La Hora de todos y la Fortuna con seso: 015

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


Acuérdame del cuento del que, enfadado de que los ratones le roían
papelillos y mendrugos de pan, y cortezas de queso y los zapatos viejos, trujo
gatos que le cazasen los ratones; y viendo que los gatos se comían los ratones
y juntamente un día le sacaban la carne de la olla, otro se la desensartaban
del asador, que ya le cogían una paloma, ya una pierna de carnero, mató los
gatos, y dijo:
“Vuelvan los ratones.” Aplicad vosotros este chiste, pues, como gatazos, en
lugar de limpiar la república, cazáis y corréis los ladrones ratoncillos, que
cortan una bolsa, agarran un pañizuelo, quitan una capa y corren un sombrero,
y juntamente os engullís el reino, robáis las haciendas, y asoláis las
familias. Infames, ratones quiero, y no gatos.
Diciendo esto, mandó soltar todos los presos y prender todos los ministros
de la cárcel, Armóse una herrería y confusión espantosa. Trocaban unos con
otros quejas y alaridos. Los que tenían los grillos y las cadenas se las
echaban a los que se las mandaron echar y se las echaron.
XIV. MUJERES DIFERENTES QUE VAN POR LA CALLE
Iban diferentes mujeres por la calle, las unas a pie. Y aunque algunas
dellas se tomaban ya de los años, iban gorjeándose de andadura y desviviéndose
de ponleví y enaguas. Otras iban embolsadas en coches, desantañándose de
navidades, con melindres y manoteado de cortinas. Otras, tocadas de gorgoritas
y vestidas de noli me tangere, iban en figura de camarines, en una alhacena de
cristal, con resabios de hornos de vidrio, romanadas por dos moros, o, cuando
mejor, por dos pícaros. Llevan la tales transpa rentes los ojos, en muy
estrecha vecindad con las nalgas del mozo delantero, y las narices molestadas
del zumo de sus pies, que como no pasa por escarpines, se perfuma de Fregenal.
Unas y otras iban reciennaciéndose, arrulladas de galas y con niña postiza,
callando la vieja, como la caca, pasando a la arismética de los ojos los
ataúdes por las cunas. Cogiólas la hora, y, topándolas Estoflerino y Magino y
Origano y Argolo, con sus efemérides desenvainadas, embistieron con ellas a
ponerlas todas las fechas de sus vidas, con día, mes y año, hora, minutos y
segundos. Decían con voces descompuestas:
-Demonios, reconoce vuestra fecha, como vuestra sentencia. Cuarenta y dos
años tienes, dos meses, cinco días, seis horas, nueve minutos y veinte
segundos.