La Conquista del Perú: 16

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XV - Servidumbre[editar]

Ciertos los vencedores de que ocultas fuerzas no les amenazaban, y seguros de su victoria, la ciudad se dio al saqueo, y los invasores cometieron todos los crímenes propios de la guerra. Los inocentes habitantes de Cajamalca atropellados cruelmente, se vieron hasta arrebatar los adornos de oro que los cubrían; muchos fueron víctimas de la ferocidad; tiernas vírgenes perdieron su tesoro, el casto esposo miró violada la esposa, y el llanto y los gemidos resonaban por los ámbitos de la ciudad.

El amor que Ocollo había inspirado a Pizarro no era una pasajera ráfaga, era un fuego inextinguible que atormentaba su corazón y despedazaba su pecho. Conociendo el amor que tenía al Inca creyó que no sobreviviese a la noticia de su muerte, y ansioso preguntaba a los habitantes por la que arrebataba su contento; y cuando supo con certeza que huía con el ejército, feroz sonrisa brillaba en sus ojos, alentado por la esperanza de poderla algún día estrechar entre sus brazos, y saciar sus lividinosos deseos; pero los recuerdos del amor no endulzaban su alma, y en vano los desgraciados imploraban su piedad.

Vericochas marchó también con el ejército, no porque temiera ser víctima de sus creencias en el templo, sino porque Huascar le obligó a salvarse por no perder tan inapreciable tesoro; pero nada se sacó del santuario, porque las cosas sagradas entre los peruanos eran tan respetadas, tan inmunes que no podían concebir que la ferocidad de sus enemigos llegase a hollarlas. Después de seis horas de furor y de saqueo, Pizarro tocó llamada y cesaron los estragos sin que el templo del Sol se hubiese allanado para arrebatar sus adornos.

Aun teñidos en la sangre de los inocentes, cargados de los tesoros que habían arrebatado, formaron los aventureros al sonido de las cajas, y el fanático Luque levantó en su diestra la cruz y se dirigió a sus compatriotas. -Este signo de victoria, clamaba, arruinó los muros y os abrió las puertas de la ciudad; largas horas habéis tenido para procuraros el precio de vuestras fatigas, algunos momentos habrán de dedicarse a dar gracias al Señor, y a bendecir su misericordia, dijo, y descalzándose, y llevando en los hombros una larga y pesada cruz, se dirigió hacia el templo del Sol, y mandó romper sus puertas. Admirados quedaron los vencedores al ver tanta magnificencia y tanto oro, y Luque en medio del común pasmo, clavó sus centellantes miradas en el símbolo del Sol, y en las efigies de los justos que rodeaban a la deidad del Perú.

«Sí cristianos, exclamó encendido, sin haber aun dejado la cruz que agobiaba su hombro, ahí tenéis los bárbaros ídolos de este condenado imperio; en que os detenéis, arruinad esa pompa de Satanás!»

Para actos religiosos los aventureros dejaban de ser soldados y de esperar las órdenes de Pizarro, eran sólo fanáticos que escuchaban la voz de un sacerdote antropófago. Cual lobos hambrientos, mal heridos tigres, se lanzaron sobre las inocentes efigies, las arruinaron y despedazaron, y arrastraron con algazara por el templo. Entonces Luque enarboló la enseña de Sión, cesó el destrozo impío, murmuró exorcismos brotando fuego por los ojos para ahuyentar a Satanás de aquel recinto, y se cantó un solemne Tedeum dando gracias al Señor de las victorias.

Aunque los aterrados habitantes de Cajamalca habían buscado asilo en los más recónditos puntos, bien pronto se extendió por la ciudad el sacrilegio cometido en el templo, y los Peruanos se estremecían con espanto al ver profanados tan nefandamente sus dioses, y en sus venas ardía el espíritu de la venganza y sus corazones sentían un valor superior a todos los peligros. ¡Cuan cierto es que el vencedor que no respeta las preocupaciones de los pueblos, algún día se verá vencido! Los Peruanos miraban la ruina de su libertad y de sus leyes, miraban arrebatar sus tesoros, violar sus vírgenes, derramar la sangre de sus hijos, y sufrían en silencio pavoroso; pero al ver profanados sus templos y arrastrados sus dioses, estalló su indignación y su venganza. Aun cantando el Tedeum los vencedores, fueron acometidos en el templo por los pocos robustos habitantes que habían quedado en la ciudad, y creyéndolo una sorpresa, se aterraron y muchos fueron víctimas del furor de los vencidos. Rehechos al fin, los Peruanos fueron sacrificados en el templo, y el fanatismo religioso encendió los ánimos para una guerra de muerte.

