter dócil y suave como el tuyo debe ser todopoderosa; no ansíes, mi querida Lágrimas, por lo que la suerte te niega, lo que contribuye a que no se restablezca tu salud. Acuérdate del refrán de Flora: olvidar es lo mejor; y ten presente que el olvido es un bálsamo y el recuerdo un corrosivo.

»Quisiera distraerte con mi carta, y que no reanimase ella ideas que tu padre reprueba, así nada tocaré, hija mía, que con ellas se roce, porque deseo con ansia saber que estás buena de salud y tranquila de espíritu.

»¿Es posible que no puedas ni quieras dejarte de ocupar tan angustiosamente de esa mar que otros hallan tan bella? Rodea a Cádiz como una amiga, que la hace rica y le comunica su actividad; le acaricia con sus brisas la frente, le arrulla el sueño con el murmullo de sus olas, y le brinda su sabrosa pesca. Descarga la mar a los ríos de sus crecientes, que si no nos inundarían, mece a los barcos como una madre a sus hijos entre sus brazos, les abre sendas, y si hay algún escollo, lo azota como para quitárselo de delante. Si en sus lides con el huracán se halla un barco, ella lo sostiene cuando aquel quiere derribarlo: así no lo mires sólo por su pavorosa faz. ¿Sabes el secreto que crees tú guarda la mar en su seno? Flora lo sabe y me encarga que te lo diga; son perlas como tú, corales como ella y ámbar como yo.

»Te daré algunos pormenores de lo que aquí pasa para distraerte. Marcial y yo hemos reñido de fuerte y feo. Se ha retirado de casa como por allá dicen que se retira el mar en la baja de las mareas vivas; sólo, hija mía, que no ha dejado para memoria, como ella hace, un solo grano de sal. Me amenazó con desterrar de su cabeza toda ilusión y simpatía por mí; como me es perfectamente igual que tenga en su cabeza ilusiones por mí o garbanzos tostados, no me aterró la amenaza. Se ha recibido de abogado y ha marchado a su pueblo en el que dicen se van a repicar las campanas a su llegada, y habrá función de novillos de un año. Flora y Fabián pasan su vida como aquellos pajaritos moscas de América de los que se dice son tan ligeros que los sostiene el aire, por lo que no tienen piececitos para posarse y pasan su vida cerniéndose en la fragancia de las flores.

»En cuanto a Cívico, ha desaparecido de entre los vivos; pasó ese triste cursi como un meteoro sin luz, un trueno sin ruido. Marcial es regular lo haya sentido y llorado como un hormigón a su ratón Pérez. Dicen que vino la alcaldesa de Villamar a buscar a su hijo prófugo. Fabián que la vio, asegura que parecía la mujer del coloso de Rodas montada en el caballo Troyano. Se llevó esta respetable autoridad maternal y municipal a su hijo metido en un canuto de caña; llevaba éste de bagaje (todas noticias de Fabián) la noble ambición alicaída; las ilusiones marchitas y secas como flores cordiales; el panal que destila la miel poética, exprimido y hecho un cerillo; la independencia en la frente, el desdén en los ojos, el socialismo en la nariz. ¡Cuánta tontería, hija mía! Pero Flora me va dictando, y mi fin es distraerte un rato.

»Don Domingo siempre te está recordando con un cariño tan verdadero, que ni que fueses Carlota Quinta. Flora te abraza como tu más verdadera amiga, mi madre como una madre, y yo como una hermana.

»REINA.

»P. D. -A tu padre que lo pase mal.»



Antes de marchar Marcial, había recibido la siguiente interesante epístola de Tiburcio.



Tiburcio a Marcial

«Querido amigo:

»Sólo la filosofía, puede dar conformidad a la persona que no sea un autómata para vegetar como yo lo hago en este detestable villorrio. El hombre que siente su valer y está condenado como yo a la inacción es un torrente que se quiere sujetar y que al fin rompe sus diques abriéndose paso por donde puede; un león que destrozará sus redes, un águila que despedazará su jaula. Soy como otros muchos una víctima del viciado orden social que nos oprime. Pero u ocuparé en mi país el lugar que me corresponde, o no ocuparé ninguno; no degrado mis facultades ni transijo sobre el puesto que la conciencia de mi valer me asigna. O César, o cesar, esta es la divisa del hombre que siente su dignidad y su fuerza. Mediante la propagación de las luces del siglo, se ha aumentado considerablemente el número de los hombres superiores. Déles el gobierno su puesto, o sino no se meta a legislador. Esto lo digo por si fuese Vd., como es natural, elegido diputado, haga esto presente en las cortes. Para los mandos se deben elegir hombres de conciencia y de cabeza. Hablando de cabeza, agradecería me mandase un sombrero republicano; son los más fashionables y los únicos que gasta este su más amigo y más desterrado que muere de spleen (splin).

T. CÍVICO DE MUÑEIRA.»



Lector de las Batuecas, mi amigo, por razón natural tú no sabes qué es fashionable, (que se pronuncia fachenable). Consuélate con saber que conocemos a más de cuatro pseudos que usan muchísimo esta intrusa voz y no lo saben tampoco, así es que la suelen aplicar a la manera que guisó un amigo nuestro de tierra adentro unas ostras que le mandaron de un puerto de mar; y fue con las conchas y en arroz como las almejas. Te lo vamos a explicar, no sea que te suceda como a un amigo nuestro que estuvo tres días buscando en el Diccionario de la Academia la palabra pot pourri.

La fashion es una palabra inglesa que equivale al bon ton francés que también nos hemos apropiado españolizándola y diciendo buen tono. En nuestra lengua, no hay, que sepamos, palabra que equivalga a estas. De esto deducen los pseudos, que la cosa no existe ni ha existido en España; (cosa de los pseudos), y que la lengua española es anterior con mucho a la creación de las lenguas de la torre de Babel.

Tú y nosotros que no somos ilustrados, que ayunamos a mucha honra y rezamos la oración sin cuidarnos que nos digan hipócritas, juzgamos que si no se inventaron esas palabras fue porque no se necesitaron; y es porque aquí al decir con Lope y Calderón señora y caballero, se decía todo lo que se puede decir, se ensalzaban cuanto es dable, lo fino, lo noble, lo elegante y distinguido, por ser tan anejo a aquellas denominaciones, que hubiese sido un pleonasmo decir señora fina y elegante, caballero noble y distinguido. Hoy día la cosa ha mudado. Cada cuál se dice a sí mismo caballero, aunque no siempre lo prueba; y eso de caballero, más vale probarlo que no decirlo. Es verdad también que por lo visto basta hoy día ser honrado, valiente, y vestir frac para tenerse por caballero. En cuanto a señora, es ya voz genérica del sexo femenino.

Ahora, pues, lector, figúrate unas magníficas ruinas, las del Partenón, por ejemplo, y que sobre ellas labrasen los modernos atenienses y con sus fragmentos un cottage inglés, un Kiosque, un belvedere, pues así nosotros sobre las ruinas del señorío y caballerismo labramos el cottage fashion, el Kiosque bon ton, el belvedere elegancia. Ahí tienes.

Comprenderás que conservarán, estos su aire extranjero. ¿Por qué, pues, no reedificar el edificio ya que tenemos los materiales y el modelo?

Lo fashionable, como lo entiende su padre que le dio el ser, Albión, es la finura, delicadeza y distinción en las personas y cosas; no tienen más regla que el buen gusto, y es su severidad e intolerancia su única fuerza. Se emancipa de todo poder como reina arbitraria, aun al de la brillante y preponderante aristocracia inglesa, y así declaró ser de los suyos el Rey George IV, y expulsó al Rey Guillermo IV, su sucesor, porque la fashion no es un vestido de tisú, es un vestido de holán con la blancura de la reciente nieve que tina arruga desluce, que una mancha, aunque sea de agua, desdora.

Admiramos su fashion en los ingleses, como admiramos todo lo que es delicado y distinguido, porque al fin tiende a elevar la naturaleza humana. Pero debemos reconocer es hija, y por lo tanto adecuada a su carácter. La índole de los ingleses es naturalmente áspera: su finura, que está muy lejos de ser espontanea, necesita un severo dictador, y ellos se lo han sabido dar con las reglas de la fashion, cuya minuciosidad y trivialidad son a veces altamente ridículas en una sociedad que se precia de grave, y en hombres tan superiores.

Cada cosa en su lugar propio y adecuado.

Eso de un rasero para todos, es un contrasentido, querido lector. ¿A quién le cabe en las mientes de vestir a John Bull, a Mayeux, que es jorobado, y a D. Quijote con el mismo gabán?

Ahora bien, aplicar la voz fashion, ese suave perfume, ese soplo inasible, esa guirnalda de rosas que oprime más que una de hierro, ese Fénix de quien todos hablan y pocos han visto, a un horroroso sombrero republicano, ¿no es (tal como lo pusimos en un ejemplo materialote), no saber sacar la delicada ostra de su concha, y guisarla como la tosca almeja?

Otra: el spleen, que es mal de ricos y felices (a la manera que se entiende en el mundo la felicidad), es el hastío de la abundancia, la inercia del que no sabe que apetecer, y ansía por desear, como otros por ver cumplidos sus deseos, aplicar esto a una superabundancia de deseos, a un berrenchín causado por la envidia, la soberbia, unida a la incapacidad, la impotencia y la ignorancia; ¿qué te parece? ¿Confundir los efectos del hambre canina y del empalago? Cosas de pseudos.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXIV
Pág. 25 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


SETIEMBRE, 1848.

Una tarde a fines del mes de setiembre, se veían en la playa del pueblo olvidado en el Diccionario del Señor Madoz, grupos numerosos compuestos de todos los vecinos que se hallaban a la sazón en el lugar, los que, con la boca abierta, miraban el fenómeno portentoso que aparecía en el mar. Vamos a detallar estos grupos antes de indicar el fenómeno.

En el lugar preferente, es decir, sobre un trecho de dorada arena, libre del cieno que engulle el pie y de las rocas que lo rechazan, estaba el alcalde y a su lado su cara mitad. Jamás se aplicó mejor este epíteto al matrimonio en lo físico, porque se habían nutrido tanto de sanas ideas y alimentos de la misma calidad de las ideas, que habían engordado así como vivido en amor y compaña, de modo que puestos de espaldas formaban exactamente un gran globo terrestre descansando sobre cuatro columnas. La alcaldesa vestía, como ya sabe el lector que asistió a la entrada triunfal que hizo en Sevilla en el descendiente del caballo Troyano, sólo que los picos del pañuelo que llevaba atado a la cabeza y colgaban por detrás, estaban hoy de mal talante, azuzados por la brisa, formaban a espaldas de la alcaldesa, una irreverente contienda, volando airosamente con la fantasía de grímpolas.

Al lado del alcalde estaba el médico D. Juan de Dios, dándole noticias explicativas sobre el fenómeno en cuestión; al lado de la autoridad local femenina, siempre derecho, pero cada vez más flaco, estaba nuestro antiguo amigo D. Modesto Guerrero, tan absorto en la contemplación del fenómeno que veía, que no atendía a otra cosa. Advertimos de paso, que aquellos tres vigilantes de la defensa, de la salud y de la tranquilidad pública de ese feliz Villamar, nada tenían que hacer y no desatendían la más mínima obligación disfrutando del dulce farniente y gozando de su admiración.

No en vano aseguraba la difunta excelente tía María, que Villamar era lo que era, porque estaba labrado cabal y perpendicularmente debajo del trono de la Santísima Trinidad.

Detrás de este grupo, que se ventilaba a su sabor, se paseaba, dando descomunales zancadas, Tiburcio, con las cejas fruncidas a lo Manfredo, y los labios sarcásticos a la Mefistófeles, ente desconocido y despreciado, ¡infeliz desterrado en su pueblo!

Más arriba de este grupo principal y respetable, sobre unas rocas que sacaban sus calvas cervices entre la arena y las olas, unas cuantas muchachas saltaban de unas en otras, como procurando acercarse lo más posible al objeto que causaba el asombro general.

-Alabados sean los Santos, el sol de Dios, y el pan blanco, -exclamó la más ligera, que saltando como un sarapico de roca en roca, se había adelantado a las demás-. ¡Virgen de los Milagros, este es uno! Acudid vosotras, y ved; no tiene patas, ni tiene alas, ni le silgan, ni lo empujan, y anda.

-¿Oye Paula, te trae esa arca de Noé una herencia de Indias que tan al encuentro le sales? -dijo la que la seguía, que habiendo dado un resbalón se puso a chillar desaforadamente-. ¡Ay! ¡Ay! Que me ha mordido un cangrejo con unas tenazas como dos espadas; maldito espantajo ese, -añadió volviéndose a la orilla que parece una boya y echa mas humo que un horno de cal.

-¿Oye, -dijo otra-, te metías tú en ese faluchón?

-Ni para ir a la gloria.

-Pues yo sí, -dijo Paula-, con tal que me llevara a los toros del Puerto. ¿Quién dijo miedo?

Algo más distante, cerca de la embocadura del pequeño río, había otro grupo numeroso de hombres y mujeres, entre los que descollaba por su fealdad nuestro antiguo conocido Momo. Algunos de la mar, así les llaman a los que componen las tripulaciones de los faluchos, estaban recostados en las peñas con marcada indiferencia por el objeto que llamaba la atención general.

-¡Jesús del Socorro me valga! -decía una mujer-, ¿pues no corre sin velas ni remos, más súbito que una exhalación?

-¿Pues y aquella bandera negra que trae y se va desvaneciendo, no parece grímpola del infierno? -dijo otra.

-Oye, Juan José, -preguntó una vieja a uno de la mar-, ¿cómo dices tú que esa nao se llama?

-Vapó

-¿Y para qué han hecho ese pontón que anda solo como china cuesta abajo?

-Para dar un chasco al viento y quitar el pan a los veleros.

-¿Has visto muchos, Juan José por esos mares?

-¡Jesús! Más de diez mil.

-Pero hombre, ¿me querrás decir cómo anda y se mueve hacia dónde quiere, como si tuviese poder y voluntad de por sí propio, siendo de tablas como los demás barcos?

-Eso, -dijo la mujer que primero habló-, no puede ser sino por milagro de Dios, o arte del diablo.

-Ni lo uno ni lo otro, -repuso el marinero-, anda... anda... anda por máquina.

-¿Qué anda por máquina? -dijo la vieja-, oye, Juan José: si porque has corrido mundo, y vas a Cádiz a llevar las calabazas y los melones, te has figurado que nos puedes acá comulgar con ruedas de carreta, te engañaste, que acá, hijo mío, no nos chupamos los dedos.

-Pues entonces, ¿a que pregunta Vd., tía Diente y medio, sino me ha de creer? Dígole a Vd., créalo o no, que anda por máquina.

-¿Y tú sabes, -dijo el carpintero de basto a quien el alcalde había empleado en hacer una máquina complicada para dar de comer a las gallinas, y que entre el director y el ejecutor jamás habían podido poner en planta-, tú no sabes, culi embreado, que el mismo nombre lo está diciendo, maqui ná? (maquinada, pronunciado al estilo del pueblo andaluz).

-Momo, -dijo una mujer-, tú que has estado allá donde está la Reina, y el Real palacio, y la Virgen de Atocha, ¿has visto tú otro vapó?

