La Divina Comedia: El Infierno: Canto VII

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar

La Divina Comedia
El Infierno: Canto VII
de Dante Alighieri


William Blake: El Infierno, Canto VII, 1-15. Plutos, Dante y Virgilio.
William Blake: El Infierno, Canto VII, 110-127, El Éstige con la furiosa pelea de los pecadores.

"Pape Satan, pape Satan Aleppe",
comenzó Plutos con la voz clueca,
y aquel Sabio gentil, que lo conoce todo,

dijo para animarme: Que no te inquiete
el temor, que, por poder que tenga,
no te impedirá que desciendas esta roca.

Luego volvióse a aquellos airados labios,
y dijo: Cállate, maldito lobo:
Consúmete adentro con tu rabia.

No sin razón venimos a lo profundo:
Quiérese en lo alto, allá donde Miguel
tomó venganza de la soberbia tropa.

Como por el viento las hinchadas velas
caen derribadas cuando el mástil se quiebra,
tal cayó a tierra la acerba fiera.

Así bajamos al espacio cuarto
acercándonos más a la doliente ribera
que el mal del universo todo encierra.

¡Ay justicia de Dios! ¿Nuevos trabajos
y penas tanto amontonas, cuantas yo vi?
¿Y porqué nuestra culpa nos destruye así?

Como la ola allá sobre Caribdis
se estrella contra aquella que le viene en contra,
así aquí, forzadas, locas danzan las almas.

Aquí más que en otra parte vi mucha gente,
que de una banda a la otra con aullidos grandes,
con el pecho se arrojaban enormes cargas:

Se golpeaban uno al otro, y de allí luego,
cada uno volviéndose, recomenzaba atrás,
gritando: ¿Porqué acaparas? ¿Porqué derrochas?

Así rondaban por el tétrico anillo
desde un opuesto al otro extremo,
siempre gritando el injurioso estribillo.

Después, alcanzado el medio giro,
volvía cada uno por nueva justa.
Y yo que el corazón compungido tenía

dije: Maestro mío, hazme saber
qué gente es esta, y si son clérigos
los tonsurados aquí a la izquierda.

Y él a mí: Todos estos fueron tan miopes
de la mente, que en la vida anterior
ningún gasto hicieron con mesura.

Así su voz a ellos clara los declara:
cuando llegan a los dos puntos del cerco
que de la culpa contraria los separa.

Estos fueron clérigos, los que tienen la coronilla
pelada en la cabeza, y Papas y Cardenales,
a quienes de la avaricia los doblegó la soberbia.

Y yo: Maestro, entre estos tales
debiera yo reconocer bien a algunos,
que fueron inmundos de estos males.

Y él a mí: Adunas pensamientos vanos:
La villana vida que los hizo deformes,
a reconocerlos hoy los hace oscuros;

eternamente se darán de cornadas;
resurgirán estos del sepulcro
con el puño cerrado y estos otros con la crin rapada.

Mal dar y mal guardar, del bello mundo
los ha privado, y metido los ha en esta guerra;
que ya no hace falta más decir cuál sea.

Ahora, hijito mío, mira cuán breve es la vida
de los bienes encomendados a la Fortuna,
por los que tanto la gente se engríe y se disputa,

que todo el oro que hay bajo la Luna
y que ya hubo, de estas almas fatigadas
no podría sosegar a ninguna.

Maestro, le dije, dime todavía:
Esta Fortuna de que me hablas,
¿Cómo es que los bienes del mundo tiene tan entre las garras?

Y él a mí: ¡Oh locas criaturas,
cuánta es la ignorancia que os ofende!
Quiero que mi sentencia engullas:

Aquel, cuyo saber todo trasciende,
hizo los Cielos, les dio quien los conduzca
de modo que por toda parte esplenden,

distribuyendo la luz igualitariamente:
en forma semejante, del esplendor mundano
ordenó una ministro y conductora general,

que permutara a su tiempo los bienes vanos,
de pueblo en pueblo, de una a otra sangre,
por sobre los intentos del criterio humano.

Por donde una nación impera y otra languidece,
conforme al juicio de ella,
que oculta está como el áspid en la hierba.

Vuestro saber no se compara al de ella:
Ella procura, juzga y continúa
su reino, como cada dios el suyo.

Sus permutaciones no tienen tregua;
necesidad la obliga a ser veloz,
y así es común que una a otra suceda.

Esta es aquella que es crucificada
por quienes ya debieran alabarla,
maldiciéndola sin razón y a malas voces.

Pero ella es feliz consigo y no las oye:
con las otras primas criaturas siempre alegre,
gira su esfera, y bienaventurada goza.

Ahora pues a mayor dolor descendamos:
que caen todas las estrellas que al empezar
surgían, y está prohibido el mucho demorarse.

Atravesamos del círculo a la otra ribera,
sobre una fuente hirviente, y que vierte
en un arroyo que de ella deriva.

El agua era muy oscura sin ser negra,
y nosotros, en compañía de las ondas brunas,
fuimos bajando por una inusitada vía.

En un pantano viértese, el llamado Éstige,
regato triste, cuando ha descendido
al pie de las malignas playas grises.

Y yo, con la mirada intensa,
fangosa gente vi en aquel pantano,
desnudas todas y con semblante airado.

Se castigaban no con palmadas
mas a cabezazos, pechadas y patadas,
mordiéndose a dentadas, pedazo a pedazo.

El buen Maestro dijo: Hijo ahora mira
las almas de aquellos a quienes venció la ira:
y quiero que por cierto creas,

que bajo el agua hay gente que suspira,
y borbotean esta agua que está arriba,
como el ojo te dice, a donde gire.

Inmersos en el limo dicen: Tristes fuimos,
bajo el aire dulce que del Sol se alegra,
llevando adentro un amargado humo:

Ahora nos apenamos en este negro cieno.
Este himno barbotaban en el garguero
porque hablar no pueden con palabra entera.

Así en derredor de la fétida poza
fuimos girando entre la seca orilla y el fango
mirando atentamente a los que engullen barro;

y llegamos finalmente al pie de una torre.