La Divina Comedia: El Infierno: Canto IX

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La Divina Comedia
El Infierno: Canto IX
de Dante Alighieri


William Blake: El Infierno, Canto IX, 44-64, El ángel y la puerta de Dis.

Aquel color que el temor mostró en mi rostro
al ver atrás mi Conductor volverse,
restringió muy rápido él en el suyo.

Atento como hombre a la escucha se detuvo;
porque el ojo era incapaz de divisar muy lejos
por la espesa niebla y por el aire negro.

Mas a nosotros corresponderá la victoria,
comenzó él: si no... así nos fue prometido.
¡Oh cuánto tarda en llegar el otro!

Bien percibí yo como él cubriera
su comenzar con lo que después dijo,
que fueron palabras de lo anterior diversas.

Mas con todo su decir pavor me indujo,
porque pensaba que sus palabras truncas
de peor sentido eran del que él les diera.

¿A este fondo de este triste abismo
bajó nunca alguno del grado primero,
cuya sola pena es la esperanza ida?

Esta pregunta le hice yo a él:
Raro es que alguno, me repuso, vaya
por el camino por el que ahora voy.

Verdad es que hubo otra vez cuando aquí vine
por conjuro de la Erictón cruda,
que convocaba las sombras a sus cuerpos.

Poco hacía que de mí la carne fuera nuda
que me hizo ella traspasar tras este muro
para sacar a un espíritu del círculo de Judas.

Ese es el lugar más bajo y más oscuro
que más lejos está del Cielo que gira el todo.
Bien sé el camino: pero quédate seguro.

Este pantano que expira tal hedor
ciñe en derredor a la ciudad doliente,
al que entrar ya no podremos sin ira.

Y otras cosas dijo, que ya no tuve en mente,
porque el ojo habíame atraído todo entero
la alta torre de cumbrera ardiente.

Salieron súbito de allí rápidamente
tres furias infernales tintas de sangre
de miembros y de gestos femeninos;

verdísimas hidras las ceñían:
sierpes y cerastas eran sus crines
que las feroces sienes restringían.

Y aquel que bien conocía a las sirvientes
de la reina del eterno llanto:
Observa, me dijo, las feroces Erinias.

Esta es Megera la del siniestro lado;
aquella que a la derecha llora es Alecto
Tisífona está en el medio, y callóse un tanto.

Con las uñas lascerábanse ellas el pecho;
con las manos se golpeaban y tan alto gritaban
que de miedo me estreché al Poeta.

Venga Medusa: a que así lo hagamos piedra,
decían todas mirando abajo;
que mal del asalto de Teseo nos vengamos.

Vuélvete atrás, y cúbrete los ojos;
que si sale la Gorgona y tú la vieras
ya no podrías volver nunca arriba.

Así dijo el Maestro; y volvióme
él mismo, y no confiando en mis manos
me los cerró aún con las suyas.

¡Oh vosotros que tenéis el intelecto sano
mirad la doctrina que se esconde
bajo el velo de los versos extraños!

Y ya venía subiendo por las fangosas aguas
un alboroto de espantoso sonido
que hacía temblar a las orillas ambas;

a la manera de un viento
que, impetuoso por adversos ardores,
hiere a las selvas, y sin tregua alguna

las ramas rompe, abate y arroja afuera:
y adelante polvoriento va soberbio,
y las fieras ahuyenta y los pastores.

Liberóme pues los ojos y dijo: Alza arriba
el nervio de tu rostro tras aquella espuma antigua
allá por donde el humo es más acerbo.

Como las ranas ante la enemiga
culebra por el agua se disparan todas
hasta que en el cieno cada una se encierra;

vi yo más de mil almas destruidas
huir así ante el paso de uno
que el Éstige cruzaba a pie enjuto.

Apartábase del rostro aquel aire espeso
extendiendo a menudo adelante la siniestra;
se veía que de sólo aquel pesar cansado estaba.

Bien comprendí que era del Cielo mensajero
y volvíme al Maestro, que me hizo seña
de quedarme quieto, y de inclinarme ante él.

¡Ah cuán parecióme de desprecio lleno!
Vino ante la puerta y con una varilla
la abrió, sin encontrar resistencia.

¡Oh arrojados de Cielo, despreciable gente!
así comenzó sobre el horrible umbral,
¿Cómo esta vuestra arrogancia persevera?

¿Porqué recalcitráis contra aquella voluntad
que nunca de su intento pudo ser movida
y que muchas veces os aumentó la pena?

¿De qué sirve cocear contra el destino?
Vuestro Cerbero, si bien os recordaís,
por ello tiene aún pelados el mentón y el cuello.

Luego volvióse por la sucia calle
sin decirnos nada; mas mostró apariencia
de hombre que otro cuidado más ciñe y acucia,

que aquel que es de quien tiene delante.
Y nosotros movimos los pies hacia la tierra,
seguros tras las palabras santas.

Adentro entramos sin ninguna guerra:
y yo que de mirar tenía deseo
la condición que tal baluarte encierra,

no bien estuve adentro, el ojo en torno envio:
y veo a todos lados un gran campo
de dolor lleno y de cruel tormento.

Como en Arles, donde se estanca el Ródano,
como en Pola cerca del Quarnero,
que Italia cierra y sus confines baña,

los sepulcros dan al campo variado aspecto:
así era aquí por todos partes,
salvo en el modo que era más amargo;

porque entre las tumbas había llamas esparcidas,
por ellas tan por completo inflamadas
más que lo fuera nunca fierro en una fragua.

Todas sus losas en sus puntales se alzaban,
y de allí salían durísimos lamentos
que bien parecían de míseros y atormentados.

Y yo: Maestro, ¿quiénes son estas gentes
que sepultados en estas arcas
sus suspiros dejan oír dolientes?

Y él a mi: Son heresiarcas
con sus secuaces, de toda secta, y muchas
más son las tumbas que no creyeras pobladas.

Igual con igual aquí están sepultos
y unas tumbas son más calientes que otras.
Y después que a la derecha se volviera,

pasamos entre los martirios y los altos muros.