-¿Pues acaso para ir a Madrid, -respondió Momo con su acostumbrado buen humor e innata afabilidad-, se pasa la mar como para ir a Cádiz?

-Es que me han asegurado, -dijo el de la mar-, que hay por tierra vapó también.

-¿Un barco que anda por tierra? -exclamó Momo soltando una carcajada que parecía un trueno.

-No digo eso, palurdo, son coches que andan sin caballos ni mulas.

-Por vía del dios Baco, -dijo Momo-, tú te quieres divertir con nosotros porque has salido a la mar, como Berlinga que lo echa de buche porque ha estado en Sevilla. Pues yo he estado en Madrid, ea, y así, aunque soy palurdo no me las cuelas, compae Sardinas.

-Pues por mí, -dijo la mujer-, ¿por qué no lo he de creer? Media hora ha no hubiese creído anduviese un barco sin remo ni vela; lo estoy viendo y tengo que creer o reventar; pues lo mismo que por mar podrá suceder por tierra.

-Si así fuese, -opinó un labriego-, quisiera que le diesen esa virtud de andar solo a mi arado, porque un buey se me ha muerto y no tengo para mercar otro.

-Es precisu lu ver para lu creer, -decía entretanto la señora Tiburcia-. Perfeuto, Perfeuto, ¿qué demuniu es esu?

-El progreso, mujer, el progreso, -respondió el alcalde-, que no sabía como denominar el fenómeno.

-Pensara más bien que fuera Ferruleño, es verdad, he, ha, ha, comu corre ese prugresu que non le alcanza o demo.

-Bendito Dios que tales maravillas hace por mano del hombre, -dijo el comandante-. Después del de la pólvora, paréceme este el mayor invento que se ha hecho jamás.

-Y lo hisoh un eshpañol, -dijo Cívico júnior-, con todo lo campanudo de su voz y la pureza de su acento madrileño.

-Bueno será, -observó la alcaldesa-, peru por mí aunque me dieran cien duriños non entraba en ese caldeiru. Tiburciñu ¿qué dirán el francés y el inglés cuando vean ese prugresu?

-Sheñora, -contestó éste de mal talante-, eshe invento es antiguo; los vapores zzzurcaban lash mares antes que yo naciese.

-¿Qué me dices? E nunca vi ninguno. Preciso es confesare, D. Modestu, que estamus atrasadus, es verdad, los gobiernos non valen o demo.

-No estoy con Vd., señora, -contestó el comandante-. Nada hay que decir contra ninguno de los gobiernos que nos han regido: todos han querido el bien del país, lo único y solo que se les puede echar en cara a todos, es el dejar arruinar sus fuertes.

En este momento se oyó un ruido infernal; no parecía sino que a la par rugían tigres, silbaban boas, soplaban dragones en un coro infernal.

-¡Virgen del Chanteiro! -gritó la señá Tiburcia-, ese prugresu revienta como un triquitraque.

-No es nada, señora, -dijo D. Juan de Dios-, es que se para la máquina y el barco va a anclar.

Efectivamente, el vapor, conducido por un hábil práctico había entrado en la pequeña ensenada, alcanzado un buen fondo arenisco y echaba el ancla. Enseguida saltaron en la lancha para venir a tierra, el capitán y algunos caballeros.

Eran estos un rico comerciante de Cádiz, dueño del gran convento que se hallaba inmediato al pueblo, que venía con algunos amigos proyectistas y hábiles en la materia, a ver el modo de sacar partido de ese soberbio y grandioso edificio, el que cual una noble y hermosa virgen georgiana esclavizada, iba a ser pasado en revista por un tosco chalán para graduar el destino que había de darle y el precio que había de ponerlo. Había fletado para este viaje uno de los muchos vapores que surcaban la bahía de Cádiz.

Este caballero, que compraba conventos de tal magnitud, que su posesión parecía no caber en el mezquino mío y que no se labraron para ser propiedad de ningún individuo, sino para dedicarlos a Dios, honrar la nación, y realzar el país; ese nabab, que fletaba vapores; ese personaje, a quien rodeaba una corte y que llevaba erguida la cabeza y derecho el cuerpo, como si fuesen sus talegas un justillo, este señor, por no decir caballero, era... D. Roque la Piedra para no servir ni a Dios ni a Vd.

El alcalde, que era cortés, se apresuró a ir al encuentro de tan inesperados huéspedes, y ponerse a su disposición. No habiendo en ese bien afortunado Villamar, ni posadas, ni cafés, ni casino, ni liceo, ni fonda, ni casa de huéspedes, ni bodegón, ni aun mesón, el alcalde, que además de Perfecto Cívico era perfecto urbano, se empeñó en hospedar a los señores en su casa, cuando volviesen de su excursión al convento, y llamó a Momo para que les sirviese de guía. Acompañolos un rato, apresurándose enseguida a volver a su casa para preparar la recepción. Pero apenas comunicó sus planes a su consorte, cuando se puso ésta en tal estado de rebelión, que el alcalde temió fuese su autoridad desatendida. Así tomando el tono con el que se promulgan las leyes, intimó a su mujer, que en punto a pollos imitase a Herodes, y en punto a huevos a Cacaseno, y que de no hacerlo así, le aseguraba a fe de Perfecto Cívico, que enviaba a Tiburcio otra vez a Madrid. Al oír esta amenaza, la intrépida oposición de la alcaldesa se apagó como una hoguera sobre la que se echa un cubo de agua. Se volvió apresuradamente, cogió un tremendo cuchillo de cocina, y con aire resuelto se encaminó al corral, haciendo la más exacta parodia de la intrépida Judit. No obstante, las cenizas de la hoguera murmuraban, ¿a qué habrá venidu aquí ese malditu progresu que hacía la misma falta que los canes en la misa?

Tiburcio, que se había tendido a lo largo en su cama y fumaba, decía con alto desprecio:

-¿Qué van a pensar esos señores de este incivilizado villorrio, del patán de mi padre, de la gansa de mi madre? -es para morirse de vergüenza.

No fue la visita que hicieron estos hombres de especulación y dinero al convento, como la que le había hecho Stein el cirujano alemán con el hermano Gabriel; ¡no, no! Sólo miraban estos la cubierta de aquel magnífico libro, sin atender a que le faltaban las hojas y el contenido de ellas; porque este no lo comprendían, sólo miraban el palo de rosa, la talla, los bronces de aquel soberbio piano, sin notar le faltaban las cuerdas, y por consiguiente el sonido y la armonía. Ellos no la hubiesen sentido, y así no la echaban menos.

Sentados sobre la suntuosa gradería del altar mayor, discutían sobre el modo de degradar más pronto esa portentosa obra de la piedad de los antepasados, y arrancarle lo solo que le quedaba: la austera majestad de la soledad, la profunda melancolía del abandono...

¡Oh, Dios mío!... Si hay quien nos pueda culpar, por levantar nuestra débil voz gritando tus propias palabras: dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César, cúlpesenos enhorabuena. ¿Qué significa el elogio o la crítica a un ente oscuro y desconocido, para atajar en sus labios las palabras de la verdad, los brotes de su corazón? ¿Qué derecho tenéis a destruir lo que otros labraron? ¿Creéis poder, como Dios a las olas del mar, decir a los sentimientos de los fervientes, hasta aquí llegaréis? Si la generación presente condena en sus obras a la generación que labró, día llegará en que la generación venidera condene con harta más razón sobre ruinas, a la generación que destruyó. Cortad la gangrena antes que haga más estragos, y dígase que si es de sabios errar, es de nobles reconocer el error y enmendarlo.

Proponía el uno destinar el convento a una fábrica de papel, la falta de agua hacía abandonar el proyecto. Otro hablaba de una de curtidos; Momo que fue consultado, contestó con destempladas razones, que tendrían que traerse las pieles de Cádiz, puesto que por allá no se mataba sino machos cabrunos en el verano, y cerdos en invierno. Al fin opinó don Roque, que lo más lucrativo sería echar el edificio abajo, y vender los materiales como se había hecho con tantos otros; pero Momo dijo que allí no había quien comprase tan ricos materiales, aunque los malbaratase, porque no había modo de emplearlos.

Regresaron, pues, los señores al lugar, después de dar D. Roque majestuosamente dos reales a Momo, al que poco le faltó para tirárselos a los pies.

¡El demonio del tío Bambolla! -murmuró, con esa fachada de casa grande y- ¡na! Parece que no cabe el fantasmón en el mundo y se descuelga con dos reales! ¡Vaya! Si lo sé, ni el tío Urdax, ni el alcalde, ni san alcalde, me acarrean a mí aquí de cabestro. ¡Agarrado! ¡Estítico! ¡No se morirá de riarrea, no! ¡Caramba con él!

Por el camino siguieron discutiendo los especuladores, y después de muchos debates decidiose por fin el destino que se le había de dar al convento.

Pasaron delante de la capilla del Señor del Socorro y delante del cementerio, y ni la imagen de Dios ni la de la muerte, distrajeron un momento la atención de estos hombres de su negocio; y tan muertas, tan secas, tan vacías estaban esas almas a todo santo respeto, que ni una de esas cabezas cartillas se descubrió, ante cuanto grave y sagrado existe en el mundo. Eran hombres positivos.

¿No se sabe allá el moderno significado de esta palabra, lector? Pues te la diré. Esta denominación es un cinismo que indigna; es la divisa de Sancho Panza; es la bandera que enarbola descaradamente lo material sobre lo espiritual; es el sombrero de un Gersler importante y vulgar, al que se quiere forzar a los hijos de la montaña a saludar con respeto; es en fin, la quijada del burro con la que el siglo XIX cae sobre los restos de las cosas y sentimientos grandes y elevados de los tiempos de fe, de entusiasmo y de caballerismo.

El alcalde, que no sólo era Perfecto Cívico, sino Perfecto Urbano, como hemos dicho, salió al encuentro de los señores suplicándoles cortésmente que pasasen a desayunarse a su casa. D. Roque no se hizo de rogar, no por el almuerzo, puesto que estaba preparado el suyo en el vapor, pero porque deseaba adquirir algunas noticias locales del alcalde que le eran necesarias, y sobre todo por aquello que ya anotamos, de que el rico sólo por serlo se cree con derecho a todo, y que en sus relaciones con los demás hombres, los favorece siempre, aunque sea admitiendo un favor:

Que acepta el don, y burla del intento,
el ídolo a quien haces sacrificios.
RIOJA.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXV
Pág. 26 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


Habiendo hecho D. Roque varias preguntas al alcalde durante el almuerzo, había venido a sacar en claro que era D. Perfecto su primo hermano. El padre de éste, que había venido a establecerse en calidad de herrero a Villamar, era montañés y del mismo pueblo que D. Roque. Todo esto lo había preguntado este al alcalde, movido a curiosidad por el apellido de Cívico, que era el de su madre. Por lo que toca a D. Perfecto, ignoraba absolutamente con quiénes habían podido casar las hermanas de su padre, y la parentela que tenía en el pueblo del nacimiento de éste.

Don Roque, que era prudentísimo en todo, no se fijaba a la ligera en ninguna resolución, y sin haber examinado antes la que iba a tomar, por todas sus fases; así fue que calló al pronto, hasta calcular si le convendría o no darse a conocer como cercano pariente.

Si bien en su vanidad y egoísmo hallaba razones para callar, había otras que lo llevaban a darse a conocer. Las cabezas bien organizadas y avezadas a los negocios, forman en poco tiempo combinaciones que admiran por notarse en ellas la vista de lince que posee el egoísmo, y la profundidad de cálculo de que puede vanagloriarse la codicia.

Cuando hubieron acabado de almorzar, y como el tiempo urgía, llamó D. Roque al Alcalde y le propuso un paseo a la playa.

-¿Sabe Vd., -le dijo, cuando estuvieron a bastante distancia para que nadie pudiese oírlos-, que somos usted y yo nada menos que primos hermanos?

-Mucho lo celebro, -respondió agradablemente sorprendido el alcalde-, ¿y cómo?...

-Mi madre, -dijo D. Roque-, era tan Cívica como usted Cívico, sino tan perfecta pues se llamaba Pétrola. ¿Nunca se la oyó Vd. nombrar a su padre?

-En defecto, recuerdo... -respondió el alcalde-, tengo una idea... Pétrola... sí, sí. Vaya, veo que está nuestra familia en camino de progreso: ya ve Vd. que yo he adelantado más que mi padre saliendo a servir, perfeccionando mi arte, casándome con una mujer de casa distinguida y bastante pudiente, y mi hijo, que tan bien ha hablado en la mesa, ha adelantado más que yo, haciendo brillantes estudios en Sevilla. Ha estado después en Madrid, en donde se lució y dejó a todos admirados con los artículos que escribió en el periódico la Víspera del día del juicio, con general aplauso. Ha visitado en Sevilla las casas más encopetadas: era su tertulia la de la Marquesa de Alocaz, y eran uña y carne mi hijo y D. Marcial*** heredero de una de las casas más nobles y poderosas de Extremadura.

-Todo me lo habéis contado ya, -dijo D. Roque-, y recontado vuestro hijo, y todo eso y nada es una misma cosa. ¿Se ha metido con todo eso un real en la faltriquera?

-No, pero...

-¿No? Pues amigo, entonces ha perdido su tiempo como un pillastre. Vd. con no haber estudiado más que la veterinaria, ha sabido más que su hijo, pues ha sabido ganar dinero, que es lo que hay que saber en este mundo: lo demás es cháchara, nada más que cháchara, y ha mostrado Vd. más juicio en casarse con esa gallegota, que le trajo dote, y es una buena mujer sana y robusta, que sabe cuidar de su casa y de sus hijos. Yo, amigo, no tuve esa suerte, me casé allá en la Habana con una doña mírame y no me toques, que no tuvo más de bueno que el dinero que trajo, y que no hizo más en su vida que quejumbrar y mimar a su hija. Ahora, pues, ¿qué va Vd. a hacer con ese gaznápiro de su hijo, que no sirve por lo visto ni para un barrido ni para un fregado?

-Un defensor de la libertad.

-Un defensor de las musarañas.

-Un tribuno.

-¿Un tribuno? ¿Y qué es un tribuno?

-El que defiende a capa y espada los derechos del pueblo.

-Por vida de sanes, primo, que me dan ganas de volverle a Vd. las espaldas e irme. ¿No hay ya bastante de esa polilla sin ese zanguango más? Abra Vd. esos ojos, hombre de Dios, y mire si el pueblo quiere para nada semejantes tribunos. Mientras más tribunos más tiene que sudar, mire Vd. la gracia que le harán; que vaya a ver si ninguno del pueblo le da un maravedí para que vaya a tribunear por su cuenta. Farsa, primo, pura farsa; ¿qué ha sacado con eso?

-Le han prometido...

