La Hora de todos y la Fortuna con seso: 016

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
¡Oh, inmenso Dios, quién podrá decir el desaforado zurrido que se levantó!
No se oía otra cosa que “mentises; no hay tal; no he cumplido quince; ¡Jesús!
¿Quién tal dice?. Aún no he entrado en diez y ocho; en trece estoy; ayer nací;
no tengo ningún año; miente el tiempo”.
Y una, a quien Origano estaba sobreescribiendo como escritura: “Fue fecha y
otorgada esta mujer el año de 1578”, viendo ella que se le averiguaban sesenta
y siete años, entigrecida y enserpentada, dijo:
-Yo no he nacido, legalizador de la muerte; aún no me han salido los
dientes.
-Antigualla, mamotreto de siglos, no salen sobre raigones; tente a la
fecha.
-No conozco fecha.
Y arremetiendo el uno al otro, se confundió todo en una resistencia
espantosa.
XV. POTENTADO DESPUÉS DE COMER
Estaba un potentado, después de comer, arrullando su desvanecimiento con
lisonjas arpadas en los picos de sus criados. Oíase el rugir de las tripas
galopines, que en la cocina de su barriga no se podían averiguar con la
carnicería que había devorado. Estaba espumando en salivas, por la boca, los
hervores de las azumbres, todo el coramvobis iluminado de panarras, con
arreboles de brindis. A cada disparate y necedad que decía, se desatinaban en
los encarecimientos y alabanzas los circunstantes. Unos decían: ” ¡ Admirable
discurso!” Otros: “No hay más que decir. ¡Grandes y preciosísimas palabras!” Y
un lisonjero, que procuraba pujar a los otros la adulación, mintiendo de
puntillas, dijo:
-Oyéndote ha desfallecido pasmada la admiración y la dotrina.
El tal señor, encantusado y dando dos ronquidos, parleros del ahíto, con
promesas de vómito, derramó con zollipo estas palabras:
-Afligido me tiene la pérdida de los dos naves mías.
En oyéndolo, se afilaron los lisonjeros de embeleco, y, revistiéndoseles
la mesma mentira, dijeron unos que “antes la pérdida le había sido de
autoridad y a pedir la boca, y que por útil debiera haber deseádola, pues le
ocasionaba causa justa para romper con los amigos y vecinos que le habían
robado, y’ que por dos les tomaría ducientos y que esto él se obligaba a
disponerlo.” Salpicó el detestable adulador este enredo de ejemplos.