Luque clamando la matanza dio a Satanás después las almas de los vencidos, y cien días de indulgencias a cada soldado. Esos bárbaros, exclamaba, arrastrados del demonio, que ve acabar su poder en este imperio, han querido profanar la santidad de nuestra fiesta; en la muerte y en los eternos tormentos han encontrado su digno castigo. No haya piedad, cristianos, los idólatras no conocen el arrepentimiento y la misericordia; «el que no reciba las aguas del bautismo sea quemado en nombre de Dios.» Al fulminar la sentencia parecía estremecerse todo el imperio.

En tanto Pizarro, no era más que un cristiano que escuchaba humillado la voz del sacerdote, y temblara al pronunciar un anatema. Postrado ante la cruz daba el ejemplo de obediencia a sus soldados, y en su pecho combatía la ambición, la sed de sangre, su amor desesperado, y el deseo ardiente de la bienaventuranza eterna. Almagro, postrado también a su siniestra, mostraba en su semblante las marcas del fanatismo; pero nacido sensible, y con razón más robusta que Pizarro, su corazón desaprobaba la conducta de sus compañeros, y duda que un Dios de paz mirase con placer correr la sangre de víctimas inocentes. El amor de Coya y la conducta de sus compañeros, tan contraria a sus sentimientos, cada día le desunía más y más de los intereses de sus hermanos, y la guerra civil estaba muy próxima a estallar en el campo de los vencedores.

Luque infatigable en el proselitismo e implacable su sed de sangre cuando se trataba de la idolatría, subió al púlpito en el templo, predicó largamente a los aventureros los misterios cristianos, les recordó la pasión de Jesucristo, sentó como principio fundamental de fe, que ni aun pecado venial era dar muerte a un idólatra; y que si no recibían los indios las aguas del bautismo y hacían la profesión de fe, que era un eficaz medio de conseguir la salvación eterna, entregarlos a las llamas para acabar con la estirpe del demonio en la tierra. Verdad es que los conquistadores del Nuevo Mundo eran en lo general aventureros desmoralizados que corrían a la muerte surcando los mares por saciar su ambición, pero eran al fin hombres del siglo XVI que humildes se postraban al hablar el sacerdote, y que callaban sus pasiones si hablaba el furor del mal entendido cristianismo: Luque exhortaba en nombre de Dios, y Luque todo poderoso dominaba los corazones y encendía las iras.

Allí en el mismo templo se promulgó en seguida el decreto de tres siglos de guerra desastrosa, el decreto de ignominia, que en un día haría correr la sangre de un mundo al otro. «Todos los Peruanos, decía la ley fijada en tablas, recibirán los aguas del bautismo y serán esclavos del Rey del oriente; pero si impíos se obstinan en la idolatría, serán arrojados a las llamas, y dadas sus almas al demonio.» ¡Ah inocente América! Oh siglo XVI, baldón de las remotas generaciones!

La ley se publicó en las calles y plazas, y la ciudad temblaba y se estremecía el imperio. Los desdichados habitantes despojados de sus riquezas, llorando el esposo a la esposa, la adorada a su adorado, tal vez el anciano herido, las vírgenes violadas, todos oprimidos del inhumano dolor de ver profanado su templo y arruinados sus altares, en helado pasmo escuchaban la ley impía. El débil anciano quería ser mártir de sus dulces creencias, el robusto mancebo ofrecía su sangre y su vigor a la deidad benéfica, la virgen y la esposa lloraban su viudez y se arrojaban a los pies de los esposos; todo era desconsuelo; la negra servidumbre era el premio de la apostasía; las hogueras inquisitoriales el fin de sus inocentes creencias.

Insensibles Luque y Pizarro a tanto dolor y a tanto gemido, comenzaron la ejecución del bárbaro decreto. Los infelices que fueron aprendidos tuvieron que hacer la profesión de fe, o expiraron entre las llamas; todos se vieron obligados a presentarse en el templo a renegar de la religión de sus mayores, o a huir a las selvas escabrosas, y librarse del furor de sus enemigas. Almagro lejano de su Coya, tal vez temiendo haber perdido su amor y sin esperanzas de volverla a estrechar entre sus brazos, aunque sepultado en un insensible hielo, no podía tolerar las atrocidades con que se insultaba al cristianismo, y se vilipendiaba la dignidad del hombre.

