La Hora de todos y la Fortuna con seso: 008

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
Y diciendo y haciendo, empezó a untar el eje de su rueda y encajar manijas,
mudar clavos, enredar cuerdas, aflojar unas y estirar otras, cuando el Sol,
dando un grito, dijo:
-Las cuatro son, ni más ni menos: que ahora acabo de dorar la cuarta sombra
posmeridiana de las narices de los relojes de sol.
En diciendo estas palabras, La Fortuna, con quien toca sinfonía, empezó a
desatar su rueda, que, arrebatada en huracanes y vueltas: mezcló en nunca
vista confusión todas las cosas del mundo, y dando un pran aullido, dijo:
-Ande la rueda, y coz con ella.
I. UN MÉDICO
En aquel propio instante, yéndose a ojeo de calenturas, paso entre paso un
médico en su mula, le cogió la hora y se halló de verdugo, perneando sobre un
enfermo, diciendo credo en lugar de récipe, con aforismo escurridizo.
II. UN AZOTADO
Por la misma calle, poco detrás, venía un azotado, con la palabra del
verdugo delante chillando y con las mariposas del sepan cuantos, detrás y el
susodicho en un borrico, desnudo de medio arriba, como nadador de rebenque.
Cogióle la hora, y, derramando un rocín al alguacil que llevaba y el borrico
al azotado, el rocín se puso debajo del azotado y el borrico debajo del
alguacil, y, mudando lugares, empezó a recibir los pencazos el que acompañaba
al que los recibía, y el que los recibía a acompañar al que le acompañaba.
III. LOS CHIRRIONES
Atravesaban por otra calle unos chirriones de basura, y, llegando enfrente
de una botica, los cogió la hora, y empezó a rebosar la basura y salirse de
los chirriones y entrarse en la botica, de donde saltaban los botes y redomas,
zampándose en los chirriones con un ruido y admiración increíble. Y como se
encontraban al salir y al entrar los botes y la basura, se notó que la basura,
muy melindrosa, decía a los botes:
-Háganse allá.
Los basureros andaban con escobas y palas traspalando en los chirriones
mujeres afeitadas y gangosos y teñidos, sin poder nadie remediarlo.