La Hora de todos y la Fortuna con seso: 006

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
Y desatando la taravilla la Ocasión, por no perderse a sí misma, dijo:
-Yo soy una hembra que me ofrezco a todos. Muchos me hallan, pocos me
gozan. Soy Sansona femenina, que tengo la fuerza en el cabello. Quien sabe
asirse a mis crines, sabe defenderse de los corcovos de mi ama. Yo la
dispongo, yo la reparto, y de lo que los hombres no saben recoger y gozar me
acusan. Tiene repartidas la necedad por los hombres estas infernales
cláusulas:
“Quién dijera, no pensaba, no miré en ello, no sabía, bien está, qué
importa, qué va ni viene, mañana se hará, tiempo hay, no faltará ocasión,
descuidéme, yo me entiendo, no soy bobo, déjese deso, yo me lo pasaré, ríase
de todo, no lo crea, salir tengo con la mía, no faltará, Dios lo ha de
proveer, más días hay que longanizas, donde una puerta se cierra otra se abre,
bueno está eso, qué le va a él, paréceme a mí, no es posible, no me diga nada,
ya estoy al cabo, ello dirá, ande el mundo, una muerte debo a Dios, bonito soy
yo para eso, sí por cierto, diga quien dijere, preso por mil, preso por mil y
quinientos, no es posible, todo se me alcanza, mi alma en mi palma, ver
veamos, diz que, y pero, y quizás.”
Y el tema de los porfiados:
“Dé donde diere.”
Estas necedades hacen a los hombres presumidos, perezosos y descuidados.
Éstas son el hielo en que yo me deslizo, en éstas se trastorna la rueda de mi
ama y trompica la bola que la sirve de chapín. Pues si los tontos me dejan
pasar, ¿qué culpa tengo yo de haber pasado? Si a la rueda de mi ama son
tropezones y barrancos, ¿por qué se quejan de sus vaivenes? Si saben que es
rueda, y que sube y baja, y que, por esta razón, baja para subir y sube para
bajar, ¿para qué se devanan en ella? El sol se ha parado; la rueda de la
Fortuna, nunca. Quien más seguro pensó haberla fijado el clavo, no hizo otra
cosa que alentar con nuevo peso el vuelo de su torbellino. Su movimiento
digiere las felicidades y miserias, como el del tiempo las vidas del mundo, y
el mundo mismo poco a poco. Esto es verdad, Júpiter. Responda quien supiere.
La Fortuna, con nuevo aliento, bamboleándose en remedos de veleta y
acciones de barrena, dijo: