La Divina Comedia: El Infierno: Canto XXXI

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La Divina Comedia
El Infierno: Canto XXXI
de Dante Alighieri


William Blake: El Infierno, Canto XXXI, Antaeus manda abajo a Dante y a Virgil en el noveno círculo.

Una misma lengua me mordió primero,
tiñéndome una y otra mejilla,
y me aplicó después el remedio;

así supe que hacer solía la lanza
de Aquiles y de su padre, que era causa
primero de triste don y luego de bueno.

Al mísero valle dimos la espalda
subiendo por la orilla que lo ciñe en torno,
transitando sin decir palabra.

Era allí menos que noche, menos que día,
de modo que la vista se alargaba poco;
sentí entonces bramar un alto cuerno,

tan fuerte que un trueno habría sido flojo,
que en opuesto sentido de su marcha,
me hizo a un lugar volver atento el ojo.

Tras la dolorosa derrota, cuando
Carlo Magno perdió la santa gesta,
no sonó tan terriblemente Orlando.

Así que a poco de volver allá la testa,
parecióme ver muchas altas torres
y dije: Maestro, ¿qué comarca es ésta?

Y él a mí: Mucho ha que tú corres
por las tinieblas desde muy lejos,
lo que causa que tu imaginación se equivoque.

Sabrás, cuando más cerca te encuentres,
cuánto al sentido la distancia confunde;
mas ahora apresura el paso.

Con cariño luego me tomó la mano
y dijo: Antes que más adelante sigamos,
para que el caso te sea menos extraño

sabe que no son torres, sino gigantes,
y enterrados en el pozo, en derredor, por la orilla,
están todos, desde el ombligo hasta abajo.

Como cuando la niebla se disipa
la mirada poco a poco reconoce
lo que cela el vapor que al aire entupa,

así cruzando el aura gruesa y oscura,
cada vez más cerca del fondo,
huyó el error de mí y creció el pavor;

porque, así como en su cerca redonda
Montereggione de torres se corona,
así, por la orilla que al pozo circunda,

se alzaban en torres de media persona
los horribles gigantes, a quienes fustiga
del cielo aún hoy Jove cuando truena.

Ya distinguía yo del alguno el rostro,
la espalda, el pecho y del vientre gran parte,
y por las costillas abajo ambos los brazos.

Cuando en verdad la natura abandonó el arte
de hacer bestias tales, hizo muy bien
en privar de tales actores a Marte.

Y si de elefantes y ballenas ella
no se arrepiente, quien sutilmente mira,
la juzgará en esto más justa y discreta;

pues si al razonar de la mente
se agrega el mal querer y la fuerza,
ningún estorbo puede ofrecerle la gente.

Largo me parecía su rostro y grueso
como la piña de San Pedro en Roma,
y de igual dimensión eran los demás huesos;

y tanto que la orilla, que ocultaba
su mitad de abajo, mostraba tanto
de arriba, que de alcanzar la cima

tres Frisones habrían mal alardeado,
porque contaba yo treinta grandes palmos
de abajo hasta donde se ajusta el manto.

“Raphel maí amech zabí almi”,
comenzó a gritar la fiera boca
a la que ya no se avenían los dulces salmos.

Y mi Conductor a él: Alma insensata,
¡Conténtate con el cuerno y con él desahoga
la ira u otra pasión que te tome!

Hurga el cuello, y encontrarás la soga
que lo sostiene, ¡oh alma confusa!
y mira cómo te ciñe el pecho!

Después me dijo: Él mismo se acusa;
es Nemrod que por su mala idea
ya no es una la lengua que el mundo usa.

Dejémoslo estar y no hablemos al viento;
que así es para él cualquiera lengua,
extraña, como para los otros la suya.

Hicimos camino entonces más largo
por la izquierda; y a tiro de ballesta
otro hallamos, mucho mayor y más fiero.

A ceñirlo quienquiera fuera el maestro
lo ignoro, mas le tenía sujeto
delante el izquierdo y detrás el brazo derecho

con una cadena que lo amarraba
del cuello abajo, y tanto que al descubierto
cuerpo cinco vueltas le daba.

Este soberbio quiso ensayar
su potencia contra el sumo Jove,
dijo mi Conductor, y así logró este premio.

Llámase Efialto y mostró gran audacia
cuando los gigantes amedrentaron a los dioses;
los brazos que agitó, ya nunca más mueve.

Y yo a él: Si posible fuera querría,
que del descomunal Briareo
experiencia hicieran mis ojos.

Y me repuso: Verás a Anteo
cerca de aquí, que habla y está suelto,
el cual nos llevará al fondo del infierno.

El que quieres ver, está más lejos
y está atado y arreglado como éste,
salvo que más feroz se ve en el rostro.

No hubo terremoto tan robusto
que tan violento sacudiera una torre
como cuando de golpe se sacudió Efialte.

Temí entonces más que nunca la muerte,
y me hubiera bastado a morir tan sólo el miedo,
si no hubiera visto las grilletes.

Seguimos adelante ahora
y llegamos a Anteo, que con sus buenas cinco alas,
sin contar la cabeza, sobresalía de la gruta.

¡Oh tú que en el afortunado valle
donde heredó Escipión tanta gloria,
cuando Aníbal y los suyos cayeron,

recogiste mil leones por presa,
y que, si hubieras estado en la gran guerra
de tus hermanos, aún creerse podría

que hubieran vencido los hijos de la Tierra:
llévame abajo, si no lo llevas a ultraje,
a donde al Cocito el frío aprieta.

No nos obligues a ir a Ticio o a Tifón:
pues éste puede darte lo que aquí se ansía;
mas inclínate y no me escondas el hocico.

Aún puede darte en el mundo fama
porque está vivo, y larga vida aún le espera
si antes de tiempo la gracia no lo llama.

Así dijo el Maestro; y el otro de prisa
extendió las manos, y atrapó a mi Conductor,
manos de las que Hércules sintió ya el gran apriete.

Cuando Virgilio se sintió que era aferrado
me dijo: Acércate para que te tome;
y me abrazó de tal modo que fuimos un solo fajo.

Como al mirar la Garisenda semeja
bajo el inclinado lado, cuando una nube pasa
sobre ella, que a su encuentro navega;

tal me pareció Anteo a mí que estaba atento
a verlo inclinarse, y fue tal entonces
que más hubiera querido ir por otra vía.

Pero suavemente en el fondo donde devora
Lucifer a Judas, nos dejó;
Luego, así inclinado no se demora,

y como el mástil de una nave se elevó.