La Hora de todos y la Fortuna con seso: 012

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
X. LA BUSCONA Y EL GUARDAINFANTE
Salía de su casa una buscona piramidal, habiendo hecho sudar la gota tan
gorda a su portada, dando paso a ‘un inmenso contorno de faldas, y tan
abultadas, que pudiera ir por debajo rellena de ganapanes, como la tarasca.
Arrempujaba con el ruedo las dos aceras de una plazuela. Cogióla la hora, y,
volviéndose del revés las faldas del guardainfante y arboladas, la sorbieron
en campana vuelta del revés, con facciones de tolva, y descubrióse que, para
abultar de caderas, entre diferentes legajos de arrapiezos que traía, iba un
repostero plegado y la barriga en figura de taberna, y al un lado, un medio
tapiz. Y lo más notable fue que se vía un Holofernes degollado, porque la
colgadura debía de ser de aquella historia. Hundíase la calle a silbos y
gritos. Ella aullaba, y, como estaba sumida en dos estados de carcavueso, que
formaban los espartos del ruedo, que se había erizado, oíanse las voces como
de lo profundo de una sima, donde yacía con pinta de carantamaula. Ahogárase
en la caterva que concurrió si no sucediera que, viniendo por la calle
rebosando narcisos uno con pantorrillas postizas y tres dientes, y dos teñidos
y tres calvos con sus cabelleras, los cogió la hora de pies a cabeza, y el de
las pantorrillas empezó a desangrarse de lana, y sintiendo mal acostadas, por
falta de los colchones, las canillas, y queriendo decir: “¿Quién me
despierna?“, se le desempedró la boca al primer bullicio de la lengua. Los
teñidos quedaron con requesones por barbas, y no se conocían unos a otros. A
los calvos se les huyeron las cabelleras con los sombreros en grupa, y
quedaron melones con bigotes, con una cortesía de memento horno.