-¡¡¡Sí, sí, el oro y el moro, cuando lleguen al poder; por vida de los tontos!!! Vamos, ya veo que vive Vd. aquí en Villamar como si viviese en la luna, y no sabe nada de lo que pasa por allá. Déjese Vd. de pamplinas y vengamos al caso, que el tiempo urge y tengo que volverme a Cádiz en ese vapor que pago por horas y me cuesta un sentido; además los negocios se deben discutir en breves y claras palabras. Déjese Vd. para su hijo de tribunas, diputaciones y de artículos políticos que sólo sirven a los almaceneros para cartuchos: hato de vaciedades y de patrañas que maldito si llenan los bolsillos, y sí las cabezas de viento. Le voy a ofrecer a Vd. para ese desgabilado paseante en corte de su hijo, una regencia que podrá valerle más que la que puedan haberle ofrecido de alguna audiencia territorial, y es la de la fábrica que voy a establecer en el convento.

Don Perfecto, en quien no habían dejado de hacer fuerza las razones de su primo, como tienen la suerte de hacerlo todas las razones que salen de la boca de un millonario, aunque sean menos sensatas de las que en su tosco lenguaje había vertido D. Roque, se mostró muy satisfecho de la oferta, y tanto más, cuanto que no sabía que hacer con ese hijo que ya había medio arruinado a sus padres. Pero lo que más contribuyó a la satisfacción del alcalde, fue la dulce perspectiva de reducir a silencio a su mujer, y extinguir para siempre una frase pesada, importuna, destemplada, con la que esta santa varona, como decía su hijo, golpeaba los oídos del alcalde como un martillo cuarenta veces al día, veinte a la noche, y diez y media entre sueños, y era esta: «Haber gastadu mis cuartus en facere de ese fillu miu un hulgazán! Non me lo dejú para esu mi tiu Bartulumé; es verdad.»

-Hay más, -prosiguió D. Roque-. Tengo gusto en que mi dinero no salga de mi familia, ni vaya a parar a manos de alguno de los mequetrefes de Cádiz o de los casquivanos de Sevilla, que le tienen echado el ojo; no se mirarán en ese espejo, por mi cuenta. Codiciosos, que andan lampando por un cuarto; mozalbete sin más ocupación que andar tras el peso duro sin saber ganarlo.

Don Roque se fue él solo montando de tal manera contra los imaginarios novios de su hija, que siguió en denuestos progresivos hasta terminar en, hato de pillastres.

-Ya se ve, que no se debe Vd. dejar robar, -dijo cándidamente el alcalde, que creyó había intentado despojar a D. Roque una banda de ladrones.

Este prosiguió:

-Tengo una hija única y si se porta bien ese triste varal de su hijo, casaremos a los muchachos.

Don Perfecto abrió los ojos tamaños e hizo una exclamación de júbilo: no porque fuese interesado, le halagaba más el papelonear que el dinero: pero al fin una suerte como se le brindaba a su hijo, era si no un sueño dorado, una realidad plateada, que podría en los tiempos que corren realizar el sueño.

-Pian, piano, -prosiguió D. Roque-, que no he concluido, tengo que poner mis condiciones, que sin ellas no hay nada de lo dicho.

-Sean cuales fuesen, -respondió el alcalde-, por admitidas.

-Sabrá Vd., -prosiguió D. Roque-, que mi mujer me trajo en dote cien mil duros.

-¡Cáspita! -exclamó el alcalde estupefacto.

-Corresponden además a mi hija otros cien mil de gananciales, -dijo D. Roque precipitadamente como haciendo un esfuerzo penoso.

-¡Pues no es nada! -murmuraba absorto el alcalde.

-Si quiere casarse con mi hija ese pobre vergonzante de su hijo de Vd., -siguió diciendo el fino millonario-, ha de cobrarse su dote con el convento y sus posesiones, recibiendo y atestiguando en la carta de dote como dinero metálico, la suma que en papel he desembolsado por él.

-Por de contado, -contestó el alcalde, que seducido por la suerte que se le venía a las manos a su hijo no se paraba en la infame estafa que D. Roque intentaba hacerle.

-Oblígome, -prosiguió el buen padre-, a ponerle en planta la fábrica, para que saque utilidad de esa ridícula y desproporcionada mole, por de contado a cuenta del dote.

-Como Vd. disponga, -contestó enajenado el alcalde.

-Después de esto, y de sacar los gastos de la boda, que no serán muchos, pero que siempre pesarían a Vd., porque me parece que no está muy abundante de dinero, si alguno queda, se obligará ese paseante en corte a dejarlo en mi poder sin opción a sacarlo, al tres por ciento; esto lo hago por prudencia, para que no lo malgaste.

-Conforme, -contestó D. Perfecto.

-No será mucho, porque el convento y sus posesiones me cuestan más de tres millones en papel.

-¡Es dado, señor, -exclamó el alcalde-, es quemado!...

-Mejor para Vds., -respondió el nabab-, yo no quiero ganar en él, quiero el bien de mi hija, y mirar por sus intereses. Su hijo de Vd. firmará la carta de dote, recibos, cuentas de tutela, etc., según hemos convenido.

-Mi hijo firmará como en un barbecho lo que usted le ponga delante.

-Todo esto, primo Perfecto, queda por ahora en el mayor secreto entre Vd. y yo, -dijo D. Roque.

-¡Jesús! ¿Y por qué? -exclamó el alcalde que se estaba deshaciendo por participarle todo lo ocurrido a su regañona mitad, y hacerle palpar triunfantemente dos cosas: la una, que si no hubiese sido por su obsequiosa hospitalidad, no hubiese reconocido el obsequiado en el obsequioso, su legítimo y auténtico primo hermano; la segunda, que si los cuartus del tiu Bartulumé no se hubiesen invertido en dar una brillante educación a su primogénito, no hubiese Don Roque, seducido por sus méritos exteriores y morales, pensado en elegirlo por yerno-: ¿por qué quiere usted que calle? -tornó a preguntar al futuro consuegro.

-Porque así lo exijo, -contestó éste-, y si Vd. no me promete el mayor sigilo hasta que yo disponga, no hay nada de lo dicho.

-Bien, bien, se hará como Vd. quiera.

-Mi chica está un poco mala, más de quejumbres y manías que de otra cosa; una de ellas es que le sienta mal Cádiz, y quisiera estar en Sevilla; pero es porque tiene allá un hijo de Job, un perdulario con buenas agallas, que quería meter sus uñas en mi caja: ¡ja, ja, ja, ja! Buen chasco se lleva el danzante. Dicen los médicos que la saque de Cádiz; la traeré, pues, aquí a casa de Vd. para que se mejore, que eso será tan luego como se le quite ese sin fundo de la cabeza. Si algo se dijese ahora de casorio, y dando también la maldita casualidad que su hijo de usted es más feo que un voto a Dios, tendríamos soponcios, convulsiones, desmayos, en fin todos los melindres y achaques que heredó de su madre. Aquí se esparcirá y se mejorará, y al fin se encariñará con ese redicho e inflado hijo de Vd.; horroroso es, pero en fin, a falta de pan buenas son tortas, y aquí no hay otro. Las mujeres son de los que tienen al lado, al revés de los hombres. Que la asista ese D. Juan de Dios o el diablo que almorzó ahí. Tanto sabrá, por poco que sepa, como los otros. Un sentido llevo gastado, primo, en sus visitas y en la botica; maldito si la mejoran. Es verdad también, que para curarse es preciso querer curarse, y hay mujeres que no quieren curarse, y gozan en jaropearse y en tener la cara más larga que la noche de Navidad. Pero en fin, aquí le irá bien, siempre que no la contemplen Vds. demasiado; le gusta el campo. Por de contado pagaré el pupilaje.

-¡Qué disparate! -exclamó D. Perfecto, que como hemos dicho, no era interesado, con esa espontánea cortesía y garbosidad tan indígena en el pueblo de España.

-Cuentas son cuentas, señor primo, y no se trata de que tú que no puedes me lleves a cuestas, -respondió el amable ricacho-. No será suma crecida porque la chica apenas come, pero de valdivia no... y si no, no hay nada de lo dicho. Señor alcalde, Roque la Piedra no recibe favores de nadie; sépalo usted. Dígale Vd. a ese mata sanos que si cuida bien a la chica le pagaré a peseta las visitas.

-Don Juan de Dios, -afirmó el alcalde-, no repara en el más o menos precio de las visitas para asistir bien a sus enfermos.

-Vaya, preciso es venir a este rincón, -exclamó don Roque-, para encontrar esa ave Fénix médica.

Entre las gentes ordinarias y groseras es un rasgo característico el tirarle rudas coces a los médicos, sea dicho de paso.

-Descuide Vd., -dijo el alcalde-, que desde ahora la miro como a mi hija, y nada la faltará ni echará de menos.

-Desde ahora también, -añadió D. Roque-, puede usted comprar e ir renovando para ellos alguna casa que vendan barata, y sacar para esto los materiales del convento. Póngale Vd. las losas de la iglesia en el patio. Hágale Vd. a la cocina el fogón y fregaderos con los azulejos de los claustros; a las mujeres les gustan esas menudencias y aseos. ¡Ah! Se me olvidaba, que tenga la casa su pedacillo de jardín. Le gustan las flores a la chica.

-¡Jesús! Más que sea un huerto, -contestó al alcalde alborozado-; aquí vale poco el terreno. ¡Es Vd. un buen padre, primo, en todo piensa!

Los primos se separaron contentísimos el uno del otro.

Don Roque estaba muy satisfecho y vanaglorioso con la fama que había adquirido de buen pariente y buen padre, que se ocupaba hasta minuciosamente de lo que podía ser ventajoso y agradable a su hija, y muy persuadido él mismo de merecer ese elogio; y no es él solo; hay muchos en este mundo que son perversamente malos, sin tener la conciencia de serlo.

Háblase mucho de la conciencia, sin tener presente que la conciencia supone un conocimiento o un instinto de lo bueno, y por desgracia hay seres tales, en quienes falta lo primero y no existe lo segundo. La religión enseña lo uno e inspira lo otro; cuando se desoye su voz, se pierde la conciencia, esa última áncora de salvación, ese último reflejo del sol de justicia.

Los primos volvieron de su paseo radiantes de alegría, como dos hogueras de sarmientos; ¡ya se ve! Ambos a dos acababan de plantear el mejor negocio de su vida, uno en provecho de su hijo, otro en provecho de su bolsillo.

En su acceso de franqueza, D. Roque divulgó el destino que pensaba dar al convento, y se dio a conocer a Tiburcia como su cercano pariente: pero don Perfecto, quedó grandemente chasqueado al notar que esta gloriosa nueva no pareció causar el más mínimo placer a su consorte. La gallega que, como sabemos, veía harto más allá de sus narices, y a la que se le daba un bledo del oropel, conoció desde luego, que en esta clase de relaciones, suele costarle caro el honor al que lo recibe, y no le sirve de provecho ninguno; de suerte que sólo vio por consecuencia de estos estrechos lazos, una contribución extraordinaria de hospedaje sobre su corral y despensa, que la inclinó algún tanto a las ideas de su hijo sobre la disolución de las familias, por lo cual dijo a su marido cuando don Roque se hubo ido.

-Primu, primu, el primu lu serás tú, si te metes a llenarles la barrija cada vez que vengan a ver su conventu. Non me dejú lus cuartus mi tiu Bartulumé para les dar de cumer a tus primus; es verdad.

La noticia del destino que pensaba dar su propietario al convento, se divulgó pronto por el lugar, y llegó a los oídos del comandante del fuerte de San Cristóbal, D. Modesto, el que entró aterrado por ella en casa de su patrona la maestra de amiga, conocida en el lugar con el sobrenombre de Rosa Mística. Yacía esta en cama con una leve indisposición.

Al ver su patrona la cara descomunalmente larga de D. Modesto, su mechoncito de pelo caído y lacio, sus ojos más amortiguados que nunca, se incorporó en la cama apoyándose sobre su codo, y sujetando con la otra mano sus primorosas ropas de cama contra su garganta, cuidando no estropear los faralaes de su almilla; «y bien, le dijo, ¿qué va a hacer ese usurpador profano? ¿Va a rehabilitar la iglesia y traer un capellán?»

-No, Rosita, no, -contestó suspirando el comandante.

-¿Pues qué van a hacer? D. Modesto, responda Vd. por Dios, que estoy sobre ascuas. ¿Qué van a hacer de ese santo palacio?

-Una fábrica, Rosita, -contestó en voz casi ininteligible D. Modesto.

-¡Jesús me valga! -exclamó Rosita-, ¡una fábrica del templo del Señor! ¿Y de qué?

-De fósforos, -respondió D. Modesto con apagada voz.

Rosita lanzó un grito lastimero, se dejó caer sobre sus almohadas, y su indisposición se agravó instantáneamente malignándose su calentura.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXVI
Pág. 27 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


Después que D. Roque trajo su hija a Villamar y la dejó instalada en casa de su pariente, con la agradable perspectiva de que mejoraría de salud, se establecería allá casándose con su primo el interesante Tiburcio, y que sería muy feliz, cosas todas que le parecían sencillas y seguras consecuencias unas de otras, quiso darse la satisfacción el sibarita de disfrutar por su cuenta. Libre ya de todo cuidado en punto a su hija, esa poquita cosa, como él la llamaba, a la que había hallado una colocación proporcionada al aprecio en que la tenía; dueño único y absoluto de millón y medio de duros, encumbrado por estos entre las notabilidades de la aristocracia financiera, satisfechos sus afanes pensó en satisfacer sus deseos.

Mas antes de pasar adelante, tenemos acá que satisfacer tu curiosidad, lector de las Batuecas, que se ha despertado con las palabras de que nos hemos valido. Lector, tú eres muy preguntón; te advertimos que preguntar es de mal tono.

¿No sabes, lector de las más remotas Batuecas, que en el siglo de las luces todos nacen sabiendo, que en su vida preguntan los hijos del diez y nueve, sino en que día estamos hoy? Van a creer que tienes más de cincuenta años y que naciste en el siglo pasado.

Otra cosa vamos a hacerte presente, amigo lector.

Un autor francés ha dicho: «Las preguntas demuestran los alcances o extensión del entendimiento, y las respuestas su agudeza.» Ten, pues, presente que las tuyas no demuestran la más mínima extensión, y no quieras comprometernos a que se diga lo propio de nuestras respuestas en punto a agudeza.

La primera pregunta fue ¿qué era notabilidad? Y ya te lo hemos explicado una vez; pero es preciso, ya lo vemos, cuchara de bayeta.

Es notabilidad una palabra con muchas letras y poco sentido; equivale a un título honorífico sin emolumentos ni obligaciones. Es la categoría del ab libitum, puesto que para obtener ese dictado basta que tu vecino diga: hágote notabilidad, a la manera que otro decía a lo que comía: hágote pichones. La notabilidad tiene tamaños muy variados, las hay tamañas como panderetas y tamañas como plazas de toros. Es una distinción que indica una importancia incalificada, a la manera que indica una persona las voces fulano, mengano, o zutano.

En cuanto a la otra pregunta sobre lo que quería decir aristocracia financiera, estos son otros cantares. Tú creías que la aristocracia era nobleza, y que esa andaba como las lechuzas, huyendo de las luces del siglo que la quieren mal, en las altas torres y ruinas de sus castillos. Lector, si tal crees, abusas de los privilegios de tus Batuecas. La nobleza hoy día no tiene nada de lechuza, se muere por las luces, no lo bastan las bujías, quiere las del gas, como en las calles, como en los cafés.

