La Hora de todos y la Fortuna con seso: 010

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
VI. EL HABLADOR PLENARIO
Un hablador plenario, que de lo que le sobra de palabras a dos leguas
pueden moler otros diez habladores, estaba anegando en prosa su barrio,
desatada la taravilla en diluvios de conversación.
Cogióle la hura y quedó tartamudo y tan zancajoso de pronunciación que, a
cada letra que pronunciaba, se ahorcaba en pujos de be a ba, y como el pobre
padecía, paró la lluvia, Con la retención empezó a rebosar charla por los ojos
y por los oídos.
VII. SENADORES VOTANDO UN PLEITO
Estaban unos senadores votando un pleito. Uno dellos, de puro maldito,
estaba pensando cómo podría condenar a entrambas partes. Otro incapaz, que no
entendía la justicia de ninguno de los dos litigantes, estaba determinando su
voto por aquellos dos textos de los idiotas: “Dios se la depare buena” y “dé
donde diere”. Otro caduco, que se había dormido en la relación, discípulo de
la mujer de Pilatos en alegar sueño, estaba trazando a cuál de sus compañeros
seguiría sentenciando a trochimoche. Otro, que era docto y virtuoso juez,
estaba como vendido al lado de otro, que estaba como comprado, senador brujo
untado. Éste alegó leyes torcidas, que pudieran arder en un candil, trujo a su
voto al dormido y al tonto y al malvado. Y habiendo hecho sentencia, al
pronunciarla, los cogió la hora, y en lugar de decir: “Fallamos que debemos
condenar y condenamos”, dijeron:
“Fallamos que debemos condenarnos y nos condenamos.”
-Ése sea tu nombre -dijo una voz.
Y, al instante, se les volvieron las togas pellejos de culebras, y
arremetiendo los unos a los otros, se trataban de monederos falsos de la
verdad. Y de tal suerte se repelaron, que las barbas de los unos se vían en
las manos de los otros, quedando las caras lampiñas y las uñas barbadas, en
señal de que juzgaban con ellas, por lo cual les competía la zalea
jurisconsulta.