La Hora de todos y la Fortuna con seso: 005

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 005 de 108
La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
Todos los dioses mostraron mohína de ver a la Fortuna, y algunos dieron
señal de asco cuando ella, con chillido desentonado, hablando a tiento, dijo:
-Por tener los ojos acostados y la vista a buenas noches, no atisbo quién
sois los que asistís a este acto; empero, seáis quien fuéredes, con todo
hablo, y primero contigo, oh Jove, que acompañas las toses de las nubes con
gargajo trisulco. Dime: ¿que se te antojó ahora de llamarme, habiendo tantos
siglos que de mí no te acuerdas? Puede ser que se te haya olvidado a ti y a
esotro vulgo de diosecillos lo que yo puedo, y que así he jugado contigo y con
ellos como con los hombres.
Júpiter, muy prepotente, la respondió:
-Borracha, tus locuras, tus disparates y maldades son tales, que persuaden
a la gente mortal que, pues no te vamos a la mano, que no hay dioses, que el
cielo está vacío y que soy un dios de mala muerte. Quéjanse que das a los
delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud, al pecado;
que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das
las dignidades a quien habías de quitar las orejas y que empobreces y abates a
quien debieras enriquecer.
La Fortuna, demudada y colérica, dijo:
-Yo soy cuerda y sé lo que hago, y en todas mis acciones ando pie con bola.
Tú, que me llamas inconsiderada y borracha, acuérdate que hablaste por boca de
ganso en Leda, que te derramaste en lluvia de bolsa por Dánae, que bramaste y
fuiste Inde toro pater por Europa, que has hecho otras cien mil picardías y
locuras, y que todos esos y esas que están contigo han sido avechuchos,
hurracas y grajos, cosas que no se dirán de mí. Si hay beneméritos
arrinconados y virtuosos sin premios, no toda la culpa es mía: a muchos se los
ofrezco que los desprecian, y de su templanza fabricáis mi culpa. Otros, por
no alargar la mano a tomar lo que les doy, lo dejan pasar a otros, que me lo
arrebatan sin dárselo. Más son los que me hacen fuerza que los que yo hago
ricos; más son los que me hurtan lo que les niego que los que tienen lo que
les doy. Muchos reciben de mí lo que no saben conservar: piérdenlo ellos y
dicen que yo se los quito. Muchos me acusan por mal dado en otros lo que
estuviera peor en ellos. No hay dichoso sin invidia de muchos; no hay
desdichado sin desprecio de todos. Esta criada me ha servido perpetuamente. Yo
no he dado paso sin ella. Su nombre es la Ocasión. Oídla; aprended a juzgar de
una fregona.