La Divina Comedia: El Infierno: Canto II

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La Divina Comedia
El Infierno: Canto II
de Dante Alighieri



William Blake: El Infierno, Canto II, 139-141. Dante y Virgilio entran al bosque.

Sinopsis:

Dante siente miedo del viaje que le espera y pregunta a su maestro si es digno de tal empresa. Virgilio le contesta que Beatriz lo envió para rescatarlo, así que nada debe temer porque un alma bienaventurada lo protege.


Canto

Íbase el día, y el aire oscuro,
a los animales de la tierra,
libraba de las fatigas; y por mi parte solo yo

me preparaba a sostener la guerra
tan del camino y tan de la piedad,
que ha de referir la mente que no yerra.

¡Oh Musas! ¡Oh alto ingenio!, ayudadme ahora;
¡Oh mente que escribiste lo que vi!
Aquí se mostrará tu nobleza.

Comencé entonces: Poeta que me guías,
considera si es fuerte mi virtud,
antes que al alto paso me confíes.

Tu dices que el padre de Silvio,
aun corruptible, al inmortal siglo
pasó, y fue sensiblemente.

Pero si el adversario de todo mal
le fue gentil, pensando en el alto bien,
que salir de él debía, y qué gentes, y cuál imperio,

no parecerá indigno a un hombre de intelecto:
porque del alma Roma y de su imperio
fue elegido padre en el empíreo Cielo:

A decir verdad la una y el otro
fueron establecidos lugar santo
donde está la sede del sucesor del mayor Pedro.

En este viaje, por el que lo exaltas tanto,
oyó cosas que fueron la causa
de su victoria y del papal manto.

Viajó también el Vaso de elección,
para dar firmeza a aquella fe
que es principio en el camino de la salvación.

Pero yo ¿Porqué he de ir? o ¿Quién lo concede?
No soy Eneas, Pablo no soy:
que sea digno, ni yo ni nadie lo cree,

porque si a tal ir me abandono
temo que el viaje sea locura:
Sé sabio, y óyeme que yo ya no razono.

Y como aquel que desquiere lo que quería
y por nueva idea el propósito descambia,
y así de lo comenzado se aparta entero;

así me cambié yo en aquella cuesta obscura:
así, pensado, se consumió la empresa
cuyo comenzar fue con tanta fuerza.

Si he bien oído tus palabras,
repuso de aquel magnánimo la sombra,
tu alma está herida de bajeza:

la cual muchas veces estorba al hombre
tanto, que de empeñada empresa lo retorna,
como bestia espantada de una sombra.

A fin de que de este temor te libres
te diré, porqué yo vine y lo que oí
en aquel punto primero cuando me dolí de ti.

Estaba yo entre aquellos en suspenso
y una mujer me llamó, bendita y bella,
tanto de que me mandara yo la requerí.

Lucían sus ojos más que la estrella:
y comenzó a decirme suave y humilde,
con angélica voz, en su lenguaje:

¡Oh gentil alma Mantuana!
cuya en el mundo aún la fama dura
y durará cuanto el movimiento dure, lejana:

mi amigo, que no lo es de la ventura,
de la desierta playa está tan impedido
en el camino, que vuelto se ha de miedo:

y temo que no esté ya tan perdido
que tarde me haya levantado a socorrerlo,
de acuerdo a lo que de él en el Cielo he oído.

Ahora muévete, y con tu palabra ornada
y con lo necesario para que él sobreviva,
ayúdalo pues, para que yo quede consolada.

Yo soy Beatriz, la que te manda vayas.
Vengo del lugar de a donde volver deseo:
Amor me movió, el que me hace hablar.

Cuando esté ante mi Señor,
hablaré bien de ti con frecuencia.
Calló pues, y comencé yo entonces:

Oh mujer de virtud única por la que
la humana especie excede todo lo que hay en
aquel Cielo, cuyos menores son los círculos;

Tanto me agrada tu mandato,
que en obedecerlo, si ya lo hubiera, sería tardo;
nada ganarías con más ampliarme tu deseo.

Pero dime la razón que no te cuidas
de bajar aquí abajo a este centro
desde aquel amplio lugar, al que volver ardes.

Lo que saber tan profundamente deseas
te diré brevemente, me repuso,
porqué no temo venir aquí adentro.

Solo aquellas cosas se han de temer
que detentan poder de daño a otro;
de las otras no, que no son temibles.

Estoy hecha así por Dios, por su merced,
que vuestra miseria no me alcanza,
ni la llama de este incendio no me asalta.

Mujer hay gentil en el Cielo, que se apiada
por este entrabamiento al que te mando,
y tanto, que el duro juicio de allá quebranta.

Es ella la que llamó a Lucía en su demanda
y dijo: Tiene necesidad tu fiel
de ti, y yo a ti lo recomiendo.

Lucia, enemiga de todo cruel
movióse, y vino al lugar donde yo estaba,
sentada con la antigua Raquel.

Dijo: Beatriz, alabanza de Dios verdadera,
¿Que no socorres a aquel que te amó tanto
que por ti salió de la vulgar tropa?

¿La compasión no escuchas de su llanto,
no ves la muerte que combate
en tumultuoso río más que la mar violento?

No hubo en el mundo más veloz nadie
en pro de su bien y en contra de su daño,
que yo, después de recibidas las palabras;

aquí abajo vine desde mi bendito escalón,
confiando en tu parlar honesto,
que a ti te honra y a quienes lo han oído.

Después de haberme razonado de esa forma
volvióme los lucientes ojos lagrimando,
por más presto a venir forzarme:

y así que vine a ti, como ella quiso,
te levanté de ante de aquella fiera
que del bello monte el breve paso te cerraba.

¿Entonces qué? ¿Porqué te quedas todavía?
¿Porque en el corazón encierras tanta bajeza?
¿Porqué el ardor te falta y la grandeza?

¿Acaso no tienes tres mujeres benditas
que de ti curan en la corte del Cielo,
y mi palabra que tanto bien te promete?

Como la florcillas bajo el nocturno hielo
doblegadas y oclusas, así que el Sol las ilumina,
se yerguen abiertas en sus tallos;

tal fui yo, desde mi ánimo abatido
y a tan buen ardor el corazón me enardeció
que comencé a decir como persona decidida:

¡Oh piadosa aquella que ha venido en mi socorro,
y tú que veloz gentil obedeciste
a las veraces palabras a ti dirigidas!

Me has colmado el corazón con tal deseo
al viaje, con tus palabras,
que retornado he a mi primer propósito.

Ve adelante que ambos somos de un sólo querer,
tú Conductor, tú Señor y tú Maestro:
Así le dije; y puesto luego él en marcha,

entré por el camino duro y salvaje.