La Atlántida: Canto décimo

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CANTO DECIMO


LA NUEVA HESPERIA


 Digresión: el sabio anacoreta dirige los ojos á su patria. Sueño de Hesperis. Reconoce el ramo de naranjo plantado por Hércules. Suspira por la tierra sumergida. Renace en España el huerto de las naranjas de oro. Las siete Hespérides convertidas en astros. El canto del cisne. Héspero. Los hijos de Hércules y de Hesperis. La reina sin trono. Galicia y la torre de Hércules en la Coruña. Elcano. Lusitania. Sagunto. Balada de Mallorca. Fundación de Barcelona. La voz de Táber. Hispalis. El ignoto Dios y su templo en Gades. Hércules coloca por hitos de la tierra las columnas del Non plus ultra.


 Como viandante en lo alto de una cuesta, desde la que vislumbra la soñada patria, el buen anciano suspira de placer; y, mirándola verdear hermosa y gentil, la recorre con enamorados ojos, sintiendo volar hacia ella su corazón rejuvenecido.

 Colón contempla el Atlántico sin limites, cual si en él percibiese una voz que le llama; cual si, entre las vagarosas sombras de gigantes, monstruos y genios, divisase los ojos verdosos de una virgen, verdosos y amargos como las olas.


 Mas distráele el vigoroso acento del anciano, que á España guía su espíritu; deja, oh patria, que vuelen por tu cielo; ponles de manifiesto tus playas y comarcas, en que aun se distingue la huella de tu Hacedor, como en melifluo panal la de dorada abeja.


 Aligerado el orbe de carga tan abrumadora, llégase de los héroes el rey á despertar á Hesperis, que, aletargada junto al promontorio gaditano, sueña que estrecha en sus brazos á las hijas que ya no tiene.


 Y sueña luego que por los aires las ve ascender cantando, como palomas torcaces que dejaron su nido en las hiedras; y al perderse en los cielos la bandada, á ella volviéndose risueñas, le indican que suba también.

 —Voy,—dice; y despierta en brazos de otro esposo; reconoce el tierno retoño donde colgó la lira; y al considerarlo testigo de sus abrazos maternales, y de sueños y solaces infantiles, lanza un suspiro.


 —¡Oh rama cimera del árbol!—le dice,—que me viste nacer regálame con tu sombra hast morir; yo haré que crezcas de mis lágrimas al riego, y escucharás compasiva mi último suspiro.


 Mientras me reclino bajo tu verde caballera, abriga con renacientes hojas mi corazón desnudo, que yo, tallo trasplantado á extranjera playa, no sé ¡ay de mi! arraigar ni reflorecer como tú.—


 Creció el árbol; y, en breve, de sus tiernas ramas desprendiéronse, en racimos, puros y blancos azahares, y, apiñadas entre el verdor, amarillearon hermosas naranjas, como, de esmeraldas en cielo, lluvia de áureas estrellas.


 Pronto sus reteños tejieron espeso y verde manto para España, bordado de flores mil; y, con sus pájaros, murmurios, aromas y cánticos, renació, aunque sin las Hespérides, su malogrado jardin.

 Bien lo pregonan ellas, desde el Empíreo, al convertirse cada yema del naranjo en florido mayo; sólo por verlo, salieron á centellear, cual ojos del cielo, donde, reunidas, lloran á raudales.


 Las hijas que de Alcides tuvo en la risueña Hesperia, como ella gallardas, fueron de blando y tierno corazón, y, cual sus ojos y negra caballera, tuvieron su trigueño color de virgen, que hace penar de amores.


 Mas ella, con añoranza, vuelve siempre los ojos hacia donde, llorosa como Eva, dejó su paraíso; y descolgando la lira de triste recordación, cisne de otras aguas, así entona su último canto:


 —¡Tierra feliz del Betis! ¡cuán deliciosa eres y cuán bella! mas ¡ay! nunca podré olvidar la de mis padres; á pedir voy á los tibios leveches que de ella vienen si en un pliegue de sus alas quieren restituirme.


 ¡Cuán lindas sois, hijas mías! Mas, al contemplar vuestra sonrisa, suspiro por la de otras Hespérides; y aquí, condenada á vivir junto á su náufraga cuna, hilo á hilo siento fundirse en lágrimas mi corazón.

 Soy local hierba arrancada de su maceta; márgenes tengo, y sol, y sombra, y auras y capullos; mas, sin el beso del aromoso céfiro que me mecia, ¿qué podré hacer, decidme, más que llorar y morir?—


 Murió; y, de la carcel del cuerpo libre su espíritu, voló hacia el grupo de sus hijas las Pléyades, en derechura á los admascados auríferos pórticos del alba, desde donde, condolidas, tiéndenle la mano.


 Sollozando las restantes, contemplan como la paloma, en hora temprana, se remonta más y más á los cielos; al disiparse luego la niebla de lágrimas que lo velaba, ven parpadear un astro.


 El Héspero, que suele abrir los párpados de la Aurora antes de que, deslumbrado, cierre los suyos; y al anochecer parece que siembra en los cielos estrellas á granel, siguiendo el rastro del ya tramontado sol.


 Porque marca, al ponerse, la hora de los ensueños y ternezas en el argentado hemisferio, cuadrante del Creador, y es de mirar dulcísimo, diéronle los poetas el agraciado nombre de Venus, diosa de amor.

 Por la serena pupila de un ángel tómanlo las pastorcillas; los brillantes, empero, que, al alborear, rocían sus sienes, se dice que son ¡oh Hesperis! lágrimas que derraman tus ojos al despedirse del híspano jardín.


 Á sus hijos y nietos nos legó su dulce lira, á la que el griego debió de añadir vibrantes cuerdas de oro; pues cuando canta guerras y suspira de amor, aun evoca tempestades ó adormece el alma.


 Fuente que derramas por la tierra la célicas armonías, sigue, oh lira, vertiendo himnos matinales; espárcelos, cual bandada de parjarillos, por llanos y por montes; y canta á mi patria sus nunca escritos anales.


 Así como los vástagos salen al añoso roble, sus hijos parecidos son al domador de monstruos; y es fama que sus nietos harán fluctuar el mundo, como góndola al poner en ella los pies el timonel.


 Decíales un día, siendo aún muy jóvenes, que al saltar al mar, desde la falda de Montjuich, había jurado que edificaría una ciudad de alto renombre.—Vamos allá,— añaden todos;—queremos ayudaros.—

 Y vienen á manera de río, se abre paso por entre rocas y maleza, cuando, hecha un mar de lágrimas, gallarda doncella,— dignaos de escuchar mis cuitas,— les dice.


 —Nacida en las márgenes que el Miño, al extenderse, echa de menos, sirvióme el trono de mis mayores de cuna; y mi áureo tálamo y mi sepulcro hubiera sido, si unos caldeos, adoradores del sol, no me hubiesen arrancado de allí.


 Por su ídolo guiados, querían, camino de Occidente, dar la vuelta al mundo hasta su término; topando, empero, con la valla del mar en Finisterre, me hecharon para erigir un ara al sol.—


 Copioso raudal de lágrimas cierra sus labios entreabiertos, mas Galacte se acerca; Luso va en su ayuda.— Juro que te repondremos en el trono de tus mayores, ó no merezco ser hijo de Alcides.—Despídese tristemente


 de éste con un dulce y amoroso abrazo; y, con la llorosa estrella que le guía á un cielo de amor, cual disparada flecha, vuela á Finisterre para atravesar el corazón del rey de los caldeos.

 Aniquílale, como árbol que en la umbría se derrumba, y levanta encima de él la torre de Hércules, en donde un faro releva de noche el astro diurno, velando aquellas tierras y mares como pupila de Dios.


 Allí, de amigas olas al arrullo, labráronse un nido, en el que hicieron vida de emparejadas palomas. Galicia, y la más potente de sus antiguas ciudades, con sus campos y rebaños ha heredado sus nombres.


 La mar en que la altiva y hermosa Coruña se refleja, verá nacer á Elcano, que temerario llevará á cabo la empresa de seguir al sol en su carrera, y dirále la tierra:—Tú el primero has sido en circundarme.—


 Y Luso ¿á dónde se dirige? Duero y Guadiana le vieron coligarse con hombres de aire marcial y marinesco; no se menciona si halló un trono ó un sepulcro; háblase tan sólo de la recién nacida Lusitania.


 Al frente de su menguada falange, faldea el griego, gigantesco como ellas, las sierras de Granada, y, por cuencas y derrumbaderos encaminándose al Oriente, costea los mares á que abrió las puertas de Gibraltar.

 Orillas del Palancia, bajo el dosel de un árbol, cabecea uno de ellos, y juzgan que el cansancio le adormeció; al ir á despertarle, hállandle frío como el mármol, y ben que de su cuerpo se desenrosca una serpiente.


 En el plácido valle que Zacinto moja con sangre, humedecida con la de los mártires, brotará un palmar; el palmar de Sagunto, de hojas inmarcesibes, á cuya sombra á España lagrimar le place.


 Lloró también el padre, como cepa al despojarle la corva podadera de su primicial rebrote; al siguiente día, cuando el sol soltaba sus trenzas, distrájole un canto que, mar adentro, respondía á sus sollozos.


 Si era canto de sirena, tú decirlo pudieras, oh Mallorca, si era canto de festiva sirena ó era el tuyo; vino, empero, de aquellas playas donde tú dormitas, besada por las olas, como su hija muy querida.


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BALLADA DE MALLORCA


Del mar á la orilla, donde Montgó vela,
los pies en el agua la cima en las nubes,
llenaba una virgen su cántaro frágil,
en límpida fuente.


Su pie nacarado resbala en el musgo,
y el ánfora rueda deshecha en pedazos;
de tanto que llora, la mar, que era dulce,
amarga se vuelve.


Que el agua cogida cristal era y perlas,
cual pocas recogen los lirios fragantes;
¡qué mucho que llore al ver hecho trizas
su cántaro de oro!


Las toma en su falda la mar condolida
y á Mayo le pide plantel de rosales;
Valencia, á tus huertas verdor de esmeralda;
dosel á tu cielo.



Les da para cuna la concha de Venus,
que tarde y mañana los Céfiros mecen:
los tiestos, que el alba corona de rosas,
ya forman jardines.


De Arabia con flores los viste y perfuma:
de Europa con aves, de Libia con palmas,
alegra sus playas, que cinto más ancho
á la espuma roban.


Tres eran los tiestos, tres fueron las islas;
y al verlas ahora, del sol embeleso,
las llama á sus brazos por hijas la tierra,
pero el mar las quiere.


 Atraido por el melodioso canto, Baleo, desde la margen del Turia, dirige su vela hacia Mallorca, de honderos cuna. Si acabado el cántico viniese una nube de piedras, bien pudiera Alcides llorar la infausta suerte de otro de sus hijos.


 Mas pulsa en su barca las cuerdas de la lira, y de las manos se escurren los guijarros y las hondas; y, ofreciéndole por asiento sus férreos brazos, traspórtanle junto á un claper, sepultura de gigantes.

 Como su sombras colosales, en vela para recibirle, descuellan doce piedras de un florido palmar en la espesura; alzadas en torno de la inmensa ara de los sacrificios, semejan soldados de roca rodeando á su adalid.


 Allí corónanle de fores y hojas de encina, y míticas danzas tejen mancebos y doncellas, mientras los guerreros entonan un cántico de bienvenida, de hinojos presentándole un cetro de marfil.


 Sardo, que con él venía bogando desde la playa, endereza hacia Oriente la espumajosa quilla; Cerdeña, tus montañas, manantial perenne de plata y oro, conservarán su nombre escrito con nurhags' en vez de letras.


 Reemprende Alcides la vía, y, dando á Barcelona el cetro de los mares, la asienta en la falda de Montjuich, gigante que, siempre en vela, mientras ella se espeja en las olas, con cien tronantes bocas ahuyenta el enemigo.


 La montaña misma suminístrale para sus murallas piedra, que arrancan en grandes sillares á cuña y martillo; si alguno caedizo se presenta, desríscase, tilos y álamos tronchando á su paso.

 Para coronar tan gigantesca obra de cíclopes, plantó, de Barcino en el centro, un plácido vergel, sobre pilares, en la cumbre del Táber, cuyas ruinas aun llevan escrito en la frente el nombre de Paraíso.


 Cuentan que, al declinar de una tarde huracanada y tempestuosa, percibió la voz que le llenara en Calpe de terror sublime; mas no ya rodando pavorosa como el carro del trueno, sino suave y queda como un suspiro de amor.


 —Soy,—le dijo,—el que te llevó del brazo, cual á un tierno niño, á descuartizar y romper la Babel occidental; yo quien la encendió con la chispa del rayo, cuando alzóse en guerra contra el cielo, trepando de nube en nube.


 Yo quien enrasó sus cúspides con sus marismas, quien puso monstruos y Titanes por escabel de tus dedos es la clava, eso fuiste tú; la clava de mis manos.—


 Lo escucha el héroe, de entre sus dedos se desliza la ferrada, y falto de vior, siente helarse y titilar sus huesos; árbol añoso que ve caer sus ramas y su corteza al beso del mismo viento que un tiempo le hiciera florecer.

 Rota la cadena de sus gigantes proezas, aquél para quien la tierra fué campo de sus hazañas, haciéndole de todo grata ofrenda, aun sin conocerle, juró que el Dios de Túbal sería el de sus nietos.


 Y lo fué; que cerca de Gades alzáronle un gran templo, entre cuyas ruinas duerme el Atlántico; y allí, con su clava y sus cenizas, bajo el ara santa del ignorado Dios, guardaban su memoria.


 Su retablo, esperándole, no ostenta imagen alguna; mas, á los fulgores de la sacra é imperecedera llama, léense los trabajos de héroe en las ramas de un olivo de oro, que tiene esmeraldas por hojas.


 Cuando el Olivo celestial florecia en el Calvario, el templo cayó de hinojos ante su Dios, que por altar quiso la tierra, y por sagrario ¡oh venturosa patria mía! eligió tu corazon.


 Que antes que á tu Dios ¡oh España! han de arrancarte tus sierras, pues raíces tiene en el mundo tan hondas como ellas; podrán enjugarse tus ríos, descender al mar tus campiñas: nunca cerrarse en ti la pupila del sol que no conoce ocaso.

 Mas Hércules, regresando á las márgenes del Betis, sentó los preciados cimientos de la antigua Hispalis; laureles y rosales dióle por cortinajes, y olas, en que sus torres de plata y oro se reflejan.


 Allí, á sus hijos, dulces prendas de célico porvenir, enseña el duro manejo del arma de combate, como el águila á sus hijuelos á batir hacia el sol, que idolatra, las férreas alas, que originan tempestades.


 Con el humilde arte de Ceres renace la excelsa astronomía, reteños del corpulento árbol tronchado en Occidente; y entonces fué cuando, relevando á Atlas, sustentó por espacio de un día, en su dorso de montaña, el peso del firmamento.


 Y al sentir que ya la tierra llamaba á sí sus huesos, con peñascos y cerros alzó dos columnas, y en ellas, con la clava que, hechose pedazos, entregó al mar los reinos malditos, escribió: No hay más allá.