La Divina Comedia: El Purgatorio: Canto I

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La Divina Comedia
El Purgatorio: Canto I
de Dante Alighieri


<poem> Por surcar mejores aguas alza las velas ahora la navecilla de mi ingenio, tan cruel mar detrás de sí dejando;

y cantaré de aquel segundo reino, donde el humano espíritu se purga y se hace digno de subir al Cielo.

Resurja ahora aquí la muerta poesía, ¡oh Santas Musas! pues vuestro soy; y que Calíope un algo surja

acompañando mi canto con aquel son del cual las míseras Urracas sintieron tal golpe, que ya no esperan perdón.

Dulce color de oriental zafiro, que se acogía en el sereno aspecto del medio, puro hasta el primer giro,

a mis ojos recomenzó dilecto, así como salí fuera del aura muerta, que contristado me había los ojos y el pecho.

El bello planeta que de amar conforta hacía que el entero oriente riera, velando a los Peces que eran su escolta.

Volvíme a la derecha, y dirigí la mente al otro polo, y vi las cuatro estrellas, que nadie vio mas la primera gente.

Gozar parecía el cielo de sus flamas: ¡oh septentrional viudo sitio, pues que privado estás de verlas!

Así que de mirarlas me apartara, volviéndome un poco hacia el otro polo, allí donde el Carro ya se había ido,

vi cerca de mi a un viejo solo digno de tanta reverencia al ver, que más no debe al padre ningún hijo.

Larga la barba y de blanco pelo mestiza tenía, a sus cabellos semejante, de la que caía al pecho doble lista.

Los rayos de las cuatros luces santas franjeaban de luz tanto su rostro, que lo veía como si el Sol fuera delante.

¿Quién sois vosotros, que contrario al ciego río huido habéis de la prisión eterna? dijo, moviendo esas honestas plumas.

¿Quién os ha guiado? ¿o quién os fue lucerna, saliendo fuera de la profunda noche que siempre tiene negro el infernal valle?

¿así se han roto las leyes del abismo? ¿o se ha dictado en el cielo nuevo consejo de que, condenados, vengáis a mis grutas?

Mi conductor entonces me tomó la mano, y con palabras, manos y señales hízome hincar y bajar la frente reverente.

Después le dijo: Por mí no viene; mujer bajó del cielo, a cuyos ruegos, mi compañía para con él dispuso.

Pero como es afán tuyo que más te explique cuánto de honesta nuestra condición sea no cabe en mí que a tí me niegue.

Éste aún no vio su última tarde pero estuvo por su locura tan cerca, que le era escaso el tiempo para que volver pudiera.

Así como te dije, a él yo fui mandado por que viviera; y no había para él otro camino que éste por el que me he metido.

Mostrado le he la perversa gente; y ahora pretendo mostrarle los espíritus que se purgan en tus dominios.

Cómo lo traje, sería largo contarte; de lo alto una virtud me ayuda a conducirlo a verte y a escucharte.

Ahora pues que su visita acoger te plazca: libertad va buscando, que le es tan cara, como lo sabe quien la vida por ella deja.

Lo sabes tú, que por ella no te fue amarga en Útica la muerte, donde dejaste la vestidura que en el gran día será tan clara.

Los eternos edictos no hemos quebrado; que éste vive, y a mí Minos no alcanza; que soy del giro donde están los ojos castos

de tu Marcia, que al parecer te ruega ¡oh santo pecho! que la tengas por tuya; por su amor, pues, a nuestro deseo accedas.

Déjanos viajar por tus siete reinos; gracias reportaré de ti a ella, si de ser mencionado allá abajo te dignas.

Marcia plugo tanto a mis ojos mientras allá estuve, dijo entonces, que cuantos gracias quiso de mi, las tuvo.

Ahora que allende el mal río habita, no puede más conmoverme, por aquella ley que hecha fue cuando salíme fuera.

Mas si dama del cielo te mueve y te sostiene como tú dices, no hacen falta lisonjas; baste bien que en su nombre requieras.

Vete pues, y haz que éste se ciña de un junco mondo y que el rostro lave para que de toda suciedad así se redima,

que bien no fuera con el ojo herido de alguna niebla, venir ante el ministro primero, que es de los del paraíso.

Aquella apartada isla, bien abajo de la playa, allá donde las olas azotan, abriga juncos sobre el blando limo:

ninguna otra planta de hojas o de tronco duro, puede vivir allí, que el batir de las olas no secunde.

Después no volváis aquí: el Sol os mostrará, que ahora surge, a tomar del monte la más leve cuesta.

Ahí desapareció; y de pie me puse, en silencio, y me allegué muy cerca de mi conductor, y hacia él alcé la vista.

Y él comenzó: sigue mis pasos, retrocedamos, que por aquí declina esta llanura a sus lugares más bajos.

Vencía el alba la hora matutina que delante huía, de modo que de lejos pude ver el fluctuar de las olas.

Íbamos por el solitario llano como quien vuelve a la perdida senda y que hacia ella le parece ir en vano.

Cuando llegamos allí donde el rocío lidia con el Sol, y por estar a la sombra se difunde poco a poco,

ambas manos sobre la hierba abiertas suavemente mi maestro puso: y yo entonces, su intento advirtiendo,

le ofrecí mis mejillas lacrimosas: y allí dejóme descubierto aquel color que ocultara el infierno.

Llegamos luego al litoral desierto, cuyas aguas no vieron navegar nunca a hombre, que de ellas regresara experto.

Ciñóme allí como al otro plugo: ¡oh maravilla! que así como escogió la humilde planta, igual renació otra

súbito allí donde la arrancara.