Direte, pues, lo que es hoy aristocracia, y no contesto a más preguntas. Aunque el preferido, no eres nuestro solo lector: hay algunos otros, y al fin se van a impacientar con tanta lección que te damos, nos van a llamar maestro ciruela, y esto es denigrante para un autor. La aristocracia tiene la vida dura. Por más que la han derribado, la han herido y sacado su mejor sangre sus enemigos, no murió. Vinieron varias notabilidades a las que no pareció mal, y la cortaron a pedazos llevándose cada uno su parte. La aristocracia como el pólipo, vivió en cada una de sus partes. El talento cargó con la cabeza. La política con las manos. El dinero con los pies: a sus primitivos poseedores les quedó el tronco. Hay, pues (ve contando lector y no mires así con la boca abierta como si te estuviese contando un cuento fantástico de Hoffman) una, la existencia de la nobleza llamada sangre azul (ya ha tomado varios tintes); como es solo el tronco del cuerpo, ni piensa, ni obra, ni anda, pero conserva el corazón y siente.

Hay la del talento, (dos), la cabeza, pensadora, desdeñosa, vana y... calva.

Hay la de la política (y van tres), las manos, activas en guerra la derecha con la izquierda; empuñando la espada y la pluma, tocando el compás al cual ha de bailar el mundo que quiera que no.

Hay la del dinero (y son cuatro) los pies, firmes y pesados, pisando recio, tratando las cosas con la punta o con el talón, al que ciñe espuela de oro.

Las cuatro se saludan profundamente, se dan la mano, y no se pueden ver, se odian, se envidian y desprecian.

¿Te hemos desilusionado de las aristocracias? Pues vamos a ver si te reconciliamos con ella hablándote de otra, de la verdadera, sin la cual todas las otras no son nada. Esta es la del alma. Esta la tienen o no los que forman parte de las otras aristocracias, y la tienen también los que no pertenecen a ellas, puesto que es una gracia de Dios en la naturaleza humana, como lo son las flores en la física. Se halla cual ellas en los campos y en los palacios; cual ellas, tiene en estos más bellos colores y más brillo, en los campos aun más perfume y más sencillez. Esta aristocracia se ignora a sí misma como la inocencia. Pasa con su blanca túnica de amianto entre el fuego de bajas y malas pasiones, ilesa. Es pura como los aires de altas sierras, acoge a los simples de espíritu como el caudaloso río a los arroyuelos de aguas puras y cristalinas. El entendimiento la comprende, admira e imita, pero genuina sólo existe en el alma. Tiene cuatro cualidades que forman con ella una misma esencia, y son la delicadeza, la generosidad, la franqueza y el aprecio: le son por tanto lo más opuesto, la grosería, la avaricia, la falsía y el desprecio.

Es, pues, como has visto, lector, la aristocracia hoy día, un aderezo con que se engalana la sociedad, compuesto de perlas, que no todas son de número y de brillantes pulidos y por pulir.

A D. Roque, pues, le pareció bien dignarse hacer participar al blasón de sus talegas, y a los pergaminos de sus letras de cambio. Esta acendrada satisfacción se la concedía a sí mismo en su refinado egoísmo, cuando lo había sacado de quicio sola la idea de que su pobre hija, pudiese desear para su felicidad una cosa análoga.

No había podido D. Roque tratar tanto y de tan cerca a aquella hermosa mujer, la Marquesa, sin que sintiese despertar en él... ¿qué diremos? Sería profanar la palabra amor si la aplicásemos a los sentimientos que semejante hombre pudiese abrigar. Era una especie de seducción profunda que ejercía la belleza sobre las sensaciones de un hombre poco gastado, puesto que D. Roque nunca había mirado con buenos ojos sino a los pesos duros; era una seducción no menos poderosa la que arrastraba a su amor propio y vanidad, que eran excesivos, la idea de poder decir de aquella noble, elegante y distinguida señora mi mujer, con lo que se habría llenado la boca, lo mismo que cuando hablando de su caudal, decía mis millones, y era por último la influencia magnética, el imán irresistible que tiene lo superior sobre lo inferior, al que es inútil combatir; superioridad que se niega de boca y se confiesa de hecho, río que arrastra sin valerse de más medios que de su propia corriente.

A pesar del alto aprecio y reverendo culto que tenía al dinero, y parecerle al inflado nabab, que el hombre que se presentaba poseedor de millón y medio de duros, debía necesariamente ser un César para toda mujer nacida y por nacer, había algo que no definía, que zumbaba indistintamente como una mosca importuna alrededor de su acostumbrada osadía, y le infundía algo parecido a desconfianza. No era esto por cierto hijo de la delicadeza inseparable del verdadero amor, la cual hace tímido a un rey cerca de una pastora; era la conciencia, que por cima de su prosopopeya y sin que pudiese ahogar su graye voz el sonoro sonido de sus talegas, le murmuraba que había una inmensa distancia entre la más alta superioridad moral y la más baja inferioridad, la que no deja de existir, aunque el mundo y las circunstancias la aproximen. Ello es que D. Roque, como hombre prudente que era, había reforzado su plan de ataque, con alguna artillería de reserva que debía abrir brecha en la sitiada plaza, si no se apresuraba a recibir en palmas al que quería hacerse su dueño. Se había dicho allá en sus adentros: «¿y si no quisiese? ¡Las mujeres son tan raras, tan caprichosas! Si se hace la remilgada, le haremos la forzosa.» Débese advertir que D. Roque había estipulado en su infame contrato, al prestar el dinero a la Marquesa, que cada año cumplido, ambos contrayentes quedaban en libertad de rescindir o renovar el contrato según les conviniese, diciendo con aparente consideración a la Marquesa, que ponía esa cláusula en favor de ella, porque pudiéndose casar su hija de un día a otro, podía convenir a su marido libertar el caudal cuanto antes. El primer año había transcurrido y el plazo primero iba a cumplir en breve.

-Bien venido, D. Roque, -dijo la Marquesa al millonario al verlo entrar una mañana en su cuarto, ocultando hábilmente la repulsa que le inspiraba su grosero y vulgar acreedor-, ¿desde cuando ha llegado usted? ¿Y Lágrimas? ¿Cómo está la pobre niña?

-¡Oh! Mucho mejor. Efectivamente, Cádiz no le sentaba, la he llevado al campo y le va a las mil maravillas, está muy contenta, muy distraída; tiene allá un primo, y creo no tardaremos en comer dulces de bodas.

-¡Cuánto lo celebro, y cuánto se va a alegrar Reina si es cosa del gusto de ella y del de Vd.! Es un angelito esa niña, pero muy delicada, la debéis cuidar mucho, D. Roque.

-Es claro, así se hace, madama. ¿Pero Vd. cómo está? Cada día más hermosa; es Vd. obra de romanos.

La Marquesa se sonrió al oír este grosero y chabacano cumplido, y notar el airecito jaque de D. Roque al hacerlo. La sonrisa de burla y de supremo desdén de la Marquesa, fue interpretada en otro sentido por D. Roque, que creyó equivalía a un atento pase Vd. adelante al primer golpecito dado a la puerta.

Don Roque nunca había hablado el elevado y delicado lenguaje del amor culto y apasionado, es claro que tampoco había enamorado, voz perfectamente adecuada para los que miran al amor como una cosa, un pasatiempo, un oficio. ¡Han hecho de un verbo recíproco, un verbo activo! ¿Qué es enamorar? Antes el leal obsequiaba, el vil seducía, parece que el enamorar es el justo medio, ¡progresos! ¡Adelantos!

Don Roque, pues, no había ni paseado por ese jardín, ni andado por ese huerto de Cupido, y unía en estas materias lo infecundo a lo inexperto; así era que la Marquesa se hallaba frente de un especie de monstruo, insensible, torpe, sin gracia y material. Si se hubiese podido dar cuenta de su situación, situación que no sospechaba siquiera, la hubiese hallado análoga a la de Andrómeda, amenazada por la Quimera.

-Acabo de hacer mi balance por ciertas circunstancias que me obligaron a ello antes de venir aquí, -dijo D. Roque, echando mano a este argumento como para poner la cuestión que se iba a tratar bajo su exacto punto de vista-. ¿Sabe Vd. lo que tengo?

-¿Cómo quiere Vd. que lo sepa, D. Roque?

-Treinta milloncitos a toca teja.

La Marquesa, que no entendía una palabra de negocios, al oír hablar de balances se había estremecido, pues debiendo en estos días cumplir el año del contrato, había temido viniese D. Roque, como lo había hecho otras veces, a hablarle de apuros y de falta de metálico, cosa que hubiese podido llevarlo a necesitar del dinero que le tenía dado; así fue que al oír a Don Roque respiró, y dijo complacida y con un aire de satisfacción que clavó más a D. Roque en lo hábil de su estrategia:

-Sea muy enhorabuena.

-¿No le parezco a Vd. un buen novio? -preguntó el nabab, que pensó que el mejor modo y el más corto de entrar, no era el de llamar a la puerta sino el echarla abajo.

-¡De los pocos! -contestó la Marquesa chancera, por creer que la pregunta lo era.

-¿Encontraría yo media naranja? -siguió preguntando con risita satisfecha el nabab.

-Jesús, -respondió riéndose de la pregunta la Marquesa-, cuantas Vd. quisiera.

-No quiero más que una; pero esa una ha de ser tal que valga por muchas; bocato di cardinali. Roque la Piedra, señora mía, puede y quiere picar alto. Si tiene buena suerte, tiene también buen gusto, y sintiéndose como remozado por su empresa amorosa, y como traspuesto a sus tiempos buenos de gastador, -añadió con ojos saltoncitos-: la prenda que a mí me conchabe, ha de tener tres pares de tacones, la sal por castigo y la gracia de sobra; ha de ser entre lo bueno lo mejor, y de lo fino la flor y la nata, así como Vd., Marquesa, Vd. que vale su peso en oro.

Fue tal la sorpresa de la Marquesa al oír estas palabras, que mejor se denominaría asombro, que se quedó inerte con los ojos desmesuradamente abiertos, y aquella mujer de réplica tan pronta y aguda, no halló que contestar bajo el peso del tedio, del asco, del desvío y de la indignación.

-¡He! ¿Qué le parece a Vd.? -añadió D. Roque satisfecho del efecto que producía, y acercando su silla-; Esto no estaba escrito en sus libros.

Cuantos sentimientos de dignidad y de orgullo, de decoro y vanidad, de delicadeza y soberbia se encerraban en el alma de la Marquesa, hicieron erupción como un volcán, y sus rojas llamas subieron a su rostro, que se puso encendido como una hoguera.

-¡A esto me he expuesto! -murmuró con amargura entre sus apretados dientes.

Don Roque, ni era bastante delicado para atribuir el carmín que cubría el rostro de la Marquesa al pudor mujeril que puede producirlo, el recibir inesperadamente y a quemarropa semejante declaración, ni menos podía comprender ni sospechar lo causase la indignación de un ser elevado, al sentirse rebajar por un ser despreciable a su nivel; así fue que, con toda la ceguera de la presunción, atribuyó este visible arrebato al efecto de una agradable sorpresa, añadió envalentonado:

-Eso y mucho más se merece esa persona.

A la púrpura que había cubierto el rostro de la Marquesa sucedió instantáneamente una palidez, que con la blancura y frialdad del alabastro la hizo semejante a la estatua de un sepulcro.

-¡Qué callada está Vd.! -dijo D. Roque al ver a la Marquesa erguirse y enmudecer; ¡esquiva! ¡Esquiva!... Tiene Vd. fama. Pero hay ocasiones en que se despliegan esos labiecitos, y para tener contento a un enganchado se dice siquiera: sí.

-O se dice no, -repuso la Marquesa con calma, vuelta en sí de su primera sacudida.

-¿Qué no? -dijo D. Roque inclinando la cabeza hacia adelante, y frunciendo las cejas sobre sus ojos estáticos.

La Marquesa no contestó.

Viendo este silencio, exclamó indignado el Creso:

-¡Que no! ¿Y por qué?

-Basta el no, no es necesario el por qué, -respondió la Marquesa.

-Es que lo exijo, -dijo con necia y grosera exigencia D. Roque.

-Exigid vuestro dinero, -respondió altiva la Marquesa-, que es a lo que tenéis derecho.

-Es lo que haré, -contestó con concentrada ira el ricacho.

-Está bien, -dijo la Marquesa con calma, haciendo con la cabeza una señal de asentimiento.

Don Roque cogió el sombrero, pero apenas estuvo cerca de la puerta, cuando el interés del hombre de negocios un momento eclipsado por el despecho del pretendiente, volvió con todo el poder de la naturaleza y de la costumbre. D. Roque se volvió el hombre viejo. Consideró que lo que solo había tenido por un espantajo para la Marquesa, el disolver su contrato podría en efecto verificarse si en ello se empeñaba su deudora, que podría hallar dinero con las mismas condiciones que él lo había dado, lo que caso de verificarse sería para él el mayor de los chascos.

No sólo tenía perfectamente colocado en este negocio D. Roque su dinero, sino que por motivos largos e inútiles de detallar, y ligados con la muerte ab intestato de su compadre, no deseaba D. Roque que sonasen para nada esos treinta mil duros. Por consiguiente más vivamente interesado en cosas de dinero que no en cosas de amor propio y de sentimientos, Don Roque retrocedió en obras, palabras y pensamientos; se volvió a sentar y dijo con aire proteccional a la Marquesa:

-Vamos, señora, por eso no hemos de reñir; yo quiero ser generoso y pagar bien por mal. Al fin ha tenido Vd. aquí a mi chica, que no era mala plepa, quiero mostrarme agradecido y pagarle el favor, quédese Vd. con el dinero, que en ello tengo gusto.

-Le agradezco a Vd. el favor sin admitirlo, -respondió en tono grave y decidido la Marquesa.

-¿Y por qué, señora? -preguntó D. Roque, en cuyos ojos volvieron a chispear la cólera y el despecho.

-Señor D. Roque, -contestó la Marquesa con altivez-, no estoy acostumbrada a dar cuenta del por qué de mis acciones.

-Le suplico a Vd., Marquesa, no me desaire, -dijo el avaro inclinándose, no ante la noble y bella figura de aquella imponente señora, pero ante el temor del perjuicio de sus intereses.

-Basta, señor D. Roque, -repuso la Marquesa-, siento decirle a Vd. que tengo una cita a la que no puedo faltar.

Don Roque que comprendió que nada adelantaría, salió furioso.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXVII
Pág. 28 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


Carta de Lágrimas a Reina


VILLAMAR, 15 SETIEMBRE 1848.


«Aquí me ha traído mi padre, querida Reina, por ver si mejora mi salud, puesto que en Cádiz me he empeorado por días. Algo me he aliviado, y así podré escribirte aunque sea cada día cuatro renglones. De esta suerte mi carta será un mosaico, pero te probaré que todos los días pienso en ti. Empezaré por decirte que, si tú escribes tus cartas con la buena intención de hacerme reír, yo sin tener la misma, pues sólo quisiera hacerte llorar mi ausencia como yo lloro la vuestra, lo voy a lograr con la mía diciéndote que Tiburcio Cívico, ese Tiburcio de que tanto te reías, es mi primo.

»Estoy, pues, aquí en casa de mi tío, que es el alcalde y albéitar de Villamar, y aunque son como puedes pensar, tanto él como su mujer, que es una basta gallega, gentes muy ordinarias, son tan buenísimos, tan honrados, me cuidan tanto, que desde que salí del convento y me ausenté de tu lado, no he estado mejor. Quisieran alegrarme y distraerme: pero ¿cómo es posible alegrarme y distraerme en la ausencia de cuanto se ama? A eso me dirás, Reina mía, como en tu carta, que el olvido es un bálsamo, y el recuerdo un corrosivo; también la salud es un bálsamo y la enfermedad un corrosivo, y no está en nuestro poder ni darnos la salud, ni darnos el olvido. Pregúntaselo a él, y verás como dice eso mismo; tú hablas así, Reina mía, porque no sabes aun lo que es el querer...

»Ayer he dado un largo paseo en borrico porque todos se empeñaron en ello. Me llevaron a una altura donde está una capilla en la que está un Señor muy hermoso, que caído y con su cruz sobre el hombro tan sublime ejemplo nos da. ¡Con qué fervor, Reina mía, recé postrada a sus pies por mi madre, por ti y por él!

»Fue tanto, que cuando me levantaron, noté que no había rezado por mí. Lo sentí, porque quería haberle pedido a ese Señor, que tan milagroso es, que me diese, según fuese su voluntad, la muerte o la vida, puesto que como estoy, ni vivo ni muero, que no es vivir padecer tanto, en mi cuerpo con mis males y en mi alma con la ausencia. Pero, Reina, la muerte da horror, digan lo que quieran en su favor los que no la han visto de cerca. Haber muerto es dulce, pero el morir terrible. ¡Pensar que yaceremos fríos e inertes! ¡Qué todo cuanto vive huirá de nosotros, todo menos la horrorosa corrupción que nos devorará poco a poco! El cementerio que está ahí cerca, es bonito y tan tranquilo y risueño, como si en él descansasen sólo justos. Cubre allí la tierra sus muertos como un tapete de flores. Simpatiza conmigo la idea de que la naturaleza las produzca sobre los sepulcros: pero me choca que las planten los hombres. No es la voluntad de un mortal la que debe cubrir una tumba de flores, como no debe profanar ciertos dolores con consuelos; uno y otro debe de ser obra de Dios por medio de la naturaleza y del tiempo: las flores sobre los sepulcros y el consuelo en los corazones...

»Mi primo Tiburcio me da lástima; está desesperado aquí; llama este pueblo, que es tan bonito, un detestable villorrio; lo ha acabado de exasperar el que sus padres miren como una suerte para él e insistan en que se ponga a la cabeza de una gran fábrica de fósforos que mi padre va a establecer aquí; pero Tiburcio dice, que no es ese un puesto adecuado para él, y que le degrada, ¡cómo si el trabajo degradara a nadie! El orgullo y la vanidad tienen trastornada la cabeza a mi pobre primo, que por lo demás me parece un buen muchacho...

»Hay aquí un excelente médico que me cuida con esmero, también un comandante tan bueno y complaciente que me acompaña siempre que salgo. Ayer fue el paseo a un fuerte que mandaba; pero que se ha caído. Me gustan las ruinas, cuando no las profanan y las respetan, dejándolas a ellas buscar su mejor posición para descansar, y escribirse con yedra su epitafio; aunque repruebes los recuerdos. Reina, ellos son la yedra de una felicidad arruinada. A la vuelta vimos ponerse el sol en la mar. D. Juan de Dios, el médico, me hizo observar el magnífico espectáculo que ofrecía. Por mi parte, siempre la puesta del sol me ha dado tristeza; me parece al desaparecer, el grano de arena que cae en el gran reloj que tiene en su mano el tiempo; pero verlo ponerse en la mar me horroriza porque me parece un gran naufragio, y sus últimos pálidos rayos, un agonizante clamor por socorro...

»Te he dicho que este pueblo es bonito sin tener pretensiones de serlo; es un grupo de casas bajas rodeadas a la iglesia que descuella grave, y parece con su paz y su silencio un rebaño de fieles arrodillados al rededor de una cruz. Cerca hay un soberbio convento que ha comprado mi padre. ¿No te suena extraño al oído eso de comprar un convento como una vara de paño? No he querido ir a verlo porque me daría mucha tristeza entrar en él. ¡Silencio hosco en las bóvedas en que sonaban himnos y preces al Señor! ¡Qué dolor ver el tabernáculo en donde se entronó la Majestad, llenando de respeto, de amor y de consuelo los corazones, vacío y frío, esparcir desconsuelo y asombro! Prefiero ir al convento de Santa Ana; allí los cantos de las monjas, las flores, el incienso, las luces, los rezos de los fieles, todo consuela al corazón y redobla nuestro fervor, como en coro y acompañada se levanta la voz más firme y confiada. ¿Quieres creer que Tiburcio me hace burla por eso, y dice que sólo se va a la iglesia por curiosidad o fanatismo? Al ver mi asombro me dijo me lo enseñaría impreso. Alguna vez creo que ese muchacho que siempre está ocioso y no hace sino rabiar, va a volverse loco.

»Hemos ido algunos días ha, a la playa donde tan ásperamente vienen las aguas del mar a amargar la arena. Hay sitios en que se agolpan rocas como soldados que opusiese la tierra a la invasión del mar. Compadécenme estas rocas oscuras, mustias y taciturnas, por verlas destinadas al incesante combate, con las olas, que Dios les ha impuesto. Unas se alzan erguidas y las desafían; otras se acuestan indolentes o cansadas, dejándolas pasar sobre ellas, arrancándolas algún girón de sus pliegues, que queda en sus concavidades trasparente, manso, tranquilo como sino fuese parte de aquel furioso elemento. Trajéronme las niñas de mi tía conchitas y caracolitos de varios colores, y también estrellitas de la mar. Son muy bonitas, ¿las has visto? Mi tío dice que es una planta, y D. Juan de Dios, que es un pólipo; pero los niños dicen son estrellas del cielo que caen en el mar y se apagan.

»Cantan:

»La estrellita de la mar,
apagadita en la arena,
se cayó del cielo
y murió de pena.


»Y yo por mí creo que tienen razón.

»Hallé un hueso; lo había arrojado la mar a la playa como un despojo. Me figuré que podría ser un hueso de mi madre, y me puso esta idea tan mala que me tuvieron que traer a casa, y he estado mala más aun de lo acostumbrado estos últimos días. Pero hice que se enterrase en tierra santa ese pobre hueso que la mar arroja y la tierra rehúsa; y fue en la playa que se enterró; la Iglesia ha hecho tierra santa para los ahogados, las playas a las que los pobres cadáveres vienen a pedir sepultura. ¡A donde no extiende esta Santa Madre su mano para amparo y consuelo de sus hijos!

»Desde esta última salida sigo peor, Reina mía, y no puedo salir. Mi pobre tía me acompaña cuanto se lo permiten sus quehaceres; me cuenta las pesadumbres que le ha dado su hijo Tiburcio. No ha sido la menor el haber abandonado a una linda y excelente muchacha de aquí con quien estaba tratado de casarse; se querían desde niños y la dejó. ¿Comprendes tú eso, Reina? ¿Comprendes que el corazón se desprenda de un cariño como un árbol de una fruta pasada? Creí que era el cariño el árbol mismo que echaba cada día más profundas raíces en el corazón. Ella ha entrado de pupila en el convento de aquí; y si vieras con que desprecio habla Tiburcio de las monjas y de los conventos; voy creyendo que además de mala cabeza y malas ideas, tiene malas entrañas.

»Como nada puedo ni me dejan hacer me siento a la ventana a mirar las nubes, que son tan bonitas, que pasan sobre nosotros tan calladas, y que los hombres no notan por tanto mirar al suelo. Algunas veces cuando están altas y diáfanas, me parecen ángeles que extienden sus alas de plata sobre el azul del cielo. Otras veces, cuando las veo llegar ligeras, pararse sobre mi cabeza y echar a correr, se me figura que me dicen como tú me decías cuando niña: Ven ¿a qué no me coges? Todo recuerda las personas que se aman, Reina. El corazón en la ausencia es un reloj de repetición, al que nunca falta cuerda. Cuando vuelan las nubes rápidas y ligeras hacia Sevilla como el humo de un pebetero, quisiera poder rellenarlas de flores para que lloviesen sobre ti, y cada una te besara por mí tu frente y tus manos.

»...Ya, Reina mía, han empezado a venir las nubes negras como presentimientos que tuviese el cielo de tempestad. Estas primeras nubes se me figuran bandadas de calladas grullas que van lejos, lejos, a buscar otro cielo. Pero van tristes porque se ausentan. ¡La ausencia, Reina! La ausencia que parece un mal tan pequeño y es un dolor tan grande, tan profundo y que creo la palabra a Dios, que es la más triste de cuantas existen, y que más que en los labios de los vivos tiene su lugar sobre los mármoles de los sepulcros...

»...Ya hemos tenido temporales, Reina, ya el viento levantó su poderosa voz; esa voz que aúlla y amenaza, ya yo me deshago en mi angustia y agito en mi calentura. ¿Qué querrá el viento, Reina? ¿Qué le ha hecho la tierra que tanto la castiga? ¿Qué dice su pavorosa voz? ¡Pues algo dice! ¿Es acaso el alma de algún otro globo terrestre que ha muerto y le pide preces a éste? ¿Es el despecho de lo que no es nada y quiere ser algo? ¿En qué estriba su fuerza, y con qué boca brama? ¿Por qué prefiere la triste noche, y por qué persigue a las pobres nubes que destroza y hace llorar? Cuando lo oigo, Reina, ¡cómo va subiendo mi agitación y mi angustia! Es mi alma entonces como el barco que hace el temporal agonizar sobre las olas del mar. ¡Pobres, pobres de los que en la mar se hallan! ¿Y es acaso un consuelo hallarse uno en seguridad? No, no. Es parecida entonces la tranquilidad a un crimen contra la humanidad; si durmiese sentiría remordimientos. Todos deberían en esos casos reunirse, velar y levantar a Dios su corazón y sus manos para implorarlo en favor de los que peligran, y Dios diría; todos son mis hijos, puesto que todos son hermanos. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Envía el rocío a las plantas y la caridad a los corazones! Dános el pan de cada día, y perdona como perdonamos.

»...Al volver a leer lo que te escribí ayer bajo la impresión del temporal, conozco que doy lugar a que tú me riñas y la alegre Flora me embrome. Me parece oírla asegurar como otras veces hacía, que el vibrar tristemente al soplo del viento, sólo pegaba a las arpas eolias y no a las niñas bonitas, y que lo místico sólo en la letanía pega a la rosa, que en el siglo no se puede vestir de monja, llevar la espina en la frente como santa Rita, sino en el corazón y cubierta con un moño. Dile a esa alegre y festiva Flora, que en el corazón llevo una espina, y ojalá fuese la de santa Rita y que hago porque lo sea. Como estoy tan sola, desde que me aparté de todos Vds. y no me dejan ocuparme en nada, no puedo hacer otra cosa que pensar y sentir.

»Mucho ha llovido estos días. Ha sido a consecuencia de las rogativas que se hicieron. ¡Qué misericordia de Dios! ¡Oh Reina! ¡Qué fervor y qué gratitud rebosaba en todos los corazones!... Sólo el de ese desgraciado Tiburcio quedó frío y seco como lo estaba el suelo. ¿No es portentoso, Reina, cómo en nuestra época en que escasean los milagros, porque escasea la fe, se ve de continuo repetido el de enviar Dios el agua cuando se hacen rogativas? Y eso es, Reina, porque en ella pedimos, lo que Dios nos enseñó a pedirle, el pan nuestro de cada día.

»Ya el tiempo ha sentado, las nubes se han levantado y pasan tranquilas y calladas sobre la tierra sin rozarse con ella; ¡quién pudiera imitarlas! Pues hoy, Reina, me oprime una angustia terrible; había notado que las niñas de mi tía, que recién llegada aquí siempre estaban a mi lado, no venían ahora jamás a mi cuarto, porque lo creí hijo de la inconstancia natural de su edad. Pero ayer que era viernes me trajo la más pequeña un ramo de romero, y me dijo: «Toma, Lágrimas, estas matas de romero que florece todos los viernes(13), te la traigo porque sé que te gusta, y sin que lo vea mi madre, que nos ha prohibido que nos acerquemos a ti!» Diciendo esto echó a correr.

»¿Será por ventura contagioso mi mal, Reina? ¿Empezará acaso la muerte a separarme en vida de los vivos! ¿Será perjudicial mi cercanía? ¡Oh! ¡Reina, eso sería terrible! Sí, sí, cierto será. Largo rato estuve llorando; pude hacerlo sin que nadie me preguntase por qué; mis pobres tíos tienen que atender a sus quehaceres y no pueden estar a mi lado. ¡Oh, Reina, cuán triste es la vida y cuán terrible la muerte!... Siento tantos dolores en el pecho... en la cabeza... pero siempre repito como hacia mi madre,

»Abrázome con los clavos
y me reclino en la cruz
para que siempre me ampares
dulce Redentor Jesús...

LÁGRIMAS.»


Flora a Lágrimas

«Mi amada Lágrimas:

»Reina está un poco indispuesta y me encarga escribirte en su nombre. Pero es el caso que yo quiero hacerlo en el mío porque te quiero mucho, y porque soy comunicativa con las personas que amo: además tengo muchas cosas que decirte. Creo que de lo que te diga podrás sacar algún fruto, y por eso he tomado la pluma, instrumento que odio. Todas cuantas existen daría por una aguja, así como todas las espadas, inclusa la famosa de Francisco I por un abanico. Así tuviese una varita de virtud para hacer ese trueque general; ¡qué paz no gozaríamos!

»Vengamos al caso. Fabián se fue; entró en la vida activa como dice Genaro; en la positiva como diría Marcial. Pasó ese hijo de Apolo al servicio de Temis, como él decía, asegurando le parecía muy vulgar después del de Flora. Soltó las coronas de laurel por el bonete de doctor, y la lira por las pesas de la justicia como el cajero de un refino. Nos dijimos adiós como dos buenos niños que han jugado juntos las horas de asueto, y que dejan los juegos sin llorar ni rabiar para ir a la clase. Por consiguiente, no creas que voy a obsequiarte con una elegía; no, no. La elegía es un sauce llorón que me gusta mucho a orilla del río, pero que es extraña a mi pluma, que no sabe trazar un punto de admiración, ese estandarte de las declamaciones; recuso las lágrimas aunque las llame Fabián perlas del corazón, porque en este no quiero yo sino brillantes y esmeraldas. No me gustan mas lágrimas que tú. En corto tiempo se siguieron tres graves eventos. Se fue Fabián, ese ruiseñor de mi primavera, cumplí diez y ocho carnavales, y llegó aquí un primo mío, tercero o cuarto, a quien ese parentesco pareció lejano, y deseó estrechásemos más sus lazos. Si bien al pronto no correspondí a sus deseos, mi madre lo hizo por mí muy tiernamente, diciéndome de un modo espantosamente prosaico, que teniendo docena y media de años, número respetable, era tiempo de pensar en marido y no en versos. Como mi proveedor ya no podía proveerme sino de sentencias, no hallé muy descabellada la de mi madre. Desengáñate, Lágrimas, la sabiduría está en los labios de las gentes de edad, como el buen vino en las uvas maduras; no hay más acá ni más allá: las uvitas verdes no dan sino agraz para refrescar en las tardes de verano. No debemos nosotras, niñas bonitas, considerar el amor como a un guía, y seguirlo a la manera de las corridas de caballos que decía Fabián llaman los franceses carrera al campanario, proponiéndose en ellas llegar a un término en línea recta saltando barreras, atravesando arroyos, atropellando obstáculos; eso descompone, desfigura, quita la gracia suave y femenina, la frescura a la juventud, y da talante de marimacho.

»El corazón de una joven debe ser, esclavo no, dócil sí. Un marido confía más en un corazón dócil que en uno emancipado, porque la mujer que sacudió el primer freno, bien podría sacudir el segundo. Lo que agradeció el amante, cúlpalo en su fuero interno el marido; lo pasado no es garantía para el porvenir, lo que hace perder a la mujer gran parte de su prestigio, y no poca de sus derechos al respeto y confianza de su marido, y sobre todo tiene que renunciar al santo lauro de que éste la presente de modelo a sus hijas, y la madre que no pueda presentarse de modelo a sus hijas debería desear el no tenerlas. Todo esto te lo digo, mi suave y triste niña, porque nuestras posiciones tienen cierta analogía, y quiero participarte mis reflexiones y recomendarte mi ejemplo, no porque dude hagas como buena hija lo que he hecho yo; si no porque quiero que lo hagas alegremente y de corazón. Si un sacrificio se hace con el aire de una deplorada víctima pierde su mérito moral como un regalo que se hace de mala gana, así es, que desde el día que dije a mi primo que consentía en ser su compañera, me he apegado a él como a un deber, como a una esperanza, como a una felicidad, y dicen que lo merece.

»Coronan los padres la penosa tarea de la crianza de sus hijas, llevada al cabo a costa de tantos sacrificios, estableciéndolas dignamente y asegurando su suerte ¿no es la más negra ingratitud arrebatarles esa corona, que ha de acabar y premiar su obra, y disponer en tan corta edad de nosotras mismas, denegando a nuestros padres y despreciando su autoridad que Dios, la naturaleza, la razón, la gratitud y nuestro propio corazón les dan sobre nosotras? Además, Lágrimas, cree que Dios premia toda buena acción; la senda árida la siembra de flores. ¡Si vieras cuánto gozo al ver la íntima satisfacción de mis padres, nacida de su cariño hacia mí! Porque, hija mía, su presunto yerno, no sólo es un excelente sujeto, no sólo me ama con ternura, pero es también un brillante partido. De esta hecha, San Antonio, a quien mi madre pedía para mí un buen marido, desbanca en su corazón a todos los demás santos. Quiero que tú estés contenta y feliz como yo, y por eso te he escrito esta epístola, que en honor de la verdad merecía imprimirse. Abomino el egoísmo, esa atroz alcancía que si pudiese había de recoger en su seno cerrado, todos los rayos del sol y todas las flores de la tierra.

»Fabián me aplicaba una frase de un autor francés, diciendo que cada uno de mis pensamientos tenía una sonrisa; imítame, queridísima niña mía, y no des lugar a que nos aflija la idea de que cada uno de los tuyos tenga cual tu nombre Lágrimas.

»Tuya de corazón,

FLORA.»



Respuesta de Lágrimas

«Queridísima Flora:

»He recibido tu carta como recibe la humilde flor del valle el rocío que Dios la envía. ¡Qué buena eres en quererme y en acordarte de mí, tú, que tienes tantos que te rodean, a quienes querer y de quienes ocuparte!

»¡Dichosa tú mil veces, a quienes manos amantes trazan su senda y hacen dulce su deber! Tú, cual las nubes de primavera, tuviste una suave brisa para guiarlas en el azulado éter, pero nubes hay abandonadas y solas que vagan a la ventura, y que no están bastante altas para preguntar a las estrellas cuál es la senda que las lleva a su destino, ni bastante pegadas a la tierra para recibir de ella consejos. Me dirás quizás que la razón es un guía que no está tan alta como la inspiración, ni tan baja como la experiencia; Flora, la razón quiere ser seguida, y sino su poder es muy limitado.

»Me dices que te imite en tener pensamientos risueños. ¡Flora, dile a la mar que brille cuando el sol no se refleja en ella!

»Tus días, Flora, pasan sin sufrimientos y tus noches son tranquilas. Mis días, sin exceptuar uno, son un continuo padecer; mis noches, si velo, las amarga la angustia, y si duermo, la pesadilla. ¡Oh, Flora! ¡Cuán amarga es la pesadilla! Y en tanto que discurren los hombres, ¿no han podido hallar un remedio para esa espantosa congoja del espíritu? ¿Te acuerdas que Fabián nos dijo la manera que la definía un poeta inglés? No lo he olvidado: «Tuve un sueño, dice, que no está en las facultades del hombre decir lo que era este sueño; ¡no vieron jamás los ojos de los hombres, los oídos de los hombres jamás oyeron, sus manos jamás tocaron, sus sentidos no pueden concebir, ni sus palabras expresar lo que fue ese sueño!» Así, la pesadilla, cuando es horrible como las que me acongojan, debe de ser el presentimiento o el terror anticipado de las angustias y horror de los condenados. Ahora bien, Flora mía, dime ¿qué puede la razón contra los poderosos latidos del corazón, el sudor que baña la frente, la agitación y el asombro del que despierta de la pesadilla? ¿Cálmala el silencio de la noche? ¿Sosiégala la tranquilidad de esas horas muertas? ¿El convencimiento de que la causa es ilusoria?... No. Pues si nada puede la razón sobre las impresiones de las imágenes que crea la fantasía ¿qué poder ha de tener sobre las impresiones de la realidad? Flora mía, cada cual siente según el poderoso instinto que Dios puso en su corazón: en vano quisieran resistir a sus corrientes las aguas, la luz y los corazones; para unos fue su coriente una sonrisa, para otros la tristeza. A unos dijo Dios sufrid, y a otros alegraos; y a todos, venid a mí.

»¡Sé feliz, Flora mía, sé feliz cual debe serlo aquella que fue criada por el Todopoderoso, para probar a los mortales cuán fáciles son las virtudes, y cuánto embellecen y hacen amables a los que las practican, que así hacen felices, cual las flores perfuman, a cuantos le rodean, pues sólo a ti entre las mujeres, como al naranjo entre los árboles, fue dado ostentar a un tiempo sus puros y embalsamados azahares, y sus dulces y dorados frutos!

LÁGRIMAS.»


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXVIII
Pág. 29 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


SETIEMBRE, 1848.

En los días que siguieron a la escena que hemos referido y tuvo lugar entre la Marquesa y el millonario, notó Reina a su madre muy preocupada. Vio entrar y salir en su gabinete muchos hombres que le eran desconocidos, corredores, abogados y escribanos, pero la Marquesa guardaba silencio sobre esto, y Reina, triste es decirlo, contra el decoro virginal de una joven, contra los dulces sentimientos de amor y gratitud filial, sólo se ocupaba de su pasión. En su egoísmo de niña mimada, todo lo posponía a su ídolo por ser suyo. Dios puso un fuerte imán en el corazón de la virgen a fin de darle fuerza para abandonar el techo paterno y el regazo de su madre. Pero si la atracción de este imán traspasa sus límites, si hace a las vírgenes frías para sus más santos sentimientos, ingratas, disipadas, desatinadas, vergüenza sobre él, pues salió de sus límites como un agudo y discordante chillido en la armonía universal. Créanlo, persuádanse las jóvenes, que aun mirando las cosas de tejas abajo, un freno en los sentimientos y un velo sobre la cara, son un imán, un encanto que a lo fino y delicado reúne lo picante y seductor.

Así fue que Reina nada traslució, ni nada preguntó a su madre, contentándose con decirse a sí misma: «Cuando nada me dice, es que querrá que yo ignore lo que le apura; si hace misterio dejarla, que preguntar sería incomodarla.» ¡Cuántas transigen así con sus más íntimos deberes, teniendo aun la insolencia de hacer pasar sus faltas como méritos!

La víspera del día en que cumplía el contrato, la Marquesa había citado a su amigo D. Domingo de Osorio para una entrevista reservada.

Cuando éste entró, halló a la Marquesa sentada delante de su mesa escribiendo.

-Marquesa, -dijo acercándose-, la república se la llevó su padre; los que estaban rojos están muy amarillos. Enrique V está en Marsella, y cuanta campana hay en Francia, repicando, cuanto cañón existe, haciendo salva. Ya, si eso no podía dejar de suceder; tras el caos la luz; tras el desorden el orden; las calenturas, mientras más violentas más cortas. En Vigo, -dijo acercándose y bajando la voz-, ha entrado un barco ruso con veinte mil fusiles y cien mil rublos.

-Don Domingo, -dijo la Marquesa-, sin atender a sus noticias políticas, he deseado hablar a Vd. para participarle dos cosas: la una es el casamiento de mi hija.

-¿De Reina? Y con quién, ¿con el marqués de Navia?

-No, se casa con Genaro.

-¡Con Genaro!

-Sí. Este casamiento destruye todas mis esperanzas; pero está apasionada a lo sumo de Genaro, y decidida tarde o temprano a unirse a él. He hecho cuanto en mi mano ha estado para impedir este enlace, como corresponde a una buena madre, que en el casamiento de una hija no ve un capricho amoroso que satisfacer, sino su felicidad, su colocación en el mundo y el lugar que debe ocupar, el puesto y bienestar de los hijos que tengan; he hecho cuanto he podido como tutora que mira el casamiento de su hija con toda la gravedad que se debe mirar, cosa de que penden los destinos de sus descendientes, deseando equitativamente, que puesto que su pupila lleva ventajas, las hubiese hallado proporcionadas. Todo cuanto he hecho para disuadirla ha sido inútil; persuasión, autoridad, dulzura, rigor, todo se ha estrellado contra su constante argumento, que sobre nada podía yo fundar una oposición justa, puesto que Genaro era completo; tiene en parte razón. Genaro es todo un caballero por su clase y su comportamiento; es brillante, fino, distinguido, tiene una capacidad poco común, una conducta ejemplar; será, un buen marido y un excelente y entendido administrador de los bienes de su mujer. Así sacrifico el mayor lustre a la mayor felicidad de mi hija, a quien por desgracia mía no enseñé a ceder desde niña, primera lección que deben dar las madres a sus hijas, ahogando así la rebeldía en su germen.

-Acuérdese Vd. cuántas veces se lo aconsejé, -dijo D. Domingo, que había quedado dolorosamente sorprendido del casamiento de la niña, que tanto quería-. Vaya, vaya, -añadió-; ¡vaya con Reina si es absoluta!...

-Así será, -dijo sonriendo la Marquesa-, Reina, a su gusto de Vd. y en sus ideas.

-No me gusta, Marquesa, lo absoluto en la voluntad sino en el poder; y ese poder debe existir, no en la mano muerta de una ley escrita, sino en una mano viva y fuerte, que es la que puede hacerla cumplir, pues yace inerte en sus infolios.

-Vengamos al otro punto que anuncié a Vd., -prosiguió la Marquesa-. Mañana cumple el año vencido del contrato que hice con D. Roque.

-Sí, sí, -repuso D. Domingo-, y como Reina no se ha casado, y con el casamiento que hace no hay probabilidad alguna que lo quiera rescindir su marido, lo habrán Vds. renovado.

-No pienso hacerlo, D. Domingo.

-¿Qué no? -exclamó este señor-; pues ¿qué piensa Vd. hacer?

-Pagar.

-¡Pagar! -dijo D. Domingo estupefacto-, ¡Dios mío! -añadió inquieto-, ¿va a quedarse D. Roque con el cortijo?

-Eso quisiera ese soplado patán; pero no se mirará en ese espejo, no.

-¿Pues cómo va Vd. a pagar, Marquesa? -preguntó su anciano amigo-, ¿dónde va Vd. a encontrar con tanta premura ese dinero?

-Aquí está, -dijo la Marquesa, sacando dos letras a la vista, de su gaveta.

Don Domingo las tomó atónito y las pasó por la vista.

-Esta es de cuatrocientos mil reales y del rico fabricante F***, este es el que paga a Vd. la renta vitalicia, ¿y cómo?

-La he enajenado, -respondió la Marquesa.

-¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué disparate, qué locura! -exclamó D. Domingo poniéndose en ademán desesperado las manos en la cabeza-; una renta de treinta mil reales una mujer que no tiene cuarenta años. ¡Jesús! ¡Se ha arruinado Vd. como una ciega, como una niña! Esas deudas que eran del caudal de su hija ¿qué responsabilidad tenía Vd. a ellas? ¿A qué sacrificarse así sin necesidad?

-Don Domingo, ¿no es uno mismo lo mío y lo de mi hija?

-Se puede casar y no pensar así su marido, y no reconocerle a Vd. ni el sacrificio ni la deuda.

-Genaro no es capaz de eso, D. Domingo: pero aun dado caso que eso sucediese, me queda mi viudedad con la que me sobra para mi vejez.

Don Domingo tomó la letra y leyó: doscientos mil reales a B*** joyero.

-¡Señora! ¡Señora! -exclamó desesperado-, ¿ha ido Vd. a vender sus magníficas alhajas, joyas de familia que trajo de Lima su bisabuela evaluadas en más un de millón? ¡Y eso en tristes doscientos mil reales!

-Ya he reservado un aderezo completo para Reina, -contestó la Marquesa.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! -decía D. Domingo, dando vueltas por el cuarto fuera de sí-, ¡qué destrozo! ¡Qué ruina! ¿Por qué no me habló Vd.? Si es que D. Roque exigía ese dinero no habría faltado quien con tan ventajosas condiciones, como las que para sí estipuló ese tirano, hubiese dado la suma.

-¡No más! ¡No más! -exclamó con expansión la Marquesa casi estremecida-. ¡Oh! ¡No más! Las deudas carcomen como un fuego la paz de la vida; rebajan la más alta superioridad a la esfera de la más baja inferioridad; ponen en la boca del valgo el desdén y en la del rico el ultraje; y llevan razón en su soberbia, porque el noble que se endeuda pierde el derecho a levantar la cabeza; es el galeote que arrastra al pie su cadena. El primer noble que se endeudó, a no ser para servir a su rey y a su patria, fue el que derrumbó la primera almena del alto castillo que edificó la nobleza como su emblema, la cual para conservar su gloria debe dar a manos llenas y no saber lo que es tomar. El que puede pagar y no paga aun a costa de sacrificios, transige con la honradez, dejando a su descendencia voluntariamente un mal mortal que se hereda como la hetiquez. El que toma prestado con intención de pagar, es como el que peca con intención de enmendarse. Son las deudas la polilla de las nobles casas y el desdoro de sus blasones; ¡es la esclavitud de un alma elevada e independiente!... Es el azote del que a falta de dignidad tiene orgullo como se tiene a falta de oro, cobre dorado. Todo esto, D. Domingo, son lecciones de la experiencia, las deudas han amargado toda mi existencia, me han hecho cometer bajezas poniendo buena cara a quien no debí ni recibir en mi presencia, ¡y me han valido el primer insulto que he recibido en toda mi vida!... ¡Oh! ¡Yo dejaré a la hija de mi alma su caudal desempeñado! No, no pasará ella lo que ha pasado su madre.

