La Hora de todos y la Fortuna con seso: 009

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
IV. LA CASA DEL LADRÓN MINISTRO
Había hecho un bellaco una casa de grande ostentación con resabios de
palacio y portada sobreescrita de grandes genealogías de piedra. Su dueño era
un ladrón que, por debajo de su oficio, había robado el caudal con que la
había hecho. Estaba dentro y tenía cédula a la puerta para alquilar tres
cuartos. Cogióle la hora. ¡Oh, inmenso Dios, quién podrá referir tal portento!
Pues, piedra por piedra y ladrillo por ladrillo, se empezó a deshacer, y las
tejas, unas se iban a unos tejados y otras a otros. Veíanse vigas, puertas y
ventanas entrar por diferentes casas, con espanto de los dueños, que la
restitución tuvieron a terremoto y a fin del mundo. Iban las rejas y las
celosías buscando sus dueños de calle en calle. Las armas de la portada
partieron, como rayos, a restituirse a la montaña, a una casa de solar, a
quien este maldito había achacado su pícaro nacimiento. Quedó desnudo de
paredes y en cueros de edificio, y sólo en una esquina quedó la cédula de
alquiler que tenía puesta, tan mudada por la fuerza de la hora, que, donde
decía: “Quien quisiere alquilar esta casa vacía, entre: que dentro vive su
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dueño”, se leía: “Quien quisiere alquilar este ladrón, que está vacío de su
casa, entre sin llamar, pues la casa no lo estorba.”
V. EL USURERO Y SUS ALHAJAS
Vivía enfrente déste un mohatrero, que prestaba sobre prendas, y viendo
afufarse la casa de su vecino, quiso prevenirse, diciendo:
-¿Las casas se mudan de los dueños? ¡Mala invención!
Y por presto que quiso ponerse en salvo, cogido de la hora, un escritorio,
y una colgadura y un bufete de plata, que tenía cautivos de intereses argeles,
con tanta violencia se desclavaron de las paredes y se desasieron, que al irse
a salir por la ventana un tapiz le cogió en el camino y, revolviéndosele al
cuerpo, amortajado en figurones, le arrancó y llevó en el aire más de cien
pasos, donde, desliado, cayó en un tejado, no sin crujido de costillaje; desde
donde, con desesperación, vio pasar cuanto tenía en busca de sus dueños, y
detrás de todo una ejecutoria, sobre la cual, por dos meses, había prestado a
su dueño doscientos reales, con ribete de cincuenta más. Ésta, ¡oh extraña
maravilla!, al pasar, le dijo:
-Morato, arráez de prendas: si mi amo por mí no puede ser preso por deudas,
¿qué razón hay para que tú por deudas me tengas presa?
Y diciendo esto se zampó en un bodegón, donde el hidalgo estaba disimulando
ganas de comer, con el estómago de rebozo, acechando unas tajadas que so el
poder de otras muelas rechinaban.