La Hora de todos y la Fortuna con seso: 011

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
VIII. EL CASAMENTERO
Un casamentero estaba emponzoñando el juicio de un buen hombre, que, no
sabiendo qué hacer de su sosiego, hacienda y quietud, trataba de casarse.
Proponíale una picarona, y guisábala con prosa eficaz, diciéndole:
-Señor, de nobleza no digo nada, porque, gloria a Dios, a vuesa merced le
sobra para prestar. Hacienda, vuesa merced no la ha menester. Hermosura, en
las mujeres propias antes se debe huir, por peligro. Entendimiento, vuesa
merced la ha de gobernar, y no la quiere para letrado. Condición, no la tiene.
Los años que tiene, son pocos, y decía entre sí: “por vivir”. Lo demás es a
pedir de boca.
El pobre hombre estaba furioso, diciendo:
-Demonio , ¿qué será lo demás, si ni es noble, ni rica, ni hermosa ni
discreta? Lo que tiene sólo es lo que no tiene, que es condición.
En esto los cogió la hora, cuando el maldito casamentero, sastre de bodas,
que harta, y miente, y engaña, y remienda, y añade, se halló desposado con la
fantasma que pretendía pegar al otro, y hundiéndose a voces sobre:
No merecéis descalzarme”,
“¿Quién sois vos, qué trujistes vos? se fueron comiendo a bocados.
IX. EL POETA CULTO
Estaba un poeta en un corrillo, leyendo una canción cultísima, tan atestada
de latines y tapizada de jerigonzas, tan zabucada de cláusulas, tan cortada de
paréntesis, que el auditorio pudiera comulgar de puro en ayunas que estaba.
Cogióle la hora en la cuarta estancia, y a la oscuridad de la obra, que era
tanta que no se vía la mano, acudieron lechuzas y murciélagos, y los oyentes,
encendiendo lanternas y candelillas, oían de ronda a la musa, a quien llaman
la enemiga del día,
que el negro manto descoge.
Llegóse un tanto con un cabo de vela al poeta, noche de invierno, de las
que llaman boca de lobo, que se encendió el papel por en medio. Dábase el
autor a los diablos, de ver quemada su obra, cuando el que la pegó fuego le
dijo:
-Estos versos no pueden ser claros y tener luz si no los queman: más
resplandecen luminaria que canción.