-Marquesa, -dijo D. Domingo, al notar la exaltación y vehemencia con que ésta se expresaba-; habláis bajo la influencia de un noble sentimiento, subido de punto quizás por algún reciente disgusto que me ocultáis; y aunque en el fondo de cuanto decís lleváis razón, exageráis... Considerad que puede a veces ser el préstamo un favor en quien lo hace, y un beneficio para quien lo recibe.

-Niego el hecho, -prosiguió la Marquesa con creciente calor-, niego el hecho con alguna rara excepción. Hágase, D. Domingo, un código de honor que aprendan nuestros hijos y en el que sea ignominiosa la deuda, y se califique al usurero de infame vampiro cuyo contacto horrorice como el del verdugo, y que enseñe a honrar al noble pobre que no pide a la par que al rico plebeyo que da!... Nivelados así por sus virtudes se conseguirá esa igualdad decantada por la que claman inútilmente la soberbia y el orgullo, pues rico es el que no pide y noble es el que da. Así, D. Domingo, habrá progreso; progreso en la senda que le trazó el Evangelio, fuente primera y única de todo progreso moral.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXIX
Pág. 30 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1848.

Mientras D. Roque hacía su viaje, y llevaba adelante sus planes, con poco éxito como hemos visto; mientras Reina y Genaro se entregaban a su pasión, ella ciega con las dos cegueras de la confianza y de la obstinación, él alerta y exigente como la desconfianza; mientras la Marquesa cansada y abatida por sus agitaciones, buscaba tranquilidad sacrificando sus intereses materiales y sus planes de engrandecimiento y lustre de familia al bienestar y deseos de su hija, Lágrimas sola, padeciendo, sin comunicación con las personas que amaba, puesto que Reina no había contestado a la larga carta que a ratos le había ido escribiendo, decaía por días; mas nunca se quejaba y siempre se la hallaba suave y callada como la flor que se aja, inclina su cabeza y muere, regada por las amargas aguas de la mar, sin perder su fragancia.

Entretanto sus padres se esforzaban en vano en convencer a Tiburcio que se pusiese a la cabeza de la fábrica que establecía D. Roque en el convento. Tiburcio se negaba con obstinación, repitiendo por todo argumento que no había nacido para fabricante, y pronunciando la palabra fabricante con desprecio tal, que ni puede describirse ni imitarse; esa palabra que indica una clase de hombres tan estimada y bien acogida en todas partes, tan honrada con el aprecio público, la consideración de los gobiernos, y el respeto de tantos pobres a quienes dan el pan: hombres que son las grandes arterias del cuerpo social, que distribuyen la sangre a los vasos y cuyo dominio y círculo de acción, cuando cae en justas y benéficas manos, recuerda algo, en este siglo egoísta y vertiginoso de independencia, el paternal predominio de los patriarcas en sus tribus.

No pudiendo de manera alguna D. Perfecto convencer a su hijo, desesperado y sin saber qué hacer, determinó, como último recurso y medio infalible, participarle a Tiburcio las miras de su tío sobre su casamiento con su prima, a pesar del secreto prometido. Pero ¡cuál sería el asombro y la desesperación del pobre padre, cuando al pintar a su hijo el bello porvenir, del que la fábrica era sólo la aurora, vio a éste recibir esta declaración con el mismo desprecio que la anterior, asegurando a su padre con su acostumbrada decisión y aire de superioridad que no se casaría con una niña fanática, enferma, y medio maniática, ni aun sin la condición que se le ponía de ser fabricante y vegetar en un despreciable villorrio! El padre quiso insistir, pero su hijo le contestó de una manera tan acerba y despreciativa, con tal ironía insultante, que el pobre alcalde, aunque tarde, empezó a conocer el disparate que había hecho en haber desoído las buenas, aunque toscamente expresadas razones de su mujer; al ver que por fruto de todos sus sacrificios y desvelos, lo que había logrado era haber hecho a su hijo desgraciado, rebelde, altivo y sin más ciencia que la de despreciar.

El desprecio, como se ve hoy día, no se ha conocido jamás. Era una cosa grave reservada a vilipendiar con ella cosas infames y bajas; hoy día se ha generalizado como el uso del azúcar. Conociose en otros tiempos descollar el orgullo en los grandes y magnates, que autorizaba (si bien no disculpaba) la fuerza y el poder en enérgicas manos: época personificada en el Góetz de Berchlingen de Gothe, ese héroe de la edad media llamado el de la mano de hierro, porque habiendo perdido la una se servía de otra de este metal con la misma facilidad que con la suya.

Se ha visto en siglos más ocultos el desdén que motivaba (si bien no disculpaba) el lustre, la elegancia, la encumbrada nobleza y señorío, y se vio al embajador de España, duque de Osuna, en la corte de Isabel de Inglaterra desdeñar el recoger las perlas que se iban todas desprendiendo de su magnífico vestido que estaba todo cubierto de ellas.

Se vio al Marqués de Villena desdeñar el volver a habitar su palacio en el que se había hospedado un traidor a su patria, el condestable de Borbón, y pegarle fuego; y se vio un Tous de Mansalve desdeñar en presencia de la ideal Reina Isabel la Católica, la sangre real, si era bastarda. Pero la era en que debía brillar el desprecio con todo su grosero insulto, era en la de la igualdad y de las luces. El orgullo para entronizarse necesitaba fuerza, el desdén lustre, el desprecio no necesitaba nada; ni apoyo, ni base; al contrario, mientras más de abajo parte, más arrogante se alza, más crece y más frondoso está; es planta que medra bien en suelo bajo, no necesita ese descendiente bastardo del orgullo y del desdén, ni base, ni fuerza, ni apoyo, ni lustre, se basta a sí mismo. Se halla este compuesto de envidia e insolencia, en las gentes soeces de primera calidad; sale de los colegios anti-jesuíticos en todo su auge. Lo primero que hace es poner en la boca de sus secuaces la crítica. ¡Oh! La crítica, esa, esa es su fuerza y lustre. ¡Oh! La crítica es su sello genuino, su ciencia infusa; así es, que en tiempos de oscurantismo nacían los niños torpes e ignorantes; al despuntar las luces nacieron sabiendo como es de pública notoriedad por un conocido adagio; pero al llegar las luces a su apogeo, ¡oh maravilla! ¡Nacen los niños criticando! ¡Oh santo respeto! ¡Ángel de la guarda de la inocencia! Egida de todo lo noble y santo, hermano gemelo de la modestia, freno de la ciencia, encanto de la juventud, ¿dónde te has ido que no se te encuentra ya en el mundo? Te han echado de todas partes, hasta de tus más sagrados e inviolables asilos, las manos impías del desprecio. Él triunfa, él influye, él manda en las destrozadas entrañas de la que se llamó la culta Europa.

La pobre Lágrimas, viendo que no recibía contestación, escribió poco después a Reina.



Lágrimas a Reina

«¡No me escribes, Reina mía! Nada sé de ti ni de nadie. ¡Cuán sola estoy! Pero cuanto más sola estoy más cerca siéntome de Dios, y ahora comprendo los solitarios de la Tebaida. Si hay soledad para el corazón no la hay para el alma; elevar el corazón hasta el alma, esto han hecho los santos; los poetas sólo han elevado los instintos materiales a los sentimientos del corazón. Algunos sucesos tristes y terribles me hacen tomar la pluma para participarlos. Está visto, Reina mía, que he de agotar el cáliz de la amargura hasta las heces.

»No sé ni cómo te podré escribir, pues ya conocerás por los renglones escritos lo trémulo de mi pulso. Separa mi cuarto, que da a la calle, del de mis tíos, un tabique provisional de tablas, puesto ante el hueco por el que se comunican las dos habitaciones; esta mañana oí que disputaban y que alternaba en la disputa Tiburcio. Sea que me creyesen ausente y en el gran corral donde suelo ir cuando puedo a coger unas matas, sea que mi oído se haya afinado mucho, oía cuanto hablaban. Me quise levantar para ausentarme, cuando oí estas terribles palabras, dichas por Tiburcio: «No señor, ni que Vd. se empeñe, ni que se empeñe el papelón de su primo D. Roque, me caso con mi prima. El hombre debe tener miras más elevadas que las de ser rico; no quiero riquezas puesto que con ellas me condenan a vivir en este villorrio, me rebajan a ser un vulgar y oscuro fabricante, me avasallan a casarme con una imbécil fanática, (¡calla!, le gritaban sus padres con angustia; pero Tiburcio prosiguió sin atenderles), una muchacha enferma, hética pasada, y medio tocada.»

»Diciendo esto salió a pasos precipitados de la habitación y de la casa. ¡Reina! ¡Reina! ¡Hética, tocada! ¡Oh, Dios mío!...

»No pude seguir escribiéndote el otro día. Me encontraron desmayada en mi silla y me trasladaron a la cama, en la que he permanecido algunos días. En ellos ha ocurrido una terribles desgracia a esta pobre familia. Habiendo su padre enviado a Tiburcio a Cádiz a tratar con el mío sobre pormenores de las obras que se están haciendo en el convento, y para traer fondos, Tiburcio los ha cobrado y ha desaparecido con ellos.

»No puedo pintarte la aflicción de este honrado matrimonio que quiere pagar a mi padre, pero a los que este último sacrificio a que les obliga su hijo acaba de arruinar. Parte el corazón el verlos y oírlos. ¡Quién fuera mi padre para no permitirles sacrificarse así para cubrir el desfalco de su hijo! Pero mi padre no se lo impedirá. ¡Qué ideas tan raras tiene sobre el dinero mi padre! Le parece el cobrar cosa tan de conciencia, tan precisa y grave, como el pagar. La madre de Tiburcio, cree que se ha ido a California; su padre que a Icaria con ese M. Cabet de que siempre hablaba y de que se reían tanto Flora y Fabián. Pero D. Juan de Dios, que cree conocer mejor a Tiburcio que sus padres, piensa que se habrá ido a reunir a los revolucionarios de París. ¡Oh Reina, eso sería terrible!

»Voy a escribir a ese padre que pensó en casarme con ese Tiburcio que me desprecia y tiene por tocada, para pedirle no arruine a estos desgraciados que al fin son sus primos. Dios sabe cómo llevará mi carta, y es seguro no la atenderá, pero debo hacerlo. La compasión inactiva es un cuerpo sin alma. Es un deber gastar todas nuestras facultades en ver el modo de proporcionar alivio a los que padecen aunque no lo logremos. Es un tributo debido a la desgracia, es darle un bálsamo a nuestro corazón y es complacer al ángel de nuestra guarda, que como decía la madre Socorro cuenta nuestros pasos y nuestras

LÁGRIMAS.»



Carta de Lágrimas a D. Roque

«Padre y señor:

»Nunca he pedido a Vd. ningún favor, porque la bondad de Vd. no me ha dado ocasión a ello, cuidando de mí como un buen padre; así abrigo la esperanza que no me negará el primero que le pido. Por Dios, señor, no permita Vd. que mis pobres tíos se arruinen para pagarle a Vd. el dinero que se ha llevado mi primo, y que estoy en mí satisfará a Vd. en su día. Tenga Vd. compasión de esta pobre familia, cuyo dolor me tiene partido el corazón. ¿Podrá nunca proporcionarle a Vd. el dinero un placer mayor que el de hacer bien?

»Me han dicho, no sé si será verdad, que algo heredé de mi madre; tome Vd. la cantidad esa de lo mío, si es que algo tengo, y toda mi vida le agradeceré ese favor más que ningún otro que pudiese hacer a esta su amante y sumisa hija, que al poner esta súplica de su corazón en sus manos, se las besa con respeto y cariño.

LÁGRIMAS.»



Respuesta de D. Roque a Lágrimas

«Cuando las mocosas y las mujeres en general, se meten a hablar de negocios es a lo sentimental y desbarran. ¿Conque porque ese animal finchado ha hecho de su hijo un pillo lo pagaría yo? ¿Yo me quedaría sin mis dos talegas, y él riendo? ¡Vaya! Sepas tú, que nada sabes, que ningún deudor paga de buena gana; si eso fuese un motivo para no cobrar, estábamos frescos. ¿Me paga a mí ese alcalde de monterilla las medicinas y médico que necesitas? ¿A qué le pagaría yo los robos de su pillastre de hijo?

»¿Conque te han dicho que has heredado de tu madre, y la niña cree poder disponer de lo suyo? Sepas cuellisacada, que hasta los veinte y un años no puedes disponer de un cuarto, cuanto menos de talegas. El cuidado será mío de impedirte hagas desatinos semejantes al que has intentado, lo que será efecto de alguno de esos delirios, ciertos o fingidos, con los que a todos nos tienes cansada la paciencia. Ves de mejorarte, pues en breves días irá por ti tu padre.

ROQUE LA PIEDRA.»


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

>>>

Capítulo XXX
Pág. 31 de 31
Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 20.

El mismo día en que Lágrimas enviaba su última carta a Reina, recibió la siguiente:



Reina a Lágrimas

«Mi querida Lágrimas: como te quiero tanto, no puedo dejar de escribirte, aunque, mi madre ha reñido con tu padre; éste deberá haberse portado muy mal con ella para que tan airada esté con él, y no quiera ni aun recibirlo. Creo, aunque no lo sé, que el origen de esto ha sido cosa de intereses, porque aunque tu padre toma todas las apariencias y prosopopeya de un Alejandro el Grande, me parece le pega mejor por lo avaricioso y estítico la de un Alejandro en puño.

»Efectivamente me he reído al ver el gran premio de lotería que has sacado con el parentesco del bello Tiburcio Cívico. Ni pintiparada le venía mejor la colocación de elaborador de fósforos, a él que es su modelo en hechura y cualidades; él que es fósforo hecho hombre, estaba predestinado a propagar la especie; pero dile a su madre que le ponga una chichonera por precaución.

»Pongo en tu noticia que Marcial ha sido elegido diputado. Veremos si regala al congreso con algún axioma de su cuño. Pero hablando formal, muchos diputados como él debería haber, pues lleva a las cortes el exacto conocimiento de su provincia, buenas ideas y los mejores deseos, independencia sin espíritu de oposición a cosas ni hombres; no lleva ahijados, y una sola ambición... la de pronunciar un discurso. Escribió a Fabián una elegía y este dijo:


»Y patos y conejos,
escuchaban su pena desde lejos.

»Fabián ha sido destinado a un mal pueblo; está aburrido y quiere abandonar la carrera, volverse a Madrid y escribir; pero Genaro, que sabe cuanto vale, y el brillante porvenir que le está destinado, lo anima a perseverar y a no abandonar una senda firme, honrosa y segura por una resbaladiza y eventual.

