La Celestina:17

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La Celestina - Aucto dézimoquinto​ de Fernando de Rojas


ARGUMENTO DEL DÉCIMOQUINTO AUCTO: Areusa dize palabras injuriosas a vn rufián, llamado Centurio, el qual se despide della por la venida de Elicia, la qual cuenta a Areusa las muertes que sobre los amores de Calisto e Melibea se auían ordenado, e conciertan Areusa y Elicia que Centurio aya de vengar las muertes de los tres en los dos enamorados. En fin, despídese Elicia de Areusa, no consintiendo en lo que le ruega, por no perder el buen tiempo que se daua, estando en su asueta casa.


AREUSA, CENTURIO, ELICIA.


ELICIA.- ¿Qué bozear es este de mi prima? Si ha sabido las tristes nueuas que yo le traygo, no auré yo las albricias de dolor, que por tal mensaje se ganan. Llore, llore, vierta lágrimas, pues no se hallan tales hombres a cada rincón. Plázeme que assí lo siente. Messe aquellos cabellos como yo triste he fecho, sepa que es perder buena vida más trabajo que la misma muerte. ¡O quanto más la quiero que hasta aquí, por el gran sentimiento que muestra!

AREUSA.- Vete de mi casa, rufián, vellaco, mentiroso, burlador, que me traes engañada, boua, con tus offertas vanas. Con tus ronces e halagos hasme robado quanto tengo. Yo te di, vellaco, sayo e capa, espada e broquel, camisas de dos en dos a las mill marauillas labradas, yo te di armas e cauallo, púsete con señor que no le merescías descalçar; agora vna cosa que te pido que por mí fagas pónesme mill achaques.

CENTURIO.- Hermana mía, mándame tú matar con diez hombres por tu seruicio e no que ande vna legua de camino a pie.

AREUSA.- ¿Por qué jugaste tú el cauallo, tahúr vellaco? Que si por mí no ouiesse sido, estarías tú ya ahorcado. Tres vezes te he librado de la justicia, quatro vezes desempeñado en los tableros. ¿Por qué lo hago? ¿Por qué soy loca? ¿Por qué tengo fe con este couarde? ¿Por qué creo sus mentiras? ¿Por qué le consiento entrar por mis puertas? ¿Qué tiene bueno? Los cabellos crespos, la cara acuchillada, dos vezes açotado, manco de la mano del espada, treynta mugeres en la putería. Salte luego de ay. No te vea yo más, no me hables ni digas que me conoces; si no, por los huesos del padre que me hizo e de la madre que me parió, yo te haga dar mill palos en essas espaldas de molinero. Que ya sabes que tengo quien lo sepa hazer y, hecho, salirse con ello.

CENTURIO.- ¡Loquear, bouilla! Pues si yo me ensaño, alguna llorará. Mas quiero yrme e çofrirte, que no sé quien entra, no nos oyan.

ELICIA.- Quiero entrar, que no es son de buen llanto donde ay amenazas e denuestos.

AREUSA.- ¡Ay triste yo! ¿Eres tú, mi Elicia? ¡Jesú, Jesú!, no lo puedo creer. ¿Qué es esto? ¿Quién te me cubrió de dolor? ¿Qué manto de tristeza es este? Cata, que me espantas, hermana mía. Dime presto qué cosa es, que estoy sin tiento, ninguna gota de sangre has dexado en mi cuerpo.

ELICIA.- ¡Gran dolor, gran pérdida! Poco es lo que muestro con lo que siento y encubro; más negro traygo el coraçón que el manto, las entrañas, que las tocas. ¡Ay hermana, hermana, que no puedo fablar! No puedo de ronca sacar la boz del pecho.

AREUSA.- ¡Ay triste! ¿Qué me tienes suspensa? Dímelo, no te messes, no te rascuñes ni maltrates. ¿Es común de entrambas este mal? ¿Tócame a mí?

ELICIA.- ¡Ay prima mía e mi amor! Sempronio e Pármeno ya no biuen, ya no son en el mundo. Sus ánimas ya están purgando su yerro. Ya son libres desta triste vida.

AREUSA.- ¿Qué me cuentas? No me lo digas. Calla por Dios, que me caeré muerta.

ELICIA.- Pues más mal ay que suena. Oye a la triste, que te contará más quexas. Celestina, aquella que tú bien conosciste, aquella que yo tenía por madre, aquella que me regalaua, aquella que me encubría, aquella con quien yo me honrraua entre mis yguales, aquella por quien yo era conoscida en toda la ciudad e arrabales, ya está dando cuenta de sus obras. Mill cuchilladas le vi dar a mis ojos: en mi regaço me la mataron.

AREUSA.- ¡O fuerte tribulación! ¡O dolorosas nueuas, dignas de mortal lloro! ¡O acelerados desastres! ¡O pérdida incurable! ¿Cómo ha rodeado atan presto la fortuna su rueda? ¿Quién los mató? ¿Cómo murieron? Que estoy enuelesada, sin tiento, como quien cosa impossible oye. No ha ocho días que los vide biuos e ya podemos dezir: perdónelos Dios. Cuéntame, amiga mía, cómo es acaescido tan cruel e desastrado caso.

ELICIA.- Tú lo sabrás. Ya oyste dezir, hermana, los amores de Calisto e la loca de Melibea. Bien verías cómo Celestina auía tomado el cargo, por intercessión de Sempronio, de ser medianera, pagándole su trabajo. La qual puso tanta diligencia e solicitud, que a la segunda açadonada sacó agua. Pues, como Calisto tan presto vido buen concierto en cosa que jamás lo esperaua, a bueltas de otras cosas dio a la desdichada de mi tía vna cadena de oro. E como sea de tal calidad aquel metal, que mientra más beuemos dello más sed nos pone, con sacrílega hambre, quando se vido tan rica, alçose con su ganancia e no quiso dar parte a Sempronio ni a Pármeno dello, lo qual auía quedado entre ellos que partiessen lo que Calisto diesse. Pues, como ellos viniessen cansados vna mañana de acompañar a su amo toda la noche, muy ayrados de no sé qué questiones que dizen que auían auido, pidieron su parte a Celestina de la cadena para remediarse. Ella púsose en negarles la conuención e promesa e dezir que todo era suyo lo ganado e avn descubriendo otras cosillas de secretos, que como dizen: riñen las comadres etc. Assí que ellos muy enojados, por vna parte los aquexaua la necessidad, que priua todo amor; por otra, el enojo grande e cansancio que trayan, que acarrea alteración; por otra, auían la fe quebrada de su mayor esperança. No sabían qué hazer. Estuuieron gran rato en palabras. Al fin, viéndola tan cobdiciosa, perseuerando en su negar, echaron mano a sus espadas e diéronle mill cuchilladas.

AREUSA.- ¡O desdichada de muger! ¡Y en esto auía su vejez de fenescer! ¿E dellos, qué me dizes? ¿En qué pararon?

ELICIA.- Ellos, como ouieron hecho el delicto, por huyr de la justicia, que acaso passaua por allí, saltaron de las ventanas e quasi muertos los prendieron e sin más dilación los degollaron.

AREUSA.- ¡O mi Pármeno e mi amor! ¡Y quanto dolor me pone su muerte! Pésame del grande amor que con él tan poco tiempo auía puesto, pues no me auía más de durar. Pero pues ya este mal recabdo es hecho, pues ya esta desdicha es acaescida, pues ya no se pueden por lágrimas comprar ni restaurar sus vidas, no te fatigues tú tanto, que cegarás llorando. Que creo que poca ventaja me lleuas en sentimiento y verás con quanta paciencia lo çuffro y passo.

ELICIA.- ¡Ay que rauio! ¡Ay mezquina, que salgo de seso! ¡Ay, que no hallo quien lo sienta como yo! No hay quien pierda lo que yo pierdo. ¡O quánto mejores y más honestas fueran mis lágrimas en passión ajena, que en la propia mía! ¿A donde yré, que pierdo madre, manto y abrigo; pierdo amigo y tal que nunca faltaua de mi marido? ¡O Celestina sabia, honrrada y autorizada, quántas faltas me encobrías con tu buen saber! Tú trabajauas, yo holgaua; tú salías fuera, yo estaua encerrada; tú rota, yo vestida; tú entrauas contino como abeja por casa, yo destruya, que otra cosa no sabía hazer. ¡O bien y gozo mundano, que mientra eres posseydo eres menospreciado y jamás te consientes conocer hasta que te perdemos! ¡O Calisto y Melibea, causadores de tantas muertes! ¡Mal fin ayan vuestros amores, en mal sabor se conuiertan vuestros dulces plazeres! Tórnese lloro vuestra gloria, trabajo vuestro descanso. Las yeruas deleytosas, donde tomays los hurtados solazes, se conuiertan en culebras, los cantares se os tornen lloro, los sombrosos árboles del huerto se sequen con vuestra vista, sus flores olorosas se tornen de negra color.

AREUSA.- Calla, por Dios, hermana, pon silencio a tus quexas, ataja tus lágrimas, limpia tus ojos, torna sobre tu vida. Que quando vna puerta se cierra, otra suele abrir la fortuna y este mal, avnque duro, se soldará. E muchas cosas se pueden vengar que es impossible remediar y esta tiene el remedio dudoso e la vengança en la mano.

ELICIA.- ¿De quién se ha de auer enmienda, que la muerta y los matadores me han acarreado esta cuyta? No menos me fatiga la punición de los delinquentes, que el yerro cometido. ¿Qué mandas que haga, que todo carga sobre mí? Pluguiera a Dios que fuera yo con ellos e no quedara para llorar a todos. Y de lo que más dolor siento es ver que por esso no dexa aquel vil de poco sentimiento de ver y visitar festejando cada noche a su estiércol de Melibea y ella muy vfana en ver sangre vertida por su seruicio.

AREUSA.- Si esso es verdad ¿de quién mejor se puede tomar vengança? De manera que quien lo comió, aquel lo escote. Déxame tú, que si yo les caygo en el rastro, quándo se veen e cómo, por dónde e a qué hora, no me ayas tú por hija de la pastellera vieja, que bien conosciste, si no hago que les amarguen los amores. E si pongo en ello a aquel con quien me viste que reñía quando entrauas, si no sea él peor verdugo para Calisto, que Sempronio de Celestina. Pues, ¡qué gozo auría agora él en que le pusiesse yo en algo por mi seruicio, que se fue muy triste de verme que le traté mal! E vería él los cielos abiertos en tornalle yo a hablar e mandar. Por ende, hermana, dime tú de quien pueda yo saber el negocio cómo passa, que yo le haré armar vn lazo con que Melibea llore quanto agora goza.

ELICIA.- Yo conozco, amiga, otro compañero de Pármeno, moço de cauallos, que se llama Sosia, que le acompaña cada noche. Quiero trabajar de se lo sacar todo el secreto e este será buen camino para lo que dizes.

AREUSA.- Mas hazme este plazer, que me embíes acá esse Sosia. Yo le halagaré e diré mill lisonjas e offrescimientos hasta que no le dexe en el cuerpo de lo hecho e por hazer. Después a él e a su amo haré reuessar el plazer comido. E tú, Elicia, alma mía, no recibas pena. Passa a mi casa tu ropa e alhajas e vente a mi compañía, que estarás muy sola e la tristeza es amiga de la soledad. Con nueuo amor oluidarás los viejos. Vn hijo que nasce restaura la falta de tres finados: con nueuo sucessor se pierde la alegre memoria e plazeres perdidos del passado. De vn pan, que yo tenga, ternás tú la meytad. Más lástima tengo de tu fatiga, que de los que te la ponen. Verdad sea, que cierto duele más la pérdida de lo que hombre tiene, que da plazer la esperança de otro tal, avnque sea cierta. Pero ya lo hecho es sin remedio e los muertos irrecuperables. E como dizen: mueran e biuamos. A los biuos me dexa a cargo, que yo te les daré tan amargo xarope a beuer, qual ellos a ti han dado. ¡Ay prima, prima, como sé yo, quando me ensaño, reboluer estas tramas, avnque soy moça! E de ál me vengue Dios, que de Calisto Centurio me vengará.

ELICIA.- Cata que creo que, avnque llame el que mandas, no aurá effecto lo que quieres, porque la pena de los que murieron por descobrir el secreto porná silencio al biuo para guardarle. Lo que me dizes de mi venida a tu casa te agradesco mucho. E Dios te ampare e alegre en tus necessidades, que bien muestras el parentesco e hermandad no seruir de viento, antes en las aduersidades aprouechar. Pero, avnque lo quiera hazer, por gozar de tu dulce compañía, no podrá ser por el daño que me vernía. La causa no es necessario dezir, pites hablo con quien me entiende. Que allí, hermana, soy conoscida, allí estoy aparrochada. Jamás perderá aquella casa el nombre de Celestina, que Dios aya. Siempre acuden allí moças conoscidas e allegadas, medio parientas de las que ella crió. Allí hazen sus conciertos, de donde se me seguirá algún prouecho. E también essos pocos amigos, que me quedan, no me saben otra morada. Pues ya sabes quán duro es dexar lo vsado e que mudar costumbre es a par de muerte e piedra mouediza que nunca moho la cobija. Allí quiero estar, siquiera porque el alquile de la casa, que está pagado por ogaño, no se vaya em balde. Assí que, avnque cada cosa no abastasse por sí, juntas aprouechan e ayudan. Ya me paresce que es hora de yrme. De lo dicho me lleuo el cargo. Dios quede contigo, que me voy.