«Persuade, decía a Luque, a estos inocentes habitantes con la elocuencia que te inspire Jesús, sácalos de la idolatría, pero el puñal no hace cristianos.» Todo era en vano; Satanás, decía el sacerdote, puede más que la clemencia, y Pizarro defendía la esclavitud de los indios, ya porque apenas los creía hombres, ya porque si no les cargaba de cadenas, volverían fácilmente sus brazos a la venganza.

Al desembarcar en el Nuevo Mundo, como más bien venía Pizarro a descubrir regiones que a conquistar imperios, y como los fondos de la compañía eran demasiado cortos, después de los cuantiosos gastos hechos en las primeras incursiones, traía la expedición bien pocos pertrechos de guerra, y sobre todo tenía grande escasez de pólvora y de proyectiles. Entre los invasores había hombres de conocimientos suficientes para la elaboración de la pólvora, y fabricación y fundición de los metales, y reconociendo las montañas que rodeaban a Cajamalca, hallaron las salinas y minerales que pudieran desear en la mayor abundancia. Millares de desgraciados fueron arrastrados a la explotación de las minas, y perecieron al vigor de un continuo trabajo, para ellos desconocido, o cayeron sofocados en las simas de las hondas excavaciones. Sacaban las primeras materias de las entrañas de la tierra, y después los europeos las fundían y elaboraban por sí solos, para que sus esclavos no aprendiesen a fabricar armas destructoras. ¡Los infelices Peruanos labraban sus mismas cadenas!

Las riquezas que en sus cavernas ocultaban las montañas, no se limitaban a salinas y comunes metales; en las excavaciones hallaron también vetas de oro y plata, que encendieron la ambición de los vencedores, y condenaron a muerte a un millón de Indios. A pesar de la abundancia de oro que tenían los americanos, desconocían el arte de la explotación, y jamás tomaban de las montañas y de las corrientes otros metales que los que la naturaleza pródigamente arrojaba de su seno, y aunque las que rodeaban a Cajamalca no eran las fértiles del Nuevo Mundo, no dejaban de abundar en tesoros, que bien pronto se mostraban al sudor que los Indios derramaban en las excavaciones, bajo la dura dirección de sus vencedores.

Sacadas grandes cantidades de sales y de azufres, fabricaron gran cantidad de pólvora, fundieron innumerables proyectiles en que se afianzaba la conquista del imperio, y labraron gruesas cadenas en que más fácilmente pudiesen asegurar los inocentes esclavos, que tenían en su semblante las marcas de la desesperación al verse morir de miseria, y agobiados con un trabajo que les era irresistible.

Todos los habitantes de Cajamalca y de la campiña, que recibieron las aguas del bautismo, fueron condenados a las excavaciones de las minas, y los que no quisieron renegar de sus creencias huyeron a las montañas, o se salvaron en Cuzco de sus perseguidores. A los infelices braceros apenas se les señaló de jornal lo indispensable para el sustento, y los vencedores con espada en mamo, cuidaban de activar el trabajo, y tenían derecho de herir y de matar al que creyesen perezoso. Tan cruel despotismo llevaba a los desgraciados Peruanos hasta la desesperación, y más de una vez se sintieron sublevaciones parciales, que siempre fueron sofocadas con atroces degüellos. Para evitar hasta el menor peligro, y teniendo abundancia de minerales, se emparejaron los trabajadores con gruesas cadenas, que al tiempo que dejaban libres sus brazos para el trabajo, abrumaban sus cuerpos y los imposibilitaban de acometer y de defenderse. Aquellos infelices regaban con lágrimas de dolor los tesoros que maldecían.

Por algún tiempo Pizarro fue el señor de todos los esclavos en nombre del rey de España, y trabajaban en las minas públicas y eran pagados del tesoro. Pero ya su liberalidad para sostener su prestigio, y la ambición aun no saciada de los aventureros, hicieron que los esclavos pasasen a dominio particular por donaciones o por compras. El señor tenía el derecho de vida y muerte en todas las sucesiones, y se procuraba la regeneración de los esclavos con la misma actividad, los mismos medios y los mismos fines que los de otros cualesquiera animales domésticos que aumentaban el patrimonio del señor. ¡En tan monstruosa política no pudiera cimentarse la conquista de un imperio! Y aun subsisten en nuestros dominios de Asia y América en el siglo XIX palpitantes huellas de esa inhumana servidumbre.