La Atlántida: Conclusión

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CONCLUSIÓN


COLÓN


 A las palabras del solitario, siente Colón nacer un nuevo mundo en su fantasía. El buen anciano le alienta con oportunos razonamientos. Oferta de Colón á Génova, Venecia y Portugal. Sueño de Isabel. Con el valor de la joyas de la Reina, Colón compra naves. El anacoreta, desde el promontorio, le mira volar á la más grande de las empresas, y se extasía ante la venidera grandeza de su patria.


 Fine en los labios del buen anciano la historia; y, cual durmiendo glorioso sueño, nada responde el inspirado marino; es que, envuelto en misteriosas brumas, entre arreboles y luz de otro hemisferio, navega un mundo en su fantasía.

 Allende la sumergida Atlántida, ha vislumbrado á la virgen de sus amores, como al final de un puente gentil ciudad; cual detrás de ese cielo cielos más hermosos; cual más all de los luminicos astros el tabernáculo de oro del Increado.



 La faz vuelta al sol, que entre purpúrea neblina se sepulta, como evadiendo su mirada, parece haberle sorprendido en su carrera, y gritarle, aleando: «Astro, aguárdame, que de tu rastro en pos ¡Fiat! decir quiero al caos de Occidente.»



 La mar que á vuestras plantas dormita y sueña, ¿no os trae de remotas playas la armonía? el aire ¿no os conduce perfume de paraíso, ni quejumbrosos suspiros de sirena que busca la cadena de otros brazos, de amor muriendo su anhelante corazón?—



 El sabio, entonces, con palabra mágica, expone las verdades que, entre fábulas, en rugosos pergaminos encontró; brillantes conceptos plagia á Plinio y á Estrabón, y aduce los ensueños y recuerdos de los tiempos que fueron.



 Cuenta haber visto, entre rocas del Océano, enormes troncos de nunca vistos pinos, y que, en los cantiles de la isla de las Flores, dejó la costanera oleada dos cadáveres de bermejizo rostro, reveladores de secretos de la mar.



 Y, abrazándole, añade:—¡Vienes acaso tú, gigante de las postreras profecías, á unir, cual las de un manto, las puntas de la tierra? Ve, mensajero del Altísimo; quien para sacarte de las olas te dió un leño bien te dará un bajel para que de ellas saques un mundo.—

 —Darámelo, si,—responde;—y, para alcanzar la más preciada perla del alcázar de Neptuno, yo volveré á pontear el Atlántico. Despiérta, humanidad; contempla á tu Eva alzarse fragante de un tálamo de flores; Adán de los continentes, vuela á sus brazos.


 Y, cual astro impelido por mano divina, encamínase á Génova la hermosa, portador de la llave del Edén terreno; mas ella, desarbolada galera, no osa abrir sus alas á la ráfaga que la hubiera remontado en su decadente vuelo.


 Al ver que Génova le cierra las puertas, dirige los ojos á Venecia, forzuda aún para cargar en hombros con un continente; mas, avezada al estrépito guerrero, escucha el proyecto de ensanchar el mundo cual palabras de lengua que no comprende.


 ¡Ay! la mar no es ya la esposa de sus Dux, que de mano más hermosa y pura recibir espera el anillo nupcial.—Á Iberia vuelvo,—exclama el Genovés, y entra en Lisboa al abandonarla Gama para, como á un bajel, dar la vuelta á la Libia.


 Inútil oferta hace á Juan Segundo, quien ingrato prueba á arrebatarle la gloria; y, viéndose desvalido en tierra el marino, por el cielo de sus ensueños busca una estrella, y te divisa á ti, Isabel de Castilla, la reina de las reinas que han sido.


 Tú sopesaste, sólo tú, su idea; tú de golpe mediste su extensa mirada, y en la tuya prendió la llama de su frente al decir á tus plantas:—Gran Señora: dadme naves, si os place, y á su hora las devolveré con un mundo á remolque.

SUEÑO DE ISABEL


La mano á la sien llevando,
como un ángel sonriente,
los ojos volvió á Fernando,
diciéndole gentilmente:


—Al clarear de la aurora
en un ave yo soñé;
¡ay! el alma aun sueña ahora
que mi sueño verdad fué.


Soñé que la mora Alhambra
su rico seno me abría,
nido de perlas y zambra,
que en cielo de amor pendía.


Las huríes vierten lloro,
desde fuera del harén,
en él escuchando el coro
de querubes del Edén.



Del mármol tomando ejemplo
rico manto te bordaba,
cuando entre ramas contemplo
que un pajarillo triscaba.


Salta en el musgo veloz,
y me saluda parlero;
dulce, dulce era su voz
como la miel del romero.


« Por aquel á quien más amo, »
le dije yo, « pajarillo,
saltando de ramo en ramo,
no pierdas mi hermoso anillo. »


Tiende las alas errantes,
y tras él volando fuí;
¡anillo de cien cambiantes,
nunca tan bello te vi!



Tierra afuera, sigo ansiosa
hasta el linde de la mar,
y, en su ribera arenosa,
triste sentéme á llorar.


Al perderse en la lontananza,
¡que luz depidió tan bella!
cual la que, al ponerse, lanza
la matutinal estrella.


Cuando en olas ponentinas
dejó el anillo caer,
como sílfides y ondinas,
islas en flor vi nacer.


Al rayo del mediodía,
semejaban sus confines
breve cielo de poesía
labrado por serafines.


Festejandome en su parla,
una guirnalda ha formado;
en mi sien al colocarla,
el gozo me ha despertado.



Mensajera del buen Dios
es la paloma que vemos;
si de ella vamos en pos,
con la India hermosa daremos.


Colón, mis joyas te doy
para que naves aprontes;
yo me adornaré desde hoy
con violetas de los montes.—


Dice: anillos y arracadas
sueltan sus manos nevadas,
cual perlas un cielo; y él,
suspirando de alegría,
con acordada armonía,
ve perlas de más valía
en los ojos de Isabel.



 Á la sazón penetrando el sol en la Alhambra, con sus amorosos rayos inundó la cámara tapizada de oro, topacios y zafiros; y, quebrándose en fantástica refracción, circundó á los tres aureola de gloria, sombra de los elegidos del Señor.


 Halla Colón carabelas; y, al afrontar, animoso, en sus toscas ala, la mar tenebrosa, la humanidad motéjale de loco; al Genio que la conducía, en su vuelo, á la soñada tierra de promisión, como Moisés por entre las aguas del Rojo Mar.


 El sabio anciano, que desde una cima le contempla, siente vibrar su corazón como una lira; ve al Ángel de las Españas, gentil y hermoso, que son sus alas de oro ayer cobijó á Granada, extenderlas hoy por el firmamento, y que por manto suyo las toma la espaciosa tierra.


 Ve rebrotar en otro hemisferio, junto con la española pujanza, el árbol de la Cruz, y el mundo reflorecer á su sombra; encarnarse en él la celeste sebiduría; y dice á quien se alza á su encuentro:—¡Vuela, Colón,... ya puedo morir en paz!—


La Atlantida (1886) pag.181.jpg