»Flora está perdida por un primo suyo, de un pueblo, el conde de Villafría, excelente sujeto, de muy buena presencia y riquísimo. Fabián que lo ha sabido ha escrito a Genaro, que apellidó a Flora y a él dos colibríes, que el uno ha hallado el cáliz de un lirio en que posar, pero que el otro, prisionero en una jaula, triste, solo, está destinado como muchos canarios a subir con el pico que sólo quisiera cantar, el cubito en que tiene que beber.

»Mucho te sorprenderá el que te diga que me caso; pero como tu padre ha dicho que pronto comeremos los dulces de tu boda, no quiero que me digan ustedes, y ahora con más razón que antes, pues que predican con el ejemplo, que no sé ni querer ni decidirme, pero lo que más te sorprenderá, es que sea el preferido y querido, Genaro, con el que tan mal me llevaba.

»Esto es para él una compensación cuando te pierde, y para mí una lección, contenida en el antiguo refrán que prohíbe se asegure que de esta agua no beberé. Mi madre ha consentido, porque no todos pueden tener tan altas miras para sus hijos como Don Roque el millonario. Mucho deseo por lo tanto saber quién es ese novio de que ha hablado tu padre, y espero me lo escribirás cuanto antes.

«Genaro siempre te aprecia, así como hago yo sinceramente y como a una hermana, y esperamos que cuando puedas disponer de ti, nos vendrás a hacer una visita, segura que en ello tendremos ambos el mayor placer.

»Adiós, cuídate mucho y sé todo lo feliz que desea lo seas tu mejor amiga.

REINA.»



Cuando Lágrimas hubo leído esta carta, dio un suspiro, cerró los ojos y cayó en uno de los profundos desmayos que le solían acometer ahora con más frecuencia.

Cuando volvió en sí, se halló en cama rodeada por D. Juan de Dios, el alcalde y su mujer; parecían los tres muy conmovidos. La pobre niña dio un débil ay, al sentir ardorosos dolores en las piernas y brazos, causados por la acción de fuertes sinapismos.

-¿Otro tormento más, D. Juan de Dios? -preguntó esforzándose por sonreír.

-Es para tu bien, hija mía, -respondió la alcaldesa, que le había tomado mucho cariño.

-Lo sé, -dijo la niña-, gracias, -y volvió a cerrar los ojos.

La alcaldesa tomó su mano y la halló fría.

-¡Don Juan de Dios, -exclamó alarmada-, se nos va!

-Y más pronto de lo que yo pensé, -respondió éste; yo aguardaba la caída de la hoja, pero esta flor caerá antes que las hojas. Es preciso administrarla.

-¡Jesús! ¡Jesús! -exclamó la alcaldesa poniéndose las manos en la cabeza y dando vueltas por el cuarto, ¡pobre niña! ¡Pobre niña mía!

-¿Qué dice Vd., señor? -exclamó el pobre alcalde que miraba a Lágrimas como el ángel intercesor para precaver su ruina.

-No hay que perder tiempo, -prosiguió D. Juan de Dios-, la debilidad es tal que podrá entrar en el delirio al que propende.

La alcaldesa salió azorada para mandar a avisar al cura; el alcalde consternado para despachar un propio a D. Roque.

Cuando la alcaldesa volvió, le dijo el médico:

-Es preciso anunciarle la visita del cura para que no la sorprenda, y con muchas precauciones, pues en el estado que está, todo la conmueve mucho.

-Bien, bien, -respondió la buena mujer-, descanse usted, D. Juan de Dios.

Este salió, prometiendo volver en breve.

De allí a poco hizo Lágrimas un movimiento.

-¿Duermes? -le preguntó la alcaldesa.

-Unas veces creo que sí, y otras creo que no, -respondió la niña con débil voz, pues hay realidades que me parecen sueños, y sueños que me parecen realidades; no defino bien los unos de los otros.

-Esto es el delirio que empieza, -dijo para sí azorada la alcaldesa-, bien decía D. Juan de Dios. Hija mía, -añadió en voz alta-, todos somos mortales

-Es verdad, -respondió amodorrada por la calentura la enferma-, el haber muerto es dulce, el morir terrible.

-La muerte es preciso preverla, -prosiguió la alcaldesa, para que no nos coja desprevenidos como herejes, sino preparados como cristianos.

-Sí, sí, verla venir... en el desierto del mar.... viene con el viento que aúlla.... con el mar que brama y pide su presa; ¡es espantoso! ¡Los elementos no tienen piedad! Son enemigos del hombre que nada puede contra ellos, sino implorar la misericordia de Dios que los enfrena.

-Estar prevenido, -prosiguió la buena mujer-, es prepararse, que eso hace la buena muerte.

-Una buena muerte, -murmuraba en entrecortadas frases la enferma-, es el mayor favor de Dios.

-Pues para eso, hija mía, es preciso ponerse en gracia y confesar.

-A bordo, no había confesor, -decía la niña-, pero en esos casos Dios es el confesor. ¡Bendito sea!

-Cuando no se está a bordo, hay el consuelo de poderlo llamar. ¿Quieres que mandé por el cura? -preguntó con su buena intención y tosca manera la buena mujer.

-¿Pues qué, voy a morir? -exclamó saliendo bruscamente de su letargo y abriendo de par en par sus negros ojos la niña, mientras un temblor nervioso, apoderándose de ella, agitaba su exhausto cuerpo debajo de las ropas de la cama.

-No, no, puede que no, -dijo apurada la alcaldesa-; pero como te dije antes, todos somos mortales.

-Señor cura, ¿voy a morir? -preguntó con ávida angustia la niña al verlo entrar-, ¡Jesús! ¿Y fatiga mucho el morir, señor cura? ¿No se me puede aliviar? ¿Y D. Juan de Dios?

La alcaldesa salió del cuarto hecha un mar de lágrimas.

¡Qué palabras, qué sentimientos mediaron entre el cura y la agitada moribunda, y sobre todo, qué poder sobrehumano influyó! Todo católico lo sabe y lo adora; pero cuando el cura salió del cuarto, la alcaldesa halló a Lágrimas tan suave como siempre, más tranquila que nunca, y expansiva como si la vida que se iba retirando de las extremidades de su cuerpo refluyese toda a su corazón. Dioles las gracias a todos por lo que la habían cuidado; pidioles perdón por si acaso les había ofendido, y le dio a su tía una cadena de oro que siempre llevaba al cuello con el retrato de su madre. Pidió una cajita con alhajas que tenía, sacó de ella un collar con un medallón de perlas en que estaba su propio retrato cuando niña, lo sacó del medallón, hizo lo mismo con el de su madre, los miró ambos mucho tiempo mientras sus labios recitaban una oración, y por sus mejillas caían dos gruesas lágrimas, y pidiendo un paño húmedo lo pasó por ellos hasta dejar el marfil en blanco, sin decir una sola palabra, porque en aquel corazón tan amante y abandonado de cuantos había amado, y de cuantos debieron amarlo, no había hiel. Ningún rencor sentía contra Reina y Genaro, y sólo deseaba su felicidad.

Así ese ángel dulce acariciaba la flecha que partía su corazón, al contrario de otros que proclaman envenenadas saetas volantes que apenas han rasguñado su epidermis.

Pidió un tintero, y pudo, escribiendo en turbios caracteres trazar estos renglones:

-He recibido tu carta, Reina mía, y te escribo estas cuatro letras antes de morir para desearos a ambos muchas felicidades. Fabián llamaba a las perlas lágrimas del corazón. Ahí te envío ese collar para que alguna vez ellas te recuerden de mí. ¡Adiós! En el lecho de muerte es cuando pega y es dulce esa palabra adiós.

LÁGRIMAS.»



-Decid a mi padre, -dijo cuando hubo acabado-, que deseo se le envíe esa memoria a mi amiga Reina Alocaz.

-Tu padre vendrá pronto, -repuso el alcalde.

-Mi padre no vendrá, -objetó la niña con naturalidad-, tiene mucho que hacer, y está muy lejos.

A la tarde fue administrada, acudiendo todo el devoto pueblo, y asistiendo postrado y llorando a la unión de un ángel y su Dios en la tierra.

Quedó enseguida tan sosegada, que la noche fue más tranquila que otras. Algunas veces hablaba palabras sueltas como en sueños, pero no encerraban sentido, y se le oyó muchas veces decir: ¡voy, madre, voy! Cuando algún golpe de tos o un agudo dolor en el pecho la hacia estremecerse oíasele repetir:

Abrázome con los clavos,
y me reclino en la Cruz,
para que siempre me ampares
¡Dulce Redentor Jesús!


Al siguiente día llegó D. Roque en un vapor.

-¡Hija mía! -exclamó al entrar bruscamente en el cuarto-, ¿qué es esto? Qué ¿tan mala estás? Yo no quiero que te mueras; no, no, no morirás; y aunque fuese preciso traer al protomedicato, y hacerle para que venga un puente de oro. No morirás, no.

-Déjeme Vd. morir, padre, y no lo sienta, -dijo su hija con esa tranquila y dulce conformidad, no de valiente, sino de cristiano-. Dios que es tan bueno lo ha dispuesto así para quitarme de padecimientos. Estoy cansada, y la muerte es el descanso.

-¡Qué no lo sienta! ¡Pues no lo he de sentir aunque te herede! Soy buen padre, quiero a mi hija, no tengo a nadie sino a ti. ¿No ves lo solo que me quedo, y dices que no lo sienta?

-Padre, yo poco os acompañaba, y así creí no sentiríais mi muerte, pero ahora que veo os aflige, siento morirme.

-Mira, hija mía, -dijo D. Roque, que por primera vez en su vida sentía una pena de corazón, cuanto podía sentir aquel corazón en su existencia de pólipo-, mira, hija mía, ponte mejor, y se hará cuanto desees; te llevaré a Sevilla, que te sienta tan bien.

-Ya es tarde, padre.

-¿Y no he hecho cuanto he podido para aliviarte? -dijo el buen padre-, ¿no te traje aquí? ¿No te he dado gusto en dejarte? ¿No tenías confianza en ese D. Juan de Dios?

-Sí, padre, sí, -respondió la suave criatura-, se ha hecho cuanto se ha podido; pero nací débil, y siempre viví padeciendo, sobre todo, desde la catástrofe de la muerte de mi madre.

-Es verdad, es verdad, pero eso de verte morir, ¡tú mi sangre, tú tan joven, tú que habías de heredar tanto dinero! ¡Esto es un dolor! ¡Preciso es que me la curéis, D. Juan de Dios, preciso! Y si no ¿para qué sirven vuestra ciencia y vuestros libros? No repare usted en medios ni en costes, aquí estoy yo para salir a todo.

-Padre, -dijo en queda voz la niña-, ¿qué puede el dinero contra la voluntad de Dios?

-El dinero sirve para todo, hija mía; pues qué ¿te había yo de dejar morir así? No; D. Juan de Dios, disponed, discurrid, vamos, vamos, ¿qué se hace?

-Consolad su espíritu y no lo agitéis, -dijo a media voz el facultativo a D. Roque-; señor, ya no hay remedio, y le quedan pocas horas de vida; no me habéis querido creer.

-¡Y cómo consolar su espíritu! -exclamó agitado Don Roque-, ¿qué quieres, hija mía? -preguntó acercándose a la moribunda-, ¿deseas algo? Pide cuanto quieras; si necesario fuese iría el vapor por ello a Cádiz.

-Sí, señor, -murmuró la pobre niña-, os pediría un favor.

-Di, hija mía, di, -dijo D. Roque con un dolor real, pero seco y despechado.

-Quisiera enviar el collar de perlas y el medallón por memoria a Reina que se casa.

D. Roque hizo un movimiento de impaciencia causado a la vez por su avaricia y su encono contra la Marquesa.

-Si no queréis... -dijo con débil voz la pobre niña.

-Sí, hija, sí, quiero lo que tú quieras.

-Dios se lo pague a Vd., padre. Quisiera, -prosiguió después de tomar aliento la pobre niña-, que vendiese Vd. los zarcillos de brillantes de mi madre y le diese su importe a la pobre Francisca para que no pida limosna.

-Se hará, -dijo D. Roque disimulando mal un movimiento de impaciencia.

-Si os contraria... -murmuró Lágrimas.

-No, no, adelante.

-Vended la sortija que disteis a mi madre cuando os casasteis, y mandad con su importe a clérigos pobres, decir misa por vuestra hija.

-Eso no, -dijo D. Roque, que sostenía a duras penas el papel de dadivoso-, esa sortija se la di yo y debe volver a su dueño; pero pierde cuidado que se te hará un funeral que sonado sea.

-Eso no quiero yo, padre, -dijo la niña agitándose-, ni que se me vista de baile... ni que pongan colorete... ni flores en las manos... quiero bajar a la tierra pálida y triste... como viví... y como pone la muerte... y cruzadas mis manos... rogando a Dios... como lo hago al morir... por ellos... por Vd.... y por mí...

La moribunda estaba tan agitada, que el facultativo se apresuró a administrarle un calmante.

-Otorgadle lo que desea, -murmuró éste al oído de D. Roque, que no sabía dónde dar de cabeza.

-Cuanto has dispuesto se hará, -dijo a su hija.

-Acercaos, padre, suplicó ésta con desfalleciente voz.

El padre acercó su oído a los descoloridos labios de su hija.

-Mi última súplica, -murmuró ésta-, ¡padre, padre, no la desechéis! Perdonad su deuda a Tiburcio.

-Bien, -respondió el padre con el firme propósito de no hacerlo, porque para ese hombre no había nada sagrado, ni la última voluntad de un difunto.

La niña entonces se quedó aletargada. Reinó en el cuarto un hondo silencio, digno precursor de la muerte. D. Roque, con los codos sobre las rodillas, ocultaba su rostro entre sus manos, y sólo se movían sus labios para pronunciar de quedo alguna imprecación. La alcaldesa lloraba, el alcalde estaba anonadado, el cura oraba y el médico observaba la aletargada niña.

De repente una queda y débil voz interrumpió el silencio, cantando suavemente como un arpa eoliana al soplo de la muerte:


Que les tengo perdonado,
¡que es tan dulce perdonar!


Despedazaba el alma este infantil canto de cisne en aquella boca que iba a quedar muda para siempre.

-¡Mi hija canta! -exclamó D. Roque.

-Vuestra hija delira, -respondió el médico-; acercaos, señor cura.

El cura se acercó y se puso a auxiliar a la moribunda.

-¡Hija mía! -exclamó D. Roque precipitándose hacia la cama.

Solo oyó estas quedas palabras, con las que ese ángel mártir dio su alma a Dios, cual lo hizo su madre.

Abrázome con los clavos,
y me reclino en la Cruz,
para que siempre me ampares
¡Dulce Redentor Jesús!


A los ocho días se celebraron en Sevilla las lucidas bodas de las dos primas, la brillante y hermosa Reina Alocaz y la linda y alegre Flora de Osorio.

A los ocho días, D. Roque bullía más que nunca en un caos de negocios, y deploraba el perjuicio que algunos días de ausencia le habían acarreado. El mismo día se veía en la playa de Villamar, agitada y avivada por la recia brisa de la mar, una gran hoguera, en la que la prudente alcaldesa, con previa autorización de D. Roque, quemaba la cama, los muebles, las ropas de la pobre niña, que murió hética. ¡Nada quedó de ella ni aun la memoria!



Fin2.jpg


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX